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17/06/2009
Toda la delegación canallesca (dícese de los periodistas deportivos) vitoriana se reunió anoche en torno a una mesa dos horas después del demoledor 85-67. Algo cabizbajos, sin saber muy bien qué decir y hurgando con el tenedor en el fondo del plato. Alguno sacaba pecho -Rafita, siempre te han ido las causas perdidas-, otros preferían bromear para suavizar la honda preocupación general, pero por encima de todo una sensación revoloteaba en el ambiente; necesitamos creer.
 
Queremos creer que mañana todo cambiará. Que el equipo asociado a la centena de puntos regresará de la cueva donde se ha extraviado. Que su enorme corazón se asociará con el físico que tantas victorias permitió y que ahora le ha abandonado. Que Splitter será capaz de olvidar que no puede ni con su alma. Que Vidal superará en un tiempo récord una fascitis plantar que apenas le dejaba saltar en la rueda de calentamiento. O que el esguince de Teletovic fue producto de la imaginación colectiva.
 
Todo eso y mucho más será necesario para que mañana el Baskonia rompa la banca e iguale la serie. El Barcelona, para desgracia nuestra, huele a campeón y se mueve en las coordenadas adecuadas hacia semejante cumbre. Queda la heroica, el milagro de los peces y los panes y que todo el santoral se ponga de nuestra parte. Si eso ocurriese, el quinto partido dejaría de ser una quimera. Pero de lo que nadie tenía dudas en esa cena de crisis era que nuestros chicos, estén malheridos o moribundos, mañana se dejarán el alma en el intento. Brindo por ello.