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El fenómeno está pasando algo desapercibido. Pero el jugador blanco nacido en los Estados Unidos atraviesa su momento más crítico en la historia de la NBA.

 

Sólo uno de cada diez jugadores, el diez por ciento del total, es americano de raza blanca, el menor porcentaje que nunca haya conocido la gran liga. Precisando algo más, el 71.8 de los jugadores es de raza negra, el 18.3 de origen no americano y tan sólo un 9.9 blancos de origen estadounidense. Y este último dato, se insiste, pertenece al fondo del registro histórico.

 

Ni es información prioritaria ni ha movido por ello al debate. Pero la pasada semana Mark Schwarz elaboraba un revelador reportaje bajo el título White Out que subrayaba el momento especialmente crítico para las actuales generaciones que en un tiempo ya muy lejano coparon por completo la entera fauna de la liga.

 

Tal vez ningún indicador más claro que las plantillas elegidas para disputar el All Star Game, un evento que, guste o no, sigue siendo el mejor termómetro para tomar el pulso a lo más granado que va legando el curso de la liga. Y en ese pulso anual los datos arrojados por la última década resultan mortíferos para un sector de población al que hace tiempo empieza a faltar el aire.

 

Aún hoy la titularidad de John Stockton en el All Star de 1997 sigue siendo la última para un blanco americano. Y el último en simplemente disputar un All Star fue Brad Miller en 2004. Entretanto las últimas diez ediciones han visto pasar un precioso desfile de nombres también de color blanco pero de origen extranjero. Vlade Divac, Pedja Stojakovic, Zydrunas Ilgauskas, Steve Nash, Dirk Nowitzki, Andrei Kirilenko, Yao Ming, Mehmet Okur, Manu Ginobili y Pau Gasol apalizan en presencia desde el año 2000 a John Stockton (2000), Wally Szczerbiak (2002) y Brad Miller (2003 y 2004).

 

La poca relevancia dada a un hecho históricamente tan relevante expresa mejor que nada la profunda crisis de un género de jugador al que nadie parece echar en falta. Porque hoy día resulta tan automática la mención a Dirk Nowitzki, Steve Nash, Manu Ginobili o Pau Gasol como emblemas de la más brillante fauna blanca en la reciente NBA que se olvida que bajo ellos, muy bajo ellos, se encuentra una familia desintegrada y cada vez como más marginal que trata de sobrevivir a base de golpes y nombres que puntualmente, una noche de cada diez, reclaman su atención. 

 

La proporción de drafteados tampoco mejora las cosas. Es de hecho otro cruel indicador de una situación que no avista retorno. En los últimos cinco drafts fueron elegidos 195 jugadores afroamericanos, 80 jugadores internacionales y únicamente 25 nativos blancos.

 

Esta situación se ha instalado con aparente normalidad en el panorama actual. A tal extremo que preguntado Jerry West por el mejor jugador americano de raza blanca actualmente en la liga contestó entre incómodo e irónico: "Ah, no sabía que hubiera. Me vas a tener que ayudar porque no me viene ninguno a la cabeza". Se da la morbosa circunstancia de que Jerry West recibió no pocas cartas de aficionados durante sus años de director deportivo en los Lakers. Cartas que le acusaban de racista por no elegir en el draft a ningún jugador blanco.

 

 

 

 

 

El sistema que subyace a la NBA no ha variado sustancialmente. El modelo universitario se reproduce a la misma proporción y velocidad de siempre. La NCAA no se ha movido del sitio. Lo que en efecto ha cambiado son los criterios de selección y los canales de abastecimiento. Respecto a los primeros tampoco se da una excesiva variación. Tan sólo se han reforzado los criterios que priorizan los valores atléticos. Es en los segundos donde el cambio resulta dramático. La globalización ha inclinado la mirada hacia fuera en detrimento de lo interno. Y muy en especial de determinado modelo de jugador, dicho en claro, de raza blanca.

 

Entre los responsables de seleccionar jugadores para el mundo profesional, desde ojeadores a directores deportivos, de entrenadores al capricho de algún propietario, hay un juicio general, cada vez menos disimulado, que dice preferir a los internacionales sobre los americanos porque trabajan más duro, comienzan antes su formación y se entregan con una mayor dedicación que los nativos. Como si en términos generales fueran más coachables o llegaran mucho más jóvenes a la comprensión del juego. Hacia el otro lado, en cambio, West empleaba con cierta ambigüedad el término estigma.

 

Preguntado por esta cuestión Mark Price reconocía sin ambages los estrechos valores que parecen primar en esta selección nadie sabe cuánto de natural. Price hablaba de atletismo y velocidad, esa fortaleza que siempre se conoció por lo físico.

 

Jon Barry se mostraba en cambio más crítico. A su juicio lo que los nuevos esclavistas han conseguido con esta masiva compra de anatomías es convertir al baloncesto en atletismo y a éste en religión. "Athleticism has trumped fundamentalism in the NBA", decía. Curiosamente su hermano Brent en una primera etapa, Bob Sura o el más aguerrido Dan Majerle parecieron importar esos atributos de la otra raza. Un tipo de energía que en estaturas algo mayores permite la digna supervivencia a ejemplares como David Lee o Chris Andersen.

 

A la inevitable barrera física se añade otra no menos implacable, más novedosa y de muy difícil publicidad. De por qué Goran Dragic cuenta con las oportunidades que parecieron no darse con J.J. Redick es algo que entra en un terreno más difuso y delicado, una mentalidad más próxima a la que concedió a Bargnani el número 1 del draft, y que siempre podrá justificar algún entrenador omitiendo el radical erotismo actual por lo internacional y su masivo contagio por cabezas y despachos de la gran liga. Una situación que alcanza incluso al aficionado cuando el Madison vuela diez veces más alto con un acierto de Gallinari que con otro de David Lee y con la que algunos empiezan a mostrarse críticos.

 

Porque empieza a ocurrir con los extranjeros lo mismo que en su momento sucedió con los highschoolers. Que en el exceso reside también la trampa. La trampa que no comprende que Dirk Nowitzki es a lo extranjero tan poco común como Kobe Bryant a la edad.  

 

Es como si, en términos de raza blanca, el proceso actual de internacionalización y la vieja tradición americana se negaran rotundamente. Como si fueran incompatibles.

 

Y no habiendo ninguna razón para que esto ocurra la realidad se empeña en arrojar que mientras la preferencia por lo negro no sólo no cesa sino que parece aumentar, el espacio antaño ocupado por las nuevas generaciones blancas ha estrechado drásticamente su cerco. De las tres fuentes de que beber una discurre ya a gotas.

 

El cambio no es baladí. A caballo entre la vieja liga blanca y la confusa globalización de hoy el mundo conoció no hace mucho una NBA uno de cuyos principales símbolos era Larry Bird. Al extremo de no ser posible explicar la Edad de Oro sin él. Como tampoco porciones enteras de historia reciente sin el rescate de casos dispares pero bien presentes como los de Rick Barry, Chris Mullin, Danny Ainge, Kiki Vandeweghe, Bill Walton, Kevin McHale, Dan Issel, John y Jim Paxson, Bobby Jones, Mike Newlin, Scott Wedman, Tom Chambers, Jeff Hornacek, John Stockton, Christian Laettner, Mark Price, Jack Sikma, Rex Chapman o Dan Majerle.

 

Aquella clásica fisonomía de la liga, con una presencia nativa blanca de relativa importancia, ha desaparecido casi por completo. Y el resultado no es una Era del Vacío. Sino algo completamente distinto, una proporción desconocida, una especie de ajedrez sin blancas. Sin aquellas blancas que ocupaban orgullosas la primera fila del tablero.

 

Así ahora sólo vemos peones y un espacio vacío que nadie parece añorar. Un vacío que no pueden satisfacer Ryan Anderson, Steve Blake, Chris Kaman, Troy Murphy o Luke Walton.

 

Es como si los profesionales que observan y eligen hubieran visto su paciencia agotada. Como si estuvieran muy desencantados con el resultado de las promesas que nunca terminan de explotar.  Promesas que fueron de Keith Van Horn a Mike Dunleavy, de Kirk Hinrich a Nick Collison, de Jason Kapono a Kyle Korver. Por no mencionar el cadavérico capítulo abierto por Adam Morrison.

 

Por eso cualquier sorpresa en el otro sentido mueve enseguida al contento y despierta un exagerado interés. Así se aplaude el nuevo papel de Redick o se pone una fresca atención en las evoluciones de Chase Budinger. Se aguarda la explosión -una más- de Kevin Love o Spencer Hawes o se espera a poder hablar por fin de Tyler Hansbrough.

 

Pero con todo, el panorama general resulta algo desolador. Sin referentes que llevarse a la boca el gran público prefiere a menudo moverse entre la honesta benevolencia que despierta un Matt Bonner al casi cómico aprecio de Brian Scalabrine, una mascota de carne y hueso.

 

No parece haber intención de veto. No voluntad de exclusión. Pero la realidad indica que la crisis profesional del jugador blanco americano se ha convertido en poco tiempo en un uso. Y los usos, como el saludo, no tienen nombre ni culpa. Son actos terriblemente automáticos de los que el baloncesto siempre supo lavarse las manos.
15/12/2009
Al quebrar el dedo índice de la mano derecha un jugador diestro pierde su principal sustento. Ocurrido esto Kobe puso en marcha su mano izquierda con un fabuloso pase alto a Shannon Brown, siguió lanzando con aparente normalidad y ni remotamente figuró por un instante la invalidez de un lisiado. Habría que mutilarle las cuatro extremidades para lograr algo así.

 

El tiempo debería haberse detenido la noche del buzzer a Miami, una de esas acciones sobrehumanas que trasladar a laboratorio. Porque, no ya para anotar. Sino simplemente para poder lanzar en carrera (sobre un solo pie) Kobe burló la cinética contraria a su mano de lanzamiento, el desequilibrio de un cuerpo arrojado al aire en desplazamiento lateral y el tiempo de reacción. Burló en suma tal volumen de factores físicos en contra que al calificar después aquel milagro de "afortunado" mentía por pura inmodestia.

 

La calidad técnica de una obra semejante escapa al difuso campo de la fortuna. Aunque hubiese sido su primera vez. Pero como a estas alturas ha logrado hacer de la fortuna costumbre convendría empezar a tener muy seriamente en cuenta la apreciación de J.A. Adande sobre Kobe como "the best option for a last-second shot in the history of the NBA".

 

Y sin embargo no es éste el debate. Ni tampoco su definitivo ingreso en la pulsión de juego, el último estadio a conquistar por un deportista de equipo. Lo que se presenta como tal guarda mayor relación con las palabras que recientemente le dedicaba también Larry Coon al decir que Kobe ofrece momentos de inspiración y destreza similares a los que Picasso o Beethoven destilaron en sus artes. Porque el virtuosismo, alabado sea para los amantes del deporte, no conoce límites de aplicación.

 

No hay por qué esperar a su retirada. Es tiempo suficiente y demasiado lo volcado ya para poder afirmar, y con especial rotundidad ahora mismo, que hay algo muy próximo a la perfección formal en el actual número 24 de los Lakers. Una excelencia de tal calibre que la sorpresa y el elogio no safisfacen en justicia lo que su baloncesto proporciona. Es necesario ya inscribir a Kobe en algún tipo de sagrada antología, enfrentarlo al curso histórico de nuestro juego y coronarlo allí por motivos cada vez más precisos que también va siendo hora de exponer.

 

Vamos a intentarlo.

 

 

 

 

Empieza a ser frecuente referir a Bryant como el jugador con mayor número de recursos ofensivos en la historia de la NBA. Una conclusión de este tipo induce a error. Porque Kobe Bryant no dispone de mayor repertorio que Michael Jordan como éste tampoco en relación a él. Y esto es debido a que en ese plano superior que los hace exclusivos, tan sólo allá arriba, se movió cada uno en un terreno distinto que es saludable discriminar. No sólo por ellos dos sino por todos aquellos jugadores pretéritos de técnica sobresaliente que mantuvieron con el aro un tipo de relación muy próxima a lo sexual.

 

Afortunadamente el baloncesto es demasiado rico como para computar la creación de canastas en una línea de cuenta aritmética. Lo formal no pertenece a cuenta ni plano único. Lo formal es un espacio multidimensional que se hincha como cuentan los astrónomos que sucede al Universo.

 

Contra lo que se suele presumir distingue a Kobe Bryant y Michael Jordan un terreno formal que pertenece al ultimísimo tramo de la técnica y que distinguía también a Drazen Petrovic de Pete Maravich, a Bodiroga de George Gervin o a Delibasic de Kudelin.

 

Desde un punto de vista teórico la diferencia se antoja fascinante y arranca de la base formal que conocemos como técnica. Para empezar se la presupone muy avanzada a todos los supremos creadores de canasta. Pero en su progresiva conquista unos prefirieron seguirla a rajatabla, tomarla como dogma de fe y perfeccionar su manual hasta las últimas consecuencias y otros hacerse a un lado en su misma cima.

 

Para comprender esto con facilidad nada mejor que abrir una doble categoría entre jugadores de orden y jugadores de caos. Kobe Bryant pertenece de raíz al primer grupo. De hecho podemos estar asistiendo al más excelente prototipo técnico que haya dado nunca el baloncesto.

 

Los jugadores de orden comprenden desde un principio el increíble yacimiento formal que brinda la técnica conocida y convierten su carrera en un progresivo refinamiento de los recursos llamados de manual. No hay lugar en ellos a lo indómito o desordenado. Toda acción, aun la más compleja, debe venir precedida de protocolo y geometría. Debe ser técnica en sentido radical. Así Kobe Bryant se entregará tan religiosamente a la técnica de orden que al lanzar por detrás del tablero ajustará su mecánica a canon. Y antes muerto que no hacerlo.

 

Los jugadores de caos comprenden igualmente ese vasto repertorio. Pero a diferencia de los de orden no quieren ni oír hablar de patrones y prefieren exhibir su talento mediante formas no fijadas, modos de interpretación natural que no pertenecen al campo de lo escrito o domesticable. Prefieren dotar a lo suyo de formas que siendo técnicas se expresan libres como en espontánea combustión. Este tipo de repertorio o técnica de caos en el que domina lo inconsciente y reflejo, repertorio de personal hegemonía en Michael Jordan, está a salvo de copia. 

 

De ahí que mientras los jugadores de orden tienden hacia la perfección formal los jugadores de caos nacen y mueren en su especialísimo original. Este último rasgo distintivo permite abrazar casos tan dispares como Dennis Rodman y Orlando Woolridge. 

 

 

 

 

En un artículo de papel quien suscribe venía a decir algo que debiera tenerse muy en cuenta cada vez que Kobe y Jordan compartan la misma frase. Se afirmaba allí que "sobre un inquebrantable acuerdo de formas, tan sólo les separa el abuso de ellas. Así Kobe es más barroco: acentúa el recreo de los recursos que adora replicar porque llegó antes a comprenderlos. Esto le hace técnicamente más perfecto pero menos imprevisible y salvaje que su maestro, hasta el último día a salvo de los modos que registrar en los libros. Uno es aprendizaje. El otro no es posible enseñarlo".

 

Es crucial este último punto. Lo que no es posible enseñar es todo aquello que derivando de la técnica escapa simultáneamente de ella. Magic Johnson y Michael Jordan rebosaron de actos y obras en este genial sentido.

 

Esto no quiere decir que Jordan no fuera ordenado. Su carrera no fue otra cosa que un progresivo ordenarse. Pero conservó hasta el último día esa decisiva porción del juego, exclusiva de sus acciones terminales, donde el orden no tenía cabida. Allá donde lo salvaje, lo improvisado y lo radicalmente propio de su naturaleza única, ocupaban el primer plano. Kobe sabe lo que va a ejecutar ante seis brazos (un orden técnico perfecto). Jordan se enfrentaba a ellos en instante y forma (caos de creación). Y ambos paréntesis resumen a la perfección la mayor diferencia abierta entre ellos.

 

Los jugadores de caos, más proclives a la consideración de genio, no son por ello superiores en ningún sentido a quienes eligen el camino de la técnica y a ella se aferran de por vida. El caos en Isiah Thomas no vale más que el orden en John Stockton. La diferencia debería abrirse en otros terrenos, como en este caso pueda ser la resolución de partidos a lanzamientos decisivos. Pero en lo formal sería justo no abrir jerarquía entre ellos.

 

Como tampoco procede hacerlo técnicamente entre Jordan y Bryant.   

 

 

 

 

Kobe Bryant es a la técnica lo que el diamante a los materiales preciosos. Difícilmente puede concebirse un nivel de excelencia superior.

 

Como jugador ha llegado a convertir cada uno de sus segundos con balón en un delicioso desfile de actos que van de la mímica microscópica a los más visibles aciertos. Y no hay parte del cuerpo, por pequeña que sea, que no termine poniendo simétricamente en juego. No es entonces que Kobe resulte técnico. Es que agotado el manual incorpora a cada uno de sus gestos semejante caudal de órdenes que incluso uno de sus fallos es capaz de incertidumbres físicas que sólo es posible explicar a través de una destreza superlativa, un caudal técnico casi excesivo y al alcance de nadie.

 

Donde el orden alcanza el barroquismo y éste resulta además útil, allá se mueven ejemplares como Kobe Bryant, Drazen Petrovic o Dejan Bodiroga. Donde la técnica llega a su fin y en su lugar emerge el caos de lo natural, lo espontáneo y ajeno a la métrica, allá se mueve el genio de Pete Maravich, Michael Jordan o Dwayne Wade. Y a caballo entre orden y caos, donde la técnica se retuerce plástica y generosa, es lugar para Julius Erving, Isiah Thomas, Clyde Drexler o Tim Hardaway.

 

Hoy interesa especialmente el caso de Kobe Bryant.

 

Y lo hace por una razón muy poderosa: actualmente es tal la diferencia abierta con el resto de jugadores que hasta se diría que Kobe juega a otra cosa. Algo distinto a lo que piensan, procesan y ejecutan los demás.

 

Con el balón en las manos hay una representación común a la práctica totalidad de jugadores. Una fisonomía general. Si en cambio está en manos de Kobe la secuencia se fragmenta en oportunos, cadentes y milimétricos episodios ninguno de los cuales escapa a intención técnica. Donde en otros parece darse un irregular discurso hay en Kobe como una insobornable y permanente composición (musical).

 

Europa conoció este tipo de rarísima pulsación en el joven Drazen Petrovic y de manera casi enfermiza, en Arijan Komazec.  

 

Un error muy común tiende a identificar técnica y manos. Como si todo se redujera a ellas. Y es precisamente mediante los mejores jugadores de orden que descubrimos que la técnica se desprende de cualquier parte del cuerpo, incluso por separado.

 

Nada explica esto mejor que los pies. Es costumbre atribuir el mejor juego de pies en la historia de la NBA a Hakeem Olajuwon, Kevin McHale o el joven Bill Walton. Como si el juego de pies fuera exclusivo de los hombres altos o recurso privado a los aledaños del aro. Pensar así liquida de un plumazo a los jugadores exteriores y al mayor espacio de pista. Y va siendo hora de señalar la mecánica inferior de Kobe Bryant como una de las más avanzadas y perfectas exhibidas nunca por un jugador. Y no porque ahora postee abajo con mayor frecuencia. Sino porque todo en él parte de los pies.

 

En suma Bryant, su actual exponente al cubo, puede haber conquistado ya el más absoluto trono de los jugadores de orden, allá donde la técnica alcanza su cumbre maestra y el jugador su condición magistral. De haber un tope, es como si estuviese ahora mismo allí pegado.

 

Por todo ello, mientras siempre será razonable oponerse a estimaciones de Kobe como el mejor clutch o el mayor yacimiento ofensivo conocido, empieza a ser conveniente no hacerlo si lo que se afirma es que nadie alcanzó nunca mayor excelencia técnica que él. Porque tal vez sea cierto.

07/12/2009
Me vais a perdonar. No hay deporte en esta entrada ni esa habitual tercera persona del periodismo neutro. Muy al contrario soy yo, Gonzalo, quien escribe esta vez. Son días demasiado delicados como para que una sola palabra escape a la personalísima profundidad de esta increíble experiencia. Nada de lo que haya vivido anteriormente guarda la menor relación con esta dimensión en la que, todavía no sé muy bien cómo, me he sumergido. Parece mentira que sólo haya pasado una semana.

 

Era noche cerrada cuando a través de la ventanilla del avión se abrió de repente un inmenso océano de luces. Del tropel de sensaciones una era la dominante: un minúsculo granito de arena estaba a punto de caer sobre ese infinito Sáhara de cemento y destellos al que llaman, sigo sin creerlo, Nueva York.  

 

En el JFK los taxistas no ven a nadie. Tan sólo esperan recibir una voz a su espalda y un puñado de dólares. El mío, un negro cerrado fundido al asiento, al ver que yo no pronunciaba palabra en los primeros segundos balbuceó algo en un inglés indescifrable, por lo que decidí que el papelito hablara por mí aguardando un pequeño ademán de aquel hombre con la esperanza de que comprendiera mi dirección.

 

Hubo suerte. En media hora llegué a mi primer destino, un pequeño albergue situado al norte del Adam Clayton Powell Boulevard, en los confines de Harlem. Allí se hospedan a diario jóvenes del mundo noble, la mayoría nórdicos y algún brasileño de aspecto escandinavo. El albergue era una especie de frontera entre un pequeño enjambre de occidentales acomodados y la cruda realidad cotidiana de Harlem, al que cada fin de jornada me entregué con una fascinación que no puedo en justicia describir.  

 

Porque Harlem es tal y como lo había imaginado. Sus paredes y gentes son indisolubles. Y sólo el frío reinante impide que los centenares de negros que salpican las aceras se arracimen en esos peldaños adocenados que presiden cada portal. Digamos que mi primera experiencia allí se limita al área comprendida entre la 116 y la 120 y sus eternas avenidas de raza negra: la Lenox, la Frederick Douglass y la Malcolm X.

 

 

 

 

 

Sí, Harlem sigue siendo negro. Completamente negro. Y ni siquiera la abundante presencia de hispanos consigue vulnerar un color que en esencia le pertenece. Miles de fotos de Obama empapelan cada escaparate y rincón. "Vote for hope", rezan. 

 

Una noche, al salir de una cafetería de la 116 por cuya decoración habría matado cualquier garito chic en Madrid, comprobé que yo era el único blanco en demasiados metros de calle, sospechosamente atestada a esas horas. Un resorte muy profundo, podridamente cultural, me hizo acelerar el paso. Las sombras se dirigían a mí. Y pronto supe por qué. Iba fumando un cigarrillo (Marlboro a 9.75 $) y de haber correspondido a todas las peticiones habría vaciado la cajetilla en tres calles. Conmueve la gratitud que los homeless muestran a quien les da un cigarrillo y rechaza las monedas que ofrecen a cambio. "Me something?". No, hombre, no, qué coño voy a pedirte si en una mano llevas una manta y en la otra un carro de supermercado con toda tu vida dentro.

 

Sorprende lo mucho que puede llegar a reconfortar el resplandor de una dentadura en mitad de la noche. Es como si Harlem, mi tan soñado Harlem, no fuera agresivo conmigo. Antes bien supiera todo cuanto de corazón le dediqué.

 

Por eso la 155 me espera. Sé que enjuagaré los ojos cuando pise el Rucker Park. Porque fue hacerlo con el Marcus Garvey y no pude contener la emoción.

 

Un tipo de emoción muy distinto me despertó Queens. Las calles son allí cicatrices, como rajas en mitad de la ciudad. Queens y el Bronx hablan castellano o algo que se le acerca. Acudí hasta la 48 del distrito a visitar una de las miles de habitaciones que se ofrecen en NY. Pero la experiencia terminó siendo surreal. Me aguardaba Marcos, un brasileño de avanzada edad y de aspecto juro que similar al zombi de Tourneur. Su abismática voz resonaba como si proviniera del mismísimo centro de algo muy antiguo y sagrado. "Gonsalo, tengo algo muy desagradable que contarte. Siéntate acá conmigo que paso a explicarte con detalle tan lamentable insidente". Era un magnífico orador como correspondía al arte que decía dominar -"siensias esotéricas"- y el caso merecía para mi credibilidad de aquella larga media hora de alocucion en una minúscula cocina en penumbra. Un italiano despechado le había reventado la cerradura de la habitación a que yo aspiraba y el hombre no podía enseñarme el motivo por el que yo había cruzado toda la ciudad. Para entrar en la habitación había que salir a las escaleras del bloque, como si después de ducharte tuvieras que cruzarte con los vecinos camino de ella. "No te preocupes, mañana un buen amigo que deserraja...". Me apenó aquel hombre, la verdad. Porque parecía valorar la palabra ajena y yo no tenía tiempo ni ganas para volver allí.

 

Queens tiene algo de marginal. Una familia mexicana que regentaba una pequeña cafetería sintió tanta curiosidad por mi entrada como yo por su insistencia en rellenarme el café en cuanto la taza quedaba a medias. "Así que viene usted de Madrid. ¿Pues no fue allá que trataron mal al vasco Aguirre en ese equipo de chingosos?". Había que tener mucha hambre para animarse a pedir algo de allí. Las estanterías presentaban sin pudor lo que parecía comida disecada.

 

Una semana es tiempo más que suficiente para entender el poco valor que tiene aquí el ritual que nosotros entendemos como la hora de la comida. A cada esquina el olor a frito seduce la boca tanto como traiciona el estómago. Tuve que tirar cinco piezas de pollo porque aquella salsa roja portorriqueña me hizo arder la boca como mil guindillas juntas.

 

La gente come además en cualquier sitio. Vi gente comer corriendo, en una cabina de teléfonos, sobre un coche o junto a un escaparate. El colmo lo vi en el metro. Una joven de rasgos indios sacó de su bolso un huevo duro y allí sentada lo peló antes de tragarlo en tres bocados. El huevo tenía pinta de haberse cocido la noche anterior.

 

El metro de Nueva York es una ratonera humana. Un interminable subterráneo vivo. Acaso la primera prueba de que Wells acabará teniendo razón y la especie se escindirá entre seres bajo tierra y hombres de superficie. Allá abajo malviven ya los primeros morlocks. Uno de ellos era una mujer de aspecto torturado que hincó sus rodillas en uno de los vagones pidiendo a gritos una limosna y lo único que recibió fue una respuesta que jamás olvidaré: "Lo siento pero sólo llevo tarjetas de crédito". Es difícil no estremecerse ante escenas así. No para un alma todavía no inmune.

 

Harlem, Queens, el Bronx. Nada que ver con lo que me aguardaba poco después. El universal Nueva York de las postales.

 

Cuando me vi en Times Square tuve la increíble sensación de haber sido transportado al futuro. El escenario es sencillamente indescriptible. Caída la noche hay gigantescas porciones de asfalto más iluminadas que a pleno sol. La nota dominante es allí la confusión. Era tal el número de viandantes, vehículos (la mayoría tanques a cuatro ruedas), policía, comercios, pantallas gigantes y megafonía, todo ello en plenitud de actividad y aprisionado por rascacielos sin fin, que es imposible que un hombre normal pueda razonar. Todo ataca principalmente a tres sentidos: la vista, el oído y el olfato.

 

No había espacio circundante que no estuviera absolutamente dominado por el dólar. Allá donde posara uno la vista tenía lugar algún tipo de transacción. Quedaba prohibida la inactividad, aparentar quietud o no estar camino de alguna compra o venta.

 

Esto era la Roma del siglo XXI.

 

 

 

 

 

En cualquier dirección se veía uno envuelto en algo grande, imparable y poderoso. Sin yo saberlo me fui a enredar en medio de una multitud frente al Rockefeller Center porque tenía lugar el encendido del árbol de Navidad. Un coro de gospel que no necesitaba altavoces sobre una grada instalada en la pista de patinaje y todo ello frente a la catedral de St. Patricio inundaron el momento de irrealidad. Un completo absurdo de un resplandor demasiado convincente.

 

Algo abrumado di con mis pasos en un museo de oddities y agradecí aquella paz instantánea. Una joven se dirigió a mí con una sonrisa. Era Nadia, marroquí residente en New Jersey que en pocos minutos acabó dándome su teléfono. Sus rasgos respondían a la genética de su geografía. Pero su cultura iba mil millas por delante de su país de origen. Había estudiado empresariales y vivido en varios países. Su expresión revelaba que estar en aquel mostrador expendiendo entradas a chiquillos con ganas de risas no era exactamente lo que esperaba de la vida. A mí sólo se me ocurrió preguntarle: "¿Vendrás conmigo al Izod?". Precisamente el Daily News había dedicado una doble página ese día a los derrumbados Nets. Y ella asintió.

 

Es de hacer notar la incuestionable cortesía con la que me he encontrado. No hay una sola persona que se acerque a medio metro de uno sin excusarse o directamente pedir perdón. Es un tipo de educación tan común en un Deli del Bronx como en el Tiffany's de Wall Street. Dicen por aquí que todo hombre es una posible venta. Aunque Gustavo, un mexicano que conocí en una bolera de la 42, sugiere otra cosa: "Aquí todos quieren ser ‘celebrities'. Por eso funsionan cada minuto como ‘public relations'". Gustavo se excedió conmigo. Me invitó a quedar cuando quisiera y, de paso, conseguirme un trabajo si me hiciera falta. "Si tú nesesitas yo llamo a mis contactos. Acá siempre dólares hasen falta".

 

Otra de las impresiones que rápidamente acuden es que los inmigrados hispanos aprenden tan rápido el inglés como olvidan su lengua materna. "Hablan muy mal. Pero no sólo ellos. Yo una vez abandoné un taxi porque el muy sinverguenza no abría la boca para dirigirse a mí, no vocalizaba. No lo habría entendido ni su madre y yo soy una señora". La señora en cuestión es Paulina, una veterana exiliada chilena de la que ahora soy vecino. Porque ahora toca lo bueno, lo que sigo sin asimilar del todo, lo que el destino me tenía deparado como entrada a este otro mundo.

 

Seré rápido. La noche del jueves recibí una llamada de vuelta. Una de las decenas que yo había enviado a fotógrafos, bohemios y usureros en mi desesperada búsqueda de nido. Era cerca de la medianoche cuando al otro lado del teléfono una mujer se dirigía a mí en ese castellano herido por demasiados años aquí. "Si quieres puedes venir a verlo ahora. Es la única hora que puedo enseñarlo. Apunta la dirección: Central Park West / 108th Street". Salí del albergue de cabeza y tomé un taxi. En pocos minutos estaba allí hablando con una mujer de aspecto jovial y nacionalidad chilena que trabajaba en una ONG internacional. Según me dijo pasaba meses fuera embarcada en grandes proyectos en África, Sudamérica y la India. El precio que pedía no era normal. No allí. Digamos que se ajustaba entonces a ese tipo de persona que parecía representar.

 

La habitación era amplia y sencilla. Una cama y un armario. "Pero... ¿si digo que me gusta y que me quedaría aquí?". No podía creer que me estuviera ofreciendo quedarme. Imaginaba a cientos por delante de mí. "Entonces es tuya". De vuelta al albergue sabía que no pegaría ojo. Lo había conseguido.

 

En la noche del domingo me instalé. Es de hecho el primer momento en que me detengo un par de horas, horas que por fin he empleado en contar algo y volver a sentirme el que todavía creo ser. Todavía no consigo creerlo. Me lo repito una y mil veces sin éxito. Vivo en Manhattan. Joder. ¡Vivo en Manhattan!

 

 

 

 

 

Además de Mónica, la dueña, comparto piso con una hermosa joven taiwanesa de formas hipnóticas que enseña mandarín a altos cargos de Wall Street. "Slowly, Li-Lei, slowly", le digo cada vez que me avasalla con su perfecto inglés. Más quisiera decírselo en otras circunstancias. Porque he dicho hermosa y bien que lo es. Como hermosas me resultan el ochenta por ciento de las mujeres de piel café. Tiene que ser algo seguramente relacionado también con mi enfermedad. Como si viera en ellas una especie de sexual enebeá.

 

Debo reconocerlo. El destino me ha sido de momento muy grato.

 

Si subo la 108 camino de Amsterdam Avenue dejo a mi izquierda el Booker T. Washington Junior High School, donde el rechinar de las zapatillas sobre el parqué llega hasta la calle. Un poco más al norte me esperan la universidad de Columbia y el City College of New York. Y a tiro de piedra Broadway y el Hudson.

 

Pero lo más increíble, mucho más que estar a pocos metros de Central Park, que abre su inmenso verde bajo mi ventana, es que el C Train, cuya estación queda a 30 metros del portal, me lleva directamente y en menos de 20 minutos a la 34 de Penn Station, esto es, al Madison Square Garden.

 

Y aquí es exactamente donde empieza mi nueva vida, el únivo y verdadero motivo por el que estoy aquí. Porque para mí Nueva York no es la capital del mundo. Para mí Nueva York es exactamente el corazón de lo que Pete Axthelm definió como The City Game. Y juro que ya lo huelo desde aquí.

 

Así que vamos a ello. Me aguarda una soledad astronómica. Pero cueste lo que cueste, allá vamos.

 

Porque esta minúscula unidad invisible que soy aquí y ahora tiene ante sí una colosal batalla que comenzar a librar. Dios me asista.

Revelar a estas alturas ciertos pasajes en la vida de Phil Jackson es como mover un Picasso a cualquier museo. Brillará en todos, como si se pone del revés.

 

El técnico más laureado en la historia del baloncesto profesional americano ha alcanzado ese estadio de invulnerabilidad exclusivo de las leyendas de verdad. Nada negativo le afecta y hasta quedó atrás aquella molesta etiqueta de aristócrata. Por lo visto ya no son los jugadores quienes le hicieron grande. Sino él quien permitió a los más grandes simplemente serlo.

 

Jackson goza hoy de un respeto sagrado. Hasta sabe a poco pensarle como entrenador. Porque sugiere ya la reverente condición de maestro, guía, docente, psicólogo, escritor, intelectual y al paso, un icono de la alta canasta, como un Christian Dior del baloncesto. Toda aquella aureola que a no pocos irritaba -incluido Auerbach-, esa sobredimensión de su figura, ha adquirido ya una condición de realidad que nadie se atreve a cuestionar, aunque en una de sus habituales boutades asegure que Abdul Jabbar no responde a su ideario de líder.

 

La prensa, incluso la más habitual y convecina, se dirige a él en actitud que mezcla súplica, temor y connivencia, a lo que Jackson, eludiendo los ojos de los periodistas, pequeñas sombras que le llegan como un zumbido, responde con cada vez mayores dosis de ironía y desprecio. Hace tiempo que ganó todas las batallas. Y demasiado que ganó la guerra.

 

Hasta hay algo en su porte de vieja majestad. Con una planta envidiable y palabras que parecen salmos, rebosa de esa insondable posición que el gusto femenino observa como irresistiblemente interesante. Cuando camina, pesadamente por la fascitis y una espalda doblada, lo hace como aquellos viejos maestros que aguardaban el fin de jornada para caer a plomo en su sillón de biblioteca. A Jackson le aguarda un trono en cada pabellón.

 

 

 

 

 

Y todo esto parece mentira recordando lo que Jackson fue, dónde creció y a qué parecía destinada su existencia. El castellano refiere vulgarmente a esos individuos como paletos de pueblo.

 

Criado en las profundidades de la América rural, fronteriza entre Montana y Dakota del Norte, la vida del joven Phil no era sino estricta vida religiosa. En el seno de una familia entregada al Pentecostalismo ninguna aspiración superior a la santidad del creyente.

 

En Williston un chico aprendía a conducir con siete u ocho años. Todo para que a los diez supiera manejar el tractor. Allí no había tele, ni fiestas ni bailes, ni alcohol ni cigarrillos, ni chicas ni tebeos. Y tampoco música que no fuera el coro evangélico de los domingos, donde Phil, a juicio de los feligreses, apuntaba maneras de tenor o barítono. La misa era diaria. Como la lectura de la Biblia al acostarse. Si practicaba algún deporte, nada de violencia o ensañamiento con los derrotados. Y entre aquellos tiernos sudores, clases de piano y trombón así como pequeños papeles en obras teatrales de la escuela, con los clásicos y apóstoles por bandera.

 

A pocos días de cumplir Phil los 17 años, desdentado por la embestida de un buey al que tocaba alimentar a diario, su hermano mayor, Joe, recibió permiso para llevarle al cine. La película, Siete Novias Para Siete Hermanos. Hasta entonces el muchacho no sabía ni lo que era una película ni lo que era el cine. Y tan maravillado debió quedar que Joe quiso repetir la experiencia de sorprender a su hermano. Pero esta vez sin permiso. Montó al pequeño en el coche y lo condujo hasta fuera del estado. "Te voy a llevar a ver mundo", bromeaba. Y en su inocencia Phil lo creía a pies juntillas, como si aquellas otras montañas, carreteras y piedras fueran todo el mundo que había de conocer.

 

 

 

 

Como suele, fue su estatura lo que llamó la atención del entonces técnico jefe en la Universidad de Dakota del Norte, Bill Fitch, y su asistente Jimmy Rodgers. Era fácil reclutar a un mozo allí. Y tres años de educación universitaria bastaron para abrazar el darwinismo y granjearse el interés de los Knicks a través de su técnico Dick McGuire, que poco después dejaría su sitio a Red Holzman abriendo así el periodo más brillante -el único en realidad- en la historia de New York.

 

Deportivamente Phil Jackson era un joven desgarbado sin trazas de atleta. Su única virtud era el gancho, que formaba lenta y pesadamente a la zurda. Su facilidad para cometer faltas no tenía parangón y cada vez que le llegaba el balón un nervioso murmullo inundaba el Madison. "Podía oírles perfectamente. Comencé a ocultarme, a estar lo más lejos posible de él". Pero ya no fue posible cuando tocó suplir al lesionado Reed en la campaña del 72, en la que llegó a recibir una carta que deseaba su muerte. Jackson fue el primer jugador de la historia en reclamar de la liga que el seguro médico incluyera tratamiento psiquiátrico. 

 

Pero había algo misterioso en él que gustaba a Holzman. Era un tipo sacrificado, generoso y alegre. "Te prohibo driblar -le ordenó-. Ya aprenderás todo aquello donde seas útil". Holzman habría acogido como un hijo a aquel joven meditabundo de apariencia confusa. Pero al momento de conocerse respondían a perfiles diametralmente opuestos. Conservador uno, libertario ya el otro, un incidente vino a unir sus percepciones y materializarlas sobre el papel.

 

La temporada de 1970, la del feliz título, la perdió Jackson entera por lesión. Pero ganó algo cuyo verdadero valor entonces desconocía. "Ver los partidos desde fuera -recordaba- me convirtió en un tipo mucho más crítico sobre lo que en realidad ocurre ahí dentro. Comencé a ver equipos en lugar de simples jugadores y desarrollé una percepción más precisa de qué es lo que necesita realmente un equipo y qué no". Y el viejo Holzman comenzó a reclamar su opinión como scout de los equipos rivales, tarea en la que Jackson se sentía muy cómodo. "Yo no era lo que se dice un buen deportista. Pero sí valía en situaciones de tensión. Sabía reaccionar en escenarios difíciles". El suyo con el Madison acabó en la feliz temporada del 73.

 

Nada hay aquí de Sacred Hoops ni la manida filosofía Zen. Son demasiados los decepcionados con una obra cuyas intenciones mejor satisfacen otros autores. Cierto que su fondo está reflejado en multitud de episodios y conductas a lo largo y ancho del Jackson entrenador. Pero interesa mucho más su recorrido anterior, un trayecto perfectamente trazado en el periodo comprendido entre los últimos sesenta y los primeros setenta en la capital del mundo. Una mezcla explosiva.

 

En apenas una década (1965-1975) el bandazo de Jackson fue total. De la granja a la urbe, del catecismo al mentalismo y de los aperos del campo a la túnica del alma. 

 

New York hizo de Jackson un hippie moderado. Abrazó sus causas pero no renunció al orden material de la vida. Y tanto desaliñó su aspecto como engalanó su ideario. El joven Jackson se sumergió plenamente en las vivencias psicodélicas de la época. Vivencias que transitaban de lo político a lo artístico, de lo ecológico a lo sexual. Y entre tanta agitación hundiría sus retinas entre páginas de Huxley, Pirsig, Castaneda, Whitman y Leary. Especialmente en este último, a cuyo recordado eslogan -"Sintoniza, despierta, descuélgate"- se entregó en cuerpo y alma con la debida discreción.

 

Jackson nunca ocultó su experimentación con las drogas. No con todas. Tan sólo con las llaves que descifraban aquel recurrente misterio que Huxley y Morrison universalizaron como The Doors. No eran de su interés ni los estimulantes ni los narcóticos. Tampoco el alcohol por su corto recorrido. Con aquella poderosa obsesión por el psiquismo, se vio inevitablemente seducido por los amplificadores. Consumado el anillo de 1973 Jackson se embarcó en un desfile de vivencias introspectivas marcadas por el LSD, la mescalina y la marihuana, con la que llevaba tiempo conviviendo como jugador. Hoy alarma lo que entonces era el vórtice juvenil de la época. Con gusto Jackson habría aprobado aquella fantasía de Leary de contaminar con LSD los depósitos de agua de una gran ciudad.

 

Aquel verano del 73, verano de noches lisérgicas junto a una actriz de segunda fila en las playas de Malibú, "resultó personalmente algo tan dramático como ganar el título con los Knicks. (...) El LSD me brindó una de las experiencias cumbre de mi vida. (...) Aprendí a amarme a mí mismo y me convertí en un jugador completamente orientado a la filosofía de equipo".

 

Publicada en su primera obra autobiográfica -la inencontrable Maverick (1975)-, aquella honesta confesión equivalía también a un material delicado y al riesgo de que los medios abusaran de su lado más vulgar y morboso. Contrariamente al bizarro caso de Dock Ellis, Jackson sabía lo que hacía. En sus viajes al centro del alma nunca dejó de pactar con el mundo real. Tan sólo sumirse en su más allá y transferir a su conducta toda aquella profundidad de conocimiento.

 

 

 

 

No dejan de ser curiosas algunas consecuencias de sus memorias. Al poco de iniciar Jackson su desfile de anillos Pat Riley no tuvo reparos en elogiar su figura: "Es un hombre de amplia perspectiva y nuevas dimensiones que aplicar al significado de ser entrenador". Pero cuando Jackson anticipó el anillo del 99 como un punto débil en la historia la reacción de Riley fue de muy distinto signo: "Creo que son los efectos del LSD que todavía le duran. Qué coño sabrá él. Debería cerrar la boca ahora que no está en la liga. El problema es que no quiere conceder ningún crédito a nadie". Para entonces hacía demasiado que Jackson conocía el valor de una sonrisa como escudo.

 

Cuando colgó las botas en 1980 después de codirigir los Nets junto a Kevin Loughery su futuro como técnico estaba escrito. Pero previsiblemente no más allá de una cuarta fila.

 

Tras su paso como comentarista para los Nets desapareció del mapa. Como si el baloncesto no fuera ya con él. Y de hecho así fue hasta que la CBA llamó a sus puertas para darle una oportunidad. En Albany puso una insólita doble condición basada en el más absoluto igualitarismo:

 

- Todos jugarán y descansarán los mismos minutos.

- ¿¡Qué!?

- Y también ganarán lo mismo. No voy a romper el equilibrio de este equipo por unos cuantos dólares. Sólo los casados ganarán un suplemento de 25 pavos más a la semana -advirtió al directivo de los Patroons y presidente de la liga, Jim Coyne, que también accedió a su segunda petición-. Y por favor, sabes que yo valgo más.  

- De acuerdo. Treinta mil. Ni más ni menos.

- Te prometo que el año que viene ganaremos el título.

 

Y la promesa  fue cumplida.

 

En adelante serían innumerables los episodios reflejo de su personalidad. Es célebre la primera -y fracasada- cita con Chicago Bulls. Presentado por Jerry Krause a Stan Albeck por un puesto de asistente, el técnico tardó dos segundos en disolver la cita. "¿Qué clase de tipo se presenta con esas pintas?". Vaqueros anchos, gruesos tirantes y un enorme sombrero panameño que el candidato había adquirido en Puerto Rico para protegerse del sol. "Lo siento, Phil", se disculpó Krause antes de que Jackson maldijera: "Y esto me lo hace un tío que se riza el pelo".

 

La siguiente fue la buena. Aunque hiciera falta algo más.

- Esta vez -advirtió Krause- haz el favor de presentarte en condiciones.

 

El resto es historia. Una historia que arranca pasando por encima de Collins y que culmina con el anillo de 1991, tras del cual Jacko aceptó a regañadientes acudir a la tradicional cita con el presidente. Como las lejanas noches bíblicas George Bush encarnaba todo aquello de lo que había huido.

 

Su madre, Elizabeth, abrazaría de buen grado la fortaleza económica de Phil. No hay religión que lo resista. Pero no dejaba de presentarle sus dudas acerca de su deriva espiritual, ante lo que Jackson respondía con esa magistral ambigüedad inmune al engaño: "Madre, sigo siendo lo mismo: tu hijo".

 

Phil Jackson no es mentira. Su vida le avala. Pero desde un punto de vista estrictamente humano, resulta mil veces más interesante escrutar su camino hacia la madurez que su gloriosa carrera en la NBA. De aquel andar de juventud se hace obligado rescatarle para comprender parte de su hermosa complejidad.

 

La muerte de Timothy Leary cogió a Jackson en plenas Finales del 96. Lejos de separar su profesión de la rendida admiración hacia un sacerdote de juventud, Jackson actúo con la coherencia de un hombre para quien profesión y vida fueron siempre la misma cosa. Antes de un entrenamiento tributó junto al equipo un minuto de silencio que coronó con estas palabras: "Creedme, fue un tipo impresionante. Pero terminó demonizado por la prensa cuando había causado una profunda impresión a toda la gente de mi edad. Fue un verdadero portavoz de mi generación".

 

Se comprende así más fácilmente su habitual proceder: las ofrendas de libros, personalizadas al carácter de cada jugador, sus entrenamientos sin balón, sus sesiones de video con música adecuada, sus películas mensaje o sus tiempos muertos de silencios y burlas a la ciencia táctica: "Hay que anotar y como hay que anotar ya sabéis quién lo tiene que hacer" (1993 NBA Finals). Donde otros muchos técnicos blindaron su persona bajo el acero del cargo, Jackson hizo de sus jugadores depositarios de sus inquietudes, ejerciendo, y la metáfora es obligada, el papel de padre maestro de hijos alumnos. Con tal éxito que Michael Jordan o Shaquille O'Neal pondrían la condición de seguir con él o no seguir.

 

 

 

 

 

A su mano Rodman funcionó. Artest lleva camino. Es como si Jackson fuera capaz de enderezar a Manson, Chikatilo o toda alma perdida. Su epitafio bien podría firmar: "Aquí yace un hombre al que la vida devolvió la sonrisa". Esa finísima mueca, no olvide el espectador, encierra a estas alturas demasiadas cosas que torpemente hemos aquí perfilado.

 

Diez veces campeón de la NBA. Y cabe preguntarse si eso es suficiente para descifrar su legado.  

 

Brandon Jennings es un encendido debate. Una controversia política y deportiva que su nombre ya tiene por condena. Future shock, titulaba con acierto aquella portada de SLAM. Porque shock es la sensación y la idea. El perfecto reflejo de la irrupción de Jennings en esta NBA que sabe ya a 2010.

 

El fenómeno merece una atención muy especial. A sus 20 años Jennings ha derramado más tinta que infinidad de carreras al completo y burlado en dos semanas la lógica de lo ascendente. Cuando todo recién llegado brega por subir, se presenta Jennings a tal altura que da vértigo remontar el pasado para encontrar algo parecido.

 

Se ha contado ya de mil maneras. Pero la noche de Golden State, su séptima de carrera, Jennings alcanzó esa indescifrable migración al aro, conocida como zone, que millares de jugadores ni pudieron imaginar en vida. Jennings lo metía todo (12 de 13 para 29 sin pérdidas en un tercer cuarto de 223.1 en Offensive Rating / 45 en la segunda mitad). De triples en carrera a largos tablazos frontales, como si hubiera hecho falta una carambola al suelo. Estaba tocado. Y lo sabía. No precisaba de tiempo ni reflexión. Cuanto antes pisara ataque antes consumaba el acierto. Jennings hizo carne aquella sobrehumana sensación que Jordan definió como anhelo. Anhelo de que los partidos "no terminaran nunca".

 

Moneda de Vaccaro y las presuntas mafias que mercantilizan infantes, Jennings se ha convertido en sinónimo de subversión. Se vino a Europa porque Arizona no aceptaba su deficiente índice académico. Eludió la tarima de presentación en el draft y maldijo en silencio su posición, contra la que ahora libra batalla cada noche. Y tanto burla protocolos como aspira a derribar mitos. Del artificial límite de edad ordenado por el último Stern al desesperado grito universitario por preservar privilegios, Jennings emerge como icono del camino inverso, "with modern lead guard skills -añadía Ryan Jones- and a healthy ego".

 

Esto es Jennings. Un ansia de triunfo en lo único que tal vez sepa hacer. Un hijo de nuestro tiempo. Del difícil tiempo americano.

 

Con él es inevitable otra sorpresa. Una sorpresa en forma de incoherencia entre el Jennings de Roma y el Jennings de Milwaukee. No pocos aprovechan el presunto fiasco del chaval aquí para sacralizar la dificultad del baloncesto europeo, que lo es al más alto nivel. Pero no es una razón suficiente.

 

A los 19 años, inoculado de repente en un mundo completamente nuevo, de idioma y cultura desconocidas, resulta muy difícil no ya brillar sino simplemente desatar a gusto todas las cualidades que uno encierra. Sin un minutaje amplio, incorporado a la grave arquitectura de una escuadra europea (sumida en problemas de orden interno), sobre un baloncesto de tempo mucho más lento y diseño en estáticos, sin apenas espacios ni carreras, bien vale apreciar en el joven su silenciosa integración en ese mundo igual que vale hacerlo con el Childress de Grecia. "Es un estilo muy distinto. (...) -elogiaba el chaval en Roma-. Un tipo de juego mucho más en equipo y por eso comparto minutos. (...). Estoy aprendiendo y creo que es una gran situación". Tanto como que su temporada de novato no existe. Porque ya pasó.

 

La severa experiencia de Jennings en Europa le ha servido de mucho. De muchísimo. Igual que su viaje de Compton a Oak Hill -"por fin mi vida no se distrae con nada que no sea baloncesto y escuela"- Europa puso freno a todo ese peligroso excedente que su ego podía observar como ilimitado. Libre ahora de esos férreos correajes Jennings ha explotado todo lo que, en la intimidad, ha seguido trabajando. Igual que Saras dejó de extrañarse a su regreso, Jennings ha vuelto a casa y así lo siente todo su potencial. Potencial que Dejan Bodiroga no tuvo reparo en alabar cuando otros sólo atendían a la pobreza de los números: "Es uno de los mejores talentos que he visto en mi vida".

 

Más allá del escepticismo, de la lógica sorpresa generada por un jugador que en lugar de aspirar pesadamente a la cima parece arrancar de ella, cierto ideario conservador, típico de nuestra vieja Europa, parece recelar y temer de su repentina explosión, como si al hacerlo el baloncesto como juego perdiera consistencia, credibilidad, razón de ser. 

 

Y una vez más, es de hacer notar la deplorable devaluación mental a que ha conducido el largo siglo de progreso en nuestro juego, especialmente a este lado del mundo.

 

No hace tanto tiempo que aquí mismo los dioses se nombraban a golpe de Galis, Petrovic u Oscar. Los dioses eran los que veían aro con misteriosa facilidad. Ahora, en cambio, se hace trono de cualquier cosa que no implique directamente canasta. Dos pases certeros, cuatro robos en defensa, manejarse en el poste alto, "innovar" cociendo el juego, ser joven y centroeuropeo de apellido impronunciable o esa ridícula coartada de los intangibles valen, en suma, mucho más que anotar. Es como si el viejo aficionado, sobrado de medios y años, hubiera perdido toda frescura, y lo que es peor, el sentido original que lo aficionó al baloncesto para terminar convencido de que las canastas son lo último que celebrar y sus autores lo primero que condenar.

 

 

 

 

Así Jennings cumple con esos requisitos que hacen del negro un negrata, del desafío soberbia, del talento sospecha y del tatuaje delito, esto es, todo ese maléfico orbe de cosas del que el viejo europeo, por puro esnobismo, sale disparado.

 

Tal vez todo resultara más sencillo de no estar Ricky Rubio por medio. Ninguno de los dos tiene la culpa. No están enfrentados. Mucho antes hermanados por la histórica circunstancia de que los dos mejores bases adolescentes estaban fuera de los EE UU. Pero el gran público ha caído en la morbosa trampa de enemistar lo que representan observando, en un lado, a Rubio como la quintaesencia del genio generoso y a Jennings como el millonario egoísta. Y en el otro, al overrated huido frente a una valiente realidad.

 

Porque Jennings batalla también analogías por allí. No deja de ser curiosa la observación de Kurt Rambis en la maliciosa comparativa que la prensa corrió a establecer con Jonny Flynn, cuatro posiciones por encima de Brandon en la noche del draft. Objetaba Rambis con razón que Flynn está sometido al aprendizaje del triángulo incorporado ahora a los jóvenes Wolves. Se siente por ello menos libre que Jennings en el nuevo grupo de Skiles. Y siendo cierto, no deja de resultar sumamente interesante que el vocablo libertad aparezca en la misma frase que Scott Skiles. Así de imposible resultaba hasta ahora. Así hasta que Skiles no ha querido oponerse a lo que el novato, muy por encima de tácticas, está resolviendo por sí mismo.

 

"Y Milwaukee ¿qué está ganando?", me preguntaba con sorna un buen amigo cuando la pregunta correcta sería qué ganaría Milwaukee sin él. Porque los Bucks no están para ganar mucho este año. Y ése suele ser terreno abonado para el aprendizaje, el rodar y madurar de jóvenes recién llegados, tal y como experimentó Calderón a su llegada a Toronto.

 

De momento ganar es lo único que ha conocido el joven Jennings. Sin su concurso aquel 45-0 con el quinteto intacto (Jennings - Hackett - Story - King - Love) no habría sido posible. Igual que rivales como Derrick Rose y Eric Gordon no sabrían lo que es perder ante un equipo liderado por él. De tan brutalmente joven no es posible tirar muy atrás en su vida sin caer en la niñez.

 

Si el debate fuera simplemente deportivo, la reacción debería ser otra. No es un hecho diario descubrir a un jugador que, a la espera de detonar potencias de pase -cosa que ya hizo con suficiencia en HS-, tiene algo de Tiny Archibald y Isiah Thomas, un descaro anotador que rescata por lo menudo del cuerpo la memoria de Calvin Murphy o hasta lo mejor de Allen Iverson antes de enfermar de sí mismo; una zurda tan eléctrica y tan del gusto del balón que sus días en Oak Hill remitían al recuerdo de Kenny Anderson. Igual que disparando suspensiones vivas tiene mucho de aquel Elliot Perry que burló en Phoenix diez miserables días de contrato.

 

Jennings tiene algo de todos y nada de nadie.

 

Nunca mejor noticia que la irrupción de un jugador joven que parece no serlo. De algo así nada hay que temer. Acaso únicamente, advertía Hollinger, determinado establishment muy localizado que habla en forma de siglas (NBA/NCAA). Porque el debate más profundo allí es esencialmente político. Como política parecía la maniobra que pudo hundirle la noche del draft.

 

De hacerse Jennings con el Rookie of the Year la amenaza de fuga juvenil a Europa tendría en él su punto de partida. Igual que Rubio (#5) ha abierto la espera como una posibilidad. Hasta eso los une, como avisaba Lang Whitaker en nombre de ambos: "The quo has lost status".

 

El único riesgo plausible en Brandon Jennings, su única culpa, es haberse presentado en la cumbre. Cosa con la que todo joven ha soñado alguna vez.

11/11/2009

- ¿Su hermano?

- Sí. Voy hacia allá.

- No sabía que... -se sorprendió Fitzgibbon- El caso es que él no está aquí. Tal vez debería usted decírselo.

- No, no. Mejor no. Le daré una sorpresa.

 

..................................................

 

 

A lo largo de 35 años la vida de Kevin Williams transitó entre la neurosis y los celos. Tan inteligente y calculador como desconfiado, nunca terminó de soportar el éxito de su hermano pequeño, como si éste le privara constantemente de cada pequeña victoria. El cariño de mamá, la atención de las mujeres, el triunfo en los deportes, la facilidad para el dinero y la popularidad. Todo ese desigual repertorio de cosas que a ojos de Kevin, para colmo asmático, le convertían en un perfecto desgraciado.

 

Hasta los terribles abusos del padrastro parecieron concentrarse con mayor sadismo en el primogénito. Era como si el destino se hubiera ensañado con él, eligiendo al pequeño Brian para proseguir la gloria del abuelo, Calhoun Williams, pianista con Duke Ellington, y del padre, Gene Williams, cantante de los Platters, un talento admirable y un devorador de aventuras, la primera de las cuales terminó en matrimonio cuando madre, Patricia Phillips, contaba con 17 años.

 

Cinco después el divorcio.

 

A edad adolescente, cuando un mozo aguarda ser convencido para tomar un camino en la vida, los dos hermanos pasaron un año entero en Las Vegas junto a su padre, el gran artista. La vida adquirió allí una nueva dimensión. Actuaciones, grandes hoteles, night clubs y casinos. Una fascinante parafernalia que hasta palidecía ante aquellas fantásticas historias de padre y sus viajes alrededor del mundo. Kevin también lo envidiaba. Tal vez porque ya entonces se sabía vetado a ese tipo de conquistas. Brian, en cambio, había sido conquistado. En su tierno espíritu prendió la mecha de la aventura, como si no fuera otro el sentido de vivir.

 

No es que los hermanos no se quisieran. Es que los sentimientos ardían en permanente colisión. Las pequeñas riñas y reyertas forman parte de lo habitual entre chiquillos hermanos. Pero cuando el tiempo avanza lo suficiente como para hablar de dos jóvenes por encima de los veinte años y los dos metros, uno informático el otro estrella de la canasta en Arizona, el asunto escapa incluso a la pedagogía.

 

Ningún episodio más revelador que la excursión que madre quiso disfrutar con ellos el verano de 1990 en el Gran Cañon. Ni un solo instante de aquel infernal fin de semana se libró de la batalla. No bastaban los gritos y amenazas, llegando ambos a las manos y los pies sin que una mujer, fuera madre o santa, pudiera hacer nada por evitar la pelea, la vergüenza y la atónita mirada de los testigos. Patricia no entendía nada. Sobre todo en el menor de sus hijos, a cuya educación había entregado un exquisito cuidado desde que fuera niño, cuando flanqueaban sus horas de escuela el jazz y el yoga. Madre habría dado la vida por volver a aquellas tarde en casa, cuando sus dos pequeños convivían en paz enfrascados en montar aviones de miniatura, ayudándose en silencio, como si un solo cuerpo moviera las cuatro manos.

 

Y aquel primer núcleo familiar corrió una vez más a dispersarse. Padre en Nevada, madre en Phoenix con su segundo marido, Kevin en California y Brian, poco después, en Florida. Porque Orlando Magic había decidido apostar por él como número 10 del draft de 1991. La carrera profesional de Brian Williams había, pues, comenzado.

 

En los seis años siguientes fueron pocos los periodos de paz. Pocos y muy frágiles.

 

En su segundo año fue apartado del equipo por depresión. Un término demasiado flaco para describir algunos de sus extraños tormentos. Se despertaba inquieto a medianoche sin que pudiera volver a coger el sueño. Le aterraba la idea de abandonar la cama para acudir a entrenar. Una mañana, marcando a Shaquille, cayó a plomo al desmayarse en mitad de una sesión. Otra quedó dormido al volante y fue a estrellarse contra una torre de alta tensión. Al cruel insomnio, al que una noche llegó a combatir con la ingesta de 15 pastillas, se sumaba lo inconveniente de su educación vegetariana. Dos mil calorías cuando necesitaba el triple. Odiaba con todas sus fuerzas Orlando, una ciudad -solía decir- "hecha para turistas".

 

El técnico Matt Guokas creyó estar tratando con un loco cuando tras una derrota en Dallas un comentario suyo en el vestuario -"No podemos seguir así"- despertó la ira de Brian como si fuera con él. Allí se acabó la charla. Al inmediato reproche de Skiles -"¡Cállate, esto no va contigo!"- ya no hubo manera de detenerlo. Ni siquiera en los días siguientes a cuyo primer entrenamiento terminó a puñetazos con Jeff Turner. En adelante ningún componente del equipo se referiría a él sin emplear la palabra "medicación".

 

Donde otros veían glamour Brian sólo ridículo. No le impresionaba la NBA. Antes bien añoraba las andanzas con su odiado padrastro, Ron Barker, al que nunca podría pagar en gratitud haberle ingresado tiempo atrás en los hipnóticos mundos de Coltrane, Adderley o Miles Davis. 

 

 

 Miles Davis

 

 

Este último era lo único en el mundo que parecía poner de acuerdo a los dos hermanos. Ambos idolatraban hasta lo indecible su obra y figura. "Si yo tuviera por el baloncesto -reconocía el pequeño- la misma pasión que Miles Davis por la música, sería uno de los mejores jugadores de la historia".

 

Brian fue sometido a un severo tratamiento médico.

 

Para cuando despertó lo hizo en Denver, en aquellos Nuggets que una noche reventaron la liga por liquidar a los Sonics, el primer equipo de la temporada. La noche que las cámaras recogieron el éxtasis de Mutombo en el suelo de Seattle Brian Williams había sido el mejor (17 puntos y 19 rebotes). Dulce y fugaz alegría. No mucho después acabaría en el equipo pobre de Los Angeles antes de pasar la temporada del 97 casi en blanco por una intervención quirúrgica.

 

 

Seattle, 7 de mayo de 1994

 

 

Para entonces la figura de Brian Williams era la más insondable y enigmática de toda la NBA, un mundo voraz que lo observaba como un bicho raro sobre el que circulaban todo tipo de rumores, desde que fuera gay por no ceder a las veleidades sexuales comunes en la liga o atiborrarse de desodorante antes de entrenar a que, obsesionado por los nutrientes, hubiese llegado a comer tierra. Y tampoco él ayudaba:

 

- ¿Qué opinión te merece que haya mujeres árbitros?

- Soy partidario de la igualdad de derechos.

- Entonces, ¿qué te parece?

- Una absoluta memez.

 

En temporada era imposible quedar con él. Bohemio de dormitorio y autor de poesía urbana, se ocultaba del mundo entregando sus horas al saxo, la trompeta, el bajo y la guitarra o leyendo a Kant, Nietzsche y Kierkegaard. Entretanto sumergía al extremo su aislamiento buceando en el gigantesco acuario que había hecho construir en casa.

 

En una ocasión rompió a llorar amargamente para asombro de sus compañeros. ¿El motivo? Una película sobre el Apartheid. Tampoco era menor la sorpresa de quienes, antes de cada entrenamiento, le veían correr por las gradas del pabellón y, de repente, ocultarse unos segundos bajo los asientos. Una noche, volando junto a sus compañeros de Denver, Brian se incorporó súbitamente y corrió pasillo atrás antes de hacerse oír por todo el avión: "¿Y qué pasaría si abro ahora esta compuerta, eh?". Al parecer se trataba de una broma. Pero todos callaron.

 

Tampoco nadie sabía muy bien qué decir cada vez que en el autobús de Detroit se preguntaba: "Bien, ¿estamos ya todos?". Y alguien respondía: "No, falta el de siempre".

 

Era como si el baloncesto le pesara amargamente y Brian estuviera ansioso por que todo terminara para dar rienda suelta a sus ensoñaciones, como hacía cada verano. Piloto de aeroplanos, había corrido en San Fermín, alquilado camellos para perderse en Egipto, apostado dinero en los casinos de Mónaco, disfrutado de la noche en Cuba, México y Marruecos, disparado ráfagas de ametralladora en Beirut, gozado de la prostitución de lujo en el sur de Francia y recorrido en bicicleta travesías de mil trescientos kilómetros por el desierto americano.

 

El 2 de abril de 1997 el baloncesto le recuperó en el mejor lugar imaginable: Chicago Bulls. La baja por lesión de Bill Wennington rescató a Brian de la agencia libre para disputar junto a Jordan, Pippen y Rodman dos meses de auténtico ensueño y conquistar el anillo, algo por lo que muchos otros dotaban de sentido a sus vidas.

 

Jordan había sido muy claro con él: "Aquí vas a hacer esto, esto y esto. Y mientras no haya partidos, entrenamientos o viajes, al gimnasio". En apenas semanas Brian alcanzó su plenitud, la de un rocoso ala-pívot en torno a los 2.08 de hábil zurda y formidable destreza para rematar en los aledaños del hierro.

 

Y todo ello sin dejar de ser él mismo. Durante las Finales Jackson le previno de las noches con Dennis Rodman. "Ten cuidado con él. Acabará contigo". Y Brian respondió compartiendo habitación en el hotel de Utah con el vocalista y guitarra de Smashing Pumpkins, Billy Corgan, tan encantado inicialmente con la experiencia como devastado poco después por un entusiasmo y vitalidad que sentía incapaz de secundar. "Espera, espera, escucha esta otra que he compuesto". Asolado por la noche y el sueño Corgan había perdido la cuenta. "Por favor, basta ya, acuéstate y duerme". Pero Brian seguía a lo suyo.

 

Fueron días de verdad fabulosos. En Chicago, por primera y única vez, Brian experimentó algo cercano a la felicidad en esa profesión que el destino le había deparado.

 

Una profesión que aquel verano le premiará finalmente al extenderle Detroit un cheque por valor de siete años y 42 millones de dólares. De entre el mucho trabajo que urgía a Doug Collins había una pequeña parte, menos técnica que humana, que le afectaría personalmente. El cuidado de aquel enigmático muchacho que a ratos le resultaba tan brillante como frágil. "Me hizo un regalo por Navidad. Es el único jugador en toda mi carrera que ha hecho algo así conmigo". Una sensibilidad de la que no eran muy partícipes los compañeros, especialmente Christian Laettner, que no eludió acusar a Brian de ser un continuo motivo de distracción para el equipo. 

 

Una noche en Philadelphia Derrick Coleman le desafió camino de vestuarios para iniciar una pelea, a la que Brian renunció de inmediato a pesar del fuerte empujón recibido. Collins le felicitó por el gesto. A su juicio había obrado bien por el equipo. Pero el equipo no pensaba lo mismo y en el autobús Brian lamentó escuchar el murmullo de desaprobación por lo que algunos consideraban un acto indigno de un hombre. Tiempo atrás había sido multado por la liga por ingresar en pista para poner fin a una reyerta entre Chambers y Mutombo.

 

Collins fue de los pocos en agradecerle personalmente los diez mil dólares que costó invitar a cenar a todos los miembros de la plantilla.

 

Así Brian celebró la huelga del 99 como nadie. Acaso tan sólo como Rodman. Disponía por fin de tiempo para sumergirse en profundas travesías en solitario, de transfigurarse en un Kerouac africano, de alterar incluso su identidad por la de Bison Dele en honor a sus ancestros. Aquel nuevo nombre incorporaba la pureza Cherokee, la libertad del bisonte y la doliente sangre vertida por el esclavismo negro.

 

En adelante Bison perdería su rastro al pasado mientras su nombre colgaba inerte en las listas de la Free Agency.

 

Y ya nada podía detenerle. Aquel verano compró una casa flotante en Lake Powelll (Arizona) y la llenó de amigos, entre los que se encontraba una persona muy influyente en su vida, hijo de un parlamentario libanés, Ahmad El Husseini, a quien había conocido en sus años de universidad. Ambos no tardaron mucho en abandonar el lago y viajar juntos por Europa antes de terminar nuevamente en Beirut, donde se hicieron con una planta depuradora.

 

Beirut y las pocas noticias que llegaban de Brian despertaron un inquieto desfile de llamadas que culminaron con un correo que dejó completamente perplejo a su agente Dwight Manley:

 

"Estimado Dwight. No tengo intención de seguir jugando. Habla con los Pistons y haz oficial mi retirada. Es irrevocable".

 

Detroit corrió a ocupar su puesto con el fichaje de Terry Mills pero el equipo no desfalleció hasta apurar insospechados recursos.

 

- Oye, chico, soy Bill Davidson, dueño de Detroit Pistons -a petición de su amigo era Ahmad quien cogía el teléfono-. Quiero hablar con él. Es urgente.

- Lo lamento, señor Davidson. No volverá.

 

Otras comunicaciones iban incluso más allá.

 

- ¡Guau! ¡Un telegrama de Phil Jackson! Y quiere que juegues en sus Lakers.

La propuesta llegó días después de que Jacko reconociera abiertamente a la prensa que Dele había sido "uno de los alumnos más aventajados que he conocido en mi vida".

 

Aquel revuelo se debía al optimismo de Manley y a unas infundadas declaraciones en las que insinuaba que el jugador consideraba volver, momento en que un nutrido ramillete de equipos mostraron su abierto interés en contratarle. Pero Manley no tenía nada que ofrecer. Su jugador no estaba, como si no existiera, lo que despertó una corriente de rumores sobre que el jugador se hallaba metido en serios problemas.

 

- Ahmad, soy Jesse Jackson. Necesito hablar con él.

- Es inútil, reverendo. No quiere hablar con nadie.

 

Aquel fue el último recurso al que apeló su representante, incapaz de creer que un joven de 30 años pudiera renunciar a más de 30 millones de dólares.

 

- Pero... ¿qué es lo que tengo que hacer para que me dejen en paz? -repetía Bison al libanés.

 

Fueron cuatro meses de desenfreno, un ritmo que El Husseini no pudo aguantar haciéndolo saber a su amigo con la mejor de sus intenciones: "Oye, no me entiendas mal, pero ¿por qué no te vas un mes a algún sitio y luego vuelves? Tengo que trabajar, no sé, hacer una vida algo más normal". Bison se sintió menos ofendido que traicionado. Cogió sus cosas y emprendió dolido su marcha. Esta vez, se prometió, para siempre. 

 

Huyó en solitario a través de la India e Indonesia antes de instalarse en un pequeño islote de las índicas Seychelles, al noreste de Madagascar. El joven había cortado definitivamente los hilos que le unían al mundo que hasta entonces había conocido.

 

A finales de 1999 llegaba a Australia, donde en la noche del 31 de diciembre se perdía entre la jubilosa multitud congregada en Sydney para recibir al nuevo milenio. Días después compraba un camión gigantesco con el que pretendía recorrer el país. La nave contaba con cocina y dormitorio y portaba víveres, ropa, una moto, una tabla de surf, un kayak, un equipo de submarinismo y un camping. Más de lo necesario para sobrevivir.

 

Su itinerario se vio sin embargo detenido al caer hechizado de la localidad costera de Fremantle, al sudoeste de Perth. Allí se instaló por un tiempo y allí comenzó a hacer amigos que nada sabían de él.

 

De aquellas amistades la más cercana y sincera se despertó con una joven australiana de nombre Megan Moody, que un buen día le inquirió la pregunta decisiva:

 

- ¿Por qué estás aquí?

Bison respiró hondo antes de hacer un escueto retrato de su pasado.

- No me gustaba quién era en mi anterior vida. Una mañana me levanté y sentí asco de mí. Del tipo de persona en que me había convertido. No quiero fama ni dinero. Allí nunca encontraré la paz que estoy buscando.

 

Poco después el nuevo hechizo le vino del mar. Adquirió por 650 mil dólares un catamarán de 17 metros que en adelante sería su hogar, al que llamó Hakuna Matata, en suajili "no hay problema". Buscó un patrón y lo encontró en el veterano Jon Sanders.

 

El 8 de febrero de 2001 Bison Dele dejaba atrás Fremantle y la tierra firme. Emprendía una aventura sin destino. Una aventura para la que no contemplaba fin.

 

En las siguientes semanas Dele, Moody y Sanders surcarían la costa del sudoeste australiano hasta que el primer incidente vulneró la paz de aquellos días. El patrón y la chica no se tragaban y la joven no tardó mucho en confiar el malestar a su amigo.

 

- Oye, ¿qué es lo que pasa con Megan?

- Lo mismo que con tu marihuana en el barco. No me gusta.

- Lamento recordarte que el barco es mío.

- Un barco siempre es de quien lo maneja.

 

Sanders, que había dado hasta tres veces la vuelta al mundo, se comportaba como un lobo de mar, un hombre demasiado severo para tolerar determinadas cosas a bordo. Bison no quería problemas y decidió prescindir de sus servicios en favor de un nativo algo más relajado de nombre Mark Beal.

 

El Hakuna retomó la marcha por las costas del sudoeste australiano con seis personas a bordo. Bison, Megan, Mark y otros tres amigos, entre los que destacaba un alemán al que llamaban Drema y que Bison había conocido en uno de sus trayectos por el desierto.

 

Juntos pasaron semanas inolvidables. Reían y charlaban en cubierta hasta altas horas de la noche. De noches serenas y estrelladas bañadas por aquel hipnótico deep tan del gusto de Bison que embriagaba a todos y se extendía libre por el infinito. Y aunque no lo pretendiera terminaba siempre siendo él protagonista. Adoraba conversar y hacía gala de una cultura desorbitada. Pero mucho menos que de una empatía natural que ganaba aprisa a quienes le conocían. Parecía constantemente inflamado por una inagotable energía que sólo la marihuana calmaba a cada última hora del día. A veces, se retiraba largos ratos como si necesitara meditar. Y al cabo, reaparecía completamente renovado.

 

Y todos, sin excepción, caían de sueño antes de que lo hiciera él, como si quisiera coronar cada jornada como testigo solitario de toda aquella hermosa majestad.

 

 

 

 

- ¿Por qué... eres tan generoso? -se preguntaba a menudo el alemán, como si supiera de algunos pasajes en la vida de Bison. Como cuando entregaba fajos enteros en los suburbios de México a todo aquel que pareciera necesitarlo. Como si supiera que mensualmente le hacía llegar a madre cinco mil dólares o que regalaba entradas a niños, personal de limpieza y empleados en cada equipo que vistió de corto.

 

Y Bison respondía encogiéndose de hombros mientras esbozaba una cálida sonrisa.

- Te deseo mucha suerte, amigo -añadió Drema al despedirse camino de tierra firme.

 

El resto prosiguió su aventura por los mares del Sur.

 

Una mañana de febrero, a pocos días de alcanzar la costa de Melbourne, el Hakuna recibió un inesperado correo.

 

"Bison, quiero volver a jugar. Lo haré en los Wizards. Me gustaría que formaras parte de este proyecto. Quiero que volvamos a jugar juntos".

 

Para otros muchos resultaría realmente complicado negarse a la petición de aquel remitente. Para Bison era en cambio algo sencillo.

 

"Agradezco enormemente tu solicitud, Michael. Pero lo siento, me debo a mi nueva vida. Aquí soy feliz y no volveré a jugar. Gracias de todo corazón".

 

 

Bison & Michael (1997)

 

 

Aquel correo, la noticia que portaba, que de hacerse pública habría recorrido el planeta en pocos minutos, fue el último contacto que estableció el baloncesto con Bison Dele, como si éste hubiera arrojado al mar para siempe la brújula del juego.

 

Llegados a Melbourne, Megan Moody decidió poner pie en tierra. Decía adiós a la aventura no sin dolor ni motivo. Una mujer sabe exactamente dónde reside el amor del hombre al que apunta. Y su fuero interno temía caer enamorada de aquel alma libre, que sin embargo no había olvidado a su único amor, de quien precisamente tanto habló con ella. Esa chica era Serena Karlan, a quien Bison conociera en Los Angeles durante su año con los Clippers.

 

Bison no la había olvidado. Sabía que a su marcha ella había emigrado a Nueva York con el sueño de encender allí su carrera artística. Tenía que llamarla. Tal vez con ella la felicidad fuera completa.

 

Poco después tocó el turno a Mark Bears. El patrón había cumplido con creces su tarea de conducir a la tripulación camino de las costas del norte. Cerca del puerto de Brisbane su lugar lo ocupó otro navegante, Ben Fitzgibbon, y un amigo personal de éste de nombre Mark Benson. Juntos alcanzarían en abril de 2001 las exóticas tierras de Papúa Nueva Guinea.

 

Para entonces Bison parecía un hombre completamente nuevo. Había calmado visiblemente sus nervios y empleado buena parte del tiempo en las destrezas marítimas, de la navegación a la pesca.

 

- Te gusta rodearte del mar -le inquirió Fitzgibbon en alguna ocasión.

- Mucho menos que de las buenas personas.

 

Acaso faltara una de ellas.

 

Así el joven puso en adelante todo su empeño en encontrar a Serena Karlan. Lo consiguió en el mes de octubre accediendo también al favor de su patrón, Fitzgibbon, de llevar al barco a su novia, Yvonne Moore, que enseguida se mostró algo incómoda con la situación.

 

- Me haré cargo de todos los gastos.

- Pero yo no quiero que tú...

- Por favor.

 

La remota isla de Vanuatu, al norte de Nueva Caledonia, fue testigo de la cita. La nueva tripulación, compuesta por Bison Dele, Serena Karlan, Ben Fitzgibbon, Yvonne Moore y la cocinera Sheri Bromley, acabó formando en pocas semanas una confortable familia.

 

Ahora sí, la felicidad de Bison Dele era completa.

 

Pero otra vez breve. A medida que pasaron las semanas Serena Karlan se vio invadida por la melancolía. Comenzó a ver su futuro como algo incierto. Había dejado abruptamente compromisos, familia y amigos al otro lado del mundo, donde tenía una vida que acometer. Así el 24 de noviembre, igual que habían llegado, Karlan y Moore abandonaron la embarcación camino del mundo real.

 

Apenado por aquel desenlace Dele prosiguió su aventura, a la que pronto se uniría un nuevo patrón, el francés Bertrand Saldo, un adinerado joven propietario de un yate afincado en Vanuatu, donde había conocido a Bison. Saldo no era mal tipo. Y tampoco alardeaba de su curiosa condición. Era sobrino del que fuera ministro de defensa francés, Charles Hernu, dimitido de su cargo por la destrucción del Rainbow Warrior de Greenpeace.

 

Era cuestión de tiempo y Bison sucumbió a la ausencia de Serena. Ni un solo día había dejado de enviar correos y llamadas telefónicas a su amada. Su perseverancia acabó dando fruto. Serena lo dejaría todo por él. Bison le envió 50 mil dólares para que saldara sus deudas en Nueva York y ambos unieran definitivamente sus destinos. En enero de 2002 el Hakuna gozaba otra vez de la presencia de Serena Karlan.

 

La pareja voló hasta Auckland (Nueva Zelanda) para pasar allí unas semanas a solas. La embarcación quedó a cargo de cuatro tripulantes: los dos patrones, Mark Benson y la cocinera.

 

La casualidad quiso que el Hakuna recibiera entonces una inesperada llamada. Una llamada que cogió desprevenidos a todos.

 

(retoma el diálogo inicial)

- Está bien, pero creo que debería llamarle y hacérselo saber -insistió Fitzgibbon, algo confuso por lo alterado de aquel hombre.

- Preferiría que no lo supiera. Hace años que mi hermano no sabe de mí. Créeme, será una gran sorpresa para los dos.

 

Y así fue en un principio. A su encuentro Bison Dele (Brian Williams) y su hermano Miles Dabord (Kevin Williams) se fundieron en un estrecho abrazo que emocionó a todos, ignorantes del personal abismo al que desde hacía tiempo aquel hombre se había precipitado. El cambio de identidad -Miles por Miles Davis y Dabord por un familiar- apenas había mejorado su vida.

 

Sin empleo, Dabord estaba en la ruina y al borde del derrumbe cuando su hermano pequeño, otra vez él, acudió a su cabeza como una tabla de salvación. Tal vez la única. El primogénito disimuló hasta la ocultación todas aquellas circunstancias, incluyendo la deuda de cuatro mil dólares que había contraído con su novia, Deanne Heinrichs, por el alquiler del apartamento en Palo Alto.

 

Fitzgibbon desconfiaba. Aquel visitante venía para quedarse. En los ratos a solas el patrón quería llegar a la verdad del asunto.

 

- Ya te lo he dicho. Quiero hacer las paces con mi hermano. Unirme a él para siempre. (...) Han sido años difíciles. (...) Sí, éste es también mi camino. ¿Te he dicho que me encanta el mar?

 

Por sus gestos, palabras y miradas, todo ello a una velocidad desacostumbrada en aquella cubierta, era evidente que aquel hombre acababa de caer de la urbe arrastrando consigo toda su buena carga de problemas.

 

El Hakuna y su tripulación se adentraron en las profundidades del Pacífico Sur, una travesía que hasta entonces se había visto privada de todas aquellas contingencias que hacían soñar a Verne, Conrad o Melville. Fueron días de calma chicha. Días también de paz a pesar del recién llegado.

 

Dabord mostraba gran interés en aprender el funcionamiento de la embarcación. Con la ayuda de Fitzgibbon y Saldo pronto supo lo necesario.

 

Nunca había asomado la jerarquía a bordo. No hasta la llegada del aquel hombre ambicioso de conducta inestable y desaforada oratoria. Siempre tenía a su hermano en boca. Con elogios a su presencia y una fuerte carga de ironía a su ausencia. Esta última apreciación se hacía muy patente en relación a la salud de que decía gozar su hermano pequeño, dado el visible deterioro de Dabord, algo avejentado y ganado por el sobrepeso.

 

Continuamente narraba pequeñas rencillas de la infancia de ambos, riendo a mandíbula batiente cuando encontraba la anécdota que hiciera salir mal parado al pequeño. "Y se marchaba llorando, jajajaj...". Tampoco se privó de sacar a colación la carrera NBA de Bison. Algo de lo que él mismo se había guardado cuidadosamente. "¿¡Y a quién coño le importa eso!?", interrumpía molesto. Pero Dabord seguía como si nada. 

 

Así las desavenencias no tardaron en aparecer, precipitándose ambos a discusiones nacidas en torno a asuntos sin importancia. Asuntos que hasta entonces no habían despertado la menor irritación de Bison. Discusiones cada vez más frecuentes y acaloradas. Tan frecuentes como la intervención de los testigos cuando el conflicto rebasaba lo conveniente. "Venga, basta ya, por favor".

 

El mal presagio que rodeaba a Miles Dabord se materializó incluso en forma de correo. Desde California Deanne Heinrichs le reclamaba el dinero que adeudaba. La respuesta del acreedor, más que una declaración de intenciones, era todo un retrato de sí mismo:

 

 

 

 

El instinto femenino de Serena Karlan actuó entonces con discreción. Convenció a Bison para pasar unas semanas a solas en la paradisíaca isla de Moorea. Karlan sabía dónde estaba el problema. Pero Bison no podía enviar a casa a su hermano. No podría dormir en paz.

 

Desde el hotel de la isla, Bison se puso en contacto con su amigo y asesor financiero, Kevin Porter. "Vigila las cuentas. Me preocupa mucho. Ten cuidado, por favor. No quiero gastos inútiles. Sólo yo puedo dar orden, ¿de acuerdo?".

 

Sin la pareja a bordo Miles Dabord redobló las sospechas en torno a su carácter. Su descaro no encontraba resistencia y así se arrogó el timón de la embarcación, lo único que pareció concentrar su atención en los días siguientes. Quería probar la velocidad de la nave y ponerla al máximo. Alcanzaron las costas de Tahiti el 19 de junio. Habían empleado un tiempo récord de tres semanas.

 

El 21 zarparon rumbo a Moorea para recoger a la pareja. Una semana después Mark Benson abandonaba al grupo de regreso a Australia. El sábado 6 de julio el Hakuna viraba una vez más. Lo hacía con cuatro personas a bordo. Los dos hermanos, la novia del menor y el patrón francés ponían rumbo a Honolulu desde las inmediaciones de la remota isla de Maiao.

 

Aquel destino en los confines del mundo estaba maldito.

 

 

 Maiao

 

Nadie sabe lo que ocurrió ni qué pudo pasar por la cabeza de Miles Dabord aquella luminosa mañana de domingo. Pero todo tuvo que precipitarse muy rápidamente.

 

La pelea entre los hermanos alcanzó su masa crítica cuando Serena cayó herida sobre cubierta en su empeño por intermediar, lo que inflamó a Bison a una erupción sin control. Instantes después rajaban el aire los disparos de una Glock, un arma propiedad de Bison que Miles habría encontrado a su ausencia.

 

Kevin Williams, de 35 años, disparó a bocajarro sobre su hermano Brian, de 33, acabando allí mismo con su vida. Acto seguido descerrajó otros dos, también mortales, sobre Serena Karlan (30) y Bertrand Saldo (32). El cielo azul y el inmenso océano quedaban como únicos testigos de la masacre.

 

El asesino alejó la embarcación unas millas más de la costa antes de arrojar los tres cuerpos por la borda, a merced de las corrientes del Pacífico Sur.

 

Y con la misma frialdad puso rumbo a Moorea, donde le aguardaba una vieja amiga con quien estaba citado, Erica Wiese. Meses atrás, antes de aparecer en la embarcación pero sabiendo de su ubicación, había pasado con ella una semana como turista en atolones cercanos. En aquella ocasión Dabord desapareció también de su vista.

 

- No te preocupes, nena. Tengo que arreglar algún asunto. Nos veremos aquí. Te llamaré. Vendré a buscarte en mi catamarán, pasaremos unos días juntos y volveremos a casa.

- ¿Tienes un catamarán?

 

Miles cumplió lo prometido, ocupando su regreso en borrar el sello de la embarcación, a la que llamó Aria Bella, y sobre todo las huellas de cubierta (con tal precisión que los investigadores apenas hallarían restos). Para entonces creía tener una coartada:

 

- Mi hermano y ella se quedaron en Raiatea. Y el francés salió hace un rato a buscar a unos amigos para quedarse aquí unos días con ellos.

 

El día 15 Erica Wiese volaba a California. A la mañana siguiente el club náutico de Tahiti recibía una llamada de urgencia. Un catamarán había encallado en los arrecifes con una persona a bordo. "Disculpen mi torpeza". Las autoridades lo remontaron hasta la costa. No hubo preguntas pero Dabord apresuró la maleta con destino a Palo Alto.

 

Allí se reencontró con Erica Wiese.

 

Las fechas siguientes fueron una alocada e incoherente carrera para el triple homicida. En un mes cambió tres veces de domicilio. De San Franciso a Miami, de Miami a Belice, previo paso por Phoenix, donde suplantó a su hermano con un cheque por valor de 152 mil dólares a cambiar por oro. Portaba consigo el pasaporte, la chequera y dos tarjetas de crédido de su hermano. Pero ignoró el hecho de que la desaparición de Bison Dele ya estaba en conocimiento de la policía, que arrestó a Dabord en cuanto supo de su paradero.

 

Durante el trayecto a comisaría el detenido, visiblemente nervioso, no paró de hablar:

 

- ¿Sabe, agente? Estoy orgulloso de mi hermano. Sí, de su carrera y su forma de ser... Estoy deseando volver a verle.

- Y usted, ¿no juega a baloncesto?

- No -repuso en seco-. Todo el talento de la familia se lo quedó él.

 

En las siguientes siete horas de interrogatorio Miles Dabord presentó todos los síntomas de un maníaco. Nervioso y balbuceante, pronunciaba frases inconexas antes de romper a reír o estallar en sollozos, estrechando varias veces las manos de los agentes o inflamándose de ira al minuto siguiente. Así hasta que la sargento Mary Roberts lo intentó por última vez.

 

- ¿Sabe dónde están los desaparecidos?

- No.

- ¿Ninguno de ellos?

- Ya le he dicho que no.

- Muy bien. Aguarde un momento. Hay alguien que quiere verle.

 

Era Kevin Porter, el estrecho asesor a quien oportunamente Bison advirtió del peligro. Los dos quedaron a solas.

 

- Créeme... fue... fue él mismo quien me pidió que sacara ese oro.

- Miles, él no ha extendido ni un solo cheque en diez años. No puede hacer ese tipo de operaciones. Sólo yo.

- Pero... ¡él me lo pidió! ¿Qué quieres que te diga?

- Sólo una cosa, por favor. ¿Están vivos?

- Maldita sea, lo estaban cuando yo me marché. Les dejé allí, felices y completamente libres.

 

Para entonces la policía especulaba con la posibilidad de que la tripulación hubiese sido apresada por piratas de la Polinesia. Dabord quedó libre. No había pruebas contra él.

 

Pero puede que pronto las hubiera. El tiempo corría en su contra y tan pronto volvió a reunirse con Wiese, en un motel de San Ysidro (California), ésta fue objeto de una curiosa confesión entre agitados sollozos.

 

- Él y yo forcejeamos... y ella, mierda... ella se interpuso y... cayó y se golpeó muy fuerte en la cabeza... Mi hermano se puso nervioso. Sabía que el francés hablaría y... y... también lo mató. Venía a por mí... ¿sabes? ¡Tuve que matarle! Fue en defensa propia... ¿¡me entiendes!? ¡Tengo miedo!

- Pero...

- Los tiré al mar. ¿Qué podía hacer? ¿Yo solo con tres cadáveres?

- ...

- Voy a llamar a Paul. ¡Él me creerá! ¡Sí... tengo que contárselo todo!

           

Pero su amigo Paul Davis quedó tan perplejo como Erica Wiese.

 

Cuando la conversación terminó ella se había ido.

 

Dabord estaba solo. Era momento de huir.

 

Pero antes una llamada. Necesitaba hablar con un abogado.

 

- Su historia es demasiado increíble -resopló-. Me temo que pelear algo así podría salirle por unos 200 mil pavos.

- ¿¡Qué!?

 

Era cuestión de horas que Paul o Erica largaran. Ella pasó la noche sola en el viejo apartamento. Bajo la almohada escondía un cuchillo.

 

Para entonces el cielo se había cerrado del todo sobre Dabord, que pisaba a fondo el acelerador como si eso le ayudara a escapar.

 

Cruzó la frontera de México y acabó dando con sus pasos en Tijuana, en una de cuyas calles fue encontrado poco después en estado de coma. Ni siquiera la insulina y el Valium le ayudaron a quitarse la vida.

 

Los tres días anteriores Miles había hablado con su madre. Nada extraño si en tres años la hubiera llamado alguna vez. La última todavía golpea con fuerza la memoria de Patricia Phillips: "¡Mamá, necesito que me creas! ¡Nunca haría daño a mi hermano! ¡Necesito saber que me quieres antes de morir! ¡Nadie creerá mi historia! ¡Nadie!".

 

El viernes 27 de septiembre el corazón de Miles Dabord dejaba de latir en el hospital californiano de Chula Vista.

 

A miles de kilómetros de allí una pequeña embarcación guardaría eternamente el secreto de lo ocurrido haciendo por fin honor a su nombre. Porque también ella descansaba en paz.

 

 

 

 

 Kevin y Brian (1976)

 

 

 

Con especial gratitud a Michael Bedan y Brian D. Crecente, Grant Wahl, Mark Beech, John Ed Bradley y René Radoi.

 

 

 

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De otras cavernas y tragedias:

 

 

La última noche

 

El inexplicable adiós de Ricky Berry

 

Holocausto caníbal

 

Cinco anillos para un padre

 

El extraño caso de Johnny Moore

 

 

No toca abundar en el Shannon Brown jugador, al que todo elogio sería actualmente poco. Es hoy aquí lugar y momento para rendirle otra cosa. Una razón muy poderosa por la que puede estar quedando completamente a solas en el panorama mundial de la canasta. Palabras mayores.

 

En los pocos meses que lleva vistiendo de amarillo, esto es, el compacto periodo en el que su carrera remonta aprisa desde cero, Shannon Brown ha protagonizado buen número de acciones de las que la NBA, el baloncesto o cualquier competición en el mundo incluida la olímpica, puede sentirse verdaderamente orgullosa de recoger. Y aun con eso, ni siquiera se trata de su inesperada condición de Highlight Machine. Se trata de algo más. Algo que difícilmente unas líneas pueden describir con justicia.

 

De un tiempo a esta parte la proliferación de acciones insólitas, especialmente las del aire, ha disminuido considerablemente aquellos masivos asombros que los años ochenta hicieron suyos como el rostro más universal de la NBA. El tiempo no pasa en balde y son hoy muchos los capaces y demasiadas las acrobacias verticales como para despertarnos la misma sorpresa.

 

Por eso vivimos hoy una era difícil. Porque a la saturación de las proezas se añade un factor bastante más peligroso. La tecnología se apresura a desbordar la pereza del ojo y no pasará una década antes de que seamos incapaces de distinguir la realidad virtual de la realidad a secas. Como si ésta empezara a agotar su repertorio formal y diera rendido paso al nuevo imperio del fake. De ahí que cada vez sea más complicado encontrar algo distinto o superior. Alguien que de repente sitúe sus dones atléticos como uno o dos grados por encima del panorama más selecto. 

 

Pues bien, afortunadamente lo hay. Y no es otro el caso que ese joven nativo de Maywood (Illinois) que no hace tanto dio un buen susto a su padre, el sargento de policía Chris Brown habituado a llamadas de fea urgencia, tras recibir una en tono muy severo:

 

-Señor, Brown. Acuda al instituto a la mayor brevedad posible.

-¿¡Qué ocurre!?

-Su hijo.

-Mi hijo... ¿¡qué!?

-Su hijo ha destrozado una de las canastas de la escuela.

 

En Proviso el presupuesto era bien escaso y reponer todo aquel aparataje habría de correr a cargo del bolsillo familiar. Es de imaginar la bronca y el premonitorio calado que ésta debió causar en el tierno alma del chico.

 

En adelante Shannon no renunciaría a los mates como prueba su concurso en el McDonald's de 2003. Pero pronto supo que ni eran suficientes ni su privilegiada genética habría de concentrarse únicamente en ellos. Hacer carrera era cosa bastante más seria. Michigan St., Cleveland, Chicago, Albuquerque, Rio Grande y Charlotte en apenas tres años en los que su potencial como jugador acusó una excesiva represión.

 

Represión que llega a su fin el pasado mes de febrero en los ahora vigentes campeones, cuando Shannon demuestra al dorado grupo de Phil Jackson que su sacrificio como humilde engranaje del Team Work merece la pena, un contrato y la permanencia en el mejor equipo del mundo. Y ahora sí, Shannon puede añadir algo más: detonar con sospechosa frecuencia el mayor de los dones de que está superdotado.

 

Y aquí llegamos al asunto en cuestión.

 

El asunto por el que otros jugadores, de clásico perfil estilizado en torno a los dos metros, consiguen una rápida celebridad de pantalla en la High Definition Era. Un terreno como de exclusiva propiedad de LeBron James, Dwight Howard, Josh Smith o Gerald Green, ejemplares instalados a placer en el objetivo de las cámaras gracias a sus deslumbrantes conquistas de las regiones más altas del hierro.

 

Ocurre sin embargo que este género de conquistas mayores, como inventario registrado, flaquea por el lado oficial y su reconocimiento se pierde en la masiva memoria de los aficionados. Ahora que el atletismo y sus registros se calibran en millonésimas de láser, en el baloncesto, por su infinita riqueza, todo se sigue entregando al contraste visual. Cuando el ojo asiste al increíble rebote ofensivo de Jamario Moon en San Antonio, sabe muy bien del calibre de la acción pero ignora a qué o a quién exactamente enfrentarla. 

 

 

 

 

Por eso da la impresión de que determinado material, a la desaforada velocidad a la que discurre la competición diaria, pasa desoladoramente inadvertido. O al contrario, no todo lo advertido que debiera.

 

Shannon Brown roza el 1.90 descalzo. En estos meses de amarillo ha prodigado innumerables episodios de mate o tapón que recoger prioritariamente cualquier Top Ten de temporada. Pero ni siquiera eso es suficiente.

 

Lo que verdaderamente le encumbra a lo sobrenatural pertenece a un pequeñísimo ramillete de acciones donde ha conseguido disparar en torno al 95 por ciento de su portentosa capacidad de salto vertical. En esta particular métrica, cuando Brown ha contado con todo a su favor incluida la ausencia del balón en las manos, ha demostrado poder alcanzar los 112-114 centímetros de batida en estático. O lo que es lo mismo, situarse a la altura de los mayores prodigios que ha dado este deporte.

 

Lo insólito de su capacidad movió incluso a la prensa a sondear al cuerpo de fisios angelino por si Brown seguía algún tipo de programa específico en su tronco inferior. La negativa de su director, Chip Schaefer, fue rotunda: el único misterio pertenece a su genética natural.

 

Pero todo esto mejor se comprueba a través de tres acciones que ratifican esa condición verdaderamente única en Shannon Brown. Por la magnitud de cada acción su orden desfila de menor a mayor.

 

 

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6 de mayo de 2009 / L.A. Lakers - Houston Rockets

 

Segundo partido de aquella serie de segunda ronda. El desenlace de un salto entre dos da con el balón a la carrera de Kyle Lowry. Shannon actúa como de costumbre. Reacciona al balance defensivo con mayor empeño que nadie.

 

Tiene suficiente espacio para la batida en carrera y lo demuestra con un ejercicio salvaje de un solo impulso al aire, como acostumbraba en la longitud el soviético Robert Emmiyan. Shannon no llega a tocar el balón porque su codo derecho impacta de lleno con la frontal del hierro, cosa que recoge perfectamente el micro del aro y su posterior ademán de dolor cuando Bill Spooner anula la jugada.

 

 

 

 

 

Parece mentira observando cada una de las repeticiones. Pero el salto en carrera, contrariamente a LeBron James o el primer Robert Pack, no es el fuerte de Shannon Brown, que en una décima de segundo reacciona bajando la cabeza para no golpearse contra el cristal.

 

 

 

30 de octubre de 2009 / L.A. Lakers - Dallas Mavericks

 

La más reciente y el oportuno motivo de esta pieza.

 

La jugada consiste en un rechace a dos manos donde la colosal batida a dos piernas de Shannon encuentra su sentido más pleno.

 

 

 

 

En la frenética secuencia se aprecia tanta diferencia de estatura con su compañero Josh Powell (15 cm) como de pura stamina. Al extremo que Powell sale despedido al violento contacto con Brown. En el primer frame de la imagen sorprende la increíble distancia a la que se encuentra el balón cuando Shannon ha decidido acudir a por él. En el central, momento de máxima altura, las rodillas de Shannon superan la cintura de un Powell (2.06) que está como a 20 cm del suelo. En el último instante del video, cuando el matador desprende todo su peso al hierro, se observa con precisión -la ocasión lo merece- la tecnología de los ultramodernos Total Spring-Loaded Rims, basculantes en toda su circunferencia y no sólo en la frontal como en los anteriores modelos.

 

Para encontrar un rechace de esta naturaleza, de culminación a dos manos a una altura semejante, es necesario remontar hasta 1993 cuando Stacey Augmon resolvió corregir un lanzamiento libre de Kevin Willis en Milwaukee.

 

 

 

 

La estatura de Augmon es once centímetros superior a la de Brown.

 

 

17 de febrero de 2009 / L.A. Lakers - Atlanta Hawks

 

Era la noche de su debut con los Lakers, fecha que el calendario asocia anualmente con el nacimiento de Michael Jordan. Para los locales fue una cómoda velada en el Staples, dando Jackson al recién llegado una generosa entrada en el último cuarto de un partido resuelto.

 

En medio de ese agitado desorden típico del garbage time un mal pase de Farmar permite a Mario West escapar a canasta con la automática persecución del pequeño Shannon, consciente de que aquellos minutos iniciales eran demasiado importantes como para no entregarse en cuerpo y alma. A la viva carrera ambos detonan el salto simultáneamente.

 

 

 

 

Lo siguiente escapa a toda descripción. Uno de esos sagrados momentos para la retina donde el fragor de un instante aleja hasta lo remoto a dos contendientes por mera selección natural.

 

La diferencia del salto es tan grande que en el cénit de ambos la cabeza de uno está a la altura del ombligo del otro. De forma que el tapón, y aquí tapón significa bien poco, forma un brutal colapso entre el balón, el antebrazo derecho de Brown y el tablero.

 

 

 

 

 

VIDEO.

 

El embate es tan brutal y acontece a tal velocidad que Bill Kennedy comete el error de señalar falta. Como si lo ocurrido no fuera humanamente posible o quedara al margen de la legalidad.

 

El Staples reacciona. Y su rugido mezcla la perplejidad de lo que acaba de ver y la certeza de que, en efecto, no hubo falta.

 

Especialmente en la tercera repetición se adivina una insólita ascensión, como un extraño double pump en pleno vuelo hacia una altura cuyo final tan sólo parece determinar el violento choque contra el tablero.

 

La acción es absolutamente monstruosa, de las que no agota su repetida visualización.

 

Hace cosa de dos años un equipo de especialistas del programa Sport Science llevó a cabo un interesante estudio, curiosamente con Jordan Farmar como modelo de pruebas, en el que se llegaba a la conclusión que por muy gigantesco que fuera un salto de un jugador de baloncesto jamás una suspensión podría alcanzar a durar 100 centésimas. A vuelapluma el hang time de Shannon Brown aquella noche supera con creces las 80.

 

Con la insalvable diferencia de la estatura el momento remite a un brutal rebote ofensivo de Dominique Wilkins en el Forum de Los Angeles en 1986 -irónicamente mismos rivales en la misma ciudad- donde el alero excedió su salto al extremo de ocultar bajo su entrepierna la cabeza de Magic Johnson (2.05) y detener con su brazo derecho el seguro golpe de la cabeza con el tablero.

 

 

 

 

 

Sin tener la menor idea de ello, el pequeño debutante acababa de protagonizar, en pleno año 2009, uno de los saltos de mayor dimensión en bruto en la historia de la NBA.

 

Y aquí reside precisamente su mayor fortaleza. Porque contrariamente a todo lo dicho Shannon Brown no cuenta con una destreza especial para los atributos del mate. No incorpora a sus saltos creatividad o plástica alguna. Se trata de la misma legendaria facultad en bruto que la intrahistoria atribuye a mitos como Knowings o Manigault. Brown es un matador de partido. Aprovecha la menor circunstancia favorable para hacer estallar el volumen del salto a niveles incluso superiores a los de Fontenette

 

Así el próximo mes de febrero en Dallas valdrá más la presencia de un DeRozan que de un Brown sin que ello suponga el menor perjuicio para el jugador que, a día de hoy, está consiguiendo reclamar una mayor atención gráfica a la espera de que produzca otro milagro.

 

Por eso se insiste. Hay algo sobrenatural en Shannon Brown. Una perfecta invitación a resucitar el asombro. 

Era cuestión de tiempo. En cuanto Detroit estrenara curso y Ben Gordon partiera desde el banquillo como estimulante ofensivo, tenía que salir a colación el térmico nombre de Vinnie Johnson.

 

La mención, habiendo quedado ahí, hasta tendría su punto. Porque ni es la primera ni será la última vez. Pero la cosa se afeó bastante por un titular de Dan Feldman, habitual firma digital de la Motor City, al poco de despachar a los Grizzlies (74-96) con una buena actuación del recién llegado (22 pts). Impaciente y algo entusiasmado, Feldman se apresuró a rescatar a Vinnie no se sabe si para desmontar una posible comparativa, de tanta simpleza como cabos sueltos, entre ambos jugadores. Sin atar ninguno el cronista subrayaba a Ben Gordon como mejor jugador que Vinnie Johnson. Pero todo lo cargaba al titular señalando que el nuevo escolta de Detroit no merece algo así. Como si Vinnie fuera poca vara de medir para el calibre de Gordon.

 

Rara vez un titular mueve a respuesta en este rincón. Pero la ocasión lo merece. Porque las comparativas, si se pretenden justas, deben serlo del todo.

 

Ben Gordon y Vinnie Johnson. Para empezar la analogía resulta atractiva. Y casi automática. Porque enseguida acude a la cabeza cierta importancia del banquillo en la carrera de ambos. Ahora que las rotaciones están de moda en otros deportes, en la puesta en escena del baloncesto ocurre desde hace mucho que determinados jugadores, como los relevistas, quedan a salvo del primer acto. Éste fue el caso de Vinnie y no tanto el de Gordon.

 

Si John Kuester pretende remontar a los orígenes de Gordon y que éste eleve la temperatura ofensiva de Detroit saliendo desde el banco, la comparativa con Vinnie Johnson puede valer. Mismo equipo, parecidas virtudes y mismo orden de entrada. Hasta ahí vale. Pero si la comparativa entra en profundidades, hace aguas. Y lo hace por varios motivos que interesa precisar.

 

 

 

 

En cierto modo Ben Gordon y Vinnie Johnson atienden a perfiles como nacidos para iniciar la segunda unidad de pista. La carrera de Johnson en Detroit se explica precisamente a través de su no starter condition y su valiosa utilidad ofensiva entrado el juego y como al margen de lo que estuviera ocurriendo. Johnson era todo autonomía. Y tanto podía encender un partido apagado como sumarse al calor de uno encendido. Esta circunstancia se instaló en el primer Gordon a un extremo todavía mayor. Es el único jugador de la historia en conquistar el galardón de mejor sexto hombre como novato.

 

Ambos comparten, pues, algo de esa fortaleza en la segunda línea de salida. Y sin embargo aquí reside la primera gran diferencia, de tipo táctico.

 

Vinnie Johnson formaba en un equipo donde el backcourt titular alternó, en el periodo de mayor autoridad (1987-1991), entre Thomas-Dumars-Dantley y Thomas-Dumars-Aguirre. Una tríada prioritaria que desplazaba al Johnson veterano en razón de un presunto juego de calidades. Dado el óptimo resultado Daly optó por esa jerarquía y le dio continuidad.

 

En Gordon no hubo en cambio tiempo para resultados. Aun siendo podio en el draft fue su condición de novato lo que le confinó inicialmente al banquillo. Circunstancia que el escolta aprovechó para desatar sus virtudes anotadoras en un tiempo reducido y hacerlo además con una inesperada condición de clutch. Únicamente LeBron James anotó más puntos que él en los últimos cuartos de aquella temporada.

 

Ello brindó a Gordon un extraño perfil que parecía inclinar a Skiles a retrasar su entrada a pista, a su dosificación y a un difuso papel de revulsivo. No es que la tríada Hinrich-Duhon-Deng fuera preferente por calidad. Es que Gordon se forjó enseguida el mismo tipo de jugador que en su día figuró Ricky Pierce.

 

Con el añadido de que Gordon tampoco escapó en adelante a cierta etiqueta de jugador de riesgo, a ratos desconectado y con una peligrosa tendencia a perder el balón. Un sello diametralmente opuesto a Vinnie Johnson.

 

No importó. Skiles prefirió su corte anotador a todo lo demás y empezó a olvidar su papel de banquillo. Así en cinco años de carrera el inglés ha sido más veces titular (204) que Johnson en trece (187). A partir de su segundo año Gordon vio incrementarse sucesivamente su titularidad a las 47, 51 y 76 veces de 2009. Así pues, el tiempo revocó en parte aquella primera condición de anotador de tiempo reducido y ahora Kuester, algo receloso de hacerle titular, le devuelve aquel primer papel donde más peligroso, cómodo y cercano a Vinnie Johnson se encuentra. Una cercanía que nace en realidad en el mánager general. Porque Joe Dumars busca replicar aquella 3-guard line offense de los viejos Bad Boys y así se lo confió personalmente a Gordon.

 

Esa línea se resuelve con Stuckey, Gordon y Rip Hamilton. Pero a juicio de Kuester y sin un Isiah Thomas en el equipo, no de entrada. De hecho no han sido pocas las dudas en torno a la pareja Hamilton-Gordon. Tras el infierno del año pasado Rip se sigue viendo como el líder natural del ataque. Y a la vez Gordon difícilmente como el segundo de alguien. Por eso Kuester ha optado de inicio por ese orden. Para evitar riesgos en la UConn-ection.

 

El estreno en el Palace y la derrota (83-91) ante Oklahoma ratifican este diseño del entrenador. A la primera ausencia de Hamilton, Gordon fue titular ahogándose en un exceso de minutos (39:35), responsabilidad y lanzamientos (8-20) en los que sigue sin encontrarse cómodo.

 

De vuelta a la comparativa, sale sin embargo algo más favorecida en otros apartados.

 

Físicamente incluso se hace entendible. Aunque la mayor fortaleza de Johnson residía en sus poderosas piernas, es de recibo referir el tronco superior de ambos como fuerte y desarrollado. Gordon presenta una mayor definición en brazos y dorsales -la ventaja del tiempo- pero los dos comparten proximidad de estatura -una pulgada de diferencia- y hombros anchos y robustos, de los que cuesta defender al contacto. Sí. Hay algo de cuadrilátero en la fisonomía de ambos.

 

Pero es técnicamente donde la relación gana interés. Los dos responden a ese felino patrón de grandes lanzadores en movimiento con enorme capacidad de crearse los puntos a solas. Compartiendo un primer paso decisivo Johnson podía pelear metros con su par encima mientras que Gordon gusta menos de avanzar con balón y defensor a cuestas.

 

Una diferencia pequeña cuando la enfrentamos a la mayor de todas: Vinnie perdía buena parte de sus poderes más allá de la mid-range mientras que Gordon domina todas las distancias y parece inclinarse cada vez más por la lejanía, allá donde menos se resiste la defensa y menos daña el desgaste. Cabe rescatar aquella noche de abril de 2006 en que Gordon no falló ante los Wizzs ni uno solo de los nueve triples que intentó.

 

Ambos coinciden sin embargo en ser mentalmente fríos, en compartir esa figura algo ártica del silent killer de aspecto serio y distante. Lo defensivo disgustaba algo menos a Vinnie que a Gordon, dando la impresión de que aquél, al rebote, tapón y robo, era un poco más sacrificado. Hasta es posible señalar que Vinnie Johnson resultó un tipo mucho más coachable de lo que la experiencia concede a Gordon.

 

Todo sea por la diferencia de entrenadores y la incuestionable realidad de que Ben Gordon ha formado hasta el momento en plantillas donde su importancia ha sido mucho mayor que la que tocó en suerte a Vinnie Johnson. Importancia que se traduce en minutos y puntos (21.4 / 20.7 / 23.5). Cifras que nunca estuvieron al alcance del viejo Vinnie. Y sin embargo el legado de éste sigue siendo superior al del británico no tanto por los anillos como por una mera cuestión de contexto. 

 

Johnson formó en un equipo de oro. Cumplió el mejor de sus papeles. Incluso conquistó por una noche la cima más alta de todas. Pocos jugadores entregaron a la Historia una canasta arquetipo de algún título determinado. Vinnie Johnson, el sujeto al que Danny Ainge bautizó como microwave para la eternidad, es uno de ellos. No es posible rescatar el anillo de 1990 sin la última puñalada del toro de Brooklyn, un episodio mortífero que coronaba una de aquellas remontadas que tanto caracterizaron a los mejores Pistons habidos. Un equipo que antes que jugar al baloncesto lo hacía con el rival, siendo el propio Vinnie uno de sus principales iconos. Pura vanguardia de una sobresaliente formación en su época más dorada.

 

Por algo así suspira Ben Gordon. Porque nada de eso conoce aún.

 

"Ben Gordon doesn't deserve Vinnie Johnson comparison", arrojaba el titular. Y puede que Feldman tenga razón en que Ben Gordon no lo merece. Pero infinitamente menos la figura de Vinnie Johnson un titular así. De hecho, ahora que Internet permite un rápido feedback, la cosa tampoco ha gustado demasiado en Detroit. Ni seguramente mucho más allá. Es lo que tiene hurgar en los monumentos de la memoria.

Era la segunda noche de playoffs en el Garden y Chicago el rival. Corría el segundo cuarto cuando Leon Powe supo que algo no iba bien. Otra vez la rodilla. Al banquillo. Al vestuario. Casi al hospital. Había que operar. Adiós a la temporada.

 

Pero la importancia del momento hizo que la baja de Powe no fuera comprendida como la baja de Powe. Sino como parte residual de la desgracia en que repentinamente parecían haber caído los Celtics. Seguía sin haber nada más relevante, prioritario y decisivo que:

 

  • La ausencia de Garnett.
  • Y la supervivencia del equipo en una postemporada a la que la historia nunca debería perdonar que los Campeones no pudieran disponer de sí mismos para la reválida.

 

Garnett y la plantilla en vivo. Nada más importaba entonces que ese doble pulso. Y por ello el infortunio de Powe quedó como en un tercer plano.

 

O más al fondo aún. Porque nadie en Boston imaginaba que Leon Powe acababa de sellar su lápida allí. Otra de esas crueldades que el deporte lamina en calidad profesional. Un año antes había sido James Posey el desechado. Y sin uno ni otro resulta difícil concebir el primer anillo verde en el presente siglo.

 

Que Powe no llorase públicamente no significa que no padeciera en silencio aquella salida por la trasera de servicio. Es que Powe aprendió demasiado pronto a extirpar el llanto de su repertorio vital.

 

 

 

 

 

 

 

Nada más vicioso en la literatura deportiva que esas figuras malditas que algún día remontaron las peores cordilleras de la vida. Pero de tan comunes y recurrentes muchas fueron objeto de abuso y exageración. Con Powe, muy en cambio, la vida real supera toda ficción y tragedia. Es sobradamente conocida su historia. Pero no por ello pierde un ápice de fuerza.

 

Nacido en la suburbia de Oakland su madre fue abandonada cuando Leon contaba dos años. A los siete el pequeño nido familiar fue pasto de las llamas sin más alternativa que precipitarse al nomadismo durante los siguientes seis años de homeless en los que malvivieron en una veintena de cloacas. Madre se vio obligada a robar comida y, como no sabía robar, tuvo que hacer frente a una condena de cárcel. A los 14 años, cuando Leon hacía las de niñera con sus dos hermanos perdiéndose hasta todo un año de escuela, los tres fueron internados en un centro de acogida. Cuatro días antes de disputar el título estatal de High School, su madre fallecía a la tierna edad de 40 años.

 

Pero la naturaleza es caprichosa. Un crío que nunca supo lo que era un desayuno americano terminó dando en un mocetón de dos metros y una fuerza física como mil veces inferior a su voluntad, de auténtico acero. El robusto tronco de Leon encarnaba, como los anillos del árbol, todas y cada una de las traiciones de la vida.

 

Para entonces Powe era uno de los mejores prospectos nacionales como alero fuerte. Calidad que años después, tras su periplo en la Universidad de California, no terminó de refrendar el draft NBA, receloso de su condición de undersized. Sin mayor interés en él que un intercambio de rondas, Denver lo empaquetó camino de Boston, el único hogar profesional que Leon Powe había conocido hasta ahora.

 

Dos años después se convertía en una pieza absolutamente clave en el 17º título de los Celtics. Lo fue durante todo el curso. Pero sus prodigiosos 21 puntos en 15 minutos incandescentes durante el segundo partido de las Finales le hicieron tocar la cima del mundo sin que nunca fuera consciente de ello. Porque Powe sigue siendo niñera y obrero, infantería de trincheras, un mandado y esclavo, una eterna wild card.

 

Sobra abundar en la multitud de pequeñas exhibiciones ofrecidas por ese jugador de nombre honesto. Cuando a falta de Garnett, Davis y Scalabrine en una velada ante Memphis, Rivers le pidió ayuda inmediata, Powe respondió con 30 puntos (10/14), 11 rebotes y 5 tapones. Ni fue la primera ni la última vez que valía preguntarse: "Is this man really a role player?". Él mismo respondía agradeciendo al destino haberle concedido la compañía -"Sabes a quien defiendo en todos los entrenamientos"- de Kevin Garnett.

 

Leon Powe, esa fiera imposible de retorcer que no puede lanzar si no se le resisten seis brazos, lleva siendo en los dos últimos años el cuatro con mejor ratio de rebotes ofensivos de toda la NBA y sólo Dwight Howard renta más faltas que él en la pintura. En el caos bajo el aro, cuando combaten los cuerpos a empujones, codazos y dentelladas, Leon no tiene rival ni mal gesto.

 

Tampoco sabe lo que es promediar una mitad de partido en juego. De haber nacido en otro tiempo Powe bailaría a gusto junto a Luke Jackson, Tom Hoover o Wayne Embry, la vieja raza de enforcers con un inesperado rendimiento ofensivo.

 

Y sin embargo su precio es de saldo. Las rodillas le han saqueado.

 

Un artículo de esta traza podría perfectamente haber sido escrito este verano. En realidad en cualquier momento de los últimos dos años si de justicia se trata. Pero esta pasada semana Leon Powe se reencontraba con sus ex compañeros y la fotografía merecía la pena.

 

Sus palabras, recogidas prioritariamente por la prensa de Boston, rezumaban la honesta sinceridad de un alma noble que nada quiere saber de negocios. "Todos se alegraron mucho de verme, tanto como yo a ellos". Tocaba después confesar. "Al principio estuve muy dolido. No entendía el porqué. (...) No por parte de Doc, sino por parte de los directivos. Uno de ellos me dijo que no podían esperar. El otro que no había suficiente dinero. Diferentes razones pero ninguna válida". Aunque la precaución llevó a Leon a poner en marcha a su agente su sentimiento era bien distinto. "Pensaba que volvería al equipo. No me quitaba la idea de la cabeza de que volvería al equipo". Donde equipo significa realmente familia

 

Pero no volvió. Y ahora Leon Powe es jugador de los Cavaliers, quienes están dispuestos a esperarle cuatro o cinco meses para el tramo decisivo de la temporada. Aguardan al jugador que en enfrentamientos directos mayor daño les había causado: 18 de 23 en tres partidos el año pasado incluyendo el 20/11 del pasado 6 de marzo y un 71.4 por ciento en el total de siete disputados.

 

Shaquille, Ilgauskas, Varejao, Powe, Hickson y Jackson. Una tonelada de artillería interior en torno a LeBron con la que los Cavs se arrojan de cabeza a un nuevo asalto al anillo. Una gloria que Powe ya conoce.

 

Los Celtics vuelven a ser candidatos a todo. Sobreviven. Pero en dos años se han deshecho de dos de los jugadores que la historia recordará con fuerza si es que el anillo verde queda a solas en el actual ciclo. No es posible comprender lo ocurrido en 2008 sin la presencia de ambos.

 

Tal vez por ello advertía Tas Melas que habrá un momento de la temporada 2010 en que los Celtics se acordarán de Powe tras una derrota decisiva ante los Cavaliers.

 

Bonita apuesta.

Corren días un tanto judíos. Primero era Pini Gershon haciendo de Bobby Knight en el Madison. Apenas sol y medio después un mito como Moni Fanan se quitaba la vida protagonizando una tragedia, ironía cultural, mucho menos hebrea que griega.

 

La vida y obra de Fanan en el baloncesto israelí pesa tanto como el Quijote en la literatura española. Fanan se quitó de en medio porque le habían quitado de en medio. Pero poco antes de morir vio cumplido un sueño. No era suyo únicamente. Era el de todo un pueblo. Y una vez cumplido, era como si su destino tocara también a su fin.

 

Moni Fanan hizo llegar a Omri Casspi a Maccabi en 2005. El espigado muchacho contaba con 17 años. Al término de su primer entrenamiento su compañero Yaniv Green le agarró por los hombros y mirándole fijamente a los ojos le espetó: "Tú vas a ser el primero".

 

Cuatro años después Casspi lo fue.

 

 

 

 

 

El joven alero, natural de Yavne, terminó siendo elegido por Sacramento Kings en el draft de 2009. Primera ronda. Número 23. Tres años y tres y millones y medio de dólares. El debut, ante Portland, fue un escándalo. Entró en el último cuarto y en 16 segundos ya había capturado dos rebotes antes de encadenar cuatro aciertos consecutivos de canasta. Un primer flash.

 

Es pronto. Demasiado pronto para disipar dudas. Pero Casspi ya ha hecho historia. Es el primer jugador israelí en jugar en la NBA. Y podría también llegar a ser el primero en desplazar al Maccabi de la corona de atenciones deportivas en la entusiasta Israel.

 

Es curioso si uno se formula la más lógica pregunta. Por qué tanto tiempo para ver a un hebreo debutar en la mejor liga del mundo.

 

Quien haya estudiado a fondo la historia del baloncesto en los Estados Unidos sabe de la crucial importancia de la comunidad judía en su prosperidad y desarrollo. Pero al mismo tiempo cabe recordar el proceso inverso. La importancia de lo norteamericano en el baloncesto judío.

 

Oportunamente remontamos el tiempo hasta situarnos en los recién iniciados años setenta.

 

En sentido diametralmente opuesto a la fractura del mundo entre las dos superpotencias enfrentadas (USA/URSS) y como ejemplo sobradamente revelador de cómo las relaciones políticas ejercían un influjo directo en la escena deportiva, asomaba entonces como un vértice de enorme significado el caso de Israel y su cada vez más estrecha relación con los Estados Unidos.

 

En el albor de aquella década revolucionaria la Administración Nixon incorporó a su ofensiva diplomática en el tablero mundial las graves dificultades que los ciudadanos judíos padecían para poder abandonar la Unión Soviética. En 1968 únicamente se había permitido emigrar del país a un total de 400 judíos. Con el objetivo de mejorar su imagen exterior el gobierno comunista moderó gradualmente esta situación y para 1973 la cifra anual de emigrantes judíos alcanzó los 35 mil. No obstante, el verano anterior el Kremlin decidió cobrar un impuesto de salida a estos emigrantes, conocidos como refuseniks, con el fin de que el Estado reembolsara el gasto por haber educado a los ciudadanos que decidían salir del país. Esta circunstancia no sólo detuvo la presumible sangría sino que en años posteriores la redujo casi a cero sin que se observaran cambios considerables hasta el ocaso de la URSS. Entre finales de los años ochenta y principios de los noventa más de 500 mil judíos abandonaron el país soviético. De aquel contingente humano, en torno a 350 mil se dirigieron a Israel y los restantes 150 mil lo hicieron con destino a los Estados Unidos. Irónicamente en 1976, con los refuseniks otra vez impedidos a emigrar, el baloncesto soviético había vuelto a otorgar el mando de su selección absoluta al judío Alexander Gomelsky.

 

Aquel gesto norteamericano favoreció aún más las ya de por sí amistosas relaciones con el estado de Israel y favoreció en adelante el flujo de jugadores estadounidenses hacia la nación hebrea. Para finales de los años setenta varios de aquellos fraternales visitantes habían obtenido la nacionalidad israelí y pasado a integrar la mejor selección de baloncesto que Israel había conocido en su corta historia. Casos como los de Tal Brody, Barry Leibowitz, Steve Kaplan, Lou Silver o el seleccionador Ralph Klein refrendan una implicación para la que resultaba difícil encontrar parangón. De ese formidable grupo tan sólo Tal Brody estaría ausente de la medalla de plata obtenida por Israel en el Europeo de Turín de 1979.

 

Aquella relación cada vez más estrecha entre Estados Unidos e Israel tendría su máximo exponente en el Maccabi de Tel Aviv. El equipo más poderoso y emblemático de la nación hebrea se había proclamado campeón de Europa en 1977 con una plantilla en la que el número de miembros de origen americano (Aulcie Perry, Eric Minkin, Bob Griffin, Jim Boatwright, Tal Brody, Lou Silver y el entrenador Ralph Klein) era incluso superior al número de los nacidos en Israel (Motti Aroesti, Yehoshua Schwartz y Miki Berkowitz). Con una proporcion algo más moderada el Maccabi repetiría corona europea cuatro años después, en 1981, bajo la dirección de un técnico también americano, el neoyorquino Rudy D'Amico. 

 

A raíz del fichaje el verano de 1976 del pívot Aulcie Perry merced a la presencia del director deportivo del equipo macabeo, Shmuel Maharovsky, en el campus de verano de los Knicks, y tras convertirse el propio Perry en uno de los jugadores mejor pagados del circuito europeo, el Maccabi se convertirá en adelante en uno de los destinos más apetecibles para el mercado europeo de jugadores americanos. Junto a estadounidenses nacionalizados como Brody o Silver, protagonistas de las gestas israelíes en la escena continental, Perry encabezó la apertura de una vía deportiva entre ambos países que redujo considerablemente aquellos prejuicios que identificaban a Israel con un permanente y peligroso escenario de guerra.

 

No menos cierto era que la transacción de jugadores parecía moverse en una única dirección. El nivel del baloncesto israelí, como ocurría en Grecia, aumentaba aprisa debido principalmente a las adquisiciones procedentes de los Estados Unidos. Pero aquel crecimiento general no corría paralelo al que podían experimentar los jugadores nacidos y crecidos en Israel. Tan sólo hubo una excepción, la de una figura natural de Kfar Saba de enorme personalidad que respondía al nombre de Mickey Berkowitz.

 

Como suele ocurrir con los condenados al éxito la precocidad fue su primera condición. La tutela deportiva del Maccabi le amparó desde los 11 años. A los 15 pasaba a formar parte del equipo junior y a los 17 debutaba con el senior. El verano de 1972 se convertía con 19 puntos en el hombre clave de la histórica victoria israelí (70-63) sobre la escuadra soviética en la fase previa del Europeo junior de Zadar. En los siguientes catorce años Berkowitz será un fijo en la selección hebrea, su líder natural. Nada extraño para quien no tardaría mucho en convertirse en el mejor jugador del mejor equipo de Israel. El Maccabi se alzaría con sendas Copas de Europa en 1977 y 1981. Berkowitz resultaría decisivo en ambas y crucial con la última canasta del segundo título.

 

Berkowitz fue el primer jugador israelí en materializar un sentido inverso en aquella vía abierta con Norteamérica. En 1975 ingresaba en la Universidad de Nevada-Las Vegas donde jugará un año con los Rebels -un grueso apenas testimonial de once partidos- antes de que la directiva macabea solicite su regreso por motivos obvios. No sería la única ocasión. Cuatro años después el peso de Berkowitz en el equipo de Tel Aviv y la selección de Israel era ya tan grande que difícilmente se le concebía un futuro lejos del baloncesto hebreo. En pocos años se había convertido en un emblema en el seno de una nación que concedía un valor demasiado importante a sus símbolos. El verano de 1979 Israel conquistaba su mayor gloria deportiva en la plata del Europeo de Turín. Berkowitz (33 puntos a España, 26 a Checoslovaquia) terminó siendo considerado el mejor jugador del torneo.

 

 

 Tal Brody y Mickey Berkowitz

 

Inteligente y rápido, en torno al 1.92 y diestro en las tres primeras posiciones del juego, de creciente fuerza debido a su permanente obsesión por la forma física, gran defensor, tan hábil en el juego estático como en el contraataque, con muy buen lanzamiento y un sensacional manejo del tempo de juego, Berkowitz representaba en sí mismo lo mejor de la fina evolución del baloncesto llamado europeo. Un valor específico al que añadía un cierto bagaje propiamente americano aun a pesar de su corta estancia allí.

 

Una de sus cualidades más descollantes era el dominio de situaciones de juego que presumiblemente atemorizaban a muchos otros jugadores. Ese valor eterno de las grandes estrellas que sugiere la idea de crecerse ante situaciones adversas.

 

En septiembre de 1978 los vigentes campeones de la NBA, Washington Bullets, aterrizaban en Tel Aviv para disputar un partido de exhibición ante el Maccabi. Lo que otras naciones ni habían soñado con presenciar lo disfrutó Israel con una facilidad únicamente entendible a través del sólido vínculo político antedicho entre ambos países aliados. El equipo israelí se acabó imponiendo sorprendentemente (98-97) a los Bullets con 26 puntos de Berkowitz, cinco de los cuales tuvieron lugar en los instantes cruciales de partido para tomar una ventaja (96-91) que a la postre fue definitiva. La historia ocultó durante muchos años aquel partido así como una segunda cita, acaecida dos años después cuando un combinado NBA que incluía a jugadores del calibre de Julius Erving, Moses Malone y Micheal Ray Richardson volvió a morder el polvo (114-112) en Tel Aviv otra vez ante el Maccabi. El concurso de Berkowitz en aquel encuentro volvió a resultar tan decisivo que a pesar de disputar únicamente la segunda mitad terminó anotando 20 puntos. Era como si Berkowitz no sólo no tuviera el menor problema ante los profesionales americanos, sino que incluso gustara de incrementar su valor frente a ellos.

 

A pesar de los años de oscuridad ambas citas han pasado a la historia como las primeras derrotas de equipos NBA en territorio FIBA. En un formidable trabajo de investigación publicado en 2002 bajo el insuperable título Expedientes X, Javier Gancedo arrojaba luz sobre estos y otros episodios futuros que no sólo ponían fecha a desenlaces sin precedentes, sino que radiografiaban aquella progresión geométrica del baloncesto de vanguardia fuera de los Estados Unidos. Un baloncesto de valores y estructuras que aproximaban a equipos y jugadores en infinito mayor grado que la peregrina condición amateur que postulaba la FIBA. Nadie lo expresó mejor que el técnico de los Bullets, Dick Motta, tras la derrota del 78. "El Maccabi mereció ganar porque jugaron mejor que nosotros. No jugamos contra amateurs, sino contra profesionales como nosotros".

 

En sentido contrario pero dentro de semejante relación deportiva vale recordar otras dos citas en aquella segunda mitad de los setenta. En junio de 1976, días antes de iniciarse el preolímpico de Hamilton (Ontario) con vista a los Juegos de Montreal, la selección de Israel jugaba un amistoso ante la potente selección norteamericana en el Cole Field de Maryland. Los hebreos fueron un auténtico sparring ante los americanos y la paliza (123-69) se fraguó con un espectacular 54 de 66 tiros de campo para los hombres de Dean Smith. La escuadra hebrea contaba con hasta tres nacionalizados: Tal Brody, Steve Kaplan y Ya'akov Eisner (anteriormente Jack Aizner). En el equipo israelí tan sólo el base Avigdor Moskowitz anotó más puntos (16) que Berkowitz (12), a quien correspondió la difícil papeleta de marcar a un Adrian Dantley que también se quedó en la docena.

 

Tres años después el Maccabi seguía estrechando relaciones norteamericanas. Pero por aquel entonces nadie lo haría en mayor grado que el propio Berkowitz. En la primera semana de julio se erigía como el máximo anotador (20 puntos) en un partido de exhibición que un combinado NBA disputaba en Tel Aviv con cómoda victoria americana (108-79) en la que destacaron Steve Mix (16) y Randy Smith (14). En las siguientes semanas el vínculo estadounidense de la estrella israelí se estrechó como nunca. 

 

Para finales de mes Berkowitz se encontraba en Atlanta. El motivo no era otro que probar con los Hawks en su campus de verano. Su técnico, Hubie Brown, había estado presente en Turín durante el Europeo y gustó lo suficiente de las cualidades del israelí como para concederle una invitación. Cortesía que Berkowitz aceptó encantado.

 

El programa previsto era intensivo. Cinco sesiones de entrenamiento en tres días para un total de 26 jugadores entre novatos y agentes libres. El propio Brown reconocía que era un tiempo más que suficiente para que el ojo clínico de un entrenador supiera separar el grano de la paja. No tan expresa era la realidad, ya que la plantilla definitiva abriría a lo sumo dos plazas. Y cualquier operación correspondía al técnico de manera unilateral. El nuevo mánager general, Lewis Schaffel, procedente de New Orleans, acababa de aterrizar en su nuevo empleo hacía escasamente dos semanas, por lo que Hubie Brown quedaba al mando de toda nueva contratación.

 

Terminadas las pruebas era innegable que Berkowitz contaba con virtudes que ratificaban la invitación. Su seriedad, buen hacer defensivo y una manifiesta aversión a cometer errores, si bien no sirvieron inicialmente para recibir una oferta en firme sí al menos para que Brown no lo eliminara de su libreta de opciones. Y algo así suponía su traslado a otros campus NBA; su continuidad por unas semanas en el circuito de verano de la liga profesional. Así a mediados de agosto el hebreo viajó a Nueva York con una agenda de citas muy concreta.

 

Primeramente fue invitado a disputar un partido entre profesionales, la edición número 21 del Maurice Stokes Charity Game, celebrado en Monticello, y que dio con la victoria del Blue Team sobre el Yellow Team por 109 a 106. Red Holzman, técnico de los Knicks, dirigía a los azules, liderados por Bob McAdoo y Ray Williams. A los amarillos, otro veterano de los banquillos como Red Auerbach. Berkowitz formó parte de estos últimos junto a Cedric Maxwell, el prometedor novato de Duke Jim Spanarkel y M.L. Carr, un alero fuerte que estaba a punto de firmar por los Celtics y que curiosamente había jugado en la temporada de 1975 en la liga israelí con los Sabers. Berkowitz no desentonó. Anotó cuatro puntos en un partido disputado hasta el último segundo. Un encuentro cuyo carácter amistoso no contravenía la normativa FIBA y por ello preservaba intacta la condición amateur del invitado extranjero.

 

Dos días después Berkowitz formaba parte del campus de verano de New Jersey Nets dirigido por su técnico Kevin Loughery y su director deportivo, Charlie Theokas. Durante el fin de semana entre el 16 y 18 de agosto el pabellón Montclair State College fue testigo de la dura pugna de 26 jugadores por ganarse un hueco en la plantilla. Berkowitz era el único extranjero de los presentes en un campus cuyo coste, en torno a los 12 mil dólares, había sido financiado por los dos nuevos propietarios de la franquicia, Joe Taub y Alan Cohen. Incluso el director deportivo de los Knicks, Eddie Donovan, tuvo acceso en la jornada del viernes a las evoluciones de Berkowitz y el resto de novatos y agentes libres.

 

El campus finalizó sin mayores sorpresas para el hebreo. No al menos procedentes de los Nets. Sí en cambio del equipo por el que había probado en primera instancia. Los Hawks volvieron a contactar con Berkowitz ofreciéndole la posibilidad de quedarse y disputar con ellos la pretemporada. Una operación que podía suponer un principio de acuerdo para firmar un contrato.

 

El reclamo de Atlanta se había mantenido sospechosamente en secreto. El 30 de julio Hubie Brown había comunicado a la prensa que de los 26 jugadores del campus un total de 13 pasaría a ingresar en septiembre al campus de veteranos de pretemporada. Brown incluso daba la lista de los elegidos. James Bradley, Larry Wilson y Don Marsh -sus tres primeras elecciones de draft- además de Dedrick Reffigee, T.J. Robinson, Keith Herron, Ricky Brown, Sam Pellman -el único pívot puro- y los exteriores Phil Walker, Art Collins, Kevin Woods y Tim Claxton. Una lista de doce y no trece como había anunciado.

 

Faltaba uno. Y no era otro que Mickey Berkowitz.

 

Era evidente que había un problema. Berkowitz tenía contrato en vigor con el Maccabi y sus dirigentes no estaban por la labor de perder no sólo a su principal jugador sino al líder natural de la selección hebrea cuya afición le refería como Rey de Israel. Un emblema del país convertido en el primer extranjero en ingresar en la NBA podía ser un motivo de orgullo nacional. Pero el precio a pagar tal vez era demasiado alto. Prueba de ello fue que desde el primer momento en que el equipo macabeo supo de la aventura americana de Berkowitz, hizo llegar a las oficinas de la NBA en Nueva York una notificación que informaba del contrato vigente que vinculaba al jugador con el club de Tel Aviv.

 

La NBA obró en consecuencia y para finales de julio, mientras Berkowitz estaba probando con el equipo de Atlanta, hizo llegar a todas las franquicias el aviso de aquella información remitida. Las intenciones de Hubie Brown de quedarse con Berkowitz eran del todo plausibles. Con una oferta en firme tal vez todo se redujera a entablar una negociación con el Maccabi. Pero no hubo ocasión. La negativa del club israelí partía como un presupuesto inamovible bajo la velada amenaza de acudir a los tribunales. Una circunstancia que inhibió en Berkowitz todo ánimo de emprender una escapada por su cuenta y riesgo. Se añadía además que su presencia en el campus de pretemporada tampoco era garantía de un contrato en firme. Y ello a pesar de que Brown buscaba efectivamente reforzar el backcourt del equipo. No en vano Atlanta firmaría a finales de agosto a Andre McCarter, que ni siquiera llegó a debutar con el equipo, y más tarde a Ron Lee vía traspaso con los Jazz. 

 

Todo quedó en nada. Berkowitz regresó a Israel. Y lo hizo con la doble satisfacción de saberse valorado incluso por un equipo NBA al tiempo que ratificaba su condición de héroe por haber elegido seguir debiéndose a su club y selección.

 

En Tel Aviv respiraron tranquilos.

 

Pero de aquella tranquilidad acabaron hartos.

 

Pocos imaginaban que en los siguientes treinta años, cuando la NBA había acogido a más de sesenta nacionalidades distintas, Berkowitz mantendría su espectral condición de pionero. Habría que esperar hasta 1999 para que otro jugador israelí estuviera muy cerca de ingresar en la NBA. Unos años atrás Nadav Hanefeld y Doron Sheffer, jugadores en distintos periodos de la Universidad de Connecticut, tampoco lo consiguieron. El también macabeo Oded Katash lo tuvo todo a su favor para convertirse en jugador de los Knicks. Todo salvo la huelga de la propia competición que impidió que aquella operación llegara a buen término. Lior Eliyahu y Yotam Halperin fueron los siguientes en 2006. Pero a su doble elección en aquel draft no sucedió la garantía de un contrato. Tres años después Omri Casspi es el elegido del pueblo elegido.

 

Y en éstas que Israel, uno de esos extraños países con el baloncesto por bandera, estalla de júbilo.

 

Un júbilo que irónicamente se ha teñido estos días de luto.


 

Cuando apaga una década es momento de mirar atrás. No tanto por la desazón que nos produce el cambio de dígitos como como por la humana costumbre de medir la vida histórica a palmos de diez, cincuenta o cien años. Inercia que el deporte hace suya como el libro sus páginas. Toca ahora pasar una. Una de esas páginas que en el futuro revisarán los cirujanos del tiempo.

 

Del gremio de curiosos que se asoman a radiografiar la década es difícil superar la quirurgia operada estas semanas por el doctor Haubs recogiendo lo suyo y lo de otros. Aquí se ofrece menos un exhaustivo recuento que una ligera memoria y un obligado reclamo a los lectores cercanos. 

 

 

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2000 Los Angeles Lakers

2001 Los Angeles Lakers

2002 Los Angeles Lakers

2003 San Antonio Spurs

2004 Detroit Pistons

2005 San Antonio Spurs

2006 Miami Heat

2007 San Antonio Spurs

2008 Boston Celtics

2009 Los Angeles Lakers

 

 

Sobre una panorámica muy general, como a cien órbitas del suelo, podría decirse que los años dos mil, contrariamente a los años sesenta y ochenta, nos han legado un precioso desfile de superjugadores y no tanto de superequipos. Suena extraño cuando a la tesis se oponen enseguida Los Angeles Lakers ('00, '01, '02, '09) y San Antonio Spurs ('03, '05, '07). Los primeros, como acostumbra su eterna aristocracia, protagonistas de una trilogía de incontestable dominio más un glorioso cierre de década. Los segundos, acaso el más fiable paradigma de equipo que quepa concebir. Pero en ambos casos tal vez proceda más hablar de dinastía, gestión de franquicia o extensión del éxito.

 

Lo que se quiere decir es que los años dos mil no nos dejan unos Lakers del 72, unos Celtics del 86, unos Lakers del 87 o unos Bulls del 96. No nos dejan un superequipo de temporada de cabo a rabo. Nos los dejan. Pero no de corona histórica. De celebrarse hoy un 75 aniversario de la NBA resultaría difícil elegir uno solo de los diez equipos campeones que nos han brindado estos diez años. Uno por encima de todos. Uno como el más dominante.

 

Los Celtics de 2008 (66-16), con el mayor diferencial de puntos a favor de toda la década, forman ya elenco de los mejores modelos defensivos habidos. Pero incorporaron a su postemporada una inesperada carga (4-3/4-3/4-2/4-2) de la que por ejemplo carecieron los Lakers de 2001 (15-1), cuya Regular (56-26) no brilló en exceso. De este último modelo de dos velocidades al que nos habituaron los Pistons de Daly nadie ha bebido en mayor grado que San Antonio. Sin un curso inferior a las 53 victorias los Spurs acostumbraron a disparar el acelerón a cada nuevo mes de abril. De hecho, el detonado entre mayo y junio de 2007 ante Jazz y Cavaliers podría ser considerado como el de mayor excelencia táctica de toda la década con permiso de los Pistons de junio de 2004. 

 

Porque precisamente el brutal acelerón de Detroit entonces tuvo lugar en plenas Finales. Como algo menos intenso pero más prolongado fue el de la sorprendente Miami en 2006, uno de esos raros títulos que la historia contempla en solitario.

 

Esta ausencia de un año verdaderamente hegemónico -lo más próximo son los Lakers de 2000- permite hablar de diez años de una bonita y diversa igualdad bajo los equipos campeones, más recurrentes de lo que la realidad hizo presumir. Por debajo del anillo desfiló una corte de equipos (Sacramento, New Jersey, Detroit, Dallas, Phoenix) que ha enriquecido enormemente la década. Una sólida corte que permite afirmar que el nivel de competición en la parte alta de la liga se vio incrementado en estos diez años respecto de las dos décadas anteriores. Que los segundos y terceros de turno figuran en definitiva modelos mucho más definidos y avanzados, más poderosos y competitivos que sus homólogos del decenio anterior.

 

Diez años no es nada. Pero tanto a la vez pueden ser que entre dos subcampeones como la Indiana de 2000 y el Orlando de 2009 hay un siglo de distancia. Aquellos Pacers son lejana historia. Estos Magic radiante presente. Es el seductor juego que permite aprisionar una década.

 

Una década marcada en exceso por un defecto de estructura. En este tiempo la NBA pareció articulada entre un Tercer Mundo (Este) y un Primero (Oeste). Una tendencia algo ingrata que el tiempo ha tendido a reparar del mismo modo que lo hizo a principios de los setenta (entre 1959 y 1971 ningún equipo del Oeste conoció el anillo). En pleno desequilibrio dos candidatos del Este, Detroit y Miami, lograron vulnerar la corriente. Lo que venía a significar que por encima de sus miserias el Este podía ofrecer un último representante que vengara la diferencia.

 

Para cuando Boston conquista su 17º cetro el desnivel había comenzado a remitir y tres de los más sólidos representantes del lado fuerte -Spurs, Mavs y Suns- iniciado su ocaso.

 

Es fácil revisar el decenio a través de sus campeones. El futuro se ocupará únicamente de ellos. Pero algo más adentro, ahora que el recuerdo es cercano, la década presta también su memoria al resplandor de varios patrones de juego, acaso los más valientes, genuinos y encantadores que nos legaron estos diez años:

 

 

Sacramento (2000-03): Sellaron un quinteto a fuego (Bibby-Christie-Stojakovic-Webber-Divac) y un estilo brillante y novedoso que rescataba la media pintura como riquísimo espacio de circulación que remontaba a los mejores Celtics de los años ochenta. Murieron en reiterada cercanía a la meta por carecer de suficiente potencial interior con que hacer frente a los Lakers de O'Neal así como por una desventaja final en recursos de desgaste. Su delicada exuberancia en el uso del balón, con frecuentes secuencias de pase corto a través de líneas defensivas aparentemente cerradas, situaron su intención táctica muy por encima del panorama general de la década, donde ocupan el trono en el llamado juego de memoria.

 

Dallas (2000-04): El perímetro abierto más fértil de principios de siglo terminó aceptando con el tiempo la necesidad de fortaleza interior. Preservando en lo básico la táctica abierta al perímetro sumó más backcourt de resolución anotadora hasta prescindir de Steve Nash, el eje director de una circulación que invertía de manera firme y limpia el balón entre postes altos. El adiós de Don Nelson en favor de Avery Johnson integró gradualmente el modelo en el seno de aquella política de bloques que, como San Antonio, acumulaba resortes de amenaza en todos los puntos del juego. Así los Mavericks se hicieron más poderosos sin perder aquel ataque saneado con el perímetro abierto como eje medular. En apenas dos años -Dallas (2005-07)- el equipo fue redefinido defensiva y posicionalmente hasta convertirse en el modelo más versátil del mundo. Pero aquel radiante The All Tempo Team (127-37) sufrió dos sucesivos golpes de muerte (Finales 2006 / 1ª Ronda 2007) cuyas terribles consecuencias, especialmente mentales, se prolongan hasta el día de hoy.

 

Phoenix (2004-07): Sin duda la mayor conquista formal sin título que embolsar. Todo se resumía en director y alas proyectivos. La continua interacción de estos cinco recursos ofensivos en permanente agresión y estado de urgencia produjo como resultado una pronunciada silueta de verticalidad, de voluntad de ataque, de afán de aro, como no había conocido el baloncesto desde los mejores años del Showtime angelino (1985-1988), una diferente interpretación del fast break que optimizaba las posibilidades de la circulación vertical a través de una brillante economía del pase. Por la importancia de su jugador más emblemático: ver más abajo Steve Nash.

 

Golden State (2006-07): Como heredando lo mejor del modelo PHX los Warriors volvieron a ser laboratorio de la vanguardista interpretación del más genial Don Nelson. Si en 1991 el motor de aquel experimento llamado TMC corrió a cargo de Tim Hardaway dieciseis años después tomaría el relevo Baron Davis. Desaforado juego en transición, agresivos ataques de cinco y un brutal shuffle a toda pista que acabaron por rematar a los mejores Mavericks de la historia (67-15). El problema de los equipos de Nelson desde que abandonara Milwaukee es que tanto agradaban la vista y reventaban cuadros de playoffs como terminaban muriendo enseguida. Nelson y Warriors: iconos del baloncesto suicida de corto recorrido.

 

L.A. Lakers (nov. dic. 2003): Vale rescatar de la memoria el espléndido inicio de temporada de aquel radiante experimento referido en sus días como Big Four gracias a la pomposa unión de Shaquille O'Neal, Kobe Bryant, Karl Malone y Gary Payton. Durante apenas una veintena de partidos a salvo de lesiones los Lakers parecían un equipo sencillamente imbatible con el privilegio de agradar. Siete meses después la humillación en las Finales hizo trizas el vestuario y sepultó aquel ensayo como pieza de museo.

 

 

 

Orlando (mayo 09): Fue una serie (ECF). Pero bien valió la pena. Su estructura radicalmente perimetral remitía a los Mavericks de principios de década sólo que las cuerdas de circulación, de nítida factura e inagotable extra-pass, retrasaban los pies hasta el anillo del triple ganando un precioso espacio que trastornó la defensa de los Cavs como lo habrían hecho con cualquier otra en el mundo. Nunca los estáticos habían exhibido semejante fractura entre un jugador interior (Dwight Howard) y el exterior, por momentos de hasta cuatro hombres abiertos de lanzamiento mortífero.

 

 

Todo ello formalmente. Porque en lo que al factor de competición concierne equipos como los Timberwolves (2004), Clippers (2006), Hornets (2008), Cavaliers (2007), Magic (2009), Nets (2002/2003) y Nuggets (2009) -ambos no ABA-, alcanzaron su cima histórica en esta década. Diez años de pizarra presidida por el mismo nombre que en los años noventa, Phil Jackson. Y a la par, un insobornable Gregg Popovich. Bajo la comandancia de ambos se agitaron a ratos Larry Brown y Mike D'Antoni, Byron Scott y Pat Riley, Mike Brown y Doc Rivers, Rick Adelman y George Karl. Y apurando, hasta el mismísimo Larry Bird. 

 

 

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En este subrayar lo hegemónico nos salen en cambio jugadores a manadas. Tanto los principales culpables de que diez equipos conquistaran la gloria como aquellos que sin lograrlo opusieron resistencia haciendo de paso más grandes a los primeros. A lo generoso son muchos. Tal vez demasiados. Por eso urge cortar desde arriba y elegir lo mejor entre lo más selecto.

 

 

 

 

El primero de todos, Tim Duncan. Nunca será posible revisar este decenio sin la honorífica, prioritaria y casi monárquica referencia a Duncan como el jugador más decisivo de todos, el secreto perfecto. Sólo uno de sus cuatro anillos escapa a esta década. Incluso cuando creímos vista su obra al completo, como eternamente igual, nos volvió a postrar con un lanzamiento para el que sus manos no parecían hechas. Su último acierto desde aquella distancia lo había logrado más de un año atrás. Y cuatro en circunstancias algo parejas, cuando brindó a los Lakers cuatro décimas para el milagro de Fisher.

 

No vale extenderse. Duncan es el jugador de la década.

 

Y sin embargo cabe insistir con la misma fuerza que la cima más alta conquistada por un jugador en algún momento de este mismo periodo pertenece sin duda a Shaquille O'Neal.

 

De no haber existido Wilt Chamberlain, de no hacerlo además en un siglo que no le correspondía, bien podría asegurarse que el Shaq del primer tercio de década (2000-03) es el jugador más complicado de defender en la historia de la NBA. El más poderoso, la más óptima combinación de tamaño, velocidad y fuerza que haya podido conocer el inmenso continente del Deporte. Recordando ahora lo que Shaq fue, incluso la trilogía se antoja corta. En un tiempo en que la estructura del Baloncesto NBA se creía ya producto acabado la emergencia de la Gran Bestia obligó tanto a refundar la matemática del espacio y la consideración de las faltas como a evidenciar el absurdo de la defensa al hombre y en un sentido no tan retórico, la justicia misma del reglamento.

 

Duncan y Shaq. Siete de los diez anillos tienen su sello. Ambos escapan al estrecho cerco de un decenio.

 

Pero no son los únicos.

 

Por encima de ellos Sporting News concedía el galardón del jugador de la década a Kobe Bryant. Una concesión valiente y como airada a la que subyace ese pérfido simbolismo que seguiría instalando en el imaginario a Michael Jordan como el hegemónico paradigma del que derivar todo lo demás. Para Sporting News la elección de Kobe responde a una formulación mental de expresión muy gráfica:

 

- El imaginario dictaba: "Pasará mucho tiempo antes de que alguien se aproxime a Michael Jordan".

- La realidad objeta: "No creas que es tan huidiza esa sombra. Kobe Bryant la ha llegado a tocar con la mano".

 

Si lo que se pretende es que Kobe Bryant forme podio la idea no puede ser más acertada. Flanqueado por Duncan y Shaq, de quienes parecía provenir todo anillo, Kobe ha extendido en estos últimos diez años el total de sus poderes. Poderes que ningún otro jugador salvo Duncan ha exhibido de manera más regular y compacta. Por una simple cuestión cronológica los años dos mil trazan un cuadro más preciso de Kobe que de Shaq.

 

Hace nueve años era un jovencito con infinitas ansias de protagonismo cuando sus 8 puntos resolvían la prórroga del cuarto partido de las Finales de 2000 sin Shaquille. Transcurrido el verano Kobe comenzaba a reclamar de veras su sitio:

 

"Arrancando el curso de 2001 Phil Jackson no encontraba cómodo a su escolta y le preguntó qué era lo que le ocurría. "No sé, este sistema es tan simple que no le deja demasiado hueco a mi talento ofensivo". Jacko no alteró el sistema. Kobe se encargaría de ello. En el mes de mayo Bryant asesinaba a los Kings en semifinales del Oeste con 48 puntos y 16 rebotes. Contaba con 22 años, 8 meses y 21 días. Ni un solo partido dejó transcurrir para burlar nuevamente las presuntas fronteras de la edad. En el estreno de las Finales del Oeste masacró a los Spurs con 45 puntos y 10 rebotes. Las crónicas titulaban "Jordanesque" y Shaq tuvo que subrayar a la prensa que en absoluto bromeaba al rendirse a Kobe como "el mejor jugador de esta liga de largo"". (Edades de blasfemia, Basket Life, enero '09).

 

Kobe ha cerrado la década igual que la abrió: con un anillo. Siendo este cuarto el que más ansiaba. Haters Beware!, ironizaba SLAM. Y en esa brecha de tiempo no dejó de ser nunca protagonista en mil escenarios tres de los cuales -ruptura con Shaq, tribunales y trade me- no ensombrecen algunas de las proezas anotadoras más extremas desde Wilt Chamberlain. El completo mes de febrero de 2003 se fue hasta los 40.6 por partido. Del 16 al 23 de marzo de 2007 encadenaría un total de 225 puntos en cuatro noches: un promedio alienígena de 56.2. Un año atrás, el 22 de enero de 2006, apenas un mes después de endosarle 60 en tres cuartos a Dallas, firmaba la mayor hazaña individual de los tiempos modernos: la mágica velada de los 81 puntos, una sobrenatural migración al aro que una noche Tracy McGrady fragmentó en 35 segundos y 13 puntos para liquidar a San Antonio.

 

Kevin Garnett, Dirk Nowitzki y Jason Kidd completan un círculo que ampliar por sectores de tiempo junto a Allen Iverson, Paul Pierce, Chauncey Billups o Dwayne Wade. Y muy especialmente con la más poderosa irrupción de la década: LeBron James, el jugador de mayor potencial que haya podido conocer este juego.

 

Ahora que el siglo es joven, James, Garnett, Shaq y Nowitzki llevan tiempo insinuando tal que embriones cómo será el común de la fauna NBA para mediados del XXI.

 

Con todo, en lo referente a las irrupciones, acaso nunca se deba omitir la más inesperada y como hermosa de todas. Por espontánea y subversiva.

 

La década arrancó prolongando algunos de los peores vicios heredados de la anterior. Emprendió el camino marcada por un colosal tonelaje defensivo que delineó el imperio de los bloques de acero. De repente un modelo radical de juego y muy en especial su jugador emblema venían como a quebrar el curso de los acontecimientos. Por eso cabe aquí formular la pregunta sobre qué es lo que verdaderamente importa en el Steve Nash del ecuador de la década. De los Suns a su mano entregados. De aquella locura que parecía salir de unos animados Cartoons. La respuesta nunca debería ser otra:

 

"Importa su conquista absoluta de una de esas parcelas que muy rara vez la historia concede a las novedades verdaderamente reseñables. Su radiante Baloncesto clarividente, que dotaba de alas al balón y compañeros y arrojaba por la borda las medidas de tiempo, que hacía del juego una inagotable creación de energías vivas, irrumpió en una escena NBA que no aguardaba cambios de guión en su previsible política de bloques. Nash es el principal culpable de cuestionar muy seriamente el sustrato ideológico que había promovido la NBA durante más de una década hacia una colisión generalizada de las potencias defensivas y su paralela devaluación anotadora. Nash vino a abrir un nuevo destino y así lo premió la Liga, que por primera vez no lo hacía con los números sino con el espíritu que observa al Baloncesto como algo bello, inteligente y eternamente joven". (Una mente maravillosa, Basket Life, mayo '08).

 

 

 

 

De repente Steve Nash abrió puertas y ventanas y una fragante corriente de aire fresco invadió el completo panorama NBA. Su legado forma parte de todas aquellas conquistas que nunca reflejarán el palmarés.

 

A lo largo y ancho de la década merecen también especial atención por muy diversos motivos jugadores tales como Chris Webber, Vince Carter, Peja Stojakovic, Reggie Miller, Tracy McGrady, Ray Allen, Jermaine O'Neal, Stephon Marbury, Ben Wallace, Sam Cassell, Robert Horry, Baron Davis, Yao Ming, Manu Ginobili, Tony Parker, Gilbert Arenas, Shawn Marion, Rasheed Wallace, Amare Stoudemire, Carmelo Anthony, Dwight Howard, Pau Gasol, Chris Paul, Deron Williams o Brandon Roy. Una diversa y riquísima generación que la revisión del decenio encorseta torpemente. Porque buena parte de ella escapa ya hacia el futuro.

 

 

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Los dos mil fueron generosos. Se abrieron con la mejor noche de mates que el mundo haya podido conocer (Oakland, 2000) y sin darnos cuenta volvimos a contemplar a Michael Jordan de corto, ahora lo sabemos, como un sereno last dance de dos años. Vimos el milagro de Fisher y el fracaso de Portland. El triunfo de lo internacional (Nowitzki y Parker) y la revisión de lo nacional (Redemption Team). A un jugador de 22 años, LeBron James, abismándose a la historia al derribar a solas (25 últimos puntos de su equipo) a una de las mejores defensas colectivas del mundo. La pantalla universal fue innumerables veces paralizada por hazañas y glorias de los únicos protagonistas que verdaderamente merecen la pena.

 

Pero la década, como todas, fue también cruel y tramposa. Seattle falleció traicionada. El desdichado Livingston nos recordó de manera espantosa que el hombre no es invertebrado, como Jay Williams que el destino puede ser el peor enemigo, triste condición que terminó alcanzando Isiah Thomas.

 

En noviembre de 2004 el Palace de Detroit asistió al más deplorable capítulo que haya escrito esta liga. En medio de un anodino Pistons-Pacers, que meses atrás habían protagonizado la serie más árida nunca vista, estalló el polvorín que algunos alarmistas tanto tiempo llevaban advirtiendo. La NBA había conocido batallas de todo calibre. Pero todas juntas pasaban por travesuras en relación a lo ocurrido aquella fatídica noche, testigo no de una pelea de jugadores. Sino, aún cuesta creerlo, de jugadores y público. Y Ron Artest se convirtió en el chivo expiatorio de una pesadilla que nadie habría podido imaginar.

 

 

 

 

El verano de 2007 otro gravísimo escándalo salpicó a la NBA en su más profundo seno. El árbitro Tim Donaghy, con 13 años de experiencia a sus espaldas, era encontrado culpable de las acusaciones de conspiración y fraude en el ejercicio de su cargo por una trama de apuestas. El riesgo era demasiado grande. Estaba en juego la credibilidad misma del campeonato.

 

Dos peligrosas transgresiones que David Stern, siempre Stern, logró sepultar como hechos aislados. Al primero sucedió el código de vestimenta y entretanto el establecimiento de un límite mínimo de edad para ingresar en la liga. Al segundo responde el final de la década con un irónico desenlace: la ruptura total entre la liga y el colectivo arbitral.

 

La década tampoco fue menos trágica que otras. Se llevó también su buen ramillete de almas. Almas jóvenes como Bobby Phills, Malik Sealy, Eddie Griffin, Jason Collier o Wayman Tisdale. Almas pretéritas como Paul Arizin, George Yardley, Al McGuire, Guy Rodgers, Larry Costello, Happy Hairston, Jimmy Walker, Norm Van Lier, Phil Smith, Marvin Webster o Bill Musselman. Y hasta porciones enteras de historia en Alex Hannum, Red Auerbach, Pete Newell, Chuck Daly, Darell Garretson, George Mikan o Dennis Johnson. Se llevó a otros muchos. Pero tratándose de baloncesto, seguro que no muy lejos.

 

 

 

 

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Y como este juego, por muy grande el universo que lo rodee, está forzosamente articulado en partidos, de entre los miles y miles de encuentros que jalonaron esta década próxima a fallecer ahí va una simple docena que recordar eternamente:

 

2000 WCF Game 7 - L.A. Lakers-Portland T. Blazers

2001 Finals Game 1 - L.A. Lakers-Philadelphia 76ers

2002 WCF Game 7 - Sacramento Kings-L.A. Lakers

2003 West SF Game 3 - Sacramento Kings-Dallas Mavericks

2004 West SF Game 5 - San Antonio Spurs-L.A. Lakers

2005 West SF Game 6 - Dallas Mavericks-Phoenix Suns

2005 Finals Game 5 - Detroit Pistons-San Antonio Spurs

2006 West SF Game 7 - San Antonio Spurs-Dallas Mavericks

2007 ECF Game 5 - Detroit Pistons-Cleveland Cavaliers

2008 Round I - Game 1 - San Antonio Spurs-Phoenix Suns

2008 Finals Game 4 - L.A. Lakers-Boston Celtics

2009 Round I - Game 6 - Chicago Bulls-Boston Celtics

 

 

El tiempo pasa. Pero lo hace felizmente para quien haya podido disfrutar otros diez años de belleza que llevarse a la tumba.

 

La década agoniza. Y con ella una preciosa parte de nosotros.

02/10/2009

Del reciente desfile de presentaciones a la prensa muy poco ha sobresalido de la anodina formalidad. Y tampoco sería el caso de los Wizards, el segundo peor equipo el pasado curso y, de creer a James Morris (SLAM), el más frustrante de toda la NBA, de no haber vuelto a la palestra, a su espacio natural, el extravagante sujeto de los 111 millones de dólares.

 

Gilbert Arenas ha vuelto a hablar. Y no parece él. Luego por fin es noticia de verdad. Noticia por prometer poner fin precisamente a todo aquello que le hacía ser noticia. Si hemos de creerle se acabaron el blog, el twitter, la comedia y toda esa patulea de jeringuillas mediáticas que le hacían ser un adicto a la notoriedad. "Ya sólo quiero dedicarme a jugar".

 

Pero mal va el asunto si los primeros escépticos son quienes bien le conocen. "Lo creeré cuando lo vean mis ojos", puntualizaba Brendan Haywood. "Gilbert dice una cosa y acostumbra a hacer otra. Si queréis creerle, perfecto", ironizaba DeShawn.

 

El peor favor que Arenas se ha podido hacer como profesional es convertirse en hombre noticia. Serlo es un drama cuando los primeros y loables motivos que conducen a la celebridad se difuminan y, en su lugar, emergen otros bien distintos cuando no diametralmente opuestos a lo admirable. Cuando la procacidad, la extravangacia, el egotismo y la incoherencia suplantan a todo lo demás, el daño causado es grande; en su peor versión irreparable. Porque un jugador que sale a pista 15 veces en los últimos dos años difícilmente habría sido noticia de no proyectarse un reality mediante el cual, y esto es lo peor, aniquilarse uno mismo el respeto en gigantescas porciones de público. 

 

Y no hay nada peor para alguien que merece ser tomado en serio en algún momento. Un tipo que durante el último tercio del año 2006 estuvo en condiciones de convertirse en el mejor jugador del mundo. Una fulgurante ascensión que el infortunio, todo hay que decirlo, detuvo de raíz.

 

Desde abril de 2007, cuando quebró su menisco, tres lesiones serias en su rodilla izquierda y tres intervenciones quirúrgicas de igual severidad han marcado la vida deportiva de Gilbert Arenas, quien ahora reconoce que incluso contempló la retirada el pasado enero cuando llegó a temer una cuarta intervención. "Hasta habría ahorrado dinero al equipo", satirizaba contra quienes luego terminó cargando.

 

En julio Arenas tomó rumbo a Chicago para ponerse por fin en manos del doctor Tim Grover, cuyos servicios había rechazado varias veces en los últimos dos años. A su cargo el trabajo diario giró en torno a sesiones intensivas de seis y siete horas. Entretanto Arenas ha guardado un verano de silencio. Hasta estos días que se ha apresurado a ofrecer su primer gran titular: "Grover ha salvado mi carrera".

 

Pero como Arenas no puede escapar a su sombra tardó nada en criticar al equipo por dos motivos el segundo de los cuales le hace flaco favor. Primero sugiere que los métodos de recuperación del equipo médico en Washington fracasaron. Y segundo que nadie le protegió de sí mismo. Con una supina puerilidad denuncia que en plena ebullición del Arenas más desaforado mediáticamente ningún miembro de la organización intentase siquiera ponerle freno, como si gracias a su figura de showman pretendieran vender billetes en el Verizon aun al precio de convertirle en víctima. Un papel en el que adora reconocerse.

 

 

 

 

Confeso de su mala relación con Eddie Jordan, convencido de que Arenas fue un convaleciente temerario, le atribuye parte de culpa en su mala recuperación al emplearle a destiempo e incluso forzarle a jugar. Y de paso, no del todo sin razón, cargar contra el público permanentemente crítico con él: "Herido como estaba oía decir: ‘El equipo carece de un auténtico director'. Y yo pensaba que tal vez era eso lo que necesitaba ser. Pero ¿qué es un auténtico director? ¿qué un base puro? Al final uno no es capaz de saber si está o no en lo correcto. Si promedio 10 puntos y 10 asistencias acabarán diciendo: ‘¿Ves? Ya no es el que era'. Si firmo 45 puntos y 4 asistencias entonces no seré un base de los de verdad".

 

Nada verifica mejor estas palabras y el espíritu beligerante de Arenas que la sobrenatural ratio de 20-1 en asistencias por pérdida en sus dos testimoniales apariciones al término de la pasada temporada. Sólo los más privilegiados jugadores son capaces de cumplir en pista lo que un carácter vengativo se ha propuesto acometer. Un retrato del carácter que Arenas inició con su dorsal.

 

Así no extraña que el recién llegado Flip Saunders -"Coach, can Arenas be governed?"-, intuyendo los disparos de la prensa en el acto de bienvenida al curso, templara el semblante como acostumbra e insinuara por dónde pretende orientar las líneas matrices del equipo en los próximos meses. Un equipo que desde Washington apuntan como el de mayor profundidad de los últimos años. A la formación veterana de Arenas, Stevenson, Butler, Jamison y Haywood, se suma la llegada de Mike Miller, Randy Foye y Fabricio Oberto, el único miembro de la actual plantilla que el año pasado conoció la postemporada. La rotación se completa con Javaris Crittenton, Dominic McGuire, el insondable Andray Blatche y dos explosivos todavía por detonar: Nick Young y JaVale McGee. Un roster que recitado de seguido suena de maravilla. 

 

De inicio Saunders prefiere la paz que la autoridad. Su mejor noticia, no dejó de insistir, es que Arenas está sano. Y matiza importarle mucho menos sus incontinencias mediáticas -"Que hable, que nunca deje de hacerlo. Yo le escucharé"- que su ética de trabajo. Agradece que a la entrega del playbook responda Arenas presentándose al día siguiente con unas páginas manuscritas que debatir abiertamente, lo que sin duda concentrará los mayores esfuerzos del Sam Cassell asistente. Pero todo ello sobre un manifiesto reforzamiento de su poder: "Tendrá el balón un 80 por ciento del tiempo. Más poder que el que haya conocido nunca".

 

Poca duda resta del Arenas que está por venir. Posiblemente el mismo que conocimos. Un jugador rápido, agresivo, ofensivamente asesino. Un anotador tan salvaje que se arroga los puntos que ni sus manos consuman. Un exterior de una técnica depuradísima y un entendimiento del juego muy superior al que luego su práctica verifica. Y ahí residirá el punto crítico por el que será nuevamente sometido a examen: como distributor. Porque no será él quien únicamente goce de salud.

 

De cuantos asuntos de interés despierte el nuevo curso en la NBA uno de ellos recaerá sin duda en la capital. Y mucho más en la nueva promesa de Gilbert Arenas. Se quiera o no él son los Wizards. "Nadie podía defenderme antes y tampoco nadie podrá ahora". Arenas está sano.

 

Físicamente.

Esta última semana ocupaba marginalmente la información NBA una fugaz reseña que recordaba el trigésimo aniversario de un episodio curioso, extraño, único. Un episodio seguramente observado hoy con esa testimonial morbosidad de lo anecdótico, lo efímero y como carente de cuerpo. Y sin embargo puede valer al entramado teórico de aquel capítulo una vigencia eterna. Eterna mientras haya deporte en el mundo y lo practiquen hombres y mujeres.

 

Tuve la fortuna de contemplar en persona a Ann Meyers en septiembre de 2007 durante la Gala del Salón de la Fama FIBA. Reconozco que presté una especial atención a aquella mujer, de seguro la mayor atención de los muchos presentes en la inmensa sala, infinitamente más perplejos con Bill Russell, Dean Smith, Drazen Dalipagic, Sergei Belov o Nikos Galis. De principio a fin de la velada, como si antes que gesto fuera su auténtico rostro, Meyers no dejó de esgrimir una enorme sonrisa, incluso frente a los que antes que acudir a saludarla simplemente tropezaban con ella, tal era su condición de anónima entre la multitud. Esta circunstancia me terminó por convencer de que cualquier batalla que aquella mujer hubiera librado en la vida estaba coronada por la victoria. Y aquella cálida sonrisa levantada al vacío, plenamente justificada.

 

Me prometí entonces que su memoria merecía extraer cierto asunto de las estúpidas líneas de Trivial. Es el lugar y momento.

 

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De entrada la cosa se explica a velocidad de titular: el 5 de septiembre de 1979 los Pacers de Indiana anunciaban el fichaje de Ann Meyers. Una mujer.

 

En las semanas siguientes su nombre ocuparía infinidad de páginas a lo largo y ancho de la nación. Páginas que ninguna de sus proezas anteriores le habían procurado.

 

Contrariamente a lo ocurrido en 1968 con la tierna Penny Ann Early, un año después con la elección en el draft de una adolescente Denise Long por Golden State, o de Lusia Harris por los Jazz en la primavera de 1977, daba la impresión de que el caso de Ann Meyers iba completamente en serio. Una multitudinaria rueda de prensa en el lujoso Century Plaza de Los Angeles, la firma de un contrato por un año a razón de 50 mil dólares más la exhibición de su camiseta con el número 15, flanqueada por propietario y entrenador, verificaban el espíritu de aquella operación.

 

Espíritu porque en lo sustancial ocurrió cosa bien distinta.

 

 

 

 

Ann Meyers era una jovencita de 24 años a salvo de trazos románticos. Una atleta excepcional, de las que un país gigantesco puede permitirse a dedo en una o dos décadas. Se había graduado en UCLA el invierno anterior después de elevar al equipo al trono de la nación. Desde su posición de base Meyers jugaba al baloncesto con una clarividencia suprema. Era mucho más rápida y hábil que sus coetáneas y obligaba a escudriñar el pasado para encontrar algo cercano a su completísima resolución en pista. Había formado con la selección nacional cuando aún era alumna de instituto. Cuatro años después, a poco de conquistar el título universitario, se convirtió en la única jugadora de la historia capaz de firmar un cuádruple doble en la máxima categoría universitaria.

 

Deportivamente Meyers era una figura impecable. Pero su género no era masculino.

 

Es posible relatar lo ocurrido en aquellas dos semanas de septiembre dentro de siete grandes categorías:

 

 

De tipo publicitario:

 

La explicación más aceptada y seguramente la más plausible de todas. Aquella historia carecía en realidad de trama y pasado.

 

Ese mismo verano el multimillonario californiano Sam Nassi se había hecho con la franquicia a golpe de talonario y otorgado todos los poderes a su entrenador y también director deportivo Bobby Leonard. Todos salvo aquel improvisado capricho.

 

A nadie escapaba en Indianapolis la gradual decadencia del equipo. La edad dorada de los Pacers ABA se había esfumado hacía ya demasiado tiempo. En un año el aforo del pabellón había visto más de tres mil asientos vacíos por noche, no se había llenado ni una sola vez y los Pacers, que aún no conocían la postemporada en la NBA, ocupaban el puesto 18 de 23 en asistencia de público.

 

Qué mejor respuesta que una operación de marketing y un motivo de visibilidad nacional: la integración de una mujer en la plantilla y, al órdago, en una liga de hombres.

 

Es sencillo advertir los pilares de esta explicación. Que antes de ser sometida a prueba Nassi resolviera un contrato para ella, que tomara la decisión sin consulta técnica y que todo el operativo, incluida una rueda de prensa de las de bombo y platillo, fuera organizado desde su domicilio de Los Angeles, a casi tres mil kilómetros de la sede del equipo, ratifican poderosamente la opción publicitaria.

 

 

De tipo emocional:

 

Derivada de la anterior, imposible omitirla.

 

Ann Meyers tenía la absoluta convicción de que su presencia allí era estrictamente profesional. Su natural entusiasmo, acaso la ingenuidad de los 24 años, le hacían sentir a salvo de creerse un objeto empleado por un interés no propiamente deportivo. Un serio riesgo para la estima de una mujer que en el fondo creía legítima aquella prueba. Que era su capacidad y no su singularidad el motivo por el que estaba allí, rodeada de hombres en una batalla de la que sentía poder salir viva, feliz, orgullosa y pionera. En resumen, de ser Historia conquistando la última frontera y alejándose hasta lo remoto de la floritura cheerleader o del afectado lirismo del caso Penny Ann.

 

Meyers no sólo estaba convencida. Aspiraba a demostrar que, siendo también mujer, no era una de ellas.

 

 

Penny Ann Early momentos antes de ingresar en el Colonels-Stars. 

 

 

Las Floridians y su célebre estética nudie, el extremo ornamental de la mujer en la historia del baloncesto profesional americano.

 

 

 

Una persona muy cercana, su hermano Dave, a punto de emprender su quinto curso como profesional en los Bucks tras un año en blanco por la traición de la espalda, no ocultó su disgusto al recibir la noticia, un asunto que la prensa deportiva abordó a dentelladas.

 

Aconsejada por su entorno más familiar Ann se prohibió prensa, radio y televisión mientras durasen las pruebas. Algo comprensible avistando el panorama.

 

El dueño de los Knicks, Sonny Werblin, calificó la noticia de "vergonzosa parodia que la NBA no debería permitir". Su homólogo en los Sonics, Sam Schulman, tildó el asunto de "montaje y chifladura" llegando a comparar la operación con el fichaje del enano Eddie Gaedel por los Browns de St. Louis en la liga mayor de béisbol en 1951 (Gaedel medía 1.09 y pesaba 29 kilos).

 

 

 

 

Barry Lieberman, presidente de la WBL femenina, despachó aquel affaire como "burla al espíritu de competición" añadiendo que él jamás tendría la desfachatez de fichar a un hombre. Desde las oficinas de los Stars neoyorquinos (WBL) se arremetía contra la NBA acusándola de dar un paso más "para socavar nuestra liga". Especialmente duras pudieron sonar las palabras del portavoz de UCLA, Mike Sondheimer, quien había compartido centro con Meyers, reconociendo que la joven ni siquiera habría integrado con éxito el equipo masculino de la universidad.

 

Incluso desde los propios Pacers por cuya adhesión Meyers se prometió luchar las cosas no fueron mejores. El alero Mike Bantom resumía el ánimo que podía haber calado en el seno de la plantilla: "Si tengo que competir con ella por mi trabajo, lo siento, no va a recibir de mí ningún trato preferente. Voy a ser lo más duro que pueda con ella. Lo peor es que todo esto le puede hacer daño. (...) Esto se ha decidido desde Los Angeles. No entiendo cómo puede ayudarnos algo así. Si de lo que se trata es de construir un proyecto ganador no sé cómo es posible convencer a nuestra afición de que vamos en serio".

 

Por lógica no sería ella quien manifestara algún temor. Fue su hermano el encargado de hacerlo: "Me preocupan sus emociones para abordar una situación como ésta y cuál será su reacción ante lo que se le viene encima. Tan sólo deseo que no salga herida". Algo todavía más difícil cuando su mismo entrenador estaba tratando de convencerla de que tirase la toalla.

 

Ella se negó.

 

 

De tipo político:

 

Por alguna extraña razón sobrevivió a los años una explicación del asunto que dejaba en un feo lugar a la liga. Al parecer los Pacers habrían recibido del alto mando NBA una advertencia en voz baja. La liga no permitiría alinear a una mujer en un partido oficial. Una teoría atractiva pero infundada.

 

En una sociedad abierta como la americana, ávida por el debate, una prohibición de ese tipo habría suscitado una controversia que emplear como munición acusatoria contra la liga. Incluso un riesgo discriminatorio que terminar en los tribunales para regocijo de papel y pantalla.

 

Y no era momento de cometer errores. Corrían tiempos de cambio en la NBA desde arriba. La preocupación en los despachos se manifestaba a través de interminables reuniones siendo la problemática de fondo muy superior a lo que la inclusión en pocas semanas de la línea de tres puntos hacía presumir.

 

En medio de tanta reserva el caso Meyers podía resultar incluso molesto. Había que solventarlo aprisa de cara a los medios. Así la NBA se adelantó a disipar cualquier sospecha, primero, a través de las declaraciones del portavoz de la liga, Ed Falk, aclarando que la competición no iba a interferir en aquel asunto. Y más tarde mediante una segunda aclaración, ésta a cargo de un joven David Stern, asegurando que no había una sola línea en el código interno NBA que prohibiera aquella operación.

 

A riesgo de que las palabras se las llevara el viento y de que la oleada mediática amenazara con banderas de esmalte feminista dada la perfecta fragilidad de la chica, la liga se vio obligada a pronunciarse oficialmente, por escrito.

 

En la mañana del 6 de septiembre, menos de 24 horas después de las palabras de Falk y Stern, la NBA hacía pública una misiva con la firma del comisionado Larry O'Brien y probablemente redactada por el brillante abogado Stern y mano derecha de aquél. El pasaje no dejaba lugar a la duda:

 

"The NBA does not discriminate against athletes on any basis, including sex. If and when a contract from Ms. Meyers is filed with the league office by Indiana, it will be reviewed in the ordinary course and approved if it meets NBA requirements. I wish Ms. Meyers luck in her attempt to play in the NBA".

 

Pero también subyacía a ese paso una oscura lógica. El fuero interno de O'Brien sabía perfectamente del poderoso estímulo que supondría el concurso de una mujer en la liga. 

 

 

De tipo deportivo:

 

El único que en rigor importa.

 

Tras el anuncio del fichaje, Ann Meyers (1.75 m / 61 kg) se incorporó al campus de novatos y agentes libres de Indiana Pacers. Lo hizo junto a otros nueve jugadores de muy diverso pelaje entre los que se encontraban Dudley Bradley y Tony Zeno -los preferentes draft del equipo-, James Lee, Neil Traub y el base de tercer año John Kuester. Este último fue el par elegido para marcar a Meyers. De estatura algo pareja Kuester ya pesaba en torno a 23 kilos más que ella.

 

El primer día de pruebas se concitaron en el pequeño pabellón Hinkle de la Universidad Butler hasta diez cámaras de televisión. Lo recogido por ellas no engañaba. Al menor contacto Meyers salía despedida y esta circunstancia fue motivo de continua atención por parte del técnico Leonard, excesivamente preocupado por que la chica pudiera salir lastimada.

 

Un par de sesiones después ella misma se mostraba admirablemente sincera: "Soy un pelín más lenta que ellos. Son mucho más poderosos físicamente que todas las jugadoras contra las que me he enfrentado. Y muchas de las cosas que hacía contra ellas no puedo hacerlas ahora. (...) Tal vez no sea lo bastante buena, pero voy a dar lo mejor de mí. Eso sí, va a ser más duro de lo que había previsto".

 

Meyers demostró estar a la altura en atención, velocidad de reacción, lectura del juego e incluso manejo técnico. Pero al mismo tiempo era incuestionable su derrota física en todas y cada una de las batallas individuales, como si estuviera dos o tres grados por debajo del resto.

 

La californiana ya sabía lo que era disputar partidos entre hombres. Lo había hecho anteriormente en Los Angeles y Las Vegas ante ejemplares como Wilt Chamberlain, Julius Erving o Calvin Murphy. Pero aquello eran veladas de exhibición y nadie rivalizaba por un contrato.

 

En lo sucesivo nada hizo variar lo ocurrido en el estreno. Tan sólo seis días después los Pacers calificaban la operación de fallida y dejaban a Meyers fuera de juego. No había sitio para ella. Como seguramente no lo había antes ni para ocupar el undécimo puesto de una plantilla NBA, abundante en jugadores a cuyo nombre en los Box sucedía un DNP. De 1967 a nuestros días únicamente tres jugadores fueron active roster en los Pacers -Scott English (1975-76), Damon Bailey (1994-95) y Mate Skelin (1999)- sin disputar ni un solo minuto de juego. Ann Meyers no merecía ni eso.

 

Conocido el desenlace arreció la tinta. Uno de los artículos más explícitos fue el firmado por Wayne Lockwood en el Daily News bajo un título lapidario: "El sitio de una mujer está en el banquillo". Lockwood desdramatizaba aquella historia mandando al carajo toda posible especulación esgrimiendo como único argumento válido que la NBA no era sitio para una jugadora, ni siquiera la mejor del mundo. Algo más suave se mostró la revista TIME preguntándose qué pintaba en realidad una jovencita, por muy andrógina que pareciese, en un lugar como aquel. Excusánsola, Wrong League y no Wrong Girl fue el titular que concluía que "el territorio que anida bajo los tableros es uno de los más violentos de la escena deportiva". Ni siquiera el incisivo Times, que había tenido el tacto de cubrir el asunto con dos profesionales de distinto sexo (Jim Naughton y Sharon Johnson), se veía con fuerza para arremeter contra aquel absurdo.

 

Entretanto había removido la conciencia americana la eterna pregunta de qué nivel podría alcanzar una mujer en el baloncesto masculino. Se trata de una formulación muerta. Porque el imaginario público la responde en silente intimidad. Poco. Tal vez nada. Y ello es debido única y exclusivamente a que las condiciones de hombre y mujer, lejos de aproximarse en los deportes de equipo y contacto, resultan simplemente remotas y hasta la ciencia establece su ecuador bajo el vocablo genética.

 

La opinión pública ponía así fin a su propia aventura.

 

 

De tipo protocolario:

 

En su ambición por adornarse Nassi equivocó el perímetro formal de su propuesta. Como queriendo anticiparse a la crítica garantizó a Meyers la vigencia del contrato a toda costa. Esto es: si no era elegida para integrar la plantilla sí lo sería para la empresa. Como relaciones públicas o comentarista local se le aseguraba un despacho, un empleo cuya apariencia de limosna Ann Meyers no había reclamado de aquel hombre. Con esa deplorable petulancia del poderoso, Nassi creía poder cumplir su cometido y hacer al mismo tiempo un favor a la chica. Tropezaba así en una flagrante paradoja: premiar a una atleta por su condición de mujer. Olvidar que el único objetivo de aquella joven de 24 años era desplegar su profesión plenamente y no acogerse a una protección que en ningún caso había solicitado.

 

No es de extrañar que tan pronto Meyers fue descartada ocupó de inmediato sus planes en encontrar otro equipo, cosa que logró enseguida con los Gems de New Jersey de la WBL femenina. 

 

Antes el propietario había cometido otra torpeza. Contrariamente al bombo de su anuncio Nassi no hizo pública la negativa del equipo a quedarse con ella. Fue un fotógrafo el encargado de filtrarlo a la prensa mientras Leonard se lo comunicaba a Meyers en un aparte del pabellón, con el sudor todavía vivo por las últimas carreras y golpes.

 

El entrenador no tuvo entonces reparos en reconocer que jamás había visto jugar a la chica antes de que se la plantaran allí y que no había recibido presiones para quedarse con ella.

 

Un desastre que remite nuevamente al plano emocional de la protagonista.

 

 

De tipo masculino:

 

No se trata de valorar si nuestro mundo es o no esencialmente masculino (un término mucho más justo que machista). Sino de observar la reacción del grupo de hombres a quienes tocó la insólita experiencia de pelear su puesto con un no igual.

 

Tal vez las palabras no sean suficientes para profundizar en una realidad -el simple jugar en pista con ella- simplemente fascinante. Tanto como que cualquier lector puede proponerse el ejercicio de situarse allí con ellos. La postura es fundamentalmente incómoda y así lo resumía ella: "Para mis compañeros era algo desafortunado. ¡Taponaste su tiro! Menuda hazaña taponar el lanzamiento de una chica. ¿Y si yo robaba un balón? ¡Te ha robado el balón una tía! La verdad, tenía que ser duro para ellos".

 

Lo fascinante es que con seguridad este género anímico, propiamente masculino, habría prevalecido en cualquier liga del mundo a la que Meyers se hubiera incorporado.

 

Siete años después la débil USBL, que en algunas operaciones remitía al viejo circo ABA, derribó esa última frontera sexual al permitir a los Springfield Fame de Henry Bibby integrar en su plantilla a Nancy Lieberman (ver foto inferior), harta de ser más conocida como preparadora física de Martina Navratilova que como jugadora de baloncesto. El cronista Franz Lidz, enviado por Sports Illustrated para cubrir su estreno, no omitía en su escrito la sospechosa defensa del equipo rival, Staten Island, ante las penetraciones de Lieberman. Como los probables abucheos del público al autor de un tapón sobre ella.

 

 

 

 

El caso Lieberman llegó incluso al cine en el subproducto Perfect Profile (Jim C. Harris, 1989). Su argumento era sencillo: un atrevido propietario buscaba al jugador perfecto a través de una aplicación computerizada dando como resultado Teri Williams, una mujer. A ella tocaba ahora travestirse para ocultar su identidad al ofertante.

 

En el caso de Meyers, de haber logrado la hazaña, incluso mueve a la curiosidad preguntarse cómo habría gestionado la liga su vestuario. No tanto una sencilla estructura de ducha personal como su púdica marginación del grupo un total de 164 veces en liga regular. Dos por cada partido. Una al desverstirse y otra a las duchas. O quizá sólo en las últimas.

 

 

De tipo literario:

 

Con unos cuantos moratones de más Ann Meyers recogió sus cosas y se marchó sin hacer ruido.

 

Tal vez nadie coronara de manera más gráfica toda esta morbosa historia que el entonces asistente de Leonard en el banquillo de los Pacers, Jack McCloskey: "Me dio un besito en la mejilla y un abrazo. Menuda sorpresa. Nunca he recibido un beso de un jugador despedido".

 

Mujer hasta las últimas consecuencias.

Pasado jueves. Despedida ante los medios. Preguntado por qué tipo de sentimiento creía despertar su retirada Bowen esbozó una sonrisa mordaz antes de proclamar: "I'm sure a lot of people are happy". Pudieron ser las palabras más verdaderas de toda la rueda de prensa, a cuyo fin Steve Nash recibió en el móvil un simpático mensaje de disculpa anunciando una pesadilla que llegaba a su fin. No sería el único. Y valdría preguntarse qué clase de jugador puede suscitar un tipo de mezquina alegría pareja a la que por ejemplo despertó Michael Jordan a su primer adiós en octubre de 1993.

 

Es lo que vamos a tratar de responder.

 

Si Bruce Bowen fuera un malvado personaje de novela negra su fuero interno debería estar riendo a carcajada limpia. Nadie habría burlado con igual impunidad el código penal. Nadie adaptado la fechoría a la legalidad y los legisladores a su terreno. Un terreno fuera de la ley donde Bowen se movió como pez en el agua, dotando a su figura de una hipnótica condición de proscrito indemne.

 

Es complicado transitar estos días la figura de Bruce Bowen librando una sola línea de su fama de villano, como si todo lo ofrecido por este jugador no hubiese sido más que un desfile de crímenes sin castigo. Es complicado. Pero vale la pena abstraerse a un juicio tan estrecho como equivocado.

 

La vida cargó a Bowen un papel fugitivo a muy tierna edad. Contaba 13 años cuando llegó de la escuela y vio que el televisor de casa había desaparecido. Mamá lo había vendido para comprar cocaína mientras papá seguía ausente, borracho en algún rincón de la calle. Tío Darryl acudió en su ayuda. Para siempre. Y Bowen se hizo hombre a edad adolescente.

 

Pudo ser Mike Wise el primero en sugerir que aquella infancia frustrada inflamó en su carácter un potencial agresor condenado a expresarse en alguna actividad. Algo que sepultara lo sufrido a base de hostias tan sibilinas como el silencio que guardaba padeciendo a unos padres completamente perdidos.

 

Un cuarto de siglo después es sencillo explicar el porqué de la risa que Bowen sabe ganada. Una risa que compartió su hogar texano cuando el verano de 2001 llegaron Parker, Jackson y él a un coste de dos millones de dólares. Con 30 años Bowen era lo que Art García acertó a definir como "pro basketball vagabond". Así su verdadera carrera arrancó donde la de muchos otros terminan. Una carrera extraña, de ocho años increíblemente compactos con una camiseta cuyo color era el que verdaderamente le correspondía. Porque Bruce Bowen parecía nacido para la más absoluta negrura.

 

 

 

 

 

 

Titular indiscutible de una Dinastía, valdría repetir, undrafted titular indiscutible de una Dinastía, Bruce Bowen burló como nadie el glamour del NBA Star-system, sembró el camino de cadáveres y mandó al carajo el imperio de la estadística, un argumentario estúpidamente orgulloso de condenar la anemia numérica. Es como si Bowen hubiese orinado durante años en la filosofía Box Score. Como si gracias a él supiéramos que baloncesto y cuadro estadístico guardan una relación a menudo indescifrable y opuesta. En esas lápidas conocidas como Box Score Bruce Bowen fue un espectro revelado mucho antes en el equipo rival que en sí mismo. Porque la vanidad le fue de todos el defecto más remoto.

 

Resumiendo un sentir casi universal señalaba Kevin Pelton que Bowen "crossed the line into dangerous if not dirty play". No fue el único. Pero su profunda y eterna presencia en el lado oscuro del juego le ha concedido una parcela única en la historia de la NBA.

 

Efectivamente Bruce Bowen escribió su historia en líneas de novela negra. Tal vez hasta bélica. Como una batalla personal entre las dos canastas que flanquean la escena de guerra. Como soldado de infantería debería ser el más premiado si el genocidio tuviera premio. Como destructor no ha tenido parangón. 

 

La condición de esclavo táctico que pudieron alcanzar ejemplares como Morlon Wiley, Charles Jones o Dennis Rodman palidecen ante los niveles de sadismo (en apariencia inocente) exhibidos por Bowen. Resulta difícil convencer a sus detractores de que Bowen elevó más que nadie la defensa al arte de la molestia. Pero la persuasión pública es un asunto menor cuando se trata de validar la asombrosa eficacia de un hombre capaz de martirizar con igual éxito a biotipos tan dispares como Jason Kidd, Steve Nash, Kobe Bryant, Tracy McGrady, Shaw Marion, Vince Carter, Dirk Nowitzki, LeBron James o Chris Paul.

 

Ocho veces en los equipos defensivos del año. Su auténtico nido. Pero del juicio americano yerra esa parte que le concede un trono exclusivo como defensor de perímetro. Si la defensa es la sombra que persigue al ataque, que alguien pudiera elevarla desde el ras de suelo de Chris Paul a los devaneos interiores de Marion a los cielos del lanzamiento de Nowitzki debería ser suficiente para erigirle un monumento. El monumento al genocida más versátil que haya podido conocer este juego.

 

Poco antes de que Bowen reflejara en pista el lado más siniestro de la conciencia táctica de Popovich, Pat Riley aseguraba que sus cualidades "podían ser enseñadas". Como si formaran parte de un manual de artesanía, de un libreto del juego que impartir en formación. El tiempo le contradijo. Porque si bien parecían darse en Bowen virtudes trabajadas para un presunto idiota técnico, muy por encima de todo ello orbitaba una finísima inteligencia que Buck Harvey recogió al decir que Bowen consiguió arrastrar consigo a árbitros y legisladores. Situar a "the refs into his on-the-ball aggression". Podía ser un cerdo para 29 franquicias, decenas de jugadores y millones de espectadores. Pero no para el silbato general. Y un hechizo de tal calibre no forma parte de lo enseñable. Tiene que haber una destreza muy especial para darse un engaño tan grande. Un instinto al alcance de muy pocos. Tal vez de nadie hasta Bowen.

 

Sobraron a su carrera muchas escenas de terror. La patada en la cara a Wally, en la espalda a Ray Allen, en el hombro a Paul, el rodillazo a los testículos de Nash, las trabas a las suspensiones de Amare, Francis, Crawford, Carter y un largo etcétera. Le sobró todo aquel tenebroso excedente del kamikaze a su obra entregado. Pero nada de eso puede erosionar la verdadera naturaleza de su legado.

 

Su infatigable desplazamiento de piernas -aun superior al de Jordan y Dumars-, el cirujano manejo del timing, sus manos en eterna posición de garra y una felina actitud defensiva que ni siquiera cesaba a la detención del juego le convierten en el mayor enemigo que haya podido conocer la fauna universal del baloncesto. Nadie logró invadir más espacio al atacante. Como perro de presa es difícil concebir un rendimiento superior.

 

Al margen de juicios éticos que un jugador alumbrara el lado más oscuro del juego, un gigantesco terreno de destrucción, con semejante impunidad y eficacia le convierte de facto en un amplificador del baloncesto. A partir de Bowen el terrorismo podía tener cabida. Ningún jugador trasladó la licencia defensiva más lejos que él. Ni Hagan ni Rodman ni los peores enforcers habidos. Bowen llegó a hacer de la subversión una página personal que sumar a la Antología del Juego.

 

De ahí que la acusación criminal flaquee por simple ante una realidad infinitamente más laboriosa y compleja, mucho mayor en definitiva. Y todo ello omitiendo su papel como uno de los triplistas más fiables de la última década, la única verdaderamente técnica de sus conquistas.

 

En el futuro, templada la hostilidad y trascendida la parodia del YouTube, no se podrá observar a Bowen más que como uno de los mejores defensores que haya dado nunca la historia de la NBA. Palabras mayores para una alimaña. Sin ella tal vez la historia reciente fuera bien distinta.

 

"I'm sure a lot of people are happy".

 

Y a nadie extraña.

03/08/2009

La literatura y el arte, la ciencia y la música, veneran a sus mitos en calidad centenaria. A su debida hora celebran aniversarios, rinden homenajes y hasta renuevan la memoria de sus figuras. El mundo del deporte debería hacer lo mismo. Y también sólo con sus más grandes nombres. Con aquellos que trazaron un camino por nadie más intuido, por nadie más recorrido. Y éste es nuestro caso de hoy. Tal vez nuestro caso de siempre.

 

En unos días se cumplen 50 años de la venida al mundo de Magic Johnson. Caerán, pues, un sinfín de cumplidos que tendrán en común el rescate de su biografía, sus anillos y conquistas, la nostalgia de una edad perdida, su huella por el mundo del baloncesto y por lo que conocemos por mundo. En resumen, el rescate de su semblanza. 

 

Aquí en cambio se pretende algo distinto. Algo menos formal y estructurado. Algo como él. Acaso una pequeña inmersión en su profundidad de significado.

 

De la innumerable colección de sobrenombres que nos ha legado la historia del deporte puede no haber ninguno más acertado y preciso, más gráfico y solidario a la figura representada que el suyo. Su origen es de sobra conocido. Con 15 años un espigado muchacho de Lansing (Michigan) paralizaba a rivales, compañeros y presentes en una anónima velada de instituto. Los 36 puntos, 18 rebotes y 16 asistencias no eran lo importante. Como tampoco lo sería el monstruoso 54-35-20 que haría poco después a unos chicos de Detroit. Lo importante era el cómo. Tan decisivo era que el entonces reportero del Lansing State Journal, Fred Stabley, fue tocado por la varita divina no para alumbrar un apelativo. Sino para bautizar a un genio para la posteridad.

 

Cinco años después, con el primero de sus cinco anillos a la ridícula edad de 20 años, la portada de L.A. Times sancionaba ya universalmente su nombre: It's Magic! Y así ha llegado hasta nosotros. Y así lo hará a perpetuidad. Porque esas cinco letras le pertenecen ya para siempre.

 

 

 

 

 

 

Curiosamente la fuerza fonética de su nombre iguala a la de otros dos de similares siglas: Michael Jordan y Michael Jackson. Y como con ellos, se precisa poner en juego demasiadas cosas para comprender la magnitud de su figura. Por fortuna el tiempo ha permitido ordenarlas y extraer una conclusión algo remota al ras del suelo. Se trataría de concentrar nuestro deporte en una pequeña bola de cristal y atender a sus puntos más brillantes. Lo que podríamos observar bien podría ser esto:

 

De la misma manera que Michael Jordan fue el galardón individual que el Baloncesto se concedió tras un siglo de vida, Magic Johnson fue la recompensa colectiva del juego durante el mismo largo trayecto. Dicho de otro modo: uno y otro completaban el círculo del todos para uno y uno para todos. Como la tendencia posterior a ambos se decantó sensiblemente a favor de replicar al primero, es posible asegurar que a nadie ha favorecido más el paso del tiempo que a Magic Johnson. Porque sigue sin haber nada como él.

 

Cierta perspectiva histórica nos permite aventurar que tal vez su figura se viera venir. El descenso de la tensión táctica en los años setenta más el rápido desarrollo del universo small ball delinearon un trayecto a representar sucesivamente por ejemplares tales como Monroe, Maravich, Archibald o Thomas. De no haber existido Johnson, tal pudiera haber sido la antología más fiel al proceso iniciado. Pero no fue así. Inesperadamente emergió a mitad de camino una figura para la que no cabía precedente. Un ejemplar de talla incluso superior a la pareja pívot titular de los Bullets campeones que se arrogó tareas históricamente ignoradas a su tamaño. Tareas que el tiempo elevó a un plano nunca sido por ningún otro director de juego.

 

Johnson no invertía el curso lógico de las cosas. Que un Sumo Creador apareciera de repente era concebible. Pero no al precio de quebrar la métrica del juego y su eterna lógica posicional, aquella curva ascendente de estaturas que tan honestamente habían ilustrado las fotografías de los Rens y hasta las viñetas de Goscinny en sus Dalton Brothers.

 

No obstante la talla de Johnson era un accidente. Suficiente, hoy lo sabemos, para abrir brecha con pares tan distantes en el tiempo como Cousy o Nash. Pero no lo verdaderamente crucial. Muy por encima de su estatura orbitaban su quehacer y pensar: su interpretación del Baloncesto como un ajedrez a cámara rápida. Un ajedrez donde las piezas, antes que detenidas, bullían agitadas en incesante danza. Un riesgo tan grande que nadie perdería más balones que él en toda la década de los ochenta. Un peaje irrisorio para quien no supo más que crear juego.

 

Johnson había crecido erotizado por la obra de tres nombres. Prendado por la ágil resolución de Dave Bing, el hechizo técnico de Earl Monroe y la orgía creadora de Marques Haynes, tanto bebió de los tres que para cuando se hizo hombre la mezcla representaba una centésima parte de su talento. Genuino, abrumador y promiscuo, era mil veces más grande que sus fuentes de inspiración.

 

De su insobornable relación con el balón son varias y comunes las pruebas que se manejan, la más recurrente de las cuales refiere sus trayectos de niño al mercado para hacer la compra con la bolsa en una mano y el balón en la otra. Dominado hasta convertirlo en el sexto dedo, que el cuerpo creciera hasta los 2.05 no sería un problema. Antes bien una ventaja sin parangón. 

 

Su vida es de cabo a rabo una victoria. Primero en el instituto de blancos (Everett) que presagiaban su fracaso, seguido en la Universidad de Michigan State e inmediatamente después en los Lakers, a quienes devolvería a la gloria a su primera ocasión (1980). En adelante entre él y el horizonte tan sólo se interpondría un obstáculo; el único serio problema a que Johnson tuvo que hacer frente exactamente diez años antes de su inesperado final. Superados Westhead y su paradójica idea del juego estático -de la que más tarde huirá como endemoniado-, Pat Riley asumiría las riendas de unos Lakers que jamás tendrían su firma. Porque a Johnson nadie podía adelantarse. Nunca sería posible un equipo que no fuera hecho a su alrededor, que no tuviera en él su máxima identidad. "Yo no sé seguir a nadie". Y Riley, en la decisión más inteligente de su vida, no pudo más que asentir: "Es hora de que los Lakers se conviertan en tu equipo".

 

Y así fue. Magic Johnson tardó nada en irradiar su modelo y hacer de ello el patrón de juego más personal nunca conocido. Pero no únicamente en los Lakers. La misma década de los ochenta quedaría inundada por la basketball party que Magic Johnson había decidido derramar por toda la liga. Al hombre más tarde referido como el director "of the most entertaining basketball symphony of all time" le restaban así otras ocho finales, cuatro anillos y una orgía de juego y victorias que parecía no tener fin. Porque su baloncesto, mil veces menos físico que mental, estaba a salvo del tiempo.

 

Más allá de los Lakers y aquella brillante economía del juego conocida como Showtime, Johnson contribuye como nadie a explicar el concepto de espectáculo y su diversa interpretación en los quince años en que la historia se aceleró como nunca antes. Lo que Julius Erving había perfilado con tanta insistencia se materializó finalmente en la figura de Jordan, su homólogo Wilkins y una legión de herederos. Eran años en que el concepto de espectáculo parecía derivar exclusivamente del aire y sus monstruosos embates al hierro. La rápida saturación de aquel desahogo del juego más el adiós de sus mejores representantes abrirían una nueva versión de lo espectacular. Una versión más sobria que remitía a cierta nostalgia en la precisión de Bird y los valores tácticos y que no tardaría en verse alentada por el nuevo esnobismo europeo y su entronización del baloncesto ario. Entre medias nada ni nadie lograron oponerse a un sentido del espectáculo inmortalizado en la figura de Magic Johnson. Su obra sigue intacta. No ha sufrido la menor erosión. Antes bien se ha dilatado. Y hasta erigido en ideal.

 

Nombrar a Magic Johnson en cualquier paraje del baloncesto despierta automáticamente una imagen mental entregada al concepto de equipo, a la lírica del juego y a la alquimia del pase. Y sin embargo, siendo todo eso cierto, no es suficiente. Son demasiados los jugadores que comparten esa descripción.

 

Se trata de que nadie ha conseguido replicar el estadio superior en el que el pase se producía en manos del genio. Un estadio donde el movimiento del juego y la transición del balón, la comunicación del uno para todos, alcanzaban la mayor expresión de inteligencia.

 

Con Magic Johnson el baloncesto disolvía sus barrotes. Despertaba continuamente la sensación de que un nuevo límite estaba por derribar. Johnson hacía del juego una radical liberación. En sus manos la táctica se desvanecía y vaciaba de todo su peso y sentido. No parecía suceder nada que no saliera de sus manos, adornando lo que en otras parecía serio fruto del trabajo. Tal vez no haya mayor diferencia que ésa. En la escala lúdica del juego Magic Johnson ocupa un trono absoluto. Gracias a él sabemos cómo sería el Baloncesto en estado ebrio.

 

 

 

 

 

 

En lo particular nadie ha interpretado el no look pass con igual precisión y profundidad. En Johnson la renuncia a observar directamente al receptor no era un gesto de galería. Era exactamente el mismo impulso natural que mueve al volador a desatar la plástica refleja. "Todos debían estar preparados... aun cuando yo mirara en una dirección totalmente distinta". La cantidad de envíos directamente al rostro de sus compañeros no era más que la prueba de que Johnson anticipaba cosas a una velocidad como mil veces superior al resto. Todo ello sobre su más sagrado principio: "Que las jugadas no fueran predecibles". Un instinto de creación muy superior al lenguaje de la técnica que hacía del Baloncesto un alegre ritual de comunión, una fiesta interminable y en última instancia una forma de arte.

 

No se explica de otro modo que las Finales de 1980 fueran diferidas a la madrugada y en apenas cinco años su rivalidad con Larry Bird alcanzara en el mismo lugar audiencias sin precedentes. Más allá de Lakers y Celtics, por encima incluso de la escena deportiva, la rivalidad entre Johnson y Bird parecía encarnar, como las dos costas extremas del país, la sima entre dos Américas: la negra y la blanca, la urbe y la colonia, la magia y la ciencia.

 

Igual que no es posible entender la figura de Magic Johnson sin la sombra de Larry Bird -Walton aseguraba que eran el mismo jugador-, tampoco sin los dos compañeros que mayor brillo y sentido procuraron a su carrera. Abdul Jabbar lo tituló como My Liberation. Porque no hubo jugador que mejor supiera descifrar su misterio. "Nadie podía entrar en su mundo -reconocía el genio-. No me fue fácil, pero creo que logré hacerle ver que el baloncesto puede ser divertido y que él podía jugar con un poco más de alegría". [Al margen del dinero perdido] no fue otra la razón de que Kareem prolongara su carrera más allá de lo previsto.

 

El segundo no era un compañero. Era un apéndice. James Worthy fue la herramienta más primordial en la vida deportiva de Magic Johnson. Su proyección espacial. No cabe imaginar una fusión más perfecta entre la mano y el martillo. No el uno sin el otro. Al punto de que todavía hoy cabría debate sobre quién de los dos fue más importante para el otro. De aquel matrimonio valía extraer un principio hegemónico en toda Biblia del juego: que la velocidad, mucho antes que de las piernas, deriva del balón.

 

De entre su infinito yacimiento de pases tal vez ninguno más brillante y genuino que el picado en todas sus versiones imaginables. Algunos de ellos forman parte de lo más hermoso que ha legado la historia del deporte. En sus manos el balón carecía de gravedad.

 

En The NBA's 100 Greatest Plays Larry Weitzman concede un envío de Johnson a Byron Scott en Phoenix (1985) como la mejor acción de pase de la historia. Un trono que en realidad no hacía más que rendir un simbólico tributo a su figura. Porque elegir una de sus más de diez mil asistencias tal vez no sea ni procedente. Varios centenares de ellas bien podrían engrosar un robusto volumen.

 

Pero a juicio de quien suscribe, de seleccionar una que recogiera todo lo que Magic Johnson era, una de esas acciones de factura vedada al resto de los mortales, bien podría ser una acontecida en el Forum ante los Warriors el 13 de abril de 1990, en medio de ese aparente desorden donde el genio alcanzaba su mayor sentido.

 

Al momento de recibir el balón Magic se encuentra en la diagonal derecha del triple. Se interponen Rod Higgins y Chris Welp con el aro. Hasta allí acaba de penetrar Worthy. Un pase recto de pecho se antoja inútil. Y levantar el balón concedería tiempo a la defensa para ahogar al receptor. La solución elegida por 99 de cada 100 jugadores sería esperar. Pero Johnson acaba de abrir una de sus puertas y avista un picado imposible. En una décima de segundo, sin siquiera mirar su objetivo, anticipa espacio entre las piernas del gigante Welp, que dista de él no menos de cuatro metros. Johnson envenena el gesto de las manos a tal extremo que cuando el balón cruza los pies de Welp, éste incluso cae en un engaño excedente levantando su pie derecho y cediendo aún más espacio al balón. La acción escapa al ojo humano. Tal vez alguno pudiera haberlo visto. Pero sólo Dios consumado con éxito. No es el balón lo que llega a Worthy finalmente. Es, como en cada uno de sus pases, Magic Johnson al completo. Y aquél sólo tiene que culminar la acción con un mate a dos manos.

 

El sentido de algo así es mucho mayor de lo que parece. Hoy en día se sobredimensiona la técnica. Como si ésta fuera un fin en sí mismo y los jugadores tuvieran que mostrarnos todo un barroco discurso para consumar un acierto. En cambio Magic Johnson enseñó al mundo que hay un plano muy superior a la técnica. Un plano que se vale de ella. Pero que al mismo tiempo la oculta. Se trata de un terreno vedado a la mayoría de jugadores. Un plano de ejecución al alcance exclusivo de la condición del genio.

 

Cuando en 1996 la NBA tenía ya listo su más perfecto producto audiovisual, el NBA at 50, Magic Johnson no se propuso ser el centro de atención ni ocupar el trono de las múltiples entrevistas realizadas. Y sin embargo lo fue. En su tramo final reconocía que los años de rivalidad ante los Celtics concentran la cima épica de nuestro deporte. Y con un éxtasis contagioso manifestaba el deseo de que todo jugador de baloncesto debería haber podido estar allí para comprender "WHAT-BAS-KET-BALL-REALLY-IS". Y al pronunciar con sobrehumana fuerza estas palabras no pudo contener la emoción. Y difícilmente la del espectador.

 

Porque más allá de la pista Magic Johnson fue, sigue siendo, uno de los deportistas mejor dotados para la comunicación. No debería extrañar. El genio ratifica su condición en otras muchas esferas de la vida. Y la expresión fue siempre el mayor de sus dominios. Por eso rescatar las Finales de 1988, tal vez el último y más completo despliegue de su poder, equivale a presenciar en pantalla a una figura majestuosa -las últimas horas de su reconocible perilla- extremadamente adorada por la incipiente Super Slow Motion. La querencia de aquella cámara no sólo valía para los voladores. También para deleitarse con la sublime escenificación de miradas, palabras y gestos del Johnson maduro iniciando una nueva transición, anticipando una nueva canasta para otras manos.

 

El mundo fue muy afortunado de que su genio cayera en manos del Baloncesto. Pocas veces se puede concebir igual grado de armonía entre el autor y su obra. Como si hubiera nacido exactamente para hacer lo que hizo y dar lo que dio. Él mismo ratificaba la extremada suerte de su destino cuando el destino se oscureció. "Si muriera mañana no os preocupéis por mí. He tenido la vida más maravillosa que ser humano pueda imaginar".

 

El legado de Magic Johnson es demasiado grande. Tanto como que no deja de aumentar. De ahí que su figura persista viva en toda controversia sobre quién haya podido ser el mejor jugador de la historia. Tal vez sea el único que poder enfrentar al más recurrente y hegemónico nombre en ese eterno debate. El único de verdad.

 

Sólo son 50 años de vida. Pero incluso se antoja posible que dentro de otros 50 estas líneas sigan teniendo el mismo valor.

 

 

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"Por esta cosa tonta de ganar y como que la vida vaya en ello, qué a menudo se olvida el Baloncesto como juego, como desenfreno y diversión, como altruismo y como arte, como alegría y primavera de la vida, como la felicidad al sencillo alcance de la mano.

 

 

Deberíamos haber conseguido el modo de hacer a Magic Johnson verdaderamente inmortal".

 

(Psicobasket, XII)