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En el baloncesto hubo siempre jugadores a los que el repentino, como improvisado encendido de pequeños, a veces invisibles y hasta retorcidos artificios en mitad del juego saldaban con sospechosa frecuencia a su favor. Si algo puede vincular a ejemplares tan variopintos como Dino Meneghin, Zoran Cutura, Danny Ainge, Bill Laimbeer, Dennis Rodman o Vlade Divac es la idea de astucia a través de artimañas, maniobras y argucias. O cómo sumergir el baloncesto, también, en una sucesión de altercados de los que salir casi continuamente victorioso. Ya fuera en un rebote, un balón suelto, una colisión de espacios o la rifa de una falta, estos jugadores parecían encerrar algo que marcaba continuamente sus cartas sin visos de trampa. Primero astutos. Luego jugadores.

 

Si estos sumergían, en un plano bien distinto y de superior altura, como levantados a la mesa de juego para disponer de una panorámica completa, otro género de jugadores de costumbre directores exhibió una superlativa capacidad para comprender la estrategia del tablero y descifrar y hasta anticipar sus movimientos. Estos ordenadores del juego, de John Stockton a Deron Williams, de Juan Antonio Corbalán a Chauncey Billups, participan conjuntamente de una habilidad natural basada en la lógica, cuyo preludio es la imagen arquetípica de verles consumiendo quietos balón. Para unos, control del juego. Para ellos tiempo de razonamiento.

 

Paralelamente a estos últimos orbitan otros a los que el orden sabe a poco y precisan de trascender la lógica, como si les supiera aburrida. Cuentan con las mismas facultades para controlar el juego. Pero añaden una irresistible potencia creativa que encuentra su sentido en el desorden. Bob Cousy, Nate Archibald, Magic Johnson, Carmelo Cabrera, Isiah Thomas o Steve Nash representan el componente irracional del juego en equipo. Como una frecuencia de onda más allá de la lógica.

 

A veces este dominio de la proyección espacial se da también en jugadores de gran tamaño (Bill Walton, Kareem Abdul-Jabbar, Tim Duncan). Pero si además escapan al cometido habitual de su posición y añaden potencia creativa y componente irracional, abrimos un género transgresor donde reposan figuras como Magic Johnson, Kresimir Cosic, Toni Kukoc, Arvidas Sabonis o LeBron James. De uno u otro modo todos escaparon a los presupuestos de su talla.

 

En términos formales la perfección técnica ajustada a canon forma otra categoría de jugadores que por alguna razón resultan especialmente armónicos con el orden académico. Si los libros recogen cómo hacer las cosas ellos son el mejor modelo. Ejemplares como Drazen Petrovic, Arijan Komazec, Dejan Bodiroga o Kobe Bryant destacan por elevar la técnica al misterio fundamental del baloncesto, como una ciencia del método.

 

Algunos de estos jugadores interpretaron la técnica superior de manera tan personal, íntima y artística que es posible abrir otro plano, a caballo entre el canon y la transgresión, que se inclina por suavizar las formas y desprender sutileza en sus movimientos dotándolos de ritmo, cadencia y un conjunto de valores estéticos dominados por la elegancia. Símbolos de la finesse fueron en distintas posiciones y épocas Walt Frazier, Kareem Abdul-Jabbar, Alex English, Mirza Delibasic, Julius Erving o Clyde Drexler.

 

En términos de rendimiento la misteriosa relación con el aro de los grandes anotadores, especialmente de los ligeros como George Gervin, Oscar Schmidt o Kevin Durant sugieren el poder de alguna destreza natural, un pacto de repetición, que va más allá del trabajo, que no es propiamente mecánica rutina.

 

Dentro de este género subyace otro más escaso para los que la anotación parecía favorable cuanto peores fueran las condiciones y especialmente de tiempo. Jerry West, John Havlicek, Larry Bird, Michael Jordan, Reggie Miller o Kobe Bryant fortalecen la existencia de algún tipo de agudeza concentrada en la anotación terminal donde sólo unos pocos encuentran comodidad.

 

Es suficiente.

 

Estos y otros muchos campos de la sensibilidad, como la plástica figurativa de los atletas del aire (Julius Erving, Michael Jordan, Vince Carter, Kobe Bryant), la comprensión espacial de los mejores pasadores, el control de situación de astutos de mayor cobertura (Dragan Kikanovic, Dennis Johnson, Jason Kidd) o la coordinación psicomotriz en grandes estaturas y tamaños (Kevin McHale, Hakeem Olajuwon, Shaquille O’Neal), no aparecen reflejados en ningún sitio. Escapan al campo estadístico, a la narración de sucesos y con frecuencia a la percepción visual.

 

Y sin embargo existen. Incluso con mayor poder que ninguna otra cosa.

 

 

 

 

 

El baloncesto, contrariamente a la ciencia, apenas se ha preguntado por la inteligencia.

 

En realidad lo ha hecho. Pero tan pronto formulaba la pregunta ponía los pies en terreno más pequeño, mensurable.

 

Tal vez porque en nuestro juego no sea tan importante definirla como admitir su existencia. Saber que está ahí y que de costumbre reina. Que se declara con éxito por sí sola. Que se manifiesta sin necesidad de aprobación igual que la luz ilumina aunque no haya nadie para comprobarlo.

 

A diario el baloncesto inscribe volúmenes de información. Pero apenas se verán líneas en torno a la inteligencia. De vez en cuando se califica a tal o cual jugador como inteligente sin añadir más, dándose por sentada la cualidad como el color de su camiseta, lo que a veces convierte al adjetivo en un acto de fe.

 

Cuando el baloncesto no puede explicar determinados fenómenos se apela a la inteligencia y hasta se emplean términos de difícil cobertura como los intangibles. Si en 2007 alguien se hubiera preguntado qué diferencia habría entre el titular Jorge Garbajosa (28.5 min. / 8.5 puntos / 4.9 rebotes) y el novato de rotación Tyrus Thomas (13.4 / 5.2 / 3.7) la respuesta más fiable vendría de manos de sus entrenadores, uno de los cuales zanjaba cualquier discusión apelando continuamente al primero como inteligente.

 

Lo que debería ser una puerta de entrada sirve a veces como portazo.

 

Contrariamente a los números, que vemos y manoseamos, la inteligencia se escabulle. Y lo hace a menudo entre los números. Por eso se sospecha de toda inteligencia que no sea estadística.

 

Algunas de las más hermosas discusiones del baloncesto, todas de carácter teórico, habrían girado en torno a la inteligencia en caso de darse. No a su definición, esfuerzo de costumbre baldío, sino a su expresión en el juego. A formular dónde se manifiesta y cómo. Y no tanto por qué. Lejos de ser así se han señalado, a lo sumo, a los jugadores inteligentes. Y no a muchos sino a más bien pocos. Como si la inteligencia fuera sólo cosa de superdotados y el fenómeno inteligente más bien raro.

 

Y llama la atención que siendo el debate tan marginal, la noción tan imprecisa y tan pocos los premiados sea la inteligencia la cualidad que goza de más alto prestigio. No hay jugador a quien amargue ese dulce. Al extremo de cuando algunos matizan “no sólo soy un tirador” o “no sólo soy capaz de defender” o “puedo hacer más cosas que rebotear” se está queriendo decir que se es más inteligente que eso. Aunque no se demuestre.

 

Un jugador podrá ser un gran anotador, otro un gran reboteador, otro un gran pasador, otro un gran defensor y muchos de ellos luchadores. Pero describir a un jugador como inteligente equivale a decir que prácticamente todo lo hará bien.

 

Y aquí surge un primer error muy común. Y por partida doble además: creer que el jugador inteligente domina por definición el baloncesto equivale a suponer que 1) la inteligencia es necesariamente un dominio total y, en consecuencia, que 2) el baloncesto es un juego pequeño.

 

Como si la inteligencia sólo pudiera manifestarse como un enorme manto que lo cubriera todo dejando las pequeñas cosas en manos de particulares destrezas.

 

Ésta es la razón de que los nombres que la inteligencia parece haber legado a la Historia sean tan pocos que incluso al especialismo resulte incómoda su enumeración.

 

Hay una gran paradoja en simplificar la noción de inteligencia como un campo muy vasto que se derrama por todas las esferas del juego. De manera que si alguna flaquea (técnica individual, tiro exterior, calidad de pase) el jugador se desarma como un conjunto inteligente.

 

Una visión que conceda tal magnitud a la inteligencia deriva en gravísimos errores de percepción en los que rara vez se ha reparado.

 

El principal consiste en una inercia muy tóxica que ha instalado en el imaginario una especie de automática oposición entre inteligencia y cuerpo. Como si fueran entes separados y, en su peor expresión, como si las mejores anatomías en términos atléticos estuvieran inhabilitadas para los brillos del cerebro.

 

Esta terrible falacia que opone materia atlética a materia gris resulta aun más absurda en el mundo del deporte. Condena a las naturalezas más fuertes (Shaquille O’Neal, LeBron James) por serlo. Como si en la inteligencia cupiera todo menos la fuerza y en la jerarquía genética ocupara ésta el último lugar.

 

 

 

 

 


El ejemplo más recurrente de todos lo encarna la persistente figura de Larry Bird. Su caso define casi por sí solo qué es la inteligencia aplicada en el baloncesto. Pero preside con tal empeño esa monarquía de inteligentes que pudiera parecer que Magic Johnson brillara por otra cosa que no fuera inteligencia pura. Se atribuyen eternamente a Bird incapacidades del cuerpo. Pero nunca a Magic Johnson. A pesar del nulo atletismo de ambos, que uno fuera negro y el otro blanco inclina de modo inconsciente a Bird la percepción pública de la inteligencia. Tan sólo de ella.

 

En el fondo este arbitrario desequilibrio fue exactamente lo denunciado por Isiah Thomas en 1987. Conveniente o no, no era otro el motivo.

 

Con Michael Jordan tampoco ocurre cosa distinta. Del infinito yacimiento de adjetivos que se le adscriben rara es la vez que alguno de ellos lo ilustra como inteligente. Como si uno de los más grandes deportistas de la historia lo hubiera sido por competencia, atletismo, destreza, voluntad y entorno pero no por el sustrato inteligente.

 

Esa misma inercia, que no suele sentirse a sí misma, conduce a pensar antes en Manu Ginobili que en Joe Dumars, en Dejan Bodiroga que en Carmelo Anthony. Como si los primeros brillaran por inteligencia y los otros por algo distinto. Así la sutileza en Pau Gasol es inteligente y la agresiva condición en Kevin Garnett es, a lo sumo, eficaz.

 

Una óptica de esta naturaleza, mucho más generalizada de lo que se presume, nos enseña que la percepción de la inteligencia, aun pudiendo ser correcta, está tercamente vinculada al etnocentrismo, las pulsiones culturales y los silencios de raza.

 

Y va siendo hora de incorporar como certeza que el cuerpo es indisoluble de la mente, incapaz de operar sin aquél y mucho menos en el mundo del deporte.

 

Incluso ocurrió en los peores casos que esta relación actuó como una terrible prisión. El gigantismo encerró grandes inteligencias en barrotes que el tiempo hacía más y más gruesos. Como una pena que arrastrar de por vida tal y como dieron cuenta Muresan, Tkachenko o Dueñas.

 

Otro ejemplo claro de esta dramática relación lo ofrece el caso de Anfernee Hardaway (1994-1997), al que su primer gran contratiempo físico acabó por vaciar de todas las cualidades que le habían hecho brillar, haya discusión o no, como una inteligencia pura.

 

Una versión menos anotadora de su modelo la representa Ricky Rubio.

 

 

 

 

 

Si Rubio se quedara donde está, si no ascendiera más peldaños en su escalera del tiempo, valdría formular su caso como ejemplar, en términos de José Antonio Marina, de inteligencia fracasada. Una suposición de este tipo se apoyaría en una doble experiencia:

 

1) Que su trayectoria ha trazado hasta ahora una línea ascendente en forma de progresión.

2) Que algo en su juego, algo muy poderoso, admite casi por encima de cualquier otra consideración la realidad del talento.

 

De las innumerables maneras en que se expresa el talento de un jugador joven la más firme de todas indicaría que ese jugador es cada vez mejor. No por intuición. Sino por haber demostrado de sobra el avance.

 

Si ese ascenso se detuviera tempranamente, si el avance sufriese un repentino parón, más que caer en el simplismo del fracaso o deducir que algo ha fallado valdría concluir que el camino ha tomado una dirección imprevista.

 

Y nada más curioso que observar lo que ocurre ante el talento detenido. Greg Oden se explica entero a través de su tragedia física. El cuerpo ha fallado. No hay más discusión ni exigencia. Si en cambio se diera el parón en Ricky Rubio y no mediara lesión el desconcierto resultante sería obra de una sola propiedad que él mismo se ha empeñado en demostrar cierta: la inteligencia.

 

Con ella no se es indulgente. Una vez aparece, las demandas son muy grandes y la tregua inadmisible. Si un jugador ha encendido la luz no podrá ya apagarla.

 

Esta exigencia de continuidad, de igual magnitud al rendimiento dado (expectativa) explica por sí sola la confusión actual en torno al [genio] del Masnou.

 

En el baloncesto no se ha definido la inteligencia porque no puede haber diferencias con la visión múltiple que de ella admite la ciencia. Por eso es mucho menos acertada la noción de inteligencia total que la de inteligencia parcial, dado que el juego se fragmenta en mil cuadrantes donde los jugadores derraman sus capacidades. Unos en pocas, otros en muchas. Pero allá donde haya éxito, acierto, destreza, por muy pequeño el campo, habrá inteligencia.

 

Uno de los ensayos más comunes de computar sus magnitudes es obra del scouting en la noción, igualmente fragmentada, de Basketball IQ.

 

 

 

 

 

 

La BIQ es un conjunto de variables que al igual que el CI (cociente intelectual) opera también en términos numéricos. Como una psicometría aplicada al baloncesto.

 

Esos trabajos son necesarios para los ingenieros de la prospección del talento y pese al razonable margen de error son lecturas de relativa solidez y precisión. Pero el Basketball IQ equivale a un producto asociativo que basa su presunta verdad en la medición de los llamados skills.

 

La complejidad de lo inteligente y su múltiple expresión con frecuencia no mensurable la convierte en una realidad escurridiza. Una cualidad que percibir y no una cantidad que comprobar. De ahí que la noción de intangibles no sea, pues, más que una pobre coartada lingüística para referir lo inexplicable.

 

Y de lo inexplicable el baloncesto está tan repleto que ninguna otra cosa explica mejor la naturaleza inteligente del juego.

 

Hecha la aclaración seguirá ocurriendo un fenómeno muy común. Que cada vez que toque a la Historia rescatar sus ejemplos de inteligencia saldrán únicamente a colación los genios. Contra eso ni cabe ni conviene hacer gran cosa. Salvo recordar todo lo que bajo ellos brilla. Al fin y al cabo ninguna inteligencia mayor que admirarse por ella.