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Aunque parezca una metáfora deportiva, este miércoles, después de la tormenta salió el sol. Sí, tras muchos días de calor y humedad, despertó el día con una tormenta de agua como las que se pueden ver en Valencia: rápidas intensas y breves. A mí por suerte me pilló en el hotel, pero sé de alguno que le pilló en la calle y tuvo que volver para cambiarse.

 

Luego ya vino la calma y el sol... en el juego de España, también. No es que fuera un partido que pasará a la historia del baloncesto mundial pero aquí de lo que se trata es de ir ganando partido y sobrevivir en el torneo. Una supervivencia que no es ajena a la propia de cualquier periodista y que tiene varios puntos clave en este país. Así que ahí van unas nociones de cómo sobrevivir en Esmirna:

 

 

Si tus compañeros te dan la brasa con Scariolo. Hazte fuerte y defiende tus principios. No sé como llegó a producirse la situación, pero a mitad mañana ya era íntimo amigo de Sergio Scariolo. Resulta que comentando con algunos amigos cuestiones del día de Lituania, se debatieron planteamientos técnicos de Sergio y de entre todos creo yo que era uno de los pocos que se posicionaba pro-Scariolo.

 

Sinceramente, como periodista, Scariolo me parece un entrenador fantástico, da enormes facilidades para trabajar y, como entrenador (aunque yo simplemente sea un amateur), me gustan sus ideas deportivas y la forma de dirigir al equipo. Por cierto, aquí todos me dicen que Sergio es un trabajador incansable, está todo el día pensando en baloncesto, así que puede ser que no salgan las cosas, pero desde luego que no será por falta de esfuerzo.

 

Siempre en tono de broma, el debate fue alcanzando extremos hasta el punto que, cuando nos encontramos a unos amigos que siguen a la selección y viajan desde Murcia en el Bazar de Esmirna y nos preguntaron por España, aquello se desmadró. La frase clave fue "cuidado con lo que decís que es amigo de Scariolo".  Y todo esto mientras los vendedores del Bazar estaban flipando con nuestra conversación. ¿Tú basket? me decían. Pues claro que yo basket, chato. ¿Qué pasa que no tengo pinta de yo basket?

 

Si pillas un taxi lo mejor que puede hacer es cruzar los dedos y desear suerte. Aquí el tráfico es terrible, los taxistas y autobuseros es habitual que se salten los semáforos en rojo (atención que he visto por primera vez en mi vida un rojo intermitente) y conduzcan con una mano. En la otra pueden tener el móvil y preguntar a su hermano donde está nuestro hotel porque ellos no lo sepan o simplemente llevar una copa de té

 

Como os lo cuento, hace un par de noches Javier (Ultima Hora Menorca) y yo nos fuimos con un chico que mientras le pisaba a fondo conseguía mantener una copa de té y bebérsela sin derramar ni una gota... incluso cuando había que girar o tomar una rotonda. Espectacular.

 

Digno de contar también son los atascos. Aquí pillamos uno tras viajar a Efesos y pudimos comprobar que debe ser típico en un atasco bajarse del coche y empezar echar la bronca a uno. Da igual que sea o no el culpable, lo importante es que haya un culpable (mira que curioso en el baloncesto también pasa lo mismo) y la gente pueda pitarle el claxon... la situación se tornó surrealista cuando en el taxi donde íbamos empezó a sonar love story en mitad de aquel caos y amago de bronca.

 

 

 

Si tienes que comprar, prepárate. No os voy a decir nada nuevo de Turquía y sus bazares. Puedes encontrar de todo... y todo falso. El otro día escuche una mítica frase: "auténtica imitación bonita" ¡qué cachondos! De momento estoy haciendo la pretemporada del regateo y me preparo en Esmirna para Estambul. El otro día estuve probando mis artes del regateo y no son muy positivas las primeras sensaciones. Quise comprarle una camiseta de Turquía a mi hermana, el vendedor empezó en 15 liras, yo le dije que 10. Al decirme que no cogí y me fui. En teoría me habían dicho que te siguen y bajan el precio, pero aquel debía ser un profesional de la venta y no cedió. Tras el primer partido de pretemporada del regateo: Esmirna 1 - Álvaro 0

 

Si tienes que comer más te vale que te guste el pollo. Aquí no hay mucho elegir y pidas lo que pidas al final te ponen pollo. Yo ya soy fan en el facebook del Tavuk Cis que es una especie de pinchos morunos con diferentes guarniciones. Por fin el miércoles probé un kebab (eso sí en plato, que yo soy muy torpe comiéndomelo) y tampoco fue para tirar cohetes.

 

Dicen que aquí el pescado está bueno y no es para menos... viendo la forma de pescar y la pureza del agua, aquí los peces también son supervivientes. Yo aún no me he atrevido, casi mejor me quedo con la carne ¿y los postres? pues como toda la vida, cuando ves algo que te gusta de la mesa de al lado le dice al camerero "quiero eso". A nosotros nos ha salido bien la jugada porque hemos comido un dulce de leche con caramelo quemado. Creo que se dice Kabandini, pero cualquier parecido con la realidad puede ser un milagro... todavía no domino el turco.

 

 

 

 

Por cierto, aquí en algunos sitios no nos dejan tomar cerveza antes de la noche. Es una cuestión del Ramadán pero se hace extraña que al turista no le dejan tomar una copa...con lo rica que está la cerveza Efes.

 

Este jueves es el último día de competición, el último en Esmirna así que la agenda es apretada hay muchas cosas pendientes y poco tiempo así que me voy rápido a dormir que quiero madrugar. Hasta la próxima que nos veamos, disfrutad del día y sobrevivid.

 

Álvaro Paricio

Escribo estas palabras mientras en la calle hay fiesta. Es una celebración lituana y no es para menos. Hoy nos han ganado un partido imposible y comprendo perfectamente que ahora estén gritando, bebiendo y haciendo la ola... seguramente si fuera el revés hasta yo acabaría bañándome en las aguas de Esmirna (y no son las más limpias del mundo).

 

La de ayer es una derrota que difícilmente se puede explicar. Ver las caras de los jugadores era ver la cara de la impotencia. Junto a mí han pasado todos y no sabías que hacer... casi daban ganas de coger a todos y darles un abrazo para animarles. En serio, gente como Garbajosa salía con cara de no saber que había pasado.

 

Este no es un espacio para la reflexión ni tampoco creo que sea la persona más adecuada para hacerla, sólo os puedo decir que la cara de los periodistas que estábamos en la grada era de estupefacción. En estos días es difícil contar o escribir que ha pasado y yo, por ejemplo, lo he pasado mal.

 

Como en el fútbol hoy en la redacción hemos hecho rotaciones y me ha tocado ver el partido desde el banquillo, sin hacer la crónica, y ahora entiendo a los jugadores que dicen que desde fuera se sufre más. Seguramente si hubiera tenido que escribir, el cabreo sería el mismo pero los nervios durante el partido no hubieran existido.

 

Nervios y enfado, porque me ha tocado vivir el duelo junto a compañeros lituanos. A ver, entendiendo y queriendo respetar a todos los profesionales, creo que su actitud no es la correcta porque ante todo somos periodistas, no aficionados y a veces viendo a la prensa lituana (supongo que sólo una parte) no sé donde está el límite entre el fan y el profesional.

 

 

 

Ya ayer creo que os avisé por aquí o el twitter que me daba miedo el compañero de televisión que estaba a mi lado, festejando una de las canastas de su equipo en la remontada ante Canadá tiró el trípode de una cámara (por suerte no se rompió nada). Uno puede, vestirse con las camisetas de la selección, festejar y aplaudir las canastas de su equipo pero hasta un punto que es en el que no se molesta al compañero de al lado que está concentrado y trabajando. Lo bueno que tienen es que son muy correctos, siempre saludan y ayudan en lo que se les pide. Al final creo que lo suyo es pasión y creo que en Lituania el baloncesto es como una segunda religión por eso se les puede perdonar.

 

Tras el trabajo, poco a poco, los compañeros de prensa hemos ido intercambiado opiniones. Y todos llegamos a la conclusión, {Javi, Corti, Tala, Fernando...} todos, pensamos que mientras hay vida hay esperanza y este equipo tiene mucha vida, ahora sólo falta recuperar ánimos y fuerzas porque el camino será duro.

 

Por cierto, me piden algunos amigos que os cuente nuestra salida del pabellón. Ha sido surrealista al más no poder: en un microbus con la prensa hacinada dentro y conduciendo (y girando) marcha atrás durante un rato... creo que es una metáfora de cómo van mis equipos en el SuperManager, cada vez sumo menos puntos aunque mañana puede ser peor. Ya os diré, hasta entonces, animaros que esto es baloncesto.

 

PD: Ahora sólo espero que cuando cierre el ordenador y apague la luz mis vecinos lituanos no me den mucho la noche. Yo mañana, en cualquier caso cuando baje a desayunar procuraré no hablar en español e iré de incógnito... en modo infiltración,

Álvaro Paricio

Lo debo reconocer, siempre fui un fan de los hermanos Marx. Tengo todas sus películas y de pequeño me disfrazaba de Groucho Marx (quizá de ahí mi lado más payaso como podéis ver en la foto). Me parecía fantástica la forma de trazar sus películas y su humor era tan sencillo como brutalmente eficaz, sólo tenían un pero... el título de sus películas. Nunca me acabaron pero por ellos hoy les hago un homenaje con un título de la Factoria Marx.

 

Debo de confesar que eso del día de descanso en un Mundial es relativo. Vamos aquí la prensa y los jugadores no hemos parado, aunque al menos no hemos tenido que ir de un lugar para otro y no ha habido partido en el Halkapinar (hecho que mis oídos agradecen profundamente).

 

Han sido 12 horas de tienda de campaña en el hotel de concentración de los equipos, o lo que viene a ser lo mismo, el epicentro de la actividad mundialista. Un día de descanso da para muchas cosas, como por ejemplo para el baño que se han dado algunos canadienses en la magnífica piscina que posee el hotel o para ver como, Edwin Jackson rapeaba mientras iba con los cascos de moda y chancletas o como Boris Diaw veía una peli en su Ipad mientras se tomaba algo que parecía una horchata. Por cierto, aquí causa sensación la figura que luce el francés. No parece que pase hambre.

 

Como plato fuerte del día, a las 12 del mediodía la prensa estaba convocada para la rueda de prensa de seis jugadores de la selección. Yo me he centrado en Jorge Garbajosa, posiblemente el tío que mejor disecciona la realidad del baloncesto. Siempre es un placer hablar con él aunque después de 10 minutos con el brazo estirado hacia arriba he acabado con complejo de Estatua de la Libertad (lo único es que en lugar de antorcha yo llevo grabadora). Mel Otero me ha hecho una foto, pero espero que no la saque en su blog, sino prometo contraatacar... y hacerle una entrevista de esas mías, de las que gafan.

 

 

Imagen de la piscina del Swisshotel

 Imagen de la piscina del Swisshotel

 

Y después de las palabras tocaba pasar a la acción. Yo, que había llegado a las 9 de la mañana ya tenía mi sitio estratégico. Uno donde el aire acondicionado me refrescaba oportunamente, controlaba a la gente que entraba y salía y podía conectar el ordenador a un enchufe sin el peligro de que alguno se cargarse la tienda de campaña que había montado. El objetivo en estos casos es siempre el mismo: estar en el lugar donde puede saltar la noticia o surgir la entrevista. En mi caso ha sido lo segundo, porque un día después he "cazado" a Pero Cameron.

 

Hace un año Mel me puso el apodo de atracador y días como hoy lo entiendo. Lo he pillado al vuelo, haciéndole un bloqueo y posicionándome de manera que si salía corriendo podría pillarle (algo no muy difícil dicho sea de paso). Al final, la entrevista ha salido muy bien. El tío es simpático, algo parco en palabras pero con curiosas respuestas. En breve colgará las botas y será entrenador al 100%, con su retirada se irá uno de mis ídolos.

 

Después ha llegado la hora de comer y de comprobar como al compañero de Onda Madrid, Carlos Sanchez Blas, le han timado en el restaurante porque en lugar de arroz le han traído spaghettis con pinchos morunos. Lo tiene bien merecido por elegir posiblemente el peor garito a kilómetros (no nos han dejado tomar una cerveza) y meterse con mis NBA. Lo bueno de elegir sitios chungos es que se come barato y eso te da para tomarte un café en el Starbuck. Son en esas reuniones donde uno disfruta contando batallitas y cotilleando de lo nuestro.

 

De vuelta al hotel de los jugadores tocaba volver a montar la paraeta y acabar el artículo del día. Durante la tarde el hotel ha amenizado mi escritura con varios temas, principalmente de estilo céltico con lo que casi he acabado con un complejo de Frodo de El Señor de los anillos. Pero entre tanta canción rara ha sonado "Entre dos aguas" de Paco de Lucía, todo un lujo entre el silencio del hotel.

 

Conforme avanzaba el día el hotel se llenaba y recibía los aficionados, sobre todo del Líbano. Estos forman un grupo realmente ruidoso en el pabellón y el domingo echaron una mano animando a España. Se nota que quieren a nuestros jugadores y según iban apareciendo para ir al entrenamiento resultaba curioso ver con la ilusión que se fotografiaban con Ricky, Rudy y compañía.

 

Hablando de ilusión, al ver la sonrisa y el buen humor con el que hoy han pasado el día los jugadores españoles creo que todos aquí nos hemos animado un poquito más. Ya sabéis como somos todos los de la prensa, no tenemos un término medio: o somos los mejores o somos los peores. Yo en ocasiones hasta me enfado porque da la sensación de infravalorar a equipos como Francia, Brasil, Alemania o la misma Lituania y yo me pregunto ¿aquellos que opinan tan a la ligera se saben el cinco titular de Alemania? 

Pasadas las nueve de la noche salía definitivamente del hotel, el sillón del Swisshotel tenía "tatuada" mi figura y era la hora de cenar viendo a USA. El partido fue emocionante pero sin calidad, casi eran más divertidos los anuncios turcos sobre el Eurobasket (genial el de Turkcell con la gente emulando a jugadores encestando objetos de la vida diaria).

Bueno por hoy ya creo que es suficiente que, además, estoy escribiendo tumbado en la puerta de mi habitación que es el único lugar donde la wifi no me falla. Mañana espero contaros la victoria de España pero mientras tanto, cuidaros.

 

PD: Hoy ha sido el día de la fiesta nacional en el país. Al lado del hotel han montado un desfile militar, han tirado salvas de cañón desde el mar y han volado todo tipo de aviones y helicópteros... y todo esto a unos treinta y tantos grados y con el sol cascando que da gusto. Definitivamente estos esmirnos son a prueba de insolaciones.

Álvaro Paricio
30/08/2010

 

Lo de España del sábado y el domingo no tuvo nada que ver, fueron dos cosas distintas, como el sólo y la luna. La vida y el deporte tienen estas cosas, la dualidad convive entre nosotros y, a veces, en un mismo día.

 

Por ejemplo mi domingo fue una jornada de contraste... una balsa de aceite por la mañana y un no parar por la tarde. Primero decir, que en Turquía, al igual que en España, los domingos son sagrados. No sé si comerán paella y dormirán la siesta como en mi casa, pero aquí por la calle sólo paseaban a cuatro gatos (nunca mejor dicho porque aquí los gatos están por todas partes, se les cuida y aprecia notablemente. Son los reyes de la ciudad).

 

La cuestión es que quería ir al hotel de concentración de España, no para hablar con alguno de nuestros chicos sino con los rivales. Un Mundial te da para muchas curiosidades y personalidades y yo me he marcado el reto de conseguir entrevistar a Pero Cameron. Sí, ese pívot con pinta de cualquier cosa menos de jugador de baloncesto y al que en el partido la grada española le gritaba Falete, Falete. Para mí es un ídolo. Con su agilidad, peso y estatura ha jugado los tres últimos mundiales y en el 2002 estuvo en el cinco ideal.

 

Durante un par de horas acampé en el hotel hasta que por fin le di caza. El problema es que Cameron me citó para una hora que era imposible y se me escapó... por el momento. Pero uno, que es un rato pesado, no estaba dispuesto a perder la mañana inútilmente así que busqué otra víctima: Joel Anthony, pívot de Miami. El tío dentro de uno meses puede tener un anillo (e incluso ser el máximo reboteador de la liga si mis previsiones de los chupones Wade-James-Bosh se cumple) y merecía pena probar suerte. De nuevo me llevé un zás, en toda la boca. Dos negativas en poco tiempo... Vaya, aquello parecía una noche de verano de mi buena época. Calabaza's time.

 

 

 

Por suerte entre tanta espera y hora muerta (no sabéis como maldije el no llevarme el portátil al hotel para escribir temas) conseguí captar la imagen del día. Delante mío estaban miembros de Canadá poniendo las pegatinas de los nombres de los jugadores en las camisetas. Después del ridículo del primer día había que hacer algo.

 

Y así pasó mi mañana, como veis divertida no, lo siguiente. Pero llegó la tarde y todo cambió. Tres partidos y un ritmo frenético de trabajo. [Modo peloteo ON] No os podéis imaginar las horas que desde España Dani, David y Pablo le echan la tema para que la web quede genial [Modo peloteo OFF]. Lo peor fue cuando Batum se cargó el aro, a mí se me cayó el mundo encima.

 

Por la mañana había apalabrado entrar en el programa de baloncesto de Carles Baixaulí en Radio 9 al terminar el partido y yo ya veía que con el retraso de la canasta (como veis lo del gen del chapucero no tiene raíces españolas sino que es universal) pensé que no saldría del pabellón antes de amanecer. Por suerte todo salió bien, me pegué una carrerita guapa para salir en antena sin que la estruendosa megafonía me matara los tímpanos pero al menos se me pudo escuchar... aunque casi sin aliento a la primera intervención (Yo, como Cameron, ya no aguanto ni una carrera).

 

A las doce terminaba mi jornada en el Halkapinar Arena pero salía feliz y satisfecho por el curro (que queréis que os diga, a mi me pone esto del correr de aquí para allá y el estrés de la competición) pero sobre todo un poco más rico.

 

Sí, señores y señoras hoy casi ha sido un día redondo. Si no llega a ser por la torpeza de mis corredores de apuestas (la liaron parda al apostar erróneamente una vez) y nuestro empecinamiento en apostar por Serbia no una sino dos veces en el mismo partido, podría haber sacado un buen puñado de euros. Hemos acertado la diferencia de puntos de España, la victoria de Angola (¡grande Lutonda y compañía!) e incluso la remontada de Lituania aunque esto no ha sido gracias a mí. Durante todo el partido estaba erre que erre creía en la victoria canadiense. Por suerte aquí en Turquía no dejan apostar por Internet y mis brokers en España no me han hecho caso. Esto, obviar mi opinión ante mi alarmante ausencia de criterio, siempre es una buena noticia y hoy, además, nos ha hecho un poco menos pobre.

 

Me despido ya que es hora de cerrar (a ver si para ya la música que suena en la calle y amenaza con darme la nochecita), pero antes adelantaros que el lunes es día de descanso. Sobrevuela la opción de un viaje a una ruinas históricas, pero como yo soy de Sagunto y de eso tengo en casa creo que me quedaré aguardando a Ricky Rubio... lo conseguiré o completaré el pleno como hoy con Cameron y Anthony.

 

Mañana os lo diré (o no). Mientras tanto, alimentaros bien.  

Álvaro Paricio
 

Qué os voy a contar yo que no sepáis ya a estas alturas de la película. Pues sí, España perdió en el debut de Mundial, no se jugó bien y repetimos las sensaciones de Polonia... seguro que también queremos repetir las del final de aquel Eurobasket.

 

En toda historia dicen que los principios son importantes, Hitchcock siempre buscaba que en los primeros minutos de sus películas hubiera un suceso impactante para atrapar al espectador y refranes sobre los principios hay para todos los gustos. Yo hoy me quedo con el que da título a esta entrada porque, la verdad, es que la cosa comenzó realmente bien.

 

Para empezar no sé si me he aclimatado al tiempo en Esmirna o el sábado ha hecho menos calor, pero no lo he pasado excesivamente mal y hasta he sudado más viendo a España que recorriendo la ciudad. A eso precisamente le he dedicado el primer día completo en Esmirna, a conocerla un poco mejor y lo hemos hecho con un peculiar guía, Roberto, jefe de prensa de la expedición.

 

No sé de donde saco tiempo pero ya se conocía el pequeño "gran bazar" de Esmirna y nos ha llevado a verlo. La verdad es que impresiona la cantidad de ropa y calzado que puedes comprar a poco precio. De momento no me he puesto a regatear ni a comprar nada, porque hay tiempo para todo, eso sí lo que ya os digo es que podría comprar todas las camisetas de Guti que quisiera. Seguro que son más falsas que una moneda de seis pesetas, pero el tío es un ídolo aquí y su camiseta del Besiktas es un top ventas.

 

 

 

 

Cambiando de tema, debo de reconocer que el viernes me lleve una mala primera impresión de la ciudad y el sábado el tema ha cambiado. Cierto es que las grandes aglomeraciones no me gustan, me agobian y aquí hay demasiada gente en espacios reducidos, cierto es también que la ciudad se ve en dos ratos pero creo que conseguiré buenas fotos porque el contraste de riqueza turística y pobreza de las fabelas que hay en las colinas de los alrededores promete grandes cosas. Por cierto, Fernando Martín (Gigantes) me ha hablado de un mítico ascensor donde queda patente este contraste económico... si supero mi terrible vértigo igual me monto e incluso saco fotos, pero no prometo nada.

 

Y después de "trabajar" a comer. Ojo, llevo dos días aquí y todavía no me he comido un kebab (debe ser récord mundial entre los turistas). Primero probé la pasta, luego una especie de pinchos morunos y el sábado una hamburguesa famélica...si no es por la ensalada cesar me quedo con hambre porque visto el catering de la organización vamos apañados. Yo sólo he visto dulces y la cama me espera sin cenar nada (algo que no va mal para conservar mi fantástica y esbelta figura).

 

Aunque bueno viendo como está el tema, lo de la comida fue un mal menor, el problema fue la bebida porque cuando me disponía a ver la triple sesión de baloncesto con dos botellas de agua, no me dejaron acceder a la pista. A través de gestos (aquí lo del inglés es algo que no se conoce mucho) entendí que era porque las podía tirar... a ver chato, que yo no soy un ultra, que le quito el tapón y punto final. Le quité el tapón y le dije con gestos que era imposible estar seis horas sin beber agua, al final me tocó salir a la zona de seguridad y bebérmela. Ahí tuve mi primer mosqueo con los lugareños del Halkapinar Arena... La estampa era espectacular, dos tíos de seguridad controlando el acceso de las mochilas y junto a mí otro; yo apoyado en la pared, cruzado de piernas y bebiendo medio litro de agua de un trago. Lo peor fue cuando me vi que a los cinco minutos la gente entraba con botellas y tapones... fijo que fui el pringao de turno porque no creo que me viran con cara de psicópata-lanzador-de-botellas.

 

Sin agua y sin comida pasó la tarde y como sabéis la noche no fue buena, ahora lo que no sabéis como me fue el día en el plano económico. Ya conocéis que en este torneo voy a tope con la ludopatía (esto lo digo por si el jefe, que está por aquí y me lanza "piropos" al leer este blog, tiene a bien subirme el salario para no tener que padecer con el juego) y de momento el primer día lo salvo con ganancias.

 

Cierto es que mis apuestas a equipo no han funcionando, de hecho de mis cuatro equipos (España, USA, Canadá y Nueva Zelanda), [Modo peloteo on] los que hice en ese soberbio y excepcional trabajo de la guía ACB.COM [Modo peloteo off], sólo han ganado los yanquis y la apuesta combinada que hice con victorias de los kiwis y Puerto Rico la he pifiado por completo. Sin embargo, las apuestas a los puntos de los jugadores casi las clavo. Mi pronósticos eran que Rose superaba los 10 puntos y Scola y Navarro los 15. Sólo el americano me ha fallado pero eso me ha dado para ganar dinero gracias al empujón final de Australia.

 

Seguramente el de los aussies con los jordanos ha sido el partido del día. Lo hemos vivido mis amigos y yo con emoción hasta el final y a poco para la conclusión y Australia perdiendo no la hemos jugado a que ganaban... y qué alegría nos hemos llevado cuando, después de fallar hasta cuatro veces en el último ataque los australianos han ganado. Total que sé que tengo superávit económico y espero que mis contables que están en Sagunto gestionando mis apuestas me digan si ya me puedo comprar el ferrari o me sigo conformando con el Fiat.

 

Hasta entonces, portaros bien

 

 

PD: ¡Qué horror! los lituanos están gritando y cantando, se les oye por toda la ciudad y amenazan con darme la noche...aquí no hay Sviturys pero a ellos creo que les da igual y se conforman con la Efes.

Álvaro Paricio
 

¡Por fin estoy en Esmirna! Mira que ha costado pero ya estoy viviendo el Mundial en directo. Y digo que ha costado porque mi aventura comenzó a las 6 de la tarde del jueves cuando llegué al aeropuerto de Manises para volar y terminó a eso de las 11 de la mañana del viernes cuando pude dejar las maletas en la habitación.

 

Como todos los que estamos aquí, yo tengo mi propia historia del viaje. En esta no habían ni cacahuetes ni retrasos, pero sí la azafata más lenta del mundo. El rubio de su pelo era inversamente proporcional a su eficiencia y me la encontré en dos colas del aeropuerto de Colonia...

 

Ya en Esmirna, y como no podía ocupar la habitación porque no había hora, tuve la brillantísima idea de visitar el hotel de España ¡Qué error! Ahora miro con otros ojos (de asco mayormente) mi hotel. A ver si puedo y os muestro el lujoso hotel de España o la enorme piscina que tienen. Comparado con eso, mi micromachine de habitación es una ridiculez. Porque sí, se ha extendido el rumor de mis gustos por habitaciones pequeñas de Polonia aquí y en esta también puedo andar de la pared a la puerta sin pisar el suelo.

 

Aunque viendo el panorama mejor la habitación que la calle ¡Puff, qué calor! Uno que es de Valencia disimula bien, pero la verdad es que aquí el sol pega de lo lindo y la humedad te termina matando. Facálmente habían más de 40 grados a medio día y ni siquiera la brisa marina amortigua la sensación de bochorno. Si yo lo noto no quiero pensar la gente de tierras secas lo mal que lo estará pasando.

 

Pero bueno tampoco todo va a ser lamentarse, que luego os enfadáis conmigo. El día ha sido muy provechoso y sin dormir he estado en la primera gran rueda de prensa del equipo en Turquía. Como es habitual, la FEB ha tenido la gentileza de dejarnos libremente a los jugadores durante media ahora así cada cual podía entrevistar al jugador que quería. Yo he estado con algunos pero me ha hecho especialmente ilusión conocer un poquito más a Raül López.

 

Lo confieso, yo soy raulista de toda la vida. Este tío tiene mi edad y juega en mi posición, pero por suerte para España tiene todo el talento que yo no tengo jugando a esto de la pelota naranja. De veras, al chico le tenía estima sin conocerle y hoy he podido estar con él y me ha demostrado que es un tío espectacular. No me extraña que todos sus compañeros quieran jugar con él. Por cierto, le noto finísimo y que nadie se preocupe de su estado físico, seguro que os sorprende gratamente.

 

 

 

El hecho que esté Raül, significa que no está José Manuel Calderón y eso duele mucho en el equipo. Algo tiene que tener en especial la persona cuando todos los que le conocemos decíamos que su lesión es un fastidio enorme (por no decir otra cosa) Entre lo que lo piensan me encontré con Gherardini. Es curioso porque es el Manager de Canadá y, mientras los americanos se las van a ver para pasar de grupo, su Italia vuelve a fracasar.... él ni se lo cree.

 

Sobre la ciudad no quiero adelantaros mucho porque el sábado toca visita fotográfica un poco más en profundidad. Eso sí mis temores de circulación caótica y taxistas veloces se cumple. Aquí el sonido de fondo es el del claxon de los coches, queman rueda al salir de los semáforos (too fast too furious versión turca) y a veces cruzar la acera es un deporte de riesgo. Al final de la tarde nuestro taxista casi se lleva por delante uno, auque  me imagino que lo conocía porque se ha girado y ha hecho un gesto de complicidad... vamos que lo conoce o es un campeón en toda regla (por no decir otra cosa versión 2.0).

 

Ya por la noche toma de contacto con el pabellón y a acreditación en la mochila. Por cierto, esta vez la organización obsequia a la prensa con una mochila de deporte; a mí me viene de lujo porque la que utilizo para nadar está pidiendo sopitas. Y para terminar y cumplir a rajatabla con la aclimatación al calor y al país, cena y medio litro de cerveza Efes. Veremos cuantas caen pero seguro que no es la última... a los lituanos que tenía enfrente también les ha gustado.

 

PD: He comenzado a apostar con unos amigos en este mundial y mi primera apuesta es una combinada de victorias de Nueva Zelanda y Puerto Rico, si lo hacen nuestros cinco euros pasarán a ser 110... si hubiéramos arriesgado un poco más y le juntamos a ello la victoria de Líbano podrían ser hasta 330, pero no es cuestión de forrarse el primer día que estoy es muy largo.

 

Hasta que sepa si soy algo menos pobre y os lo pueda contar, disfrutad del sábado.

Álvaro Paricio
25/08/2010

Después del waka waka de Shakira, de Casillas y la Carbonero, por fin ha llegado el momento del baloncesto. Vale que está muy bien que en fútbol España ganara el mundial, pero no deja de ser un deporte minoritario (parafraseando a mi abuelo: "en mi tele nunca echan fútbol") y todos los aquí reunidos ya sabemos que en nuestro deporte rey ya éramos campeones del mundo desde hace cuatro años.

 

Y con la llegada de la selección también han llegado mis vacaciones. Sí, después de mucho sufrir y ver como la oficina se convertía en una procesión de gente con sonrisa en la cara y camisa hawaiana que marchaba a su descanso, ahora es el momento de mi venganza. Lo malo que tiene el pluriempleo es que no siempre puedes estar liberado del todo y en mi caso ya es una tradición compaginar vacaciones y baloncesto, así que este año me voy al Mundial de Turquía.

 

¿Te vas de vacaciones a trabajar? Esa es la pregunta que más he oído en las últimas semanas (pssss como si no me conocieran lo suficiente). Sí, me voy a Turquía y pienso trabajar porque es lo que me gusta. A ver, lo hago por devoción y porque considero que soy un privilegiado (seguro que si preguntan a unos cuantos periodistas o apasionados del baloncesto no sería el único loco) así que no pienso quejarme por trabajar siguiendo a la selección española. Además, lo malo de jugar un Mundial en verano es que difícilmente se puede compaginar. Es decir, si me voy de vacaciones a cualquier sitio me quedo sin verlo y si lo veo es porque me quedo en casa, así que he encontrado la fórmula perfecta para saciar mi vocación de geógrafo por ver mundo y la de redactor de baloncesto de estar en un Mundial.

 

Lo malo es que este año no iré con mis habituales amigos. Se han rajado y me han dejado sólo ante el peligro por lo que, sintiéndolo mucho, en Turquía no podréis ver la bandera de España con el nombre de SAGUNT que tan famosa se hizo en Polonia. Aunque bueno, tampoco estaré solito porque me acompaña el fotógrafo de encancha.com Cipriano Fornas. El pobre no sabe dónde se mete... ¡17 días conmigo! Entre mis amigos ya son famosas las bromas sobre la velocidad y el ruido que hago al teclear... a cualquier hora del día y de la noche (sí, reíros pero siempre acabo escribiendo el blog o una noticia desde el baño de la habitación para no molestar). Espero portarme bien pero debo decir que, para ser honestos, como compañero de viaje soy como una pulga: pequeño, molesto y que no para de moverse.

 

A parte de mi nuevo compi de viaje, en Esmirna (la ciudad que suena a bebida de esas que tomamos los sábados de noche cuando se ha terminado el ron), estarán otros compañeros de la prensa como Carlos, Javier, Albert, Pilar, Mel y todo su grupo de laSexta. Por delante, más de 15 días de baloncesto al por mayor, turismo turco, regateo y kebabs, muchos kebabs... yo por si las moscas antes de salir me he comido un plato de las lentejas que cocino y tortilla de patata (casi se me saltan las lágrimas al pensar que estaré dos semanas sin tortilla).

 

Ya sé que durante el torneo habrán muchos blogs y seguramente el 99% de ellos dirán cosas más sensatas, lógicas e interesantes, pero al final seguro que acabáis entrando en éste.  Y es que sólo una persona que no está en sus cabales es capaz de salir de Valencia un jueves a 20.00, llegar a Esmirna el viernes a las 06.00 sin dormir, escribir lo primero que le viene a la cabeza ¡y publicarlo!

 

Hasta entonces, sean felices.

 

PD: Si algún lector conoce a mis abuelos y les ve durante dos semanas, por favor que no les cuente nada. Como cualquiera, ellos se preocupan por su nieto, así que les he dicho que estoy en Esmirna, provincia de Cuenca.

Álvaro Paricio

El fichaje de Nemanja Bjelica por el Caja Laboral levantó la polvareda que lleva consigo todo proyecto de estrella que llega a la ACB. Y más en un conjunto que, tras la pérdida de su estrella y guía, se rehacía por milésima vez con un proyecto de ilusión. Tras ello, Iván Fernández, profundo conocedor del baloncesto europeo y autor y colaborador de diferentes guías (la última, para la Final Four) en la web Basketme.com, nos descubre el cómo y el por qué de la atípica carrera de Bjelica. Tan atípica como el potencial que atesora.

 

¿Quién es Nemanja Bjelica?

 

 

Foto FIBA Europe/Castoria-Kulbis

 

Bjelica, talento para el Caja Laboral (Foto FIBA Europe/Castoria-Kulbis)

 

El Blancos de Rueda Valladolid buscaba un hombre con el que cerrar el perímetro (que ya contaba con Fede Van Lacke, Diego García e Isaac López) y encontró a Jason Robinson, procedente de Baloncesto Melilla de LEB Oro, donde fue capaz de anotar 14,2 puntos por partido. Precisamente, la faceta anotadora es la que más destaca en su análisis Javier Ortiz, redactor de El Periódico de Extremadura colaborador de ACB.COM y especialista en LEB Oro.


Temperamental, rectilíneo, Jason Robinson es, ante todo y sobre todo, un anotador, capaz de generar canastas de muy distintas maneras: penetrando tras un buen primer paso, sacando faltas, tirando desde fuera incluso con un defensor bien encima.

 

Contará en su estreno ACB con una ventaja añadida: la pasada temporada jugó en LEB Oro con la nueva distancia del triple, por lo que no le sorprenderá en esta el alejamiento que se estrena en la máxima categoría.


Jason Robinson (Foto Melilla Baloncesto)
Buscando el aro, su gran virtud (Foto Melilla Baloncesto)


Robinson es un jugador bastante unidimensional, porque cuando no anota y no goza de buenos balones, suele perderse, dispersarse. Tampoco destaca por su buena defensa, aunque físicamente sí puede tener un cuerpo que aguante los rigores de la ACB. Sin embargo, no lo tendrá fácil ante “treses” más potentes que los que se ha encontrado hasta ahora.

Imagino que su rol cambiará y que no podrá ser tan potente en Valladolid como lo ha sido en Gandía y Melilla. Es lo que ocurrió con Barbour en San Sebastián la pasada campaña: por mucho que anotes en LEB, luego en ACB cuesta encontrar el sitio a este tipo de jugadores acostumbrados a que el balón pase mucho por sus manos.

 

Javier Ortiz

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Donaldson, de la LEB hasta...

El desembarco del doble MVP de la LEB Oro en ACB estaba cantado. Es finalmente el Menorca Bàsquet el que le brinda la posibilidad de debutar en ACB, con el interés añadido de ver el impacto que es capaz de crear en ACB un jugador que ha dominado la LEB a placer. Ese es, precisamente, el primer detalle que destapa Javier Ortiz, redactor de El Periódico de Extremadura colaborador de ACB.COM y especialista en LEB Oro, que nos presenta al ala-pívot estadounidense del Menorca Bàsquet.

 

La curiosidad dentro del mundillo LEB por ver a Jakim Donaldson en la ACB es enorme. Es un jugador que ha dominado por completo las dos últimas Adecco Oro, con un juego demoledor en la pintura que, SOBRE TODO, no deja de adquirir nuevos matices.

No ha dejado de mejorar en los años que lleva en España, adonde llegó siendo un completo desconocido en la entonces LEB-2 con La Laguna. Allí se ha desarrollado como algo más que un fiero reboteador. Es lo primero que llama la atención de él: midiendo apenas dos metros, se posiciona perfectamente y captura todo lo que cae del aro, tanto en defensa como en ataque. Me recuerda muchísimo a aquel Jerome Lane que tuvo el Fórum Valladolid hace bastantes años.

Sin embargo, no se ha querido quedar ahí. Es una roca en la defensa interior del uno contra uno y, por si fuera poco, en ataque, aparte de rebañar sus puntos tras rebotes ofensivos, ha desarrollado hasta un buen tirito a media distancia que sorprende y hace muchísimo daño. Es una auténtica fiera, un jugador de esos que no dejan indiferente.

Por si fuera poco (quizás como clave a todo esto), su carácter se ha amoldado perfectamente a España y los españoles. En La Laguna era uno más, haciendo piña con los nacionales del equipo y conectando de forma bárbara con la afición. Famosas son sus imágenes tocando el bombo con las peñas locales al final de los partidos. Con otra hinchada caliente como la de Menorca, no sería extraño que se repitiesen.

 

Javier Ortiz

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"Estoy emocionado. Es un gran movimiento para mi carrera, una gran oportunidad para mejorar mi caché como jugador en la que seguramente es la liga más competitiva de Europa". Estas son las palabras con las que Russell Robinson explicaba sus sensaciones en el diario Lawrence Journal-World tras su fichaje por el DKV Joventut.

El base, de 24 años, debutará oficialmente en Europa en la próxima liga ACB con el equipo verdinegro, aunque llegó a estar en plantilla del Erdemirspor turco en la campaña 2008-09, sin llegar a jugar. ¿Qué podemos esperar de él? Scott Schroeder, redactor especializado en la D-League de la web Ridiculous Upside y de AOL FanHouse, nos lo define como "más un escolta bajo que un base tradicional, pero con talento para el tiro a larga distancia".

Durante sus dos años como profesional tras dejar la Universidad de Kansas como campeón de la NCAA, Robinson ha jugado en la D-League, esperando una oportunidad en la NBA a la que aún no renuncia. "Mis objetivos son mejorar", afirma el base, "la NBA es todavía un objetivo. He intentado llegar a través la NBA, pero esta es posiblemente es una ruta mejor", afirma sobre su próximo paso por la ACB.

 

Schroeder explica que Robinson "posiblemente hubiera tenido la oportunidad de entrar en un equipo NBA si hubiera esperado a ir a un campo de entrenamiento este otoño, aunque tampoco es seguro. Sería un tercer base ideal en la NBA, ya que es un gran defensor y puede meter tiros abiertos en el perímetro".

Robinson aún es joven, y tiene que aprender "como liderar un equipo de baloncesto. Como base, parece que busca más su tiro a menudo antes que crear para otros", confirma Schroeder, algo que sin duda, a las órdenes de un entrenador exigente como Pepu Hernández, tendrá oportunidades de interiorizarlo.

El base estadounidense finalizó la pasada campaña en los Maine Red Claws (donde coincidió con otros conocidos ACB como Paul Davis y Morris Almond) y "fue capaz de aprender como ser un base puro del antiguo jugador de la NBA Randy Livingston, y actuó mucho mejor como líder", tal como recuerda Schroeder. En el Pavelló Olímpic de Badalona, Robinson intentará ser el timón que la Penya necesita para volver al Play-off.

 

Bastaron escasos partidos en su original club, el Avtodor Saratov, y una visita el Reebok Eurocamp para que el nombre de Yaroslav Korolev apareciera en la agenda de los ojeadores de Europa y la NBA. No era fácil encontrar a un jugador de su agilidad, coordinación y altura. Con 2,06 metros, Korolev era uno de los grandes dominadores de Europa en edades de formación. Aunque su posición natural siempre fue la de alero, podía jugar tanto de escolta como de ala-pívot porque su habilidad en el tiro y físico le dieron desde siempre una polivalencia que la NBA no dejó escapar.

 

Con sólo 18 Korolev fue drafteado por Los Angeles Clippers en el número 12. Quizá fue demasiado pronto y quizá demasiada la presión que recayó sobre un jugador que apenas había jugado partidos importantes en la liga rusa. Apenas dos temporadas sin oportunidades duró su carrera NBA. En un equipo con urgencias, Korolev nunca se sintió importante, entre otras cosas porque se le buscó un perfil de especialista en el tiro que no hacía justicia al potencial de un jugador todavía en edad de desarrollar todo su juego.

 

A partir de entonces, camino de ida y vuelta entre Rusia (Dynamo de Moscú) y la NBDL (Albuquerque Thunderbirds y Reno Bighorns) donde Korolev se ha vuelto a sentir jugador de baloncesto y, lo más importante, ha evolucionado su juego para ser ahora un alero mucho más completo que el que salió de Rusia.

 

 

Aunque tiene un gran manejo de balón y mantiene su facilidad para ver aro desde el perímetro su juego se ha alejado de las posiciones de backcourt para centrarse en las de alero e incluso Ala-pívot. Desde siempre Korolev ha destacado por su físico atlético y capacidad de salto (no se pierdan su capacidad de realizar mates) por lo que puede ayudar al rebote ofensivo y, sobre todo, abrir las defensas rivales porque conservar toda su velocidad y atrevimiento para jugar de cara al aro. Y es que es en ataque donde vemos al mejor Korolev, es un gran tirador exterior aunque su radio de acción no se limita al 6,75 (no le será complicado adaptarse a la nueva distancia) sino que también destaca dividiendo la zona y sacando ventaja de su mayor envergadura cerca de canasta.

 

La experiencia le ha dado la regularidad en su juego que necesitaba y ya no sólo depende del tiro para destacar en un partido sino que ha conseguido ser más agresivo en defensa lo cual le permitirá ayudar a cerrar el aro en el rebote y, con sus interminables brazos, recuperar balones. En definitiva, los aficionados del CB Granada van a poder encontrar a un jugador de equipo, versátil sobre la pista y un referente en el ataque

Justin Doellman cambia la liga francesa por la liga ACB de la mano del Meridiano Alicante. El ala-pívot estadounidense llega a España con experiencia en Euroliga tras su paso por el Orleans la pasada campaña. Pero, ¿qué puede aportar Doellman a las órdenes de Óscar Quintana?

 

Para Gabriel Pantel-Jouve, redactor de la web francesa "Catch and Shoot", Doellman "es una buen fichaje para Alicante. Lo mejor de su juego es su tiro. Algunos expertos franceses dicen que los ala-pívots tiradores serán menos importante con la línea de tres a 6,75. Creo que Doellman puede lanzar desde esa distancia".

 

Sus bondades no sólo se limitan al tiro, ya que "puede anotar desde dentro, desde fuera. Tiene un buen manejo de balón. En el comienzo de su carrera, muchos decían que era un alero. Es demasiado lento para esa posición en defensa, pero tiene los fundamentos para jugar como 3". En el capítulo de aspectos a mejorar, Doellman "no está muy presente en la lucha por el rebote".

 

 

 

 

Tras pasar por Cholet y Besançon en sus dos primeros años como profesional, la consagración definitiva para Doellman llegó la pasada campaña en Orleans. "Estuvo impresionante en la Euroliga, más que en la Pro A. Fue el segundo jugador más importante", recuerda Pantel-Jouve, "detrás del anotador Cedrick Banks". Sin duda, los aficionados de Unicaja recordarán el partido del año pasado en el Martín Carpena, donde Doellman anotó 18 puntos en 21 minutos.

 

Su prueba de fuego puede llegar ahora. "En la ACB puede progresar y jugar a un gran nivel porque puede anotar en todas las situaciones. Tiene buenos fundamentos, un gran tiro y buenas manos. Se convertirá en un jugador más físico. Sencillamente necesita jugar en un campeonato como la ACB"

Con 25 años de edad, y después de 3 años sumando experiencia en la liga uruguaya, Panchi Barrera regresa a nuestro país firmando por Unicaja.

 

El conjunto dirigido por Aito García Reneses deposita así toda su confianza en un jugador formado en la cantera del DKV Joventut y que centrará todos sus esfuerzos en triunfar en una Liga ACB en la que no encontró lugar en las últimas campañas teniendo que regresar a su Uruguay natal.

 

De la mano de Diego Losada, ex-LEB con Cantabria Lobos y mejor jugador uruguayo de la última década, analizamos más de cerca las evoluciones del jugador en los últimos cursos así como sus posibilidades de futuro en nuestro país. Así lo ve el propio Losada:

 

"Panchi es un jugador de los que se le puede llamar diferente ya que tiene una visión del juego y un dominio del balón que no es común. En las dos últimas temporadas ha progresado en su juego ya que le ha agregado mas gol (anotación), ya sea de penetración o tiro de tres puntos; todo esto dentro de la realidad del basquet uruguayo, es decir, una Liga no muy fuerte.

 

 

 

 

Si hiciera una comparación, estaríamos al nivel de la LEB Plata y me parece que a un nivel de AC B le va a costar llegar al gol, pero sin duda que puede darle un toque distinto al armado. En defensa tiene que estar más concentrado y defender más duro pero esto lo va a hacer a buen seguro ya que así tendrá más posibilidades.

 

Con los años ha madurado como era de esperar y creo que este desafío le va a venir muy bien para seguir progresando y no estancarse. ¿Qué tan bien le irá? Yo creo que le va a costar ser figura, jugar a ese nivel puede, condiciones tiene y ojala pueda hacer ese cambio de mentalidad como para aprovechar esta oportunidad y seguir evolucionando como jugador. Ojala que me equivoque y Panchi sea gran figura en el Unicaja esta temporada".

 

Pablo Romero Castillo

El amarre de los caballos era fuerte y seguro. No así la capa de hielo que cubría el Misiwaka al despuntar la primavera por encima de los rápidos que nunca terminaban de cerrar. A las riendas de los caballos y a paso lento por la pesada carga de heno, el pequeño Jimmy pretendía cruzar el río eludiendo el tramo acostumbrado, el que le había enseñado tío Peter y que conservaba intactas aun a esas alturas de estación las herraduras en la nieve, una hilera de huellas oscuras que cortaba el río en dos. "Por debajo de las corrientes, Jim. Ahí el hielo es seguro".

 

A punto de alcanzar la otra orilla el muchacho escuchó un fuerte crujido a su espalda seguido de un atroz relincho que rajó el aire de las montañas. Uno de los corceles había abierto un agujero de su tamaño. Y arrastrado también al siguiente. Jim no podía llorar. No tenía tiempo ni para saber qué hacer. Sólo sintió un miedo infinito a perderlo todo por aquella boba osadía de ganar un par de millas al río. "Deja siempre correa. Nunca sabes cuándo te hará falta". Y Jim corrió a los primeros árboles suplicando al nudo que sujetara antes de que él también fuera arrastrado. Porque por nada del mundo soltaría las correas, de las que tiraba con su minúscula fuerza mientras los dos caballos cabeceaban desesperados por salir de allí.

 

Nunca supo muy bien de dónde vino la ayuda. Pero finalmente las bestias pudieron remontar y ganar la orilla. Jamás volvió a desobedecer. Había pasado mucho más miedo que cuando su hermana Annie le gritaba camino de casa -"¡Corre, Jim, corre!"- porque un oso les perseguía ladera abajo.

 

Se preguntaba por qué razón le asolaban estos recuerdos aquella noche de invierno, una más ahincado en su escritorio. Y por qué lo hacían todos con la misma intensidad. Sin discriminar desventuras. Y ninguna grabada en su alma con igual fuerza que el terrible verano de 1870, cuando Jim contaba tan sólo nueve años. 

 

A mitad de julio el abuelo fallecía de repente, dejando a John Naismith, padre de familia, a cargo de su suegra, su esposa y tres hijos. Apenas tres años antes se habían mudado de Almonte a un pequeño desfiladero junto al río Ottawa porque padre pensó que era el mejor emplazamiento para levantar un aserradero. John acumulaba encargos para la construcción de casas en las localidades vecinas. Y allí soñó con establecer el futuro de la familia.

 

Pero la muerte del abuelo trajo consigo la desgracia. Como un conjuro. Pocos días después, aún en duelo por el adiós del viejo, el aserradero sería pasto de las llamas sin que pudieran hacer nada más que contemplar el terrible espectáculo en mitad de la noche. Jim recordaba sus ojos llenos de lágrimas y la visión borrosa de aquellas luces malditas. Sin saber si era a causa del fuego o de la infinita angustia de que fue víctima viendo a sus padres, abrazados impotentes porque no había otro amparo.

 

Antes de poder recobrar la cordura John Naismith contrajo la fiebre tifoidea. No había cura. Cayó en cama y desde Almonte su cuñado William realizó el peor viaje de su vida. Tenía decidido llevarse a su hermana y los niños. Sólo que ella no dejaría morir allí solo a su marido.

 

Jim recordaba a su madre entre sollozos despidiéndose de él y sus hermanos. No volvería a verla. En menos de tres semanas John Naismith y su esposa perdían también la vida.

 

Suspiró entonces a la media luz de la lámpara.

 

Los niños quedarían así a cargo de tío Peter. La tragedia conmocionó Almonte, adonde regresaron al calor de la fraternal comunidad escocesa. Porque eso era Almonte. Un pedacito de Escocia al sureste de Canadá.

 

Desde que David Shepherd recibiera de manos de la Corona Británica un total de 200 acres para levantar un molino de grano a partir del que extender la tierra, una nutrida comunidad de colonos escoceses se había instalado allí en perfecta armonía con otras familias irlandesas sin más lugar en el mundo.

 

Al igual que tantos otros John Naismith había llegado como adolescente. Y como Jim, el mediano de sus hijos, había dejado de ser un niño con apenas diez años.

 

 

 

 

Suspiró de nuevo. Como si hacerlo le ayudara a disipar aquellas negruras y regresar al trabajo, esparcido en hojas y apuntes sobre la mesa.

 

Tal vez fuera que el insomnio de las dos últimas semanas se estaba cobrando lo suyo. No podía evitarlo. Tratando de encontrar lo que buscaba, escarbando en su pasado, la cabeza se perdía irremediablemente en las mayores provincias de su memoria. Y entretanto se llevaba una y otra vez los dedos a los ojos. Unos ojos entumecidos por la falta de sueño.

 

Afuera nevaba. Diciembre cubría Springfield con un manto blanco.

 

Apagó la luz creyendo que volver a la cama sería la solución. Pero enseguida volvió a encenderla. Aún no había terminado. Y tampoco albergaba esperanzas de hacerlo aquella noche. La última de que disponía.

 

Jim sabía perfectamente que no estaría allí quebrándose los sesos si aquella mañana, en la oficina de la Policía Montada de Montreal, su amigo Tait McKenzie y él no hubieran recibido la negativa por respuesta. "Venimos a alistarnos", se adelantó Naismith. "¿Cuántos años tienes, hijo?". Ambos tenían diecinueve. "Lo siento, pero no podéis ingresar hasta el año que viene". McKenzie aguardaría. Pero para entonces Jim ya tenía otros planes. Los que la vida le ponía por delante.

 

Tiempo atrás había abandonado el instituto porque era imposible estudiar cuando la salvaguarda de la familia obligaba a interminables jornadas de trabajo que arrancaban a las cuatro de la mañana y se prolongaban hasta más allá de las diez de la noche. Y los inviernos tampoco sabían de piedad al cuidado de la pequeña granja propiedad de su tío, el sustento de todos.

 

"Tío, quiero regresar a la escuela, terminar lo que debo". Cada vez que ambos se pronunciaban palabras de peso el hombro de Jim recibía la reconfortante mano derecha de Peter. "¿No es muy tarde ya para eso?". Y el sobrino bajaba la vista algo avergonzado.

 

Pero Jim cumplió su promesa y regresó al instituto. Lo haría cerca de cumplir los veinte años, cinco más que sus compañeros de clase. Un retraso que apremiaba un sacrificio mucho mayor. Tanto como que completó en dos años los cuatro cursos restantes. Y empezó a creer en sí mismo como nunca antes. El siguiente paso sería la universidad.

 

En realidad había vuelto a los estudios por una sola razón: cumplir el expreso deseo familiar de convertirse en ministro de la Iglesia. Su hermana Annie encarnaría en vida una promesa que por convicciones religiosas asignaba a unos padres ya muertos. Jim debía ser sacerdote. Y a todos menos a él correspondía esa decisión.

 

Por ello emprendió el viaje que marcaría su vida. Montreal. Porque allí podía estudiar Teología en la universidad fundada en 1813 por un célebre escocés de nombre James McGill. Desde su ingreso la clausura en su dormitorio entre libros resumía su completa existencia. Y así fue hasta que dos alumnos irrumpieron una noche en su habitación. Eran Jim McFarland, célebre en el centro por sus cualidades atléticas, y Donald Dewar, por farfullar lemas como un eco. Portaban consigo un mensaje que al parecer desconcertaba a más estudiantes:

 

- Oye, Naismith -se adelantó McFarland-, te hemos estado observando desde que llegaste. Y nunca participas con nadie en ningún deporte. No juegas a nada con ninguno de nosotros. Pasas demasiado tiempo aquí dentro. ¿No crees que va siendo hora de dejarte ver en el gimnasio?

- Hazle caso -repuso Dewar-. Así nadie hablará más de la cuenta.

Jim se encogió de hombros articulando a duras penas una sencilla pero rotunda verdad.

-Pero... yo nunca he pisado un gimnasio.

 

Lo haría a partir de aquel día. No pretendía ser descortés ni comidilla de nadie. Y tampoco figurar como un pasmarote. Así que para comprenderlo todo aprisa puso en práctica todas sus dotes de observador.

 

Le llamaron la atención las barras y demás aparatos del gimnasio. También la noble práctica del boxeo. De toda una vida dedicada al trabajo en el campo su cuerpo nunca se había hecho preguntas. Tan sólo se sentía en plena forma y no había imaginado que en la universidad tuviera que ponerlo a prueba. Emplearlo de manera distinta. Eso era el deporte por lo visto.

 

Fuera del recinto encontró un mundo incluso más rico. Los deportes de césped. El fútbol europeo, el lacrosse, el rugby inglés y el béisbol completaban el círculo que Naismith trató de descifrar en adelante. Y como el resto de cosas, a gran velocidad. Su categoría como observador y hombre de iniciativa se pusieron de manifiesto una tarde de entrenamiento de rugby, al término de las clases.

 

Matthewson, el centro del equipo, se rompió la nariz y Sack Elder, uno de los capitanes, se dirigió al grupo de espectadores entre los que se encontraba Naismith. "¿Alguien para ocupar el puesto de Mat?". No contestaba nadie. "Os necesitamos. ¿Es que no hay nadie que se atreva?". Sin saber muy bien por qué, acaso porque precisaban ayuda, Jim se quitó el abrigo y dio un paso adelante. Él lo haría.

 

Con tal inesperado éxito que en los siguientes seis años no se perdería ni un solo partido. Y aun más, se haría imprescindible. Un referente en el equipo y el alumno más involucrado en las actividades deportivas de toda la universidad.

 

Jim no renunció a su graduación. Pero sí al sacerdocio. Encontró en el deporte una misión mucho más cristiana que la oración. Junto a compañeros y amigos, desconocidos y rivales, experimentó multitud de vivencias reveladoras en un sentido que él entendía bello y noble. Y ya no había vuelta atrás.

 

El cambio fue terrible para la familia, consolada por una comunidad de indelebles convicciones que también interpretó como un gravísimo error la renuncia del joven.

 

Su hermana Annie no le perdonaría. A sus ojos era una traición. Y la vida tampoco ayudaba a aliviar lamentos. Cumplido el primer año en McGill, Jim viviría el peor capítulo de su existencia, una escena y unas palabras que nunca jamás olvidaría.

 

La Nochevieja de 1884 su hermano Robbie se disculpó ante la mesa. "No me encuentro bien. Voy a la cama. El estómago. No sé qué es". Y nadie lo sabría. Jim acudió a su lecho sobrecogido por los espantosos gestos de dolor de su hermano pequeño. Gestos que a la presencia de Annie reprimía para no hacerla sufrir. Ella, sin saber gran cosa, le aplicaba paños calientes de agua con sal, el último de los cuales dejó a los varones a solas. "Jim, no puedes hacerte una idea de esto. Si de verdad me quieres, por favor, te lo ruego, mátame". Mientras pronunciaba estas palabras apretaba su mano con una fuerza imposible. Menos de una hora después Robbie fallecía. Su apéndice había reventado. Tenía dieciocho años.

 

De todas las tragedias sufridas, volvió a convencerse, nada como aquella noche de siete años atrás. Recordarlo una vez más le paralizó durante unos segundos, nuevamente inmóvil sobre la oscura madera de nogal que apilaba notas donde los garabatos comenzaban a ganar terreno a las palabras.

 

La muerte de Robbie redobló el sentimiento de culpa que el entorno más rígido de Jim se encargaba de avivar por aquella renuncia. Annie no aceptaba otra vida para su hermano que no fuera el hábito eterno. Y muchos de sus compañeros seminaristas compartían el sentir de su hermana. Sobre todo cuando el imaginario religioso, común a escoceses, irlandeses y no pocos americanos, recelaba del deporte como una práctica del diablo.

 

Naismith era la excusa perfecta. Nadie como él encarnaba el ideal del reproche. Porque sus heridas no parecían tener fin.

 

Sus compañeros de seminario se sintieron indignados la mañana siguiente a un durísimo partido ante Ottawa en que Naismith hubo de subir al púlpito para oficiar una ceremonia y sus ojos y pómulos, hinchados por los golpes, estaban negros como el carbón. Una escena que se repitió al día siguiente y que en muchas otras ocasiones presentaba peores consecuencias. En una cena del equipo Jim perdió de repente toda la energía del cuello y su cabeza se comportó como la de un guiñapo teniéndosela que sujetar con las manos. Años después de batallas sobre el césped uno de sus oídos presentaba una pérdida irreparable.

 

Para la parroquia no eran estigmas. Sino sucias heridas del deporte. 

 

Para Jim, en cambio, el mal no sabía disfrazarse. Se presentaba igual en todas partes. Un compañero de equipo, un tipo rudo y borracho al que llamaban ‘Drunken' Donegan, la emprendió con su virilidad por leer la Biblia. Jim se vio obligado a tumbarle de un puñetazo. Tampoco era raro tomarla con él por ser abstemio, condición de difícil cumplimiento entre universitarios pero promesa hecha a sus hermanos, uno de los cuales ya no estaba entre ellos cuando decidió pasar un verano entero en Manitoba en calidad de misionero.

 

A diferencia del recogimiento que profesaba su hermana, Jim encarnaba el ofrecimiento.

 

 

 

 

En la primavera de 1887 ya era un licenciado. Pero decidió proseguir todo el trayecto que conducía al sacerdocio. Ahora estudios como seminarista presbiteriano. Mientras fuera así creía poder atenuar la presión en su contra. Lo que no podría atenuar era otra de muy distinto signo que empezaba a cobrar forma.

 

Naismith fue solicitado para ocupar el cargo de instructor en educación física de la universidad que había dejado vacante la repentina muerte de Frederick Barnjum. No podía negarse. Si quería completar sus estudios en McGill debía pagar un dinero que su empleo estival para tío Peter no alcanzaba a cubrir.

 

Para entonces había entablado amistad con Daniel Andrew Budge, el director de una institución londinense que se había extendido ampliamente por Norteamérica desde su origen en 1844 y una de cuyas sedes más antiguas residía en Montreal. Era la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA). Y algunas de las conversaciones de mayor peso filosófico se las había procurado su relación con aquel hombre. El día menos pensado Budge le ofreció algo. "Oye, Jim. Tenemos una escuela que necesita a alguien como tú. Puedo recomendarte, aunque en realidad debería ser al revés". Naismith tan sólo preguntó dónde. "No está en Canadá".

 

En abril de aquel año 1890 el doctor James completaba sus estudios pudiendo optar, si así lo deseaba, por ejercer como sacerdote. Pero la oferta de Budge le rondaba desde hacía tiempo la cabeza. Si no el destino extranjero, sí la organización religiosa, que armonizaba perfectamente las dos cosas que gobernaban con firmeza su vida. Empleó el verano visitando varios centros dejando para el final su viaje a Springfield.

 

Allí le sorprendió su director y la inmediata química generada entre ambos. Luther Gulick contravenía la imagen de vieja flema británica que James sin duda esperaba encontrar. "Le imaginaba mayor, señor Gulick". Rápido y firme, el director, hijo de un misionero destinado en Hawaii, demostró que la concepción del entrevistado no distaba mucho de la realidad. "Puede llamarme Luther, pero no cometa más errores". El caso es que ambos se dispensaron una magnífica impresión. "Tengo muy buenas referencias suyas. Así que usted decide".

 

No hubo que esperar. Naismith regresó a Almonte al calor de los suyos. Era un verano de despedida. Lo había decidido. A pesar de que los reproches no cesaban. "No puedes hacer esto". A los lamentos de Annie se sumaban los de tío Peter, convencido de que aquel tardío regreso a los estudios se debía únicamente al cumplimiento de una promesa que nunca hizo.

 

En septiembre tomaba rumbo al sur. Al siguiente nuevo mundo.

 

Qué rápido había pasado todo, pensó. Lo hizo sin reparar en que él mismo había contribuido a ello. Durante la primera cita Gulick le informó de que debía completar dos años de instrucción. Naismith lo haría en uno. Y sin dejar de jugar. En Springfield seguiría siendo el centro del equipo de rugby.  

 

Apoyándose en la madera se incorporó pesadamente y estiró algo las piernas por la habitación. Su cama estaba intacta. Y él demasiado desvelado para deshacerla.

 

En unas horas debía presentar la solución para la que había sido reclamado. Y no la tenía. Tantos días después seguía sin tenerla. Y temía lo peor. En pie junto a la ventana maldijo aquella parálisis. Hasta llegó a creer que fuera a causa del fuerte golpe recibido poco tiempo atrás ante un equipo de Connecticut, cuando perdió el conocimiento y despertó sin memoria. Aquel sábado se lo llevaron a su habitación -"Descansa, amigo. Mañana estarás mejor. Jim, ¿nos oyes?"- y no sería hasta el domingo que la cabeza volvió a su sitio. Ahora casi añoraba la serenidad de aquel sueño profundo.

 

Se preguntó cuánto tiempo llevaba divagando, cuánto extraviado del único motivo por el que seguía allí despierto. Una razón que no se había movido del sitio. Como una sombra implacable.

  

Todo se remontaba a trece días atrás. Cuando fue reclamado por Gulick para una cita en su despacho. Era la primera a solas después de una serie de reuniones con más instructores de la escuela y todas con el mismo desenlace, coronado por el disgusto del director. "Seguimos igual. Aquí no hay nada nuevo bajo el sol". Aquella mañana el rostro de Gulick había empeorado visiblemente. "Jim, esto no puede seguir así". Naismith conocía el problema. Todo el mundo lo sabía. Pero no acertaba a intuir qué podía pedirle esta vez su superior. Y aun menos la urgencia. "Tienes dos semanas. Ni un día más ni uno menos". Inventar algo nuevo era una posibilidad. Pero que además funcionara dificultaba las cosas a un grado que el profesor desconocía. "Confío en ti".

 

No era que Gulick la hubiese tomado con él, como llegó a creer. Era su certeza de que si alguien podía hallar una solución ése era Naismith. Y el muestrario de Gulick era, como la misma YMCA, mucho más amplio que las paredes del centro.

 

El problema era evidente. Lo venía siendo durante años. Todos los deportes podían ser practicados al aire libre los largos meses de tregua. Pero al precipitarse el frío y los alumnos dentro del recinto, del pequeño gimnasio de la escuela, el problema era crítico. La gimnasia de suelo y los aparatos aburrían a todos por igual. La motivación rehuía a profesores y alumnos y los dos o tres juegos que a ratos practicaban -three deep, line ball y una variante del cricket- no despertaban gran entusiasmo.

 

Los meses de invierno hacían así hibernar el deporte perdiendo la red escolar de la YMCA buena parte de su sentido. Hacía falta algo nuevo que incorporar a las muchas horas de instrucción en el gimnasio.

 

Recibida la orden Naismith no pensaría ya en otra cosa. Pero no hallaba nada. Y a cada jornada infructuosa su desasosiego era mayor, lo que provocaba largas noches de insomnio en la última de las cuales, a cuatro días de la Navidad de 1891, se hallaba apresado. Era el día en que el plazo expiraba.

 

Jim lo había pensado todo. Sin reparar en recursos. En busca de inspiración acudió a la Universidad de Yale e incluso visitó la pequeña isla de Martha's Vineyard, en cuya escuela se impartía el llamado método sueco de entrenamiento. Rellenó libretas enteras. Pero ninguna solución a la vista.

 

 

 

 

Los numerosos intentos de trasladar los grandes deportes al gimnasio se habían saldado, como era de esperar, en rotundo fracaso. El fútbol tendía al destrozo de mobiliario y ventanas. El rugby al de crismas. Y el lacrosse a una intrincado enjambre de arcos en mutuo apaleamiento. Ningún ensayo evitaba el disgusto de los veteranos y el desconcierto de los novatos, muchos de los cuales terminaban lastimados.

 

El mismo Gulick había probado lo suyo. Un par de juegos sin excesivo fuste de continuidad. Uno era el battle ball, obra de un profesor de Harvard, que buscaba hacer diana sobre los rivales al lanzamiento del balón. El otro, evitar que los balones medicinales tocaran el suelo una vez eran arrojados por los rivales con mala idea.

 

Todo en vano.

 

Como penúltima prueba Gulick había contratado los servicios de un tipo, Robert Clark, célebre por sus ejercicios anaeróbicos en Williams College. La novedad en Springfield consistió en unas carreras de patatas que más que al entusiasmo movieron a la burla. Desesperado, el director optó por encargar la solución a Naismith.

 

No bastaría el papel. Para que la presumible invención no corriera riesgos debía probarse ante la clase más difícil del centro, un grupo de veteranos conocido como los incorregibles. Antes que convencer a muchos Naismith sabía que bastaba con hacerlo con dos estudiantes: su compatriota T.D. Patton y un descarado irlandés de Memphis de nombre Frank Mahan. Los dos líderes del aula. Cualquier cosa que dijeran era seguida por el resto a pies juntillas. Convencidos ellos, convencidos todos.

 

Era lo de menos. Le azuzaban más otras advertencias, una de las cuales tampoco facilitaba las cosas. "Y nada de juegos con pelota pequeña. Necesitan una equipación extra que no estamos en condiciones de sufragar". Desde el principio Naismith había desechado versiones reducidas del béisbol, el tenis, el squash, el cricket, el lacrosse o el hockey. Pensó que no servían. Y hasta aprobaba la suspicacia de Gulick. "Ten por seguro además que esos truhanes esconderán la bola a la menor ocasión".

 

Teniendo todo esto muy presente un repentino fulgor de la lámpara le devolvió a la relectura de sus líneas maestras. Como a mitad de hoja una de ellas rezaba a trazo más grueso: "They can't run with the ball". Acto seguido tuvo claro que si no podían correr con el balón tendrían dos opciones. No. Tachó. Obligaciones. Debían pasar el balón a un compañero o bien enviarlo directamente hacia algún destino objetivo del juego.

 

Instintivamente volvió a dibujar una portería. Era la enésima vez que lo hacía. Había imaginado el depósito del fútbol y el lacrosse bajo techo. Pero de repente aquella simple boca presidiendo una nueva  hoja le hizo imaginarla flotando. A cierta altura. En algún sitio por encima del suelo. A la vez, se convenció, era una portería mucho más pequeña. 

 

Naismith apretó la pluma entre los dedos y escribió: "Elevated above the defenders' heads".

 

Imaginó entonces a los muchachos arrojando la bola con todas sus fuerzas en esa dirección. Y de nuevo Gulick y sus malditas advertencias se interpusieron. "No quiero pelotazos. Acabarán con todo".

 

Su memoria remontó entonces con fotográfica precisión al juego de infancia que llamaban Duck on the Rock. Jim y sus amigos situaban sobre el borde de una gran roca una pequeña piedra que habían de desplazar con el lanzamiento de otras. Todos obraban de igual manera. Todos menos él. Lo que llevaba al pequeño Tait a hacerle siempre la misma pregunta:

- Jim, ¿por qué tiras tan suave?

- Así no tengo que ir a recogerla tan lejos.

Mientras los demás ponían todas sus fuerzas en los disparos, todos en línea recta, Jim los realizaba con una suave parábola. Para que el contacto, caso de darse, se produjera de arriba abajo.

 

Ahora la pluma escribía sola: "Throw the ball in an arc". La más simple consecuencia de imaginar dos mundos: uno, de entrada horizontal, como en el fútbol o el lacrosse, y otro, de entrada vertical: que la bola cayera del cielo habiendo sido arrojada unos palmos por encima del suelo, acaso a la altura del jugador. Y añadió: "Force will be of no value".

 

Los siguientes minutos fueron de una cadencia lógica perfecta. Un efecto estimulante y extraño, obra de una insólita lucidez cuya naturaleza, escribiría años más tarde, sólo podía ser explicada "from the philosophical side". Las dos semanas de enquistamiento habían llegado repentinamente a su fin. Derribado el dique las aguas rompían por el canal más blanco de sus hojas.

 

Naismith coronó el esbozo con una última consigna que abriría fuego: "Throwing the ball up between the two teams". Y eso le correspondería a él.

 

Pasó a limpio éstas y otras valiosas líneas que su cabeza había tramado en secreta intimidad antes de acostarse. Era tarde. Pero nunca como entonces tenía tantos motivos para poder dormir en paz.

 

Era la mañana del 21 de diciembre. El frío apretaba. Pero lo hacía fuera.

 

-Pop, necesito tu ayuda.

Robert Stebbins, el conserje, daba una última barrida al vestíbulo a poco de iniciarse otra jornada.

-Usted dirá, señor.

-Necesito un par de cajas de madera. Que sean sólidas. Y como de un tamaño de medio metro de lado.

Stebbins no disponía de ellas y acarició su barbilla en señal de duda. Una duda que el mismísimo Descartes habría celebrado. Porque de haberse empeñado en cumplir la orden habría acudido a por ellas a alguno de los institutos cercanos.

-Lo lamento, señor, pero... ¿no le valdrían un par de cestos de melocotones que hay en el almacén?

-No sé... ¿podría verlos?

-Naturalmente. Venga conmigo. Son de más o menos este tamaño -y a paso firme abría las manos en torno a las 18 pulgadas que el profesor le había sugerido.

 

Naismith abrió los ojos en cuanto los tuvo a la vista. No eran más que unos cestos. Los mismos de siempre. Y sin embargo creía estar viéndolos por primera vez en su vida.

-¿Le valen?

-¡Son perfectos! -repuso radiante-. Coge uno. Yo llevaré el otro. Coge también la escalera, un martillo y unos clavos grandes. ¡Vamos!

-¿Adónde?

 

De un solo golpe Naismith abrió la doble puerta del gimnasio.

 

Se apresuró al otro extremo mirando hacia arriba, a un punto intermedio bajo el balaustre finamente torneado que circundaba el recinto como una corona.

-¿A qué altura está el raíl? -preguntó.

-No sabría decirle, pero en torno a los diez pies.

 

Diez. Diez era un número mágico. Perfecto. Por alguna razón estaba ahí, dormitando a la espera de ser despertado.

-¿Tiene usted una cinta métrica?

No quería perder ni una pulgada.

 

Unos minutos después los cestos estaban colgados. Uno bajo el centro mismo de la balaustrada. El segundo sobre la puerta, al otro extremo de la estancia.

 

Naismith corrió a su despacho y tomó un par de hojas vírgenes. Empleó la siguiente media hora en redactar un total de trece reglas que concibió aprisa como innegociables. Dirigió entonces sus pasos al despacho de la secretaria.

-Señorita Lyons. Le ruego pase a máquina estas notas.

-¿Ahora?

-Ahora.

 

En cuanto dejó listas las dos hojas sobre el tablón de anuncios, junto a la entrada del gimnasio, las agujas del reloj acariciaban las once y media. Los muchachos estaban a punto de llegar.

 

Su último viaje fue hacia el almacén. De allí trajo consigo un espléndido balón de fútbol, el más robusto y reluciente de cuantos encontró. Le invadía un creciente nerviosismo que se obligó a moderar sin mucho éxito. De vuelta al gimnasio supo que todo estaba en regla. Tan sólo necesitaba una prueba real.

 

Escrutaba por última vez el cesto del interior cuando una voz le hizo girar en el acto.

-¡Ey, esto es nuevo¡ -exclamó Mahan, al que siguieron todos descubriendo las dos hojas impresas.

 

Allí estaban los 18 incorregibles.

 

Con morbosa curiosidad Mahan alcanzó la posición del cesto bajo el pasillo. Le siguieron los demás. Lo hicieron lentamente, como escolares que ingresaran con sigilo en la sala principal de un museo. "¿Qué es esto?". Naismith tragó saliva. "Bien -resopló-. Os voy a explicar en qué consiste este nuevo juego". Que no tenía ni nombre.

 

Se hizo otra vez con las reglas y a mitad de alocución hizo entrega de ellas a los estudiantes para que fueran cambiando de manos.

 

A excepción de Ruggles y Macdonald, todos lucían ese presuntuoso bigote de la Nueva Inglaterra finisecular. Vestían la indumentaria habitual de gimnasia mientras la luz de la mañana entraba generosa por los ventanales, dotando al piso de madera de un extraño brillo que figuraba un salón de baile. Stebbins había evacuado oportunamente aparatos y enseres, apilados junto a uno de los fondos. No había líneas. Sólo muros que delimitaban una estancia de unos 18 por 10 metros que, a pesar de conocida por todos, desprendía un irresistible aire renovado aquella mañana por la poderosa presencia de dos elementos.

 

Naismith separó el aula en dos grupos y eligió dos capitanes. El californiano Eugene Libby y el canadiense T.D. Patton fueron los encargados de seleccionar a los otros ocho con que completar los dos equipos. Acto seguido el profesor encargó a los capitanes que perfilaran en sus grupos tres líneas de juego: tres defensores atrás, tres medios y tres delanteros.

 

-¿No podemos movernos? -preguntó Davis.

-Podéis hacerlo libremente. Pero es mejor preservar un cierto orden.

El mismo que obedecían en los otros deportes.

 

El silbato puso fin al murmullo y el balón de fútbol se elevó al aire por primera vez.

 

Todo pasaría volando. Tal vez porque para todos resultaba una experiencia completamente nueva.

 

Una primera impresión, diametralmente opuesta a todos los ensayos anteriores, desprendía entusiasmo. Un abandono de todos los jugadores al fragor del nuevo juego. Un interés natural por encima incluso de las mejores expectativas.

 

Era difícil mantener a los chicos en sus líneas de campo, pero por alguna razón conservaban ligeramente la posición asignada, evitando así las melés que Naismith tanto había temido. Había de hecho como un cuidado especial en no tocar a los rivales, o no hacerlo como en el rugby. Insistir en el castigo de la expulsión estaba dando resultado.

 

Todo sucedía con aire lúdico. Pero nadie sabía qué hacer. El instinto movía a quien tuviera el balón a salir corriendo. Y nada materializaba la idea del trabajo en equipo. Tan sólo que a medida que los minutos discurrían los pases parecían aumentar en intención y con mayor acierto que los tiros, muchos de ellos tan disparatados como -bastaba contemplarles- divertidos. 

 

Sin más orden que el caos ni más destino que el azar la bola fue a parar a las manos del reservado estudiante de New Bedford, William R. Chase, uno de los pocos nativos de la clase. Ocupaba una posición algo más retrasada de la mitad del gimnasio, como a unos ocho metros del cesto. Chase elevó allí su mirada mientras su mano derecha formó con el balón un trazado que semejaba un anzuelo y que dio con aquella parábola que Naismith había soñado. Un instante después un golpe seco, como de sordo tambor, provocaba el silencio. Todos miraron a Naismith, que reaccionó señalando uno de los campos al grito de: "¡One goal!", mientras Chase recibió con orgullo los atolondrados cumplidos.

 

Entretanto Stebbins, atento como siempre, subía fatigosamente la escalera portátil y devolvía el balón a su sitio.

 

Aquello encendió los ánimos del equipo rival, que multiplicó sus lanzamientos al otro cesto sin éxito hasta el final del partido, momento en que Naismith hizo sonar con fuerza el silbato mientras se esforzaba en repetir "It's over!".

- ¿¡Ya!? -corearon indiscriminadamente.

 

Nada como aquella última reacción para maravillar a un hombre que, ahora sí, entendió que había cumplido su trabajo. Acaso su lugar en el mundo.

 

Los muchachos tenían otra clase y Naismith que comunicar algo importante al director de la escuela. El alumbramiento de un recién nacido. Pequeño, retorcido y sangriento. Pero una nueva vida que su mismo padre debía dar a conocer.

 

 

 

 

Dos semanas después una epidemia había invadido el centro y corría a expandirse por otros a gran velocidad. El juego había resultado un completo éxito.

 

Naismith cerraba la puerta de su dormitorio cuando vio subir escalera arriba a un alumno muy familiar.

-Mahan, ¿qué te trae por aquí?

-Verá, señor, como usted sabe estas hojas desaparecieron hace ya unos cuantos días.

 

Las reglas mecanografiadas por Miss Lyons habían sido robadas y ya se daban por perdidas. Mahan extendió su mano con ellas.

-Vaya, las has encontrado.

-No, señor. Fui yo. Lo siento, de veras. Pensé que eran muy importantes. De hecho así lo creo. Estoy convencido de que esto es algo muy valioso, un pedacito de historia que el futuro pagará en su justa medida. Y le corresponden a usted. Usted es su dueño -alzó la voz con su inconfundible acento de Tennessee-. Por eso se las traigo. Le ruego sepa disculparme. Obré mal.

 

Naismith era muy indulgente y no vio mayor delito en aquella acción. Antes bien apreció el valor del joven, que en señal de compensación venía dispuesto a añadir algo más.

 

-Todavía no tiene nombre. ¿Por qué no llamarlo ‘Naismith ball'? Usted es el inventor y así se le recordará siempre.  

-No, Frank, eso nunca.

Pero Mahan era rápido. Y nunca desfallecía.

-Pues entonces, señor, si tenemos un balón y un cesto... ¿por qué no llamarlo baloncesto?

 

Una radiante sonrisa iluminó el pasillo. Mahan era un chico listo. Y Naismith un buen hombre.