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*Se respetan en casi su totalidad las declaraciones vertidas en su idioma original.

 

 

 

 

LeBron James es un caso clínico, infinitamente más sociológico que deportivo y así rezará en los libros del futuro. Como el compendio de adónde han llegado las tecnologías de la información, cuál es su uso, cómo su contagio y con qué fines.

 

Resulta prácticamente imposible poner orden en torno a una figura sobre la que se vuelca en tiempo real un volumen de información tan colosal que más que a precisión obliga a embarcarse en una sola dirección, arrastrado por la virulencia de una corriente que gana fuerza a cada minuto y que, en perspectiva, celebra una unanimidad monstruosa.

 

Con James ocurre que el juicio es diario (horario en las últimas semanas). Y lo sucedido hoy prima sobre lo de ayer. De manera que James es tiempo presente con toda su instantánea crudeza. Ambos factores, propaganda masiva y velocidad instantánea, nublan como con ninguna otra figura deportiva las consideraciones que dejar intactas.

 

Su carrera en vivo se ha convertido además en un Reality de interacción universal, un espacio de infinita magnitud donde lo informe suplanta a lo informativo.

 

Desde un punto de vista deportivo, y muy a grandes rasgos, James fue el mejor jugador del nuevo proyecto de Miami durante la complicada temporada regular de 2011. Lo fue como lo había sido el año anterior en Cleveland. Y el anterior. Y el anterior. Tal y como llegado un punto, en torno a los 22 años, en torno al milagro de colar a los Cavs en las Finales de 2007, se instaló un incuestionable consenso entre los pilares que sostienen el negocio NBA de que el jugador con mayor potencial para hacer a cualquier equipo campeón era James. Y todo el largo y pesado prolegómeno del verano de 2010 no hizo sino confirmarlo.

 

Incluso la furia de Cuban al materializarse el proyecto Miami se sustentaba en realidad en no haber podido hacerse con él (meses antes cortejaba al jugador y su business manager Maverick Carter a través de mensajes de móvil).

 

Sin embargo el tratamiento recibido desde cualquier arista del mundo deportivo no ha reflejado un paralelo respeto por estatus. Antes bien todo lo contrario. A un extremo, el fenómeno hater, sin precedentes –comienza a haber acuerdo– en la historia del deporte americano. Su caso, a día de hoy, ya rebasa con creces los duros episodios que pesaron sobre Kobe Bryant, Rick Barry y Wilt Chamberlain.

 

Sobre la pista, una vez apagado el monumental Tim Duncan, si un jugador podía ser desplazado del trono NBA por James, ése era Kobe Bryant.

 

El verano de 2001 un chaval de 16 años, una de cuyas primeras definiciones mezclaba a Kobe Bryant y Magic Johnson, se presentaba al ABCD Camp en New Jersey como la máxima atracción. Ya entonces lo era a pesar de la presencia de muchachos algo mayores como Carmelo Anthony, Chris Bosh, Charlie Villanueva, Raymond Felton, Sebastian Telfair o Deron Williams. Y precisamente como invitado de honor, Kobe Bryant, del que el jovencito, natural de Akron (Ohio), no quiso despegarse por la profunda admiración que le profesaba. Era la primera vez que ambos se veían y Bryant ya era dos veces campeón de la NBA.

 

Diez años después, a pocos días de volver a verse las caras para el partido de Navidad, LeBron recordaba aquella jornada y actualizaba sus sensaciones hacia Bryant. “Mi impresión hacia él sólo ha aumentado. Es uno de los mejores competidores que hay. (…) He does whatever it takes; he puts himself and his teammates in a position to win. He holds himself to a higher standard”. Para terminar desmarcando su corta y aún infructuosa carrera de la del mito amarillo. “I'm trying to do that”. En aquel partido, que Miami se anotó por 80 a 96, un lance del juego dio con esa versión enojada de Bryant durante unos segundos hacia él, a quien recordaba: “Eh, I’m a champ”.

 

Bryant ya había destinado una pequeña perla un par de meses atrás cuando, a la pregunta de quién ganaría un 1x1 entre ambos, repuso con seguridad: “I'd win, I'd win. That's what I do. One-on-one is ... that's easy for me, you know”. Lo cual era perfectamente posible y no debería entrañar polémica alguna. No mientras el portavoz de una declaración así no fuera LeBron James, cuya temporada en términos de aire, de libertad de expresión, ha estado como con ningún otro jugador jamás “under the microscope. (...) His every mis-step and perceived mistake (have been) examined and consumed by a public desperate for another chunk of his scalp” (S. Powell).

 

Si en cambio las declaraciones, de múltiple origen, iban dirigidas contra él o el proyecto de Miami, siendo el primer destinatario lo único relevante, no solamente no habría problema. Serían jaleadas como lo fueron las primeras reacciones de Charles Barkley, Magic Johnson o Michael Jordan, del mismo modo que las repetidas imitaciones de Dwight Howard hacia el chalk toss. Por simpáticas, por graciosas. No como aquellos bailes de James que, más de un año después, siguen sin caducar en el imaginario. Ni probablemente lo hagan nunca.

 

La temporada de 2010 no terminó pues con el anillo angelino. Entró hasta bien cocido agosto formándose una segunda temporada o una larga previa de la 2011. El volumen de información NBA arrojada durante aquel mes de julio decuplicaba el del lustro anterior en esas mismas fechas en su totalidad. Las reacciones, simplemente, no podían contarse. Abarcaban el completo orbe social y ello incluía a políticos de todas las alas hasta llegar a la Casa Blanca (“You could see LeBron fitting in [Chicago] pretty well”, deseaba Obama). La LeBron James Fever, que llamó la ABC, no remitió. Ardería de entonces a nuestros días.

 

Delito y condena coincidían: The Decision. Fondo, forma o ambas.

 

Contra el fondo, y como principales portavoces, Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y Charles Barkley. Según ellos unirse a dos estrellas era un error histórico por renunciar a su condición de macho alfa. Especialmente virulenta la reacción de un Barkley –“You don’t leave anywhere”– que parecía olvidar sus días de “trade me” en Philly o precedentes como Wilt Chamberlain, Moses Malone o el más reciente Shaquille O’Neal, cuyo anuncio de fuga a Los Angeles, como recordaba Araton, tuvo lugar entre la víspera de los Juegos de Atlanta y horas después de la conmoción nacional por la tragedia del vuelo 800 de la TWA.

 

En la segunda semana de julio, con el pueblo alzado en armas, un sorprendido Mark Sheehan, el responsable del club Boys&Girls en Virginia (ONG destinada a la protección de jóvenes desfavorecidos), se valía de un pequeño medio como plataforma. Informaba que para mantener a uno de sus muchachos fuera de problemas la Fundación precisaba de unos 1.500 dólares al año. Sheehan acudió a los medios buena parte de los cuales le dieron la espalda para agradecer que James había donado dos millones y medio de dólares (2.500.000) a la Fundación. La donación, la distribución de cuyo programa debía incluir la compra de más de 1.000 ordenadores con fines educativos, no sólo fue mayormente silenciada –como el caso del niño paciente de cáncer Stephan Gutierrez– sino que, de referirse, se hizo como sucio artificio compensatorio.

 

En octubre LeBron era el único miembro en la plantilla de Miami en quedarse a solas, a veces durante horas, con el novato gravemente lesionado Da'Sean Butler para compartir con él duelos de tiros libres. La única utilidad de aquellas veladas en privado era que el joven no cayera en depresión. No hubo nada que hacer y el cuerpo técnico se deshizo de Butler a finales de mes.

 

La Opening Night, que acabó con la humillante derrota en Boston, se convirtió en el partido de Regular más visto en la historia de la TV por cable. Los medios tomaron buena nota. ABC, TNT, ESPN, NBA TV habían cerrado ya la emisión de los Heat a nivel nacional con picos de hasta 14 partidos entre febrero y marzo. Aquella derrota, la aplastante forma en que se produjo, alentó nuevamente la primera oleada de temporada.

 

La voracidad de la información en una dirección prácticamente uniforme cuestionaba incluso el sentido de la profesión periodística a nivel global. De ahí el lúcido artículo, obviamente desapercibido, obra de Ben Wanatabe en el Express bajo el revelador título Victim Of a Global Society donde exponía cómo un asunto menor podía extenderse hoy en día por todo el planeta en cuestión de segundos liquidando todo razonamiento o la exposición de hechos que contravinieran el único y prioritario objetivo.

 

Según el autor, que denunciaba casos anteriores por simple analogía (Charles Barkley, Michael Jordan, John Elway o Eli Manning), el razonable espacio crítico estaba dando paso a niveles de Red Code, una línea que ya se había cruzado repetidamente en innumerables medios, uno de los cuales, el Daily News, elevó a LeBron a portada con igual tratamiento gráfico que un genocida, encriptando el calificativo de “Hijo de Puta”.

 

 

 

 

 

Tiradas agotadas, excedentes de ventas, niveles de audiencia imprevistos, éxito asegurado.

 

Daba inicio en adelante el suculento negocio del odio, recogido de manera inmejorable por las ediciones digitales deportivas de todo el mundo. La ecuación era sencilla: bastaba un titular de LeBron y un predicado contra él. La audiencia lectora, alentada previamente al ardor de los comentarios, ese recurso cuyo origen no vino motivado, como se cree, por la cortesía del feedback sino por la multiplicación de entradas (page views), se convertía así en el perfecto combustible para regocijo de directivos y publicistas.

 

La temporada de 2011 podía perfectamente retratarse como una pira de fuego con un muñeco incombustible.

 

Ante un panorama (informativo) desaforadamente tóxico algunos profesionales reaccionaron en justicia. Ya en octubre Ben Golliver aseguraba que contra la imagen que se ha exportado de él, “James has always reflected a happy go-lucky playful nature. He dances with teammates. He raps on-court (and in the locker room, loudly). He chuckles in interviews and smiles for the camera. This man is not a brooder. (...) This is not a man fueled by rage and hatred. (...) James is not who we want him to be, and that's really been and continues to be his biggest crime”.

 

Con la temporada iniciada las citas de Miami –en Boston, Los Angeles, Cleveland– marcaban el calendario. Así en un cómplice seguidismo a la gigantesca ESPN se orquestó desde los mass media una campaña donde el morbo de su regreso a Cleveland, para el 2 de diciembre, lo permitía prácticamente todo.

 

Aquel regreso, una caza de bruja(s) a placer de la pantalla nacional, marcado por la deplorable sensación de que ocurriera algo, uno de esos incidentes que la farisaica moral mediática arrimarse luego a lamentar, fue visto por algo más de 7 millones de espectadores, superando los 5 puntos de 'share' en la TNT, lo que equivalía a un aumento del 257% respecto a la misma emisión NBA el año anterior (Celtics-Spurs) y un punto superior al Eagles-Texans de la NFL; iguales éxitos que la Opening Night o la posterior Christmas en Los Angeles.

 

El público respondía así al reclamo James en pantalla dentro de una fabulosa inflación de audiencias que la NBA ha acusado positivamente durante toda la temporada de 2011. La pira de fuego al muñeco probaba a cada minuto su rentabilidad. “An entire season under a national microscope unmatched in the history of team sports. Every itch is documented, every scratch is scrutinized, every star is questioned about every public act, every day is another chance for them to embarrass or enrage” (Bill Plaschke).

 

Porque el mensaje matriz había quedado claro en las ediciones deportivas de todo el mundo: cargar contra LeBron James era altamente rentable, lo que rápidamente dio lugar a un nuevo proceso donde pasar de la observación a la persecución.

 

Uno de estos actos de acecho dio con la preocupante derrota de Miami en Dallas el 27 de noviembre. En un tiempo muerto el choque fortuito entre LeBron y Spoelstra fue globalizado con el arma privada de Youtube y sentenciado como una visible agresión del jugador a su técnico. Había nacido el Bump Gate, otra billonaria conspiración en la que James aparecía a los ojos del mundo como el verdugo de su joven, inexperto y frágil entrenador. Sin haber un solo precedente suyo de agresión hacia jugadores o complot hacia técnicos la ruptura entre ambos, así se hizo creer, se daba por hecha. Incluso se vinculaban como prueba las declaraciones de James tras la derrota en Boston de octubre donde se dijo sorprendido de su minutaje (obviando su intención de abrir el roster en la promesa del técnico), tal y como Pau Gasol haría con Jackson entrado diciembre.

 

Lo que en cualquier otro equipo hubiese sido pasado por alto de manera interna obligó a ambas partes a una reunión para poder negociar no sólo aquella situación sino las que vendrían en adelante. “We can’t do it without one another. He’s captain of the ship, and I’m one of the soldiers” (James). “A reminder for both of us that we have to manage all the noise outside and keep it to what's real. (…) We needed to be able to manage that and not let it be a distraction” (Spoelstra).

 

Preguntado un miembro del vestuario Heat por quien suscribe su respuesta fue tajante: “El ambiente entre nosotros es fantástico. Era de esperar. Si miras nuestra plantilla te das cuenta de que hay un montón de jugadores veteranos que llevan años jugando en esta liga, que tienen toda la experiencia para saber lo importante que es un vestuario unido. Conocen su rol en el equipo y el de los demás, y vamos todos a una. Todos estamos preparados. (…) LeBron es una gran persona, un tremendo líder y un compañero increíble. Es alguien a quien importa lo que piense el compañero. Es un tipo humilde ante todos nosotros. Ha venido aquí a realizar el trabajo más fuerte. Como compañero te digo que nos agrada mucho su presencia”. Palabras que no hacían sino confirmar la ausencia de crítica alguna hacia él por parte de compañeros, ex compañeros, ex técnicos y miembros del entorno que, efectivamente, había convivido con él en los últimos ocho años.

 

Uno de los portavoces de aquella ruptura, Chris Broussard, mantendría un aparte con James tras el partido en el Madison de diciembre en términos disculpatorios. “No problem, Chris. It’s not an issue”. Ninguna rectificación al respecto fue publicada.

 

Ante el cariz que estaban tomando las cosas el veterano Sam Smith, galardonado este pasado mes de mayo con el Phil Jasner Lifetime Achievement Award como reconocimiento a toda su carrera, se pronunciaba ya en el mes de enero en términos algo perplejos: “James, like no one before him, has become some sort of personification of sporting evil, if not entirely clear why this all occurred. It's real now”. Según Smith había sobrevenido un panorama imprevisto por el propio deportista, “events he has no idea how to contend with yet control. He walked innocently into that "Decision" TV which started all this. (...) I'm fairly sure James had none of this planned. I'm fairly sure James never wanted any of this. He's not an evil person as far as anyone can tell”.

 

Precisamente Chicago había sido el equipo con el que LeBron prolongó más sus reuniones solicitando incluso alguna cita más antes de tomar su decisión. Durante un tiempo indefinido en aquel principio de julio, que Wade y James recalaran en los Bulls fue una posibilidad real.

 

Con el cambio de año Miami conquistó un nuevo nivel de juego venciendo en 21 de 22 partidos y encadenando 13 de ellos a domicilio. Para el 9 de enero, con la victoria en la prórroga en Portland (100-107) y jugando unos minutos como pívot, LeBron había sido probado en las cinco posiciones del juego dando un salto cualitativo como fortaleza defensiva a cualquier nivel. No mucho después Spoelstra aseguraba que defensivamente podía “arrojarlo contra cualquiera” con éxito.

 

Para cuando los Cavs visitaron Miami el último día de enero el que fuera equipo de James acumulaba 30 derrotas en sus últimos 31 partidos, 23 de ellas consecutivas a domicilio. Preguntado con esa reiterada insistencia sobre cuestiones de fondo especialmente morboso James insistió: “I have nothing bad to say about the players that I left and the team. I wish the organization the best. And I wish the fans, more than anything, the best because we had a lot of great years together”. Sobre una parte de la atmósfera creada en torno al jugador que parecía convertir en Clevelander a todo americano, uno de sus ex compañeros había confesado a quien suscribe (10 nov.): “No lo entiendo. No entiendo cómo la gente olvida que él ha sido un jugador que ha hecho mucho por el equipo y sobre todo alguien que ha hecho muchas cosas por la ciudad de Cleveland. Muchas”.

 

Precisamente para el día de Acción de Gracias el jugador organizaba, como acostumbra anualmente, la distribución de más de 700 cenas entre homeless y jóvenes desfavorecidos en el área de Akron, su localidad natal. Todo ello a cargo de la LeBron James Family Foundation, una de las asociaciones fuera de la órbita del NBA Cares con menor calado mediático. Así toda mención brilló por su ausencia.

 

La escenografía de la temporada en el total de pabellones de la NBA, ciudades sobre las que James jamás se había pronunciado, vino marcada por virulentos abucheos cada vez que tocaba el balón. A cercanía de grada los insultos y procacidades se multiplicaban hacia él. Así el 11 de febrero en Detroit las cámaras recogían una de las consecuencias de la atmósfera irrespirable en torno al jugador. Un espectador de las primeras filas cruzaba la línea calificando de “puta” a su madre Gloria. De manera instantánea, evitando esa trampa donde algún deportista maldijo caer, James daba una auténtica lección de aplomo.

 

Una nueva embestida tendría lugar entre finales de febrero y principios de marzo cuando Miami acumuló por primera vez cinco derrotas consecutivas (6/7) encadenando LeBron ante Chicago, New York y Orlando tres partidos con error de clutch. Las consecuencias no se hicieron esperar y de repente James, el jugador que más canastas decisivas* había anotado en la NBA desde 2003 (* canastas en los últimos 30 segundos que permitan igualar o adelantar al rival en el marcador), fue aniquilado como clutch player o figura a la que entregar finales de partido.

 

A la siguiente derrota ante Chicago, Spoelstra entraba ingenuamente en el terreno de la emoción asegurando que había jugadores “llorando en el vestuario”. El reclamo era perfecto y la reacción recogida, una vez más coralmente por todos los medios, lo que Brian Windhorst refirió como “National Joke”.

 

James declaraba entonces que el justo MVP de la temporada era Derrick Rose. De su candidatura, cerrada entre ambos, lo descartaría en adelante la racha de cinco derrotas más la serie de malos finales de partido donde sus fallos despuntaron demasiado. Rose aprovechaba aquellas dos semanas para pegar un aldabonazo arrastrando con ello a Chicago, que para colmo vio a Rose como líder de una victoria más sobre los Heat en Miami (3-0). Era el escenario perfecto. Donde Rose tomaría la directa hacia el galardón.

 

La oleada de críticas hacia LeBron más sus palabras hacia Rose provocaron en éste una honesta reacción contra lo que se venía publicando. Rose se sintió entonces tan agradecido que a principios de mes acabaría filtrando el mensaje de texto que envío a James para acabar con las informaciones según las cuales Rose no quería jugar con él. SMS: “I’m just hitting you up to kill all the rumors that I don’t want to play with you. I’d like to play with you. I just want to win”.

 

Aquella cuádruple racha de derrotas abriendo marzo sería el punto de inflexión para la trayectoria de los de Florida hasta el final de temporada. Miami se convertía, junto a Dallas, en el equipo más peligroso a domicilio y encadenaba para cerrar el año 15 victorias en 18 partidos. No así el trono del Este, en manos de Chicago.

 

En su primer episodio los Heat se habían quedado a dos victorias de las 60. Sin el concurso de Udonis Haslem ni prácticamente Mike Miller, con una rotación de múltiples cambios, un baloncesto de poca luz sustentado en una defensa feroz más la variable mordiente en ataque de sus tres estrellas y alternativas del resto, Miami se plantó en los playoffs sin la unanimidad del favorito. A lo sumo, potencial en algo que podía rajar la carrera de James en dos partes: “(Now) LeBron gets to pass the ball to Dwyane Wade in the playoffs instead of Mo Williams. Big difference” (Shaun Powell).

 

En aquellos días de abril LeBron empleó su tiempo en el baloncesto, su único hábito, a niveles de entrenamiento intensivo. Y a ello añadió el minucioso visionado de playoffs NBA de todas las épocas para terminar con la revisión íntegra de las Finales de 2006. Preguntado después por ellas respondió: “Unbelievable. Unreal”, en palabras dirigidas a la actuación de Dwayne Wade, que con el 2-0 ante Philly tuvo aún que afrontar preguntas motivadas en realidad por su compañero y amigo. “Dwayne, ¿te resulta difícil creer que no hayas ganado una serie de playoffs desde 2006?”. Aquello condujo a Spoelstra a recordar a la prensa otra suspicaz rumorología que hacía referencia a que la amistad entre Wade y James no era tan real como se presumía. Otra información infundada.

 

El 4 a 1 a los Sixers cumplía como prevista la primera parte del guión, donde James comienza a convencerse, salvo en la defensa a Iguodala, de que su desalerización no afectaría negativamente al equipo, con momentos ese particular brillo que inspiró a Hubie Brown durante la retransmisión ante Oklahoma del 16 de marzo a asegurar que “viniendo en transición y a campo abierto LeBron James es el mejor jugador en la historia del baloncesto”. A la intención del jugador de potenciar su distribución contribuyó igualmente la ausencia de un verdadero playmaker, uno de los más visibles defectos del equipo durante todo el año que había dejado en permanente suspensión ese vacío primero con Arroyo y posteriormente con Chalmers y Bibby.

 

A finales de abril Mark Gillespie cometía un acto de valiente honestidad al publicar en el Plain Dealer de Cleveland que LeBron había donado otro millón de dólares (1.000.000 $) en material didáctico, informático y deportivo para un total de 59 centros benéficos a lo largo y ancho del país.

 

Ante la nula publicidad del caso la directora de una de las Fundaciones del área noreste de Ohio, Teresa LeGrair, rogó al cronista que reseñara: “It's not the first thing he had done for this community and there will be many more to come. He loves kids and he's proven that time and time again”. El problema residía en que ni a través de Nike ni su Fundación privada James había querido la menor promoción, confirmando así el tóxico efecto lose-lose que, apuntado ya por algunos autores, pesaba sobre cualquiera de sus actos. A través de LeGrair, Gillespie se había hecho con una carta firmada por el jugador que terminaba diciendo: “These additions are great for the neighborhood, and thank you for giving me the opportunity to give back to the Cleveland community”.

 

Para la segunda semana de abril salieron a colación análisis sobre uno de los avances más reseñables de James en su última temporada. Sin apenas depuración, su juego al poste era superior en eficiencia a la suma de Kobe Bryant y Carmelo Anthony en iguales situaciones. De ahí a final de temporada esa aparente fortaleza del juego fue diluyéndose como táctica en los Heat hasta prácticamente desaparecer.

 

Con el 2-0 a Boston no pocas líneas comenzaron a aprobar la lógica de su decisión como entendiendo que LeBron no habría podido batir a los Celtics en una situación distinta, postura que abanderó entonces el New York Times. “James made a perfectly logical choice. He was a superstar in need of superstar assistance. The Cavaliers could not provide it. The Heat did, in a major way” (Howard Beck).

 

El final de aquella serie parecía el soñado por el propio jugador. Con 3-1 a favor, 87-87 en el cuarto y algo más de dos minutos por jugar James estalló como un artefacto nuclear:

 

Triple desde la diagonal.

Triple desde la frontal.

Robo de balón y mate.

Bandeja con la izquierda en 'traffic'.

10 puntos consecutivos, 16-0 de parcial, la victoria y la muerte de los Celtics, la que había sido su principal bestia negra desde 2008.

 

Con la bocina final Kevin Garnett y Rajon Rondo huyeron a vestuarios sin felicitar al vencedor, precisamente el motivo mil veces repetido como denuncia en su contra a la eliminación a manos de Orlando en 2009. En la prensa, esta vez, no hubo artículos al respecto. Tan sólo James, pese a protagonizarlo una sola vez en su carrera, era acreedor a esa culpa.

 

Por unos días parecía que lo estrictamente deportivo comenzaba a ocupar un primer plano y así Tom Haberstroh sentenciaba: “We just witnessed one of the best clutch performances in playoff history. And it came from the hands of LeBron James”.

 

Con la eliminación de Boston y uno de los finales más grandiosos en toda su carrera un LeBron nervioso, casi disculpado, abría así su intervención ante la pantalla nacional junto a Craig Sager:

 

“First of all thanks to the Boston Celtics, coach Rivers, that coaching staff, those players, they make you fight for everything. You can never take a second off”.

 

Minutos después, en rueda de prensa, pedía públicamente perdón por la forma en que todo había ocurrido meses atrás: “I knew I had to go through Boston at some point. I went through a lot signing to be here and the way it panned out. I apologize for the way it happened, but I knew that this opportunity was once in a lifetime”.

 

Por fin, lo que con inusitado empeño se le había exigido a diario durante once meses, fue consumado. Se intuía entonces una tregua y el término ‘maturity’ empezaba a multiplicarse en su nombre dado que era momento de hacer balance a un año de discreción, resistencia y conducta impecables, la principal intención de LeBron durante toda la temporada en su ingenua percepción de que le sería posible “no dar que hablar”.

 

A ello contribuyó el propio Doc Rivers, que correspondía en justicia:

 

“I've never seen a team more criticized in my life, and a guy, LeBron, criticized for doing what was legal. He didn't break a law, and he didn't do anything wrong. The preseason parade may have been a little much, but other than that? (...) I don't think you can play this sport and be a winner without emotion. For me, it was good to see”.

 

Rivers de hecho responsabilizaba en buena parte a los medios de que LeBron, de que Miami, hubiese despertado como bestia:

 

“I didn't like (the criticism) because I thought it helped them. They got booed for everything. I said it all year that I wished (the media) would leave them alone, because it allowed them to go through something and prepare for the playoffs”.

 

Al inicio de las Finales del Este ante Chicago LeBron era, con 28.9 puntos, el jugador con mayor promedio anotador en playoffs de toda la NBA.

 

Después de una hiriente derrota en el estreno, Miami volcó el completo de sus fuerzas a la destrucción defensiva dejando buena parte del ataque en manos de sus tres estrellas y una rotación convincente.

 

El apabullante final de aquella serie (18-3), con nuevamente varias canastas decisivas de James en los últimos segundos, vulneró incluso el esquema previsto según el cual James iría dejando paso a Wade como principal referencia ofensiva. Un papel que el genial Beckley Mason refirió como “The Cerebral Side of LeBron James”, o de otro modo, “what his coaches during his professional career, Mike Brown and Erik Spoelstra, have many times repeated: LeBron is one of the smartest players they’ve ever seen”.

 

 

 

 

 

Durante la eliminatoria Wade mostró un peligroso estado fuera de forma al que sólo el resultado final pudo poner término. Pero no así con su compañero de equipo, decidido a una maniobra que poner en marcha más adelante.

 

Precisamente debido a aquel dominante final y en perspectiva, al subidón de juego de James, Scottie Pippen, testigo presencial de su actuación en el United, realizaba sin mayor intención unas declaraciones a ESPN Radio en las que insinuaba una posibilidad: que James pudiera convertirse algún día en el mejor jugador de la historia. El revuelo de aquellas palabras, sospechosamente volcadas al mundo como B mejor que A, inexplicablemente mutiladas del más crucial matiz –“Don’t get me wrong, M.J. was and is the greatest”–, no tuvo el menor límite y el debate se movió entre el escándalo y la intransigencia. Un bloque de acero contra el que las tiernas palabras del propio James chocaron en silencio:

 

“Mike was an unbelievable player. I got a long way, long way to be mentioned as one of the all-time greats. Not even just Jordan – there are a lot of great players who have played in this league: Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar and all these guys that are floating around with multiple rings. Bill Russell. All of these guys who have pioneered the game.

 

(…)

 

“I’m gracious, humbled by Scottie’s comments with him being a teammate of his and seeing Michael on a day-to-day basis. But as far as me?”.

 

Miami estaba en las Finales. A fuerte tirones el experimento había salido bien a la primera.

 

En vísperas de las series por el título, y demasiado seguro de que el equipo funcionaba a márgenes amplios de versatilidad, LeBron y Wade mantuvieron una reunión en privado a petición del primero. En ella James pidió a su compañero su versión más anotadora, su más agresiva, su versión de las Finales de 2006 por cuyo concurso había quedado hechizado. Con ello pretendía dos cosas: 1) Recuperar la confianza de su compañero (perdida en buena parte de las ECF ante Chicago) y 2) 'Playmakear' cómodamente sobre ese eje en la creencia de que el equipo, a esas alturas, funcionaría a pleno rendimiento. Y así fue durante el primero y casi el segundo partido.

 

Ello se tradujo automáticamente en las cifras previstas pero, a la vez, en un efecto muy contrario al deseado. En los cinco primeros partidos de cada serie LeBron pasó de 108 (Boston) a 94 (Chicago) a 75 (Dallas) tiros a canasta. A su vez Wade tomó el testigo pasando de 79 (Chicago) a 92 (Dallas). Para cuando quisieron darse cuenta el 2-3 en la eliminatoria cuestionaba muy seriamente el plan iniciado al que Spoelstra había dado el visto bueno en la también ingenua convicción de que funcionaría.

 

No funcionó.

 

Y Dallas, una genuina apología de la experiencia, perfilaba así su último y fabuloso asalto al cetro, consumado en un sexto partido que cumplía la vieja tradición de dominio terminal en los Campeones.

 

Si bien parecía que era imposible incrementar la presencia mediática contra él, las críticas redoblaron su número y fuerza. En lo deportivo, legítimas. En lo demás, asomaron durante las series rumores en modo bomba que corrieron como la tinta asegurando que Rashard Lewis se había acostado con la madre de sus dos hijos, exactamente un año después del rumor que apuntaba a la relación entre Delonte West y Gloria James. Emergieron asimismo informaciones procedentes de fuentes anónimas que cargaban contra James con el peregrino –y falso– argumento de escribir sus mensajes como King James o de prodigar el peor trash-talk en pista cuando, en realidad, se trata de uno de los jugadores de menor ofensiva oral en juego. Siendo todas ellas fuentes anónimas se publicaban y extendían igualmente.

 

Aun sin apagar el curso Shaun Powell certificaba: “LeBron is a public obsession”.

 

En su última intervención del año James sustentaba su alocución en tres ejes:

 

Autocrítica: “I wasn’t able to help us in this series. (…) It hurts me, and I get on myself when I’m not able to play well and help my teammates win”.

 

Elogio al rival: “They did a great job of every time I drove. A great job defensively. Very underrated defensive team. (…) They did a great job. Much respect to them”.

 

El deber profesional: “I can only prepare myself each year. In the summertime I’ll put a lot of hard work into my game (…), work hard every day to go out there and perform at a high level for my teammates”.

 

Y una (tierna) defensa personal: “I know how much work as a team we put into it. I know how much work individually that I’ve put into it, when you guys are not around. That’s something people don’t see. I think you can never hang your head low when you know how much work, how much dedication you put into the game of basketball when the lights are off and the cameras are not on”.

 

A la pregunta de qué diría a esa billonaria masa humana que ambiciona su fracaso, que siente hacia él un desprecio infinito y que celebra su pública humillación, LeBron respondió con un trasfondo cuyo significado final era la indiferencia. De sus diez nutridas respuestas tan sólo ésta fue multiplicada hasta la extenuación en los medios. La única del completo de su intervención.

 

Muy por encima de ello la percepción del macho alfa que toma el mando de unas series Finales al modo en que algunos de los más grandes jugadores de la historia consumaron no fue el caso de LeBron James cuando más procedía hacerlo. “A complete reversal from the Eastern Conference finals” (Powell). En ese sentido la percepción del fracaso, al primer intento en su nuevo ciclo, era difícilmente eludible.

 

Como abismo personal, sus 8 puntos en el cuarto partido, no podían sostenerse desde ningún punto de vista. Especialmente siendo la primera vez en sus últimos 434 partidos (incluyendo regular y playoffs) que anotaba menos de 10 puntos, y la novena ocasión en 717 partidos a lo largo de su carrera.

 

Algo dentro de sí, a todas luces inexplicable más allá de una profunda incapacidad para superarse, renovaba esa versión oscura, abismal y frágil de un jugador aún indescifrable.

 

Precisamente por esa dificultad de comprensión Mike Wise se adentraba en el delicado terreno psicológico aportando un audaz punto de vista como posible explicación al por qué LeBron James pudiera ser el mejor jugador del mundo en el baloncesto de crucero para humanizarse tan dramáticamente con la orilla a la vista. Para ello se valía de una regresión a su (difícil) infancia:

 

“He needed something to latch onto that he couldn’t get at home: Trust. Safety. Security. The idea that LeBron James doesn’t have to do it all himself -- hoist a mother and extended family out of abject poverty, make a franchise profitable while ensuring economic prosperity for a struggling Midwestern city. (...) Can the gifted child shake his boyhood demons and rise above more LeBron Bash-a-thon?”.

 

La respuesta, hasta el momento, es negativa. Y por ello Wise reforzaba la teoría en contraste con la inexpugnable fortaleza de Michael Jordan o Kobe Bryant.

 

La exposición de Wise vino días después a ser compartida en una interesante pieza obra de Eric Adelson, que incidía en la compleja relación cerebral entre la producción de testosterona y cortisol en los momentos críticos. De otro modo: una radiografía del miedo.

 

La completa disolución en las Finales del jugador que venía siendo reside en una causa completamente endógena, propia, suya. No hay razones tácticas o externas. No se explica de otro modo que una estrella habituada a copar tronos numéricos se haya coronado de pronto como el jugador que arrastrando promedios superiores a 25 puntos haya acusado el mayor descenso de anotación en unas series Finales (-8.9 James 2011 / -7.7 Chamberlain 1964 / -6.0 West 1972). Una conclusión firmemente apoyada además en la experiencia al darse precedente en las series de 2010 ante los Celtics. Y de no haberla, la eliminatoria asistió a un jugador visiblemente distinto, vaciado de todas sus facultades previas.

 

El término de la temporada, completamente dominado por esa universal percepción del fracaso, ocultó algunas piezas de incluso velada identificación hacia la víctima no desde el punto de vista deportivo sino humano. Una de ellas, la deliciosa It’s not hard to imagine de Bill Plaschke días antes compartida por la habitual sobriedad de Harvey Araton en el New York Times y Sally Jenkins en el Washington Post

 

El trasfondo de ambas piezas había sido ya gráficamente resumido por Shaun Powell contra la completa demonización de un deportista y el público regocijo en su destrucción: “A player who has never been pulled over for a DUI, or punched a fan, left his children, been busted with drugs or committed a crime continues to endure public abuse, all because of a silly 60-minute TV show”.

 

Irónicamente uno de sus principales detractores, periodista en poder de una de las agendas más valiosas de toda la NBA, Adrian Wojnarowski, encarnizado abanderado en la cruzada contra su figura, a la que no perdona no filtrarle información en exclusiva como sí hace alguna otra estrella en la liga, reconocía en una decimal tregua previa a la derrota que “LeBron James is the deepest, darkest swirling vortex of insanity that modern sports has ever seen”.

 

Tras la caída final todos y cada uno de los diques de contención vencieron y el estallido, la universal propagación de toneladas editoriales contra James, difícilmente integrables en el marco del deporte, condujo a la revista Atlantic Wire a filtrar una selección bajo el revelador título: “What to Read if You Want to Revel in LeBron James's Defeat”.

 

Más allá de los denunciables casos de Skip Bayless o Scott Raab, cuyo periodismo hacia el jugador titula cada sujeto como “The Whore of Akron” (La Puta de Akron), una oleada de incalculable magnitud, información donde la reflexión o la proporcionalidad son los últimos principios a cumplir, ha venido incluso arropada por políticos de Ohio hermanados con Dallas.

 

El descontrol del proceso está haciendo asomar incluso la sugerencia, en algún caso lanzada directamente a Pat Riley, de incorporar un equipo de psicólogos a la organización se ignora si como terapia preventiva o como asesoría de imagen.

 

 

 

 

La visible desnaturalización del jugador en la pasada campaña, una sucesión diaria de declaraciones forzadas, artificiales, la total desaparición de escenas de alegría colectiva ‘a la Cleveland’, la suspensión del chalk toss entradas las Finales o el público rechazo a su venal expresiveness, no son suficientes. En el fondo, nada parece serlo.

 

Ignorar el infecto espacio creado en torno a este jugador es ocupar un rango muy inferior de realidad o dar directamente la espalda a ella. Vincular este masivo fenómeno a cuestiones meramente deportivas escapa con creces a la veracidad.

 

Vale por todo ello cuestionarse si las posibles culpas no han sido ya expiadas, formular dónde se encuentran los límites a todo esto y su difuso origen. Y urge muy especialmente preguntarse en nombre de qué ética profesional, ética en definitiva, la sangre, el linchamiento, la venganza y la selección interesada de información en una sola e inquebrantable dirección, han pasado a ocupar la prioridad del Periodismo en este exclusivo asunto.

 

Hace una década América encendía toda su maquinaria mediática al servicio de alumbrar a un niño prodigio la mayoría de cuyos portavoces se erigen ahora como abanderados de su total aniquilación. Este desaforado ideario, presuntamente respetable, convierte a aquel niño hoy en día en el enemigo público número uno, el peor que haya conocido la historia del deporte en los Estados Unidos.

 

Son los guardianes de la moral, los defensores del Deporte de cuyos valores tan cristalino y admirable ejemplo están dando estos días.

 

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“I like when I smile and the flashes go off” (LeBron James).

Cuando la razón pudo con el ansia, la lógica se disfrazó de femme fatal y el 2-0 tiñó la serie de blaugrana, toca apelar a la locura. Golpes de genialidad, de ímpetu, de ganas, de sueños. Chispazos que aviven la llama de Miribilla, que quiere llevar en volandas a su equipo hasta el quinto encuentro de la Final ACB.

En la batalla de la locura, Kostas Vasileiadis es rey. “No hay un gran genio sin mezcla de locura”. De Aristóteles a Kostas, de griego a griego, de filósofo a jugador. Un definitivo 0-3 es una situación imaginable. Empatar la serie sin genialidades de Vasileiadis, improbable. Un 2-2 sin su entusiasmo, su pasión y su locura, simplemente imposible.

 

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El Bizkaia Bilbao Basket apela al corazón para recuperar su baloncesto. No es mal camino. Un disco, un libro o el más bello desde los deportes, da igual. El arte se perfecciona desde la inspiración, desde el sentimiento. Y con 0-2 en contra, los argumentos técnicos o baloncestísticos se multiplicarán con cada latido. Ahí entra en escena Kostas.

Lejos queda aquel chaval irreverente por el que pagaron 3,5 millones de dracmas –unos 10.000 euros- cuando aún casi ni se afeitaba. Ese chico de 16 que cuando debutó se atrevió a tirar. Y después, otra vez. Y otra. Y otra. El miedo, para los que no creen.

Aquel codazo en la cara de Kenny Miller -“En ese momento dejé de ser niño para convertirme en hombre”-, sus 25 puntos por encuentro en el Europeo Sub20 o su llegada a Málaga para ser campeón, con una timidez de inicio que se quedó en espejismo.

“Solo acabo de llegar. Necesito expresarme en la pista”
. Y lo hizo. Y lo hace. Conexión total con las aficiones de Unicaja, Obradoiro y Bilbao Basket las del alero que aterrizó en las orillas del Guggenheim obligándose a jugar Copa y Playoff, quizás sin imaginar que rozó ser leyenda en el torneo por sus 7 triples y que su Bizkaia BB acabaría plantándose entre los dos mejores equipos ACB.

 

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Profético, anunciaba en el ecuador de la liga que su equipo, mitad genio y mitad irregular, como él, había demostrado jugar mejor contra los equipos grandes. Que pregunten por Valencia o Madrid, tras un Playoff en el que, más tarde o más temprano, siempre aparece. ¿Esconderse? ¿Y qué es eso?

Su irrupción en el final del primer partido de cuartos para poner a su equipo a 2 a falta de 5 minutos, su sangre fría en el segundo para dejar sentenciar con incontables tiros libres finales, ese par de triples en el último cuarto del tercer choque para confirmar el triunfo bilbaíno o, tras un par de partidos más discreto –que no cobarde-, sus dos triples consecutivos para hacer soñar a toda una afición con la remontada en el Palau.

“Vasileiadis le está haciendo un ‘Navarro’ al Barcelona”
, apuntaba con precisión e ironía Natxo Mendaza por Twitter. “Me encanta cómo tira Vasileiadis… incluso cuando mete”, espetaba Javier Ortiz para definir a un jugador cuyo simbolismo trasciende los números. Jamás un 31% en tiros de 2 y un 32% en triples habían inspirado tanto temor a un rival que sabe que el griego lanzará todo lo que haga falta con tal de cumplir sus sueños.

A 0,62 puntos por minuto –en lugar de los 0,51 de la regular-, a solo 15 de llegar a los 1000 en ACB, hombre a parar en el esquema de Pascual y la chispa que necesita el Bizkaia Bilbao Basket para volver a creer.

 “Mi expresividad es buena, si no tienes esa confianza no puedes hacer las cosas que sabes hacer: dar un buen pase, tirar… todos los jugadores nos divertimos en la cancha. Podemos ganarle a cualquiera”
, afirma aquel que cree que, tras la presión, toca “jugar como antes”.

 

Bandera griega a una mano, camiseta de Toquero en el torso. Sonrisa sin mesura, ambición con sobrecarga. Un grito, mil. Brazos al viento, al mismísimo cielo de Miribilla. El pabellón se cae. El pabellón cree. Su equipo confía. La locura enciende la mecha.



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¿Diversión, locura? ¿Y qué más da el nombre? ¿Y quién es el loco en este caso, el que sueña o el que baja los brazos? ¿El que grita y jalea o el que no siente?

“El individuo bien equilibrado está loco”
, escribía Bukowski. Quizás en Miribilla, el equilibrio en la serie empiece por ahí. Por la locura. Por su chispa. Por la diversión. Por Vasileiadis.

 

"Hola, me llamo Erazem Lorbek y soy tan bueno que consigo que parezca que tú también podrías dinamitar una #FinalACB sin despeinarte"

No sé bien por qué puse esta frase en Twitter y aún menos por qué más de 50 personas la “retwittearon” por la noche, pero sí que Lorbek, Erazem Lorbek, fue un factor diferencial demasiado grande como para que el Bizkaia Bilbao Basket tuviese alguna opción este jueves. Menuda perogrullada decir eso de alguien que acabó con 24 puntos y 28 de valoración, ¿verdad?

Pablo Malo de Molina
se sumergía en una orgía de números y datos que hacían aún más grande el encuentro de Lorbek. “Me lo pido para el blog”. “No, no, ya voy a hacer yo un artículo con sus cifras”. Y lo hizo. 59-35 con él en la pista, 15-24 para el Bilbao sin su presencia, récord en Playoff y la curiosidad que sus tres topes anotadores de siempre en ACB han sido frente a los bilbaínos.

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¿Y de que escribo pues? De sensaciones. De ese pequeño universo donde el esloveno siempre sale vencedor, digan lo que digan los números. “La frialdad se ha fijado en mi recuerdo; era tan fría, ¡tan fría!, que al estrecharla en mi pecho su corazón no latía”, escribía Niestzche.

Este jueves el corazón de Erazem no latía. Frío como el témpano, sin escrúpulos, se propuso romper el partido sin hacer ruido. Y eso es tan complicado como hacer bailar sin música. Sólo unos pocos, fríos todos ellos, lo consiguen. Un triple por aquí, otro por allá, un tercero para romper el partido.

“Sin fallo. Bailo en la zona y la dejo dentro, muestro mi juego de pies y mareo al rival, por aquí, no… por allí, y vuelve a entrarme. ¿Qué me vienen tres rivales? Pues la doblo y canasta. ¿Qué me dejan solo? Tiro a 5 metros y acierto. No fallo. Tan suave, tan sencillo y tan frío que parece imposible hacerlo”.

Ya lo hiciste en cuartos de final, contra Unicaja, con números menos estridentes pero una actuación decisiva. Repetiste en semifinales, con un choque a un nivel casi tan alto como el primero de la final, que ya es decir.

“Asesino silencioso” te llamaba Pep Sales, aturdido por la exhibición y por lo fácil que parece el baloncesto con jugadores que lo tienen tan claro. ¿A que parecía que cualquiera de nosotros repitiendo el poco complejo guion éramos capaces de imitarle? Ahí reside su grandeza. La sencilla frialdad.

Empero, no solo de Lorbek vivió un Regal Barça que, y ya perdimos la cuenta, vive, actúa y morirá, si hace falta, siempre como un equipo. Solo Ricky Rubio se quedó sin anotar un punto, aunque el base de El Masnou ofreció un par de guiños nostálgicos que recordaron a su mejor versión. Esa asistencia tras pasarse el balón por la espalda y ese tirarse al parqué, con toda su alma, para rozar un balón y convertirlo en pase. Y en dos puntos. Rickyrubiesco.

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Soberbio Perovic, cuya puesta en escena asustó. En sus primeros 6 minutos, 5 puntos sin fallo, 4 rebotes, 2 robos, 1 tapón, 1 asistencias, 1 falta forzada y 14 de valoración. Si el segundo hombre con menos minutos durante la regular es capaz de eso, es para pillar un trauma. Y al Bizkaia Bilbao Basket le costó salir de él.

Cada vez que lo intentaba, otra puñalada de talento. El primer balón que tocaba Ingles acababa en triple, Grimau lo hacía todo bien y Ndong no se aburría de tocar y atrapar todo balón que rechazaba el aro. Si el día en el que entre Navarro y Anderson suman un 7/22 de tiros de campo el equipo sigue sin inmutarse, apaga y vámonos.

No tan rápido. Que enfrente está el Bizkaia Bilbao Basket. “Setecientas vidas para un sueño”, recordemos. Que las tienen, que las tienen de verdad. Banic decía hace 48 horas que ni un 0-2 les aterraba porque estaban preparados para cualquier escenario posible. Miribilla también. Aunque volver a casa con 1-1 convertiría el reto en sueño. Y de esto, en Bilbao, han aprendido mucho esta temporada…

Hoy no te puedo preguntar que sientes. Hoy no. Lo sé. Lo sabe todo el baloncesto. No disimulaste nada e hiciste bien. Ocultar una alegría es como tan frustrante esconder un amor.

¿Te acuerdas cuando te ilusionaste en verano con Aaron Jackson y nadie te terminaba de creer? Ahora los escépticos son sus mayores fans. ¿Cómo se puede tener tanta hambre, comer tanto en pista y no empacharse jamás? ¿Cómo alguien tan eléctrico no deriva en cortocircuito? Sus cinco últimos minutos, con sus virtudes y fallos -¿los tuvo?- son para grabarlos y enseñárselos a las generaciones futuras, con moraleja incluida: “Creer es ganar”.

 

O. Omeñaka/EFEDOS

 

Tú también, Dimitrios. Te mereces un monumento. Vaya Playoff te estás marcando. ¿Cómo lo haces todo tan sencillo? Viéndote uno mismo piensa que podría salir a la pista y decantar las semifinales con un par de buenas acciones. Tu  seguridad en el momento de la verdad -5/5 en los últimos dos partidos, 17/26 en el Playoff-, tus gritos de rabia tras cada acción positiva y tu fe, infinita, bien valieron una final.

 
Axel, cuéntanos cómo lo hiciste. Desafiaste al tiempo, a la gravedad, a la misma lógica. El aro pasado del belga es una de esas acciones que marcan eras completas, como el no-triple de Ansley o aquel final de Creus. “The shot”, versión Miribilla.

Los números mienten en ocasiones y dicen medias verdades en otras. A veces, solo a veces, se les escapa alguna verdad. Por ejemplo, a la hora de medir la concentración cuando más cuesta mantenerla. 29/31 en tiros libres… ¡94 % en el partido más importante de la historia del Bilbao Basket! Si alguien aún duda de ti, golpéale con ese dato en la cara.

 

“El TAU Cerámica enseña al Lagun Aro Bilbao lo dura que es la ACB”, titulaba ACB.COM en tu debut en la elite, allá por 2004. El cambio de nombre es el menor de los detalles en tu metamorfosis. De aquel 57-104 con el que la ACB te dio la bienvenida a este pase a la final hay un camino de 7 años, con paso firme y seguro, las cosas bien hechas, coherencia. Crecimiento sostenible, que diríamos en otro terreno.  


Los adolescentes siempre tienen prisa por crecer, mas te hiciste adulto sin perder la perspectiva y sin dejar de pisar el suelo. Ahora te toca volar solo, en el reto más apasionante que te has encontrado jamás, el de la final.


Del bucle de la historia –hasta cinco veces la has hecho en este Playoff, uno por triunfo-, al topicazo de los sueños -¡que es una realidad, no un sueño!-, tu camino ya está escrito. Tinta negra, elegante, imborrable, de esa que aún gana valor con el tiempo. Ahora está en tus manos cerrar el libro con el epílogo soñado por los tuyos, que hoy lloran lágrimas entre sonrisas recordando tu machada de anoche, o dejar abierto un final, una esperanza, un “continuará”…

 

O. Omeñaka/EFEDOS
 

 


Es la magia de la primera vez. La primera vez que ves el mar parece más azul que nunca, el primer día que vas al colegio solo te sientes el niño más maduro del mundo y el primer beso te provoca pensar que estás perdidamente enamorado. Pero lo tuyo no es una ilusión, Bilbao Basket. No es espejismo sino machada y heroicidad


“Uno no sabe lo que es la sed hasta que bebe por primera vez”
, escribía Carlos Ruiz Zafón.  Desde ahora tendrás sed, sí, y quizás las gestas del ayer o del mañana te parezcan un poco menores si las comparas con esta. No sería justo. No serías justo contigo mismo.


Gestos, detalles, celebraciones. Lo vivido anoche en Miribilla, por más que hubiera cámaras como testigos, sólo lo sabréis el pabellón y tú, cómplices ya eternos. Y entre vosotros quedará a salvo el secreto más emocionante que vivistéis jamás en el baloncesto. Te espera ahora el Palau, que te hace un hueco encantado. Un lugar con tanta historia crece con visitantes capaces de reescribirla día a día.

¿Qué sientes, Bilbao Basket?

¿Qué sientes cuando tantos sueños empiezan por ti? ¿Qué sientes cuando el cielo se viste de negro?

La primera victoria en Playoff, historia. El primer billete a siguiente ronda, historia.  El primer triunfo en semifinales, el segundo… historia, historia.  Maldita sea, ¿no te cansas de esa palabra? Ya has cumplido tus deudas con ella, ahora solo juegas por ti.

 

 

 

¿La notas? ¿Notas la electricidad de Aaron Jackson? Se siente mago y lo es, aunque su mayor truco no lo hace con el balón. ¿Cómo diablos un tipo de Connecticut parece nacido en la mismísima Plaza del Gas?

El Real Madrid se puso a 5 e intentó meterte miedo hasta que apareció Banic. Ese rebote al final del tercer cuarto. Ese 2+1. Ese grito desde el mismísimo parqué. Cambiaste las tornas, Marko. Ahora te temían a ti. Os temían a vosotros.

Cómo no hacerlo. La muñeca de Blums, como aquel día frente al Power Electronics Valencia. El hambre de Vasileiadis, la constancia de Hervelle, la seriedad de Fisher, la sobriedad de Mavroeidis, el compromiso de Warren o la experiencia y clase de Mumbrú.

“Esto es un baloncesto de ‘nosotros’, no de ‘yo’”
, decía el escritor de sueños Katsikaris al término de partido, con sonrisa de oreja a oreja. Supiste implantar tu filosofía. Creíste en ellos y te creyeron. Ahora el baloncesto cree en vosotros.

Te toman en serio, Bizkaia BB. ¿Cómo no hacerlo tras eliminar a esa máquina taronja de Pesic? ¿Acaso no demostraste, incluso en tu derrota, que para ganarte una guerra tienen que vencerte en mil batallas?

“Setecientas vidas para desafiar a la historia”, titulábamos en la segunda crónica. Quizás tengas aún más. Sobreviviste con agonía y ahí tienes tu recompensa. Disfrútalo, saboréalo, porque esto es un premio que te has ganado por ti mismo.

 

 

 

La final está a un paso, el más largo. A un escalón, el más alto. Pase lo que pase, mira a tu público. Tras tanto asombrar, déjate hipnotizar tú por un día. Repasa cada cara de ilusión en la grada, escucha cada chillido de ese infierno en vida teñido de negro. Piensa en el futuro, cuando los tuyos vuelvan a hablar de ti, bien porque llegaste a la final, bien porque la ganaste o bien porque fuiste uno de los semifinalistas más dignos que la ACB jamás haya visto. Lo harán. Lo haremos.

Dicen que el verdadero éxito consiste en obtener lo que se desea y, la felicidad, en disfrutar lo que se obtiene. Sonríe, Bizkaia Bilbao Basket, sonríe. Tienes motivos de sobra. ¿Qué sientes ahora?

"Cualquiera puede hacer historia, pero solo un gran hombre puede escribirla”, repetía Oscar Wilde. Ese hombre es griego, como no, cual hijo de la filosofía helena post-moderna. Se llama Fotis Katsikaris y está a cuarenta minutos de ser inmortal en la eternidad de Bilbao.


Partido perfecto el planteado en su pizarra, con su equipo planteando batalla desde las trincheras en el primer periodo, apostando por la locura en el segundo y jugando con su ventaja tras el descanso. Cruda paradoja la del técnico que enamoró a Valencia para, años después, poder ser verdugo en la tierra que le permitió crecer.

 

 

ACB Photo/M.A.Polo
 

 


Hace un año y pocos meses, el Bizkaia Bilbao Basket coqueteaba con el descenso hasta que el “Factor K” del griego le permitió escalar hasta rozar el Playoff. Este año sí hubo tiempo. También para el primer triunfo en la trayectoria del club en la fase por el título. Sin embargo, para Katsikaris la única historia posible es la del futuro inmediato: "El domingo hay una oportunidad muy grande de hacer historia".

Bilbao sueña y lo puede hacer. Esta victoria vale más que una victoria. Este estreno en cuartos es más que un estreno en cuartos. Las matemáticas nunca se llevaron bien con la lógica. Las barreras caen, el equipo crece, el orgullo aumenta, el futuro se estremece. ¿Cómo no van a temblar los aficionados del Bizkaia BB tras un partido de tan alto voltaje? La emoción es la antesala de los sentimientos más encontrados, la impotencia y la euforia. Hoy el Guggenheim duerme en la otra orilla.

Dos teóricos secundarios, Mavroeidis (22 de valoración) y Hernández-Sonseca (18) como mejores del partido, marcando sus mejores números de todo el año el día que más hacía falta. Equipo, en Bilbao hay equipo. Si no, no se explica que con un día gris de los cuatro jugadores que más han anotado durante la temporada (10/26 en el tiro entre Banic, Jackson, Mumbrú y Warren, con únicamente 27 puntos entre todos… 15 menos que en liga regular), el conjunto haya controlado el partido en una de las canchas hoy por hoy más difíciles del viejo continente de forma tan insultante.

La dirección silenciosa de Fisher, el paso al frente de Hervelle, el impulso inicial de Vasileiadis… o incluso la llegada a tiempo y explosiva del propio Aaron Jackson, con canastas de sello playground cuando el balón más quemaba. Pinceladas del cuadro más bonito de “los hombres de negro”, que un día juegan, otro pintan y al siguiente hacen volar. Dominio del rebote, generosidad en la pista (¡23 asistencias!), entusiasmo, fe. Si algún día se inventa el cocktail del éxito, debería llevar esos ingredientes procedentes de allí. Del mismito Bilbao.

 

ACB Photo/M.A.Polo
 

 

Restan 40 minutos, un inmenso mundo. Universo con el Power Electronics Valencia al otro lado. Nadie ganó más en ACB desde que Pesic llegó al club. Nadie venderá más cara una derrota o una eliminación. Pero en Bilbao, por una noche –la del sábado será la de los nervios, de esos que se tienen en la Noche de Reyes-, los amantes al baloncesto dormirán en una nube, soñando con y sin almohada y repitiéndose, entre el orgullo y la excitación, que el domingo Miribilla se tiene que vestir de gala para celebrar el partido más importante de la historia del club. ¿Acaso no lo es?

Nada más que con el primer triunfo en un Playoff, el Bizkaia Bilbao Basket ha hecho historia. Cualquiera puede hacerlo, que diría Wilde. La segunda y el billete a semis ya no son terreno para mortales. El escritor Fotis desea llenar otra página. Su público, protagonizarla, leerla y enmarcarla. Tan solo 40 minutos…

Una mexicana, una italiana, una argentina, un par de españolas y otro de estadounidenses. No es un chiste sino el número de películas con ese apellido. Cuatro telenovelas, seis canciones, algunas trilladas hasta el hastío. Nada, nada servía para explicar su significado. Nos tenían engañados, si es que alguna vez hemos dejado de estarlo.

 

Ilústranos tú, RAE:

 

“1. f. Perturbación anímica producida por una idea fija.

 

2. f. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente”.

 

¿Y lo tuyo que es, Juan Carlos? Como el que ama y odia al mismo tiempo, consciente de la fatalidad de sus sentimientos, totalmente hipnotizados y cautivos. Como aquel con solo tiene un deseo, un reto o una persona en su cabeza. Navarro y el Unicaja. El Unicaja y Navarro. Amor imposible, enemigos habituales, pasión desatada y sin mesura. Obsesión, pura obsesión. La verdadera película para explicar el concepto la hace él. Director, guionista y protagonista.

 

Hace 13 años, un chico maravilla al que le apodaban “Bomba” se presentó en Málaga sin currículum, sin ser aún campeón del mundo y casi sin vello fácil, anotando 9 puntos en 10 minutos.

 

Sería el principio de un binomio con un claro ganador. 17 puntos en el Playoff 2000, 24 de valoración en la campaña siguiente, 20 puntos en la 2002-03 y unas semifinales de 2004 de auténtico verdugo, con 16,5 puntos de media (24,5 val) en los dos primeros partidos de semifinales para acabar sentenciando al Unicaja (20 val. aquel día) con un 0-15 final culminado con sus tiros libres.

 

 

Foto EFE
 

 

 

En 2006, el año en el que Unicaja se proclamó campeón de la ACB, Juan Carlos Navarro despertó del sueño europeo a su rival preferido, que tenía en su mano una oportunidad histórica, con 18 puntos en el Top16, incluidos dos tiros libres finales para llevarse el partido de Málaga. A la campaña siguiente, 14 puntos para eliminar al Unicaja de su Copa de Málaga. Solo el mítico triple de Pepe Sánchez pudo enterrar la maldición tras una serie de cuartos de Euroliga en la que el escolta barcelonista había promediado 20 puntos (23 val) hasta ese momento.

 

Sus 17 puntos y 18 de valoración en la 2007-08 fueron el anticipo de una exhibición sin precedentes en la prórroga del Palau, con Juan Carlos anotando todos los puntos de su equipo (11), por solo 10 de un Unicaja que se quedaba con la miel en los labios. En la vuelta, otros 25 puntitos marca de la casa, aunque más aún dolió en Málaga su actuación en semifinales, con 26 puntos y 6 asistencias en el primero y 18 puntos definitivos en el tercero para cerrar la serie en Málaga.

 

En la pasada campaña, porque las tradiciones nunca hay que romperlas, la estrella barcelonista despachó con 13 y 18 puntos respectivamente a Unicaja, antes de hacerle 18 de media en cada uno de los tres partidos de semifinales. ¿Resultados? Una víctima, Unicaja; un clasificado, Regal Barça; Un héroe, Navarro.

 

El escolta prolongó su masacre verde de cada año en esta temporada 2010-11, con 25 puntos en el Martín Carpena, 18 en la última jornada de la regular y otros 17 en solo 22 minutos de juego, liderato incluido de su equipo, en el partido que abría los cuartos de final. Unos cuartos que ahora están pintados de blaugrana por el empeño del que quiso pintar sobre rancio lienzo, del que dio color a un gris que parecía sólido.

 

Ni el paso de los años, ni las propias estadísticas, que deberían hacerle fallar algún año. Ni siquiera su eterno amigo y rival Berni Rodríguez, que solo puede frenar su aportación en los partidos de Málaga. ¿Quién diablos frena la herida del que sangra verde? La pregunta lleva 13 años sin respuesta.

 

 

ACB Photo
 

 

 

“Si estás pensando venir por mí, nunca te enfrentes a quien no teme morir”, cantaba el grupo Rata Blanca en su canción "Obsesión" allá cuando el barcelonista aún iba al instituto.

 

Y es que para las maldiciones hay conjuros. Para las obsesiones, no. Aunque… ¿contra qué equipo no ha tenido antes o después una obsesión Navarro? Se hizo el silencio.

Este pasado domingo fue un día especial para unas personas muy especiales. Era el fin de fiesta del equipo infantil de mi club y las jugadoras y los padres habían organizado una jornada de confraternización. Prepararon un partido donde jugaron padres y madres contra hijas en lo que sería el previo a la comida que cerraría la temporada.

 

Este tipo de jornadas hablaban muy bien del ambiente del equipo de los lazos de unión que se crean dentro de él. Ya no es sólo que las jugadoras sean auténticas amigas o que exista una fantástica relación entre las jugadoras con su entrenadora Maribel, sino que es increíble el ánimo y el apoyo que recibe el equipo por parte de los padres.

 

Hace unos meses tuve la oportunidad de llevar al equipo, conocer a los padres durante un corto período de tiempo y puedo asegurar que pocas veces me he encontrado con un grupo humano tan bueno. Como entrenador, tener a unas jugadoras que te respetan y quieren y unos padres que apoyan el equipo es un auténtico tesoro que hay que saber cuidar. Pero claro, todo esto no es fruto de la suerte y sin duda que la entrenadora hace mucho porque todo sea tan especial.

 

Total, que la fiesta del domingo fue de las de grabar en video y colgar en el Facebook. Lo único serio del partido de baloncesto fue el balón y las canastas porque todo lo demás destilaba aroma a cachondeo. Ver a las madres botando el balón a dos manos, a un padre con la mítica camiseta de Fernando (el jugador del Valencia CF) o a otro con una peluca pelirroja no tiene precio. Eso sí, lo mejor de todo fue ver a un padre arbitrando con unas gafas que ni el mismísimo Elton John. Era el sueño de cualquier entrenador y seguro que a éste no se le podía decir ¡árbitro, ponte gafas! Ya las llevaba... y bien grandes que eran.

 

 

 

Gafas que no le sirvieron para disimular su tremenda parcialidad barriendo para el bando de los padres. Ni una vez pitó pasos y eso que juraría a ver visto a alguna madre coger el balón de baloncesto y salir corriendo al más puro estilo rugby. Bueno y el que no corría, emulaba a LeBron James con los pasos... ay! los pasos de salida, ese gran desconocido del baloncesto, jajajaja.  

 

Entre los pasos, los dobles y la táctica futbolera de los padres, el partido fue de todo menos partido. Y es que el estado físico de algunos dejaba un poco que desear y no había más remedio que jugar con uno de libero, sin subir a atacar, y otro en permanente fuera de juego... los otros tres que corrían (poco, eso sí) eran los sufridores. Al final, y como siempre sucede en estos casos, el resultado fue lo de menos. A risas hubo empate.

 

Y tras el partido tocaba ducha, pero claro una ducha global. De salir mojado nadie se libró; las peques no respetaron a los padres o la autoridad de la entrenadora y todos pasaron religiosamente por el ritual del agua. La pista dejó de ser una cancha de baloncesto para convertirse en una piscina de waterpolo.

 

 

 

Luego llegó el momento más deseado por los padres (y leitmotiv del día): la cervecita y la comilona. Un final fantástico para una jornada genial de la que hacen más fuerte el grupo y la que todos recuerda.

 

Si no fuera por estos momentos...

[Jotas]

 

¡Feliz viernes SuperManagers!

 

En primer lugar creo que os debo una disculpa a todos los que, en mayor o menor medida, me habéis ido siguiendo por el blog en estas últimas dos temporadas. Ahora cuando veía la fecha del último post, se me caía la cara de vergüenza. Pero lo cierto es que han sido dos meses complicados: exceso de horas de trabajo, búsqueda de nuevo piso, de posibles nuevos trabajos, de nuevo alojamiento para El Rincón del SuperManager...

 

Más allá de las excusas, centrémonos en lo que de verdad nos interesa: El SuperManager llega este fin de semana a su final un año más. Pero lejos de encontrarnos el paseo por los Champs Elysées que se ganó el año pasado Koke Martínez, partiendo con 63.4 puntos de ventaja, la presente edición llega a la última jornada con un número indeterminado de candidatos al triunfo final. A los cuatro primeros, alefórum, Manu_Ochando, jep e ivansjg, les separan apenas 9.8 puntos, mientras que en la ventaja que tuvo Koke el año pasado hay 12 equipos.

 

No cabe duda: no hay favorito y la única estrategia válida pasa por ARRIESGAR. El que intente ser conservador y calque el equipo de uno de sus predecesores, habrá perdido sin empezar la jornada. Así que el objetivo debe ser montar un equipo único, inigualable por sus rivales... y que sea mejor que el suyo. Misión imposible a la que contribuye el tener 4 cambios disponibles para esta última jornada. El espectáculo está asegurado; lástima que quizá no tendremos la oportunidad de seguirlo en tiempo real como el año pasado.

 

Pero si la general está apretada, no menos lo están las ligas privadas, ese maravilloso invento que permite que hasta los peores managers como un servidor, tengan algún aliciente en la última jornada. Si os acordáis, a principio de liga os presenté a eMe y os invité a que os picaseis con nosotros en una liga con equipos hechos en la jornada 4. El cuñao pronto se descolgó del pelotón; Jotas, quién lo hubiera dicho, llega a esta jornada 2º y a apenas 3.6 puntos del líder, el alicantino elpek, que curiosamente firmó apenas 27 puntos en la jornada inaugural (...)

 

Descartadas mis posibilidades de entrar en el top500 (seré top 1000) y sin nada que jugarme en otras privadas, ganar una liga privada pública (valga la paradoja) como ésta creo que sería un magnífico broche a la temporada. Como en la liga de los buenos, solo nos vale arriesgar, aunque yo daré una pequeña ventaja, poniendo mi equipo y mi razonamiento sobre la mesa:

 

  • Tres equipos se juegan ser o no ser en esta liga. Las ganas y el esfuerzo que van a poner sus jugadores no los vamos a encontrar en el resto de los equipos. Aunque también juegan con un puntito mayor de presión, creo que es bueno confiar en ellos. Sobre todo viendo que alguno tendrá enfrente a hombres que casi están de vacaciones.

 

  • Cajasol y Madrid afrontan con tranquilidad el último partido tras haberse enfrentado el pasado jueves. La ausencia de motivación de los primeros y el cansancio de los segundos me llevan a pensar en que lo mejor es evitarlos.

 

  • Quizá el CAI-Alicante no es el partidazo de la jornada, pero la paz interior de ambos tras conseguir su objetivo puede hacer que más de uno saque lo mejor de sí mismo. Ojito a los jugones de este partido.

 

  • Menorca y Granada ya están en LEB, pero más de uno de sus jugadores querrá ganarse su salvación personal. Un partido no te da un contrato, pero las exhibiciones nunca vienen mal.

 

  • Y con todo eso, ojo con los partidos que puedan decidirse antes de tiempo. Que alguno de los tuyos se pase todo el último cuarto en el banco, puede ser tu sentencia de muerte

Así, mi último equipo de este año, el que tiene que remontar esos 3.6 puntos será el formado por:

Huertas, San Miguel, Valters (por De Colo)

Navarro, San Eme, Rafa M., Fitch (por Carroll)

Freeland, Lorbek, Ayón (por Nik), Báez (por Javtokas)

 

¡¡Mucha suerte a todos!! ¡¡Qué gane el mejor!!

 

Jotas

El chico maravilla ha vuelto a asombrar al mundo. Lo ha vuelto a hacer, el mejor prospect de los últimos años en los Balcanes volvió a deslumbrar con su juego, mezcla de la exquisitez de la profílica escuela  balcánica y un físico privilegiado que le hace ver el juego desde sus 2.05 –descalzo- como nadie. Un erudito, digno sucesor de los más grandes y con una ambición que no ve el horizonte.

 

Pero esta vez él no estaba solo, le acompañaba un dúo de auténtico lujo, que hizo que su participación en el Nike International Junior Tournament no fuera una mera hazaña individual para recordar en los libros de historia de la cita. Junto a Mario Hezonja y Dominik Mavra formó un trío de auténtico lujo que fue la sensación del largo fin de semana. Con un quinteto sólido, los croatas del KK Zagreb –al que los que Saric definió como “una cuadrilla de buenos amigos que juegan al baloncesto”- no encontraron rival que fuera capaz de plantar cara al extremado talento de los tres mejores jugadores croatas salidos entre el 90 y el 95.

 

Dario se llevo el MVP más merecido -20.3 pts, 12.3 reb, 6.3 reb, 29.3 val-, probablemente, de la historia del torneo, finalizando el torneo como un torbellino –casi- imposible de parar, finalizado con un triple-doble que acabó con una bella asitencia. El trío mágico, como se definió en el anexo del Palau a Saric, Hezonja y Mavra, se veía por momentos imparable, tocados por una mágica varita que les proporcionaba seguridad, creatividad, anotación y una transmisión de alegría que contagiaba a la repleta grada hasta llegar al enamoramiento. Esto sin llegar a jugar un juego colectivo redondo, ya que su juego se basaba más en las maravillas individuales más que otra cosa.

 

 

Dario Saric con la bandera de Croacia (Foto FIBA Europe / Marko Metlas)

 

El equipo más joven deslumbraba, sobre todo en el último partido de grupo en el que arrasaron al Fenerbahçe Ülker en una exhibición brutal, delante de promesas del nivel James Metecan Birsen, Erbil Eroglu o Berkay Candan. En ese partido, el trío mágico sumó 74 puntos, 32 rebotes y 13 asistencias para 107 de valoración.

 

Siempre acompañado por su padre, Pedrag Saric, Dario ha mostrado al mundo, a una grada plagada de scouters de todos los lugares de Europa y de Estados Unidos, el porqué de su mito.

 

Saric es un completísimo todo terreno de 2.05, que osa a alcanzar los 2.09 cuando se calza sus Nike blancas y rojas y desde donde ve el mundo mucho más fácil que el resto de los mortales. Una combinación de clase, físico, mentalidad, liderazgo, visión y ejecución extraordinaria, algo que le permite jugar en casi todas las posiciones, si bien su calificación más ajustada sería la de point-forward, es decir, una combinación de alero y ala-pívot, cuya misión de dirección y creación de juego supera incluso a la del base.

 

Con Saric todo fluye, él se lo guisa, él se lo come. Rebotea, sube el balón toda la pista, levanta la cabeza. Examina, manda, crea y ejecuta la acción. No duda en crear para sus compañeros, cree en ellos.

 

Hace de todo, rebotea gracias a su físico –tamaño y buena velocidad-, agresividad y habilidad; sube el balón como un base y manda la acción. Es un jugador que ve muy bien el juego, siendo capaz de ordenar, ver las ventajas y examinar. Lo hace muy bien desde el 1x1 o el 2x2, donde puede ser bloqueador o manejador. Un buen primer paso y unas exquisitas habilidades en el manejo del balón le permiten desbordar con la cabeza bien alta, oteando todas las posibilidades, si finalizar con una de sus dos ambidiestras manos llegando al aro o con un buen tiro o bandeja corto a tablero. Eso, sin ser el mejor atleta del mundo, sino una conjunción de inteligencia y fundamentos que lo hace extraordinario. En el paso de la penetración su cabeza calcula, ve el campo, siempre viendo la posibilidad de sacar un pase a tiro abierto por difícil que sea –gracias a su amplitud de visión y sus largos brazos- o a cortes al aro que crea gracias a las ayudas que recibe.

 

Pero también puede crear desde el poste bajo y medio, donde se encuentra muy cómodo. Lugares donde pide el balón sin cesar para ejecutar él mismo con un buen juego de pies al poste o poniendo el balón en el suelo en el poste medio para hacer medias penetraciones, lanzar o abrir a esquinas. Si está con un jugador inferior en físico le postea, si es inferior en capacidad atlética le rompe en el 1x1.

 

 

Su tiro no es todo lo consistente que podría. A veces abusa de algunas situaciones de tiro algo precipitadas sin haber creado nada. Su tiro es demasiado estático, no busca tiros en suspensión o raramente lo hace, aunque a decir verdad su tamaño se lo permite en cierto modo. Puede tirar con consistencia saliendo de bote, aunque tiene que ganar más regularidad y quizá algo de selección en estas situaciones, a parte de regularizar su mecánica que a veces parece distinta en un tiro y otro.

 

Ciertamente puede dominar en estos aspectos de juego, lo ha demostrado ya ante gente mayor y más física en la liga croata con el Dubrava. Sin embargo, tan solo en el primer tiempo ante el FMP le hicieron una defensa consistente, muy cerrada y algo física, por lo que ha gozado de bastantes facilidades vistas desde la defensa rival durante el torneo. Esta y su capacidad defensiva, han sido los dos aspectos que no se han podido evaluar correctamente para sacar un análisis más completo de su potencial.

 

¿Por qué? Por la pura necesidad de mantener a Saric, Hezonja y Mavra en pista todos los minutos posibles, a poder ser 40. Por ello, Saric no ha podido demostrar ningún tipo de habilidad defensiva, incluso en muchas ocasiones se colocaba en el centro de la zona dirigiendo los movimientos defensivos y avisando de bloqueos y de cortes. Aún así, es un jugador con un buen desplazamiento lateral y que combinado con sus brazos, tamaño y agresividad pueden hacer que sea un más que correcto defensor en un futuro.

 

Más allá de lo puramente técnico, verle jugar es un espectaculo. Es un auténtico líder. Organiza a sus compañeros, echa broncas por errores, dirige y gesticula. Cada canasta clave la celebra como si fuera el tiro ganador de la Euroleague. Es ese tipo de jugador que al verlo no tiene término medio, o lo amas o lo odias.

 

Hezonja y Mavra, sus dos fieles escuderos

 

Pero él no estaba solo en esta aventura. Dos buenos jugadores le acompañaban como fieles escuderos: Mario Hezonja y Dominik Mavra.

 

Mario Hezonja -21 pts, 7.8 reb, 1.1 ass, 22.1 val-  es el que parece que tiene mejor futuro y es que estamos hablando de un jugador de edad cadete,  es decir, dos años menor de la media del torneo. Mario es un swingman –un jugador entre las posiciones de escolta y alero- con una extraordinarias condiciones físicas y atléticas. Mide 1.98, es pura fibra, tiene una capacidad de salto extraordinaria y es rápido. Algo que le permite ir al rebote con extraordinaria fuerza y eficacia.

 

 

Machaca Mario Hezonja (Foto Jordi Montraveta)

 

Es muy completo ofensivamente, gracias a sus habilidades físicas y a un buen manejo de balón. Puede tirar desde fuera y en suspensiones de media distancia tras bote, aunque también de larga. Realmente letal en situaciones de recibir y tirar, con un tiro muy rápido, con buena mecánica y puntería. Puede atacar el aro gracias a una buena gama de soluciones técnicas con las que atajar obstaculos, su potencia y un buen primer paso. Es muy agresivo finalizando y además puede doblar balones.

 

Donde más agusto se siente es con campo abierto, donde se convierte en un jugador muy poderoso, buscando siempre el aro de forma agresiva y viendo el juego a su alrededor. Él es el que ha dejado las jugadas más espectaculares del campeonato, en forma de tremendos mates –no duda en ir a reventar el aro esté quien esté por medio- o de contrataques en los que se ha atrevido a hacer autopases y caños. Sin duda, se trata de un jugador espectacular y con un futuro brillante.

 

El otro acompañante en este trío mágico es Dominik Mavra -21.3 pts, 7.5 reb, 3.3 ass 27.8 val-, un escolta que también ha tenido sus minutos como base nacido en 1994 –de la edad de Saric y un año más que Hezonja-. En sus 1.94, Mavra ha dado un salto de calidad en estos últimos meses gracias a su experiencia a nivel senior. Su explosión le ha llevado a ser de lo mejor del torneo, teniendo minutos totalmente locos en anotación, como en la segunda parte ante FMP.

 

 Dominik Mavra (Foto Euroleague/Getty)

 

Mavra es un anotador, sobre todo a través del tiro, aunque su manejo y velocidad le hacen también poder atacar el aro directamente. Pero sobre todo su juego se basa en un tiro muy rápido y que se puede crear él mismo, mayoritariamente en suspensiones letales en media distancia. Gana muy fácil el espacio con un paso muy rápido para recular y ejecutar, ahí es letal, tiene unos porcentajes altísimos en la media distancia. Además también puede tirar desde fuera, rebotear y pasar el balón, si bien, cuando juega en la posición de “uno” ha abusado demasiado del sobredribbling y forzando muchas opciones de tiro para él.

 

Finalizamos, con una mención especial para el pegamento de este equipo Filip Knezevic, un jugador que pese a su poca visibilidad y brillantez ha sido un factor fundamental en el rendimiento estelar de las tres figuras clave del equipo y jugadores con un futuro más prometedor.

Jon de la Presa
Querida afición de Salamanca,

Escribir esta carta se hace realmente difícil porque supone un final o, por lo menos, un punto y aparte a una etapa maravillosa de mi vida. Sin embargo, hay momentos en los que hay que tomar decisiones, incluso dolorosas, que forman parte de nuestro camino como profesionales y personas.

Este es uno de esos momentos, pero no quiero ni puedo marcharme de esta maravillosa ciudad, que me ha acogido con los brazos abiertos desde el primer día, sin antes agradecer de todo corazón el apoyo que me han dado todas las personas que han estado a mi lado.

En primer lugar, quiero dar las gracias al Club y a sus directivos por haber confiado en mí a los 19 años, y por darme la oportunidad de crecer tanto personal como profesionalmente a lo largo de todo este tiempo, en el que siempre me he sentido querida, apoyada y respetada. Asimismo, mi agradecimiento a los patrocinadores y a todos aquellos que, de un modo u otro, aportan su granito de arena para que este proyecto salga adelante una temporada tras otra.

Mi recuerdo y agradecimiento a todas las compañeras que han formado parte del equipo a lo largo de estas cinco temporadas inolvidables. Ellas me han ayudado a ser mejor jugadora y me han hecho sentir, en todo momento, parte de una gran familia. Fue un orgullo que me eligieran como capitana del equipo durante las últimas campañas, función que he tratado de desempeñar de la mejor manera posible para estar a la altura de lo que ellas y el Club merecían. Por supuesto, no puedo olvidarme de los entrenadores que he tenido. Sus enseñanzas, confianza y apoyo en cada una de mis decisiones no tienen precio, y también han sido vitales para mi progresión.

Agradecer también a los medios de comunicación todo el seguimiento, la atención y el trato que he recibido en todo momento.

Y, por último, pero no por ello menos importante, sino todo lo contrario, quiero agradecer a la “Marea Azul” todo el cariño y apoyo que el equipo y yo en particular hemos recibido, tanto en los buenos como, sobretodo, en los malos momentos. No podía marcharme sin antes compartir con todos vosotros los títulos que merecíais y por los que tanto hemos luchado todos juntos.

Con vosotros he vivido la que es, hasta el momento, la mejor de mis experiencias como jugadora gracias a vuestros ánimos incondicionales, a los que he intentado corresponder con entrega, lucha, dedicación y profesionalidad. Quiero mostraros una vez más mi gratitud por haber caminado siempre junto al equipo y por haber soñado con nosotras. ¡Sois el corazón y el alma del Club!

Aquí, en Salamanca, he aprendido lo que es el sinsabor de la derrota, llorar por quedarnos a un paso de alcanzar un sueño, levantarnos tras una decepción, seguir creyendo, madurar y, finalmente, experimentar la felicidad por alcanzar una recompensa como la de esta última temporada, en la que se han hecho realidad gran parte de mis sueños. Por todo ello, no podía marcharme sin antes deciros que siempre os llevaré en el corazón. ¡No cambiéis nunca!

Sílvia Domínguez.
S.Domínguez

¿Nunca habéis sentido que el baloncesto es una válvula de escape? Siempre he considerado que, en ocasiones, este bendito deporte actúa como medicina que no se receta para problemas sin diagnóstico clínico. A veces el mundo se detiene un momento, te bajas de su frenético y a veces cruel caminar y te quedas sólo con tu equipo y el baloncesto. Este domingo, para mí, el baloncesto fue como coger aire fresco.

 

Además, el partido era de esos que como entrenador quieres jugar, pero que como jugador lo deseas por encima de todas las cosas. El rival nos había ganado en casa, su apuesta es la contraria a la nuestra (no entiendo cómo se puede dar un discurso positivo sobre la salud del baloncesto femenino cuando en las categorías de base la mediocridad se instala por el deseo de ganar en lugar de formar) y el ambiente que se fue creando es de los que hace más dulce la victoria.

 

Porque sí, el ambiente fue de todo menos agradable. La mala educación está claro que no entiende de edades, pero sigo sin entender como unos padres pueden insultar clara y abiertamente a jugadoras rivales. Y no fue una cosa de los nervios finales sino desde el principio. Como entrenadores ya habíamos avisado del problema educativo que hay en el colegio donde jugamos, si ganan va bien pero como las cosas se les tuerzan son capaces de llamar "hija de p..." a una niña de 15 años.

 

Y conforme se puso el partido tuvimos la suerte de tener un buen arbitraje (gran detalle el que tuvo uno de ellos al dirigirse a una jugadora y animarle ante los insultos del público). Vale que yo me quejé como pocas veces antes, que no me gustó que la violencia (sí, violencia) con la que se empleó el equipo rival no fuera castigada y que, al contrario, la apuesta por el baloncesto formativo se penara con faltas en nuestra presión a todo el campo. Claro esta es mi visión y los pobres colegiados la escucharon durante cuarenta minutos, los mismos en los que no dejé de motivar al equipo.

 

Porque hay partidos donde tus jugadores necesitan de tu táctica, de que seas capaz de leer el partido, pero en días como el de esta semana el partido era emocional y tú no eres entrenador sino psicólogo. De primeras para quitar nervios, luego para levantar el 22-10 con el que terminó el primer cuarto. En la segunda mitad había que provocar una reacción (más visceral que no de juego) y al final había que animar para golpear al rival donde más le dolía, en su orgullo.

 

No fue fácil, pero sí divertido. Al final del partido un árbitro me dijo que me calmara que cualquier día me podía dar algo, pero es que no me conocía. Básicamente cuanto más me insultan o me provocan, más me crezco y motivo. Y eso pasó cuando, en un lance de juego ante la agresividad desatada por un rival que ya se veía por debajo en el marcador, una jugadora mía golpeó con el codo a una rival... mientras intentaba lanzar a canasta. Rápidamente ordenamos que pidiera disculpas por un lance fortuito, pero el adversario no lo entendió y ya no sólo el público, sino que jugadoras y entrenador cruzaron la frontera de lo deportivo... eso fue su perdición.

 

El tiempo muerto siguiente fue muy claro y aleccionador: Nosotros jugamos a BALONCESTO y cuanto más BALONCESTO se juegue mejores seremos. Ahora yo no era una cuestión de ganar por la clasificación o nuestro amor propio, teníamos que ganar por todos los maleducados (un aficionado entró dentro del campo para gritar en la cara a un árbitro) que querían sacarnos de nuestras casillas. Pero ay amigos! uno puede ser bueno, regular o mal entrenador, pero lo que sí tengo claro es que se me da bien motivar al equipo y las jugadoras entendieron que era el momento de sacar todo el orgullo que llevaban dentro.

 

Nota: Quítenle todo el tono bélico del discurso y quédense con el valor emocional del mismo

 

Siempre les hablo de partidos de 40 minutos, de trabajarlos, de agarrarse al parqué en los malos momentos (clave fue el no venirse abajo al comienzo) y de volar en los buenos... pero a falta de 35 mis jugadoras hicieron click y dinamitaron el partido. En un partido emocional, siempre hay alguna canasta que vale mucho más que su propio valor cuantitativo. Sucedió con un 3+0, sí un triple anotado a tablero más adicional fallado. Era el castigo para los que apuestan por una zona que solo espera el fallo y solo se sostiene por la altura de sus jugadoras.

 

Ya estábamos allí. La hostilidad del ambiente había despertado al escuadrón de pequeñas avispas que está hecho mi equipo. El enjambre empezó a zumbar en los oídos del rival y a picar con una presión que, ahora sí rompía el partido. Mirad mi equipo es de 12 jugadoras, 12 tías honestas, justas de calidad pero de voluntad infranqueable que este año ha crecido en confianza a base de hostias y esta semana dieron toda una lección de madurez. No desistieron cuando la cerrada zona rival les provocar tirar a la primera, no cesaron en su empeño cuando la presión fue castigada con faltas y canastas por no hacerla bien. Sabían que, tarde o temprano, quien trabaja bien obtiene recompensa.

 

Con una rotación real de 10 jugadoras, el rival debía de ahogarse físicamente y así sucedió. Mi equipo, mucho más fresco que el rival, comenzó a robar los balones que antes no podía, llegó a cortar pases que antes eran canastas y, sobre todo, creció en animosidad (sinceramente, solté un par de ¡vamos! que ni el mismísimo Rafa Nadal).

 

Y claro, con el triunfo final explotó de felicidad el equipo. Verles el rostro de satisfacción es la recompensa con la que nos quedamos los entrenadores. En mí interior sé que hice el planteamiento correcto (en vista que mis pivots eran más bajas, aposté por aleros como interiores para crear desajustes con la versatilidad y movilidad de ellos), soy consciente que el enfado de la grada y las jugadores fue por el dominio emocional del partido por nuestra parte, pero todo ello no sirve de nada si mis jugadoras no hubieran sonreído al final del encuentro.

 

Lejos de la efusividad del momento estaba calmado y sereno. No puede haber mayor satisfacción de ver a tu equipo entregado a tus ideas y que estas les hacen felices... y eso no se muestra externamente se luce por dentro con mucho orgullo Tantos días de duros entrenamientos, de exigencia sin premio merecieron la pena por ver lo fuerte que gritaban en mitad de la pista tras haber ganado un duro partido. Fue lo justo para unos y otros.

Como todo equipo, el nuestro tiene sus hábitos, sus tradiciones y costumbres que se respetan dentro del vestuario. Ya sé que muchos equipos hacen a lo largo del año concurso de tiro y que al final del año con las preceptivas cenas se entregan medallas o premios.

 

Ésta es una opción que todavía no he utilizado, básicamente porque: A) si es concurso de tiro nos podemos tirar media hora para meter dos triples y B) si hay premios implica que los entrenadores debemos gastarnos dinero y uno es fiel devoto de la cofradía del puño cerrado ¡No se me escapa ni un céntimo de euro!

 

Ahora bien, lo que sí hacemos es poner multas. De estas hay de dos tipos: las de régimen interno de los entrenamientos y la de los partidos. Nosotros tenemos estipulado que la persona que avise más tarde de las 15 horas del día de entrene o llegue 11 minutos tarde paga una multa de un euro. Esto tiene un problema y es que mi móvil echa humo a eso de las tres menos cuarto y supone que mis juniors interrumpen mis sagradas siestas. Es increíble el número de SMS que tengo a las 14:55, aunque de vez en cuando a alguna se le pasa el tiempo y lo envía tarde. La semana pasada cacé uno a las 15:02 ¡zas, un euro para la hucha!

 

Porque sí, tenemos una hucha y no pequeña precisamente. Me la regalaron por navidad (vaya regalo que me hacen, es como cuando regaláis algo a vuestros padres pero sabéis que acabará siendo vuestro) y dentro de poco esa hucha va a empezar a recibir pasta a mansalva porque también hay multa si no se llega a un porcentaje de tiros libres.

 

Los fieles sufridores de este blog recordarán que el año pasado mi equipo palmó en cuartos de copa por los tiros libres. Pues bien, este año pusimos una norma: si el equipo anota menos del 60% paga un euro cada jugadora, si está entre el 60 y 65% nadie paga y si superan el 65% los entrenadores pagamos. No lo tengo muy claro si pagamos 1 o 10 euros (espero que no pero si es esta última cantidad es por el exceso verbal de Román, mi segundo entrenador) porque ¡todavía no nos ha tocado pagar!

 

De 20 partidos sólo en dos ellas se han librado de pagar (hubo un mítico 63,3% errando los dos últimos del partido -gracias, Patri- y en el resto no han llegado a ese 60% ¿malas? Sí, pero a nosotros la cena de final de temporada nos va a salir por la cara. De hecho estoy pensando seriamente irme a Ibiza con el pastizal que adeuda el equipo.

 

La cuestión empezó como reto a las jugadoras para que se centraran en la importancia de los tiros libres y hasta cierto punto a funcionado ya que de no llegar al 50% ahora casi nunca bajamos del 55%, pero claro cuando, días como el pasado domingo, empiezas el partido con un bonito 0/6 hay cosas que no remontas. Total que hay gente que debe la bonita cantidad de casi 30 euros y ahora estamos gestionando los pagos porque ya hay jugadoras que nos están avisando que no podrán pagar todo de golpe. Yo pienso que a malas siempre pueden una línea ICO que he visto en la tele que el banco no pide aval.   

 

Bueno esta es una de las costumbres que tenemos pero la que sin duda más me interesa a mí es la de los cumpleaños. Comenzó como gracieta pero ahora ya es casi norma estricta el traer a los entrenamientos pasteles cuando una jugadora cumple años. Los entrenadores somos unos gordacos de cuidado y contamos con dos estómagos (uno dulce y uno salado) por lo que somos capaces totalmente de comer una tarta a las 21 de a noche y luego cenar... ¡y tomar postre! Ahora que mis jugadoras no se quedan atrás eh. Un día trajo unas galletas caseras y no veáis como todas sacaban codos y peleaban la posición para coger galletas ¡Ay si el balón fuera una Chip ajoy! No se nos escapa ni un rebote.

 

Esta es una foto momentos antes de que la cumpleañera se llenara la cara de chocolate

 

PD: Digo de traer dulces en un entrenamiento y no en un partido porque hubo una vez que una trajo una tarta después de un partido de palmar 40. Están que me voy a comer una tarta con la mala leche que se me puso, jajajaja

- Oficina de la NBA, ¿dígame?

 

La llamada era una formalidad. O eso creía Lon, que esperaba hablar directamente con el comisionado O'Brien.

 

- Un momento, por favor.

 

Pero en su lugar recibió la voz de una señorita cortante, fría, que hacía de figura homóloga a la suya dentro de la propia liga. Lon Rosen llevaba un año como director promocional de los Lakers. A pesar de su juventud era hombre de amplias miras, hábil en mercadotecnia y con grandes dotes comerciales. No habían sido otros los motivos para que Jerry Buss le ofreciera el cargo.

 

Rosen tan sólo necesitaba la aprobación de la liga, con la que no había negociado aún nada. Y esa inexperiencia se dejó notar. Alargó demasiado la introducción hasta llegar a su propuesta con la incómoda sensación de hacerlo despaciosamente, como si las palabras cayeran lentas y pesadas, a lo que contribuía el ártico silencio del otro lado.

 

- ...por eso, siguiendo un poco nuestra política de selección habíamos pensado en un artista de calidad contrastada, en alguien realmente conocido por el gran público, un gran cantante, usted sabe -e hizo una pausa-. Habíamos pensado en... Lionel Richie.

- ¿Quién?

- Lionel Richie -repitió alzando la voz.

- ¿Quién es Lionel Richie?

- ¿Cómo? -se sorprendió.

 

Rosen no se lo creía. Richie era una estrella nacional y aquella estúpida pregunta decepcionó profundamente al promotor. Ya no era tener que renunciar al hombre cuyo concurso había asegurado. Era la desoladora sensación que no pocos le habían confiado de ocupar las oficinas de la NBA una logia de funcionarios obsoletos sin ninguna perspectiva.

 

Lon se había quedado con la palabra en la boca y a punto estuvo de sacar a colación a los Commodores, de hacerlo con alguno de sus discos o cualquiera de las canciones que habían sido número uno en las listas durante semanas. No hizo falta. No tendría ocasión.

 

- Lo lamento, señor Rosen. No podemos aceptar su propuesta. Deberán buscar a otra figura más representativa.

 

Un año en los Lakers era tiempo suficiente para sentir aquella conversación como una charla con el Kremlin.

 

Para 1983 los Lakers llevaban años de ventaja al resto de franquicias en cuestiones de imagen. Al modelo que en muy poco tiempo acabaría triunfando. Cuatro años antes, en 1979, Jerry Buss, un millonario que había hecho fortuna en el mercado inmobiliario, se hizo con todo cuanto puso en venta el anterior propietario del equipo, Jack Kent Cooke, a quien el divorcio forzó a cortar ciertos hilos de uno de los cuales tiraría Buss a gusto. Hacerse con los Lakers, los Kings de hockey, el Forum de Inglewood y hasta un rancho de 13 mil acres en Kern County por poco más de 67 millones de dólares era la operación más cara en la historia del deporte. Pero un negocio redondo.

 

 

Desde el primer día Buss tomó los Lakers como un lienzo. Tenía muy claro por dónde había estado fallando la liga y no sólo trató de rellenar los vacíos. Hizo de ellos su principal fortaleza.

 

El equipo de Los Angeles debía ser el equipo de Hollywood y su más selecta fauna.

 

Y Buss dio la vuelta a la escenografía. Creó las Laker Girls, dotó al pabellón de música en vivo a través de las bandas universitarias de UCLA y USC. Y mediante Jack Nicholson o Walter Matthau promovió un efecto contagio que buscaría atraer a otros muchos famosos, algunos de los cuales -Dyan Cannon, los Jackson's, Muhammad Ali o Jeffrey Osborne- comenzaron a dejarse ver fuera del palco privado de 30 asientos en torno a Buss para extenderse por la primera línea de pista.

 

- Escúchame, Lon -había ordenado a Rosen-. A nuestra gente no se le molesta. No quiero a nadie con micros y cámaras encima de ellos. Vienen a divertirse. No a ser asaltados.

 

Como contrapartida la CBS recibía de manos de los Lakers una lista de famosos que acudirían esa noche y cuáles eran sus localidades. Los técnicos recibían un mapa perfectamente cartografiado del Forum y durante una velada esos rostros, los más selectos del deporte americano, consumían decenas de planos que al parecer la pantalla tanto agradecía.

 

Como resultado el Forum se convirtió en el Night Club más famoso de Los Angeles. El centro neurálgico donde el famoso ratificaba su fama, la pasarela donde mejor exhibirse, una mansión de Playboy donde el baloncesto era una excusa, parte de la fiesta, un divertimento que no terminaba con el final de los partidos.

 

En la amplia sala de prensa, habilitada como un restaurante, las veladas podían prolongarse hasta el amanecer haciendo el propio Buss de maestro de ceremonias. Rodeado de playmates las partidas de póker acogían en su mesa a los rostros más célebres de Hollywood, a los que Chick Hearn servía copas y Nicholson cartas, lo que sumado a los resplandores del equipo evocaba una atmósfera que -curiosamente- recogía a la perfección el cálido estribillo de All Night Long, el hit que había elevado a Lionel Richie al primer plano musical de entonces y que hacía de preludio, como un himno, a los años más dulces.

 

Once you get started you can't sit down.

Come join the fun, it's a merry-go-round.

Everyone's dancing their troubles away.

Come join our party, see how we play!

 

(...)

 

Every one you meet (all night)

They're jamming in the street (all night)

All night long! (all night)

Yeah, I said.

 

Como el santuario de la coolness, Buss culminó así la obra iniciada por Kent Cooke haciendo del Fabulous Forum el Hottest Night Club in L.A.

 

 

Kareem Abdul-Jabbar y Jerry Buss en el Forum (1980) 

 

 

A principios de 1983 el amo de la mansión había logrado su objetivo de acoger la trigésimo tercera edición del NBA All Star Game. Y dejó en manos de su gente la organización de un evento que debería ser un rotundo éxito, un baño de la imagen que Buss pretendía exportar a la nación. Dirigían el equipo de trabajo Josh Rosenfeld, su relaciones públicas, y Lon Rosen, encargado de todos los actos que deberían hacer resplandecer la cita.

 

De esos actos uno se le estaba enquistando, tal vez el principal. Necesitaba un intérprete del himno americano. Y no cualquiera. Un preludio a la altura.

 

Por eso Rosen, empapado hasta los huesos de aquella superflua modernidad, no podía entender que la liga emplazara a las franquicias a organizar la fiesta de las estrellas para tener luego que pedir aprobación del guión. A ello se añadía un aspecto personal. Richie era su apuesta de rigor. Su artista favorito. Su doloroso descarte.

 

Tenía menos de cinco días y no supo qué hacer.

 

El miércoles 9 el equipo jugaba en casa ante Utah. Era el último partido antes de la gran cita y aprovechó la velada para consultar al vestuario.

 

- ¿Te han tirado a Richie? ¿Pero qué coño quieren?

 

Ser miembro de los Lakers trascendía la condición de jugador. Algunos miembros de la plantilla eran auténticos relaciones públicas. De una de ellas se iniciaba entonces un romance que acabaría en matrimonio. "Habla con Norm si necesitas una profesora de baile", ironizaban entre risas aludiendo a Norm Nixon y la profesora de Fama Debbie Allen. Lon sin embargo no buscaba eso. Quería tomar el pulso a aquellos tipos, jóvenes, estrellas, vanguardia de una cultura musical que tal vez a él se escapara. Los chicos tenían olfato para esas cosas. Magic Johnson se adelantó con un nombre y Kareem, de costumbre indiferente a la farándula, reaccionó como un resorte. "Si lo vais a traer podéis contar conmigo. Ya era hora".

 

Rosen pasó a la acción.

 

Lo primero que hizo fue hablar con el relaciones del equipo.

- ¿Marvin Gaye? ¿No estaba en Europa?

- No lo sé. ¿Qué te parece?

- Bueno, me parece fantástico. Es un mito. Pero déjame que consulte...

 

Rosenfeld llevaba mucho terreno ganado a su colega y su experiencia se hizo notar. A las celebridades que todo el mundo conocía se unía un buen número de músicos, productores y directivos de grandes discográficas. Porque también habituales del Forum eran el presidente de MCA, Irving Azoff, su homólogo en Elektra Records, Joe Smith, el productor Lou Adler y a menudo Quincy Jones. Rosenfeld sólo tenía que hacer algunas llamadas.

 

- Escúchame. A Gaye lo llevan ahora en CBS Records. ¿No tenías un amigo allí?

 

Rosen vio el cielo abierto cuando a través de esa amistad pudo establecer contacto con Larkin Arnold, productor de la discográfica para la que ahora trabajaba Gaye. Arnold recibió aquella petición de muy buen grado. "Puedes contar con nosotros, Lon. Pero no hasta que hable con él". Rosen apremió la respuesta y Arnold cumplió su palabra. "Lo tenemos. Ha aceptado".

 

La NBA también lo hizo y Rosen respiró aliviado. Creyó que ya tan sólo tenía que esperar al domingo. Y Buss felicitó a Rosen por una elección que parecía inmejorable.

 

Porque Marvin Gaye era un mito. Una leyenda a la que sin embargo el fuerte acelerón de los tiempos parecía estar adelantando. Tiempos que empezaban a estar dominados por la imagen del videoclip, por el solista bailarín de un pop infinitamente más popular y por la superación definitiva del suave juego de octavas que le había conducido a ser The Prince Of Soul en los 60 y 70. Lionel Richie primero y Michael Jackson después corrían a sepultar el estilo Marvin Gaye a principios de los ochenta.

 

Su nombre podía sonar con fuerza a un joven ejecutivo como Lon Rosen. Pero para saber en qué punto se hallaba su vida era preciso conocer demasiado de ella. Qué había sido del Marvin persona en los últimos años. Y Rosen apenas sabía nada.

 

- ¿Has podido hablar con él?

- No -respondió confiado-. Yo sólo sé que cantará el himno el domingo.

 

Dos fracasos sentimentales culminados en divorcio habían marcado la vida y obra de Marvin al final de la década anterior. Para 1980 el artista debía al fisco americano unos 8 millones de dólares, había roto con la Motown y experimentó por primera vez el amargo sabor del fracaso, lo que le llevó a descreer de los directivos bajo los que había grabado y de las giras y directos gracias a los cuales alivió en parte sus deudas. Pero no una profunda depresión que le condujo a abismarse en una espiral de droga de la que parecía imposible escapar.

 

A principios de 1981, a causa de una situación crítica, Marvin huyó a Europa y lo hizo casi al azar. Se ocultó en Bélgica, en la pequeña localidad costera de Ostende y en aquel exilio encontró la paz espiritual que tanto anhelaba. Allí logró detener su autodestrucción y cortar su adicción a la cocaína. Adoraba el clima, el anonimato y para alguien criado en los hacinados suburbios de D.C., la serenidad del mar y la cadencia de las olas inspiraron el que sería su último gran trabajo.

 

En menos de dos años Gaye rehízo su espíritu. Acudía a diario a cafés y clubes nocturnos, se mezclaba en los bares con los lugareños con los que se comunicaba por gestos y jugaba con ellos a los dardos donde el genio disfrutaba su torpeza. A veces cantaba en la iglesia para solaz de los feligreses y recuperó su forma física corriendo en la playa y en un pequeño gimnasio donde practicaba boxeo. Hasta acudía con frecuencia a presenciar partidos del mejor equipo belga de entonces, el Sunair Ostende, doble campeón de liga y copa y con dos de cuyos miembros, Mark Browne y John Heath, los americanos del equipo, trabó relación.

 

Porque el baloncesto no le era extraño. Antes bien era su deporte favorito y no había dejado de jugar desde que era niño. Mediada la década anterior había llegado a invertir cien mil dólares en los Jazz de Nueva Orleans olvidando después aquel préstamo. Uno de sus escoltas, Dave Simmons, le acompañaba y servía en los partidillos en el hogar de Marvin en la pequeña Calabasas y en los estudios de CBS Records en Hollywood. A veces, durante una grabación, cortaba por lo sano: "Let's play basketball". Y el paréntesis podía durar todo el día.

 

 

 

Marvin Gaye (Ostende, 1981)

 

 

Aquel retiro daría sus frutos y en septiembre de 1982 la figura de Gaye logró renacer con inusitada fuerza a través de Sexual Healing y su álbum Midnight Love, un rotundo éxito internacional por el que ganará dos grammys y cuya gestación había tenido lugar en la paz del aire belga.

 

Pero a finales de año Marvin se vio obligado a un abrupto regreso a Los Angeles, donde el cáncer consumía a su madre en lugar de a su padre, a quien nunca dejó de odiar por los malos tratos recibidos de niño. "Sepárate de él, mamá. Hazlo de una vez para siempre", le había repetido innumerables veces en vano.

 

El retorno fue lo peor que pudo ocurrir a su vida. Marvin volvió a sumergirse en el abismo y redobló su personal infierno con la cocaína, de la que precisaba a diario en cantidades suicidas con resultados paranoides.

 

- En cuanto mi madre sane, volveré a Europa y la llevaré conmigo. A Bélgica o Francia, da igual. Hay gente que no quiere que siga aquí.

- ¿Quién, Marvin? -se inquietó su amigo y confidente David Ritz.

- No puedo decírtelo por teléfono.

 

De las muchas obsesiones que asolaban su cabeza una de ellas persistía en recordar lo ocurrido con John Lennon.   

 

Rosen en definitiva tenía a su hombre sin saber que su hombre era, en febrero de 1983, la persona más vulnerable del mundo.

 

Horas después de decir que sí Marvin sufrió un repentino ataque de pánico por la actuación. Y repetidas veces testigo de aquel temor, el mismo destinatario, una de sus amistades más inquebrantables.

 

- Luther -cortó con voz desesperada- necesito que me hagas un favor. Quiero que lo hagas. ¡Tienes que hacerlo!

El también cantante y compositor Luther Vandross sintió una tremenda lástima. En aquella voz quebrada no reconocía a su viejo amigo

- No puedo hacerlo -insistió Marvin-. Te suplico que lo hagas tú.

 

Vandross se negó. A cada llamada con más fuerza y son sentimientos más encontrados.

 

- ¿No te das cuenta, Marvin? ¿Quieres dejar de hacer el imbécil?

 

Entendía que su elección era importante, que el mérito debía obtener su premio y dado el estado en que Marvin se encontraba, que un pequeño esfuerzo podía hacer, aun por unos días, que volviera a vestirse como un hombre.

- Lo vas a hacer. Y lo vas a hacer mejor que nunca. Quiero verte, Marvin. Quiero verte cantar el domingo. ¿Lo has entendido?

 

El tiempo corría en su contra y Marvin buscó amparo en su cuñado, el músico Gordon Banks, que tantas giras suyas había dirigido.

 

Banks tuvo una visión más amplia de la situación, como si fuera posible pegar un tirón comercial sin traicionar en espíritu la obra de Gaye. Al contrario era una ocasión magnífica de armonizar ambas fuerzas. Y tal vez, por qué no, a mayor altura que nunca.

 

La jornada del viernes los dos hombres se encerraron en el estudio de grabación de Banks, que propuso el preámbulo sin dilación ni paños calientes. Era conversación de músicos.

 

- Dime qué quieres.

 

La petición encerraba el gran misterio de aquella cita. Un cantante como Marvin no precisaba ayuda para entonar el himno nacional. Banks supo desde el primer momento que Marvin buscaba algo distinto.

 

- Quiero algo sexual, algo espiritual, quiero gospel, quiero beat y blues, quiero groove y quiero reggae, quiero...

- Quieres -interrumpió Gordon con una de aquellas blancas y reverenciales sonrisas- que el himno sea completamente negro.

Marvin no contestó. Era una apreciación retórica.

- ¿O tuyo?

- Qué diferencia hay -repuso Marvin.

- ¿En quién estás pensando? -insistió Gordon- Dame una idea y vamos a por ella.

- No sé, Gordon -y empezó a chasquear los dedos rítmicamente-. Estoy pensando en... Mahalia Jackson.

Banks resopló.

- Estás loco. ¿Eso pretendes? ¿Ante todo el país?

 

Gordon repuso esto con una cómplice sonrisa y las palabras dieron paso a las notas.

 

Las siguientes horas el talento de los dos hombres se sumergió en las profundidades de la música. Banks dejó que el genio fluyera. Sólo tenía que alfombrar su voz y para ello empleó una guitarra y una batería. Algo muy poderoso se estaba quebrando allí dentro. Una de esas ideas por las que a un artista no importa morir. "Toma. No olvides llevártela". Gordon le hizo entrega de la cinta. El cantante tenía ensayo en el Forum el sábado al mediodía.

 

Para entonces Marvin era un hombre incapaz de llegar a una cita. Y no se presentó. "¡Cómo puedo localizarle! ¿Alguna explicación para esto? ¡Que alguien me diga dónde está!". Lo haría horas más tarde.

 

Aquella falta en la víspera de la actuación inquietó seriamente a Rosen y su equipo, un puñado de hombres que no hablaban el mismo idioma del artista.

 

La tarde de aquel sábado el Forum proseguía sus preparativos y los operarios salpicaban el interior con sus tareas. La pista estaba igualmente disponible para aquellos jugadores que quisieran practicar una sesión de tiro. Julius Erving prolongó la suya hasta quedarse a solas y al momento de abandonar la escena vio con el rabillo del ojo que uno de sus mitos entraba en pista seguido por un técnico que le facilitaba un micrófono. Erving se detuvo a observar tras la banda. Y unos pasos a su izquierda, apostados en la mesa de anotadores, Rosen, su compañero Josh y el técnico de sonido.

 

Instantes después una suave melodía embriagaba el interior del recinto. Cuando Marvin dio entrada los operarios cesaron sus golpes mirando hacia el centro.

 

No fueron más que unos segundos y una mezcla de estupefacción y furia dominó entonces a Rosen. "¿Qué coño es eso? ¡Eso no es el himno!" -exclamó mientras Josh se encogía de hombros. "¡Maldita sea! ¡Eso no es lo que aprendimos en la escuela!".

 

Con el paso de las notas el problema se agudizó. El auxiliar de sonido, un joven que mascaba chicle indiferente, añadió: "Lleva cuatro minutos". Y Rosen perdió definitivamente los nervios irrumpiendo en pista en dirección a Marvin cuando éste terminaba su actuación. El artista no sabía nada de aquel tipo que inició una serie de molestas consignas y reproches, y en cuanto lo vio allí levantó suavemente su mano por encima del costado antes de reponer con aire distinguido: "Déjeme en paz. No quiero hablar con usted".

 

Atento a la escena Julius Erving apresuró sus pasos hacia allí y buscó hacer de intermediario.

- ¿Cuál es el problema?

Julius había alejado a Rosen unos metros.

- Pero... pero... ¿tú has oído eso? Eso... eso no es el himno. Me juego mi puesto, ¿sabes? ¡Cuatro minutos! -prosiguió sin bajar la voz- Pero ¿¡dónde se cree que está!?

 

Rosen llevaba su razón. Se limitaba a cumplir. Los directos de la CBS concedían dos minutos para el previo musical antes de la publicidad y la cabecera. Ni un segundo más. Y los tiempos para el tip-off eran innegociables.

- Cálmate. Déjame hablar con él.

 

Julius tuvo un aparte con Gaye. Aquella conversación era otra cosa. Ambos se conocían como se conocen dos artistas que respetan mutuamente su arte. Que incluso se admiran. Al cabo Julius hizo un ademán a Rosen para acercarse a ellos. Y el promotor, algo más calmado, pudo exhortar sus demandas. "Señor Gaye, se lo ruego. Nos dan dos minutos. ¡Dos minutos! Es completamente necesario reducir su actuación". Marvin miraba hacia abajo mientras sus dedos jugueteaban con la letra del himno.  "Le ruego -terminó Rosen- que mañana a las once, hora y media antes del partido, hagamos un nuevo y último ensayo".

 

En eso quedaron. Y Rosen no se privó de despedirse con la misma última súplica: "¡Dos minutos!".

 

Había anochecido en Los Angeles cuando un taxi cruzaba la ciudad en dirección al hogar de Gordon Banks. Marvin necesitaba una vez más de su cuñado, al que contó lo ocurrido.

 

- ¿Es la duración? ¿Eso ha sido todo?

- No, no lo creo -y exhaló una densa bocanada de humo de lo que también consumía a diario-. Saben que lo he cantado otras veces. Que puedo hacerlo en dos minutos. Pero es otro su miedo. El de muchos.

 

Marvin ya había interpretado el himno en otras ocasiones. No podía ser de otro modo para una figura de su talla cuando el protocolo en actos deportivos se cumplía a rajatabla desde el término de la Segunda Guerra Mundial.

 

Lo hizo en Nueva Orleans durante la Super Bowl de 1971. Y también un 29 de septiembre de 1979 como previa al combate entre Ernie Shavers y Larry Holmes por el título de los pesados después de que un púgil al que tenía gran aprecio, Andy Price, sufriera un KO en el primer asalto frente a Sugar Ray. Aquella noche un gran disgusto le hizo interpretar un himno triste, como una señal de duelo que parecía un funeral.

 

Una década antes, en 1968, Marvin se había estrenado durante el cuarto partido de las World Series en Detroit. Y a cada nueva cita había conocido a un Rosen. En aquella ocasión cumplía ese molesto papel Ernie Harwell, la voz de la NBC Radio y el responsable de elegir vocalistas para el himno. Harwell había sido persuadido por su directiva para hablar con Marvin y pedirle que, por favor, se limitara a cantar el himno sin ninguna otra consigna. Les preocupaba la estrecha relación de Marvin con la Motown apenas un año después de que los gravísimos disturbios raciales estuvieran cerca de arrasar la ciudad. Y Marvin comenzaba a liderar una corriente humanista que respiraba a través de sus letras, de la vida como insectos en el guetto a la muerte como alimañas en Vietnam.

 

 

 

Detroit (1967)

 

 

Aquel mes de octubre, que vio también a Tommie Smith y John Carlos alzar los puños en los Juegos de México, despertó en propietarios y directivos un cierto temor a los actos públicos sospechosos de protesta. Harwell habló con Marvin rogándole una interpretación estricta del himno y Marvin cumplió con ella. Cantó con sagrada solemnidad.

 

Al día siguiente el portorriqueño José Feliciano, armado con una guitarra acústica y su perro guía Trudy, sorprendió a una audiencia de más de 50 millones de espectadores entre los que se encontraban los más de 53 mil que abarrotaban el Tiger Stadium, con una interpretación libre del himno, la primera de gran calado nacional en la historia.

 

El escándalo fue inmediato y no cesó con el abucheo del estadio al artista invidente. Enfureció a tanta gente que la centralita de la NBC quedó colapsada por las llamadas arremetiendo contra aquel ultraje, que parte del establishment interpretó como una intolerable forma de autopromoción comercial.

 

Feliciano no se detuvo ahí. Declaró que Marvin había podido decepcionar a su gente con su interpretación ‘recta' del himno.

 

La respuesta del artista negro no se hizo esperar. Elogió a Feliciano como un artista "original" así como respetar su derecho a sentir el himno de manera personal. Pero cargó contra aquella crítica que encerraba cuestiones de raza, como si Feliciano hubiera hecho lo que Gaye debió hacer sin atreverse. "Acuerdo con él que muchas cosas deben cambiar en este país y que es momento para que la juventud lidere esos cambios. Pero sus comentarios hacia mí no son los de un colega de profesión". Siguieron a esas palabras años de íntimo silencio.

 

En el más profundo rincón de su alma aquella herida nunca cerró. Más aún cuando al año siguiente, en 1969, Jimmy Hendrix fue todavía más lejos que Feliciano friendo el himno a estridentes acordes de guitarra en Woodstock.

 

Era ya madrugada cuando Banks había refinado del todo la base musical. Quedaban unas pocas horas para la cita y ambos necesitaban, aunque fuera poco, un sueño reparador. "¿A qué hora te pidió que estuvieras?", preguntó Banks cuando Marvin se despedía en la puerta. "Creo que a las once", respondió sin ninguna convicción.

 

Había que dormir antes de que amaneciera.

 

El domingo 13 de febrero el Forum de Inglewood, en Los Angeles, volvía a acoger la cita del NBA All Star Game once años después. En 1972 Jerry West había dado la victoria al Oeste con una canasta en el último segundo. Había pasado una década. Pero parecía haber transcurrido mucho más.

 

Cuando dieron las once y cuarto y Marvin no había hecho acto de presencia Rosen dispuso a varios miembros del personal por diversas zonas del exterior para localizar la llegada del artista. Al poco de darles la consigna -"Una limusina, un Royce, algo grande... Vendrá en uno de ellos"- se dio cuenta de lo absurdo de ella y matizó que apresuraran su paso por la VIP Entrance.

 

A las doce, media hora antes del salto inicial, Marvin seguía sin aparecer y Rosen era un manojo de nervios. A las doce y cuarto obró en consecuencia. Aseguró la presencia de una joven acomodadora, conocida entre los empleados del Forum por su magnífica voz y por haber hecho no pocas veces pruebas de sonido. Mandó a vestirla acordemente -"¡En cinco minutos tienes que estar lista!"- y la chica obedeció con gran susto en el cuerpo.  

 

A las doce y veinte cubría los graderíos del Forum un manto de público que en pocos minutos superaría los 17 mil quinientos espectadores, entre los que se encontraban autoridades y famosos. La plana mayor de una NBA que aguardaba el inicio de su gran fiesta.

 

A las doce y veinticinco el responsable de la megafonía, Lawrence Tanter, se puso los cascos e indicó a la joven, a la salida de bastidores, que en unos segundos saldría a escena. Tras él Rosen no parpadeaba. Los jugadores, los árbitros y la corte militar del himno, estaban en pista y se disponían a formar. En ese preciso instante alguien agarró a Rosen por detrás con riesgo de infarto para éste. "¡Lon! ¡Lon! ¡Ahí viene! ¡Aquí está!".

 

"Cabrón", musitó para sí mientras corría a recibirle. Junto a Marvin, Gordon Banks. Rosen detuvo a los dos hombres un último segundo mientras recibía la cinta de manos de Banks antes de pasarla al técnico de sonido que corrió hacia la pletina. "¿Dos minutos?". Miraba fijamente a Marvin a quien no podía ver los ojos pero sí sujetar el brazo. Banks empujó a su hombre hacia dentro mientras Rosen pudo percibir que Marvin asentía.

 

10, 9, 8...

 

Tanter pronunció el nombre.

 

4, 3, 2...

 

"ON AIR!!" -se escuchó en los estudios de la CBS. Dick Stockton ya estaba dentro.  

 

Los espectadores, del Forum y de la pantalla americana, pudieron apreciar la entrada a pista de una distinguida figura, de elegante traje oscuro, chaqueta cruzada y corbata, pañuelo de seda azul al pecho y generosas, brillantes gafas de sol como espejos. Parecía un dios. 

 

Segundos después un hipnótico beat bañaba el interior del recinto. Y antes de manar la voz Tanter aún tuvo tiempo de confiar preocupado al técnico de sonido: "Esa no es la cinta. No puede ser".

 

Daba igual. Todo había empezado.

 

Sobre el refulgente amarillo que devolvía siempre el Forum le flanqueaban a su izquierda, en ordenada fila, Alex English, Mo Lucas, Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson, David Thompson, George Gervin, Jamaal Wilkes, Jack Sikma, Artis Gilmore, Gus Williams, Jim Paxson, Kiki Vandeweghe y Pat Riley. A su derecha, Larry Bird, Julius Erving, Moses Malone, Maurice Cheeks, Isiah Thomas, Sidney Moncrief, Marques Johnson, Robert Parish, Andrew Toney, Buck Williams, Reggie Theus, Bill Laimbeer y Billy Cunningham.

 

"...say can you se-e-e-e-euh" -bouncing the word ‘see' in delicious melisma (Dyson).

 

Julius y el productor Joe Smith cruzaron una mirada cómplice, como si algo no estuviera funcionando bien. Mientras, el travelling de cámara pudo captar a un sonriente George Gervin por la sola condición de testigo.

 

"Broad stripes" in rigorous staccato.

"Star" to at least nyne syllables!

"Through the perilous fight" with a gospel echo.

"The Rockets red glare" with clenches fists and bended knees.

"Home of the bra-a-a-a-ve, Oh, Lord".

"(...) He took the song to church". (M.E. Dyson)

 

 

 

 

 

Superados los dos minutos la CBS no cortaría. Era imposible hacerlo.

 

"Suelo entonar para mí el Padre Nuestro cada vez que suena el himno. No pude" (Alex English).

 

Abdul-Jabbar mantuvo erguida su barbilla en señal de íntimo orgullo. "It illuminated the concept ‘We're black and we're Americans. We can have a different interpretation of the anthem'".

 

"A serenity overcame me. His voice just took over -you couldn't think about anything else" (Marques Johnson).

 

"It was very churchlike" (Lou Adler).

 

 

Una cerrada ovación coronó la magia de unos instantes para los que demasiada gente no estaba aún preparada.

 

"Sr. Rosen, han llamado de la oficina central". La secretaria hizo una pausa. "Están muy enfadados. Y lamento decirle que ha llamado mucha más gente para quejarse". De hecho varios teléfonos seguían chillando. Rosen resopló por última vez antes de articular el único temor que arrastró durante todo el fin de semana: "Bueno, supongo que hasta aquí he llegado. Estoy despedido".

 

Semanas después la petición de copias desde innumerables puntos del país era de tal magnitud que CBS Records acabó comprando los derechos. Rosen conservó además su empleo.

 

El paso del tiempo no hizo sino aumentar la calidad de lo ocurrido, pasando muy pronto a la unánime consideración de uno de los momentos cumbre en la historia del deporte americano. Sin saberlo Marvin Gaye acababa de santificar en ceremonia el inicio de una Edad de Oro sin precedentes, como un parto celestial.

 

 

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Poco más de un año después, el 1 de abril de 1984, en la víspera de su 45 cumpleaños, Marvin fallecía en el hogar familiar de West Adams como consecuencia de los disparos de su padre, a quien había regalado el arma en Navidad.

 

Father, father

We don't need to escalate

You see, war is not the answer

For only love can conquer hate

You know we've got to find a way

To bring some lovin' here today

 

(What's going on, Marvin Gaye, 1971)

 

 

 

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Divided Soul: The Life Of Marvin Gaye (David Ritz, 1985) / Troubled Man (Gregory Katz, American Way, 2006) / Red, Hot, and Blue (David Davis, Los Angeles Magazine, 2003) / Mercy, Mercy Me: The Art, Loves & Demons of Marvin Gaye (Michael Eric Dyson, 2004) / Transit Ostend (Richard Olivier, 1981) / The New H.N.I.C: The Death of Civil Rights and the Reign of Hip Hop (Todd Boyd, 2002) / NBA at 50: A Musical Celebration (NBAE, 1996)

 

Siempre he oído decir que el baloncesto es un deporte para altos. Bien no voy a ser yo el temerario que lo niegue, pero tengo una predisposición física y psicológica a cuestionar hasta cierto punto esta afirmación. Es más siempre me gusta pensar (y a veces decir en voz alta) que el baloncesto es un deporte para altos, que dominan los bajos.

 

De verás, por cada ejemplo de jugador dominante en la liga soy capaz de contestarle con el nombre de un base o escolta. Vale que mi estatura nunca me dejó ir más lejos en la pista, pero creo firmemente en la valía del base y de eso voy hablar.

 

Como jugador he disfrutado siempre del hecho de controlar el balón, distribuirlo y ser responsable de organizar al equipo. Tampoco voy a engañarles no soy el típico que dice que una canasta hace feliz a uno y una asistencia a dos. No, yo soy más bien de un pase espectacular mola más que una asistencia. Siempre vi el lado más lúdico y temerario a al posición de base con lo que no tengo la menor duda de que mi YO JUGADOR hubiera durado muy poco con mi YO ENTRENADOR.

 

Lo reconozco, siento admiración por estos jugadores porque son los que más responsabilidad tienen y muchas veces a los que menor reconocimiento se les da. Por eso siempre que puedo barro para casa y les doy bola. Recientemente he podido hablar con dos de las mejores bases de España y Europa. Se trata de Sílvia Domínguez y Laia Palau y en cada una de sus palabras reconozco el orgullo de ser la responsable de mover al equipo y el carácter de una autentica base. Ambas ensalzaban las virtudes de jugar como uno y lo gratificante que era ver jugar bien al equipo. Lo era en sí por el equipo, pero también porque esa es la responsabilidad directa del base, hacer que el juego del equipo tenga sentido.

 

Y por eso el base es tan importante para el entrenador. Dicen que es la prolongación del técnico en la pista y no le falta razón. Seguramente porque muchos entrenadores también han jugado en esa posición. No tengo el dato en la cabeza, pero piensen detenidamente en la cantidad de entrenadores que hay en ACB o NBA y cuántos han sido bases o escoltas. Muchísimos.

 

A otro nivel, de los cinco primeros entrenadores que hay en mi club, cuatro hemos jugado en esa posición y, curiosamente, a los otros tres de ellos les he dirigido. Así que del tema de la confianza que un entrenador deposita en el base sé un poco... aunque en ocasiones no haya sido un buen ejemplo para alguno de ellos.

 

Siempre he pensado que la confianza es un camino de doble sentido: se da y se gana y en el caso del base es fundamental que se la gane. Yo puedo vivir tranquilo sin un pívot de calidad, de verás me he llegado a acostumbrar a no jugar con pivots (de hecho juego mejor con cinco "bajitas"), pero no puedo jugar sin un base.

 

¿Adivinan quién es mi base? Por la atención que me presta es fácil de decir

¿Adivinan quién es mi base? por la atención que presta es fácil de decir

 

Es esencial ver a los ojos del base y sentir que entiende lo que estas pensando y lo intenta hacer. Claro está, cuando hablamos de edades precoces esto es un poco quimérico, pero al menos quiero tener la seguridad de que puede subir el balón y transmitir seguridad a los compañeros. En ataque seguridad y en defensa agresividad. El base suele suponer la primera línea defensiva de cualquier equipo y más cuando se presiona a toda pista, por eso es esencial que este base lo dé todo en defensa. Debe ser el espejo donde se miren sus compañeros y la motivación que encuentren para redoblar esfuerzos.

 

Por suerte, debo decir que siempre he tenido buenos bases en mis equipos e incluso este año donde no parecía tener un base muy definido me he encontrado con una agradabilísima sorpresa. Resulta que en principio tengo una base asignada, pero ésta se empeña en no querer jugar de base y claro esto me resta confianza en su juego (aunque juega bien en esa posición y suelo combinarlas). Sin embargo, hay otra jugadora que nunca dice que no y se esfuerza en ser la mejor base posible.

 

Es de lo poco de lo que puedo estar orgulloso en esta temporada. Ha mejorada muchísimo porque hace un año era la tercera o cuarta opción de su equipo y ahora es fundamental. Ha evolucionado tanto que ya ha debutado con el primer equipo y lo mejor de todo es que todavía es junior de 1º. Ahora le queda el paso más difícil: dar un salto cualitativo es relativamente fácil cuando se viene de abajo, pero cuando ya alcanzas un nivel, cada vez es más difícil progresar y eso es lo que espero (y trabajaré) para el próximo año.

 

Y mientras seguiré fabricando a mi base ideal. Seguro que no es un reflejo mío en la pista, sino algo más cerebral en ataque y con más carácter en defensa. Por que sí, para mí es fundamental el carácter en cualquier jugador, pero sobre todo en un base. Ojalá se le oyera a mis bases en pista, así mi voz descansaría y los oídos del público sentirían alivio.