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Después de una buena carrera en categorías inferiores, tanto a nivel internacional con Eslovenia, como en la liga junior y en la primera división eslovena, Klemen Prepelic está consiguiendo afianzarse como uno de los jugadores a seguir en la Liga Adriática debido a su gran papel con el KK Helios Domzale.

 

Aunque realmente esto no viene de nuevas, ya que Prepelic fue uno de los mejores de la selección de Eslovenia en el campeonato de Europa sub 20 en Bilbao y además formó parte de la preselección de la selección absoluta este verano, lo cual nos habla de un jugador que puede dar mucho que hablar en los próximos años a nivel europeo ya que hace tres meses cumplió tan solo 20 años.

Está firmando 14 puntos, 2,4 rebotes, 2,6 asistencias y 6 faltas recibidas para 13,8 de valoración por noche en la liga Adriática, siendo el jugador clave de su equipo, con algunas actuaciones estelares como hace dos semanas en la victoria en la prórroga ante Hemofarm con 28 puntos, 7 rebotes y 7 asistencias.

Prepelic es un escolta puro de 1,91, de esos en los que el físico no es realmente lo más importante. Aún así, presenta un buen cambio de ritmo y es un jugador notablemente rápido en transiciones. Su principal arma es el tiro el exterior, tiro que ejecuta con facilidad y que usa en muchas situaciones, pudiéndoselo crear el mismo tras bote, pero con mayor eficacia en salidas de bloqueos, tras pase y paradas y tiro.

Como buen escolta presenta un buen manejo con ambas manos, puede ir hacia ambos lados para atacar con un buen cambio de ritmo y atacar el aro, parar y tirar una suspensión de media distancia –sobre todo con su mano “mala”- o ver con cierta facilidad, cada vez más, los espacios, los cortes y los hombres abiertos, siendo un jugador que puede sacar de vez en cuando una faceta de escolta creador. Puede que antes fuera un jugador más centrado en el tiro exterior, pero cada vez más se muestra más agresivo de cara al aro.

Él es el líder de su equipo, algo a lo que viene estando acostumbrado desde muy joven, y es algo que se nota, puesto que le gustan las bolas calientes.

Aún así, no es un base, ya que no es un jugador director, ni creador al 100%, es un escolta que aglutina las buenas artes del “dos puro”. Ya que a pesar de que en su búsqueda al aro puede crear, sus intenciones son más anotadoras, aunque leyendo notablemente el juego y sin abusar del tiro. Además su uso de bloqueos y pantallas son donde suele sacar buenas ventajas y espacios para sus lanzamientos.

Defensivamente es un jugador comprometido, bastante agresivo en el 1 contra 1, sobre todo atacando al balón. Aún así tiene problemas con gente muy explosiva o más grande, así como en salidas de pantallas. Tampoco es un gran reboteador. Pero en la faceta defensiva va mejorando, sobre todo en cuestiones de desplazamiento lateral.

Se trata en definitiva de otro talentoso jugador de la prolífica cantera eslovena, al que habrá que seguir su evolución con atención en los próximos años y ver si es capaz de dar el salto.

Jon de la Presa

Este año está volando. Desde noviembre que escribí el ultimo blog, han pasado inmensidad de cosas en todos los aspectos de mi vida, tantas que no he tenido tiempo hasta ahora de compartirlas con vosotros. Cada día que pasa veo la gran suerte que tuve de poder venir aquí y la gran decisión que tomé de cambiarme de Rio Grande a MSOE. Las clases siguen duras como siempre, pero ya la mayoría de ellas están dedicadas a mi carrera, cosa que me gusta y me ilusiona. Ya tengo las primeras experiencias de vida real en el sector, cursando el “Junior Project”, una pequeña experiencia previa al proyecto fin de carrera, 3 meses trabajando como consultor para una empresa de Milwaukee. El cuatrimestre que viene tendré otra clase con experiencia de vida real y, aparte, estoy en conversaciones con varias empresas, entre ellas Harley Davidson, para empezar a trabajar allí en marzo o junio. La vida académica empieza a cobrar sentido. Después de 3 años se ve la luz a lo lejos, algo que te hace que cada día lo empieces con más ilusión y ganas que nunca.

Todo esto, lo compagino encantado con mi trabajo en la universidad (hacer las estadísticas para el resto de deportes), con mi empresa (una plataforma online dedicada a la los estudiantes y profesores universitarios americanos), que yo junto con mis tres socios y con la ayuda de varios profesores y la organización “Entrepreneurs” de la universidad hemos abierto, y por supuesto mi gran pasión; el baloncesto.

 

 

 

 

La temporada va mejor de lo esperado. El duro calendario de partidos de no conferencia ha hecho que nuestro récord no sea tan bueno como el año pasado, pero aun así estamos cumpliendo en los partidos de conferencia que son los importantes. Ganamos a Aurora College, después de 4 años sin que MSOE les ganara, y ganamos también, en un gran partido, a Edgewood, el líder de la conferencia, colocándonos lideres nosotros. Finalmente, el fin de semana pasado perdimos contra Concordia Wisconsin, colocándonos empatados por el primer puesto. Después de que varios jugadores dejaran el equipo por estudios, o motivos personales, nadie esperaba nada de nosotros, y aquí estamos dando guerra y sin parar de trabajar y soñar al mismo tiempo.

Así que, así va mi vida, viviendo un sueño académico y profesional que no tendría oportunidad de vivir en España, compitiendo como siempre en la mayor de mis pasiones, y disfrutando de cada momento. Por lo que tengo entendido, casi una decena de jugadores de baloncesto españoles están intentando a través de AGM Sports vivir una experiencia parecida a la mía. Desde aquí solo tengo una frase para ellos:

 

“A por ello, y nunca dejéis de luchar”

Víctor Sánchez Bande
 

Buenas una vez más,

 

Me reengancho a la narración de esta temporada tras la Navidad. Para muchos un período más de cenas de equipo y pachanguitas en los entrenamientos que, propiamente dicho, duros entrenamientos. Ahí, no os voy a engañar, en mi club mantuvimos la tradición. No faltó la pachanguita donde los entrenadores llevamos nuestro talento de la teoría a la práctica. Como es evidente después de tanto tiempo sin jugar estaba algo más que oxidado. Por suerte si yo lanzaba un pase a las nubes mi compañero Román lo pillaba en la clásica jugada "pincho" que, efectivamente, viene en homenaje a Andrés Montes. De lo que no me salvé fue de mis pases fallados y triples sin sentido, pero es que claro como me voy a jugar con la camiseta de Stephen Jackson ¡El espíritu de su camiseta me invadió!

 

Hasta aquí todo normal, pero de ahora en adelante fue algo ligeramente diferente. En primer lugar porque he estado pegado a una silla y a un ordenador todas las navidades dale que te pego con trabajos del curso de entrenador. Es lo bueno y lo malo que tienen los cursos a distancia, no tienes que ir a clase... porque la clase la tienes en casa. Total que al final he acabado del "playbook" hasta los mismísimos... triangulitos, jejeje.

 

Y para rematar mi sobredosis de baloncesto, en estas fiestas, además, campus y entrenamientos con el Ciudad Ros Casares. Sí, como lo oís, por mor de tener que hacer prácticas en el curso, yo y mi compañera de club Maribel, solicitamos hacer la formación continua con la primera plantilla del club. Desde luego que nos parece mucho más interesante y práctico ver como se gestionan entrenamientos y la preparación de un partido a asistir a unas charlas o clínics que, quien más o quien menos, ya ha estado en unos cuantos o ha visto en DVD.

 

Gracias a la amabilidad de Carme y David y con la colaboración de Andrea y los técnicos Roberto y Toni, pudimos seguir los entrenamientos del equipo justo antes del primer partido del año y en la semana en la que se incorporó Maya Moore.

 

Imagen Ciudad Ros Casares

 

Qué deciros de los cambios entre un equipo profesional y cualquiera de los equipos que nosotros, en la base o en categorías menores, podemos llevar. Sinceramente, los entrenamientos y sistemas no me parecen que estén fuera del alcance de unos profesionales con ganas de aprender, pero lo que sí noto la diferencia es en la capacidad de las jugadoras para asimilar conceptos.

 

Asistimos a varias sesiones y la más enriquecedora desde luego fue la táctica. Ver cómo ejecutan sistemas, trabajan transiciones y desde la banda se fomenta la creatividad me parece espectacular. En nuestros niveles cuesta horrores que ejecuten sistemas algo complejos (perdonadme pero es que a mí me tira mucho la táctica), pero aún más que rompan los sistemas y creen algo de la nada. En las profesionales es muy diferente, pero claro todo es más fácil si en la pista tienes Laia Palau, Sílvia Domínguez, Lauren Jackson, Sancho Lyttle... o Maya Moore.

 

Desde luego que lo de esta chica nos impresionó desde el primer día. Por si no lo sabéis es la número uno del draft y talento tiene para dar y repartir pero lo que más nos llamó la atención a Maribel y a mí fue la intensidad que mostraba en cada entrenamiento. Como entrenadores ver la actitud y predisposición al trabajo con la que se mostraba me parecía encomiable.

 

Dentro de la formación vimos como se programaba la semana de trabajo para afrontar el partido y pudimos seguir de cerca ese encuentro. Siempre me fascinan los sonidos del baloncesto, tanto cuando se ve en la tele con los micros a entrenadores como cuando tengo la suerte de estar cerca de un banquillo. Un encuentro tiene muchas intrahistorias y como entrenadores también aprendemos cómo llevar un partido y gestionar encuentros viendo a compañeros.

 

Desde luego que fueron unas sesiones largas (se entrenó en nochevieja y año nuevo) pero, como estudiantes de la materia, desde luego que merece la pena tener la oportunidad de ver la profesionalidad con la que trabajan jugadoras y entrenadores de primer nivel.

 

Y así fueron las navidades, entre apuntes, programas informáticos y los entrenamientos en la Fuente de San Luis... No sé si de todo ello aprendí algo, pero el primer partido del año lo ganamos y ya nos hemos asegurado ser terceras de grupo, que es el mejor récord que hemos tenido en los tres años que estamos Román y yo llevando al equipo júnior... Esto lo dejo caer por si los directivos del club tienen a bien recompensarnos con un aguinaldo postrero jejeje.

 

Ojos marrones, ni duros ni blandos, más bien calmos. Y una mirada escarpada, menos fría que tibia, lo que abría al recién llegado un territorio como infranqueable. Para retirar el telón había que ganarle. Y nunca era breve el tiempo de conquista. Si se lograba, luego de un inolvidable momento de sorpresa, cuentan que merecía la pena descubrir los misterios que se ocultaban tras aquellos ojos fronterizos.

 

 

Pero sanos y limpios.

 

 

Eran los ojos de un joven de 20 años. Un jugador espigado y monumental.

 

 

A unos días de la Navidad de 1967 la universidad de Bradley venía invicta en sus ocho primeros partidos. Era cuestión de medirse a la vigente campeona UCLA, que no tuvo la menor piedad aplastando a su rival por 109 a 73. El equipo de John Wooden, una cosa imbatible, sumaba así su 38ª victoria consecutiva. Pero el viejo no estaba contento. Había ocurrido algo feo. Al poco de la reanudación su pívot Lew Alcindor, que era como decir el equipo entero, había sido golpeado accidentalmente en el ojo izquierdo, causándole esa insoportable molestia de picores húmedos y ciegos que sólo al cabo de largos minutos devuelve la vista a la normalidad. Wooden aguardó, lo sentó y preguntó. “¿Estás listo?”. Lew presentaba un ojo más cerrado pero había dejado de lagrimar. Volvió a salir. Pero al poco el simple contacto con el aire le dejaba tuerto. A falta de 13 minutos –y con 13 puntos y 11 tapones– Wooden plegó el mástil y Lew enfiló a vestuarios con una toalla en el rostro.

 

 

A las pocas horas todo volvería a su sitio. Había sido un golpe y los golpes remiten. Jugaría contra Notre Dame.

 

 

Apenas dos semanas después, el 12 de enero, UCLA se medía a su rival de California en Berkeley. En las postrimerías del encuentro, y con todo dominado por los de Wooden, una lucha por el rebote terminaría con un dedo del alero Tom Henderson en el ojo de Alcindor, que juraría haber sido víctima de un balazo con vuelta. Otra acción fortuita. Pero esta vez parecía más seria. Lastimado de nuevo por el mismo sitio Alcindor se llevó la mano a la cara retirándose de inmediato del partido con 44 puntos a sus espaldas.

 

 

Al término el pívot no estaba para nadie. A las preguntas de cómo se encontraba, el director deportivo de UCLA, J.D. Morgan, no pudo ser más escueto: “Dice que ve borroso”.

 

 

Debía ser éste el motivo de que la siguiente velada ante Stanford la viera lisiado desde el banquillo. Un aparatoso vendaje cubierto por unas gafas de sol era la guisa de Alcindor en el primer partido ausente de su carrera universitaria.

 

 

 

 

 

 

Su ausencia, o más bien la incertidumbre sobre su estado, inquietaba a demasiada gente. El sábado 20 de enero UCLA debía medirse a la número dos del país, Houston, en el colosal Astrodome y desde tiempo atrás este enfrentamiento estaba siendo promocionado como el más grande en la historia del college. A dos días de la cita Alcindor tampoco jugaría contra Portland. Le habían dejado ingresado en la Clínica Oftalmológica Jules Stein de UCLA, donde a primera hora del lunes Wooden impartía órdenes a todo el que se cruzara. “Te vas a quedar aquí lo que haga falta”. Su visita fue un monólogo. Lew no tenía ganas de hablar. De hecho no abrió la boca. A la media hora Wooden se despedía con un último dictado: “Señorita, no le pasen ni una sola llamada”. El viejo cerró la puerta de la habitación persistiéndole pasillo adelante la grotesca imagen de unos enormes pies saliendo de la cama.

 

 

El miércoles el doctor Paul Reinhardt, a cuyo cargo quedaba el paciente, hacía público el diagnóstico: “Extremely superficial abrasion”. Reposo y poca luz. Tres días y medio después del ingreso le daban el alta y aquella misma jornada Lew empezaba a correr. Un par de sesiones suaves acompañado de Wooden para recuperar, en lo posible, el tono muscular. Nada más. El viernes a la noche, víspera del gran partido, le retiraban el vendaje.

 

 

- ¿Cómo ves?

 

- No veo.

 

- Es normal. Acuéstate, duerme y mañana estarás mejor.

 

 

El partido ante Houston, retransmitido para toda la nación, cumplió las expectativas de audiencia muy por encima incluso de lo previsto. Lo tuvo todo, y por tener, tuvo hasta sorpresa. La universidad texana ponía fin a 47 victorias de UCLA ante el delirio de casi 53 mil espectadores, cerca de 35 mil más que el mayor aforo registrado hasta entonces en un partido universitario. Dos tiros libres de Elvin Hayes a falta de 28 segundos adelantaban a Houston con el resultado que a la postre sería definitivo (71-69). Hayes hizo el partido de su vida. 39 puntos en una espléndida serie de 17 de 25. Muy al contrario Alcindor había presentado una versión sombría, pobre, casi remota. Sus 15 puntos cayeron a cuentagotas en sólo 4 aciertos de 18 intentos.

 

 

Al término la prensa le apretaría por el mismo lado y Alcindor despachó el asunto aprisa: “No, no han sido los ojos. Físicamente no estaba bien”. Y tampoco Wooden tendría mayor problema en reconocer lo ocurrido, elogiar a su rival y aclarar a todos que incluso después de lo visto: “No cambiaría a Alcindor por Hayes”.

 

 

Al día siguiente saldrían a colación desde la misma clínica de UCLA algunas secuelas que al parecer no habían sido del todo publicitadas. El ojo izquierdo de Alcindor presentaba una irritación severa que le provocaba visión doble y distorsión de la profundidad. “No es una excusa –declaraba anónimamente un miembro del cuerpo médico–. Pero es obvio que en el partido ante Houston no medía bien sus tiros”.

 

 

Aquella misma semana sería examinado otras dos ocasiones dado que viernes y sábado tocaba doble velada en Nueva York ante Holy Cross y Boston College. Lew rompió su silencio para expresar su deseo de jugar ambos partidos en su urbe natal, ante su gente. “John, quiero jugar. Como sea pero no quiero faltar a la cita”. De hecho medirse a Holy Cross, a la que entrenaba Jack Donahue, su técnico en el instituto, tenía para él un añadido muy personal. Wooden consultó al doctor Reinhardt y éste dio el visto bueno. “Está bien, contamos contigo”.

 

 

Y Lew pudo así cumplir sus deseos. Volvió para superar a Boston College sumando 28 puntos, 17 rebotes y 5 asistencias. El Madison también se llenaría el sábado para verle hacer 33 puntos a Holy Cross. Wooden aseguraba tras el partido que su jugador principal estaba “fuera de forma”. Y no faltaba a la verdad. Alcindor apenas había entrenado desde la lesión. Pero al 60 o 70 por ciento seguía siendo el jugador más desequilibrante del país. Y sanado el ojo sanada la forma.

 

 

Antes de arrancar la primavera de 1968 Alcindor se alzaba con su segundo título nacional. Al año siguiente la misma historia. Era como si con él fuera imposible perder.

 

 

Para entonces el mayor cambio de todos pertenecía a su vida interior. Había abrazado la religión islámica. Pero no sería hasta tres años después, cumplido el lento trámite legal, que su nombre cambiaría del todo. Conquistó su primer título de la NBA en 1971 como Lew Alcindor. Arrancaría la temporada siguiente como Kareem Abdul-Jabbar. Generoso. Sirviente de Alá. Poderoso. “Ese es mi nombre y así quiero que me llaméis”. Ese era su nombre y así quería que le llamaran. Era la exigencia de un hombre cuyas apariciones públicas tenían algo de profunda y vital reclamación. Donde la sola presencia, portando el féretro de Martin Luther King o renunciando a los Juegos de México, subrayaba el acto por el acto, esa protesta pacífica y silenciosa que de Cristo a Gandhi admitía el genuino lenguaje de la dignidad.

 

 

 

 

 

 

Incluso su mirada había cambiado. Acaso más contraída, incluso apagada. Pero más firme y grave, como esos días de nubes bajas sin lluvia. Era como si en apenas dos o tres años su vida mental hubiera avanzado diez o doce, consecuencia de vivir un compromiso. Personal, social y político. Eran tiempos difíciles. De cruzar la línea aun ganándose la aversión. “Traidor”, pudo leer en medio de un contexto, agitado y cruel, al cabo del cual el deportista, como figura pública, había enfriado hasta convertirse –ya para siempre– en un tipo necesariamente ártico.

 

 

Así la templanza de Abdul-Jabbar sería una de las cosas más difíciles de quebrar dentro de la misma NBA. Y si alguna vez lo hacía hasta podía percibirse el motivo. Una de aquellas raras ocasiones tendría lugar en el interminable sexto partido de las Finales de 1974, resuelto luego de dos prórrogas con un sky hook que igualaba la serie camino de un séptimo y definitivo en Milwaukee. Boston y su tonelaje de raza blanca eran motivo suficiente para estallar de rabia y así lo hizo. Breve. Muy breve. Porque los Celtics rematarían el título a domicilio. Y no mucho después Oscar Robertson abandonaba. Pronto perderían además a Lucius Allen camino de Los Angeles. El equipo se deshacía a pedazos. Más motivos para no sonreír.

 

 

Con todo, pasado el verano los Bucks eran los vigentes subcampeones y seguían contando con el mejor jugador del mundo, como probaba además su tercer galardón en cinco años. Pero sin más avances, corrían el riesgo de una excesiva confianza.

 

 

A principios de octubre un partido de pretemporada medía en el Dayton Arena de Ohio a Portland y Milwaukee, lo que básicamente equivalía a hacerlo con Bill Walton y Kareem Abdul-Jabbar, las dos últimas grandes estrellas de UCLA. De hecho no era otro el reclamo.

 

 

El promotor de aquel encuentro era Don Nelson, que sacaba con estas exhibiciones algún pellizco que sumar al contrato con los Celtics. Como cualquier otro promotor Nelson pretendía una rueda de prensa de los dos grandes para airear el evento en condiciones. Con Walton, más disperso que difícil, no habría mucho problema. Con Kareem, en cambio, era distinto. Su entorno sabía bien de lo complicado que a veces resultaba sacarle de la habitación del hotel en las giras. Nelson buscó entonces la ayuda del director deportivo de los Bucks, Wayne Embry, para obtener así el permiso del jugador y poder, simplemente, hablar con él. El problema era que Nelson no podía personarse en Dayton dado que los Celtics, también en pretemporada, viajaban a Toronto para medirse a Buffalo. Finalmente el teléfono acudiría en su ayuda. Una de esas charlas que con Kareem tenían siempre algo de soliloquio pero a cuyo final Nelson se ganó el acuerdo del pívot, no sin antes aclarar sus cosas como en él era habitual.

 

 

- Está bien. Pero a condición de que estén todos sentados cuando yo entre y todos los micrófonos listos donde yo me siente.

 

 

Nelson asintió –“Claro, claro”– como un acto reflejo. Devolvería aquella petición a Wayne Embry, que bien la conocía, trasladándola éste al portavoz de Dayton, Joe Mitch, para cumplir el deseado protocolo. El programa proclamaba deslumbrante: “University of Dayton Arena: First Historic Meeting: Jabbar Vs. Walton”. Uno de aquellos focos que tan poca gracia hacían al gigante.

 

 

Apenas tres días después Nelson tendría ocasión de agradecer personalmente todo aquello a Kareem. Celtics y Bucks se medían la noche del sábado 5 de octubre en el Auditorium de Buffalo. Era el enfrentamiento de las últimas Finales. Pero entrado el juego saltaba a la vista ser un partido más de pretemporada, donde rodar a los titulares y dar lastre a los banquillos sin que la intensidad ocupara en ningún momento el primer plano.

 

 

A mitad del último cuarto Kareem, aún en pista, llevaba 24 puntos y la victoria corría sencilla cuando en la lucha por un rebote recibió un codazo fortuito de Don Nelson. Exactamente, en la cuenca de su ojo izquierdo, como una pedrada. El gigante cayó al suelo con la mano en la cara y acto seguido, dolorido y furioso por no escuchar siquiera el silbato como prueba del delito, se incorporó, avanzó un par de pasos y descargó su ira con un puñetazo al soporte de la canasta, tan flaco de protección que el golpe resonó seco en todo el pabellón. Fue lo peor que pudo hacer. Aterido de dolor su mano izquierda seguía pegada al rostro y su derecha bajo la otra axila. Se acababa de romper la mano.

 

 

En unos minutos una ambulancia trasladaba al jugador al hospital Millard Fillmore de Buffalo. Durante el trayecto no dejó de maldecirse. “¡Mierda! ¡Mierda! ¡Cómo coño he podido ser tan estúpido!”. Un primer diagnóstico confirmaba la lesión: “Right Hand: 4th Metacarpal Bone – Fracture”. El preparador del equipo, Bill Bates, anunciaba allí mismo una desagradable previsión: “Kareem estará fuera del equipo de tres a seis semanas”. Era la noche del día cinco. La temporada arrancaba el quince.

 

 

De urgente regreso a Milwaukee y apartado de toda preparación Kareem quedaba en manos del doctor George Korkos. Pero recién ingresado en el Hospital Elmbrook el cuerpo médico cambió su veredicto. El problema más serio no estaba en la mano. “No veo. O sí. Veo muy mal… y me duele”. Sentía haber interpretado antes aquella misma escena. Repetir hasta el mismo balbuceo al techo. “Me duele… mucho”. Korkos acudió al especialista en oftalmología Thomas Aaberg y poco después un nuevo diagnóstico se imponía al primero. “Severe Corneal Abrasion”. Otra vez los ojos.

 

 

Sabido esto Embry se encargaría de lo público. “Les transmito lo que indican los médicos. La mano puede sanar. Pero el ojo podría ser algo más”. Preocupaba al directivo el estado de Kareem. Pero aún más saber imposible la tarea de suplirlo. El pívot reserva Dick Cunningham, que apenas había jugado el año anterior por problemas de tobillos, estaba ahora tocado en la espalda. De modo que el alero Cornell Warner debería jugar de pívot temporalmente.

 

 

Al arrancar la temporada el desastre era total. Cunningham no podía. Se rompió tras dos partidos. Embry su sumergió de cabeza en el mercado de restos a hacerse con Bob Rule, alternando hasta mitad de diciembre a Warner y el novato Kevin Restani como pívots. El resultado era igualmente desolador. Sin Kareem no había equipo. No había nada. Se hundieron en un terrible comienzo de 1 victoria y 13 derrotas, once de ellas seguidas. Hasta les abucheaban en casa. “¿Oyes eso, coach?”, ironizaba Dandridge. “Así estamos. No tenemos pívot. ¿Qué se supone que vamos a hacer?”. Y Costello se rascaba la barbilla.

 

 

Semanas atrás y fuera de las luces de temporada la soledad tenía en Kareem, por primera vez en su carrera, un sabor distinto. Sentía temor de volver a pista. Tan sólo por sus ojos. Por volver a ser golpeado. Hasta tenía pesadillas. En la habitación del hospital, a solas con Embry, sentado a su lado, era momento de pedir algo. La cadencia de sus palabras, casi susurros, anticipaba algo grave que decir.

 

- Había pensado en hablar con el doctor…

 

- ¿A qué te refieres?

 

- No sé, lo he pensado mucho. ¿No puedo jugar con unas gafas o algo que me proteja?

 

Automáticamente Embry restó importancia a la solicitud, como si no fuera más que fruto del miedo.

 

- Sé que parece mucha casualidad. Yo también he sufrido esos golpes. No sé, no creo que sea…

 

- Wayne, no sabes, no te puedes hacer una idea de cómo pegan ahora ahí abajo.

 

- Bueno, lo sé. Pero… ¿unas gafas? –añadía algo incrédulo.

 

- Sí, unas gafas.

 

- ¿Y crees que verás mejor con ellas?

 

- No quiero más golpes –repuso en seco–. Quiero seguir jugando pero no quiero perder la vista. Es lo único que tengo claro ahora mismo.

 

Luego de una larga pausa Embry se incorporó para despedirse.

 

- Bueno, déjame ver qué puedo hacer.

 

 

Días después la solución llegaba a las oficinas de los Bucks desde una factoría dedicada a la fabricación de material de protección. Wisconsin, tipo industrial, modelo de serie, plexiglás de resistencia obrera, como probaba además su peso. “¿Pero con esto se puede jugar?”. Embry y Bates fueron testigos de la primera prueba. Las gafas apenas le entraban por la cabeza.

 

- ¿Ves bien?

 

- Por los lados nada.

 

- ¿Seguro?

 

- Nada.

 

- Hay que cambiarlas.

 

 

Ni un minuto después de fuertes tirones al pelo las correas, de goma muy arisca, se le habían tatuado momentáneamente al rostro.

 

 

Dos días más tarde llegaban otras, tres pulgadas más anchas y de cristales igualmente duros. Irrompibles, decía el prospecto. Tendrían que hundirle el cráneo para quebrarlos.

 

- ¿Qué tal ahora?

 

- Mucho mejor.

 

- ¿Ves bien?

 

- Veo.

 

Y sacudía la cabeza a ambos lados como aguardando la amenaza.

 

- Fantástico.

 

 

Sanado el ojo y escudado el problema ya sólo restaba adelantar su vuelta. El jueves 21 de noviembre era un día perfecto. Dos partidos fuera de casa, uno en Kansas City el siguiente en Nueva York. Por primera vez desde aquel fatídico día de octubre, más de mes y medio después, Kareem volaría con el resto del equipo. Se unía por fin a la expedición.

 

 

Nadie imaginaba entonces que en el vestuario del Kemper Arena aguardaría aún otra sorpresa. Tan desagradable que los compañeros lo supieron en cuanto Kareem arrojó con ira su bolsa al suelo. “Fuck, the goggles!”. Se las había dejado en casa. Durante unos segundos los demás le miraron algo perplejos. Y sin él salieron a pista.

 

 

Se sentía un imbécil informando de su torpeza al cuerpo técnico. “Pero… ¿te has dado cuenta ahora?”. El problema no era pequeño. Se podía correr el riesgo de hacer jugar a Kareem sin gafas, como había hecho el resto de su vida. “¿Estás seguro? ¿Has mirado bien en tus cosas?”. El problema era que sin ellas el riesgo sería el mismo para el partido de Nueva York. Y tal y como estaban las cosas los Bucks no se podían permitir más ausencias del pívot. “¡Ni una más!”, había gritado Costello la misma víspera. Ahora también era él quien tomaría la decisión. “Bill, corre, busca un teléfono”. No podían perder tiempo.

 

 

El publicista del equipo, John Steinmiller, pasaba la tarde en casa cuando recibió una llamada desde el pabellón. Al otro lado, Bill Bates, el preparador.

 

- John, coge el coche y ve corriendo a casa de Kareem. Necesitamos sus gafas cuanto antes.

 

- ¿Las gafas? Pero…

 

- No hay tiempo que perder. Cuéntale a Habiba lo que ocurre y buscadlas entre los dos. Lo mismo ella sabe dónde están. Él dice que las gafas están allí.

 

Steinmiller no daba crédito.

 

- Dadme un teléfono donde poder llamaros.

 

- Aguarda a que me den uno del pabellón. Te vuelvo a llamar en un rato.

 

- ¡Espera! –urgió el publicista– ¿Y si ella no está? ¿Sabes si Kareem tiene perros en casa? No quiero sustos.

 

Bates colgó.

 

 

Informado de todas las líneas del pabellón el trainer de los Bucks supo al cabo que el teléfono más a mano para un asunto como aquél era el de la mesa de anotadores.

 

- Disculpen, tenemos que usar el teléfono.

 

- ¿Para qué? –preguntó algo suspicaz un oficial.

 

- Para…

 

Bates no supo muy bien qué decir.

 

 

Entretanto los equipos calentaban y todo estaba a punto. Kareem, en chándal y con la equipación al completo, también lo hacía con el resto. Hasta que Costello le reclamó al fondo de un banquillo vacío, donde el pívot se dejó caer con una de aquellas levísimas muecas que indicaban preocupación. El técnico, que bien le conocía, lo entendió a su manera. “No. Sin las gafas no vas a jugar”. No habría réplicas.

 

 

Cuando Steinmiller llegó al apartamento se dejó el dedo en el timbre. Habiba, la esposa de Kareem, no estaba en casa. Luego de presentarse y relatar la incidencia, el portero, un anciano que se movía a cámara lenta, le abrió la puerta. El hombre no sabía por dónde empezar. Y luego de un rápido vistazo por el interior sin éxito pasó a revolverlo todo.

 

 

Cuando sonó por primera vez el teléfono de la mesa el partido llevaba ya un buen rato en juego. El gesto de aviso de un oficial al banquillo de Milwaukee dio enseguida con Bates al auricular y no muy buenas noticias.

 

- Me estoy volviendo loco. Aquí no veo nada.

 

Desde allí Bates sacudió la cabeza a Costello en señal negativa. Un ademán del técnico bastó.

 

- Aguarda un segundo. No cuelgues.

 

 

El trainer corrió la banda trasera en busca de Kareem, sentado al fondo. Cuando se incorporó daba toda la impresión de que iba a saltar a pista, como alentaba además el murmullo general. Pero no era así. Con el partido en marcha y los oficiales peligrosamente distraídos el pívot se acercó hasta la mesa, cogió el teléfono y antes de que empezara a dar instrucciones escuchó perfectamente la voz de uno de aquellos hombres sentados. “Oye, ¿esto es una broma?”. Visiblemente incómodo Kareem siguió a lo suyo no sin antes cubrir con su enorme mano la conversación.

 

- Dime, rápido, dónde has mirado.

 

- En toda la casa.

 

- ¿Has mirado en la mesa de la cocina? ¿Y en la sala? ¿Encima del sofá? ¿En el baño? ¿En la cama? ¿Encima de…?

 

A cada pregunta Bates asentía.

 

- Aquí no hay nada te digo. ¡He abierto hasta los cajones de tu dormitorio!

 

 

Kareem no sabía qué decir. Agotándosele las sospechas siguió con la mirada una bandeja de su compañero Mickey Davis que abría a diez la ventaja de Milwaukee. Bates aguardaba a su lado el término de la conversación. Todo aquello resultaba algo embarazoso. Entre uno y otro llevaban casi el tercer cuarto entero al teléfono y, como algo avergonzado, el preparador consultó a la mesa:

 

- Oigan, ¿necesitan ustedes el teléfono?

 

Recibió una sorna por respuesta.

 

- Como no llamen para desalojar el pabellón...

 

- ¡Espera! –cortó Kareem– Vete al coche, coge antes las llaves. Están…

 

 

En la guantera del Mercedes negro propiedad del jugador, Steinmiller encontró un paquete cerrado que contenía las gafas. Había que volver a llamar al pabellón.

 

- ¿Y ahora qué hago?

 

Bates había corrido a informar a Costello. El plan era sencillo.

 

- Llévatelas a casa. Wayne pasará a por ellas.

 

 

Wayne Embry se encargaría de llevarlas consigo a Nueva York. Había tiempo. El partido en Kansas que estaba a punto de finalizar daría con la victoria de los Bucks. Era jueves. El siguiente ante los Knicks, el sábado.

 

 

Otra vez Nueva York y su enorme carga de simbolismo en Abdul-Jabbar.

 

 

Para cuando Milwaukee se presentó en la Gran Manzana Kareem se había perdido un total de veinte partidos. Apenas había entrenado y su estado de forma era una incógnita. Pero ya no se podía esperar más. Y aún entonces Costello fue muy prudente. “No tengo intención de ponerte de inicio. Seguramente tampoco en el primer cuarto. Si te digo la verdad, con que juegues unos minutos en la segunda parte me es suficiente”. En realidad el límite que se había impuesto Costello hacía mucho que quedaba atrás. Los vigentes subcampeones registraban 3 victorias y 13 derrotas. El retraso era ya muy grande. “Pero tampoco quiero perder aquí. ¿De acuerdo?”. Kareem asintió y ocupó un asiento en el banquillo bajo el que dejaría una bolsita y su extraño contenido. Todo estaba listo en el grandioso Madison Square Garden.

 

 

El técnico no tenía intención de vulnerar su plan inicial. Pero a decir verdad peor no se podía empezar. Cuando el escuálido John Gianelli anotó cinco puntos seguidos sobre un Warner incapaz Costello reclamó a gritos la presencia del gigante. Kareem se incorporó no sin antes desenvolver la bolsa. “Sal ahí fuera y haz lo que puedas. Siéntete cómodo. Los demás volverán a estarlo contigo”. Mientras decía esto el pívot agarraba con sumo cuidado su protección y pasaba a anudarla en la cabeza. Eran grandes, aparatosas y de un solo cristal. A falta de 7:37 Kareem entraba en pista entre una generosa ovación trufada por un murmullo de sorpresa ante aquella extraña guisa. “¡Eh, lleva unas gafas! ¿Son de aviador?”, exclamaba un espectador. “Son de buzo”, reponía otro. “¿Y por qué? ¿No ve bien?”. Nada de aquello quebraría un solo músculo en la expresión del gigante, fría como el hielo.

 

 

 

 

 Madison Square Garden, New York (23/XI/1974)

 

Entró con 9-2 en el marcador. Desde el primer momento los Knicks emplearon dos y hasta tres hombres con él. Todo ello en vano. Kareem se bastaba solo para invertir por completo el signo del partido. A mitad del último cuarto, y con el encuentro resuelto, Costello le retiró de pista, ahora sí, entre una atronadora ovación. Al pasar a su lado el técnico le dio las gracias. Kareem llevaba las gafas en la mano, suspendidas entre sus dedos al caer a plomo en el banquillo. Costello le había dado 29 minutos de cancha. Sin haber jugado uno solo en los últimos 48 días se fue con 17 puntos, 10 rebotes y 4 tapones. Los Bucks conquistaban la victoria (72-90) y, sobre todo, volvían a saborear el lujo que era jugar a su lado.

 

 

Tardó una eternidad en salir de la sala de fisios. Sabía lo que le aguardaba y no lo había echado de menos. En cuanto salió una nube de prensa se le echó encima. De cuantas preguntas le cayeron una rápida secuencia de dos llamaba lo resumía todo.

 

- Bueno, ¿cómo te has encontrado?

 

- He jugado con miedo. Sólo quería terminar sin sufrir ninguna incidencia.

 

(…)

 

- Kareem, ¿vas a jugar algún partido más con esas… gafas?

 

El gigante giró la cabeza hacia su pequeño interlocutor.

 

- Durante el resto de mi carrera.

 

 

A continuar en Los Angeles desde el verano siguiente.

 

 

 

Aquel temor tardaría mucho en remitir. De hecho nunca lo haría del todo. Y menos cuando tiempo después sintió que había más motivos que nunca. Abdul-Jabbar fue uno de los jugadores que cargaría con mayor fuerza contra una epidemia que asolaría la competición a finales de década. Una alarma que Sports Illustrated reflejó a secas como “escalada de violencia” y contra la que el monarca de los interiores rompería finalmente su silencio. “Mientras este juego se interprete como un deporte de contactos, una filosofía que a mi juicio es altamente cuestionable, las faltas violentas seguirán campando a sus anchas. (…) Y esto no va a cambiar mientras los árbitros lo permitan y se siga despreciando el riesgo de las reacciones violentas”. La peor de sus amenazas consistía en aprontar su retirada si no cambiaban las cosas.

 

 

De una de aquellas reacciones violentas sería precisamente él protagonista. Y de una manera como ni siquiera habría concebido posible. Los Lakers abrían la temporada de 1978 en el terreno que tan bien conocía Kareem, Milwaukee. No se llevaban ni dos minutos de partido, de temporada, cuando Abdul-Jabbar respondió al codazo en el estómago de su par, Kent Benson, con un derechazo directo a su rostro. Noqueado el novato cayó al suelo.

 

 

De nuevo a causa de un puñetazo, de una reacción a ciegas, Kareem volvió a fracturarse la mano. El mismo hueso que entonces. Pero esta vez, y sin mediar el azar, acababa de devolver lo que él había sufrido antes. Se perdería los siguientes 20 partidos.

 

 

 

 

 

 

En Los Angeles le confeccionarían unas gafas a medida, mucho más ligeras y de una visión periférica completamente limpia, incluso a prueba de vaho. Hasta no sentir llevarlas. Con el paso del tiempo el pívot neoyorquino, gafas hacia afuera, ojos hacia dentro, granjearía con ellas una imagen arquetípica, como un tótem de la competición.

 

 

Y sin prever nada, terminando la temporada de 1979, Kareem no respondería esta vez negativamente a un olvido. Al contrario repitió la experiencia y se permitió jugar sin ellas aquellos playoffs. Seguidamente la llegada de Magic Johnson cambiaría tantas cosas en el equipo como en la vida personal del gigante, que decidía tras un lustro romper con las gafas olvidándolas, pretendía entonces, para siempre.

 

 

Bien entrada la temporada los cronistas hacían notar una gran transformación en su juego y carácter. Se le veía distinto por jugar como un “chiquillo, con vitalidad y emoción –escribía John Papanek–, liderando los contraataques, machacando con autoridad, chocando las manos con sus compañeros y hasta sonriendo”. Y como si hubiera alguna relación se añadía haber dejado de portar aquellas “infernales gafas”. Sin ellas Kareem conquistaba su sexto galardón de jugador más valioso y el título de la NBA nueve años después del primero.

 

 

Daba entonces la impresión de que las gafas habían pasado a vivir sólo en fotografías. Y de hecho sin ellas se presentó Kareem la noche del estreno de la siguiente temporada en Seattle, noche de viernes. El domingo los Lakers se estrenaban en casa frente a los Rockets. Al poco de arrancar el tercer cuarto Kareem intentaba taponar un lanzamiento de Rudy Tomjanovich. Estaba escrito. El dedo del alero terminó clavándose en el ojo izquierdo de Abdul-Jabbar. Corriendo a vestuarios. Otra vez el dolor. Otra vez un vendaje. Más partidos ausente. Un diagnóstico familiar: "Corneal Abrasion". Y por todo ello las gafas, y esta vez sí, para siempre.

 

 

Cuando regresó con ellas ante Golden State anotaba la canasta número 10 mil de su carrera. Cuatro años después rompería la barrera anotadora de la historia, esta vez en Utah, con un gancho del cielo. Johnny Kerr, en la televisión de los Bulls, y tras presenciar otra exhibición, suave y asesina, aseguraba que no había manera de hacerle frente. Que lo único que se le ocurría era “pegarse a él y echarle el aliento a las gafas hasta empañarlas del todo”.

 

 

Con la extraña solidaridad de algunos fenómenos el destino iba a decidir no mucho después que uno de sus compañeros, de los más importantes en su interminable carrera, sufriera en sus carnes el episodio que Kareem tan bien conocía. En marzo de 1985, con los Lakers jugando en Utah, una entrada a canasta de James Worthy en el primer minuto del tercer cuarto terminó frustrada por un codazo en el ojo de Rich Kelley. No hizo falta más. “Quiero unas como las tuyas”. Worthy llevaría también para siempre las mismas gafas que Abdul-Jabbar.

 

 

Los Lakers se convertían así en un equipo de gafas. Todas de muy diferente significado. Las de Rambis simbolizaban la rudeza, las de Worthy la velocidad y las de Kareem, la finesse, el sky hook o todo aquel baloncesto en voz baja que le acompañaría, como las gafas, hasta la última noche de carrera.

 

 

Más allá la eternidad de un símbolo indisociable del recuerdo. Como si objeto y sujeto fueran para siempre la misma cosa.

 

 

 

"Y una mirada escarpada... que abría al recién llegado un territorio como infranqueable"

 

La psicología en el deporte. Seguro que muchos lectores habrán leído algo sobre ella, quizá incluso sus bibliotecas particulares luzcan libros que versan sobre esta materia pero ¿hasta qué punto influye la mente en un deportista? Y es más ¿de qué manera un entrenador puede influir en un grupo?

 

Desde estas líneas voy a exponer mi punto de vista, el cual, como es lógico, poco tiene que ver con la ortodoxia del baloncesto. Desde luego que no se tratará de sentar cátedra con lo que aquí diga, pero me daré por satisfecho si alguien reconoce lo aquí expuesto y algún temerario decide poner en práctica lo comentado.

 

De primeras debo reconocer que soy un psicólogo confeso. Creo absolutamente en el poder de la mente de las personas y quizá sea por mi escaso bagaje técnico-táctico pero soy un apasionado de la faceta psicológica de los entrenadores. De hecho yo tengo una máxima y es que un entrenador tiene una escasa capacidad de influencia en los grupos. Sinceramente creo que un mal entrenador puede hacer mucho daño a un grupo, pero un gran entrenador influye menos en un grupo.... pues bien esa moderada influencia estará íntimamente ligada a la habilidad del técnico para influir en la mentalidad y la capacidad de respuesta emocional de sus jugadores (en mi caso jugadoras).

 

Siempre he sido un apasionado de los entrenadores de grandes discursos, posiblemente esta devoción venga de mi poca capacidad para la oratoria. Muy cerca tengo a una entrenadora que con pocas palabras logra grandes locuciones y la admiro por ello, pero a mí me cuesta mucho y debo fijarme atentamente en estas personas que tienen un brillante don para dirigirse a grupos.

 

Dicho esto, siempre he practicado mucho la palabra, confieso que hace años mis entrenamientos perdían mucho dinamismo porque hablaba más de la cuenta. En tono de broma ahora digo que he pasado de los 30 minutos de charla a los 30 segundos de discurso. Como cualquier faceta de la dirección del equipo, intento aprender.

 

También tengo mis truquillos pues aunque mis jugadoras piensan que me preparo las charlas como un psicólogo, no es cierto. Sólo marco un leitmotiv de la conversación, lo demás es improvisación como un buen monologuista.

 

Y es que me encanta buscar temas para motivar. Estuve en el Eurobasket de 2009 y comprobé la capacidad que tiene un entrenador para motivar, vi como Sergio Scariolo preparó una charla antes de la final enfocándola sobre las dificultades separadas y no sé si aquellas palabras fueron o no el motivo, pero ya sabéis como se ganó aquel torneo. Admiro a gente como Scariolo, Mourinho o Guardiola pues con diferencias, pero todos sacan la mejor mentalidad de sus jugadores.... Y en edades de formación la mentalidad es fundamental.

 

 

 

 

Las y los jóvenes se despistan con gran facilidad, cuesta mucho motivarlas por ello es clave planificar retos y temas al igual que entrenamientos y partidos. Eso me pasó hace una semanas cuando teníamos por delante un partido muy importante. Nos medíamos a un rival contra el que perdimos cuatro veces el año pasado, dos de ellas por un punto y una por tres (la otra fue por siete). Era como un muro psicológico y planteé esa batalla desde la semana previa.

 

Antes teníamos a un rival imposible de ganar y como tal perdimos. Lo malo es que lo hicimos de la peor forma posible y eso me enfureció. Era la excusa perfecta para conseguir lo que quería: ponerles las pilas, y ésta se presentó sin buscarla. Las cosas se dieron de tal manera que yo, con mis palabras y enfado postpartido en el vestuario, me convertí en el foco del enfado del grupo.

 

Sé que se enfadaron por mis formas y desde el primer entrenamiento de esa semana quisieron tener reunión. Por uno u otro motivo la fui eludiendo y aumentando el cabreo y cuando llegó aquella reunión no di mi brazo a torcer. Me había encontrado la excusa perfecta para que el equipo sintiera un punto de unión y orgullo, debían de demostrar que, aquel que les dijo que no venía a hacer amigas, era un tonto y que iban a callarme la boca. En definitiva, era ponerme en su contra para motivarlas.

 

Lógicamente antes del partido la charla fue muy sencilla y básicamente se resumió en "pensáis que estoy equivocado, pues salid allí y cerrarme la boca". Me gustaría pensar que llegamos a ir ganando por 20 puntos antes del descanso por aquellas palabras, pero sería sobrevalorar mi capacidad de manipular mentes (por mucho que alguno se empeñe en decir que yo manipulo, jejeje). Supongo que después de esa semanita de cuchillos voladores y algo más que tensión en los entrenes, el equipo salió muy motivado y con el punto de acierto necesario para ganar. Ojo, luego casi nos remontan, pero habíamos trabajado tan bien durante 20 minutos que el partido se había decidido antes.

 

Al final del partido suelo comentar dos o tres cosas (nada técnico, para eso están los entrenamientos), pero aquel día sólo les dije que sí, durante una semana había sido el malo de la película (bueno, a decir verdad, dije algo más fuerte) pero que ahora ellas sonreían... y eso les debía hacer pensar un poco.

 

Sirva este ejemplo para muchos otros. Creo que nosotros los entrenadores debemos jugar con la psicología del grupo, ser los más fríos en los planteamientos y distanciarnos de posiciones emocionales. Lo fácil en la formación es hacerse amiguito del grupo pero eso no es ser honesto con nuestro trabajo. Tengo claro que no quiero ser amigo de mis jugadores/as, sino que debe ser la honestidad de mi trabajo y forma de actuar la que hable por mí.

 

Este año tengo el orgullo de decir que algunas ex jugadoras vienen a entrenar con el equipo junior y ahora seguramente hablamos mucho más que hace unos meses cuando les entrenaba. No sé lo he preguntado pero quizá ahora me vean con mejores ojos, incluso puede que alguna piense en mí (en mi segundo tengo claro que sí, pero desde mucho antes) como un amigo.

 

Por cierto, como tampoco soy el ogro Shrek del baloncesto, la semana siguiente fue la del relax. Incluso jugué una pachanguita con ellas para que la que quisiera me diera un par de "palos" jugando. De eso se trata, de jugar al palo y la zanahoria.

 

La psicología es tan compleja que seguiré estudiando a los/las mejores, a los/las que tengo al lado como a los que están lejos para quizá algún día sí poder decir con orgullo que soy un psicólogo manipulador de colectivos.... de momento no paso de ser un mero aprendiz, jajaja.

 

De Katowice a Cuenca sin tiempo para pensar. Un día estaba pensando en las olimpiadas y casi a la semana siguiente hacía las maletas para viajar a Cuenca. Ciudad ésta que tendrá muchos encantos pero que creo que no se hubiera cruzado en mi camino de no ser por el baloncesto ¿Por qué digo esto? simplemente porque la segunda parte de mi verano tiene que ver con el curso de entrenador de nivel II que realicé en aquella ciudad manchega.

 

 

Por si alguien no lo sabe y está interesado hay tres niveles dentro de las titulaciones de entrenador. Todos conocen el título superior, el que te posibilita entrenar en la Liga Endesa, pero antes hay dos niveles (I y II) que te capacitan para poder entrenar equipos de diferentes categorías. Con el I, que es el que tenía, prácticamente puedes llevar toda la formación, pero poco puedes hacer en categorías senior. Así, después de varios años de pensarlo y ver que en mi comunidad no salía, decidí ir, junto a mi amiga Maribel, y probar suerte en un curso intenso con la Federación de Castilla La Mancha.

 

Recordando los tiempos de estudiante desempolvé mi mochila, saqué punta a un lápiz roñoso que tenía por casa y robé de la oficina un par de bolis (¿para qué más? pensé). Ya lo tenía todo para ir a Cuenca... y allí que me fui con mi super KIA (toma promo que hago a uno de nuestros patrocinadores, jejeje), road to Cuenca.

 

Y para no engañaros la verdad que el primer día es como el de todo estudiante que inicia un curso, con dudas y nervios por lo que estaba por llegar. Por qué sí, uno puede ser muy friki de esto y haber visto o vivido mucho baloncesto, pero una cosa es escribir de baloncesto y otra cosa es que te examinen de ello... y no las tenía todas conmigo. Además, como hace ya cierto tiempo que eso de estudiar lo dejé de lado, mi cagometro se disparó pensando solamente en la posibilidad de tener que hacer muchos exámenes.

 

Está opción pronto quedó desechada ya que la semana intensa estaba exenta de exámenes, sólo teoría y trabajos. Ahora bien quedaba una segunda incógnita por despejar ¿Qué nivel tendría el curso? Para no engañaros uno nunca sabe muy bien el nivel que tiene y bien podría ser un genio de la canasta (va a ser que no) o un paleto de pueblo. La tendencia catastrofista que me asume me inclinaba a esta última opción y más cuando en el curso había gente de Madrid, Fuenlabrada o Barcelona donde el nivel de los equipos suele ser bastante más alto del que nos manejamos aquí en Valencia.

 

Recuerdo la primera noche hablar hasta fundir la batería de mi móvil con Maribel sobre este tema. La verdad es que a ambos nos preocupaba estar al nivel de los compañeros pero pronto se vio que este temor también era infundado. De hecho entre los dos, en la amalgama de compañeros que había, pronto creamos el frente de resistencia al profesorado. ¿Cómo? Sí, os explico.

 

Suelo ser bastante mosca cojonera, alumno puñetero donde los haya que busca los tres pies al gato, no paro de interrumpir las clases... y más cuando me pican, jejeje. Por suerte nos encontramos a unos profesores que nos daban toda la libertad del mundo para participar en clase (es muy de agradecer que pese a ser simples alumnos nos trataran con respeto y atención en cada una de nuestras explicaciones). Ellos no lo sabían, pero esa fue su perdición.

 

Pronto me crecí como un burdo paquete que mete tres triples seguidos y se cree Jordan y al segundo ya estaba dando guerra, casi a cada oportunidad que tenía ahí estaba el frente porteño para dar la réplica a los sufridos profesores. Si profes como Gabi, Higinio o Kiko decían blanco, yo decía negro... y claro como coincidía con Maribel, pues ale yo que salía reforzado, me crecía por momentos y me lanzaba todo motivado a dar charlas. Algunas veces cuando se dejaban preguntas al aire ya nos miraban a los del Puerto a ver si dábamos réplica, sí la escuela porteña dejó huella en Cuenca... aunque sólo fuera por contestarios, jejeje.

 

Fuera de bromas es muy de agradecer que los profesores dieran rienda suelta a nuestra creatividad y no se pusieran en un pedestal. Podrían porque más conocimientos tenían pero su trato fue exquisito tanto en lo profesional como en lo personal. Recuerdo los cafés previos a clase, los paseos nocturnos y las charlas con ellos. Y como no me gusta hablar ni nada... yo en mi salsa, hablando de baloncesto, que tengo cuerda para rato y puedo aburrir hasta el más friki. Lo malo es que hasta los profesores me animaban y si no era uno era el otro el que me picaba (algo que no es muy difícil, para que engañaros)... hasta tengo a un profe en twitter!!!

 

La verdad es que el buen rollito que había con los profesores también lo había con los compañeros. Como buenos valencianos que somos, nosotros nos situamos a mitad camino entre el núcleo fuenlabreño y el de barceloneses. Era divertido ver la forma de plantear contenidos, de hablar, mal por supuesto, de las zonas (en Valencia le llamamos barraquera, mientras que en Tobarra y Castilla la Mancha, zonas baldoseras!!!). No con todos, pero nos echamos unas cuantas risas con el baloncesto como telón de fondo.

 

Recuerdo especialmente la frase del gran Gon en mitad de una clase de anatomía. Ahí, entre las infumables horas de explicación de lesiones, músculos, huesos y demás partes del cuerpo humano, Gon tuvo la genialidad de soltar la ya mítica frase !Hay tantas formas de morir! Qué hipocondríaco estás hecho chaval jajaja.

 

Con la salvedad de aquella tarde donde literalmente di cabezazos contra la mesa, el contenido del curso no fue nada pesado. Para ser crítico, un poquito de más caña no hubiera estado mal. Soy masoca y un poco de más temas en la parte de conceptos baloncestísticos lo hubiera agradecido y de hecho creo que se lo reclamé a alguno de los profes. Por suerte en estos cursos uno puede intercambiar información y entre lo que decía uno y otro pudimos sacar un buen dossier de ejercicios e información que ya estoy poniendo en práctica en mis entrenamientos.

 

Por que sí, queridos profesores, estoy haciendo lo que muchos me decíais. Soy un alumno aplicado y ahora trabajo mucho más en detalle, disecciono los sistemas, mis jugadoras hacen buenos estiramientos y ¡doy charlas de 30 segundos y no de 30 minutos! Con lo que eso a mí me cuesta, jejeje.

 

Con el paso del tiempo Cuenca queda como un agradable recuerdo, una interesante vivencia con gente procedente de la diferente geografía del país y profesores con gran disposición a ayudar. Por delante quedan horas de trabajos en casa, prácticas en clubes y federación y una firmita que diga que soy entrenador de Nivel II. Liga Endesa prepárate, un curso más y ya tendrás un nuevo entrenador!!!

Siempre me dijeron que más vale tarde que nunca, así que, aunque tarde, ya estoy de regreso para contar como es el día a día de un pedazo de mi vida, mi vida entrenando.

 

Las excusas para el injustificado retraso en escribir pueden ser tan variopintas como reales, pero básicamente ninguna sería de suficiente peso así que es mejor que me disculpe, vaya al grano y os pase a detallar qué fue de mi vida en estos meses.

 

Porque sí, mi vida como entrenador cambió mucho en este verano... para acabar donde empecé. Fue un verano que arrancó en Linares, continuó por Estambul, Polonia giró rumbo a Cuenca y acabó donde siempre: en mi casa, aunque bueno ahí sí que hubo un cambio y ya volé del nido del cuco.

 

Pero como toda historia tiene un comienzo, la de mi verano arranca en un tren rumbo a Linares. Nueve horas de viaje infernal, con el cuerpo rumbo a Andalucía y la cabeza en casa. Sinceramente, fue uno de los peores días de mi vida, cuando curiosamente debía ser uno de los más felices porque iba a convertirme en el responsable de prensa de la selección femenina de baloncesto.

 

Como lo oís, durante este verano conviví con el mejor equipo de baloncesto femenino de España. Imaginaros lo orgulloso que podía sentirme que Kiko Martín, como responsable de comunicación, y todo el equipo de la FEB hasta terminar en Ángel Palmi  y José Luis Sáez confiaran en mi. A nivel profesional no creo que pueda estar en un mejor equipo, pero a nivel personal mi vida estaba a punto de irse un poco más a la ruina. Ha sido una constante en mí, cuanto mejor me ha ido en el trabajo, peor me han funcionado los asuntos personales... y nueve horas de tren dan para mucho que pensar.

 

Pero como esto es un blog de baloncesto, vamos a lo que os interesa ¿Qué como es eso de estar dentro de una selección? Sencillamente ES-PEC-TA-CU-LAR Desde el delegado de expedición, Carlos, hasta cada una de las chicas del equipo pasando por el staff técnico, sólo tengo palabras de agradecimientos para todos ellos. Me hicieron sentir como de la familia y sé que no fue fácil porque era el nuevo y porque no siempre soy la persona que me gustaría ser... suelo ser bastante complejo y reservado.

 

 

Como periodistas el poder estar al otro lado de la barrera fue un lujo, poder conocer a auténticas profesionales un placer y como entrenador sólo puedo decir que aprendí muchísimo den Susana, Roberto y José Ignacio. Yo era el chico de prensa (cuando me decían que era el jefe me daba cosa... tampoco tenía nadie a quien mandar jejeje) pero intentaba también involucrarme en cosas técnicas como charlas o sesiones de scoutings porque, como entrenador, era estar haciendo un master intensivo del más alto nivel.

 

Cuando el trabajo me lo permitía siempre me gustaba ver los entrenamientos para aprender o, simplemente, hablar. No sé si leerá el blog o no, pero me gustaría que José Ignacio supiera lo agradecido que le estoy por haberse portado conmigo de forma tan fantástica. Me encantaba hablar con él y me hacía ilusión que escuchara algún comentario técnico que pudiera hacer. Seguramente serían tonterías pero me hacía sentir bien el hecho de que todo un maestro como es él te escuchara.

 

En ese mes largo que estuve aprendí más que en todos los años que he podido estar entrenando. Cada detalle, técnico, táctico o psicológico se cuida al máximo y es tal el grado de profesionalidad que resulta complejo trasladarlo a mi vida diaria de entrenador. Pese a ello, de los tres técnicos saco tantas ideas como experiencias he vivido. Ahora trato de ver las partes buenas que he aprendido de ellos y busco extrapolarlas a mi modesto modo de vida como entrenador de base. Para ellos, mi gratitud.

 

¿Conclusiones que puedo sacar? Lo importante que es el trato emocional con el jugador, lo importante que es saber manejar un grupo y a nivel técnico lo importante que es dar toda la información al jugador. Me encanta el scouting, me gusta fijarme en los, como me decía Susana, tics de los jugadores y me parece fundamental ver como se desglosan a los rivales, como se detallen sus defectos o, simplemente como se desmenuza los sistemas propios y se trabajan para construir los ataques o defensa. Quizá esto sea lo más técnico que me llevo de mi experiencia.

 

 

Y qué puedo contaros de mi experiencia en el campeonato. Hay miles de recuerdos con cada una de las jugadoras, pero permitirme que me los guarde para mi intimidad. Sólo deciros que fue un orgullo y un lujo poder haber estado trabajando con personas que se merecen no sólo mi respeto y admiración (que lo tenían ya antes) sino que creo que todos los seguidores del baloncesto deberían tenerlo hacia un equipo al que la mala suerte se le cruzó en el camino.

 

En mi mente siempre quedará el pasillo de un hotel en Estambul donde reunido el equipo conoció la noticia de que se había producido un cambio en la reglamentación del torneo y en lugar de 14 sólo podían inscribirse 12 jugadores. Hubo muchas cosas que no salieron bien, pero creo que todo fue mal desde aquella decisión de los organismos de competición. Ahora pienso lo vivido y escucho las palabras de mi amigo Román y aún me mosqueo más, "Álvaro, estuviste a dos victorias de ir a unos Juegos Olímpicos". Qué cabroncete es mi amigo, pero cuánta razón tiene. Seguramente que profesionalmente lo daría todo por ir a una olimpiada y trabajar en unos Juegos Olímpicos. No lo pensé antes, pero estuvo tan cerca...

 

Y con todo fue una experiencia inolvidable, con personas maravillosas. Sí, seguro que cualquiera hubiera preferido estar en los momentos dulces, en esos donde todo sale bien, pero quizá el ver a grandes campeonas en malos momentos hizo que valorara muchas cosas que antes no hacía. Espero que ellas tengan un buen recuerdo, porque el que tengo yo de ellas es imborrable. A Laura, Cindy, Sílvia, Alba, Luci, Laia, Elisa, Marta, Anna, Amaya, Sancho, Anna, Cristina, Maria y Laura, gracias.

 

 

De igual modo espero que como profesional los compañeros de la FEB quedaran satisfechos. Fue una gozada trabajar con ellos, sólo tengo palabras de agradecimientos para un grupo de trabajo que se lo curra mucho y con una implicación total que comienza desde el presidente, quien en la victoria y en la derrota siempre estuvo al lado de las jugadoras para darles palabras de ánimo y apoyo.

 

La verdad chicos, que esto de ser jefe de prensa es complicado y ahora, como periodista, les valoro más jejeje. Fue una locura, creo que acabé utilizando tres teléfonos móviles... ahora que lo que nunca pensé es que me tocaría ser traductor en las ruedas de prensa. Imaginaros al tío más nervioso del mundo hablando inglés con acento valenciano, puff menos mal que no se grabaron las ruedas de prensa... espero.

 

Sí fue maravilloso, pero con todo me hubiera quedado en casa. A punto estuve de hacerlo por dos motivos personales. Porque sí, el trabajo era el soñado, pero la vida se vive despierto y había personas que me necesitaban cerca. Ya fuera para dar un abrazo, permanecer en silencio o simplemente cuidarlas. No fue así y en estas que perdí a un familiar. Irremediable sí, pero no os niego que llegar a casa y saber de la ausencia de tu abuelo fue duro. Él siempre fue la parte racional de mi mente, quien me decía lo correcto y actuaba de ejemplo. Es duro saber que ya no está y que no le puedo cuidar.

 

Esa fue mi primera parte de verano, una en la que la felicidad profesional y la tristeza personal se dieron la mano y bailaron durante un mes. Baile en el que tropezé y pisé algún pie.

En anteriores entradas de este blog ya comentamos la dificultad que han tenido para llegar al profesionalismo, concretamente al más alto nivel, algunos de los jugadores rusos que en categorías inferiores tenían un alto grado de dominio del juego y de los cuales se esperaba bastante en e futuro. Véase Zavourev, Urazmanov o sin ir tan lejos aunque con una carrera superior a la de estos la de Korolev.

 

Creciendo año a año, viene con fuerza el joven prospecto ruso Sergey Karasev, nacido en 1993 y que recientemente ha cumplido 18 años. Actualmente milita en el BC Triumph ruso, equipo en el que viene desde el año pasado actuando regularmente a nivel profesional en la liga rusa con algunas actuaciones destacados y poco a poco teniendo mucho más protagonismo, hasta el punto que se ha convertido en el alero titular de su escuadra.

 

El alero ruso es uno de los jugadores con más futuro y potencial de la generación del 93. Con sus dos metros de altura es un híbrido entre la posición de dos y de tres, atléticamente muy completo, rápido, con cambio de ritmo y muy buena potencia y timing de salto. Físicamente le falta cuerpo y fuerza, además de tener más consistencia en el choque –aunque ahora parece menos reacio al contacto- y poder trabajar su juego medio e interior con más fluidez, sobre todo ante rivales menores de estatura.


 

 

(Foto FIBA Europe / Tomas Tumalovicius)

 

Puede manejar el balón con facilidad sin ser un gran manejador, aunque tiene facilidad para tratarlo con ambas manos, aunque su mano natural es la zurda. Puede ir hacia dentro con rapidez y fuerza, pudiendo finalizar –con buen tacto en las cercanías-, muchas veces con potentes mates o incluso distribuir, no siendo un mal pasador en absoluto, ya que entiende el juego bastante bien y sabe leerlo y reconocer bien los puntos fuertes en distintas situaciones de juego.

 

En cuanto a tiro, puede crearse sus tiros en muchas situaciones, aunque muchas veces fuerza el tiro exterior en demasía. Realmente su punto fuerte es el tiro tras pase, es decir, recibir y ejecutar, donde muestra una alta fiabilidad.

 

Defensivamente es un jugador de cierta fiabilidad gracias a sus cualidades atléticas, aunque tiene capacidad para crecer mucho más ya que no es ningún factor en este aspecto. Muestra muy buena habilidad y timing en el aspecto taponador para un jugador exterior.

Jon de la Presa

Como de costumbre el vapor de las duchas se colaba hasta el vestuario. Dentro faltaba el aire. Hacía un rato que el entreno terminó. Fue serio. Sin bromas. Con el mazazo de la víspera muy presente. Philly les había empatado la final en casa. Y ahora todos parecían vestirse aprisa en silencio. A su derecha Brad Holland rebuscaba algo entre sus cosas. Lo hacía en vano.

 

- Oh, mierda. Wood, ¿tienes una cuchilla por ahí?

 

Claro que la tenía. Bien sabía él para qué. Y por eso no estaba dispuesto a dejársela. Aunque sólo fuera por higiene.

 

- ¿Dónde está la tuya? –respondió cortante.

 

- Pues… no sé, no la encuentro. Por eso te la pido. ¿Tienes o no?

 

Spencer no sabía cómo quitárselo de encima. Y su ánimo tampoco ayudaba.

 

- Se dice por favor.

 

En un segundo el semblante de Holland se endureció.

 

- Oye, ¡qué coño te pasa! ¡Te he pedido una puta cuchilla, no dinero!

 

Haywood se incorporó y Holland hizo lo mismo –“A mí no hables así…”–. Del otro lado del vestuario se apresuró hasta ellos Jim Chones. O más bien hasta Spencer, al que tenía ganas. Chones compartía con Wood su odio hacia Westhead. Pero también su hartazgo de Haywood, de sus constantes protestas por su falta de minutos. Minutos que se llevaba él. Cuando le agarró del brazo –“¿Qué es lo que te pasa a ti?”– Spencer dio un fuerte tirón quitándoselo de encima. “¡No me toques!”. Antes de enzarzarse otros compañeros se habían echado encima. “¡Basta!”. Entre una maraña de brazos –“Ehhh, vale, ¡vale!"– los ánimos hervían allí dentro como una caldera.

 

El alboroto llegó hasta la sala de fisios, de donde salieron aprisa Paul Westhead y Pat Riley. El primero no preguntó. Se detuvo bajo el marco de la puerta, vio que Haywood era una vez más el motivo de una riña y cortó por la vía rápida. “Spencer, en dos minutos te quiero en mi despacho”. La orden sacudió el aire y el grupo se fue dispersando, quedando Haywood a solas en mitad del vestuario como un pasmarote. Metió aprisa sus cosas en la bolsa y dirigió después sus pasos a la puerta. Al volver la vista atrás todos seguían a lo suyo, como si no existiera. Todos salvo Kareem. Desde su taquilla le dirigió una mirada fugaz, dura. Había algo de desgarrador en sus ojos, que parecían preguntarse “cómo has podido cambiar tanto”. Spencer tuvo entonces la firme impresión de despedirse. Sin ningún adiós.

 

Diez años antes Kareem había sido casi el único en salir en su apoyo. Lo hizo además a la vista de todos. A la llegada de Spencer a Seattle en 1970 siguió un auténtico infierno. La NBA paralizó su fichaje acusándolo de ilegal. De su oficina central salió disparada una carta que advertía a todos los equipos de la liga que aquella operación estaba prohibida, señalando además dos culpables: Spencer Haywood, de 21 años, y Sam Schulman, el dueño de los Sonics.

 

De entrada Spencer no podía jugar. Pero vestía de corto. Incluso calentaba, lo que era tomado por los rivales como una afrenta. En los pabellones se presentaba al equipo entero dejando a Haywood para el final: “Señoras y señores, hay un jugador ilegal en la pista”. El público respondía entonces con un terrible abucheo en el mejor caso. En los peores, arrojándole papeles, cerveza, hielo o monedas. Lo que tuvieran a su alcance.

 

Y a él le entraban entonces unas ganas locas de abofetear al speaker, arrebatarle el micrófono y recordar algo a voces: “Eh, cabrones, ¿no sabéis quién soy? Soy ese chaval que jugó para vuestro país en los Juegos Olímpicos mientras otros renunciaban a representarlo y firmaban contratos profesionales”. Pero hacía de tripas corazón y callaba cabizbajo. Qué otra cosa podía hacer.

 

La estrategia intimidatoria de la liga funcionaba. Allá donde iban los Sonics eran objeto de iras. A veces los equipos se negaban a salir del vestuario mientras Haywood estuviera en chándal. En Chicago irían aún más allá. Su alero Chet Walker se torció el tobillo calentando y los Bulls demandaron a los Sonics por 600 mil dólares alegando que el motivo de la lesión se debía a Spencer Haywood y el ambiente de nerviosismo y distracción que su presencia provocaba.

 

Entre los jugadores había excepciones. Pero en general le dieron también la espalda y a lo menos, indiferencia. Wood estaba convencido que era por envidia, por aquel contratazo firmado sin haber pasado más que dos cursos en la universidad. Por hacer lo que muchos no tuvieron el valor de hacer. Muestras de hostilidad tampoco faltaron. “¿A ti quién te ha dicho que vales como jugador?”, le espetó una noche Bob Lanier. Otra en Milwaukee el público fue subiendo de tono. “Vuélvete al África”, le gritaban. “Mejor a la escuela para aprender a leer las reglas”, se burlaban otros. Acabado el calentamiento los Bucks enfilaron al vestuario cuando Haywood ocupaba la media la pista. Kareem escuchó más gritos, todos de tono racista, y acto seguido rompió la fila en dirección a Spencer, al que dio un abrazo delante de todos. El público de pronto cesó en su ataque. Spencer nunca olvidaría aquel gesto.

 

Entretanto la justicia proseguía su curso. Luego de un agotador desfile por los juzgados el Tribunal Supremo falló en contra de la NBA con una sentencia que tumbaba su derecho de inadmisión hacia jugadores que no hubieran cumplido los cuatros años de universidad. El caso Haywood pondría fin a aquella barrera. Pero pocos se lo agradecieron. Como si el imaginario siguiera contemplando su operación como un acto de arrogancia, un desafío al orden natural de las cosas. No era fácil despegarse del papel de niño demasiado rico demasiado pronto. Era el cartel que llevaba encima.

 

No importaba. Por fin pudo empezar a jugar. En Seattle, su ciudad y su gente, se sintió bien. Pero deportivamente las cosas nunca terminaron de funcionar. La llegada de Bill Russell al banquillo no facilitó las cosas. Antes bien las tensaría demasiado.

 

Russ tenía a Haywood como su jugador favorito, su hombre y enlace. Un contacto tan cercano que acabó separando a Spencer del resto del grupo. Russell era muy tirano con sus jugadores. Cuando no funcionaban las cosas, y de común no lo hacían, no tenía el menor reparo en despreciarlos. A Jim McDaniels, destinado a ser el pívot titular, incluso con crueldad. “¿Pero cómo puedes ser tan estúpido? –le recriminaba a cada fallo– Es que no tienes ni idea de jugar”. McDaniels quedaba así hundido.

 

Russell era una leyenda. Pero un hombre sin paciencia. Quería hacer de los Sonics unos nuevos Celtics. Y eso era imposible. Los jugadores callaban a su autoridad. Pero por dentro le odiaban. Y como el odio es contagioso y Spencer su jugador predilecto, los demás tardaron poco en desdeñarle como el niño mimado. Hasta en romperle alguna amistad, como la de John Brisker, que no perdonó a Spencer que no lo defendiera ante Russell.

 

Haywood no aprobaba los métodos del técnico. Pero sentía poder hacer muy poco para evitarlos. Él había disfrutado allí la suavidad de Lenny Wilkens como jefe. Ahora sufría sin remedio aquel lento deterioro del grupo. Un grupo impracticable a causa de tantos y tantos cambios, de los que también era responsable Bill Russell, entrenador y director deportivo.

 

Era cuestión de tiempo. Durante la temporada del 75 el deterioro afectó también a la relación entre ambos. Spencer se sobrepuso en silencio a varias lesiones. Pero no pudo con la neumonía. Perdió peso y mucha fuerza. Para Russell no había más culpable que el enfermo. “Si comieras más filetes de carne no te pasaría eso”. Spencer era vegetariano. Y para entonces, muy sensible a la dureza de Russ.

 

En adelante se multiplicaron los rumores de traspaso. Los Knicks estaban ya encima. Sin haber abierto aún la boca Spencer volvía a ser objeto de sospecha, como si fuera él quien quisiera largarse. Eso le enfureció. Sentía haberlo dado todo por los Sonics sin que ahora recibiera a cambio la certeza de su fidelidad, como si no fuera apreciado. Era momento de cambiar de actitud. A la primera oportunidad declaró a la prensa: “Quiero irme, no estoy a gusto aquí”. Abierto el campus de pretemporada Russell lo llevó a su despacho. Fue expeditivo.

- ¿Te quieres quedar o te quieres ir?

Haywood también.

- Quiero irme.

- Vete pues.

 

Así acabó todo. A finales de octubre de 1975, por dos millones de dólares más el novato Eugene Short, Spencer Haywood se convertía en nuevo jugador de los Knicks.

 

Spencer fue recibido como Nueva York acostumbra a recibir a las estrellas. Pero empezó con mal pie, cayendo en una trampa durante su presentación oficial, cuando los flashes además de la vista nublan la cabeza.

- Se espera de ti que seas el salvador de esta franquicia.

Él sólo quería agradar.

- Bueno, pues entonces yo la salvaré.

 

Spencer no reparó en su respuesta. De hecho la habría repetido las veces que hiciera falta. Era consciente de su responsabilidad, que además, venía en el salario.

 

Pero su respuesta no gustó a nadie, causando un especial malestar entre sus nuevos compañeros, algunos de los cuales seguían allí desde el doble título de 1970 y 1973 padeciendo la lenta agonía de alejarse de la gloria y perder viejos amigos en el camino.

 

Así Spencer se topó de entrada con grandes dosis de ironía salpicando en su contra cualquier rato de vestuario:

- Oye, esta luz está fundida –gritaba alguien desde una sala.

- No te preocupes, Spencer nos salvará.

 

A lo que seguían grandes carcajadas.

 

Se podía soportar. Hasta que los desaires pasaron a la grada. “Eeeey, Messsíass, Salvadooor, este equipo funcionaba mejor sin ti ¿sabes?”. Otra vez volvía a sentir el veneno del público. Y en un Madison siempre lleno, expectante, implacable. Willis Reed se les había marchado el año anterior. Holzman pondría a Spencer en su lugar. “¡Pero yo no soy pívot!”. El resultado fue desastroso.

 

Cuando en enero los Knicks viajaron a Seattle el Coliseum recibiría a Haywood con un lleno hasta la bandera. El abucheo desatado a su presentación fue de tal magnitud que el partido tuvo que retrasar su inicio hasta calmarse las cosas. Entre aquel ensordecedor rugido Wood no quitaría ojo de un rincón en la grada. No estaba preocupado por él. Lo estaba por su familia. Su hermana lloraba asustada.

 

Los Knicks quedaron fuera de playoffs por primera vez en diez años. No había la menor química en el equipo. Y el sobrepagado Haywood era la diana perfecta. Incluso para sus compañeros. A Frazier le habían llegado rumores de que Spencer lamentaba que no le hiciera llegar el balón lo suficiente. Frazier respondió ante los micrófonos. “Debería conocer sus limitaciones y no empezar a botar desde fuera”. Porque en realidad era lo que seguía haciendo un alero disfrazado de pívot.

 

Al año siguiente el equipo se hundió otra vez por debajo del 50 por ciento. Spencer trató una vez más de sobreponerse al dolor. Su pierna izquierda andaba maltrecha. Durante la temporada recibió hasta 39 inyecciones de cortisona y novocaína antes de ser intervenido en una clínica de Oklahoma. Tampoco esta vez habría playoffs.

 

Cuando tres años después de su llegada, en 1978, por fin lo consiguieron, fueron barridos por Philly (4-0) en semifinales del Este. Hacía tiempo que la prensa cargaba contra él con munición pesada. Peter Vecsey, con cianuro. El tema favorito de sus columnas era Haywood, al que despellejaba sin piedad. Una noche coincidieron en un ascensor, a solas. Y Spencer no se contuvo:

- ¿Sabes que puedes destrozar la vida de una persona con tus palabras?

- Sí.

Lo habría estampado allí mismo como a un insecto.

 

Haywood ya era además abucheado por sistema en el Madison. Un juego que seguir de butaca a butaca, de fila en fila, como una habitual diversión. “Eh, tú, salvador, ¿no eras el que nos iba a salvar? Pero si no puedes salvar ni tu tiro, ladrón”. Era insoportable. Odiaba a esa gente con todas sus fuerzas. Y lo que empezaba a ser peor, a verse hastiado del baloncesto.

 

Recibió otro duro mazazo con la muerte de Joe, su hermano mayor. No lo podía creer. El más fuerte, el hombre que lo podía todo, el rudo mozo que veló por la familia sin padre en Mississippi, había caído. No fue de repente. El regreso de Vietnam fue consumiéndole poco a poco. Solo, despreciado por la nueva sociedad y con las pesadillas del horror despertándole cada noche, Joe se sumergió en el alcohol. Hasta morir. Fue encontrado en su apartamento tres días después de muerto.

 

Spencer sintió como nunca la necesidad de aire, algo que devolverle el sentido. Y para eso podía estar en el mejor sitio. Nueva York brindaba todas las oportunidades. Spencer adoraba el jazz. Y la música, se dijo, mejor de noche, donde terminó por refugiarse rodeándose además de la mejor crema. Wynton Marsalis, Charlie Mingus, Herbie Hancock o Charles McPherson pasaron a serle una elegante compañía. Se le mezclaban además con personajes tan variopintos como Bill Cosby o Clint Eastwood a cada nueva batida, en cada club y rincón donde encontraba la paz perdida.

 

Spencer empezó a sentir mayor atracción por lo que el baloncesto no era que por lo que el baloncesto le daba. Era más feliz de noche que de día. Se propuso así disfrutar su riqueza. Adquirió una vivienda de lujo en el East Side, en el tramo más selecto de la 64. Flanqueaban su bloque de tres plantas vecinos como Richard Nixon, David Rockefeller y Otto Preminger. Y un día entraba con su Jaguar, salía con un Mercedes y al rato con un Rolls. Tan sólo aparcarlos le llevaba miles de dólares al mes. Parecía mentira que alguna vez recogiera algodón. El dinero era un escape. Pero hacía falta algo más.

 

Al otro lado de Manhattan, en Cleo’s, un restaurante de moda donde alternaba gente guapa, conoció a través de la amiga de una vecina a una joven somalí, de nombre Iman, que no llevaba ni un año en América. Su extraordinaria belleza y como una irresistible inocencia nativa cautivaron a Haywood de inmediato. Y ella se dejó cautivar. Ambos se hicieron inseparables. Unieron sus almas descarriadas y en la unión hallaron calor. Y la cosa fue en serio cuando a los cinco meses de conocerse ella cayó embarazada. La noche que nació Zulekha Spencer estaba tan nervioso que acabó bajando las escaleras de la clínica de tres en tres y salió a la calle a celebrarlo, correteando como un chiquillo por la Tercera Avenida. Al cruzarla un claxon le detuvo. La vida tiene estas casualidades.

- Hey, Spencer, ¿se puede saber qué demonios andas haciendo?

Era Kareem, al volante de su coche.

- ¡Acabo de ser padre, amigo mío!

- Monta y cuéntamelo todo.

Terminaron en su casa, charlando hasta el amanecer, regado de confidencias y jazz.

 

 

 

 

 

Al poco la carrera de Iman como modelo despegó. Lo haría sin frenos. Y los problemas muy pronto también. Antes de que pudiera darse cuenta aquella tímida jovencita proveniente de una tierra perdida se convirtió en una estrella con su orbe de continuas exigencias y caprichos. Un mundo que a Spencer no le era muy fraternal.

- ¿Cómo puedes anunciar tabaco? ¿No sabes que esa industria mata al año a millones de personas en todo el mundo?

- Soy modelo. Es mi trabajo. Olvida eso.

 

A los primeros desnudos en Vogue y Playboy Spencer frunciría el ceño algo más.

- ¿Fotos artísticas? ¿Eso crees que interpretan los lectores de Playboy?

- Déjalo, no entiendes nada.

 

Otras noches Spencer se comportaba como cualquier americano medio. Se dejaba caer en el sofá, horas a gusto frente al televisor viendo un partido de fútbol al término del cual cortejaba a Iman como cabía esperar. “Déjame, me duele la cabeza, mañana madrugo. Salgo a París”. Spencer ya no recordaba cuándo habían hecho el amor por última vez. Hasta entonces se había mantenido inmune a las incesantes solicitudes de groupies revoloteando a los jugadores. Era como si cada vez le resultara más difícil resistirse.

 

Entretanto los Knicks no levantaban cabeza. Willis Reed fue cesado volviendo Holzman a su viejo cargo. Pero todo parecía en vano.

 

Para entonces Spencer andaba ya a otra cosa. Su vida nocturna había derribado algunas defensas. “¿Cómo podéis meteros eso? –recelaba al principio– Esos cristalitos os destrozarán la nariz”. Pero ahí estaban siempre, brillantes y seductores, junto a los que le animaban una y otra vez. “Vamos, no te hagas el remolón”. Y Spencer no se lo hacía, familiarizándose cada vez más con el polvo blanco. Nada importante. Todos lo hacían. Por qué no iba a hacerlo él.

 

En un Madison irrespirable su traspaso empezaría pronto a estar cantado. Finalmente cayó a principios de año. Con cada nuevo intercambio el precio era menor. Ahora la otra moneda era Joe Meriweather y el destino, Nueva Orleans, sumido al poco tiempo en rumores de venta.

 

En la ciudad del jazz Spencer se reencontró gradualmente con la paz interior. Incluso con su juego, de pronto renovado. Todo allí era más genuino, más pequeño, de menor expectativa. A las órdenes de Elgin Baylor y junto a Maravich se encontró más a gusto. Volvía a ser él pese a que ya andaba lejos de ser una estrella. Pero tampoco allí sus números servirían para mucho. El equipo era un desastre y con la primavera los rumores de venta se transformaron en realidad. Los Jazz se mudaban a Utah. “¿Y qué hago yo ahora en Salt Lake City?”, preguntaba a su abogado Bob Mussehl. “Déjame ver qué puedo hacer”. Mussehl pasó a reunirse con Frank Layden, el director deportivo de los Jazz, ofreciendo a Spencer como cebo. “¿Qué te hace falta?”, preguntó el agente. “Preferiblemente un alero, un anotador”. Pronto lo tendría.

 

Mussehl rastreó el mercado y, como caídos del cielo, los Lakers estaban allí. Diez años después volvían a querer a Haywood. Sólo que ahora de otra manera. Bill Sharman cedió a los Jazz al alero que Layden quería. Así en septiembre Adrian Dantley terminaba en Utah y Spencer recuperaba el entusiasmo perdido. De hecho estaba feliz. Jugaría en Los Angeles. El sueño del anillo a su alcance.

 

Antes de volar a California Spencer recibió una llamada de su nuevo entrenador Jack McKinney, que sólo quería asegurarse:

- Mira, esto es lo que queremos de ti. Queremos que hagas el trabajo sucio, ya sabes, defensa, rebotes, quitar presión a Kareem, que pueda concentrarse en anotar. No queremos lo que te han pedido hasta ahora. Tan sólo que resultes valioso a este proyecto.

Y con la llegada del joven Magic Johnson, tal vez el mejor que le podía tocar.

- Jack, no se hable más. Soy tu hombre.

- Enhorabuena entonces. No sólo te sumas a una plantilla de lujo. Llegas al mejor sitio del mundo: Los Angeles.

 

El día que se estrenaba el training camp, en Palm Springs, Spencer se comportó como un chiquillo, sin disimular para nada su enorme ilusión. Salió al encuentro del dueño, Jerry Buss, para estrecharle un abrazo antes de hacerlo también con McKinney. “Gracias, gracias de todo corazón por haberme traído aquí”, repetía. “Me alegro, Spencer. Sé que nos ayudarás mucho”. Haría lo mismo seguidamente con Kareem –“Amigo mío, cómo estás”–, el novato Magic Johnson, el suave Jamaal Wilkes, el simpático Norm Nixon y todos los demás. Incluso acabó bromeando con Chick Hearn, la voz de los Lakers. Parecía un sueño. Por fin, a una edad ya madura, Spencer sintió incorporarse a un grupo maravilloso, donde vengaría además su condición de jugador problemático haciendo todo lo que estuviera en su mano, como había prometido, para conquistar el mayor anhelo de cualquier jugador: el título de la NBA.

 

Se encontraba además en forma. Los meses de calma en Nueva Orleans ayudaron. Pero tenía intención de más, de ponerse como un mulo. El campus de entrenamiento constaba de dos sesiones diarias, una por la mañana y otra por la tarde. Entre medias el resto subía al hotel a descansar. Spencer, en cambio, echaba unas horas de tenis. Se volvía a sentir joven, renovado por dentro y por fuera. Era la situación perfecta.

 

Al cabo el equipo volvió a Los Angeles para iniciar la pretemporada. Los entrenamientos proseguían su curso. Era momento de fijar residencia: un apartamento en una buena zona y listo para comenzar una nueva vida.

 

 

 

 

Una tarde le aguardaba alguien junto al coche. Un amigo reciente, conocido al poco de llegar a Los Angeles, uno de esos tipos que saben estar ahí, que conocen los gustos de un jugador y se los sirven en bandeja. El tipo estaba además conectado con la crema de la ciudad, con la noche y su gente, esos clubes donde la buena música y la fiesta nunca cesan.

- Hey, Spencer, monto una fiesta en casa. ¿Te vienes?

Cómo decirle que no. Merecía también su diversión.

 

El tipo gastaba un buen domicilio en Beverly Hills, una de esas vistas que hacen sentir el privilegio. Spencer se presentó animadamente. En el amplio salón había un total de seis invitados. Gente guapa, jubilosa, radiante. Uno de ellos era jugador profesional de fútbol.

- Has fichado por el mejor equipo del mundo, Spencer.

- Eso espero, amigo.

- Es hora de celebrarlo ¿no?

- Pues… sí, aquí estoy.

 

Spencer tomó asiento en el sofá. Notó enseguida que sus acompañantes, uno solo cada vez, iban y venían de una habitación. Entraban con una cara y salían con otra. Unos ojos abiertos, una sonrisa hiperbólica, casi una mueca. El anfitrión volvió a dirigirse a Spencer.

 

- Estoy preparando algo ahí adentro. ¿Quieres? Es base. Sé que no te gusta el polvo. Es… como fumar limpio.

- No, no, déjalo –rehusó–. Ya sabes que a mí me va todo lo orgánico –repuso sin mucha convicción.

- Anímate, hombre, ven y lo ves.

Y eso fue lo que hizo.

 

Al cabo de un minuto, a indicaciones del otro, Spencer estaba dentro de la habitación con una pipa de cristal en sus manos, un artilugio como no había visto antes, ni en las fiestas más golfas de Nueva York. El otro mientras tanto insistía con la llama.

- Más fuerte. ¡Más!

Aspiró con toda su fuerza, a pulmón.

- Así, aguántalo ahora dentro.

No hizo falta más. Su cabeza de repente estalló. Y el cuerpo entero con ella. Como mil orgasmos en uno.

- Gracias… Gra... cias… Sí… Es limpio.

Ya no era él quien hablaba.

 

En el salón la pequeña fraternidad lo recibió con los brazos abiertos. Spencer flotaba. Y no quería posarse. Era una sensación como no había conocido jamás. Así cada diez minutos reclamaría su nuevo turno. Una y otra vez. Para qué parar. Así, hasta el amanecer. Al llegar al hotel tenía dos horas antes del entrenamiento. No pudo dormir.

 

Al día siguiente repitió la experiencia.

 

Spencer perdió el vuelo del equipo para un partido en Oklahoma. Tuvo suerte de coger el siguiente. Y de poder jugar. Y de hacerlo además bien. 27 puntos y 14 rebotes. “Esto es fantástico”, se decía. “Estoy deseando volver, celebrarlo”. Y volvieron. Esperaba a los Lakers un doubleheader en casa.

 

Al término del partido hasta doce jugadores de los cuatro equipos, animados por Spencer, acudieron a su apartamento. Su hombre, su contacto, su dealer, no iba a faltar ya de su lado, como una sombra. Recién llegado de Florida traía además consigo la increíble cantidad de un kilo de cocaína de alta pureza. En Los Angeles el gramo solía adquirirse a 150 dólares. Pero en el mundillo NBA, los camellos hacían un descuento por grupos, dejando la unidad a 100 pavos y animando así a los jugadores a comprar cantidad.

 

Apenas arrancó la velada Spencer, su hombre, y otros dos jugadores –John Drew y David Thompson– acudieron a la cocina manos a la obra. El excesivo ardor de sus acompañantes incluso obligó al camello a hacerles una advertencia.

- A ver, es muy pura. Bastará con un poquito cada vez. Así como…

Spencer apartó su mano sin miramientos.

- Qué coño, ¿crees que estás hablando con mujeres? Echa ahí.

 

Los demás rompieron a reír. Con medio gramo era más que suficiente. Spencer puso tres. La llama obraría lo demás, alumbrando una burbuja monstruosa a la que los cuatro estaban pegados como un hechizo. Un segundo después la pipa reventó. Miles de cristalitos restallaron en el aire sufriendo todos pequeños cortes en la cara. Tuvieron suerte. Los ojos estaban intactos. “¡Pero qué demonios os ha pasado!”, exclamaron los de dentro en cuanto les vieron aparecer entre pañuelos y toallas. “Nada, un pequeño accidente doméstico”.

 

No importaba. Había más. Mucho más. Lo suficiente para flotar muy arriba hasta las ocho de la mañana. A esa hora el resto se había marchado. Spencer tenía 40 minutos para echar una cabezada antes de presentarse en el entrenamiento. Se acostó. Y si cerraba los ojos se le volvían a abrir, como pegados al techo.

 

Al principio aquellos “juegos” tenían lugar cada sábado, una vez a la semana. Pero pronto Spencer se dijo que a qué esperar tanto. El miércoles sería también una ocasión perfecta. El único problema, eso de no poder dormir, tendría fácil solución. “Te vendrá bien tener algo de Valium y Metacualona. ¿Cuánto te traigo?”. Y Spencer se encogía de hombros. Enseguida tendría su ensalada de sedantes, con los que bajar a plomo el subidón al final de cada nuevo festín.

 

Hollywood era así maravilloso. La felicidad al alcance de la mano. Bien colocado, podía además sostener cualquier conversación. Uno creía poder opinar de todo, alternar con aquellos tipos ricos y arrogantes que nutrían las mejores fiestas de la ciudad. El dinero tampoco era reparo. Su contrato era por medio millón, que sumar a los muchos que ya tenía. Así que unos cuantos centenares de dólares por semana apenas apretaban el bolsillo.

 

Al tercer partido de la temporada Spencer sufrió un achaque en la cadera. Se perdería los tres siguientes. Si tenía más tiempo para lo suyo, no le importaba gran cosa. De hecho el baloncesto empezó pronto a entrometerse en sus deseos de plenitud. Su ausencia fue ocupada por Jim Chones, que lo haría tan bien que McKinney le dio la titularidad, desplazando a Haywood al banco. Tampoco importaba. El equipo, con uno u otro, funcionaba a las mil maravillas. Tras doce partidos, nueve victorias. Viento en popa.

 

Lo siguiente en ocurrir ya importaba algo más.

 

A principios de noviembre el técnico McKinney tenía prevista una cita con su asistente principal, Paul Westhead, en el domicilio de éste, del que le separaban menos de cuatro kilómetros. McKinney, como todo angelino, se movía en coche. Pero aquel día se lo había llevado su esposa. El técnico cogió la bici y como a mitad de trayecto, bajando una cuesta a toda velocidad, sufrió un aparatoso accidente golpeando brutalmente su cabeza contra el suelo. El percance fue grave. McKinney quedaba fuera del equipo y tendría suerte si podía volver a entrenar. Fue un severo palo para todos. Pero en especial para Haywood. El hombre que más confiaba en él ya no estaba. Su lugar lo ocuparía Westhead, con quien Spencer, más que fría, no tenía relación. Pat Riley, que hacía de comentarista en la emisora local, se acabó incorporando al cuerpo técnico.

 

Entre Haywood y Westhead se precipitó en adelante una peligrosa ecuación. El cada vez peor estado de forma de Spencer redujo drásticamente sus minutos de juego. A las dos semanas y fruto del malestar el jugador reclamó su cita con el nuevo técnico.

- Veré qué puedo hacer. Pero no te puedo prometer nada. Tampoco tú ayudas.

- Ese es el problema –repuso serio–. Sin minutos no sé cómo puedo hacerlo.

 

El encuentro fue breve, gélido.

 

Las fiestas, en cambio, eran otra cosa. Nunca cesaban. Lo hacían a un ritmo cada vez mayor. Siempre había gente dispuesta. Eso era lo bueno de Los Angeles y Spencer apuraba más que nadie, como si empezara a no tener medida. “Oye –su hombre aguantaba con él hasta el final–, vas un poco pasado y es muy tarde. Anda, tómate esto”. Al rato de hacerlo Spencer se sentía incapaz de coger el coche y volver a casa. “No… controlo mucho”, y alzaba unas manos inquietas. Ya en su apartamento y con la intención de calmar los nervios, se tomaba un par de bacardís dobles como quien bebe agua, lo que al cabo encendía otra vez las ganas de coca, aunque no pudiera más. Una vez le sorprendió despertarse en el suelo del baño. Llevaba horas allí tendido, empapado en sudores fríos. Era de día.

 

Al principio empezó a temer las giras del equipo. Eso suponía estar días enteros sin poder darse el atracón. Pero la solución también quedaba a mano, como aprendió una noche en Phoenix. Al término del partido un tipo se le acercó con una libreta: “Eh, Spencer, ¿me firmas aquí?”. Y mientras le firmaba el tipo le dejaba subrepticiamente una nota encima de su bolsa. Era fácil de entender y Spencer ni siquiera se preguntaba por qué aquel individuo le elegía a él. “Toma, vete a esta dirección. Te veo allí en media hora”. Había individuos como aquel en todas las ciudades de la liga. La agenda tenía cabida para todos. Tan sólo había que corresponderles en especie. Si llegaban los Lakers esos tipos tenían butaca en la primera fila.

- Verás, Spencer, hoy vienen unos amigos y me gustaría...

- ¿Cuántos sois?

Siempre había sitio para todos.

 

Mediada la temporada Spencer comenzó a sentir serias dificultades en disimular algunos síntomas. La secuela que peor llevó la revelaban sus manos. Habían perdido toda su fuerza. Y sobre todo, el tacto. Le temblaban en reposo. Un par de carreras y el corazón palpitaba salvaje en su pecho. La inseguridad le dominaba. Era incapaz de atrapar bien la bola. Y tirar a canasta empezó a serle una odisea. Pero ninguno de aquellos males superaba al que no creía tener: la paranoia. Despertaba con fuerza cada vez que perdía un balón. “No soy yo”, se repetía. “Son ellos, me pasan mal la bola. Sobre todo Magic, que lo hace adrede. Imprime veneno al balón… para que se me escape”.

 

Como solución Spencer se hizo con una pelotita que botar en el banquillo para calentar las manos y recuperar sensibilidad. Una noche en Chicago la pelotita se le escapó pista adentro en mitad del juego y los árbitros tuvieron que detener el partido previa técnica. Westhead ni le miraba.

 

Pero Spencer fue aún más allá. Acabó haciéndose con una crema para las manos cuyo adhesivo terminaba por empeguntar el balón y con ello las manos de todos los jugadores. Otra noche le cayó una nueva técnica en cuanto los árbitros supieron del causante de la confusión. Incluso fue multado por la liga cuando llegó a esconderse la crema en las medias y ésta, en un lance del juego, acabó desparramada por la pista. Aquel grotesco proceder despertaba vergüenza en el grupo. “Me persiguen. Todos me persiguen –se convencía–. Buscan mi fracaso”.

 

Iman voló de Nueva York a Los Angeles a pasar con él unos días. Era poco tiempo. Pero el suficiente para poner en su contra al resto de esposas del equipo. Cosas de mujeres, supuso. Ella las trataba con displicencia y ellas respondían con viva aversión. Por si faltara poca tensión Iman abriría un poco más la brecha de Haywood con el grupo. Para entonces la distancia ya era grande. Iman lo sabía todo de él. Lógico cuando ya ni le pedía sexo. Pero su agenda era la de una estrella. Hoy aquí mañana allí, sin tiempo ni ganas para la vida de su marido, con el que apenas se veía. La hija de ambos, Zulekha, seguía en Nueva York al cuidado de la asistenta.

 

Al cabo Iman se marchó, dejando a Spencer a solas con su verdadera esposa. Un día, de vuelta de un partido, el equipo aterrizó en Los Angeles y su hombre vino a buscarle al aeropuerto. Si llevaba un día de abstinencia Spencer sentía verdaderas ansias por sumergirse en el polvo. Nada más importaba hacer. Ambos se deslizaban por la terminal cuando alguien reclamó su atención por detrás:

 

- Aguarda, Spencer –era Kareem, que venía corriendo–. Oye, ¿os importa acercarme a casa? Odio hacer cola para un taxi.

Qué molesto  contratiempo.

- Eeehh, no, no claro -rezongó Spencer

Antes de montar en el coche encontró el momento de musitar una orden a su hombre. “Acelera. Quiero quitármelo de encima cuanto antes".

Al llegar Kareem le haría una última proposición.

- ¿Por qué no subes y pasamos un rato juntos? Hace tiempo que…

- No, Kareem, gracias –repuso aprisa con torpeza–. Pero… tengo una cita y… y un montón de cosas que hacer.

Sentía una punzada interior al hacer esto. Pero al cabo no era más que alivio.

- Vamos, ¡pisa! –ordenó.

El tráfico en Los Angeles nunca lo ponía fácil.

- Eh, tranquilo. ¿Quieres empezar ahora? La tengo ahí detrás, en la bolsa.

En plena autopista Spencer arrancó la fiesta.

 

Llegó el momento en que ya no había días. Ni noches. O todo era noche. Noches enteras que volaban en minutos. Dormir era una molestia, un tiempo perdido. El baloncesto también. Sentado en el banquillo sólo suplicaba que no hubiera prórroga. Antes de sonar la bocina ya estaba en pie. Final del partido. Corría entonces a vestuarios. El primero en hacerlo. El primero en ducharse, aprisa como los gatos. El primero en vestirse. El primero en salir. Volaba a través del túnel hasta la salida sur del Forum, donde pegaba el Rolls, que rugía entonces con un acelerón.

 

Spencer ya no acudía a fiestas. Las montaba a solas en su casa. Su hombre ya no le hacía falta. En algún rincón de su conciencia sabía lo que estaba haciendo. Por eso empezó a temer que alguien lo viera. Bajaba así las persianas, echaba el cerrojo. “Este salón es muy grande”. Se metía entonces en su habitación. Pero allí figuraba a su madre, viéndole hacer lo que hacía. Y se encerraba en el baño. Hasta llegó a poner algodón bajo la puerta. Para que nadie supiera que estaba dentro.

 

Nunca sobraba el tiempo. Antes bien faltaba. Había partido a las siete y media. “Me pondré entonces hasta las cinco. Estaré en el pabellón como a las seis”. Spencer ya no se veía a sí mismo, como si no hubiera espejos. Perdía peso. Y su rostro, sin descanso, demacraba. El hombre que alguna vez comía vegetales y velaba minuciosamente por su dieta estaba de suerte si el menú diario alcanzaba una docena de donuts.

 

 

 

 

 

Muy pronto ni siquiera sería ya divertido. A las pocas horas de encerrarse sufría convulsiones, un temblor incontrolable, sudores y taquicardias. “Dios mío, voy a morir”. Pero nada le detenía. El deterioro era tal que Spencer se había vaciado por completo como jugador de baloncesto. En los entrenos ni lanzaba tiros libres. Hacía como que estiraba en el suelo, suplicando en su fuero interno que aquello terminara cuanto antes.

 

Jim Chones era el alero titular. Westhead tiraba de Landsberger para darle descanso. Y hasta de Magic como alapívot. Cualquier cosa antes de hacer salir a Haywood en minutos de peso. Spencer empezó el año como titular. Ahora salía, a lo sumo, en los minutos de la basura. Así, cuando sonara la bocina era todavía más fácil llegar el primero a vestuarios. Hubo un momento en que dejó de ducharse. Salía disparado de corto hasta el coche.

 

Con todo, su orgullo seguía intacto. Y no rehusó denunciar ante la prensa su falta de minutos. Westhead respondió quitándoselos por completo.

 

Spencer comenzó a tener serias dificultades para presentarse a tiempo a cualquier cita. O simplemente para presentarse. Un día se perdió el entrenamiento. La siguiente noche había partido. Y antes del descanso, inesperadamente, Westhead se dirigió a él:

 

- Vamos, sal.

Spencer se vio superado.

- No… no puedo.

- ¡Por qué!

- No… no puedo ver.

- Qué es eso de que no puedes ver.

- Mis ojos –ideó aprisa-. Tengo alergia. Veo mal. Casi no veo.

 

El técnico se quedó con la palabra en la boca.

 

Al descanso Spencer nutrió algo más su fabulación con Jack Curran, el preparador del equipo. “No te noto nada extraño –le exploraba–. Un poco venosos, pero nada más. Oye, ¿no estás muy delgado?”.

 

Al día siguiente habría también entrenamiento. Spencer se presentó pero alegó que no podía hacer nada, que la alergia se lo impedía, que le estaba afectando seriamente. El domingo llegaban los Spurs. Westhead le dejaría sin jugar. Pero en los últimos minutos el público del Forum, sensible a sus declaraciones, comenzó a corear su nombre. “Hay-Wood! Hay-Wood!”. Lo que Spencer aprovechó para alzar el puño al compás de los gritos. Aquel bálsamo reforzaba sus convicciones. Era una víctima de Westhead.

 

Difícilmente podía verlo así el técnico, para quien Spencer era ya un dolor, el único problema serio en el seno del equipo, a cuyos miembros iba a empezar a tomar el pulso a espaldas de Haywood. Con especial atención a su hombre más cercano en el vestuario, Jamaal Wilkes.

 

 

 

El martes el equipo salía para Chicago antes de viajar a Atlanta. Westhead le iba a librar de la gira. “Spencer –le dijo muy serio–, vete al médico y trata la alergia o lo que coño sea eso. Quiero a todos mis jugadores disponibles”.

 

Con el equipo fuera no había médico que visitar. Y en el grupo circuló el rumor de que Haywood se estaba saltando aquellos viajes, como los malos estudiantes las clases. A la vuelta el cuerpo técnico improvisó una reunión que contó con la presencia de Jerry Buss. Sobre la mesa, la idea de un posible traspaso que Westhead iba a apoyar contra dos objetores. Uno era McKinney, que afortunadamente se había recuperado y ocupaba ahora funciones de consultor. “Nos va a hacer falta en mayo –defendía–. No necesitamos nada más”. El otro, Jerry Buss. “Dejadme que hable con él. Yo me encargaré”. Lo haría además a su estilo. El dueño invitó a Spencer a una de sus fiestas en Beverly Hills, en el seno del elegante Pipps, un club de millonarios. Como para calmar las cosas. Confianza por confianza. Spencer aguantó el tipo esa noche. Los baños acudirían en su ayuda.

 

En adelante nada pondría freno a su abismo. Pero al menos Haywood procuró por todos los medios evitar la menor sospecha. El equipo volaba. 40-17. 50-20. 55-21. Y él sólo tenía que estar en su sitio a la hora adecuada. Poco más. Una vez fuera de pista sólo cabía hacer una cosa. Y siempre con el mismo anhelo de resucitar aquella primera cima, aquel orgasmo infinito, sin tener la más mínima idea de que cada vez le quedaba más y más lejos. Y el mando nunca era suyo.

 

Qué cruel ironía. Cuando llegó a Los Angeles el sol era el primer reclamo. Una ciudad luminosa donde contrariamente acabaría convirtiéndose en un vampiro. Meses desfilando entre la oscuridad de la noche para terminar encerrado en el baño de su apartamento donde temía encender la luz.

 

Le suponía un gran esfuerzo. Pero en el tramo final de la temporada incluso rehusó algún ofrecimiento de su hombre. “No, hoy no. No puedo”. Hasta desconectó el teléfono de casa. Para entonces Spencer o lo que quedaba de él había tomado la determinación de solicitar ayuda. La necesitaba con urgencia. Pero tenía que acabar el año. No podía hacerlo ahora. Trató así de sobreponerse y luchó por centrarse.

 

Y llegaron por fin los playoffs. Primero los Lakers se deshicieron cómodamente de los Suns (4-1). En las finales del Oeste les aguardaban los vigentes campeones, su ex equipo de los Sonics, que lograron dar un mazazo la noche del estreno en el Forum. Westhead puso a Haywood en pista a pocos segundos de agotarse el tercer cuarto. Spencer aparecía activo, con ganas. Anotó sus dos primeros tiros con un mate y un balón a tabla bajo aro. Quedó así en pista unos minutos más en el cuarto periodo. En realidad, porque Wilkens dejó allí al novato James Bailey, al que marcaba Spencer en un emparejamiento que tenía algo de triste. Al poco, cuando una posesión forzada le obligó a lanzar el resultado fue desolador. Su tiro, tradicionalmente una de sus fortalezas, había desaparecido. Westhead lo sentó de inmediato.

 

No fue más que un susto. Los Lakers resolvieron la eliminatoria ganando los cuatro siguientes. Siete años después regresaban a unas Finales. Esta vez, contra los Sixers de Julius Erving, que aguardaban rival desde días atrás.

 

El Forum celebró aquella victoria un miércoles. Las series por el título arrancaban el domingo. El jueves había entrenamiento. Una vez terminado fueron a buscarle. Su hombre y otro tipo le esperaban junto al coche. “Hey, amigo ¿dónde te metes últimamente? Habrá que celebrar esto, ¿no?”. Y Spencer quiso tomarse un respiro. La noche volvía a ser joven.

 

Cuando horas después, que volaron como minutos, Spencer era incapaz de tomar asiento supo que tampoco dormiría, que de nada serviría acostarse. Pero tenía que hacerlo, debía bajar aquello como fuese. Tal vez se había pasado un poco. Se le fue entonces la mano con los sedantes. Suficientes para tumbar a un caballo. Y sonó el despertador. Y se incorporó pesadamente, como un zombi camino del Rolls. No estaba en condiciones de conducir. Pero tenía que llegar a casa. Luego había entrenamiento. Se quedó dormido en un semáforo que hacía esquina en Fairfax. No lo despertó el claxon de los vehículos que incordiaba. Lo hizo un tipo que golpeaba la ventanilla. “¿Está usted bien?”. Spencer arrancó de nuevo. Pocos minutos después volvió a ocurrirle lo mismo. Volvieron a despertarle. El coche enfiló por fin la avenida de su casa. Le costó horrores reconocer su puerta, incluso abrirla. Tenía tiempo de pegarse una ducha. Minutos después salía en dirección al campus de Loyola. Antes de llegar se desplomó una vez más contra el volante. El aparcamiento era enorme. Pero se le cruzaban las líneas y detuvo el coche al azar.

 

En el vestuario se desvistió a solas. Cuando entró en pista no supo cuánto tiempo llevaban ya todos allí. Curran les había pedido calentar en el suelo. Tumbados. Eso fue lo que hizo Spencer. Le pesaban los párpados. Le despejó una palmada al aire. “¡Vamos, arriba!”. Creía no poder levantarse, sintiendo vagamente que todos le miraban. Cuando por fin lo hizo no sentía el suelo y el mundo comenzó a nublarse. Aprisa. Y de pronto, la oscuridad. Ni siquiera sintió el fuerte golpe al caer.

 

- ¡Wood! ¡Wood! ¡Despierta! ¿Estás bien?

 

Era Michael Cooper. Sus ojos estaban a un palmo de los suyos y sin embargo su voz le llegaba como de otro mundo. Había otros jugadores a su alrededor. Les había llevado unos minutos interminables despertarlo. Spencer presentaba un aspecto patético. Pálido si es que una piel negra puede aclararse a la vista, con la boca abierta, desencajada y los ojos a medio abrir, como sin vida.

 

Lo siguiente que pudo escuchar era otra voz desde la letanía. Pero ésta con tono muy crudo:

- Vete a casa.

Era la voz de Westhead. Aunque se lo hubiese propuesto Spencer no podía ni contestar.

 

 

 

Durmió horas, muchas horas. No tenía noción de cuántas cuando le despertó el teléfono. Era su compañero Jamaal –“¿Cómo estás? ¿Estás mejor?"–, el único de todo el equipo que quiso saber de él.

 

Al día siguiente pudo entrenar con aparente normalidad. Enterada de lo ocurrido, la prensa se concentró en Spencer. Su respuesta era sólo suya: “¿Que por qué me quedé dormido? Lo diré claro. Sé que el equipo me va a necesitar en estas series y no he tenido mucho tiempo de juego para alcanzar la forma. Así que madrugué, acudí a Loyola y a las siete de la mañana ya estaba corriendo, bajo un sol de justicia, varias millas y después una hora con pesas. Cuando empezó el entrenamiento todo eso me pasó factura. Demasiado sol en la cabeza”.

 

El domingo los Lakers salvaban el estreno en casa. 109-102. Westhead dio a Spencer tres minutos tras los que no mancharía ni un solo casillero en ningún apartado del juego. Como un espectro ambulante.

 

No habría partido hasta el miércoles y Spencer no pudo esperar. Tenía tiempo para una nueva noche de desenfreno. El martes se presentó así diez minutos tarde al entreno. Enojado, Westhead le impuso una multa. Evitó echarle de allí pero lo separó del resto, al que no podía ni acercarse.

 

El miércoles los Lakers perdieron en casa. 104-107. Philadelphia empataba la serie.

 

Al día siguiente, tras el entrenamiento, tuvo lugar el incidente del vestuario con Holland y los demás que Westhead zanjó sin miramientos ordenando a Haywood una cita a solas. Tras el altercado Spencer sintió de pronto caérsele el mundo encima. Aguardando en el despacho la entrada del técnico decidió que era momento de declararlo todo. “Sí, me ayudarán –pensó aprisa–. Deben hacerlo”.

 

Westhead entró dejando un portazo a su espalda. Cuando el técnico se disponía a intervenir Spencer se adelantó. El tono de su voz, la cadencia de sus palabras, eran las de un enfermo:

 

- Quería hablar contigo, quería hablar contigo hace tiempo. Tengo un problema. Un problema grave. La cocaína… ¡Necesito ayuda!

 

Westhead no abrió la boca. Lo miró como si lo hiciera a un alienígena antes de saltar de la silla como un resorte.

 

- Aguarda aquí. Ahora vengo –fulminó.

 

Mientras escuchaba al técnico volar escaleras arriba Spencer se quedó a solas temiendo lo peor mientras luchaba por controlar aquel incipiente temblor.

 

Algo fuera de sí Westhead trataba de reunir a su comandancia al instante. Encontró a Buss en la sala de prensa y a Sharman en el despacho de West. Pat Riley fue quien bajó a avisar a Spencer mientras en la sala de reuniones, antes de entrar el jugador, Westhead dejaba clara su postura al resto. “Se tiene que largar ahora mismo. ¡Ni un minuto más!”. Al cabo el alero estaba frente a cinco hombres sin piedad. La reunión duró dos horas durante las cuales Spencer concentró todos sus esfuerzos en relatar a aquellos ojos incrédulos la atroz situación a la que su vida se había abocado.

 

Luego de una patética exposición, sincopada por lamentos y gestos de súplica, no todos fueron capaces de mirarle a los ojos. Y tal vez por ello la sentencia fue rápida.

- Así que… ¿quieres que Spencer se marche? –preguntó Buss a su técnico.

- Eso es.

- ¿Ninguna otra opción?

- No la veo.

 

Westhead no miraba al condenado. Lo hacía a su dueño. Una mirada firme que reclamaba ahora su autoridad.

- Pues lo siento, Spencer –resopló finalmente Buss–. Pero quedas suspendido.

 

Acto seguido se levantaron y abandonaron la sala. Ya habían perdido bastante tiempo. En plenas finales.

 

Spencer salió de allí a rastras, dejando que el Rolls le llevara a casa. Una vez allí comprobó cuánta droga tenía resolviendo metérsela toda. Le daba igual morir. La vida se había oscurecido totalmente y no veía salida. Once años después de iniciado el camino era apartado de un empujón a dos metros de la cima.

 

A la mañana siguiente se despertó tendido en el suelo. La cabeza le estallaba y maldijo no haber muerto. Recibió una llamada. Una sola llamada. “¿Qué tal estás?”. Era Jamaal, sólo Jamaal, siempre Jamaal.

 

Preguntado por la extraña decisión Westhead se explicaría públicamente con la debida discreción: “No, no es nada concreto. Es una acumulación de cosas. No sólo ese último incidente en el vestuario. Siento que la actitud de Spencer no ha estado en sintonía con el resto del grupo. (…) Desgraciadamente su actitud no ha hecho más que empeorar”.

 

Días después, cuatro partidos más sin Haywood, los Lakers salían victoriosos de las Finales. Eran los nuevos campeones de la NBA. Un responsable de la organización angelina, un cargo anónimo, previno a Spencer de hacer acto de presencia en la celebración del equipo por la ciudad. Pero eso no era todo. Wilkes le iba a informar de algo más.

 

Hubo una votación del equipo para que Spencer tan sólo percibiera un cuarto de los ingresos por playoffs. Según el convenio cualquier jugador que superase los 60 partidos tenía derecho a cobrar la totalidad de su parte. Spencer había jugado 76 y 11 de postemporada. Ahora todos le negaban su parte. Tan sólo Jamaal votaría en su favor.

- Hijos de puta, miserables –sollozaba a Wilkes–. ¿Sabes? Hasta ocho de ellos se han estado poniendo conmigo este año. ¡En mi propia casa! Yo lo he callado todo… ¡Todo!

- Tranquilo, Spencer, todo se arreglará.

 

Pero Spencer ya no estaba para arreglos. Una furia como jamás conoció se apoderó por completo de lo que quedaba de él. Le urgía vengarse de alguna manera. Él podía morir. Pero tenía que llevarse a alguien por delante. No costaba decidirse. Westhead fue el elegido.

 

Spencer cogió el teléfono. Marcó el número de un viejo amigo de Detroit, un sicario que conocía bien el negocio de la muerte.

- Tienes que venir de inmediato. Quiero que lo mates. Westhead debe morir. Necesito tu ayuda.

- Voy para allá, no te preocupes. Déjalo en mis manos. No hables más –le previno.

- Y dime de cuánto dinero hablamos.

- De nada. No puedo cobrar a un amigo. Y cálmate.

 

Al día siguiente, en el apartamento de Spencer, ambos hombres urdían la trama que acabaría con la vida del entrenador de Los Angeles Lakers. Su residencia, en Palos Verdes, coronaba una colina desde la cual tomaba a diario el coche para bajar a la ciudad. Aquel era el tramo ideal. Unas manos expertas harían lo demás y el vehículo saldría de la carretera precipitándose ladera abajo. Sobre este acuerdo el sicario y un acompañante se ocultaron en algún rincón de la ciudad.

 

Si salía bien Spencer estaba animado a que siguieran la suerte de Westhead también los demás. Kareem, Chones, Magic, Nixon, todos.

 

En pleno estado de cólera volvió a sonar el teléfono.

- Hijo, qué es lo que está pasando.

 

La peor llamada que podía recibir en aquel momento. Era madre, a la que el cáncer consumía desde tiempo atrás. Los viejos mantos de DDT sobre las plantaciones de Mississippi se cobraban así su factura. Dios, la había olvidado.

- Nada, mamá, no pasa nada.

Pero una culpa sin nombre le hirió en lo más hondo. Maldijo así el peor de sus olvidos.

 

Una madre sabe perfectamente cuando las cosas van mal. No le iba a dejar en paz. Llamaba cada cuarto de hora. Y para colmo el sicario tampoco calmaría las cosas: “Spencer, el FBI tiene pinchada tu línea. Está empleando a tu madre como cebo”. La paranoia otra vez. En un ataque de ansiedad Wood arrojó toda la cocaína por el baño. El siguiente en hacerlo podía perfectamente ser él.

 

Cuando su hermana Ivory y dos amigos, Vernell y Wiley, dos de aquellas amistades a salvo del tiempo, pudieron por fin doblegar la puerta que Spencer rechazaba abrir, llegaron a tiempo de evitar que cometiera una locura. A tiempo de recoger sus pedazos. A tiempo de sacarlo de allí. A tiempo de rehacer lo que no mucho antes había sido un hombre. Incluso un gran hombre.

 

 

 

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* Spencer Haywood no recibiría el pago completo de su temporada en los Lakers hasta once años después, en 1991. En el largo litigio resultó crucial la ayuda de Kareem Abdul-Jabbar.

** En 1988 Haywood acudió a la Universidad de Loyola a visitar a Paul Westhead con la intención de obtener su perdón por todo lo ocurrido. Cuando Westhead aceptó las disculpas Spencer, emocionado, rompió a llorar.

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The Rise, The Fall, The Recovery, Scott Ostler & S. Haywood (1992)

 

Nuevo año en MSOE. Después de casi 2 meses de deberes, proyectos para empresas, y entrenamientos físicos todos los días, llega el momento de lo bueno, BA-LON-CES-TO!

 

El verano ha sido de lo más agradable. Volver a casa, ver a los seres queridos de nuevo, viajar, jugar torneos, 3x3, entrevista para Antena 3 sobre AGM Sports y los deportistas en USA… Esos tres meses han pasado volando, demasiado rápido para mi opinión, pero tuve tiempo para hacer 2 semanas de pretemporada con el EBA del Estudiantes y así volver en buena forma física a USA. Desde aquí quiero agradecer a todos los jugadores, cuerpo técnico y directivo del Estudiantes, por permitirme entrenar con ellos y tratarme de lujo. Desde aquí les deseo la mejor suerte del mundo en esta temporada.

 

Respecto a MSOE, el equipo es prácticamente nuevo, somos 18 jugadores, de los cuales sólo 4 han jugado grandes minutos en la liga el año anterior. Dos de nuestros mejores jugadores se graduaron el año pasado y tres de los júnior han decidido no jugar este año por diferentes motivos (trabajo y proyecto fin de carrera). Aun así, creo que el cuerpo técnico ha hecho un gran trabajo reclutando nuevos jugadores que vienen con ganas de trabajar y ayudar en lo que puedan.

 

Los entrenamientos comenzaron un viernes con un horario un poco inusual (de 11 de la noche a 2:30 de la madrugada). Después ir a casa (me he mudado de los dormitorios y vivo en una casa con seis jugadores de baloncesto, volleyball, baseball y soccer), dormir 8 horas y entrenar otras tres al día siguiente y cuatro más para cerrar la semana.

 

 


 

La gente empieza a responder. Vemos los primeros “freshmen” dando pasos hacia adelante y la verdad es que tengo muchas ganas de que empiecen los partidos y veamos el potencial que tenemos y a qué podemos aspirar este año. Los amistosos empiezan la semana que viene, y la temporada la empezamos en un torneo en Minnesota el día 18.

 

Mi Junior year empieza ahora, solo me quedan dos años de baloncesto universitario, así que esperemos que esta temporada se pinte buena y emocionante.

Víctor Sánchez Bande

La puerta devolvió un par de golpes gastados.

 

- Adelante.

 

Bill cruzó el marco agachándose. No podía precisar las veces que había entrado allí. Sólo que cada vez que lo hacía refunfuñaba contra el responsable de aquellas puertas enanas. Siempre pensó en algún tipo de los Bruins.

 

- Hey, Russ, pasa, hombre, cómo te va. Siéntate, haz el favor.

 

El despacho de Red era más bien pequeño y opresivo. El aire se había pegado a los cientos de cosas que reposaban en paredes y estanterías, como si no quisiera salir. Trofeos y recuerdos que hacían de aquel rincón un museo entabacado. La chaqueta de Red, como contrapunto, colgaba del perchero anunciando un año más la primavera. Bill tomó asiento separando a ambos hombres una mesa de roble repleta de papeles.

 

- Tú dirás.

 

Siempre cruzaba los dedos sobre las rodillas. Era su postura de escucha.

- Bien, Russ. Te he hecho venir por algo que quiero confesarte. Llevamos diez años juntos. Sabes que nunca te oculté nada, que fuiste siempre el primero en saber cualquier decisión que tomara. Eres mi capitán, sí, pero sobre todo tú y yo somos viejos amigos, ¿no es así?

 

Con un tímido recelo Bill asintió levemente.

- Iré al grano, hijo. Lo dejo.

- ¿Qué?

- Que lo dejo. Es mi último año.

Red esperó paciente una reacción.

- ¿Te vas?

- No –subrayó además con la mano–. Quiero seguir aquí. Ésta es mi casa. Pero no como entrenador.

Bill guardó silencio.

 

Un principio que había prevalecido intacto entre ambos aseguraba que ninguno de los dos forzaría al otro a cambiar de opinión. Era una muestra de respeto. Aun así Bill lo intentó. No podía hacer otra cosa.

 

- No lo veo claro, Red. ¿Por qué… por qué no aguantas un año más? ¿Por qué ahora?

- No, Russ. Ya he tenido suficiente. Lo he meditado y es mi decisión.

- ¿Y qué pasa si perdemos?

Restaban pocos días para los playoffs y los Celtics abrían fuego ante Cincinnati.

- Nada. No tiene nada que ver con eso –y añadió una larga pausa–. Además, no vamos a perder.

 

Bill apretaba los labios contrariado. Era su única respuesta. Red se incorporó ligeramente, abrió la vieja cigarrera y extrajo un puro al que cortó la boquilla con hábito de veterano fumador. “Discúlpame”. Al cabo el despacho se llenaba de humo, de un humo blanco y denso que no iba a aflojar la fuerza de la pregunta, el único motivo de la cita.

 

- Russ, ¿quieres el trabajo?

No lo podía creer.

- No, no y no.

- ¿Seguro?

- Seguro.

No había que explicar más. Otra larga bocanada.

- Bien, pues no me queda más remedio que buscar a un entrenador. Pero quiero garantizarte algo más. No voy a contratar a nadie que no sea de tu gusto. Es el primer riesgo que quiero evitar.

- No sé qué voy a hacer sin ti. No se me ocurre ningún otro entrenador para el que yo quiera jugar.

Red lo agradeció con una suave sonrisa.

- Vamos a hacer una cosa. Vete a casa y piénsalo. Pero hazme un favor. El próximo día que vuelvas ven con una lista de cinco entrenadores. Cinco opciones. Yo haré lo mismo y los discutiremos aquí. ¿Te parece?

Bill bajó la mirada negando con la cabeza.

- No sé qué voy a hacer sin ti –repitió.

 

 

Bill Russell decía la verdad. Su verdad. Nunca pensó que Auerbach pudiera marcharse. No mientras él estuviera allí. En un segundo se había desbaratado la seguridad de que ambos estarían juntos hasta el último día. Red le era al baloncesto lo que su esposa a la vida. Mientras Marilyn había sido la única persona en hacerle creer en el amor, Auerbach fue el único entrenador que le hizo entender la necesidad de ese cargo, aceptar esa jerarquía. El único en lograrlo en toda su vida.

 

En la universidad de San Francisco el técnico Phil Woolpert no contó nunca con su impresión. Woolpert no era mal tipo y combatió por él toda la carga de odio recibida por integrar en el equipo a uno de los nueve únicos negros de todo el centro. Pero le obligaba a jugar de otra forma que no era la suya. Lo supo desde el primer momento. En su estreno Bill taponó los seis primeros tiros del rival y su reacción lo decía todo: “Oye, Russell, no puedes defender así. ¡Eso no se hace!”.

 

El siguiente en conocer, Gerald Tucker en los Juegos de Melbourne, era otro tipo que imponía su criterio. Sin matices. Al final la victoria lo cubría todo. Pero todo aquel velado desdén era algo que Bill llevó muy adentro durante años en un carácter también moldeado por las crudas renuncias de raza que la América sureña había estampado en su alma. Aquel venal recelo hacia los señores de traje, sus jefes, terminó el día que conoció a Red Auerbach.

 

La primera vez que Russell y Auerbach se vieron acompañaba al técnico en la grada Walter Brown, el dueño de los Celtics. Ambos fueron a verle jugar a Maryland, donde el equipo olímpico preparaba su cita australiana. En aquel partido Bill lo hizo tan rematadamente mal que al término se disculpó ante ellos prometiéndoles que jamás volvería a ocurrir. “Estoy impresionado, Walter –le confesó de vuelta–. Ningún jugador me había dicho jamás algo así. Cuando juegan mal todo son excusas. No sé, puede que el viejo tenga razón”.

 

El viejo era Bill Reinhart, el técnico de Auerbach en George Washington. Tan pronto vio jugar a Russell cogió el teléfono con destino a su pupilo y amigo. “Hazme caso, Red. Ese chico os hará campeones”. Y Red, más que de consejos, entendía de consejeros. Russell se convirtió así en su principal objetivo. El problema, y no flaco, era que la restricción territorial del draft no facilitaba las cosas. Y St. Louis y Rochester tenían prioridad. Por lo que Red maniobró un plan de acción que reclamaba de Brown una buena cuota de poder. “Sin tu ayuda, Walter, no podré conseguirlo”.

 

Ed Macauley, un hombre de la casa, atravesaba una honda crisis personal. Su hijo estaba muy enfermo y anhelaba volver a su St. Louis natal para estar a su lado. Auerbach empleó a Macauley como cebo prometiendo a Ben Kerner, el dueño de los Hawks, cederle también a Cliff Hagan.

 

Eso agotaba los cartuchos para, seguidamente, convencer a Rochester. Era ingenuo creer que los Royals dejarían pasar de largo a Russell por contar ya en sus filas con Maurice Stokes. “Walter, lo que sea. Ofréceles lo que sea”. Y Walter Brown accedió. Como hombre de negocios trataría personalmente el asunto con Les Harrison, el dueño de los Royals. “Les, vamos a hacer una cosa. Sabes que soy presidente de los Ice Capades. Bien. Déjanos a Russell y busca una fecha. Te enviaré a los Capades a tu pabellón durante dos semanas. Tendrás hockey las noches que tú quieras”. Aquello era un buen monto de pasta y Harrison mordió el anzuelo. Vía libre.

 

Así los Celtics se hicieron con Russell. Y al momento de su elección ningún miembro de la organización le había visto jugar en realidad.

 

La vuelta de Melbourne y la firma del contrato retrasaron su incorporación al equipo un total de 25 partidos. Bill era el único negro de la plantilla. Y tan pronto aterrizó en Boston tuvo la impresión de que también de la ciudad entera.

 

El joven Russell debutaría ante los Hawks, a los que el Garden recibía luego de dos derrotas seguidas. Antes del comienzo Red le había llevado a un aparte.

- Oye, he oído que no sabes tirar. ¿Es eso cierto?

El joven estaba hecho un manojo de nervios.

- No mucho. Todo está en la cabeza.

- Bien, sal ahí y haz lo tuyo. Yo no contraté un anotador. Me importan un comino esos tipos. Sólo quiero que hagas lo que sepas y que todo cuanto hagas nos ayude a ganar, ¿de acuerdo?

 

Bill asintió. Ningún entrenador se le había dirigido nunca así. No en términos de libertad.

 

Red le dio entrada en el primer cuarto y al poco un tapón de Bill fue anulado por goaltending. Auerbach estalló como de costumbre. “¡Eh, pero qué coño pitas!”, profirió entre una retahíla de insultos que le valieron una técnica. “Jajaja, venga, deja de arbitrar y ponte a tocar en una banda, muchacho”.

 

Cuando todo terminó y los Celtics ganaron Bill abordó a su nuevo entrenador en un rincón del vestuario.

- Gracias por defenderme.

- No me des las gracias –le advirtió–. Es mi trabajo. No puedo esperar de vosotros que luchéis por mí si yo no lo hago antes por vosotros. Sólo hago saber a esos bastardos que cada vez que nos castiguen voy a estar apretándoles el culo.

 

Bill aprendió rápido que con razón o sin ella Red era el azote de los árbitros. Especialmente de Sid Borgia, al que ahumaba con el puro a su paso por el banquillo verde alejándole pista adentro, lo que divertía a los muchachos. Pero en el fondo Russell seguía sorprendido. Aun a su tosca manera ningún hombre blanco le había defendido antes. Entrada la relación le fue inevitable descubrir a Red los reveses raciales sufridos por él y su familia. Para quitar hierro al asunto y demostrar que compartían muchas más cosas de las que el novato imaginaba, el técnico le hacía ver que su juventud no había sido mucho más gratificante.

- ¿Sabes? Me alegra que tu pellejo no sepa lo que era ser judío en Brooklyn. [“I got to deal with the same shit”].

 

Los primeros once partidos Russell salía desde el banquillo. A la duodécima vez, de visita en St. Louis, Red le dio la alternativa. “Eh, Russ, hoy saldrás en el cinco titular”. Era su gran oportunidad. Pero sin que el joven lo supiera Bob Cousy, el capitán, cruzó un par de ideas con Auerbach antes del comienzo. “Oye, Red, creo que puedo llevar a Martin al poste. Sí, déjame. Les confundirá”. Al rato Bill Sharman vino a reclamar poco menos que lo mismo. “Creo que hoy puedo hacer daño ahí abajo. Tommy y Loscy [Heinsohn y Loscutoff] tienen buena mano y yo opciones de hacerles llegar el balón”.

 

Así cuando todo comenzó Sharman y Cousy ocupaban continuamente los aledaños del aro, obligando al novato Russell a permanecer fuera y sentirse, con qué pavor lo sufrió, terriblemente inútil. En el segundo cuarto los Celtics perdían por 18 puntos y Red mordió la mesa con otro tiempo muerto. Era tradición formar corro en torno a él y hacerlo en pie, como los hombres. Pero el novato no lo hizo. Se deslizó cabizbajo hasta el fondo del banquillo y allí se dejó caer a plomo cubriéndose la cara con una toalla. Su ausencia saltaba demasiado a la vista.

- Eh, Russell, ¿¡se puede saber qué demonios haces!?

 

Para Bill era, como ganarse el respeto, ahora o nunca.

 

- Yo juego de pívot. Siempre lo hice. Juego ahí adentro, ¿sabéis? –y enardecido señalaba a los pies del aro–. No necesito ningún corro para saber cómo quitarme del medio.

Un silencio glacial se hizo en el grupo. ¿Un novato negro hablando así? En un segundo Bill se convenció de que su carrera en Boston había terminado. Pero Red era una caja de sorpresas y su pupilo le había arreglado el tiempo muerto.

 

- Ok, nadie va a jugar ahí adentro salvo Russell. ¿Habéis oído bien? Nadie.

 

Russell nunca olvidaría aquel gesto ni la noche en que nació como jugador en la NBA. El momento exacto en que ocuparía su sitio. No era sólo jugar adentro. Era hacerlo además de principio a fin.

 

La relación entre ambos maduró muy aprisa. Incluso peligrosamente, por encima del resto. Porque en el fondo aquel partido dio también vida a una nueva jerarquía en el grupo. Y todos lo sabrían en adelante.

 

Tras el All Star de 1958 un entrenamiento vio la ausencia de Russell. Y Auerbach nunca tuvo nada que esconder. “Bien, hoy tampoco estará Russ con nosotros”. Como no era la primera vez y Red sabía del recelo que aquel trato especial había despertado entre varios compañeros, era momento, pues, de aclarar las cosas. “Escuchad, no lo repetiré más veces. En este equipo hay dos tipos de reglas. Unas para Russell y otras para el resto. Punto”.

 

Todo venía de un año atrás, cuando Bill sufrió un repentino bajón de rendimiento. Red había abusado. Una vez supo de sus poderes Russ no tendría descanso. Jugaría todos los minutos de todos los partidos. Así que la primera vez que escuchó de boca del jugador “Estoy cansado” el técnico respondió con sentido común. Había que dosificarle. Y eso incluía también los entrenos.

 

Todo salió a las mil maravillas.

 

Pero aquel trato especial iba aún más lejos. En los partidos y entrenamientos Auerbach insultaba y arremetía contra sus muchachos con el único fin de motivarles. Sabía cómo inflamarles ardor y funcionaba. Cada uno se llevaba así su buena dosis de gritos. Todos salvo Russell, especialmente sensible a las afrentas.

 

Consciente de que algo así ponía en riesgo el equilibrio del grupo Red le pidió un favor muy simple. “Oye, Russ, sé que te molesta que alguien te hable mal. Pero lo siento, voy a tener que hacerlo. Sólo quiero que sepas que es por una razón. Por el grupo. Déjame insultarte a gusto, que vean que también lo hago contigo. Pero escúchame bien: nada de lo que diga tiene valor. ¿Lo entiendes? Y deja esto entre nosotros”. Bill lo aceptó sin problema.

 

En realidad no hacía más que corresponder a la fidelidad que Red le había dispensado desde el principio. Incluso alguna vez, en aquel profundo registro que sólo Bill parecía apreciar. En su primer año ambos salían del Garden cuando un aficionado les detuvo: “¡Eh, usted es… usted es Red Auerbach! ¡El entrenador de mis Celtics! ¿Me firmaría aquí, por favor?”. Russell, a quien el aficionado no prestó la menor atención, aguardó en silencio cuando el tipo se dirigió a él: “Aquí. Tú también”. Bill estalló: “¡Una mierda! ¡A mí no me hables así!, ¿te enteras?”. Y siguió a paso firme dejando a técnico y aficionado con un palmo de narices.

 

Red nunca haría la menor mención a aquel episodio que otro técnico habría interpretado como un desaire a él y su gente. Conocía además cuál era la difícil relación entre Russ y la ciudad de Boston, esencialmente blanca. Durante años Bill tragaría en silencio no pocas pruebas, algunas de cruda sorpresa. En una ocasión un hombre negro le abordó en el relajado ambiente de un bar: “Eh, Russell, formo parte de una familia de Boston. Soy miembro de su cuarta generación. ¿Y sabes una cosa? Nunca, ¿has oído? Nunca te aceptaré”.

 

Para estas cosas Red solía emplearse igual que K.C. Jones venía haciendo con Bill desde sus años en San Francisco. “No le des importancia. Tendrías que haber visto a esta gente cuando no elegí a Cousy”.

 

Pero donde la mutua protección más veces había sido puesta a prueba, era en plena pista. Y con especial intensidad, en los momentos calientes. Auerbach los tenía prácticamente a diario con todo rival. Desesperaba al técnico de los Lakers Fred Schaus encendiendo el puro, en señal de victoria, antes de terminar un partido en el que los Celtics podían ir por detrás. “Ese imbécil se pondrá nervioso. Los últimos minutos hará de todo menos dirigir bien a su equipo”. Bill solía pasarlo mal las noches de Chamberlain. En realidad nadie lo pasaba bien con él. Pero el de Boston debía además lidiar con la suicida manía de Red de arremeter con especial fuerza contra él incluso cuando apenas dos palmos los separaban. Wilt lo habría aplastado de un puñetazo. Y para evitarlo Russell corría siempre a ponerse en medio.

 

 

 

En un partido en el Convention Hall de Philadelphia Celtics y Sixers se enzarzaron en una pelea multitudinaria que algunos aficionados aprovecharon para bajar a pista. Uno de ellos cogió a Red por la espalda donde le descargó un fuerte golpe. Bill, que lo había visto con el rabillo del ojo, abandonó la melé y se apresuró hacia el tipo, al que agarró por el cuello mientras el alero local Chet Walker avisaba a sus compañeros suyos: “¡Hey, Russell va a matar a uno de los nuestros!”. Y Bill aguardaba en guardia una embestida que no se producía.

 

Era una cuestión de fidelidad. Aunque a veces Red se lo pusiera realmente difícil. Al tercer partido de las Finales de 1957 Auerbach no presentaba de inicio su mejor versión. Aún le duraba el enfado por haber perdido el estreno en casa tras dos prórrogas. Al segundo los Celtics empataron y ahora hacían de visitantes en la hostil St. Louis. En los minutos previos al choque, antes incluso del calentamiento oficial, Red ordenó a sus muchachos una informal sesión de tiro. Al poco Bill Sharman se acercó a Auerbach con una inesperada advertencia.

 

- Oye, creo que esa canasta no está a diez pies.

 

Red no lo pensó dos veces y actuó como si estuviera en su Garden. Urgió a los árbitros a que midieran delante de sus propios ojos la altura del aro. Con un operario encaramado a lo alto de la escalera Ben Kerner, el dueño de los Hawks, bajó a pista visiblemente enfurecido.

 

- ¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo?

- Esa canasta no mide lo que debería –respondió Auerbach con calculado aplomo.

- ¿Me estás llamando tramposo, hijo de puta?

 

Red se giró y sin mediar palabra propinó a Kerner un puñetazo en la boca que no olvidaría en su vida. Russell evitó aprisa lo que a esas alturas en el Auditorium podía terminar en tragedia. Sintió que su técnico había hecho lo mismo que hizo él en la universidad ante el tipo que decidió extender por el centro el sobrenombre de snowball.

 

La canasta, antes y después de la gresca, estaba a diez pies.

 

Los Celtics ganaron aquella serie. Era la primera victoria juntos. En 19 meses Bill Russell había encadenado el título nacional de la NCAA, la medalla de oro olímpica y el anillo de la NBA. En realidad no habían hecho más que empezar. Era el primero de los muchos que vendrían después. Al año siguiente una lesión en el tobillo de Russell permitió a St. Louis tomar la revancha. Pero en los siguientes ocho ningún otro equipo pudo hacer sombra a los Celtics en la NBA.

 

Ocho años eran demasiados para cuantos sufrieron la tiranía. Pero no para los tiranos.

 

Cuando Red citó a Bill en su despacho los Celtics estaban cerca de poner fin a un periodo donde 9 de los 10 títulos en juego habían ido a parar a la ciudad de Boston. Ya no estaban Heinsohn, Cousy, Loscutoff, Sharman, Ramsey o Lovellette. Pero se habían sumado al grupo jóvenes como Nelson y Havlicek. Y aún seguían muy vivos sus viejos amigos Sam y K.C. Jones además de Satch Sanders.

 

Bill respetaba su decisión. Pero no la compartía. Era la cosa más inoportuna del mundo. Le habría gritado allí mismo que no. Que no los dejara huérfanos ahora. Que aún quedaba gloria por disfrutar. Pero no podía. Y tampoco debía hacerlo. Habría tenido el mismo efecto que Red denunciaba en otro escenario: “¿Abroncar a los jugadores tras una derrota? Sólo a un imbécil se le podría ocurrir creer que algo de lo que les digas va a entrarles en esos momentos”.

 

Así pues, la siguiente cita en el despacho presentaría las dos listas prometidas. La de Russell ni siquiera estaba completa. Ya le costaba encontrar un solo nombre como para enunciar cinco. Red en cambio podía hacerlo con varios más. Mientras Bill buscaba un buen hombre que hacerse cargo de los Celtics, Auerbach lo haría pensando en alguien que preservara a Russell intacto, libre, líder. Pero en realidad Bill había llegado sin nada, como a un examen en blanco pensando que Red captaría así el mensaje.

 

- Qué desastre, Russ. Así no hay manera. Te diría que volvieras mañana. Pero sé que harás lo mismo –y acto seguido sacó del bolsillo de la camisa un papelito que extendió en sus manos–. Mira, yo en cambio creo que tengo a tu hombre.

 

Pronunció su nombre y Bill reaccionó aprisa, con furia, casi como si lo estuviera esperando.

 

- ¿¡Qué!? Ni loco, Red. No pienso jugar para ese tipo. Si de verdad quieres traerlo haré lo mismo que tú. Dejo de jugar ahora mismo. No estaría ni en la misma habitación con ese hijo de perra.

- Vaya, no tenía ni idea de esto. No sé muy bien por qué pero aun así creo que sabrá…

- ¡No¡ –cortó en seco– ¿Qué crees, que no sé de qué individuo me estás hablando?

 

El sureño contaba con una ventaja sobre Auerbach. Y esa ventaja se traducía en información que los jugadores negros de la liga, con quienes guardaba una estrecha relación, le hacían llegar. Y especialmente aquellos que no eran estrellas. En las jornadas de los partidos le enteraban de todo. De todo cuanto merecía ser contado.

 

Bill prosiguió su encendida objeción.

 

- Ese tipo, Red, soltó en una fiesta que no podía soportar que un negro se viera con una mujer blanca. Que él estaba casado con una de ellas y que sólo de pensarlo se le removía el estómago. ¿Sabes? A mí también individuos así. Uno de mis mejores amigos ha sido entrenado por él. Estuvo a punto de prohibirle que hablara conmigo durante la temporada. No, amigo, no jugaría para ese tipo ni por todo el oro del mundo.

 

Auerbach dejó caer el papel sobre la mesa, se reclinó y luego de resoplar añadió:

- Entonces… ¿qué quieres que haga?

Bill se encogió de hombros mirando a ambos lados de la oficina, como buscando una respuesta en vano.

- No lo sé. Déjame que lo piense y te llamo.

 

Russell tomó camino a casa incapaz de pensar en otra cosa.

- Cariño, tienes la cena lista –le informó Marilyn desde la cocina.

- No quiero cenar.

 

Lo que Red por primera vez le pedía era mucho más grave que cualquier otro reclamo anterior. Mucho más difícil de cumplir. Por muchas vueltas que le diera terminaba siempre en el mismo lugar. “No hay nadie en el mundo que pueda suplirle. Al menos para mí”.

 

Acariciando la medianoche enganchó el teléfono y al rato la voz de Red salpicaba la línea:

 

- De acuerdo. Acepto.

- ¿Que aceptas qué?

- Acepto el trabajo. Yo entrenaré al equipo.

- ¿Vas a seguir jugando?

- Sí. De eso se trata.

 

Y creyó sentir, sin equivocarse, una enorme sonrisa al otro lado.

 

- ¿Sabes, Russ? Es la decisión correcta. Nadie puede motivarte mejor que tú.

Bill callaba vagamente satisfecho.

- Ah, y una última cosa. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo en esta liga. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Celtics.

 

No era que Red dijera la verdad. Era que siempre se anticipaba a ella.

 

 

 

Año de la cita (1966)

 

Ambos hombres volvieron así a acertar. En los tres años siguientes sólo Wilt Chamberlain reclamó por fin su trono. Era un espejismo que murió aprisa. En 1968 y 1969 los Celtics volvieron a saborear la gloria. Era la undécima vez que lo hacían en trece años. Por alguna misteriosa razón aquel espigado negro de Louisiana no podía perder. Nada había cambiado.

 

Bill lo dejó entonces y el resto de la liga suspiró de alivio. Pero a diferencia de Red, que lo meditó largamente, Russell se inclinó al mando de una revelación espontánea: “¿Qué hago yo de esta guisa delante de toda esta gente?”.

 

Ahora sí, había envejecido. Era momento de decir adiós.

 

 

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Más en: Red and Me, B. Russell & Alan Steinberg, HarperCollins Publishers, NY, 2009.

Cuando Joey Dorsey era un niño, Charlene, su madre, no quería que jugara a baloncesto. Las calles de West Baltimore, donde el hoy jugador del Caja Laboral se crió, no eran precisamente las más seguras. La aclamada serie "The Wire" ha mostrado los barrios marginales de Baltimore como un paraiso de drogas, bandas callejeras, violencia y corrupción. En una entrevista a ESPN, aún en su época universitaria, Dorsey afirmó que este retrato no se ajustaba a la realidad. "Es mucho peor", respondió.

 

Criado en un duro ambiente familiar, con un padre que abandonaría el hogar cuando Joey sólo tenía dos años (no lo vería de nuevo hasta 22 años después), Dorsey acabó saliendo de las duras calles de Baltimore gracias al baloncesto. El temor de su madre, quien necesitaba dos trabajos para poder mantener a Joey y a su hermana, era que su hijo acabara envuelto en peleas. Pero el talento de Dorsey acabaría desvaneciendo los miedos de Charlene. Su increíble físico y dominio del juego llevaría a su instituto, Frederick Douglass, a una perfecta campaña de 28-0 en su año senior, su último en Baltimore.

 

Antes de aterrizar en la prestigiosa Universidad de Memphis, Dorsey necesitaría dos años extra de preparatorio para poder ser elegible académicamente. Aún así, sería el primer miembro de su familia en conseguir acabar el instituto. El sueño de Dorsey no era sólo baloncestístico, sino también social. El primer objetivo era salir de las calles de Baltimore, y lo consiguió...

 

En 2011, Joey Dorsey aterriza en Vitoria para reconducir una carrera profesional sin el brillo de sus años de instituto. Pese a sus aptitudes defensivas, y una capacidad atlética perfectamente digna de NBA, el ala-pívot no ha conseguido consolidarse en ninguna de las franquicias en las que ha jugado. Ni en Houston, ni en Sacramento, ni en Toronto, ha conseguido brillar más allá de algunas actuaciones puntuales.

 

Dicho esto, su llegada al baloncesto FIBA puede ser la mejor noticia para Dorsey, de 27 años, ahora que entra de pleno en la madurez en su carrera. Si en ataque nunca ha destacado (ni siquiera en la NCAA pasó de los 10 puntos de media), en defensa puede ser uno de los jugadores interiores más dominadores de Europa, a pesar de no ser especialmente alto (2.03). Su momento más mediático llegó en la Summer League 2009 tras conseguir igualar el record de rebotes de la competición (20) con los Rockets ante los Lakers, donde curiosamente jugaba el que sería su futuro compañero en el Caja Laboral: Reggie Williams.

 

Tras ser el contrapunto defensivo de los Memphis Tigers de Derrick Rose y Chris Douglas-Roberts (llegando a ser comparado con Ben Wallace) en 2008, Dorsey era drafteado por los Blazers, siendo inmediatamente traspasado a Houston, su primer equipo como profesional. Pero más allá de sus chispazos en la Summer League, Dorsey nunca tuvo minutos ni oportunidades para brillar en los Rockets, pasando la mayor parte de su etapa en Texas asignado a los Rio Grande Valley Vipers de la D-League. En el "Showcase", el mejor escaparate posible en la liga de desarrollo, Dorsey volvió a tener otro destello de clase, firmando en uno de los partidos un 27+22, pero seguía careciendo de la consistencia necesaria para hacerse un hueco en la rotación de Houston.

 

Dorsey recalaría en Sacramento en febrero de 2009 gracias al traspaso que, entre otros movimientos, llevaría a Tracy McGrady y Sergio Rodríguez a New York. Tras ocho partidos en la capital de California, la carrera de Dorsey llegaría a su punto más bajo, siendo cortado sólo un mes después de su aterrizaje en los Kings. El motivo, según se filtró a los medios, su comportamiento especialmente "chistoso" y una actitud excesivamente "relajada" en los entrenamientos.

 

Tras dos años en la NBA, el balance de Dorsey era de sólo 18 partidos y 112 minutos jugados...

 

Sólo en la pasada campaña un equipo apostó por darle protagonismo: Toronto. Dorsey firmó un contrato no garantizado con la franquicia canadiense, pero acabó ganándose un puesto en la rotación, aunque por detrás de Reggie Evans (un jugador de características muy similares) y Amir Johnson. La lesión de Evans le acabó dando minutos de calidad que, si bien no se tradujeron en estadísticas brillantes, si le valió para ser considerado como útil especialista defensivo en la zona.

 

Y en un juego interior como el baskonista con jugadores dotados de un variado poder ofensivo como Mirza Teletovic, Kevin Seraphin o Maciej Lampe, Dorsey puede ser un perfecto contrapunto. Su capacidad de salto y su "timing" le hacen especialmente temible al rebote (su promedio durante su carrera NBA, extrapolado a 36 minutos por encuentro, sería de unos nada desdeñables 13.3 rebotes por partido), especialmente en ataque con compañeros de pintura con tendencia a lanzar desde fuera.

 

Dos grandes dudas se ciernen sobre Dorsey en su primera experiencia "overseas". La primera, inherente a prácticamente cualquier debutante, es su adaptación al baloncesto europeo, especialmente en cuanto al contacto bajo el tablero. Dorsey tendrá que medir mucho su agresividad y su intimidación para no cargarse de personales, más teniendo en cuenta que no tendrá una pretemporada larga. La segunda, especialmente teniendo en cuenta el carácter de su nuevo técnico, Dusko Ivanovic, será en su actitud, aunque sin duda su paso por Toronto, con jugadores de intachable profesionalidad como Reggie Evans, le ha evitado repetir los errores de su breve etapa en Sacramento.

 

Pero más allá de los interrogantes de Dorsey, sus certezas han pesado más en Vitoria, y con razón. Pocos jugadores más explosivos y atléticos se podrán gozar en las zonas de Europa la próxima temporada. Si un jugador puede convertir la defensa en espectáculo, ese es Joey Dorsey.

 

Alberto de Roa

El Cajasol Banca Cívica ha fichado talento balcánico en el mercado, haciéndose con un Milenko Tepic que llega con pedigrí: multicampeón en torneos de selecciones de categorías inferiores, plata en el Eurobasket 2009 con Serbia y campeón de Europa con el Panathinaikos.

A Tepic se le vio por primera vez en España en el Europeo Cadete de 2003, del que fue campeón y hombre muy destacado. Repetiría títulos en 2005 (Oro Sub18), 2006 (Oro Sub20) y 2007 (Oro Sub20). En total, cuatro oros antes de unirse a la selección senior para el Eurobasket 2007.

Su papel fue testimonial, pero alcanzó un nuevo nivel en el Eurobasket 2009, en el que fue pieza clave de la Serbia subcampeona, haciendo 24,6 minutos con 8,0 puntos y 2,9 rebotes. Repitió en el Mundial 2010 y en el Eurobasket 2011.

 

 

 

 

 

A nivel de clubes, Tepic es también un ganador incansable: lleva cinco ligas consecutivas (tres con Partizan, dos con Panathinaikos), cuenta con tres Ligas Adriáticas y es el presente campeón de la Euroliga con el Panathinaikos.

En resumen: con apenas 24 años, Tepic tiene una Euroliga, ocho ligas, cuatro oros en categorías inferiores, una plata europea y experiencia en cuatro campeonatos internacionales de máximo nivel.

Ya sabemos que ganar se le da bien, pero... ¿Cómo juega? Tepic es especialmente bueno en las penetraciones a canasta, tanto a la hora de finalizarlas como doblando el balón a sus compañeros. Y es que Tepic es también un excelente pasador.

Inteligente en toda la pista, le saca partido atrás, donde es un muy buen defensor más por sus buenos conceptos que por un físico especial. Además, es un buen reboteador para su condición de escolta-alero.

Si hubiera que destacar un punto débil, éste sería el tiro exterior, en el que es muy inconstante.

El sensacional triple de Juan Carlos Navarro en la semifinal del Europeo ante Macedonia encierra una lectura distinta a la mera épica del marcador (68-60) y la sentencia del cuarto (+8 / 1:26). Su factura, un lanzamiento exterior batido a una sola pierna, trae a colación una de las acciones menos frecuentes aun en la sobreabundancia del baloncesto moderno.

 

El tiro [exterior] en carrera sigue siendo hoy día una probabilidad más bien remota. Una estimación ligera hablaría de uno por cada centenar de tiros de media y larga distancia. Lo sorprendente es que durante la primera mitad del siglo pasado esa proporción era de uno a tres. E incluso menos.

 

Desde un punto de vista histórico el molde original de este género de acción equivale a un fósil que en los últimos cuarenta años han rescatado –sin la frecuencia suficiente para el valor de recurso técnico– no más de una docena de jugadores en la mejor liga del mundo.

 

Es posible interpretar la historia del baloncesto desde un sinfín de grandes y pequeñas evoluciones, algunas incluso aparentes minucias de una crucial importancia. A este último grupo pertenece ese gesto que hoy traemos a examen. Porque vale también para ello y no carece de interés advertir el hallazgo de una analogía formal entre Juan Carlos Navarro y Slater Martin a pesar de una infranqueable distancia de 60 años.

 

Sobre la muestra del ejemplo inicial lo que un espectador percibe a simple vista es que la ejecución del lanzamiento acontece “a una sola pierna”. Y aquí cabe establecer el primer corte. Mientras las entradas a canasta tienen lugar en carrera y baten, por definición, a una pierna tras el primer o segundo paso no ocurre lo mismo con el lanzamiento exterior, batido académica, naturalmente sobre los dos pies.

 

Esta automática evidencia condujo hace unos meses al cronista Bill Pennington a preguntarse si, viendo el baloncesto actual en cualquier parte del mundo, no parecía mentira que alguien tuviera que inventar el lanzamiento exterior en suspensión. Se urgía así a recordar que baloncesto y jump shot no nacieron juntos. Que este último es de hecho una herencia sorprendentemente tardía. Y que de los 120 años de vida del juego cerca de la mitad no conocieron el salto al momento de lanzar.

 

Con el fin de acertar el balón en la red a unos metros del aro la mecánica de los jugadores experimentó tres grandes fases hasta nuestros días. Basándose exclusivamente en los apoyos, en la relación de los pies con el suelo, esa historia emplea tres capítulos:

 

1. Dos pies.

2. Un pie.

3. Salto a dos pies o jump shot.

 

Las dos primeras fases pervivieron juntas hasta bien entrados los años cincuenta, cuando el jump shot vino a quedarse, como la electricidad o la rueda, para siempre.

 

Mientras los historiadores acuerdan la imposibilidad de establecer un origen concreto al nacimiento del tiro en suspensión se acepta en cambio el periodo de gestación en torno a los años treinta y en la escena universitaria como laboratorio de ensayo.

 

A finales de los años noventa un autor vino a romper con esta indefensión teórica en la publicación de la obra The Origins of Jump Shot: Eight Men Who Shook the World of Basketball (John Christgau, 1999), algunas de cuyas aristas no fueron aceptadas por el total de investigadores por la presunta flaqueza en la metodología empleada. Con todo, la tesis central hacía gala de gran fortaleza al rescatar de las profundidades al ramillete de jugadores cuyo influjo fue erosionando la técnica en el lanzamiento de media y larga distancia que hasta entonces imperaba hegemónica.

 

Para la crítica el problema residía en la audacia desmedida de Christgau al conceder el origen del jump shot a un único jugador. John Miller Cooper figuraba así como el inventor durante un partido de su equipo, la Universidad de Missouri, en 1931. Cooper, fallecido en 2010 a la edad de 98 años, no faltó a la ocasión de dotar al momento de la debida épica –“My feet left the hardcourt surface, and it felt good. It was free and natural, and I knew I had discovered something”– y a la honestidad de reconocer que se inspiró en un jugador de la Universidad de Chicago a quien vio entrenar el gesto en la clandestinidad de un pabellón de instituto.

 

A diferencia de Christgau el Basketball Hall of Fame de Springfield otorga la condición de pionero a Kenny Sailors, cuya trayectoria evidencia un mayor número de pruebas al darse hasta 1951 en el baloncesto profesional.

 

Valga uno u otro, es de común y valiosa aceptación el grupo de ocho pioneros a partir de Cooper enunciado en el ensayo: Kenny Sailors, Belus Van Smawley, Bud Palmer, John Gonzalez, Whitey Skoog, Dave Minor, Johnny Adams y Joe Fulks, siendo este último el más célebre dada su pionera condición –sancionada por su sobrenombre de ‘Jumpin’– como el primer gran anotador que la NBA conoció.

 

Los años de zozobra teórica arrojaron igualmente un nutrido anecdotario, decisivo para iluminar algunas áreas de penumbra e incorporar curiosas correcciones, una de las cuales tiraba por la borda el papel, monumentalmente admitido hasta entonces, de Hank Luisetti como socio fundador de la suspensión clásica. “I never had a jump shot –aclaraba el italoamericano–; it was a running one-hander kind of near the basket” (“In Search Of The First Jump Shot”, Bill Pennington, TNYT, 2/IV/11). Luisetti se declaraba así más próximo a un gesto sumamente extendido en el segundo cuarto de siglo, de formal encaje en lo que hoy conocemos en Navarro como bomba y cuyo origen, desde el escrúpulo técnico, es posible referir como bandeja frontal inversa* (*la posición de la mano bajo el balón es la opuesta a la lay up).

 

En realidad el papel inicialmente atribuido a Luisetti corresponde en justicia a Paul Arizin (1950-1962), el principal culpable de la vertiginosa divulgación del jump shot en la NBA camino de la modernidad en los años sesenta. Arizin triplicaba la importancia de Fulks en la extensión de aquella técnica. E incluso sin saberlo acabaría dando origen a lo que la nomenclatura refirió en adelante como leaning jumper, un pequeño molde de la suspensión –opuesto al fadeaway– que consistía en despegar el salto hacia delante dejando atrás al par defensivo. La técnica de Arizin nació sin esa intención ofensiva, de manera que su ejecución persistía similar aun lanzando a solas.

 

Por encima de la controversia y el rápido sucederse los cambios el verdadero legado del ensayo de Christgau residía en alumbrar el proceso histórico, dotarlo de sociología –la ruptura juvenil con la estricta cultura rural– y perpetuar al grupo responsable de la larga y difícil transición, entre el ecuador de los años treinta y cincuenta, hacia lo que el baloncesto universal conocerá para siempre como jump shot.

 

Hasta entonces, durante cerca de 60 largos años, el lanzamiento exterior había vivido estancado en dos formatos complementarios: uno, con los pies plantados en el suelo, y dos, con uno solo. Únicamente en este último, y de manera residual, intervenía el salto.

 

 

Hª del lanzamiento exterior: Fig. 1. Formación parada / 2. Alzada / 3. Suspensión

 

La primera de las técnicas es fácilmente asumible en un baloncesto que aún no había conocido la suspensión. El jugador resuelto a lanzar consumía unas décimas para cuadrarse al aro descargando toda la fuerza en los brazos sin necesidad de levantar el cuerpo del suelo (fig. 1). Una rudimentaria pericia que llevaba congelada desde finales del XIX y algunos de cuyos más brillantes resultados, como en el caso de Barney Sedran, sorprenderían incluso hoy.

 

La segunda técnica, alzando un pie, encierra en cambio otra explicación de doble motivo. Aquella suerte de lanzamiento que incorporaba ligeramente una pierna, como escenificando un caballito (fig. 2), era el resultado de proyectar hacia el exterior el método de la bandeja y las entradas a canasta. De hecho tenía su origen en el aprendizaje de la relación cruzada (brazo de tiro-pierna de batida) que la técnica preceptiva imponía bajo el aro. Técnica que durante los entrenamientos los jugadores repetían hasta interiorizarla de manera natural. El jugador replicaba la misma secuencia del cuerpo a medida que el tiro ganaba distancia.

 

A ello se añadió un segundo factor: los jugadores pequeños, una demografía mayoritaria por debajo del 1.95, encontraban acomodo en una técnica que favorecía la necesidad de imprimir fuerza a la parábola. Hallaban así una mayor soltura en el lanzamiento lejano. Y ello incluía no sólo a los jugadores más menudos. El gesto era tan automático que no era extraño ver a Clyde Lovellette ejecutarlo en sus escasos intentos a distancia.

 

Lo curioso de la técnica de alzado residía en su empleo por igual tanto en carrera como en estático. Una tradición que superó generosamente el ecuador de siglo. Así por ejemplo en la NBA de 1953 jugadores como Joe Fulks, Slater Martin, Ed Macauley, Whitey Skoog, Dick McGuire o Carl Braun exhibían el alzado en lanzamientos exteriores sin desplazamiento, esto es, totalmente parados.

 

La otra interpretación, compartida también por ellos, hablaba en términos de velocidad. Lanzamientos exteriores ejecutados en carrera y, como tal, mediante la técnica de alzado interiorizada desde tiempos pretéritos en las entradas a canasta.

 

Este último género de lanzamiento, el tiro en carrera, fue el principal afectado por el advenimiento del jump shot. Al extremo de hacerlo desaparecer en pocos años culminando con ello el mayor genocidio de un recurso técnico conocido hasta entonces.

 

Cuando quedó claro que la suspensión exterior servía para sortear la defensa a la vez que favorecía la eficacia –del 29.3 de acierto en 1948 a un 43.7 en 1968 (NCAA) / 34.0 en 1950 a 44.6 en 1968 (NBA)– el tiro en carrera adquirió automáticamente la condición de maldito, y muy en especial para los entrenadores, que lo contemplaban como una licencia innecesaria y un riesgo a evitar.

 

Si ya en 1931 el técnico de Missouri, George Edwards, condenó a Miller Cooper al banquillo por su jump shot bajo la amenaza “No lo vuelvas a hacer” la percepción negativa hacia su precedente en carrera persiste [universal] hasta nuestros días. “Los entrenadores mirábamos para otro lado cuando algunos de nuestros jugadores, casi siempre con resultado lamentable, lo intentaban” (Sergio Scariolo, Diario Marca, 7/IX/07).

 

Para finales de los años sesenta el tiro en carrera prácticamente había desaparecido. Todo residuo técnico en su ejecución fue liquidado y de su molde original es posible encontrar hoy recursos como el running hook shot –donde abundaron Magic Johnson y Scottie Pippen– o el floater. Pero mientras ambos finalizan por definición a una sola mano el tiro en carrera lo hace a dos. Mientras aquéllos pertenecen al género entrada éste lo hizo siempre a los márgenes del lanzamiento exterior.

 

Llegados a este punto crucial urge definir qué fue exactamente lo que desapareció.

 

El tiro en carrera constituye una suerte de lanzamiento en desplazamiento que consiste, y aquí reside su misterio, en preservar académicamente la mecánica de brazos pero no así de los pies, que siguen una secuencia propia de las entradas a canasta liberando los pasos reglamentarios sin bote (técnica de alzado). Por eso el tiro en carrera no se define por la velocidad de entrada previa al lanzamiento. Si así fuera, serían tiro en carrera las magistrales paradas a dos pies en transición de ejemplares como Drazen Petrovic, Lafayette Lever o Ferdinando Gentile.

 

Gráficamente se trata de todo aquel lanzamiento en suspensión que preserva intacta la mecánica superior de los brazos batiendo a una sola pierna (el ejemplo inicial de Navarro acude como arquetipo). De manera que un jugador detenido puede descargar uno o dos pasos tras bote sorteando a su par y lanzar, y su acción seguirá siendo considerada un tiro en carrera.

 

Este particular gesto técnico favorece notablemente la fuerza de impulso en el lanzamiento al aprovechar la cinética del cuerpo. Pero al mismo tiempo vulnera el equilibrio que conviene a la parábola del tiro. De manera que la vivacidad de su ventaja asume el riesgo de la imprecisión. Y esta doble característica, especialmente la primera, provoca una relación mayoritaria de esos lanzamientos con las inmediaciones de la bocina –a final de tiempo– y una masiva presencia de la tabla a causa del excedente de impulso. He aquí el espacio del juego donde mayor número de tiros en carrera encontrar, una predilección técnica en el primer Michael Jordan y algunos de sus aciertos desde medio campo. Aun al final de sus días aquella primeriza querencia (1:32), adquirida como un automatismo, le permitía expresarlo con asombrosa facilidad.

 

Con todo, es el margen cotidiano del juego donde mayor pérdida se experimentó. Tras el descenso casi a cero que sufre el tiro en carrera en la década de los setenta, donde apenas despunta Walt Frazier, jugadores como Isiah Thomas y Larry Bird salpican los años ochenta con ocasionales muestras que en el caso del jugador de Boston alcanzaron apogeos hoy en día sepultados en la memoria dormida.

 

El 26 de febrero de 1983 Bird sentenciaba una agónica victoria en Phoenix (101-103) con un alzado a media vuelta (1:30) en el Veterans de Phoenix y cinco años después, esta vez en el Capital de Washington durante el segundo partido de Boston en Regular, el alero sellaba un increíble final con tres canastas consecutivas las dos últimas de las cuales eran un triple en carrera y un calco del buzzer en Phoenix.

 

 

 

 

 

Con la extraña solidaridad de algunas destrezas de camarilla, su compañero Danny Ainge fue uno de los jugadores con mayor número de tiros en carrera durante sus años en activo. Como icono de aquella particular habilidad acude el aplastante final del primer cuarto en el Memorial Day Massacre (1985 NBA Finals / Game 1). Ainge certificaba el 38-24 para Boston. Era su punto número 15 y el séptimo acierto de nueve intentos (7/9). Este particular episodio (2:20) añade un factor clave que remite al caso Navarro ante Macedonia: la confianza del tirador hermana la licencia y la eficacia a esos extraños grados del acierto.

 

En el baloncesto contemporáneo la rara presencia del tiro en carrera es, más allá de la destreza, indisoluble de la vívida suficiencia que en esos momentos atraviesan sus protagonistas.

 

En una proporción algo menor a Ainge, Rex Chapman mostró igualmente cierta soltura en esta suerte del juego, grabando para la historia su buzzer a los Sonics en la primera ronda de 1997. Y seis años después los Suns sorprendían a San Antonio en el estreno de la serie con otro ejemplo muy gráfico, esta vez obra de Stephon Marbury que recuerda el frecuente factor fuerza traducido en el balón a tabla.

 

En los últimos quince años los casos más recurrentes se siguen contando por muy pocos. En diferente grado, Dana Barros, Michael Jordan, Allen Iverson, Tracy McGrady, Kobe BryantJason Williams, Dwayne Wade o Manu Ginobili son dignos de mención por ofrecer en suma el mayor número de ejemplos. Y tal vez por encima de todos ellos, Steve Nash, especialmente dotado para el tiro en carrera cualquiera que sea el ritmo de posesión, al igual que el brasileño Marcelinho Huertas.

 

Finalmente, reduciendo toda velocidad y por ello inscrito en la atávica suerte del alzado, en ese lanzamiento que bate a una sola pierna sin intervención de la carrera, sin apenas desplazamiento, predomina actualmente un monarca mundial que, vulnerando toda relación anterior con los jugadores de backcourt, ya ha instalado su figura en la hegemonía histórica de esta rara especialidad, como la más vanguardista versión de una reliquia. El alemán Dirk Nowitzki supera en órbitas un viejo recurso empleado por Adrian Dantley en los años ochenta –deadly step back– consistente en abrir espacio para el lanzamiento a través del alzado de una pierna y la amplitud del ángulo de tiro, burlando así hasta lo insultante la preceptiva conveniencia del equilibrio. Lo que arrancó en Nowitzki como una alternativa ocasional ha terminado en tal afectación que figura así como una de sus principales señas de identidad. Al extremo de poder traducir su one-legged shot, donde legged refuerza al extremo su condición adjetiva, como [lanzamiento] unípedo o monoapiernado. Un recurso que el alemán ha elevado a la cuota maestra.

 

 

 

 

 

 

Ésta es pues, a muy grandes rasgos, la accidentada trayectoria del tiro en carrera y su formación alzada. Un recurso que fue durante cerca de seis décadas fisonomía predominante hasta la aparición del jump shot y su posterior desaparición sin terminar de hacerlo nunca del todo. Porque no es posible e incluso su estado latente permite especular sobre su presente y futuro.

 

El presente se empeña en demostrar que una derivación corta como el floater, a medio camino entre la entrada y el mid-range shot, tomó el mando de su espectral herencia. El floater es el recurso ofensivo que ha experimentado un mayor crecimiento en el último lustro. Se trata del tiempo de reacción al ajuste reglamentario que condujo a principios de los dos mil a la supresión de la no lay-up rule y el restablecimiento defensivo ante toda una nueva horda de penetradores a los que gradualmente se va impidiendo entrar hasta la cocina.

 

Actualmente el floater está ganando distancia y altura. Por lo que no es descartable que, de proseguir este doble incremento, sea necesario en un futuro no muy lejano fortalecer la precisión del lanzamiento con el término de tiro a dos manos, esto es, con la mecánica tradicional del jumper, al modo de Navarro ante Macedonia.

 

Desde un punto de vista estrictamente técnico y pese a ser una reliquia el tiro en carrera es uno de los recursos más modernos del baloncesto. Ejecutado en un pequeño espacio su apariencia de restallido ofensivo por altura y velocidad le conceden una ventaja surgida del athletic talent, precisamente el factor de mayor desarrollo en la selección genética del baloncesto contemporáneo.

 

Ese jugador que dote de instrumento técnico cotidiano al tiro en carrera está por llegar. Y mientras siga adelante el histórico proceso de contagio de los jugadores ejemplares al resto, tal vez estemos, propiamente, ante un recurso del futuro que hoy no alcanzamos a ver, de la misma manera que Naismith no imaginó a Bill Bradley (fig. 3) ni éste a Ray Allen.

Gran Canaria 2014 y Assignia Manresa soprendieron el mercado con sólo un día de diferencia con dos fichajes poco conocidos para el gran público. Laurence Ekperigin, con un año de experiencia profesional a caballo de Corea del Sur e Italia, y Kieron Achara, desde la LegaDue, tendrán que afrontar un importante salto de calidad en sus nuevos equipos. ¿Qué llevó a ambos clubs de la Liga Endesa a apostar por ellos?

 

Ekperigin, nacido en New York hace 23 años (aunque con pasaporte británico gracias a la nacionalidad de su madre), se dio a conocer en 2010 durante el tradicional Portsmouth Invitational Tournament, lugar de encuentro de los mejores seniors, tras su paso por la poco conocida Universidad de La Moyne. Allí lo descubrió Himar Ojeda, director deportivo del Gran Canaria 2014, quien lo define como "un jugador joven, atlético, muy intenso".

 

Sam Neter, editor de la web especializada en baloncesto británico Hoopsfix.com, ahonda en la descripción de Ekperigin, a quien describe como "un alero de gran envergadura, que puede alternar los puestos de "3" y "4", pese a no ser muy alto. Trabaja extremadamente duro simpre que está en la cancha y aportando energía desde el banquillo. Es un gran reboteador para su tamaño, y puede salir afuera, con un decente tiro desde media distancia, e incluso lanzar de tres".

 

Tras intentar ganarse un puesto en la NBA en la Summer League de Las Vegas con los Denver Nuggets, Ekperigin decidió aceptar una oferta de la exótica liga coreana para debutar como profesional de la mano del Mobis Phoebus, en Ulsan. Sólo a final de temporada, en abril, otro equipo que, como el Gran Canaria 2014, también se había fijado en Ekperigin el verano anterior, decidió apostar por él: el Angelico Biella.

 

Alessandro Giulani, general manager del equipo italiano, dijo tras fichar a Ekperigin que "le seguíamos por su agresividad y su feroz competitividad en la pintura", algo que necesitaba el Biella para evitar el descenso a la LegaDue. La aportación de Ekperigin no fue especialmente destacada en los números (3.7 puntos y 3.7 rebotes en sólo tres partidos jugados), aunque su equipo pudo salvar la categoría.

 

Su siguiente paso fue su primera convocatoria a nivel internacional tras llamar la atención de Chris Fitch, seleccionador británico. En la preparación para el Eurobasket, que no disputará al no pasar el último corte, llegó a coincidir con el que será uno de sus rivales en la Liga Endesa la próxima temporada: Kieron Achara.

 

Nacido en Stirling (Escocia), de padre nigeriano y madre escocesa (para más señas, ex-jugadora de la selección nacional), Achara también se forjó en la liga universitaria estadounidense, en Duquesne, donde pasó cinco años (uno de ellos casi en blanco por una lesión de hombro). En la NCAA, Achara destacó especialmente como buen jugador defensivo (llegando a formar parte del All-Defensive Team de la conferencia Atlantic-10 en 2007, y coincidiendo con otro nuevo fichaje de la Liga Endesa, esta vez del Obradoiro: Stephane Lasme), siendo a la vez uno de los mejores jugadores ofensivos del equipo.

 

Tras no entrar en el draft de 2008, Achara empezó su carrera como profesional en Italia, el país que más le ha visto jugar tras su paso por la universidad. Tras pasar por la Fortitudo Bologna y Angelico Biella en Lega A, y el Sigma Barcellona en LegaDue (más una breve estancia en los Scottish Rocks de su país natal), la oportunidad de dar un paso más en su carrera ha llegado este verano de la mano del Assignia Manresa.

 

"Achara es fundamentalmente un "4" que se siente más cómodo desde el perímetro que dentro", describe Sam Neter, "puede lanzar de tres y tiene también una gran envergadura, permitiéndole taponar ocasionalmente pese a no ser muy atlético".

 

Pere Capdevila, director deportivo de su nuevo club, ahonda en las palabras de Neter, al afirmar que aportará "polivalencia en el juego interior, ya que se puede desenvolver en las posiciones de '4' y '5'. Tiene habilidad para ir al rebote y para hacer tapones, gracias a su envergadura, y en ataque es capaz de jugar cerca de canasta y también de lanzar de fuera".

 

Pero más allá de lo que Achara aporte en cancha, también será muy interesante lo que aportará fuera, un aspecto muy apreciado por su nuevo entrenador, Jaume Ponsarnau. "Kieron Achara es una de las personas más afables que podrás conocer", explica Neter, "siempre tiene una sonrisa en la cara y más que dispuesto a pasar tiempo con la gente. Un persona realmente agradable que representará bien a cualquier organización."

 

Tanto Achara como Ekperigin debutarán en la Liga Endesa como el que será, quizás, el reto más importante de sus carreras. ¿Darán la talla?. "Pueden ocupar un rol en la ACB, aunque por supuesto será un paso adelante respecto a lo que han jugado antes durante la temporada regular", responde Neter, "la experiencia internacional que ambos han sumado jugando con la selección británica debería servirles también, y con suerte será una transición suave".

 

Por Alberto de Roa