El punto G http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog <p>Inefable, genial y sorprendente, Gonzalo Vázquez no sólo es uno de los mayores especialistas NBA que ha dado este país, sino un periodista radicalmente innovador en el baloncesto mundial. La profundidad de su pluma, su conocimiento del baloncesto y una insólita capacidad para explorar terrenos inéditos hacen que nadie quede indiferente ante sus textos. Desde New York, a través de "El Punto G", podemos seguir algunas de sus poco comunes reflexiones personales.</p> es El hombre que vio el cielo a diez pies El amarre de los caballos era fuerte y seguro. No así la capa de hielo que cubría el Misiwaka al despuntar la primavera por encima de los rápidos que nunca terminaban de cerrar. A las riendas de los caballos y a paso lento por la pesada carga de heno, el pequeño Jimmy pretendía cruzar el río eludiendo el tramo acostumbrado, el que le había enseñado tío Peter y que conservaba intactas aun a esas alturas de estación las herraduras en la nieve, una hilera de huellas oscuras que cortaba el río en dos. <strong><em>"Por debajo de las corrientes, Jim. Ahí el hielo es seguro"</em></strong>. <p> </p><p>A punto de alcanzar la otra orilla el muchacho escuchó un fuerte crujido a su espalda seguido de un atroz relincho que rajó el aire de las montañas. Uno de los corceles había abierto un agujero de su tamaño. Y arrastrado también al siguiente. Jim no podía llorar. No tenía tiempo ni para saber qué hacer. Sólo sintió un miedo infinito a perderlo todo por aquella boba osadía de ganar un par de millas al río. <strong><em>"Deja siempre correa. Nunca sabes cuándo te hará falta"</em></strong>. Y Jim corrió a los primeros árboles suplicando al nudo que sujetara antes de que él también fuera arrastrado. Porque por nada del mundo soltaría las correas, de las que tiraba con su minúscula fuerza mientras los dos caballos cabeceaban desesperados por salir de allí. </p><p> </p><p>Nunca supo muy bien de dónde vino la ayuda. Pero finalmente las bestias pudieron remontar y ganar la orilla. Jamás volvió a desobedecer. Había pasado mucho más miedo que cuando su hermana Annie le gritaba camino de casa -<strong><em>"¡Corre, Jim, corre!"</em></strong>- porque un oso les perseguía ladera abajo. </p><p> </p><p>Se preguntaba por qué razón le asolaban estos recuerdos aquella noche de invierno, una más ahincado en su escritorio. Y por qué lo hacían todos con la misma intensidad. Sin discriminar desventuras. Y ninguna grabada en su alma con igual fuerza que el terrible verano de 1870, cuando Jim contaba tan sólo nueve años. </p><p> </p><p>A mitad de julio el abuelo fallecía de repente, dejando a John Naismith, padre de familia, a cargo de su suegra, su esposa y tres hijos. Apenas tres años antes se habían mudado de Almonte a un pequeño desfiladero junto al río Ottawa porque padre pensó que era el mejor emplazamiento para levantar un aserradero. John acumulaba encargos para la construcción de casas en las localidades vecinas. Y allí soñó con establecer el futuro de la familia. </p><p> </p><p>Pero la muerte del abuelo trajo consigo la desgracia. Como un conjuro. Pocos días después, aún en duelo por el adiós del viejo, el aserradero sería pasto de las llamas sin que pudieran hacer nada más que contemplar el terrible espectáculo en mitad de la noche. Jim recordaba sus ojos llenos de lágrimas y la visión borrosa de aquellas luces malditas. Sin saber si era a causa del fuego o de la infinita angustia de que fue víctima viendo a sus padres, abrazados impotentes porque no había otro amparo. </p><p> </p><p>Antes de poder recobrar la cordura John Naismith contrajo la fiebre tifoidea. No había cura. Cayó en cama y desde Almonte su cuñado William realizó el peor viaje de su vida. Tenía decidido llevarse a su hermana y los niños. Sólo que ella no dejaría morir allí solo a su marido. </p><p> </p><p>Jim recordaba a su madre entre sollozos despidiéndose de él y sus hermanos. No volvería a verla. En menos de tres semanas John Naismith y su esposa perdían también la vida. </p><p> </p><p>Suspiró entonces a la media luz de la lámpara.</p><p> </p><p>Los niños quedarían así a cargo de tío Peter. La tragedia conmocionó Almonte, adonde regresaron al calor de la fraternal comunidad escocesa. Porque eso era Almonte. Un pedacito de Escocia al sureste de Canadá. </p><p> </p><p>Desde que David Shepherd recibiera de manos de la Corona Británica un total de 200 acres para levantar un molino de grano a partir del que extender la tierra, una nutrida comunidad de colonos escoceses se había instalado allí en perfecta armonía con otras familias irlandesas sin más lugar en el mundo. </p><p> </p><p>Al igual que tantos otros John Naismith había llegado como adolescente. Y como Jim, el mediano de sus hijos, había dejado de ser un niño con apenas diez años. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 145px; height: 431px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/NaismithYouth.jpg" alt="" width="145" height="431" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Suspiró de nuevo. Como si hacerlo le ayudara a disipar aquellas negruras y regresar al trabajo, esparcido en hojas y apuntes sobre la mesa. </p><p> </p><p>Tal vez fuera que el insomnio de las dos últimas semanas se estaba cobrando lo suyo. No podía evitarlo. Tratando de encontrar lo que buscaba, escarbando en su pasado, la cabeza se perdía irremediablemente en las mayores provincias de su memoria. Y entretanto se llevaba una y otra vez los dedos a los ojos. Unos ojos entumecidos por la falta de sueño. </p><p> </p><p>Afuera nevaba. Diciembre cubría Springfield con un manto blanco. </p><p> </p><p>Apagó la luz creyendo que volver a la cama sería la solución. Pero enseguida volvió a encenderla. Aún no había terminado. Y tampoco albergaba esperanzas de hacerlo aquella noche. La última de que disponía. </p><p> </p><p>Jim sabía perfectamente que no estaría allí quebrándose los sesos si aquella mañana, en la oficina de la Policía Montada de Montreal, su amigo Tait McKenzie y él no hubieran recibido la negativa por respuesta. <strong><em>"Venimos a alistarnos"</em></strong>, se adelantó Naismith. <strong><em>"¿Cuántos años tienes, hijo?"</em></strong>. Ambos tenían diecinueve. <strong><em>"Lo siento, pero no podéis ingresar hasta el año que viene"</em></strong>. McKenzie aguardaría. Pero para entonces Jim ya tenía otros planes. Los que la vida le ponía por delante. </p><p> </p><p>Tiempo atrás había abandonado el instituto porque era imposible estudiar cuando la salvaguarda de la familia obligaba a interminables jornadas de trabajo que arrancaban a las cuatro de la mañana y se prolongaban hasta más allá de las diez de la noche. Y los inviernos tampoco sabían de piedad al cuidado de la pequeña granja propiedad de su tío, el sustento de todos. </p><p> </p><p><strong><em>"Tío, quiero regresar a la escuela, terminar lo que debo"</em></strong>. Cada vez que ambos se pronunciaban palabras de peso el hombro de Jim recibía la reconfortante mano derecha de Peter. <strong><em>"¿No es muy tarde ya para eso?"</em></strong>. Y el sobrino bajaba la vista algo avergonzado.</p><p> </p><p>Pero Jim cumplió su promesa y regresó al instituto. Lo haría cerca de cumplir los veinte años, cinco más que sus compañeros de clase. Un retraso que apremiaba un sacrificio mucho mayor. Tanto como que completó en dos años los cuatro cursos restantes. Y empezó a creer en sí mismo como nunca antes. El siguiente paso sería la universidad. </p><p> </p><p>En realidad había vuelto a los estudios por una sola razón: cumplir el expreso deseo familiar de convertirse en ministro de la Iglesia. Su hermana Annie encarnaría en vida una promesa que por convicciones religiosas asignaba a unos padres ya muertos. Jim debía ser sacerdote. Y a todos menos a él correspondía esa decisión. </p><p> </p><p>Por ello emprendió el viaje que marcaría su vida. Montreal. Porque allí podía estudiar Teología en la universidad fundada en 1813 por un célebre escocés de nombre James McGill. Desde su ingreso la clausura en su dormitorio entre libros resumía su completa existencia. Y así fue hasta que dos alumnos irrumpieron una noche en su habitación. Eran Jim McFarland, célebre en el centro por sus cualidades atléticas, y Donald Dewar, por farfullar lemas como un eco. Portaban consigo un mensaje que al parecer desconcertaba a más estudiantes:</p><p> </p><p>- <strong><em>Oye, Naismith</em></strong> -se adelantó McFarland-<strong><em>, te hemos estado observando desde que llegaste. Y nunca participas con nadie en ningún deporte. No juegas a nada con ninguno de nosotros. Pasas demasiado tiempo aquí dentro. ¿No crees que va siendo hora de dejarte ver en el gimnasio?</em></strong></p><p>- <strong><em>Hazle caso</em></strong> -repuso Dewar-<strong><em>. Así nadie hablará más de la cuenta.</em></strong> </p><p>Jim se encogió de hombros articulando a duras penas una sencilla pero rotunda verdad.</p><p>-<strong><em>Pero... yo nunca he pisado un gimnasio.</em></strong></p><p> </p><p>Lo haría a partir de aquel día. No pretendía ser descortés ni comidilla de nadie. Y tampoco figurar como un pasmarote. Así que para comprenderlo todo aprisa puso en práctica todas sus dotes de observador. </p><p> </p><p>Le llamaron la atención las barras y demás aparatos del gimnasio. También la noble práctica del boxeo. De toda una vida dedicada al trabajo en el campo su cuerpo nunca se había hecho preguntas. Tan sólo se sentía en plena forma y no había imaginado que en la universidad tuviera que ponerlo a prueba. Emplearlo de manera distinta. Eso era el deporte por lo visto.</p><p> </p><p>Fuera del recinto encontró un mundo incluso más rico. Los deportes de césped. El fútbol europeo, el lacrosse, el rugby inglés y el béisbol completaban el círculo que Naismith trató de descifrar en adelante. Y como el resto de cosas, a gran velocidad. Su categoría como observador y hombre de iniciativa se pusieron de manifiesto una tarde de entrenamiento de rugby, al término de las clases. </p><p> </p><p>Matthewson, el centro del equipo, se rompió la nariz y Sack Elder, uno de los capitanes, se dirigió al grupo de espectadores entre los que se encontraba Naismith. <strong><em>"¿Alguien para ocupar el puesto de Mat?"</em></strong>. No contestaba nadie. <strong><em>"Os necesitamos. ¿Es que no hay nadie que se atreva?"</em></strong>. Sin saber muy bien por qué, acaso porque precisaban ayuda, Jim se quitó el abrigo y dio un paso adelante. Él lo haría. </p><p> </p><p>Con tal inesperado éxito que en los siguientes seis años no se perdería ni un solo partido. Y aun más, se haría imprescindible. Un referente en el equipo y el alumno más involucrado en las actividades deportivas de toda la universidad. </p><p> </p><p>Jim no renunció a su graduación. Pero sí al sacerdocio. Encontró en el deporte una misión mucho más cristiana que la oración. Junto a compañeros y amigos, desconocidos y rivales, experimentó multitud de vivencias reveladoras en un sentido que él entendía bello y noble. Y ya no había vuelta atrás. </p><p> </p><p>El cambio fue terrible para la familia, consolada por una comunidad de indelebles convicciones que también interpretó como un gravísimo error la renuncia del joven.</p><p> </p><p>Su hermana Annie no le perdonaría. A sus ojos era una traición. Y la vida tampoco ayudaba a aliviar lamentos. Cumplido el primer año en McGill, Jim viviría el peor capítulo de su existencia, una escena y unas palabras que nunca jamás olvidaría. </p><p> </p><p>La Nochevieja de 1884 su hermano Robbie se disculpó ante la mesa. <strong><em>"No me encuentro bien. Voy a la cama. El estómago. No sé qué es"</em></strong>. Y nadie lo sabría. Jim acudió a su lecho sobrecogido por los espantosos gestos de dolor de su hermano pequeño. Gestos que a la presencia de Annie reprimía para no hacerla sufrir. Ella, sin saber gran cosa, le aplicaba paños calientes de agua con sal, el último de los cuales dejó a los varones a solas. <strong><em>"Jim, no puedes hacerte una idea de esto. Si de verdad me quieres, por favor, te lo ruego, mátame"</em></strong>. Mientras pronunciaba estas palabras apretaba su mano con una fuerza imposible. Menos de una hora después Robbie fallecía. Su apéndice había reventado. Tenía dieciocho años. </p><p> </p><p>De todas las tragedias sufridas, volvió a convencerse, nada como aquella noche de siete años atrás. Recordarlo una vez más le paralizó durante unos segundos, nuevamente inmóvil sobre la oscura madera de nogal que apilaba notas donde los garabatos comenzaban a ganar terreno a las palabras. </p><p> </p><p>La muerte de Robbie redobló el sentimiento de culpa que el entorno más rígido de Jim se encargaba de avivar por aquella renuncia. Annie no aceptaba otra vida para su hermano que no fuera el hábito eterno. Y muchos de sus compañeros seminaristas compartían el sentir de su hermana. Sobre todo cuando el imaginario religioso, común a escoceses, irlandeses y no pocos americanos, recelaba del deporte como una práctica del diablo. </p><p> </p><p>Naismith era la excusa perfecta. Nadie como él encarnaba el ideal del reproche. Porque sus heridas no parecían tener fin. </p><p> </p><p>Sus compañeros de seminario se sintieron indignados la mañana siguiente a un durísimo partido ante Ottawa en que Naismith hubo de subir al púlpito para oficiar una ceremonia y sus ojos y pómulos, hinchados por los golpes, estaban negros como el carbón. Una escena que se repitió al día siguiente y que en muchas otras ocasiones presentaba peores consecuencias. En una cena del equipo Jim perdió de repente toda la energía del cuello y su cabeza se comportó como la de un guiñapo teniéndosela que sujetar con las manos. Años después de batallas sobre el césped uno de sus oídos presentaba una pérdida irreparable. </p><p> </p><p>Para la parroquia no eran estigmas. Sino sucias heridas del deporte. </p><p> </p><p>Para Jim, en cambio, el mal no sabía disfrazarse. Se presentaba igual en todas partes. Un compañero de equipo, un tipo rudo y borracho al que llamaban &lsquo;Drunken&#39; Donegan, la emprendió con su virilidad por leer la Biblia. Jim se vio obligado a tumbarle de un puñetazo. Tampoco era raro tomarla con él por ser abstemio, condición de difícil cumplimiento entre universitarios pero promesa hecha a sus hermanos, uno de los cuales ya no estaba entre ellos cuando decidió pasar un verano entero en Manitoba en calidad de misionero. </p><p> </p><p>A diferencia del recogimiento que profesaba su hermana, Jim encarnaba el ofrecimiento. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 297px; height: 460px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/NaismithAthlete.jpg" alt="" width="297" height="460" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>En la primavera de 1887 ya era un licenciado. Pero decidió proseguir todo el trayecto que conducía al sacerdocio. Ahora estudios como seminarista presbiteriano. Mientras fuera así creía poder atenuar la presión en su contra. Lo que no podría atenuar era otra de muy distinto signo que empezaba a cobrar forma. </p><p> </p><p>Naismith fue solicitado para ocupar el cargo de instructor en educación física de la universidad que había dejado vacante la repentina muerte de Frederick Barnjum. No podía negarse. Si quería completar sus estudios en McGill debía pagar un dinero que su empleo estival para tío Peter no alcanzaba a cubrir. </p><p> </p><p>Para entonces había entablado amistad con Daniel Andrew Budge, el director de una institución londinense que se había extendido ampliamente por Norteamérica desde su origen en 1844 y una de cuyas sedes más antiguas residía en Montreal. Era la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA). Y algunas de las conversaciones de mayor peso filosófico se las había procurado su relación con aquel hombre. El día menos pensado Budge le ofreció algo. <strong><em>"Oye, Jim. Tenemos una escuela que necesita a alguien como tú. Puedo recomendarte, aunque en realidad debería ser al revés"</em></strong>. Naismith tan sólo preguntó dónde. <strong><em>"No está en Canadá"</em></strong>. </p><p> </p><p>En abril de aquel año 1890 el doctor James completaba sus estudios pudiendo optar, si así lo deseaba, por ejercer como sacerdote. Pero la oferta de Budge le rondaba desde hacía tiempo la cabeza. Si no el destino extranjero, sí la organización religiosa, que armonizaba perfectamente las dos cosas que gobernaban con firmeza su vida. Empleó el verano visitando varios centros dejando para el final su viaje a Springfield.</p><p> </p><p>Allí le sorprendió su director y la inmediata química generada entre ambos. Luther Gulick contravenía la imagen de vieja flema británica que James sin duda esperaba encontrar. <strong><em>"Le imaginaba mayor, señor Gulick"</em></strong>. Rápido y firme, el director, hijo de un misionero destinado en Hawaii, demostró que la concepción del entrevistado no distaba mucho de la realidad. <strong><em>"Puede llamarme Luther, pero no cometa más errores"</em></strong>. El caso es que ambos se dispensaron una magnífica impresión. <strong><em>"Tengo muy buenas referencias suyas. Así que usted decide"</em></strong>. </p><p> </p><p>No hubo que esperar. Naismith regresó a Almonte al calor de los suyos. Era un verano de despedida. Lo había decidido. A pesar de que los reproches no cesaban. <strong><em>"No puedes hacer esto"</em></strong>. A los lamentos de Annie se sumaban los de tío Peter, convencido de que aquel tardío regreso a los estudios se debía únicamente al cumplimiento de una promesa que nunca hizo. </p><p> </p><p>En septiembre tomaba rumbo al sur. Al siguiente nuevo mundo. </p><p> </p><p>Qué rápido había pasado todo, pensó. Lo hizo sin reparar en que él mismo había contribuido a ello. Durante la primera cita Gulick le informó de que debía completar dos años de instrucción. Naismith lo haría en uno. Y sin dejar de jugar. En Springfield seguiría siendo el centro del equipo de rugby. </p><p> </p><p>Apoyándose en la madera se incorporó pesadamente y estiró algo las piernas por la habitación. Su cama estaba intacta. Y él demasiado desvelado para deshacerla. </p><p> </p><p>En unas horas debía presentar la solución para la que había sido reclamado. Y no la tenía. Tantos días después seguía sin tenerla. Y temía lo peor. En pie junto a la ventana maldijo aquella parálisis. Hasta llegó a creer que fuera a causa del fuerte golpe recibido poco tiempo atrás ante un equipo de Connecticut, cuando perdió el conocimiento y despertó sin memoria. Aquel sábado se lo llevaron a su habitación -<strong><em>"Descansa, amigo. Mañana estarás mejor. Jim, ¿nos oyes?"</em></strong>- y no sería hasta el domingo que la cabeza volvió a su sitio. Ahora casi añoraba la serenidad de aquel sueño profundo. </p><p> </p><p>Se preguntó cuánto tiempo llevaba divagando, cuánto extraviado del único motivo por el que seguía allí despierto. Una razón que no se había movido del sitio. Como una sombra implacable. </p><p> </p><p>Todo se remontaba a trece días atrás. Cuando fue reclamado por Gulick para una cita en su despacho. Era la primera a solas después de una serie de reuniones con más instructores de la escuela y todas con el mismo desenlace, coronado por el disgusto del director. <strong><em>"Seguimos igual. Aquí no hay nada nuevo bajo el sol"</em></strong>. Aquella mañana el rostro de Gulick había empeorado visiblemente. <strong><em>"Jim, esto no puede seguir así"</em></strong>. Naismith conocía el problema. Todo el mundo lo sabía. Pero no acertaba a intuir qué podía pedirle esta vez su superior. Y aun menos la urgencia. <strong><em>"Tienes dos semanas. Ni un día más ni uno menos"</em></strong>. Inventar algo nuevo era una posibilidad. Pero que además funcionara dificultaba las cosas a un grado que el profesor desconocía. <strong><em>"Confío en ti"</em></strong>. </p><p> </p><p>No era que Gulick la hubiese tomado con él, como llegó a creer. Era su certeza de que si alguien podía hallar una solución ése era Naismith. Y el muestrario de Gulick era, como la misma YMCA, mucho más amplio que las paredes del centro. </p><p> </p><p>El problema era evidente. Lo venía siendo durante años. Todos los deportes podían ser practicados al aire libre los largos meses de tregua. Pero al precipitarse el frío y los alumnos dentro del recinto, del pequeño gimnasio de la escuela, el problema era crítico. La gimnasia de suelo y los aparatos aburrían a todos por igual. La motivación rehuía a profesores y alumnos y los dos o tres juegos que a ratos practicaban -<em>three deep</em>, <em>line ball</em> y una variante del <em>cricket</em>- no despertaban gran entusiasmo. </p><p> </p><p>Los meses de invierno hacían así hibernar el deporte perdiendo la red escolar de la YMCA buena parte de su sentido. Hacía falta algo nuevo que incorporar a las muchas horas de instrucción en el gimnasio. </p><p> </p><p>Recibida la orden Naismith no pensaría ya en otra cosa. Pero no hallaba nada. Y a cada jornada infructuosa su desasosiego era mayor, lo que provocaba largas noches de insomnio en la última de las cuales, a cuatro días de la Navidad de 1891, se hallaba apresado. Era el día en que el plazo expiraba.</p><p> </p><p>Jim lo había pensado todo. Sin reparar en recursos. En busca de inspiración acudió a la Universidad de Yale e incluso visitó la pequeña isla de Martha&#39;s Vineyard, en cuya escuela se impartía el llamado método sueco de entrenamiento. Rellenó libretas enteras. Pero ninguna solución a la vista. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 356px; height: 487px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/NaismithPortrait.jpg" alt="" width="356" height="487" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Los numerosos intentos de trasladar los grandes deportes al gimnasio se habían saldado, como era de esperar, en rotundo fracaso. El fútbol tendía al destrozo de mobiliario y ventanas. El rugby al de crismas. Y el lacrosse a una intrincado enjambre de arcos en mutuo apaleamiento. Ningún ensayo evitaba el disgusto de los veteranos y el desconcierto de los novatos, muchos de los cuales terminaban lastimados. </p><p> </p><p>El mismo Gulick había probado lo suyo. Un par de juegos sin excesivo fuste de continuidad. Uno era el <em>battle ball</em>, obra de un profesor de Harvard, que buscaba hacer diana sobre los rivales al lanzamiento del balón. El otro, evitar que los balones medicinales tocaran el suelo una vez eran arrojados por los rivales con mala idea. </p><p> </p><p>Todo en vano. </p><p> </p><p>Como penúltima prueba Gulick había contratado los servicios de un tipo, Robert Clark, célebre por sus ejercicios anaeróbicos en Williams College. La novedad en Springfield consistió en unas carreras de patatas que más que al entusiasmo movieron a la burla. Desesperado, el director optó por encargar la solución a Naismith. </p><p> </p><p>No bastaría el papel. Para que la presumible invención no corriera riesgos debía probarse ante la clase más difícil del centro, un grupo de veteranos conocido como <em>los incorregibles</em>. Antes que convencer a muchos Naismith sabía que bastaba con hacerlo con dos estudiantes: su compatriota T.D. Patton y un descarado irlandés de Memphis de nombre Frank Mahan. Los dos líderes del aula. Cualquier cosa que dijeran era seguida por el resto a pies juntillas. Convencidos ellos, convencidos todos. </p><p> </p><p>Era lo de menos. Le azuzaban más otras advertencias, una de las cuales tampoco facilitaba las cosas. <strong><em>"Y nada de juegos con pelota pequeña. Necesitan una equipación extra que no estamos en condiciones de sufragar"</em></strong>. Desde el principio Naismith había desechado versiones reducidas del béisbol, el tenis, el squash, el cricket, el lacrosse o el hockey. Pensó que no servían. Y hasta aprobaba la suspicacia de Gulick. <strong><em>"Ten por seguro además que esos truhanes esconderán la bola a la menor ocasión"</em></strong>. </p><p> </p><p>Teniendo todo esto muy presente un repentino fulgor de la lámpara le devolvió a la relectura de sus líneas maestras. Como a mitad de hoja una de ellas rezaba a trazo más grueso: <strong><em>"They can&#39;t run with the ball"</em></strong>. Acto seguido tuvo claro que si no podían correr con el balón tendrían dos opciones. No. Tachó. Obligaciones. Debían pasar el balón a un compañero o bien enviarlo directamente hacia algún destino objetivo del juego. </p><p> </p><p>Instintivamente volvió a dibujar una portería. Era la enésima vez que lo hacía. Había imaginado el depósito del fútbol y el lacrosse bajo techo. Pero de repente aquella simple boca presidiendo una nueva hoja le hizo imaginarla flotando. A cierta altura. En algún sitio por encima del suelo. A la vez, se convenció, era una portería mucho más pequeña. </p><p> </p><p>Naismith apretó la pluma entre los dedos y escribió: <strong><em>"Elevated above the defenders&#39; heads"</em></strong>. </p><p> </p><p>Imaginó entonces a los muchachos arrojando la bola con todas sus fuerzas en esa dirección. Y de nuevo Gulick y sus malditas advertencias se interpusieron. <strong><em>"No quiero pelotazos. Acabarán con todo"</em></strong>. </p><p> </p><p>Su memoria remontó entonces con fotográfica precisión al juego de infancia que llamaban <em>Duck on the Rock</em>. Jim y sus amigos situaban sobre el borde de una gran roca una pequeña piedra que habían de desplazar con el lanzamiento de otras. Todos obraban de igual manera. Todos menos él. Lo que llevaba al pequeño Tait a hacerle siempre la misma pregunta:</p><p>- <strong><em>Jim, ¿por qué tiras tan suave?</em></strong></p><p>- <strong><em>Así no tengo que ir a recogerla tan lejos.</em></strong> </p><p>Mientras los demás ponían todas sus fuerzas en los disparos, todos en línea recta, Jim los realizaba con una suave parábola. Para que el contacto, caso de darse, se produjera de arriba abajo. </p><p> </p><p>Ahora la pluma escribía sola: <strong><em>"Throw the ball in an arc"</em></strong>. La más simple consecuencia de imaginar dos mundos: uno, de entrada horizontal, como en el fútbol o el lacrosse, y otro, de entrada vertical: que la bola cayera del cielo habiendo sido arrojada unos palmos por encima del suelo, acaso a la altura del jugador. Y añadió: <strong><em>"Force will be of no value"</em></strong>.</p><p> </p><p>Los siguientes minutos fueron de una cadencia lógica perfecta. Un efecto estimulante y extraño, obra de una insólita lucidez cuya naturaleza, escribiría años más tarde, sólo podía ser explicada <strong><em>"from the philosophical side"</em></strong>. Las dos semanas de enquistamiento habían llegado repentinamente a su fin. Derribado el dique las aguas rompían por el canal más blanco de sus hojas.</p><p> </p><p>Naismith coronó el esbozo con una última consigna que abriría fuego: <strong><em>"Throwing the ball up between the two teams"</em></strong>. Y eso le correspondería a él. </p><p> </p><p>Pasó a limpio éstas y otras valiosas líneas que su cabeza había tramado en secreta intimidad antes de acostarse. Era tarde. Pero nunca como entonces tenía tantos motivos para poder dormir en paz. </p><p> </p><p>Era la mañana del 21 de diciembre. El frío apretaba. Pero lo hacía fuera. </p><p> </p><p>-<strong><em>Pop, necesito tu ayuda.</em></strong> </p><p>Robert Stebbins, el conserje, daba una última barrida al vestíbulo a poco de iniciarse otra jornada. </p><p>-<strong><em>Usted dirá, señor.</em></strong></p><p>-<strong><em>Necesito un par de cajas de madera. Que sean sólidas. Y como de un tamaño de medio metro de lado.</em></strong> </p><p>Stebbins no disponía de ellas y acarició su barbilla en señal de duda. Una duda que el mismísimo Descartes habría celebrado. Porque de haberse empeñado en cumplir la orden habría acudido a por ellas a alguno de los institutos cercanos. </p><p>-<strong><em>Lo lamento, señor, pero... ¿no le valdrían un par de cestos de melocotones que hay en el almacén?</em></strong></p><p>-<strong><em>No sé... ¿podría verlos?</em></strong></p><p>-<strong><em>Naturalmente. Venga conmigo. Son de más o menos este tamaño </em></strong>-y a paso firme abría las manos en torno a las 18 pulgadas que el profesor le había sugerido. </p><p> </p><p>Naismith abrió los ojos en cuanto los tuvo a la vista. No eran más que unos cestos. Los mismos de siempre. Y sin embargo creía estar viéndolos por primera vez en su vida. </p><p>-<strong><em>¿Le valen?</em></strong></p><p>-<strong><em>¡Son perfectos!</em></strong> -repuso radiante-<strong><em>. Coge uno. Yo llevaré el otro. Coge también la escalera, un martillo y unos clavos grandes. ¡Vamos!</em></strong> </p><p>-<strong><em>¿Adónde?</em></strong></p><p> </p><p>De un solo golpe Naismith abrió la doble puerta del gimnasio. </p><p> </p><p>Se apresuró al otro extremo mirando hacia arriba, a un punto intermedio bajo el balaustre finamente torneado que circundaba el recinto como una corona.</p><p>-<strong><em>¿A qué altura está el raíl? </em></strong>-preguntó. </p><p>-<strong><em>No sabría decirle, pero en torno a los diez pies. </em></strong></p><p> </p><p>Diez. Diez era un número mágico. Perfecto. Por alguna razón estaba ahí, dormitando a la espera de ser despertado. </p><p>-<strong><em>¿Tiene usted una cinta métrica?</em></strong></p><p>No quería perder ni una pulgada. </p><p> </p><p>Unos minutos después los cestos estaban colgados. Uno bajo el centro mismo de la balaustrada. El segundo sobre la puerta, al otro extremo de la estancia.</p><p> </p><p>Naismith corrió a su despacho y tomó un par de hojas vírgenes. Empleó la siguiente media hora en redactar un total de trece reglas que concibió aprisa como innegociables. Dirigió entonces sus pasos al despacho de la secretaria. </p><p>-<strong><em>Señorita Lyons. Le ruego pase a máquina estas notas.</em></strong></p><p>-<strong><em>¿Ahora?</em></strong></p><p>-<strong><em>Ahora.</em></strong></p><p> </p><p>En cuanto dejó listas las dos hojas sobre el tablón de anuncios, junto a la entrada del gimnasio, las agujas del reloj acariciaban las once y media. Los muchachos estaban a punto de llegar. </p><p> </p><p>Su último viaje fue hacia el almacén. De allí trajo consigo un espléndido balón de fútbol, el más robusto y reluciente de cuantos encontró. Le invadía un creciente nerviosismo que se obligó a moderar sin mucho éxito. De vuelta al gimnasio supo que todo estaba en regla. Tan sólo necesitaba una prueba real.</p><p> </p><p>Escrutaba por última vez el cesto del interior cuando una voz le hizo girar en el acto. </p><p>-<strong><em>¡Ey, esto es nuevo¡</em></strong> -exclamó Mahan, al que siguieron todos descubriendo las dos hojas impresas. </p><p> </p><p>Allí estaban los 18 incorregibles. </p><p> </p><p>Con morbosa curiosidad Mahan alcanzó la posición del cesto bajo el pasillo. Le siguieron los demás. Lo hicieron lentamente, como escolares que ingresaran con sigilo en la sala principal de un museo. <strong><em>"¿Qué es esto?"</em></strong>. Naismith tragó saliva. <strong><em>"Bien</em></strong> -resopló-<strong><em>. Os voy a explicar en qué consiste este nuevo juego"</em></strong>. Que no tenía ni nombre. </p><p> </p><p>Se hizo otra vez con las reglas y a mitad de alocución hizo entrega de ellas a los estudiantes para que fueran cambiando de manos. </p><p> </p><p>A excepción de Ruggles y Macdonald, todos lucían ese presuntuoso bigote de la Nueva Inglaterra finisecular. Vestían la indumentaria habitual de gimnasia mientras la luz de la mañana entraba generosa por los ventanales, dotando al piso de madera de un extraño brillo que figuraba un salón de baile. Stebbins había evacuado oportunamente aparatos y enseres, apilados junto a uno de los fondos. No había líneas. Sólo muros que delimitaban una estancia de unos 18 por 10 metros que, a pesar de conocida por todos, desprendía un irresistible aire renovado aquella mañana por la poderosa presencia de dos elementos. </p><p> </p><p>Naismith separó el aula en dos grupos y eligió dos capitanes. El californiano Eugene Libby y el canadiense T.D. Patton fueron los encargados de seleccionar a los otros ocho con que completar los dos equipos. Acto seguido el profesor encargó a los capitanes que perfilaran en sus grupos tres líneas de juego: tres defensores atrás, tres medios y tres delanteros. </p><p> </p><p>-<strong><em>¿No podemos movernos?</em></strong> -preguntó Davis.</p><p>-<strong><em>Podéis hacerlo libremente. Pero es mejor preservar un cierto orden. </em></strong></p><p>El mismo que obedecían en los otros deportes. </p><p> </p><p>El silbato puso fin al murmullo y el balón de fútbol se elevó al aire por primera vez. </p><p> </p><p>Todo pasaría volando. Tal vez porque para todos resultaba una experiencia completamente nueva. </p><p> </p><p>Una primera impresión, diametralmente opuesta a todos los ensayos anteriores, desprendía entusiasmo. Un abandono de todos los jugadores al fragor del nuevo juego. Un interés natural por encima incluso de las mejores expectativas. </p><p> </p><p>Era difícil mantener a los chicos en sus líneas de campo, pero por alguna razón conservaban ligeramente la posición asignada, evitando así las melés que Naismith tanto había temido. Había de hecho como un cuidado especial en no tocar a los rivales, o no hacerlo como en el rugby. Insistir en el castigo de la expulsión estaba dando resultado.</p><p> </p><p>Todo sucedía con aire lúdico. Pero nadie sabía qué hacer. El instinto movía a quien tuviera el balón a salir corriendo. Y nada materializaba la idea del trabajo en equipo. Tan sólo que a medida que los minutos discurrían los pases parecían aumentar en intención y con mayor acierto que los tiros, muchos de ellos tan disparatados como -bastaba contemplarles- divertidos. </p><p> </p><p>Sin más orden que el caos ni más destino que el azar la bola fue a parar a las manos del reservado estudiante de New Bedford, William R. Chase, uno de los pocos nativos de la clase. Ocupaba una posición algo más retrasada de la mitad del gimnasio, como a unos ocho metros del cesto. Chase elevó allí su mirada mientras su mano derecha formó con el balón un trazado que semejaba un anzuelo y que dio con aquella parábola que Naismith había soñado. Un instante después un golpe seco, como de sordo tambor, provocaba el silencio. Todos miraron a Naismith, que reaccionó señalando uno de los campos al grito de: <strong><em>"¡One goal!"</em></strong>, mientras Chase recibió con orgullo los atolondrados cumplidos. </p><p> </p><p>Entretanto Stebbins, atento como siempre, subía fatigosamente la escalera portátil y devolvía el balón a su sitio. </p><p> </p><p>Aquello encendió los ánimos del equipo rival, que multiplicó sus lanzamientos al otro cesto sin éxito hasta el final del partido, momento en que Naismith hizo sonar con fuerza el silbato mientras se esforzaba en repetir <strong><em>"It&#39;s over!"</em></strong>. </p><p>- <strong><em>¿¡Ya!?</em></strong> -corearon indiscriminadamente. </p><p> </p><p>Nada como aquella última reacción para maravillar a un hombre que, ahora sí, entendió que había cumplido su trabajo. Acaso su lugar en el mundo.</p><p> </p><p>Los muchachos tenían otra clase y Naismith que comunicar algo importante al director de la escuela. El alumbramiento de un recién nacido. Pequeño, retorcido y sangriento. Pero una nueva vida que su mismo padre debía dar a conocer. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 633px; height: 282px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Naismith.jpg" alt="" width="633" height="282" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Dos semanas después una epidemia había invadido el centro y corría a expandirse por otros a gran velocidad. El juego había resultado un completo éxito. </p><p> </p><p>Naismith cerraba la puerta de su dormitorio cuando vio subir escalera arriba a un alumno muy familiar. </p><p>-<strong><em>Mahan, ¿qué te trae por aquí?</em></strong></p><p>-<strong><em>Verá, señor, como usted sabe estas hojas desaparecieron hace ya unos cuantos días.</em></strong> </p><p> </p><p>Las reglas mecanografiadas por Miss Lyons habían sido robadas y ya se daban por perdidas. Mahan extendió su mano con ellas. </p><p>-<strong><em>Vaya, las has encontrado.</em></strong></p><p>-<strong><em>No, señor. Fui yo. Lo siento, de veras. Pensé que eran muy importantes. De hecho así lo creo. Estoy convencido de que esto es algo muy valioso, un pedacito de historia que el futuro pagará en su justa medida. Y le corresponden a usted. Usted es su dueño</em></strong> -alzó la voz con su inconfundible acento de Tennessee-<strong><em>. Por eso se las traigo. Le ruego sepa disculparme. Obré mal.</em></strong></p><p> </p><p>Naismith era muy indulgente y no vio mayor delito en aquella acción. Antes bien apreció el valor del joven, que en señal de compensación venía dispuesto a añadir algo más.</p><p> </p><p>-<strong><em>Todavía no tiene nombre. ¿Por qué no llamarlo &lsquo;Naismith ball&#39;? Usted es el inventor y así se le recordará siempre.</em></strong> </p><p>-<strong><em>No, Frank, eso nunca.</em></strong> </p><p>Pero Mahan era rápido. Y nunca desfallecía. </p><p>-<strong><em>Pues entonces, señor, si tenemos un balón y un cesto... ¿por qué no llamarlo baloncesto?</em></strong></p><p> </p><p>Una radiante sonrisa iluminó el pasillo. Mahan era un chico listo. Y Naismith un buen hombre. </p> Mie, 28 Jul 2010 05:07:32 +0200 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-hombre-que-vio-el-cielo-a-diez-pies http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-hombre-que-vio-el-cielo-a-diez-pies Riqueza y miseria en LeBron James (III) De haber seguido la trayectoria de las dos anteriores esta tercera entrega debería haber sido escrita a la eliminación de los Cavaliers a manos de los Celtics el pasado mes de mayo. Pero la derrota no ofrecía nada nuevo. Era exactamente la misma película. Una película que a cada sucesiva entrega reforzaba más el título de la saga: <strong><em>No Rings For LeBron</em></strong>. <p> </p><p>Un año más. Y hacían siete. </p><p> </p><p>Lo que ha venido después ha resultado, mejor que interesante, mucho más acorde al sentido y material de que se viene nutriendo esta serie de carácter anual y cierto aire de tragedia. Por ello se elude esta vez el aspecto deportivo para recaer, si cabe, en un territorio de difícil tránsito: eso que el genial autor austríaco refirió como <em>psicología de las masas</em>. </p><p> </p><p>Para empezar todo podría resumirse de modo sencillo. Tan sólo bastaría una gigantesca cabecera: el verano de 2010. </p><p> </p><p>En términos moderados, la casual coincidencia en el tiempo del ramillete más importante de agentes libres que nunca vio la NBA. Una simple cresta en el mercado. Pero la más alta. Y por ello, en términos de discurso deportivo, el fenómeno más recurrente en los medios de comunicación en los dos últimos años. Un monstruo de proporciones colosales venerado por quienes durante todo ese tiempo procuraron que no le faltara alimento. </p><p> </p><p>De manera que la idea 2010 se instalara en el imaginario público con la misma intensidad que el 2012 en términos milenaristas. </p><p> </p><p>Dicho de otro modo, o al modo en que fue anunciado el terremoto, se darían o podrían dar transacciones que hacer tambalear el escenario NBA en sus mismos cimientos y aventurar a la competición al inicio de una Nueva Era. Se añadía así una inconcebible dosis de suspense que haría contar los días, horas y minutos en llegar a la hora cero. </p><p> </p><p>Sobre ese panorama predominaba una figura hegemónica: LeBron James. De hecho nada hubo más unánime que esto. LeBron sería el epicentro. Podía abandonar su equipo de siempre y la NBA al completo inclinaría sus poderes allá donde recalara el Elegido. Todo estaba preparado para algo así. Y hasta su abrupta caída en Boston anticipaba como nunca esa posibilidad. </p><p> </p><p>Y la fecha llegó. El 1 de julio se abría la caza mayor y las piezas se avistaban con mucha claridad. Se lanzaron los cebos y en una semana LeBron puso fin a la fiesta. Una semana. Destino Miami. Junto a Dwayne Wade y Chris Bosh. </p><p> </p><p>Un destino que como el resto de equipos reforzados habrá hora de abordar. </p><p> </p><p>Aquí procede valorar, más que la decisión, la más general de sus consecuencias: el rechazo. Se abría una vez más la fractura que parece separar a LeBron del mundo. No valen sorpresas. El escenario no era otro: LeBron James ha cometido, al parecer, algo terrible. Un crimen que excede todo crimen anterior. </p><p> </p><p>Tal vez mejor sea enunciar la premisa de la que parte todo: <strong><em>LeBron James no puede hacer nada que no sea motivo de universal reproche.</em></strong></p><p> </p><p>Cabe aquí señalar la primera y más grande incoherencia: durante años este jugador ya podía estar desatando el mejor baloncesto del mundo que sus críticos más feroces aguardaban cada final de temporada a esgrimir una cínica sonrisa en la tranquilidad que les procuraba su fracaso. Uno más. </p><p> </p><p>Durante años los argumentos contra él se han multiplicado a todos los extremos concebibles. Con el paso del tiempo ya sólo restaba el mayor y principal de todos. En rigor el único y último: el anillo. </p><p> </p><p>Y sin anillo LeBron no tenía ningún sentido. Ninguno salvo enfrentarlo con la consiguiente humillación a los anillados pretéritos. A todos. Cualquiera valía para ello.</p><p> </p><p>Esa presión de tonelaje mundial llegaba a LeBron personalmente. <em>"Él solo desea el título más que todos nosotros juntos"</em> (A. Varejao). Había dominado los apartados estadísticos como nadie desde Oscar Robertson, Wilt Chamberlain o Earvin Johnson. Había también liderado a su equipo a dos títulos de la Regular. Pero el objetivo final del campeonato era la barrera que año a año se resistía. La de este último especialmente dolorosa, dado que por fin parecía contar con algo más. </p><p> </p><p>James era muy consciente de ese presumible fracaso que llevarse a la tumba. A él se le atribuye sin atenuante. Sin anillo no hay gloria. </p><p> </p><p>Llegado a este punto el deportista decide, pues, que su mayor urgencia histórica es precisamente la que le exigen: el título. </p><p> </p><p>Y así decide obrar. Incluso en perjuicio de su imagen de referente absoluto y esa ficticia leyenda de que haría campeón a un equipo sin un Pippen, un Worthy, un Gasol o un Ginobili. Se aduce incluso una distancia definitiva con Kobe Bryant, como si los tres primeros títulos de éste se debieran a él como el líder de aquella plantilla angelina. </p><p> </p><p>De modo que, dispuesta siempre a renovarse, la oposición acusa ahora con abrumador acuerdo: <em>LeBron James es un cobarde que, por extensión, ha cometido crímenes contra la humanidad de Cleveland</em>. </p><p> </p><p>Gracias a él se conocen ahora los terribles problemas económicos que atraviesa el condado del Cuyahoga (Ohio), del vacío dejado en New York por un sueño frustrado -al día siguiente su imagen aparecía maldita en numerosos puntos de la ciudad- así como del resto de destinos a pesar de que sólo uno era posible materializar. </p><p> </p><p>James eligió el suyo. Pero se pretende hacer creer que alguna otra decisión, cualquiera que el lector imagine, iba a ser aplaudida, aprobada, o aun más improbable, no criticada. </p><p> </p><p>En tal simpleza mental orbitan sus detractores que, por previsibles, era muy sencillo imaginar por dónde se moverían las consecuencias de haber elegido otro destino.</p><p> </p><ul><li><strong>L.A. Clippers</strong>. Su presencia en Los Angeles no tendría motivo distinto que enfrentar su ego a Kobe Bryant. </li></ul><p> </p><ul><li><strong>New York</strong>. Ningún destino peor para su imagen. Por lo visto no habría elegido el deporte. Sino el dinero. <a href="http://blogs.forbes.com/sportsmoney/2010/07/lebron-james-what-the-knicks-told-lebron-new-york-and-make-billion-dollars/" target="_blank" title="Forbes le daba allí">Forbes le daba allí</a> nada menos que el 46.6 por ciento de posibilidades de hacerse billonario respecto a los otros destinos.</li></ul><p> </p><ul><li><strong>New Jersey</strong>. Alguna oscura trama junto a su amigo &lsquo;el rapero&#39; para tomar un destino tan incomprensible a la masa. De haber elegido ese camino Cleveland y New York arderían en su contra con mayor intensidad si cabe.</li></ul><p> </p><ul><li><strong>Chicago</strong>. Siendo éste muy razonable se habría dado con total seguridad el mismo caso que L.A. Si allí era contra Kobe aquí lo sería contra Jordan. </li></ul><p> </p><ul><li><strong>Cleveland</strong>. Tan sólo sus aficionados habrían aplaudido una decisión así. El programa de televisión serviría a sus detractores para inflamar sus iras contra él por el universal teatro organizado para nada. Para quedarse en casa. </li></ul><p> </p><p> </p><p>Ese inmenso continente detractor, el más persistente de todo el espectro público, encontrará siempre una coartada a la que aferrarse como si hubiera alguna decisión, incluso su negativa, que fuese aprobada por legítima. De modo que unos han aludido al fondo (debía el total de su existencia a la ciudad de Cleveland), otros a la forma (el programa de TV), y por supuesto, una tercera legión dispuesta a condenarlo todo. </p><p> </p><p>Casi huelga valorar la misiva vomitada por Dan Gilbert, el dueño de los Cavs, como el más burdo acto de despecho en la historia de la liga. Un acto que se retrata a sí mismo. Mientras James formaba parte de la empresa, mientras era su gran acción financiera, su gallina de los huevos de oro, el jugador no mereció crítica alguna. Al minuto siguiente de salir, era el peor sujeto en la historia del estado. </p><p> </p><p>Son de alabar en este sentido las <a href="http://espn.go.com/blog/truehoop/post/_/id/18022/chet-walker-on-lebron-james" target="_blank" title="declaraciones">declaraciones</a>, libres de interés, de una leyenda como Chet Walker. <em>&#39;&#39;Gilbert ought to be grateful, if anything, because for seven years LeBron was the team&#39;s cash cow"</em>. Un volumen de dinero extendido en años muy superior a los 120 millones de dólares en que tan sólo su presencia había revalorizado la franquicia. Un valor con principio y fin en los bolsillos del dueño.</p><p> </p><p>Tampoco merece omitirse el proceso acontecido en buena parte de la prensa neoyorquina, víctima en <a href="http://www.nydailynews.com/sports/basketball/knicks/2010/07/09/2010-07-09_lewimp_james_just_cant_carry_team.html#ixzz0tCpZh8My" target="_blank" title="algún caso">algún caso</a> de rabietas al modo Gilbert. La razón asoma también aquí con claridad. Dado que James no aterriza en la Gran Manzana, los firmantes no elevarán su condición profesional al nivel de reconocimiento e ingresos que su presencia les habría procurado en años venideros. </p><p> </p><p>Imaginemos que se validara el derecho de LeBron a marcharse de la empresa donde ha finiquitado, y mejor que ningún otro empleado jamás, un contrato. Como tantos miles hicieron antes o como lo que simplemente significa la <em>Free Agency</em>: libertad. </p><p> </p><p>La ofensiva mayor acudió entonces a la forma: <em>el programa de televisión</em>. </p><p> </p><p>Nunca como en los últimos días se empleó el término &lsquo;show&#39; en un sentido tan despectivo como a la aparición de James en ESPN para dar a conocer su decisión. </p><p> </p><p>Indica la RAE tres cosas sobre el término: <em>Espectáculo de variedades / Acción realizada por motivo de exhibición / Producción de un escándalo</em>. </p><p> </p><p>Suponiendo que el acto de James -que nadie refirió como programa- se acogiera a la segunda acepción, valdría preguntarse de una vez qué es una estrella mundial y qué es lo que supuestamente debe y no debe hacer. </p><p> </p><p>Mucho antes que villano James asoma como la perfecta víctima propiciatoria del mundo contemporáneo y la desorbitada relevancia que concede a sus deportistas más excelsos. Es el mundo quien convierte a estos en dioses y no al revés. </p><p> </p><p>Ese mismo mundo que ha entronizado a un deportista incluso antes de su mayoría de edad se escandaliza cuando el deportista decide actuar por sí mismo, escapando al protocolo que al parecer también dicta la masa. </p><p> </p><p>Pues ya puede ir acostumbrándose el mundo del siglo XXI a entidades globales como Cristiano Ronaldo o LeBron James. Ya puede empezar a asimilar que ellos son los nuevos Michael Jackson o Madonna. Y como tales comenzarán a actuar y comportarse. Porque empieza a ser una forzosa exigencia del guión. Ellos son la firma y el total. Ellos el negocio. </p><p> </p><p>Con un ensañamiento sin precedentes sobre el programa de TV, nada concentró con mayor claridad la ofensiva que <a href="http://sports.espn.go.com/espn/page2/story?page=simmons/100709" target="_blank" title="el artículo de Bill Simmons">el artículo de Bill Simmons</a>, sobrado siempre de audacia, brillante acidez y plástico sentido del humor a sospechosa excepción de este caso. </p><p> </p><p>Por una vez el autor no tuvo reparos en enfundarse la sotana populista de un predicador, asegurando haberse visto obligado a apagar el televisor y acostar a los niños dada la presumible condición tóxica de las imágenes. </p><p> </p><p>Sin embargo no había el menor problema en que los chiquillos leyeran algún día la columna de su padre y entendieran que lo que James había hecho a Cleveland era equivalente, literal, a lo que el <em>Enola Gay</em> hizo con Hiroshima. </p><p> </p><p>Dado que James había decidido que los ingresos por TV fueran a parar a una fundación benéfica, Simmons le acusaba ahora de emplear demagógicamente a los niños en su propio interés. Pero en cambio no veía nada reprobable en emplear a sus hijos sobre el enternecedor acto de acostarles ante semejante espectáculo contra su recta moral. </p><p> </p><p>Nadie describió al día siguiente que lejos de la condición de &lsquo;show&#39;, el programa no fue más que un simple pastiche de clásica estructura de coloquio en torno a un eje: la entrevista, de sobria puesta en escena y escasa duración. Un programa de TV que una anodina noche de julio animó inesperadamente la parrilla televisiva a unos índices de audiencia acordes con el asunto. </p><p> </p><p>Asunto que durante más de 24 meses los mismos críticos, Simmons incluido, habían vendido al mundo como el acontecimiento más importante del orbe NBA en lustros a la redonda. Los mismos que habían elevado el evento a la categoría de Historia se llevaban ahora las manos a la cabeza por un simple programa en la pequeña pantalla que justificara en esencia la importancia del momento. En la <em>Era de la Imagen</em> algo así de repente no tenía sentido. Era un acto imperdonable. </p><p> </p><p>De nada servía aquella honesta apertura de Brett Cyrgalis en el Post señalando que <em>"nunca en la historia la decisión de alguien sobre dónde jugar al baloncesto había acarreado tal importancia económica"</em>. </p><p> </p><p>Daba igual. James no podía hacer eso. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 576px; height: 324px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/JamesGarnett.jpg" alt="" width="576" height="324" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>En medio de esa oposición sistemática no deja de llamar la atención otro curioso fenómeno. Se adora a toda figura pretérita tan sólo por inercia comparativa, esto es, por el placer de enfrentarla ahora por cuestiones éticas a LeBron James. Si ya se hizo anteriormente por razones técnicas (es todo físico), tácticas (no sabe leer el juego) o psíquicas (egomaníaco), estos nuevos guardianes ingresan ahora de pleno en ese difuso universo de la ética. Ética diseñada a golpe de coartadas.</p><p> </p><p>Se adora por ejemplo a un adicto al sexo en grupo -mientras él era el único varón- como Magic Johnson, el mismo que amenazó a los Lakers con largarse si no despedían al entrenador porque el sistema de juego no era de su gusto. Una amenaza del mismo corte que la de Kobe Bryant el esperpéntico verano de 2007. </p><p> </p><p>Sorprende cómo buen número de aficionados angelinos actúan desde hace tiempo contra James. Durante los duros años en que Kobe Bryant fue objeto de odio ellos no terminaban de entender el porqué y, por supuesto, rechazaban de plano una situación de ese tipo. </p><p> </p><p>Han pasado pocos años y en lugar de haber aprendido la lección, la toman ahora con LeBron. Pudiendo alinearse con una figura que padece igual o peor infierno que el sufrido entonces por la suya, adquieren de repente la misma condición que antaño denunciaban. Han pasado de víctimas por Kobe a verdugos con James. Al extremo de hacer oídos sordos incluso a la amistad que une a ambos jugadores. <em>"As a friend, I&#39;m happy that he&#39;s happy"</em>, subraya Kobe con la elegancia que falta a muchos de sus fieles. </p><p> </p><p>En igual sentido se adora ciegamente a figuras como Bird, Olajuwon, Barkley o Shaq sin tener ni la más mínima idea de que, en términos de ética deportiva, ni fueron santos ni modelos de nadie. Y con frecuencia, su propio entorno los sufrió con toda su sádica crudeza. Se obvia deliberadamente que hasta la fecha no se conocen víctimas en el entorno de James. </p><p> </p><p>Quizá lo más asombroso de este fenómeno <em>hater</em> sea que adora hasta la aniquilación mental a Michael Jordan. Lo que James está haciendo con su figura en nombre de sí misma, como unidad independiente de negocio, no supone de momento ni una pequeña sombra de lo que Jordan hizo de sí mismo, pasando por encima del mundo, la ética o cualesquiera principios que no fueran su propio interés. Y todo ello mucho antes de conquistar título alguno. </p><p> </p><p>Es como si no se quisiera ver que cualquier manifestación de <em>deportista-business</em> en el siglo XXI tendrá a Jordan no sólo a su figura pionera, sino también al Gran Maestro al que incluso tanto tiempo después cuesta siquiera emular. </p><p> </p><p>En los términos en que se acusa a James, todos en torno a una peregrina cuestión de egolatría, no hay nada que se acerque al fenómeno Jordan en toda su extensión, incluidas cuestiones de respeto a compañeros y rivales. </p><p> </p><p>Con su habitual honestidad Henry Abbott se preguntaba cuáles podían ser, efectivamente, los delitos de LeBron James para despertar mayor y más inquebrantable odio que ningún otro jugador habido. </p><p> </p><p>No es que cueste enunciarlos. Es que hay que rebajar la legislación a extremos que remiten a órbitas totalitarias. </p><p> </p><p>Un deportista cuyos delitos se pueden resumir en haberse tatuado en la espalda el sobrenombre con que fue bautizado, largarse sin felicitar al rival una sola vez en su carrera, expresar un tanto ingenuamente su satisfacción mediante pequeños bailes en la banda uno de los cuales dio en un pequeño incidente con el &lsquo;pacífico&#39; Joachim Noah, sucumbir junto a responsables de Nike a la burda tentación de ocultar un mate recibido o finiquitar el verano más esperado en la historia de la NBA con una entrevista por televisión. </p><p> </p><p>Es hora de preguntarse si esa terrible secuencia de crímenes es digna, merecedora en conjunto, de esta masiva y casi unánime condena pública que está alcanzando, si no lo hizo ya, límites insoportables. Formulación mucho más sangrante cuando buena parte de ella parte precisamente de las plumas y medios de millonaria condición que le encumbraron a ese trono sin reinado. </p><p> </p><p>Inmediatamente después de caer en Boston, cuando ya LeBron estaba más preocupado por saldar esa cuenta pública saludando a sus rivales -lo que nadie exigió a Celtics y Lakers-, una gigantesca oleada en su contra amaneció al día siguiente en grandes y pequeños medios. Se excedía, como siempre ocurre con él, lo estrictamente deportivo. Se excedía cualquier contención y límite. </p><p> </p><p>En medio de esa terrible vorágine llegó a la redacción de ESPN un pequeño correo, expuesto con la honesta claridad de un chiquillo, consumidor de medios y redes, que simplemente no daba crédito a lo que veía y se preguntaba el porqué. Llevaba por título <em>On the criticism of LeBron James</em>.</p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 710px; height: 393px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/CriticismofLeBron.jpg" alt="" width="710" height="393" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>La oleada de rechazo a su figura promueve, como acostumbra el pensamiento unívoco, lapidario y aplastante de las corrientes al amparo del rencor, una silenciosa y como automática adhesión. Se observa en la prensa de otros países una filiación ideológica al fenómeno, como si en lugar de actuar de manera independiente, lo hicieran como medios sucedáneos de segunda fila al modo de un megáfono. Ahora que Internet permite el <em>feedback</em> se alienta a toda una generación de jóvenes sin gran preparación y crédulos de aquello que procede del otro lado a promover y reproducir un resentimiento global. </p><p> </p><p>Tales están siendo los extremos superados en esta brutal cruzada que en las últimas horas comienzan a multiplicarse artículos en sentido contrario. Autores un tanto perplejos que se preguntan, con toda la fuerza de la cuestión, qué es lo que ha cometido este deportista para merecer todo esto. Dónde encontrar en su carrera el punto exacto del crimen. <strong><em>"It&#39;s tough for a 25 year old basketball player who has done nothing but follow the rules"</em></strong>, se preguntaba Ron Hart.</p><p> </p><p>Durante siete años LeBron James situó a Cleveland no sólo en el mapa. También en su cima histórica. Dio como deportista lo mejor de sí mismo sin alcanzar la gloria final. Históricamente un periodo que quedará profundamente marcado bajo su responsabilidad. Más allá de su carrera deportiva son incontables las obras a su nombre con la ciudad como depositaria. Horas después de decidir su marcha ardían sus camisetas en las calles. Acción aprobada por una parte de la prensa y la universal masa social del deporte en nombre de una curiosa postulación ética. </p><p> </p><p>Visto el nuevo panorama, ahora en Miami, ese mundo abismal respira tranquilo. Dado que todo aquello que no termine en título -nuevamente la prisión del anillo- será brutalmente empleado en su contra. Volando bajo, agazapados a la espera de carroña, lo harán de nuevo con &lsquo;sentido ético&#39;. Como si ese insobornable sentimiento que no puede referirse en justicia más que como odio, fuese moralmente superior a la aparición de James en un programa de televisión. </p><p> </p><p>Uno de los más perplejos con la situación creada, Ben Steigerwalt, formulaba un escenario público de rechazo en el que enfrentaba la marcha de LeBron a Miami ante los casos de violación de Ben Roethlisberger y Lawrence Taylor, así como el escándalo Tiger Woods. LeBron ganaba en esa hipótesis por goleada. El analista se veía obligado entonces: <strong><em>"If athletes committing crimes against other people isn&#39;t the biggest driver of vitriol, we have a problem as a society"</em></strong>.</p><p> </p><p>Separar al digno crítico, cada vez más escaso, del masivo orbe de <em>haters</em> es bien sencillo. Estos últimos, aun a estas alturas, jamás pronunciaron una sola buena palabra sobre James. Están completamente incapacitados para ello. Ni una sola línea ni letra tanto tiempo después. Nada. </p><p> </p><p>Si James no puede dar un solo paso que no sea motivo de condena es precisamente gracias a ellos, todo un ejemplo de la humanidad, ética y justicia que al parecer el mundo del Deporte precisa. </p><p> </p><p>Y urge más que nunca preguntarse qué sentido tiene el Deporte si éste es el trato que merece uno de sus mejores vástagos.</p><p> </p><p align="center">...............................</p><p align="center"> </p><p align="center"> </p><p align="left">Anteriores:</p><p align="left"><a href="http://es.eurosport.yahoo.com/26042010/47/nba-riqueza-miseria-lebron-james.html" target="_blank" title="Riqueza y miseria en LBJ (I)">Riqueza y miseria en LBJ (I)</a> / 19 de mayo de 2008</p><p align="left"><a href="../../../blog/elpuntog/post/riqueza-y-miseria-en-lebron-james-ii" target="_blank" title="Riqueza y miseria en LBJ (II)">Riqueza y miseria en LBJ (II)</a> / 31 de mayo de 2009</p> Mar, 13 Jul 2010 22:09:44 +0200 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/riqueza-y-miseria-en-lebron-james-iii http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/riqueza-y-miseria-en-lebron-james-iii Houston, tuvimos un problema <p align="justify">Desde su origen la NBA había seguido una línea sucesoria por la que explicar también su historia a través del ejemplar dominio de sus mejores pívots. Como si la cadena biológica hubiese trazado ininterrumpidamente una secuencia a seguir por George Mikan, Bill Russell, Wilt Chamberlain y Abdul-Jabbar. En esas cuatro largas décadas los hubo más. Pero no mejores. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Al nacer los años noventa aquella monárquica sucesión se abría de pronto en tres figuras: Pat Ewing, Hakeem Olajuwon y el recién llegado David Robinson. El escenario tenía su interés. Porque encerraba también una bonita carrera por tomar ventaja uno de los tres. Por conquistar como un aparente trono vacío. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Siendo los mejores pívots del momento aquella aparente igualdad no lo era del todo. Orbitaban sobre los tres nombres distintas variables que permitían delinear un podio. Como si a falta de un claro dominio la jerarquía entre ellos se diera por otros motivos. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Robinson era un juguete muy deseado. Todo lo que se había hecho esperar aumentaba la expectativa que su año de novato no hizo sino acentuar. A su irrupción los Spurs pasaron de 61 derrotas a 56 victorias y una segunda ronda. Por ello y su fresca condición de novedad gravitaba sobre el Almirante una ambición que le convertía en el más mimado de los tres, como <em>The Next Big Thing</em>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Ewing aún no sufría desgaste. Seguía representando la figura más codiciada en salir del draft desde Alcindor y su hogar era el mercado más grande del país. Una fortaleza que el jamaicano debía reinscribir en la historia. No era otro su cometido. Se le seguía disculpando por la presunta torpeza en su gestión desde el banquillo. Como si se aguardase de una vez la venida de una autoridad que pusiera a los Knicks en orden y a Ewing en la órbita que al parecer le correspondía. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Aunque ligera, abrían ambos una ventaja relativa sobre Olajuwon. Como un índice algo mayor de popularidad, una velada preferencia en que ejercieran su dominio de una vez. Una ecuación que rezagaba al nigeriano como el más subestimado de los tres. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En la nación del libre mercado esto se traducía, como siempre, en números. En valor y dinero. Sobre otras consideraciones no había más fiable medida del reconocimiento. De aquella cada vez menos sutil diferencia.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">New York y San Antonio estaban dispuestos a todo por sus dos mástiles. En noviembre del 91 los Knicks le habían ofrecido a Ewing su extensión soñada: más de 33 millones de dólares por seis años. Una suma que le convertía en el deportista mejor pagado del país. Entretanto Robinson era todavía el novato de 26 millones por ocho años. Ni siquiera habían pasado dos de su debut y ya se estaba renegociando lo suyo. Una presión a la que San Antonio no opondría resistencia. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Ewing y Robinson eran, pues, la punta de lanza de la nueva era. Una era iniciada abruptamente con la rotura del dique salarial por Atlanta y el extraño caso Koncak. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Los años de bonanza anticipaban excesos que la liga interpretaba como el ascenso a un nuevo nivel. Y en aquellos pasos iniciales por pelear cada estrella su pedazo del pastel el reparto no llegaba a todos por igual. O no al menos en deportiva armonía. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Olajuwon sintió esto con mucha fuerza. Contempló su contrato desfasado, su final muy próximo (1993) y la indiferencia de la organización a la que se debía. En suma, un agravio comparativo con sus otros dos <em>alter egos</em>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">De ahí que entrada la temporada del 92 estuviese convencido de que era el momento de abrir la boca. Sentía además la conciencia tranquila. Como si hasta entonces no hubiera hecho valer para sí mismo la magnífica relación que guardaba con el dueño del equipo, Charlie Thomas, una de las amistades más estrechas de toda la liga. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Dueño y jugador cenaban a menudo juntos. Y tan común era la presencia de Hakeem en los cumpleaños de los niños como en las más privadas y selectas reuniones de negocios que Thomas celebraba en su mansión californiana, donde más de un verano pasó allí semanas. No eran pocas las veces que el dueño acudía a verle en su avión privado si la gestión de la plantilla estaba en juego. Olajuwon era como uno más de la familia. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Pero curiosamente, mientras el jugador sentía no haberse aprovechado de aquella relación, tampoco había callado públicamente sus críticas. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Desde tiempo atrás eran de sobra conocidas sus demandas a la directiva para mejorar el equipo. Demandas que no pocas veces se producían de manera directa o sin el menor protocolo. Eliminados por los Mavericks en primera ronda de 1988, el pívot no tendría reparos en acusar a Sleepy Floyd de egoísta y a Joe Barry Carroll de falta de sangre. Toda una invitación a una nueva limpieza. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">La convicción del líder permitía alzarse en la jerarquía obligándose a la vez a la exigencia de mejoras. Olajuwon había pedido para todos. Ahora sentía que nunca lo había hecho para él. Era, pues, el momento de marcarse un objetivo: renegociar su contrato. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Sobre todo porque se sentía feliz en Houston. No deseaba jugar para ningún otro equipo que no fueran los Rockets. Más claramente: era el sitio exacto donde quería estar. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Hacía tiempo que se había largado aquel maestro del miedo llamado Bill Fitch. <strong><em>"No sé cómo tengo que deciros que me da igual a quién le guste y a quién no. Aquí mando yo"</em></strong>. Y también quedaba atrás el extremo opuesto, Don Chaney, obsesionado por ser amigo de todos. Olajuwon había conocido así, antes que a dos entrenadores, a dos individuos remotos en la escala del carácter.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Que Rudy Tomjanovich asumiera el cargo le satisfacía plenamente. Ocupaba el perfecto medio. <strong><em>"No voy a imponeros un estilo. Vais a ser vosotros quienes lo hagáis. Éste va a ser vuestro equipo"</em></strong>. Aquella libertad ordenada gustaba mucho al nigeriano. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Así al llegar el mes de marzo Hakeem se sintió muy seguro y obró al margen de su agente. Se valió de aquella confianza presuntamente familiar y decidió actuar a solas. Aprovechó un encuentro casual con Thomas para abordarlo con la coartada de alguna charla anterior. </p><p align="justify"> </p>- <strong><em>Bueno, Charlie, ¿qué hay de tu promesa? Es hora de cumplirla.</em></strong><strong> <p align="justify">- <em>¿Qué promesa?</em></p><p align="justify">- <em>Ya sabes a lo que me refiero. </em></p></strong><p align="justify">- <strong><em>Ehhh... ah, sí</em></strong> -improvisó sin mucha convicción-<strong><em>, mira, mejor llámame a la oficina y lo hablamos.</em></strong> </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Hakeem no haría otra cosa. Como buen yoruba creía a ciegas en la palabra de un hombre. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Llamó una vez. No hubo respuesta. Llamó otra vez y tampoco. A la tercera ocasión dejaría un mensaje muy claro a su secretaria. <strong><em>"Hágale saber que le he llamado. Que se ponga en contacto conmigo cuanto antes, por favor. Es urgente"</em></strong>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Esta vez el dueño devolvió la llamada. Un mensaje muy breve. Tanto que en realidad le estaban enviando a otra ventanilla. <strong><em>"Mira, Hakeem, habla con Steve. Él está al corriente de todo. Algo haremos"</em></strong>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Steve Patterson contaba entonces con 33 años. Era el mánager general más joven de toda la NBA. Había heredado directamente de Ray Patterson, su padre, el cargo que había ocupado desde 1972. La juventud del directivo actuaba en él a modo de barrera. Como si tuviera que defenderse de su edad reclamando respeto a golpe de negativas. En muchos jóvenes la idea de heredar un imperio congela el carácter como si el refrigerante fuera el mejor combustible del ascenso. Más en claro, Steve Patterson era la peor puerta a la que llamar para pedir un aumento de sueldo. Aunque se tratara del mejor empleado. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Así el encuentro entre ambos se saldó con un rotundo fracaso. Y aun peor, en términos más que de tensión, de riesgo:</p><p align="justify"> </p><p align="justify">- <strong><em>Vamos a ver, estás ganando más que ningún otro aquí. Eres el mejor pagado del equipo. </em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>¿Y?</em></strong></p><p align="justify">La pausa se hizo eterna.</p><p align="justify">- <strong><em>Que no hay más que hablar.</em> </strong></p><p align="justify"> </p><p align="justify">Un portazo era lo último que esperaba el jugador, tremendamente desconcertado por el desplante y porque al mirar al otro lado no encontraba a Charlie Thomas, desaparecido de repente. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Si la directiva quería dar largas lo tenía bien fácil. La temporada se encontraba en su punto culminante y el equipo se estaba jugando entrar en <em>playoffs</em>. Lo delicado del momento y el trepidante ritmo de partidos eran la excusa perfecta para eludir aquella molesta reclamación que de pronto hizo sentir a Hakeem como un chiquillo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">De las muchas cosas que podían ocurrir nadie esperaba la que efectivamente ocurrió. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En la noche del 17 de marzo los Rockets recibían en casa a los Clippers. El partido salía de cara para los texanos cuando en el último cuarto Hakeem se dirigió al preparador físico, Ray Melciorre: <strong><em>"Algo le pasa a mi pierna izquierda. Me duele y no sé si voy a poder"</em></strong>. Por lo visto algo había sucedido. Algo que nadie vio.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">No parecía importante porque Hakeem terminó el partido sin aparente novedad. Y además ganaron. Era su octava victoria seguida en casa, lo que les situaba en séptima posición del Oeste con ventaja sobre Lakers y Clippers y dejando que ambos rivalizaran juntos por ser octavos. La situación era, pues, saludable. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Pero al parecer no para Hakeem. Al término del partido insistió en que sentía una fuerte molestia en la parte trasera de su muslo izquierdo, como una sobrecarga que le causaba dolor. Dos días después recibían a Seattle y el jugador tenía que estar listo. El primer examen médico no detectó nada raro. Pero Hakeem aseguró que en esas condiciones no podía jugar. Y no lo haría. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Los Rockets perdieron. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Al día siguiente había entrenamiento. Steve Patterson no sabía lo que era pisar uno. Ni tampoco el vestuario. Pero aquella mañana allí estaba, erecto y con semblante poco amistoso. Sin importarle interrumpir nada. <strong><em>"¿Dónde está?"</em></strong>. Tomjanovich apuntó a la sala de fisios, donde Patterson abrió la puerta y la boca sin miramientos para sorpresa de Olajuwon, sentado sobre la camilla, y su preparador. <strong><em>"Ray, haz el favor, déjanos solos"</em></strong>. Melciorre salió fuera y el directivo no dio lugar a la réplica. <strong><em>"¿Qué es lo que pasa aquí? ¿De qué va todo esto?"</em></strong>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">A continuación alzó su dedo índice a la altura de la cara y advirtió:</p><p align="justify"> </p><p align="justify">- <strong><em>Mira, Hakeem, más vale que termines con esta historia ahora mismo. </em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>¿Perdona?</em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>Que acabes con todo esto ya.</em></strong> </p><p align="justify">- <strong><em>¿De qué estás hablando?</em></strong></p><p align="justify">Patterson era muy seguro de sí. Pero templó ligeramente cuando el jugador se incorporó de repente. </p><p align="justify">- <strong><em>Sé lo que intentas y ya te advierto que no va a funcionar. He hablado con Charlie y me ha dicho que si depones tu actitud y juegas resolveremos el problema de tu contrato en verano. Tienes su palabra y la mía. Si quieres lo haremos por escrito.</em></strong></p><p align="justify">Olajuwon sacudió la cabeza incrédulo. </p><p align="justify">- <strong><em>Pero... cómo puedes estar diciendo algo así. No puedes estar hablando en serio. ¿O sea que creéis que me estoy inventando una lesión como medida de fuerza para renegociar mi contrato?</em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>No somos chiquillos.</em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>¡Pero qué estás diciendo! </em></strong>-interpuso a un volumen que excedía lo conveniente-<strong><em> Sabes dónde me dejo la piel para eso. Sabes lo que me corresponde y no lo estás cumpliendo. Estoy lesionado de una pierna y tú... ¿me vienes con esas? ¿¡Me estás acusando de mentir!?</em></strong></p><p align="justify"> </p><p align="justify">Patterson resopló. Iba a decir su última palabra. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">- <strong><em>Muy bien, tú lo has querido. Saldrá en los periódicos. Vamos a hacer público todo esto</em></strong> -amenazó.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Patterson dio media vuelta y se largó. Haría bien. Hakeem estaba furioso y el diálogo había iniciado una peligrosa escalada. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El pívot fue sometido a una resonancia magnética a cargo de Charles Baker, el médico del equipo. No le fue sencillo exponer el resultado. <strong><em>"Mira, Hakeem, te voy a ser honesto. No veo nada. No hay nada que me permita darte la baja. Y lo tengo que comunicar"</em></strong>. De entrada algo así obligaba al jugador a vestir el chándal ante Sacramento. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">De nada sirvió. Hakeem lo haría de calle. No jugaría. Y los Rockets volvieron a perder. La mesa de anotadores rescató una rarísima posibilidad -<strong><em>"Refused To Suit Up"</em></strong>- que registrar en el acta oficial del partido. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Patterson cumplió su amenaza. Y por partida doble. El día 23 Hakeem sería suspendido de empleo y sueldo. Y fue inútil que acudiera por su propio pie a una clínica privada donde recibió un diagnóstico favorable: una lesión muscular que afectaba al área femoral de su pierna izquierda. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Prescindir del mejor jugador un equipo en lucha directa por una plaza de <em>playoffs </em>era un riesgo demasiado grande. Por lo que la suspensión se limitó a tres partidos, a razón de casi 47 mil dólares de pérdida para el nigeriano por cada uno de ellos. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Pero muy por encima de la suspensión o el dinero, nada peor que la publicidad del asunto por los términos expuestos. Thomas fue implacable. <strong><em>"Si un cuerpo de médicos le observa y nos comunican que no le encuentran nada, que está completamente sano, y todo esto justo después de que él amenazara con no jugar porque quiere un contrato nuevo, señores, no es difícil llegar a una conclusión"</em></strong>, declaró abiertamente a la prensa después de revisar de nuevo el partido ante los Clippers, esta vez con lupa, sin ver nada que le hiciera cambiar de opinión. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El jugador no daba crédito. Ahora sí, era un escenario de guerra. </p><p align="justify"> </p><p align="justify"> </p><p align="center"><img style="width: 669px; height: 422px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Olajuwon2.jpg" alt="" width="669" height="422" align="absMiddle" /></p><p align="justify"> </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Visiblemente afectado Olajuwon buscó amparo en Leonard Armato, su agente. <strong><em>"Lenny, esto no puede ser legal. Necesito que hables con la Asociación"</em></strong>. El convenio establecía que para que un jugador fuera suspendido de empleo y sueldo debía preceder a la medida alguna base jurídica. <strong><em>"No me van a quitar ni un solo centavo. ¿Me has oído? Ni uno"</em></strong>. Armato elevó una protesta formal a la liga a través de la Asociación de Jugadores. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Y Hakeem decidió responder a su manera. Tampoco él se quedaría callado. Haría exactamente lo mismo que Patterson aprovechando la megafonía de la prensa. No sólo debía aclarar su postura. Mucho antes defender su imagen, nunca antes tan ofendida. <strong><em>"Es un embustero. Cuestionar mi integridad como profesional está lejos de lo que es tener clase. No me van a llevar a su terreno. Nadie quiere jugar más que yo. Pero no voy a salir ahí fuera a arriesgar mi carrera si no estoy sano. Y no lo estoy. Aquí quieren que juegues estando lesionado. Cuando esté listo jugaré. No antes"</em></strong>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Olajuwon calificó de <strong><em>"estúpida"</em></strong> la gestión de Patterson, al que acusó de no estar capacitado para ejercer el cargo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En realidad no sería el único. La liga entera recibía con sorpresa lo sucedido. Que un director deportivo acusara públicamente a su estrella de fingir una lesión era muy grave. Los Rockets parecían así estar actuando contra sus propios intereses. Como estrategia era un desastre que el resto de equipos no pasaría por alto en el caso de ruptura. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En defensa del pívot salieron sin temor alguno sus compañeros Kenny Smith y Othis Thorpe. <strong><em>"Si él pudiera jugar</em></strong> -manifestó el primero- <strong><em>lo haría como siempre ha hecho. Es impensable que esté tratando de aprovecharse de algo así en perjuicio de todos nosotros"</em></strong>. A lo que añadía un revelador matiz. <strong><em>"Mi relación con él es más cercana que con la otra parte"</em></strong>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">No todas las acusaciones del nigeriano tenían el mismo destinatario. Hakeem no tuvo reparos en acusar de <strong><em>"cobarde"</em></strong> al propietario por haberse ocultado tras la cortina de Patterson, a quien parecía haber encargado el trabajo sucio. La decepción hacia quien estimaba como amigo era muy grande. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En suma todo estaba dicho. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Sin Hakeem el equipo se desangraba. Lo perdía todo. En el momento más delicado de la temporada encadenaron seis derrotas consecutivas. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Pagarían muy caro lo ocurrido. Los Rockets quedaron fuera de los <em>playoffs </em>por primera vez en ocho años. Lo harían en favor de los Lakers en la última jornada de liga. O más bien antes: perdiendo cuatro de los cinco últimos partidos. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">La imagen del equipo texano quedó muy dañada y la prensa percutió sin piedad. </p><p>Sports Illustrated recogió de manera anónima las declaraciones de un directivo que cargaba contra los Rockets rozando la calumnia, o de otro modo, que nada distinto se podía esperar de ellos.<em> <strong>"Estos son los mismos que en 1984 perdieron partidos deliberadamente para poder elegir al número uno del draft"</strong>. </em>Precisamente el que dio con Olajuwon allí.<em> </em></p><p align="justify"> </p><p align="justify">Así otros se sumaron a la línea conspiratoria insinuando que Hakeem y los Rockets estaban interpretando un sainete para quedarse fuera de los <em>playoffs </em>y ganar prioridad en el draft. Una teoría sin mucho crédito dadas las no pocas veces que el jugador había cuestionado la política de la directiva en los últimos años. Y sobre todo, que la intensidad del conflicto abierto era esta vez desconocida. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Llegada la noche del draft los Rockets elegirían en la undécima posición a un alero atlético de Alabama de nombre Robert Horry. Pese al buen aspecto, no dejaba de ser una incógnita. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">A Olajuwon el draft le dio exactamente igual. Ya había tomado una decisión. La más drástica de su vida deportiva. <strong><em>"No quiero jugar aquí más. ¿Lo haríais vosotros después de esto? Muchos otros se fueron antes. Adoro la ciudad, los aficionados y mis compañeros. Pero no siento lo mismo hacia los que dirigen esto. El daño ya está hecho. Prefiero empezar de nuevo en otro sitio"</em></strong>.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">En las semanas siguientes no hubo nada relacionado con los Rockets que no disparase escenarios de traspaso. A los Clippers por Manning y Charles Smith, a Miami por Seikaly, Steve Smith y Harold Miner. Knicks y Magic se sumarían a un intercambio a tres bandas que llegaría a incluir al número uno del draft, Shaquille O&#39;Neal. Y sobre todo, un intercambio de cartas marcadas: Hakeem Olajuwon por Charles Barkley. El alero de Philadelphia había roto definitivamente con el equipo de toda su vida a la espera de destino. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Justo antes de arrancar el verano las últimas palabras de Hakeem a su directiva subrayaban su última voluntad: <strong><em>"Sólo quiero que me llaméis para decirme dónde jugaré el año que viene. Quiero irme"</em></strong>.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">No había vuelta atrás. Estaba completamente seguro de que no volvería a vestir esa camiseta. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Hizo las maletas con una sola intención. Salir del país durante el tiempo necesario para desconectar por completo. Necesitaba un largo viaje. El camino hacia la meditación que tanto añoraba. Su deseo, la oración y el recogimiento. Y su destino, la Meca. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Durante las primeras horas de vuelo era inevitable revisar aquel sórdido panorama. Se preguntaba cómo era posible haber llegado a una situación así. Desde su llegada a Estados Unidos no había conocido otro hogar que no fuera Houston. Y como profesional eran incontables las veces que se había prometido conquistar el título para una ciudad que sentía como suya. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">De cuanto le contrariaba dos episodios martilleaban con especial intensidad su cabeza. En enero del año anterior un codazo de Bill Cartwright le había fracturado la cavidad ósea que aloja los ojos dejándole fuera de juego durante dos meses. Volvio con gafas y la ilusión renovada por remontar la posición del equipo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Y a principios de esa última maldita campaña le fueron detectados síntomas de arritmia que le tuvieron hospitalizado durante semanas sin comprender a qué se debía algo que podía ser muy serio. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Estos dos episodios le acudían por una razón: si él hubiese sido el tipo de persona que la directiva denunció que era, perfectamente podía haberse tomado los dos años libres. Había poderosas razones médicas que habrían avalado esa decisión. Y sin embargo no lo hizo. No pasaba por su cabeza algo así. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Cuando despertó ya estaba en otro mundo. Allá donde recobrar la paz deseada. Tan sólo un molesto incidente en una mezquita, donde un tipo abusó del tiempo de oración destinado a los fieles venidos de todas partes del mundo que hacían cola tras él, logró ponerle nervioso de nuevo. Cuando no estaba permitido interrumpir al orador en tiempo de oración Hakeem acabó cogiendo a aquel tipo por los hombros largándole de allí. Como un último residuo de furia. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El verano volaba y antes de darse cuenta estaba en Los Angeles para pasar unas semanas con su hija Abisola, fruto del matrimonio frustrado con su primera esposa. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Completamente renovado ocuparía sus siguientes jornadas en entrenar de la manera más dura que hubiese conocido. Contrató a un reputado preparador físico que lo primero que hizo fue inyectarle sesiones intensivas en el célebre <em>Gold&#39;s Gym</em> angelino, atestado de culturistas de ambos sexos que impresionaron al recién llegado. En pocos días Hakeem manejó fuerzas y pesos que nunca había conquistado. Y por las tardes carrera continua por la arena de la playa. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Dentro de aquellas enormes instalaciones una pequeña pista de juego le dejaría a solas para practicar con balón. Armato acudió a verle y a los pocos días ya tenía a un grupo de jugadores de instituto jugando y reboteando para su representado. El agente se vio sorprendido por el estado de forma que presentaba Hakeem. Y decidió aprovechar la ocasión de la mejor manera posible. <strong><em>"Te voy a traer algo. Te sorprenderá".</em></strong> </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El <em>Gold&#39;s Gym</em> tenía música por todas partes. Sus gestores sabían del perfecto matrimonio que une la música con la motivación gimnástica. Hakeem no acostumbraba a entrenar con ella. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Pero una mañana, embriagado por la cadencia, sintió que sus piernas se movían solas, al ritmo de seductoras melodías del Hollywood más superfluo. Le gustaba. Le fascinaba. Se sentía cómodo y descubrió que se podía jugar bailando. O bailar jugando. Se fintaba a sí mismo, se deslizaba en mitad de un estribillo y culminaba a golpe de percusión. Descubrió un sentido delicioso del ritmo. Hasta entonces, y esto le causó una fuerte impresión, no había advertido la facilidad de sus pies para descifrar movimientos no sidos. No desde que siendo un chaval en Lagos abandonaba la portería para salir driblando a quienes le salían al paso. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Hakeem sintió verdadero entusiasmo en profundizar aquella experiencia. De sobra conocía su medio gancho y su tiro tras reverso, un repertorio a partir del que cocinar sus variantes de juego ofensivo. Lo que descubrió entonces, y en un tiempo récord, era que podía improvisar muchas más cosas. Y repetirlas hasta que perdieran parte de su improvisación. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Y aún faltaba el mejor regalo. <strong><em>"Lo prometido, Hakeem. Te presento a Shaquille O&#39;Neal"</em></strong>. Aquella joven presencia le resultó de entrada impresionante. Armato se había agenciado a la perla más valiosa imaginable. Y qué mejor manera de empezar que confiarles juntos aquel espacio cerrado, como un valioso secreto. Juntos trabajaron muchas horas en jornadas interminables. Un periodo increíblemente edificante para ambos. Hakeem probó con el joven sus nuevas armas. Contrariamente no todo valía para detener a aquella fuerza. <strong><em>"Te voy a decir lo que muchas veces me decía a mí Moses Malone. Aquí adentro, simplemente, ¡Be a Man!"</em></strong>. Y Shaq asentía, como imaginando en su cabeza lo mucho que esas pocas letras significaban. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Fueron días maravillosos. En fuerte contraste con el regreso a Houston. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">No le habían llamado. Ni una sola vez. La razón le fue expuesta a las claras. <strong><em>"Mira, Hakeem, lo hemos intentado. Pero a cambio no hemos obtenido lo que queríamos"</em></strong>. Patterson estaba diciendo la verdad. Los demás equipos se habían cobrado el grave error cometido por el directivo. Pretendían aprovecharse de una situación crítica en términos nada ventajosos para el futuro texano. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Y con el jugador de vuelta, el gerente supo aprovechar la ocasión en su interés. Como si no haberle traspasado fuera una prueba de reconocimiento hacia él. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Sólo que Hakeem seguía deseando ese reconocimiento en forma de nuevo contrato. Y no pudieron empezar peor las cosas. La pretemporada fue un absoluto desastre. Y eso incluía el vacío de las gradas y los abucheos de los pocos presentes. No se avistaba luz para el nuevo curso. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El fuero interno del jugador seguía teniéndolo claro. No quería jugar en los Rockets. Y no detendría su cruzada hasta conseguirlo. <strong><em>"Lenny, haz lo que sea. Quiero irme de aquí"</em></strong>, reclamó por última vez a su agente. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Pero el calendario se echaba encima. Como parte del programa internacional de la NBA, Rockets y Sonics tenían previsto disputar sus dos primeros partidos de temporada en la localidad nipona de Yokohama. Eran catorce horas de vuelo que horrorizaban al jugador. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Hakeem tomó asiento en el avión dejando vacía a su izquierda la ventanilla. Por el pasillo fue pasando la expedicion texana al completo y entre los gigantes dos chiquillos en torno a diez años que le saludaron efusivamente. Eran los hijos del dueño, a quienes conocía y adoraba por igual. Los seguía su madre. <em>"<strong>Hola, Hakeem, cómo estás"</strong></em>, exclamó sonriente la mujer. <em>"<strong>Qué tal, Kittsie, me alegro de verte"</strong></em>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Era una situación incómoda. Pero aún más lo sería cuando al fondo venía acercándose a paso ligero el cabeza de familia, Charlie Thomas. A ojos de Hakeem, el principal responsable de su calvario. <strong><em>"¿Hay alguien sentado ahí?"</em></strong>, preguntó señalando a su lado. Era imposible ocultarse en un avión. <strong><em>"No"</em></strong>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Para bien o mal iban a compartir vuelo. Y ninguno de los dos rompería el silencio hasta bien entrada la velocidad de crucero. Con más torpeza que tino lo haría finalmente el propietario. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">- <strong><em>Mira, creo que todo esto se nos ha ido de las manos. Pero piénsalo bien. Ha sido más culpa de los medios que nuestra...</em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>Déjalo, Charlie</em></strong> -le interrumpió-<strong><em>. Es demasiado tarde. No vamos a solucionar nada. Ya sabes lo que quiero. Irme. Punto.</em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>¿Acaso crees que no lo he intentado? Y no porque yo quiera sino porque tú...</em></strong></p><p align="justify"> </p><p align="justify">Así empezó todo mientras cruzaban el cielo del globo. Las intenciones de Thomas eran sinceras. Tan sólo había que aprovechar el declarado amor de Hakeem al equipo para el que llevaba jugando ocho años. Se trataba de tomar ambos la frágil cuerda en común que aún podía unirles. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Horas después tomaron aquel cabo suelto. El dueño posó su mano sobre la de su acompañante en un gesto que iba mucho más allá de la confidencia. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">- <strong><em>Hakeem, tienes mi palabra. Somos amigos. No me gustaría perderte.</em></strong> </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Catorce horas daban para mucho. Tal vez demasiado. Muchas batallas habían firmado la rendición en minutos. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">- <strong><em>Dile a Leonard que me llame</em></strong> -prosiguió-<strong><em>. Vamos a cerrar esto por escrito.</em></strong> </p><p align="justify"> </p><p align="justify"> </p><p align="justify">A mediados de marzo de 1993, exactamente un año después del comienzo de todo, la directiva de los Rockets cumplió la promesa de llegar a un acuerdo con el jugador firmándole una extensión hasta 1999 que le reportaría entre 26 y 30 millones de dólares facilitándole incluso la salida al mercado sin restricciones al término de la temporada de 1997. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Y por fin Hakeem respiró tranquilo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Curiosamente para cuando fue firmado aquel nuevo contrato Charlie Thomas tenía ya firmado otro. La venta del equipo a un millonario procedente de Wall Street, un tal Leslie Alexander. De manera que de cualquier modificación en las cuentas de los Rockets se debería hacer cargo el recién llegado. Y de su bolsillo saldría hasta el último centavo a cobrar por el jugador nigeriano. </p><p align="justify"> </p><p align="justify"> </p><p align="center"><strong>...................................................................................</strong></p><p align="justify"> </p><p align="justify"> </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El inicio del curso siguiente algo muy poderoso había cambiado. Los Rockets ganaron sus 15 primeros partidos del año, lo que suponía el mejor inicio de la historia. Y aquello terminaría como empezó. Formando un equipo incontestable, Houston se alzaría en dos años con dos títulos de la NBA, estableciendo un corte justo y dorado en una década dominada por Chicago Bulls. Una década de color rojo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">A título individual Olajuwon se desharía sucesivamente de Pat Ewing, David Robinson y Shaquille O&#39;Neal, triturando aquel panorama inicial de aparente igualdad entre los tres grandes pívots de la época. De hecho lo haría para siempre. Zanjando la discusión eternamente a su favor. </p><p align="justify"> </p><p>Durante sus dos años de gloria, que tan cerca estuvieron de no existir, la música seguía además sonando en su cabeza cuando vestía de corto. Como si su juego, antes que técnico, fuera musical y terminara bailando a sus pares. </p><p> </p><p>Cosa que no aparecía en ningún contrato. </p> Mie, 07 Jul 2010 06:29:07 +0200 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/houston-tuvimos-un-problema http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/houston-tuvimos-un-problema El gigante del mundo perdido <p align="justify">De entre las pertenencias del sudanés Dud Tongal, primer <em>recruit </em>africano en la NCAA, en sus años de Fordham llamó especialmente la atención de su técnico Tom Penders una arrugada fotografía, como de otro tiempo, en la que aparecía un muchacho de increíble estatura que con una mano agarraba el aro de una canasta sin despegar los pies del suelo. Un sorprendido Penders se interesó por aquel joven y Tongal aclaró que era su primo, el más alto de sus innumerables familiares -el propio Tongal contaba con trece hermanos-, que a él mismo le sacaba una o dos cabezas y que vivía a la manera tribal en alguna remota región del país. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Penders terminó contrariado. No había dinero para ir en su búsqueda. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Pero no pasaría mucho tiempo antes de darse a conocer la identidad de aquella extraña figura. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El personaje en cuestión era nieto de Bol Chol, uno de los jefes tribales del pueblo dinka, apostado al sur del Sudán. Un pueblo que carecía de leyes escritas y convertía a sus jefes en únicos depositarios de la autoridad. Un pueblo muy primitivo en el que prevalecía la poligamia. Así Bol Chol contaba un total de cuarenta esposas, más de ochenta hijos y un sinfín de nietos, uno de los cuales había heredado el rasgo más distintivo de su antecesor, de una estatura en torno a los 239 centímetros. Ese nieto tenía por nombre Manute Bol. Y además de una estatura gigantesca había heredado un defecto en las manos por el cual sus larguísimos dedos se retorcían hacia dentro.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Con una población en torno al millón de miembros los dinkas representaban la etnia mayoritaria en el sur de Sudán. Dinkas, nuers, shilluks y otras etnias descendían del antiguo pueblo nilótico que, en sus interminables batidas en busca del pasto para el ganado, fue alejándose cada vez más de sus orígenes y con el tiempo dio lugar a otras etnias, como los masais en Kenia o los tutsis en Ruanda y Burundi. Aislados por la guerra que enfrentó al norte y al sur del país los dinkas eran una de las tribus de más difícil acceso para los turistas, lo que contrarió aún más las ensoñaciones de Tom Penders dejando la historia por poco menos que imposible. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Manute había nacido y crecido en una aldea llamada Turalei. La vida del dinka adolescente era sencilla y silvestre a un extremo que el mundo occidental sólo podía concebir a través de la literatura o los documentales. Los dinkas vivían en estrecha y perfecta armonía con su entorno natural. Un entorno radicalmente salvaje. Jirafas, cocodrilos, hipopótamos, elefantes, leopardos y toda la fauna imaginable del África negra formaban parte de la vida diaria. Eran peligros a los que los dinkas estaban acostumbrados. Pero no por ello protegidos. A menudo el peor de esos peligros podía venir del aire. Así el padre de Manute, Madut Chol -de 2.03 de estatura-, falleció a causa de la malaria poco después de que también lo hiciera su madre, Okwok, que hacía de segunda de las siete esposas de Madut. Y es que en la aldea no había medicinas. No al modo de la medicina occidental. La mayoría de remedios contra los males del cuerpo provenía de las vacas. <em>"Todas las mañanas los dinkas recogen sus orines y los usan para lavarse la cara y verterlos en una vasija con la leche recién ordeñada, antes de beberla. La boñiga de vaca secada al sol se enciende durante la noche para proteger a hombres y animales de los mosquitos, y utilizan la ceniza de la boñiga para frotarse la piel y esterilizarla contra las picaduras de mosquitos y parásitos, así como el orín para teñir el pelo de rojo"</em> (Rovira&Salgado, <em>Supervivientes de 5000 años. Los dinkas</em>). De niño Manute también contrajo la malaria. Pero fue afortunado de que le cogiera en Jartum, donde pudo combatirla a tiempo en un hospital. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Ningún elemento más central en la vida de los dinkas que la vaca. La vida del pueblo dependía prioritariamente del ganado vacuno, que proporcionaba alimento y leche, así como del trigo y los cereales que molían las mujeres. Como el resto de jóvenes Manute estaba al cuidado del ganado. En su caso, de una parte correspondiente a la propiedad familiar: una decena de vacas y un pedazo de tierra. Una de las prácticas a que eran sometidos los adolescentes consistía en agrupar a un puñado de jóvenes de la misma edad y recibir exclusivamente como alimento leche durante unos siete meses. Los muchachos, a menudo tan exhaustos por el exceso que caían desmayados o incluso se veían impedidos para caminar, competían por engordar todo lo posible y el premio era el reconocimiento de la tribu.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Como todo joven dinka Manute experimentó su desarrollo hacia la vida adulta a través de los ritos típicos de la tribu, algunos gratos y otros muy dolorosos. De los primeros formaba parte el cortejo a su primera novia, una muchacha que vivía a unos once kilómetros de Turalei. Para poder verla el joven tenía que hacer el trayecto a pie por la noche, un trayecto infestado de fieras. A la menor señal de peligro Manute se ocultaba en los campos de trigo. El trayecto de vuelta a la aldea se hacía en la misma noche que el de ida. El dinka estaba habituado a realizar a pie largos recorridos. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Los ritos más ingratos arrancaban en la pubertad, en torno a los catorce años. Uno de ellos ponía a prueba la resistencia al dolor. Un total de ocho dientes inferiores debían ser arrancados de cuajo sin que el joven derramara una sola lágrima. A ello se sumaba una práctica aún peor. Les rapaban la cabeza y recibían cuatro cortes de navaja a cada lado de la frente durante unos quince minutos. La sangre manaba en abundancia pero los muchachos tenían prohibido llorar. El premio siempre era el mismo. El reconocimiento de la tribu y la aparente normalidad en su camino por alcanzar la vida adulta. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Una vida que ignoraba por completo la educación escolar. Un dinka estaba destinado a reproducir los patrones de la vida tribal, como eran contraer matrimonio con muchas mujeres y cuidar de la tierra y el ganado. La escuela quedaba en el fondo mucho más lejos que los tres días a pie que separaban Turalei de la llamada civilización. De ahí que Manute nunca conociera un aula. Tan sólo a los nueve años y gracias a un amigo de su abuelo acudió durante una semana a una pequeña escuela en Abyei, a dos días a pie en dirección norte. La experiencia le marcó lo suficiente como para que tres años después escapara a Babanusa, a unos 240 kilómetros de la aldea, todavía algo fascinado por aquel desconocido mundo prohibido. Pero su ingreso fue rechazado debido a su deficiente manejo en el árabe. Aquellos fueron los días en que su madre falleció sin que se pudiera determinar con claridad la causa.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Cuando a ojos de la tribu Manute había alcanzado la edad adulta contaba con una estatura en torno a los 231 centímetros. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En 1979 Manute Bol jamás había oído hablar de baloncesto. Así fue hasta que uno de sus tíos, residente en Wau, la ciudad más grande del sur, trató de convencerle de que viajara hasta allí porque se practicaba un juego donde la altura era muy importante. Anteriormente el familiar había informado al cuerpo de policía de Wau de la existencia de su sobrino. La policía de Wau contaba con un equipo de baloncesto que formaba parte de la pequeña liga nacional. Manute fue convencido para viajar hasta allí. Fueron tres días de trayecto a pie. De un trayecto que terminó en fracaso. Cuando le hablaron del baloncesto le pareció estar siendo objeto de una broma, renunció a la aventura y regresó a casa. Pero no todo terminó allí. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El siguiente en tratar de convencerle fue uno de sus muchos primos, piloto de las líneas aéreas sudanesas y de nombre Joseph Victor Bol Bol. Como hombre algo viajado Victor fue mucho más prolijo en detalles. Le habló de América, de dinero y de una vida afortunada. Manute accedió de nuevo y los dos regresaron a Wau, esta vez para quedarse. Fue el momento en que el gigante vio por primera vez en su vida un balón, una canasta y aquello que llamaban baloncesto. Sus primeros pasos entre estos elementos completamente nuevos fueron los previsibles. Pero tal vez fuera cuestión de tiempo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">A los pocos días de iniciación Victor pidió a su primo que machacara el balón en el cesto. Absolutamente ignorante de la fuerza que precisaba aquella maniobra atlética y seguramente en una canasta de menor altura que las convencionales, el joven dinka se excedió en su intento al extremo de golpear su boca con el aro. Perdió dos dientes de su hilera superior y a punto estuvo de abandonar aquella locura para siempre. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">No se lo iban a permitir. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Superado el mal trago Manute siguió entrenando hasta que otro primo suyo, Nyoul Makwag Bol, que jugaba como base en la selección sudanesa, facilitó los trámites para que Manute pudiera jugar en su mismo equipo, el Catholic Club de Jartum, la capital del país, a la que viajarían juntos en tren unas semanas después.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Nyoul no era el único primo de Manute miembro del Catholic. También lo era Michael Malouk Wiet, quien posteriormente trabajaría en la embajada sudanesa en Estados Unidos durante ocho años. Los responsables del Catholic y especialmente su entrenador, Tony Amin, sudanés de ascendencia griega, no recelaron del pobre nivel de juego de Manute. Antes bien quedaron tan encantados de poder contar con el hombre tal vez más alto de todo el país que mientras el resto de jugadores cobraba dos libras al mes ofrecerían a Manute un total de quince. Los resultados no se hicieron esperar. El Catholic Club dominó a placer el flojo campeonato sudanés y seis meses después Manute ya estaba en el equipo nacional. </p><strong><u><p align="justify"> </p></u></strong><p align="justify">A partir de ese momento tan sólo una favorable serie de avatares y casualidades podía sacar a Manute de un país próximo al estallido de una cruenta segunda guerra civil, en el que no había ni un solo gimnasio cerrado donde entrenar a baloncesto y donde incluso el seleccionador desconfiaba de los viajes al extranjero por temor a perder a Manute para siempre. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En la primavera de 1982, a miles de kilómetros de allí, se incorporan a esta historia dos nuevos personajes. El primero de ellos era Don Feeley, un joven emprendedor que ejercía como técnico en Fairleigh Dickinson, un pequeño centro universitario de New Jersey. El segundo, Elias Stratias, infatigable hombre de negocios, conocedor del país sudanés donde residía su hermano y con quien Feeley tenía amistad a través de las labores de contable y coordinador de programas de intercambido que Stratias ejercía en el centro. Uno de esos programas subvencionaba el viaje y estancia de un entrenador americano para dirigir a la selección de baloncesto de Sudán durante los meses de verano. En un principio Feeley se mostró remiso a ser el elegido. Pero Stratias insistió en que debía aprovechar la ocasión y enriquecer su currículo con una aventura de aquel calibre. Una aventura que incluso podía descubrirle algún jugador interesante al que ofrecer una beca para hacerlo suyo. Feeley accedió y a finales de junio ya estaba en Jartum. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Contaba el joven técnico que sus primeras horas en la capital fueron difíciles. Indudablemente era otro mundo. Una sensación que rozó el pánico cuando al encender la luz de su pequeña estancia en el hotel Excelsior, a la que llegó de madrugada, halló un murciélago muerto sobre su cama. Pocos días después Feeley estaba plenamente integrado en su tarea. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Para entonces hacía semanas que Manute había regresado a Turalei. Eran días de incertidumbre. El baloncesto le había cortejado lo suficiente para plantearse qué clase de vida quería llevar en adelante. Si acceder a las peticiones de su padre de vivir en la aldea como un dinka o soñar con algo diferente, algo que aunque frágilmente había empezado a conocer. Era el momento de que un pequeño estímulo le moviera a tomar una decisión. Y ese estímulo llegó. La noticia de la venida a la capital de un entrenador americano no se hizo esperar y Manute obedeció a su instinto. Fueron seis días de viaje en tren con parada en Wau hasta verse de nuevo en Jartum. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">El plan diario de Feeley era minucioso. A las cinco y media de la mañana sonaba el despertador. El traslado hasta la cancha de entrenamiento tenía lugar con desesperante lentitud en un vehículo conducido por un militar que no hablaba ni una sola palabra en inglés. Las sesiones arrancaban a las nueve y no se prolongaban más allá de las dos horas debido al fuerte calor que asolaba la zona en aquellas fechas. La pista estaba situada en lo alto de una colina y era una de las escasísimas de cemento que había en Sudán. Al momento de presentarse Feeley el grupo de jugadores se encontraba siempre lanzando a canasta con aquellos lujosos balones recién llegados de América. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El técnico no observó lo habitual aquella mañana. Contempló perplejo a un extraño individuo de impensable estatura que en ese preciso instante estaba enganchando al aro unas de las redes sin la ayuda de ningún soporte. Feeley quedó anonadado con aquella presencia al extremo de alterar todo su plan de entrenamiento. En los días siguientes trabajó especialmente con Manute y trabó muy buena relación con él. Era fácil hacerlo dado el carácter afable y sencillo del joven gigante, del que llamaba enormemente la atención su pobre dentadura, la serie de cicatrices simétricas que presentaba en las sienes y cómo los dedos de sus pies aparecían retorcidos y deformados a causa de no haberse calzado jamás unas zapatillas de su talla. En su fuero interno Feeley reconocía las carencias técnicas del jugador pero al mismo tiempo valoraba en su justa medida la increíble capacidad taponadora de aquellos brazos, los más largos que había visto en su vida. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Con el paso de las semanas el técnico gustó también del aparente potencial de otros dos jugadores altos: Akila Shokai y un compañero y amigo de Manute en el Catholic, Deng Nihal. Ambos habían recibido una buena educación en la capital y se manejaban bien en inglés, especialmente Nihal, que hacía de intérprete entre el técnico y los jugadores. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Antes de su regreso a New Jersey, en septiembre, Feeley había hablado muy seriamente con Manute sobre la posibilidad de viajar a Estados Unidos y materializar allí un futuro brillante como jugador de baloncesto. También lo había hecho con Shokai al punto de pelear una beca para él en Fairleigh. El jugador llegaría allí en el mes de enero y sería presentado en rueda de prensa con todos los honores. Pero extrañamente aquella operación fue considerada por la dirección del centro como una temeridad y Feeley acabó siendo despedido a pesar de que Shokai terminaría jugando varios años en el equipo de la escuela. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">El técnico se había quedado en la calle. Pero siguió adelante en solitario. Creyó tener un increíble as en la manga que poder ofrecer a la persona adecuada en el momento oportuno. Un as que poder utilizar como moneda de cambio para ganarse un nuevo empleo.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Terminando el invierno de 1983 Kevin Mackey acababa de ser nombrado nuevo entrenador del equipo de Cleveland State. Feeley conocía a Mackey de sus tiempos como asistente en Boston College y sabía de su capacidad para hacerse con jugadores académicamente desastrosos. Suyos eran los descubrimientos de Michael Adams o John Bagley. Feeley no esperó más. Propuso a su amigo recibir el cargo de asistente a cambio de llevarle al equipo a dos jugadores, Deng Nihal y lo que él contemplaba como el secreto mejor guardado del mundo. Mackey accedió. Los quería allí cuanto antes. Feeley tan sólo tenía que tramitar un par de billetes de avión con origen en Jartum y para ello se valió del hermano de Elias Stratias. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Así el 23 de mayo de aquel año 1983 tres hombres aguardaban nerviosos en el aeropuerto Logan de Boston la llegada de un avión procedente de Zurich que hacía de escala en el largo trayecto desde Sudán. Esos tres individuos eran Don Feeley, Kevin Mackey y un hombre de confianza de éste, Frank Catapano, versado en la representación de jugadores. Antes de producirse el esperado encuentro tuvo lugar otro francamente curioso. En aquel avión viajaba otro hombre de baloncesto y conocedor de los allí presentes. El sujeto en cuestión era Rick Pitino, que estaba a punto de cerrar cinco años al frente de la Universidad de Boston como entrenador jefe para convertirse en asistente de los Knicks. <strong><em>"No me vais a creer"</em></strong>, fueron las primeras palabras de un Pitino absolutamente perplejo por el increíble individuo con el que había coincidido en el avión. Sus interlocutores guardaron un incómodo silencio figurando sorpresa por lo que Pitino contaba. Por fortuna para cuando los llegados por fin aparecieron Pitino ya se había marchado. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Manute Bol ya estaba en los Estados Unidos. Tanto él como Nihal llegaron sin un centavo. Quedaban al amparo de aquellos hombres. No así Don Feeley, quien al cabo se sintió traicionado cuando Kevin Mackey renunció a ofrecerle el cargo de asistente. Creyendo aún que Manute era el secreto de su propiedad Feeley cambió entonces de estrategia. Se lo jugaría todo a una carta. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">A cinco días del draft de 1983 el técnico de los Clippers, Jim Lynam, recibió una llamada en su domicilio de San Diego. Su autor era Don Feeley, amigo suyo desde los tiempos en que Lynam entrenaba al equipo universitario de Fairfield y Feeley al de Sacred Heart, ambos centros muy próximos en Connecticut. <strong><em>"Tengo para ti una sorpresa, una auténtica sorpresa"</em></strong>. A esas alturas de año y con el draft tan cercano era realmente difícil encontrar algo que un técnico NBA no supiera de antemano. Al informar de la estatura del jugador que Feeley decía tener entre manos el entrenador de los Clippers redobló su atención algo incrédulo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Jim Lynam estaba dispuesto a prácticamente cualquier cosa con tal de invertir la pobre dinámica de San Diego, equipo que le acababa de conceder su primera oportunidad como técnico jefe en la NBA después de abandonar su cargo de asistente en los Blazers de Portland. Lynam confiaba en recuperar a un Bill Walton lastrado por las lesiones y hacer girar la plantilla en torno a la calidad de Terry Cummings, el mejor novato del año. Pero sabía que aquello era insuficiente. Necesitaba algo más para remontar el vuelo de un equipo muy joven que había cerrado la Pacific con 57 derrotas. Estaba por ello dispuesto a escuchar cualquier cosa, por peregrina que pudiera parecer. Feeley le puso al corriente de aquel secreto que parecía sacado de una película de Disney. Con todo, la llamada le supo a gloria. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">- <strong><em>¿Dónde está ahora?</em></strong> -preguntó Lynam. </p><p align="justify">- <strong><em>En Cleveland. No sabe ni una palabra de inglés y el técnico de Cleveland State está haciendo lo posible para que ingrese en el centro. </em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>¿Lo sabe alguien más?</em></strong></p><p align="justify">Feeley le fue sincero. </p><p align="justify">- <strong><em>Bueno, llamé antes a Frank Layden</em></strong> -entrenador de Utah Jazz-<strong><em>, pero él ya cuenta con Mark Eaton y dice no necesitar otro gigante en el equipo y menos aún totalmente desconocido. </em></strong></p><p align="justify">- <strong><em>Está bien. No hables con nadie más. Voy a elegirle. </em></strong></p><p align="justify"> </p><p align="justify">La noche del draft Jim Lynam se encontraba en San Diego y al otro lado del teléfono, en Nueva York, Howie Garfinkel iba tomando minuciosa nota de todas y cada una de las elecciones. Llegada la quinta ronda, en la elección número 97, el extravagante nombre de Manute Bol salió a colación seguido por las referencias a su estatura (2.31) y peso (81 kilos). El resultado fue un murmullo de confusión. Parecía una broma. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">Dos semanas después Lynam viajaba hasta Cleveland para poder conocer por fin al gigante africano. Aquella mañana Manute se encontraba en el gimnasio entrenando junto a Darren Tillis, el pívot que había sido elegido el año anterior por los Celtics en primera ronda y que había terminado el curso jugando para los Cavaliers. Al verle Lynam quedó profundamente impresionado. Era todavía más alto de lo que había imaginado. También le sorprendió que no tuviera dientes. El técnico se presentó. Efectivamente Manute no sabía ni una palabra de inglés. Pero contaba con un intérprete. Nihal Deng estaba permanentemente junto a él y cuando se dirigía a Manute para traducir lo hacía en una lengua muy extraña que ambos compartían, el swahili.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Lo primero que Lynam comprobó, como lo hubiera hecho cualquier otro entrenador en el mundo, fue que Manute tenía mucho camino por recorrer. Lo segundo, una de esas corazonadas propias del soñador convencido. Creyó estar ante el robo de los robos del draft, como si su hombre fuera el secreto mejor guardado de la historia. Pero lamentablemente también parecía un secreto para los compañeros. Porque en los días siguientes el campus de los Clippers fue la perfecta demostración del <em>sálvese quien pueda</em>. Era como si Manute les fuera invisible. Los novatos rivalizaban de manera salvaje por ganarse un hueco en la plantilla y el último destino del balón era el africano en las pocas ocasiones en que Lynam le liberó de las sesiones aparte. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Poco duró la alegría. La NBA se apresuró a declarar nula aquella exótica elección. La negativa oficial no fue sin embargo todo lo clara que cabía esperar. De un lado se decía que Manute no se había declarado elegible en el plazo prescrito. De otro, que el joven tenía menos de 21 años. O tal vez el producto de ambas. Manute era demasiado joven como para haber permitido su elección sin haber declarado siquiera sus intenciones. El caso es que la NBA había solicitado su pasaporte. Se ignoraba su fecha de nacimiento dado que el pueblo dinka carecía de registro civil. El pasaporte decía que la edad de Manute era de 19 años pero al mismo tiempo que su estatura era de 158 centímetros. Preguntado por esta cuestión Manute aclaró que los oficiales sudaneses le habían medido sentado.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Lynam vio así derrumbarse su castillo de naipes y Feeley una vez más el propósito de su confesión. Su intención había sido la misma que con Mackey. Obtener como contrapartida un empleo como asistente en los Clippers, cargo que finalmente fue a parar a Don Chaney. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">Sin una residencia prevista Manute y Nihal fueron alojados en un hotel de Cleveland hasta el 17 de junio, fecha en la que pasarían a ocupar uno de los pequeños apartamentos que empleaban alumnos y jugadores del centro durante el curso universitario. La estancia era sin embargo el menor de los problemas. Mackey no sabía cómo enrolar a Manute en la universidad. Deng Nihal era un caso diferente. Su educación y manejo en el idioma eran suficientes para hacer una excepción. Pero la tarea con Manute, más que difícil se presentaba imposible. El presidente de la universidad lamentó no poder hacer nada y Mackey trató de hacer lo posible para apresurar en el gigante el aprendizaje del inglés. Fue enviado a la Case Western Reserve, una academia especial para inmigrantes. Arleen Bialic sería su profesora particular, a quien Mackey suplicó que para septiembre el alumno debería poder entender y hablar el idioma. Bialic había conocido casos difíciles pero ninguno como aquel. No sabía leer ni escribir y todos los elementos propios de la civilización occidental le eran completamente desconocidos. Fue la extraña y fascinante sensación de tratar con un salvaje lo que motivó a la profesora a tomar aquella empresa como un personal desafío. Con el paso de las semanas Manute le despertó además un enorme cariño. Salvo para los viandantes, sorprendidos por su increíble estatura, la presencia del gigante africano se mantuvo en secreto. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Fueron momentos difíciles. Una profunda sensación de soledad, de enajenación y destierro, asolaron al sudanés aquellos días. Días en que la nostalgia de su vida anterior y el deseo de regresar a la aldea estuvieron a punto de dar al traste con la aventura. Nihal le previno de cometer el error de volver allá donde no le aguardaba ningún futuro. Y Manute confió en los consejos de su amigo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify"> </p><p align="center"><img style="width: 468px; height: 313px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Manute.jpg" alt="" width="468" height="313" align="absMiddle" /></p><p align="justify"> </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Entretanto el hombre que completaba la recepción a Manute en el aeropuerto Logan, Frank Catapano, se había convertido en su representante. Sumaba así a su estrambótica lista de representados, la mayoría jugadores desconocidos de la CBA, ligas menores y alguno emigrado a Europa, al jugador más singular imaginable, el que tal vez pudiera abrirle las puertas del éxito o bien añadir algún que otro problema a su agenda. Se daba sin embargo la curiosa circunstancia de que Manute no era el más alto de sus jugadores. Lo era el gigantesco George Bell, un proyecto en torno a los 236 centímetros de estatura cuyos graves problemas físicos llevaban tiempo abocándole al fracaso tras pasar por centros de Atlanta, Los Angeles e incluso los Globetrotters. Catapano sabía del lugar testimonial que ocupaba en su agenda el monstruoso Bell. Pero no había nada que le hiciera ver algún paralelismo con su nueva joya. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Y eso a pesar de que no empezaran bien las cosas. La universidad de Cleveland State formalizó aprisa los trámites que incorporaban al centro al recién llegado. Pero tan pronto fue propuesta la solicitud fue denegada. La NCAA estimó como no reglamentarias las operaciones que dieron con Manute allí. A ojos del comité un responsable de Cleveland State más un agente habían pagado los billetes de avión y la posterior estancia a dos jugadores. La NCAA estableció los 6100 dólares de las facturas como un pago inaceptable a su normativa vigente y de nada sirvieron las alegaciones de Catapano explicando la situación de los dos inmigrantes, matizando que los gastos no llegaban ni a 5000 dólares y que no procedía confundir la hospitalidad con retribuciones que en el fondo no habían tenido lugar. Personado en el asunto el propio Manute declaró no saber nada del pago de su viaje. Todo fue en vano. Cleveland State fue sancionada con dos años fuera de la competición. La NCAA estimó que la universidad había reclutado jugadores con dinero de por medio. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Mackey fue despedido y no volvería a firmar como entrenador hasta el verano de 1990. Quedó tan profundamente afectado por aquel incidente que para entonces se había convertido en alcohólico. Al poco de regresar a su antiguo cargo fue detenido por la policía cuando escapaba de un prostíbulo objeto de una redada. Conducía borracho y bajo los efectos de la cocaína. El tremendo escándalo terminó con su carrera en Cleveland y Mackey acabó ingresando en el centro de rehabilitación para toxicómanos que dirigía John Lucas. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Mackey no fue el único de los hombres involucrados en el caso Manute en caer extrañamente en el infortunio. Feeley saboreó aquella amargura varias veces hasta emigrar nueve meses después a Egipto a dirigir a su selección. Pero el caso más triste de todos fue sin duda el de Elias Stratias, fallecido en el atentado terrorista sobre el Boeing 747 de la Pan Am que cayó sobre la localidad escocesa de Lockerbie en diciembre de 1988 y que acabó con la vida de 270 personas. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Llegó el mes de septiembre. Y los progresos del alumno africano eran considerables. Incluso satisfacían personalmente a la maestra Bialic. Pero como cabía esperar aquellos progresos eran en conjunto insuficientes. Manute no podía ser becado para ingresar en la universidad. Su pequeño entorno estimó que lo más conveniente era dedicar un año entero a mejorar su inglés mientras se trabajaba intensivamente su juego al margen de toda competición. Junto al apartamento y la academia, el Woodling Gymnasium se convertiría en su tercera residencia. Y compañeros como Sean Hood o Warren Bradley una gran ayuda para él.<strong> </strong></p><p align="justify"> </p><p align="justify">En febrero Manute sufrió un serio varapalo. La noticia de la muerte de su padre le había llegado con dos semanas de retraso. Volvió inmediatamente a Sudán. Con arreglo a las leyes del pueblo dinka correspondía ahora a Manute la casi total responsabilidad de la familia y su patrimonio. De nuevo la incertidumbre se apoderó del joven. Una incertidumbre agravada con el estallido de la segunda guerra civil en el país africano. El gobierno musulmán del norte liderado por Jaafer Al Nimeiri pretendía imponer su ley a las tribus sureñas del Nilo, que comenzaban a correr un serio peligro. Manute resolvió abandonar Sudán cuanto antes, cosa que finalmente lograría con serias dificultades dos meses después de su improvisado regreso. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">Aquellos dos meses pasaron factura a su tierna formación. Su inglés seguía siendo tan frágil que era difícil no creer que le haría falta como mínimo otro año más de educación. Cleveland State solicitó una tramitación especial de su caso para que pudiera jugar al baloncesto. Una solicitud que la NCAA volvió a desestimar.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Era momento de tomar una decisión. A diferencia de las anteriores esta decisión tocaba por fin a Manute. Si el cometido de su estancia en América era jugar al baloncesto y su entorno no terminaba de hacerlo realidad tal vez fuera momento de cambiar de aires. El extranjero recurrió una vez más a Don Feeley. Ambos desaparecieron del centro que les había acogido. Manute pasó unos días con Bill Musselman, el técnico que llevaba tiempo enrolado en la CBA y con quien el jugador mejoró algunos aspectos de su juego. Una liga profesional como la CBA podía ser la antesala de algo más grande. Incluso era una competición lo bastante extravagante como para dar la bienvenida a Manute. Pero siendo honesto Musselman consideró que aún no era el momento. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Feeley aprovechó aquellos días para escrutar un nuevo destino para su hombre, al que una vez más quería junto a él. Ambos terminaron en la pequeña universidad de Bridgeport, en Washington, cuyo equipo militaba en la segunda categoría de la NCAA y donde por fin Don Feeley había encontrado su cargo de asistente a las órdenes de Bruce Webster.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">Al entrenador de Bridgeport no le cabía reacción distinta a la que Manute había despertado en todos y cada uno de sus descubridores. Webster estaba impresionado por su increíble estatura y encantado de poder contar con algo para lo que no había parangón en todo el país. Manute pasó sus primeros cinco días en el domicilio personal del técnico, durmiendo en dos camas contiguas en forma de T. Como hiciera Mackey en Cleveland el entrenador de Bridgeport pidió a la dirección del centro algún tipo de beca con la que poder ingresar a Manute como alumno. La solicitud de ingreso para un analfabeto en cualquier universidad del país seguía siendo una tarea condenada al fracaso. Pero en Bridgeport las cosas iban a ser diferentes. Cuando el director del centro pudo contemplar en vivo a Manute en el gimnasio supo que tenía en sus manos algo sumamente exclusivo, acaso uno de esos inesperados golpes de suerte que podían brindar a la universidad un motivo de admiración. El ingreso de Manute sólo podría tener lugar a través de una beca especial diseñada excepcionalmente para él. No hubo que esperar más. Eso fue lo que ocurrió. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Manute ya era alumno de Bridgeport. Parecía por fin abrirse el camino y fijarse un inicio a partir del que emprender el itinerario correcto. Un motivo de enorme alegría que sin embargo no parecía compartir el agente de Manute. Para entonces Frank Catapano había invertido en su hombre unos diez mil dólares, demasiado dinero como para permitirle largarse de Cleveland a las primeras de cambio. Catapano no rechazaba cambios de destino. Únicamente temía perder el mando de las operaciones. El agente organizó una reunión en un restaurante de Washington. En ella le acompañarían Don Feeley, Bruce Webster y Leo Papile, un asistente de Cleveland State. Al igual que Catapano, Papile era de ascendencia italiana. Y cuando en un momento de la reunión aquellos dos hombres pidieron a Feeley ausentarse para quedar a solas con Webster, éste llegó a creer que estaba tratando con algún grupo mafioso. Especialmente cuando escuchó la consigna principal: <strong><em>"Si Manute no vuelve a Cleveland tendrás problemas"</em></strong>. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">Webster no se amedrentó y obró con fina estrategia. No quería perder a Manute ni tampoco contrariar a su representante, con quien llegaría finalmente a un acuerdo. El gigante jugaría en Bridgeport, escenario poco después de una concurrida rueda de prensa. En ella se dieron multitud de detalles de la vida del nativo africano, de su llegada a los Estados Unidos, de la desgarradora situación de su país y de la profunda dimensión humana que la pequeña institución estaba dispuesta a poner en juego con aquella insólita admisión. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Todo salió a pedir de boca. Antes de que pasaran 24 horas se contaban por decenas los profesionales de toda índole dispuestos a colaborar en la educación y bienestar de Manute Bol. Dos de los grupos más entregados a la causa fueron dentistas y fabricantes de camas. En las semanas siguientes le fueron implantadas prótesis en la boca y se le hizo llegar una gigantesca cama de ocho pies de longitud por el módico precio de 50 dólares. La escuela necesitaba también una partida de nacimiento y en pocos días su compañero y amigo Deng Nihal la hizo efectiva. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Todo estaba listo. El pequeño pabellón Harvey Hubbell se convirtió para Manute en su primer hogar deportivo. Con capacidad para 1800 espectadores los partidos de casa no daban abasto para las peticiones de entrada. El gigante africano se convertiría enseguida en la mayor atracción de un equipo que concitó una atención más propia de una universidad de primera fila. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Manute Bol debutó por fin ante Stonehill y firmó una impresionante estadística de 20 puntos, 20 rebotes y 6 tapones. En adelante Bridgeport contaría con el mejor intimidador de todo el campeonato. Webster empleaba una táctica bien sencilla. Manute era un mástil que situar en los aledaños del aro tanto en ataque como en defensa. Y como cabía esperar era en este último terreno donde Manute alcanzaba su mayor efectividad. Dadas sus increíbles facultades taponadoras muchos de los equipos rivales comenzaron a renunciar al lanzamiento. Un método más propio de los años cuarenta que servía para preservar ligeras ventajas, especular con el marcador favorable y sellar así alguna que otra victoria. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Allá donde viajaba el equipo de Bridgeport se levantaba una enorme expectación. En Quinnipiac incluso organizaron una fiesta en honor del extranjero bajo el cartel <strong><em>Manute Bol Party Fans</em></strong>. Bridgeport se llevó allí la victoria con 22 puntos y nada menos que 15 tapones del gigante. El equipo de Bruce Webster cerró el curso con un esperanzador registro de 26 victorias y 5 derrotas. Perderían no obstante en la final regional ante el equipo de Sacred Heart por 42-40, al que habían derrotado hasta en tres ocasiones en la fase regular. Manute Bol había finalizado el año con unos promedios de 22.5 puntos y 13.5 rebotes. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">A poco de comenzar su segundo curso Manute había mejorado considerablemente su inglés. Pero algunos hubiesen preferido lo contrario cuando un buen día de abril sorprendió a todos anunciando sus nuevas intenciones. Manute quería hacerse profesional. No prefería esperar ni seguir los mismos pasos que todos aquellos chavales a los que veía tan por debajo de sus ojos. Tan consciente era entonces de su privilegio físico que pretendía de una vez empezar a ganarse la vida por sí mismo. Hacer dinero y hacérselo llegar a su familia. Todo Bridgeport se opuso. Incluso Webster pidió a Catapano que tratara de convencerle para permanecer un tiempo prudencial en la universidad. Pero no había nada que hacer. Manute ya había tomado una decisión. Y aunque en un principio Catapano se mostró algo remiso finalmente tampoco se opondría. De hecho era momento de avistar el panorama tal y como su representado le exigía. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Por aquel entonces un ex jugador de Boston Celtics, Kevin Stacom, que venía ocupando el cargo de segundo asistente en Northeastern University, recibió una oferta para dirigir al equipo de Rhode Island Gulls, uno de los pocos clubes en incorporarse a una nueva liga profesional de corte menor, la USBL (United States Basketball League), que había decidido fundar un emprendedor comerciante de nombre Dan Meisenheimer. La idea de crear el equipo provenía de los dólares que algunos inversores estaban dispuestos a emplear en el lujoso área de Newport entre los largos periodos de ocio abiertos para turistas y aficionados al deporte marítimo y la <em>America&#39;s Cup</em>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Alquilado el pequeño pabellón del instituto Rogers quedaba lo más importante: la confección de la plantilla. Siempre y cuando estuviera al mando de todo el diseño deportivo de los Gulls, Stacom aceptó la oferta y pasó de inmediato a la búsqueda de jugadores. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Así tardaría muy poco en verse las caras con Frank Catapano y su extraña agenda de jugadores. Stacom tenía interés en Stu Primus, un escolta muy fuerte de Boston College cuya incorporación agradaría a las dos partes. Lo siguiente era sacar a colación a Manute Bol. Catapano pondría al corriente a su posible comprador de todas las circunstancias que rodeaban al africano, la mayor de las cuales seguía siendo el enorme poder de atracción de un jugador que garantizaba completar el aforo del pabellón. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En realidad movía al representante una doble intención. Los pocos partidos que Manute disputara en aquella corta liga estival, además de proporcionarle unos primeros ingresos, serían una magnífica carta de presentación para Manute de cara al draft de la NBA. La USBL arrancaba el 25 de mayo y el draft de la NBA tendría lugar el 17 de junio. Y entre ambas fechas unos ocho partidos a disputar. El entrenador aceptó y los Gulls presentaron a Manute Bol en una rueda de prensa celebrada en un restaurante propiedad de Stacom. Un evento que a punto estuvo de truncarse cuando el propietario del equipo, un joven financiero de 27 años llamado Phil Stillman, abandonó el proyecto al poco de nacer. Por fortuna en Newport no faltaban hombres adinerados que tomaran el testigo de Stillman. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">Así pues el nuevo destino del extranjero seguiría instalado en el noreste del país y a menos de 200 kilómetros de Bridgeport, en un apartamento de una de las áreas residenciales de Newport, a unos veinte minutos del centro. Un marco turístico envidiable. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">Los Gulls se harían además con John &lsquo;Hot Rod&#39; Williams, Owen Wells, el británico Martin Clark y un jugador de tan sólo 1.69 de estatura procedente de North Carolina State llamado Spud Webb que cumplía perfectamente los objetivos mediáticos de Stacom por el delirante contraste que brindaría junto a Manute Bol. Stacom incluso añadió a la plantilla la presencia de un <em>enforcer</em>, un jugador con que proteger al sudanés de las seguras embestidas rivales. Y lo encontró en Mark Halsel, un alapívot extremadamente duro procedente de Northeastern. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">La USBL constaba de tan sólo siete equipos y un calendario de 25 partidos antes de los playoffs que verían su fin a mediados de agosto. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Pronto fue comprensible por qué razón Catapano no se había opuesto a la salida de su hombre de Bridgeport. El agente consiguió cerrar un contrato de 25 mil dólares para su representado. Esto suponía que Manute sería el jugador mejor pagado de toda la competición. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Con apenas cinco días de rodaje el equipo de Rhode Island debutó en Springfield y lo hizo con victoria. Pero sobre todo con una extraordinaria actuación defensiva de Bol, que firmó nada menos que 16 tapones en su estreno. Stacom sabía perfectamente de las discutibles cualidades técnicas de su hombre. Pero su fortaleza taponadora, el poderoso influjo que ejercía sobre las penetraciones rivales y los lanzamientos de corta y media distancia, le impresionaron profundamente. El técnico era consciente de que su relación con el gigante no se extendería más allá de dos meses. Pensó por ello que podía favorecer a alguno de sus amigos en la NBA. Y especialmente a uno, Don Nelson, con quien guardaba una honesta relación de sus dos años compartiendo vestuario en los Celtics, el último de los cuales terminó en el anillo de 1976. Stacom incluso le podía deber un favor de cuando fichó como agente libre en los Bucks del 82 que dirigía Nelson, última estación en la carrera del entonces entrenador de los Gulls. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Don Nelson seguía siendo la mano rectora de Milwaukee y Stacom pensó que un jugador como Manute podía despertar su interés de cara al draft. Nelson acudió a ver al sudanés y, a pesar de sus todavía evidentes defectos, creyó estar contemplando al mejor taponador de la historia, incluso <strong><em>"mejor que Bill Russell"</em></strong>, con quien Nelson había compartido años de carrera. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Entre otros <em>scouts</em> NBA el pequeño pabellón de Rogers contó también con la presencia de Dick Motta, técnico de Dallas Mavericks, y el ojeador jefe de la gran liga, Marty Blake. Motta contaba con tres elecciones en primera ronda. Acordaba con Nelson las incuestionables virtudes defensivas de Bol pero recelaba de aquella fisonomía tan monstruosa. Blake se mostró en cambio muy escéptico, contemplando a Manute menos como un jugador de baloncesto que como un fenómeno de feria. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Otro de los allí presentes era el director deportivo de Washington Bullets, Bob Ferry. Uno de sus hijos había jugado en Harvard junto al hijo de Bruce Webster. La noticia de la presencia de Bol en Bridgeport había llegado a oídos de Ferry semanas atrás sin que éste le diera excesiva importancia. Ahora que se acercaba el draft y Newport quedaba cerca llamó a Webster para consultar su opinión. <strong><em>"Vete a verlo, hazme caso. Es una máquina de taponar"</em></strong>. Ferry pudo contemplar así el estreno de Manute y sus 16 tapones. En el segundo partido colocaría 15. El mánager estaba perplejo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Hacía cinco años que Bob Ferry había fichado como entrenador jefe de los Bullets a Gene Shue. Enseguida Ferry solicitó su presencia en Newport para que pudiera ver al gigante. Shue no terminaba de estar convencido. No todo lo que Ferry parecía estar. El entrenador validaba los poderes defensivos de Bol, demasiado evidentes, pero tenía enormes sospechas de un cuerpo tan escuálido que apenas alcanzaba los 86 kilos. Si ese era el problema, alegaría su jefe, no había más que someter a Manute a un intensivo programa de incremento de peso. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Entretanto Don Nelson ya había declarado a la prensa su valoración del sudanés como el mejor taponador que había visto nunca. Los Bucks contaban con la elección número 22 en primera ronda y Nelson dudaba si emplearla en Bol. No hizo falta. Cuando la noche del draft Milwaukee dejó pasar su ocasión para hacerse con el alero de Lousiana State, Jerry Reynolds, Bob Ferry utilizó su primera elección de segunda ronda -número 31- en Manute Bol. </p><p align="justify">Y esta vez todo estaba en regla. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Si no ocurría nada extraño un miembro del remoto pueblo dinka terminaría ingresando en la mejor liga de baloncesto del mundo. Y felizmente nada sucedió. Nada salvo la suspensión de la USBL debido a la masiva pérdida de jugadores que escapaban a probar en los <em>rookie camp</em> de la NBA. En aquel corto periodo con los Gulls Manute había promediado la increíble cifra de 13 tapones por partido. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Enseguida los Bullets enviaron a Newport a Fred Carter, uno de sus técnicos asistentes, con el propósito de emprender un férreo trabajo técnico con el extranjero. También añadieron a un asistente personal, Chuck Douglas, un joven de 23 años recién licenciado en marketing que trataría de enseñar a Manute todos y cada uno de los quehaceres cotidianos en un ciudadano americano. Y mientras tanto firmaría los cheques y facturas por él. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">Si el propósito de Manute era ganar dinero por fin lo había conseguido. Firmaría tres años con los Bullets cobrando en el primero de ellos un total de 130 mil dólares a los que sumar otros 100 mil en conceptos publicitarios con firmas tales como Coca Cola, Nike o Kodak. </p><strong><p align="justify"> </p></strong><p align="justify">Tal y como Gene Shue deseaba Manute fue sometido a un programa de incremento muscular, tarea verdaderamente complicada para un metabolismo como el suyo. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Cuando el 9 de octubre de 1985 debutó por fin en un partido de exhibición contra los Celtics en el Centrum de Worcester Manute Bol había ganado unos nueve kilos de peso y era, por supuesto, la principal atracción del evento. Ante la curiosa mirada de todos los presentes Manute salió del banquillo a 2:54 del final del primer cuarto. Su par directo era Robert Parish pero su objetivo todos y cada uno de los rivales que se acercaran a uno o dos metros de su rango defensivo. En los 26 minutos que estuvo en pista el gigante negro endosó nueve tapones, incluyendo uno a Bill Walton, sorprendido por la distancia y altura a que era capaz de interceptar los tiros; y otro a Kevin McHale, que al término reconocía haber sufrido por primera vez en su vida un tapón en uno de sus ganchos salidos de finta y <em>fade away</em>. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Manute parecía condenado a ser el centro de atención. No sólo fue el principal objeto de curiosidad para el público. También para los jugadores. Los miembros de la plantilla de Boston, la mayoría de los cuales descubrieron a Manute por primera vez, propusieron una apuesta entre ellos. Con 50 dólares por cabeza, 600 en total, ganaría aquel jugador que consiguiera realizar un mate sobre el gigante. Indudablemente midieron mal el cometido del desafío y el montante quedó sin ganador. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Ya entonces la prensa apuntaba a los Bullets como una especie de circo ambulante, circunstancia que al cabo de un año se vería agravada con la adquisición vía draft de Tyrone Bogues, el jugador más bajo (1.59) en la historia de la NBA.</p><p align="justify"> </p><p align="justify">El inicio de carrera de Bol estuvo incluso por encima de las expectativas. El 25 de octubre los Bullets se estrenaban en Atlanta. Manute firmó la insólita cifra de 15 tapones, la segunda mejor marca de la historia. Al siguiente encuentro, esta vez en Cleveland, el gigante se fue hasta los 12 en una sola mitad. Algo intermitente en el minutaje Shue le fue permitiendo una mayor presencia con el paso del tiempo hasta que el pívot titular, Jeff Ruland, sufrió una lesión en la segunda semana de diciembre que le apartaría del equipo y, en consecuencia, concedería la titularidad al africano. Manute debutó como titular el 11 de diciembre en casa ante Milwaukee firmando un partido formidable. Gene Shue le dejaría en pista un total de 48 minutos. Los Bullets lograrían la victoria en la prórroga (110-108) y Manute se fue hasta los 18 puntos, 9 rebotes y 12 tapones, 11 de ellos en una mitad y 8 en un cuarto. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Al término del curso el sudanés había cumplido sobradamente como novato además de incluir su nombre en los registros históricos de estadísticas. Ningún recién llegado había acumulado nunca mayor número de tapones que él (387) ni un promedio mayor por partido (4.97). </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Aunque en realidad su edad exacta siempre fue un misterio su pasaporte establecía como fecha de nacimiento el 16 de octubre de 1962. Había llegado, pues, la NBA con 23 años recién cumplidos. A pesar de que su carrera allí se prolongaría hasta 1995 fueron sus ocho primeras temporadas las que permiten hablar de una relativa solidez. Se dará además la curiosa circunstancia de que a su salida de Washington en 1988 le sucederán dos equipos, Golden State y Philadelphia, dirigidos por dos de los primeros testigos de su llegada a Estados Unidos, Don Nelson y Jim Lynam. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">En líneas generales el perfil técnico de Manute Bol fue siempre el mismo. Tal vez el que cabía esperar para un jugador de muy básica formación sin más talentos que desarrollar que la molestia específica al último tramo del ataque rival. Pero en conjunto todo él era su fisonomía. Una estatura gigantesca en un cuerpo terriblemente escuálido, un tozudo factor de su metabolismo contra el que nunca programa alguno pudo hacer gran cosa. Como la mayoría de los gigantes parecía inhabilitado para el salto vertical. Pero tanto la insólita longitud de sus brazos -tal vez la mayor en la historia del deporte- como un correcto desplazamiento de cobertura interior le conferían un diseño perfecto para un aspecto del juego tan concreto como el tapón. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Debido a su extremada delgadez nunca un cuerpo ni unas extremidades alcanzaron una extensión semejante a la suya, lo que concedía a su apariencia la hiperbólica figura de un dibujo de cómic. Sugerir que Manute Bol contaba con la fisonomía más singular en la historia del baloncesto no es estar del todo equivocado. Como tampoco lo es concederle el trono histórico en la especialidad de interceptar lanzamientos, lo que trascendería en justicia el simple calificativo de <em>freak</em>. Bol se cuenta entre los poquísimos jugadores que alguna vez alcanzaron a taponar el <em>sky hook</em> de Abdul Jabbar. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Todos estos y otros innumerables detalles provienen en su mayoría de la honesta biografía sobre Bol -<em>The Center Of Two Worlds</em>- a cargo de Leigh Montville, una obra inacabada por el inmenso volumen de avatares y dramas vividos por su protagonista años después de su publicación. Dramas resumidos en la ruina económica a la que Manute se vio abocado por no gestionar correctamente sus ganancias, buena parte de las cuales fueron destinadas a la reconstrucción de su aldea natal, Turalei, arrasada por la guerra, la edificación de un hospital y la inversión en programas contra el hambre. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">Toda obra que pretenda cubrir el fenómeno de la extranjería en el baloncesto profesional americano y toda antología que registre a los pioneros de la globalización de su yacimiento humano no puede omitir el caso con seguridad más extravagante de todos. Si como apunta cierto sector de la docencia literaria todas las novelas aparecen delineadas dentro del <em>Quijote</em> asimismo toda la casuística de inmigración deportiva en los Estados Unidos está recogida de uno u otro modo en el caso Manute Bol, el ejemplo más representativo del difícil encuentro de dos culturas antagónicas tomando como eje el modelo de desarrollo humano. Las diferencias abiertas entre un ciudadano americano y un miembro de una tribu indígena de las más remotas áreas del África negra en el último tercio del siglo XX resultan tan manifiestas que la misma imaginación tiende a desbordarse en infinidad de minúsculos detalles. Detalles que incluso expuestos de manera prolija en la obra de Montville quedan masivamente ocultos en la más absoluta oscuridad. Detalles que en su mayoría penetran en un terreno más propio del género legendario. Leyendas para las que únicamente el protagonista de aquella aventura tenía respuesta. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">No sólo la partida de nacimiento de Bol era un misterio. También el lugar exacto. Tantas fuentes atribuyen su venida al mundo en Turalei como en la localidad de Qaqriyal, en el estado sureño de Warab. Una y otra no omiten la insólita condición de su biografía por lo que Occidente entiende como mundo salvaje. Las raíces del muchacho indígena que aterriza en los Estados Unidos pertenecen intrínsecamente a la categoría del mito literario, tan instalado en la filosofía occidental, del <em>buen salvaje</em>, condición que la cultura europea había recogido en obras tales como <em><strong>Jungle&#39;s Book</strong></em> (1894) o <em><strong>Tarzan</strong></em> (1914), y el ideario deportivo trascendió posteriormente a la imaginería de subproductos cinematográficos como <em><strong>The World&#39;s Greatest Athlete</strong></em> (1973) o <em><strong>The Air Up There</strong></em> (1994). Como señalaba el subtítulo de esta última cinta: <strong><em>"Jimmy Dolan is bringing home a little something from Africa"</em></strong>, concediendo al continente negro y su remoto universo de mundos perdidos todo el imaginario concebible para alumbrar oscuros rituales de superstición, salvajes episodios con fieras y multitud de fascinantes historias tan del gusto de la literatura o el cine. </p><p align="justify"> </p><p align="justify">La más célebre de esas historias acompañó a Manute en innumerables referencias durante toda su carrera. Un episodio que él mismo se encargó de repetir hasta la saciedad seguramente consciente del éxito que despertaba. Según esta narración Manute contaba con 15 años cuando en una de sus partidas a campo abierto con el ganado una de sus vacas fue devorada por un león. El incidente atemorizó al muchacho, que en los días siguientes portaría consigo una lanza por si fuera preciso el combate. Una mañana encontró muy cerca de donde se encontraba al león yaciendo dormido bajo unos arbustos. El joven dinka se acercó sigiloso a la bestia y con todas sus fuerzas arrojó la lanza contra el cuerpo el animal acabando con su vida. Al menos Manute reconocía que de no haber estado dormida la fiera con seguridad el desenlace podría haber sido bien distinto. Esta historia terminó por convertirse en el arquetipo que mejor parecía representar la leyenda en mayúsculas de Manute Bol y su origen morbosamente salvaje. Que un indígena de sus características terminara ingresando en la NBA era uno de los pasos más relevantes en la historia de la integración extranjera. De cualquier naturaleza.</p><p align="justify"> </p><p>De hecho tan sólo un alienígena podría superar su caso. </p><p> </p><p>Descanse en paz. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 472px; height: 750px" src="http://i.cdn.turner.com/si/multimedia/photo_gallery/1005/manute.bol.photos/images/MANUTES_.jpg" alt="" width="472" height="750" align="absMiddle" /></p> Sab, 19 Jun 2010 22:00:59 +0200 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-gigante-del-mundo-perdido http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-gigante-del-mundo-perdido El oscuro reverso del orgullo Se conoce como <em><strong>Celtic Pride</strong></em> a toda una compacta simbología fraguada durante décadas de la que es arquetipo el equipo más laureado en la historia de la NBA. No tiene origen ni final. Tampoco sustancia concreta. No es más que el resultado de lo que un imperio forjado en lo más alto ha instalado en su imaginario público como dogma sagrado. De manera que el orgullo, sentimiento en los buenos tiempos, mera idea en los malos, sea causa común entre el símbolo y lo simbolizado. Entre la bandera y su gente. <p> </p><p>Allá donde suelen flaquear los iconos -principios que han perdido validez- es precisamente donde la idea del <em>Celtic Pride</em> adquiere su mayor fuerza. Una retrospectiva que abarcara el asunto desde los años cincuenta daría con que el volumen de capítulos arropados de esa orgullosa actitud es tal que la tarea de recogerlos por escrito alumbraría una Enciclopedia a rivalizar en extensión con la Historia misma de la NBA. </p><p> </p><p>Por eso, para dar prueba de ello, para verificar esa seductora teoría de que los Celtics ganasen de un modo diferente al resto y acudiera siempre la misma explicación, es necesario elegir. </p><p> </p><p>Exceptuando la figura del padre y señor Red Auerbach no hay icono más genuino y veraz de esa silenciosa arrogancia que da nombre a toda una cultura como Larry Bird. </p><p> </p><p>Se podría tomar como muestra cualquier punto de su brillante carrera. Cualquier semana, cualquier día o cualquier partido. Porque antes que nada era esa actitud lo que definía al personaje, al equipo y al emblema. Él era esa cosa llamada <em>Boston Celtics</em> y por extensión el símbolo más carnal del llamado <em>Celtic Pride</em>. </p><p> </p><p>Nos situamos entonces en el centro mismo de la década de los ochenta. Y más concretamente en las dos primeras semanas del mes de marzo de 1985, cuando Larry Bird era sin ningún género de dudas el mejor jugador de baloncesto del mundo. </p><p> </p><p>Boston era el vigente campeón. Bird el vigente MVP. Y en aquel preciso entonces los Celtics ocupaban la primera posición de la liga con un margen de entre seis y ocho victorias sobre Los Angeles Lakers. </p><p> </p><p>El equipo atravesaba además un momento muy dulce. Casi de relajación sin sufrir por ello perjuicio alguno. Bien al contrario era tal la superioridad exhibida que se daban todas las circunstancias para que el orgullo, antes que sobre los rivales, prendiera entre los integrantes de la plantilla. Como si para obtener satisfacción el mundo exterior fuera insuficiente y hubiese en cambio que encontrarla dentro de la manada. </p><p> </p><p>En aquel entonces la relación más difícil en el quinteto elegido por K.C. Jones vinculaba a Larry Bird y Kevin McHale. Bird era muy exigente con los suyos. Sólo que su nivel de exigencia no conocía límites. Ni paz. Ni cortesías. Es más, la noción de crueldad quedaba fuera de su órbita mental. </p><p> </p><p>La lesión en febrero de Cedric Maxwell había elevado a McHale a la titularidad. El alero estaba empleando sus minutos de manera inmejorable. Con él en primera línea el equipo estaba jugando mejor que nunca. Y su baloncesto estaba explotando a niveles que le situaban por calidad tan sólo por detrás del propio Bird. </p><p> </p><p>No había para éste nada más gratificante que uno de sus compañeros alcanzara ese nivel de juego. Pero por su conducta daba la impresión de todo lo contrario. A ojos de Bird el premio nunca debía darse. Y tan sólo para que McHale no bajara los brazos, le ató más en corto que a nadie. Inició con él una particular batalla mental que consistía en ponerle a prueba minando su seguridad. Si eso suponía que McHale estallase de furia, Bird estaría feliz. Porque identificaba furia y rendimiento. Y con nadie como con Kevin quiso demostrar la veracidad de la fórmula. Sólo que a su manera.</p><p> </p><p>Al extremo de que en pista no se dirigía a él para comunicarle algo. Empleaba con ese fin a un portavoz común, Danny Ainge. </p><p> </p><p>- <strong><em>Danny, dile a Kevin que suba a bloquear a Dennis, y que después corte a canasta. Ya está bien de esperar ahí abajo. </em></strong></p><p>Y Ainge cumplía el recado.</p><p>- <strong><em>Kevin, que dice Larry que...</em></strong></p><p>- <strong><em>¿Ah, sí? Pues dile que se pasee un poco por línea de fondo y así yo puedo hacer alguna pantalla a mitad de zona. </em></strong></p><p>- <strong><em>Larry, que dice Kevin que...</em></strong></p><p> </p><p>En ocasiones esto se repetía hasta el absurdo. </p><p> </p><p>Curiosamente Larry no tenía ningún reparo en recriminar a gritos cualquier cosa a sus compañeros. Lo hacía con todos. Pero con McHale la estrategia era otra. Empleaba armas mucho más finas, de tono más perverso y hasta femenino. Como el miembro de una pareja que buscara el estímulo por medio de pequeños desprecios. </p><p> </p><p>En el fondo todo se debía a la convicción de Bird sobre el increíble potencial de McHale. Con la sutil diferencia de que mientras en Dennis Johnson veía una espléndida realidad en McHale no toda. Y no soportaba que ninguno de los suyos dejara en el vestuario el instinto asesino que, a su juicio, era innegociable a la misma condición de profesional. <strong><em>"Si lo tuvieses</em></strong> -le había reprochado- <strong><em>estarías luchando por el MVP"</em></strong>. </p><p> </p><p>Aquella relación de cierto sadismo paternal alcanzó su máxima expresión la noche que Kevin McHale conquistó inesperadamente su cima, ese espacio tan sólo al alcance, efectivamente, de los llamados MVP&#39;s. </p><p> </p><p>El 3 de marzo los Celtics recibían a los Pistons y desde el salto inicial McHale demostró tener algo en las manos contra lo que nada se podía hacer. Detroit puso a Laimbeer sobre Parish quedando McHale con Kent Benson. En tres minutos el destrozo causado fue tan formidable que Daly arrancó del fondo del banquillo a Major Jones como sicario. Fue inútil. El recurso dio con 22 puntos del ala-pívot en el primer cuarto, 31 al descanso. En la segunda parte no sólo la fiesta no remitió sino que McHale, como reconocería después, sintió que sus repentinos poderes <strong><em>"estaban durando más de lo normal"</em></strong>. Bird ordenó entonces a los suyos cebar de balones a McHale para que éste rompiera todas las marcas. El mensaje, nada subliminal, era despertarle de una maldita vez la bestia que llevaba dentro. </p><p> </p><p>Cuando finalmente McHale, algo exhausto, pidió el cambio en el último cuarto, acumulaba un total de 56 puntos en una prodigiosa serie de 22 de 28. Por sólo pedir el cambio Bird, que había firmado un triple doble, se molestó. Era la prueba que confirmaba su malestar. </p><p> </p><p>McHale acababa de pasar a la historia. Ningún otro jugador de Boston había alcanzado jamás esa cifra. </p><p> </p><p>Ya en el vestuario se sucedieron los abrazos y felicitaciones. De todos los compañeros salvo uno, que transcurrido el revuelo se acercó hasta él en el gélido tono habitual. <strong><em>"Tenías que haber seguido ahí adentro. Tenías que haber ido a por los 60. Que sepas</em></strong> -amenazó- <strong><em>que te va a durar muy poquito esa marca"</em></strong>. </p><p> </p><p>Cuando Bird recibió el cortejo de los micrófonos confirmó parte de lo que pensaba: <strong><em>"No se va a ver en otra como ésta"</em></strong>. Hubo risas. Y sin embargo Bird no bromeaba. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 507px; height: 391px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/DarkBird.jpg" alt="" width="507" height="391" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Boston jugaba en el Madison dos días después. McHale, algo herido en su orgullo -aquello que Bird estaba buscando-, dio una nueva exhibición al poste bajo acertando 9 de sus 10 lanzamientos a canasta en la primera mitad. Los Celtics ganarían otra vez. Y McHale se iría hasta los 42 puntos en otra formidable serie, esta vez de 15 de 21. Bird se iría nuevamente al triple doble. </p><p> </p><p>En algún rincón de su ártico cerebro la noción de amenaza actuaba con la misma firmeza de una apuesta. Ambas pertenecían al valor de su palabra. Pero el momento de materializar sus advertencias, tan sólo al misterio de sí mismo. </p><p> </p><p>Una semana después los Celtics viajaban al pabellón universitario de New Orleans como visitantes de los prometedores Hawks. Se presentaban allí con un espléndido 50-14. Y sabiendo que jugarían ante la menor cantidad de público de toda la temporada, Bird relegó la importancia de aquel partido.</p><p> </p><p>En la víspera se había pegado un fuerte madrugón por el capricho de echar una de esas carreras matinales de cinco millas que solía junto a Scott Wedman o Quinn Buckner. Pero Bird no corría esos tramos junto a ellos. Lo hacía siempre contra el que saliera con él. Y así con el tiempo casi todos renunciaban a la paliza. </p><p> </p><p>No era la mejor idea. Porque hacía meses que Larry no corría sobre asfalto. Así aquel repentino esfuerzo le pasó factura. A la mañana siguiente, día del partido, sus piernas y tobillos parecían pesar diez veces más de lo normal. Las agujetas eran bastante serias. Y Bird no sólo estuvo cojeando durante la sesión de tiro matinal, sino que sugirió a K.C. Jones no jugar ese partido. <strong><em>"No estoy seguro de que pueda saltar esta noche"</em></strong>. El técnico, el hombre más tranquilo del mundo, le hizo ver que sus excesos conllevaban una responsabilidad que no podía pagar el equipo. <strong><em>"Vas a jugar"</em></strong>. </p><p> </p><p>Como para tomarse a solas el pulso Bird se presentó media hora antes y empezó a calentar con una suave carrera. Se sintió algo mejor. Pero había algo en sus tendones que no terminaba de soltarse. </p><p> </p><p>Tras el salto inicial la estrella de Boston se sintió verdaderamente mal. <strong><em>"Las piernas me estaban matando"</em></strong>. Pero no las manos. <strong><em>"Y por alguna extraña razón me empezaron a entrar los tiros"</em></strong>. Con una insólita facilidad. </p><p> </p><p>A partir de algún momento Bird dejó de sentir el cuerpo y se hizo él mismo canasta en una de las migraciones ofensivas más asombrosas nunca vistas. Era su noche. Y en la segunda mitad firmaría la mayor exhibición de tiro de toda su vida yéndose a los 37 puntos y anotando los últimos 18 de su equipo. Se fue a un total de 22 de 36. Y el equipo entero había conspirado para ello, no sólo surtiéndole sistemáticamente de balones sino incluso cometiendo faltas rápidas para recuperar la posesión. </p><p> </p><p>Los poco más de 10 mil espectadores presentes asistieron a un hito histórico y hasta lamentaron que sonara la bocina. No fueron tanto los 60 puntos de Bird como la obscena forma de producirse, que acabó con jugadores de Atlanta celebrando aquel milagro en su propio banquillo. </p><p> </p><p>Los parabienes y abrazos arrancaron en la pista y no cesaron hasta bien entrado el equipo en vestuarios. Bird recibía esos júbilos con aquella mueca suya de póker tan habitual que le impedía cerrar la boca. Tampoco la cerró mucho ante la prensa con Kevin allí delante vistiéndose: <strong><em>"Todo ha sido culpa suya"</em></strong>. </p><p> </p><p>Bird aprovecharía su momento poco después para dirigirse a McHale. Aunque el orgullo no le cupiera dentro el tono que empleaba con él era siempre el mismo. </p><p> </p><p><strong><em>- ¿Ves? Te dije que fueras a por los 60.</em></strong></p><p><strong><em>- Francamente, me importa un bledo.</em></strong></p><p><strong><em>- Ya te importará algún día. </em></strong></p><p> </p><p>McHale era muy distinto. No sabía de ningún orgullo que excediera lo normal. Incluso jugando el mejor baloncesto de su vida había advertido: <strong><em>"Cuando regrese Maxwell todo volverá a la normalidad"</em></strong>. Eso significaba volver a calentar mucho más banquillo y acomodarse en sus anteriores cifras. Lo que McHale no sabía es que nada de eso ocurriría jamás. </p><p> </p><p>Los Celtics iban muy sobrados entonces. Se podían permitir esas rencillas de alcoba que tanto divertían a Bird. Encadenaron diez victorias consecutivas y un final de Regular casi bucólico. Con 63 victorias conquistaron la primera posición de la liga. </p><p> </p><p>Bird ratificaría poco después su condición de mejor jugador del mundo por segunda vez, haciéndolo además de manera abrumadora. En las votaciones ocupó 73 primeros puestos de 78 posibles. Se convertía así en el primer jugador de la historia en repetir MVP sin ser pívot. </p><p> </p><p>Pero en aquella estrecha hoguera de vanidades, tolerable para el equilibrio del vestuario, asomaría inesperadamente la cabeza de Cedric Maxwell. El alero las había tenido tiesas con la directiva para renovar a principios de temporada. Los Celtics terminaron aceptándolo todo, a pesar de que ello suponía renunciar a dos elecciones de <em>draft</em>. Pero el estado de forma en que Maxwell reapareció rozaba lo patético. En febrero una lesión le apartó del equipo y al volver era una sombra. Había pasado demasiado tiempo. Y parte del vestuario le había dado la espalda en favor del McHale jugador y persona. </p><p> </p><p>La actitud de Maxwell ayudaba menos aún. Todo se podía resumir en frases como ésta: <strong><em>"Bueno, panolis, yo ya me hecho con la pasta. Esto se acabó. Ahora que cada uno se preocupe de lo suyo"</em></strong>. Maxwell había sido una vaca sagrada de aquel vestuario. Era de hecho el simpático compañero bocazas. <strong><em>"Pero aquello dejó de tener gracia"</em></strong>, recordaba Ainge. </p><p> </p><p>Era como si de repente hubiese perdido toda su gracia natural. Sólo habían pasado unos meses. Y sin embargo daba la impresión de que aquel tipo saliera del pasado, como un cadáver. Bird no aguantó ni una de sus tonterías y le retiró la palabra. En su lugar emergieron las miradas asesinas. Durante un entrenamiento con el equipo ya metido en faena ante los Cavs, Maxwell seguía a lo suyo:</p><p> </p><p>- <strong><em>Alguien saltó sobre mi rodilla y me dejó seis semanas fuera de juego.</em></strong></p><p>Bird no esperó ni un segundo.</p><p>- <strong><em>Pues trae aquí a ese hijo de puta y te lo partiré en dos. </em></strong></p><p>No habría más recordatorios. Aquel sería el último. </p><p> </p><p>Maxwell llevaría tan lejos su actitud que Auerbach pasó a considerarle un traidor. No se lo perdonaría nunca. El viejo tardó muy poco en colocarle en los Clippers en el traspaso que daría con Bill Walton en Boston. Desde entonces Maxwell sigue convencido de que Bird rajaba a diario de él para pervertir su imagen ante el directivo, que incluso acudió a su editor para eliminar algunos párrafos de su biografía que hablaban de Maxwell en términos elogiosos. </p><p> </p><p>El grupo seguía a ciegas a Bird porque comprendían su liderazgo. Sus exigencias, aun las peores -que todos debían soportar el dolor como él- eran legítimas. Más allá gravitaba una arrogancia natural a menudo insoportable. Pero incluso a ella se habían habituado y compartían con él la idea de que mal corral sería el que encerrara a dos gallos. </p><p> </p><p>Los Celtics cerraron filas y despacharon en primera ronda a los Cavaliers en cuatro partidos. Acto seguido a los Pistons en seis. En las Finales del Este aguardaban una vez más los Sixers, repuestos de su debacle el año anterior. </p><p> </p><p>Boston ganó cómodamente sus dos primeros partidos en casa. El primero en domingo, el segundo el martes. No tendrían otro hasta el sábado. Así que con buen criterio K.C. Jones eligió el jueves para dar un día libre al equipo. </p><p> </p><p>Un precioso día de mayo que contaba con todos los alicientes para discurrir de forma tranquila. Sin embargo aquella noche de jueves no terminaría muy bien para algún miembro de la plantilla. </p><p> </p><p>Quinn Buckner, Larry Bird y su amigo Nick Harris decidieron pasar la tarde juntos. Entre cerveza y cerveza la noche se echó encima y animados por la ocasión dieron con sus pasos en <em>Chelsea&#39;s</em>, un garito de copas próximo al Quincy Market. </p><p> </p><p>Todo transcurría con normalidad hasta que el alcohol invitaba a abrir un poco las relaciones. Cerca del grupo una mujer bastante atractiva despertó los instintos de Harris, que seducido por su presencia entendió que podía haber motivos para propasarse. Harris no dio mayor importancia a la compañía de la mujer, un hombre fornido que casualmente servía copas en <em>Little Rascals</em>, otro tugurio cercano. Al poco aquel encuentro mal avenido se enmarañó lo suficiente como para que de repente el ambiente del bar se viera vulnerado por el inconfundible crujido de un puñetazo. Harris cayó al suelo noqueado. Bird no lo dudó un instante. Se enfrascó con el agresor de su amigo en una pelea que terminó con ambos en la calle, como en una escena de cine negro y asfalto sucio, al fondo de un callejón sin salida. Allí fue donde Bird remató definitivamente al sujeto, de nombre Mike Harlow. </p><p> </p><p>Bird y los suyos se largaron de allí. Harlow en cambio terminó en el <em>Massachusets General Hospital</em>. </p><p> </p><p>Ya en casa el jugador sintió que a medida que pasaban las horas conspiraba contra el sueño un dolor sordo que al cabo era insoportable. El índice de su mano derecha estaba completamente deformado. </p><p> </p><p>Aquella misma noche la víctima acabó interponiendo una denuncia. </p><p> </p><p>El equipo tomaría rumbo a Philadelphia. Bird cubría su mano con disimulo. Su silencio encerraba también el deseo de que lo ocurrido no trascendiera. Algo verdaderamente difícil en una pequeña ciudad como Boston. Y cualquier mirada con Buckner incorporaba inevitablemente aquel molesto secreto. </p><p> </p><p>En realidad el problema podía ser incluso más serio y no se limitaba a aquella trifulca. El problema tenía nombre desde hacía tiempo: Nick Harris. Una de esas amistades capaz de poner de acuerdo a todo un entorno. Acuerdo sobre un rechazo absoluto. </p><p> </p><p>Harris era un vendedor de coches de segunda mano. Tenía 39 años. Arrastraba un historial de timador de poca monta. Salpicaban su pasado pequeños delitos como el tráfico de drogas, la falsificación de cuentakilómetros en los vehículos que mal vendía y varios fraudes documentales. </p><p> </p><p>La directiva de los Celtics no ignoraba aquel asunto. Y no bastaba con la preocupación. Se le había pedido personalmente a Bird que dejara de ver a aquel tipo o se metería en problemas. Una advertencia que el jugador se pasó por donde le salía la cerveza. </p><p> </p><p>La desesperación llegó a tal extremo que los Celtics llegaron a cumplir una de las demandas del director deportivo, Jan Volk. Reclamaron a la policía una estrecha vigilancia sobre Harris, con el fin de que la comisión de algún delito le pusiera fuera de la órbita Bird. Hasta su propio agente, Bob Woolf, suplicó a todas y cada una de las amistades del jugador que hicieran lo posible para alejarle de Harris. Pero nada había dado resultado.</p><p> </p><p>El domingo por la mañana, día de partido, el dedo de Bird no parecía el dedo de un hombre. Ni siquiera un dedo hinchado. Era, como llegaría a apuntar la prensa angelina, una <strong><em>"polish sausage"</em></strong>. </p><p> </p><p>La actuación de Bird en aquella cuarta velada sólo podría calificarse de patética. Un rebote en la primera parte, que terminó con 1 de 7 para un total de 4 de 15. No robó un solo balón cuando venía robando tres. Perdió ocho balones. Se manejó sistemáticamente con la mano izquierda y cada vez que bajaba a defender se pegaba su mano derecha al estómago para tratar de calmar el dolor. Y por supuesto, al término del partido, saldado con derrota, no soltaría ni prenda. <strong><em>"Las lesiones son parte del juego. Ningún problema. Sé convivir con el dolor"</em></strong>. Pero ni una palabra sobre el misterioso origen del monstruo.</p><p> </p><p>Saltaron algunas alarmas en el equipo, que cerró filas, puertas y ventanas en torno al asunto. Medida que no mejoraba el estado del dedo a la vista de todos. </p><p> </p><p>Y así el gimnasio del Hellenic College sería un hervidero al día siguiente. Allí había sesión matinal de entrenamiento. La prensa local al completo tenía puesta su mirada en la mano de Bird. Y a medida que sentía los ojos de todos donde menos deseaba comenzó a irritarse, sabiendo que tampoco procedía combatir nada de manera inconveniente. </p><p> </p><p>Pero cuando las insinuaciones y murmullos superaron lo soportable Bird no supo más que ejercer de sí mismo. Pasó a la acción desafiando a uno de los principales portavoces de la sospecha, Dan Shaughnessy, del <em>Boston Globe</em>. Lo que el jugador quería demostrar era que un dedo maltrecho no le suponía nada. Que él era muy superior a cada una de sus partes y sus poderes seguían intactos. Tal vez así lo dejaran en paz. </p><p> </p><p>El reto planteado lo decía todo.</p><p> </p><p>-<strong><em>Yo me vendo las dos manos y meto más tiros libres que tú.</em></strong> </p><p>El cronista abrió los ojos en señal de sorpresa y por si acaso repuso:</p><p>-<strong><em>¿Tú con las dos manos... vendadas?</em></strong></p><p>-<strong><em>Sí.</em></strong> </p><p> </p><p>El periodista aceptó. Y lo hizo casi como parte de su trabajo, una fantástica oportunidad de comprobar sus presunciones de manera directa. </p><p> </p><p>Al poco ya estaban liados. La prensa local y el resto de jugadores en torno como testigos. La trama consistía en diez rondas de diez tiros cada una. Empate a seis tras la primera. A partir de ahí un roto que dejaría temblando a uno de los dos. Bird anotaría 73 de los 90 siguientes. El plumilla no lo haría mal del todo. Con sus manos libres se fue hasta los 54. Pero acabó pagando allí mismo la bonita suma de 160 dólares. </p><p> </p><p>Cuando todos marcharon Bird se libró de los vendajes y, según aseguraba Rick Carlisle, encadenó una serie de 161 tiros libres sin fallo. Su dedo podía estar inflamado. Pero su orgullo lo estaba mil veces más. </p><p> </p><p>Con todo, los Celtics eran suficiente equipo como para cubrir alguna fisura y guiar el barco a buen puerto. En aquel quinto partido se desharían finalmente de los Sixers con un robo decisivo de Bird a falta de pocos segundos. La hinchazón había aflojado algo. El cuerpo médico hizo su trabajo. Pero aquel dedo seguía traicionando su habitual existencia. Bird cerró la noche con un triste 6 de 17. </p><p> </p><p>El paso a las Finales lo cubriría todo con miel. </p><p> </p><p>Eran pocos partidos. Pero algo estaba fallando. El mejor jugador del mundo empezaba a hundirse por debajo del 40 por ciento. Y lo que era más sorprendente. Había perdido ocho puntos y más de tres rebotes. Todo ello en el momento más importante del año y por el que tanto había luchado: la reválida. </p><p> </p><p>Ante el peor rival posible: <strong>Los Angeles Lakers</strong>. </p><p> </p><p>El primer partido de aquella serie, conocido para la eternidad como <em>Memorial Day Massacre</em>, sería un auténtico espejismo para los Celtics. Bird quedaría incluso algo marginado de aquella fiesta. Tal vez la condición pluscuamperfecta de sus compañeros aquella noche no precisara de sus mejores prestaciones. Pero acababa de encadenar, por primera vez en toda la temporada, tres partidos por debajo de los 20 puntos. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 617px; height: 372px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/OrgulloBird1.jpg" alt="" width="617" height="372" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Al término del tercero, saldado con la derrota que adelantaba a Los Angeles en la serie y trece tiros errados, Bird no ocultaba su malestar: <strong><em>"No puedo jugar peor que hoy. Tú</em></strong> -señalando al periodista autor de la pregunta- <strong><em>lo habrías hecho esta noche mejor que yo"</em></strong>.</p><p> </p><p>El cuarto choque, el que vio la segunda y última victoria verde gracias a la milagrosa canasta de Dennis Johnson, tuvo una resolución curiosa. Todo estaba dispuesto para el lanzamiento de Bird, exactamente a como había ocurrido el año pasado. Pero ante la ayuda Bird resolvió el pase <em>in extremis</em> para Johnson. Y la jugada salió perfecta. </p><p> </p><p>Una victoria aliviaba mucha incertidumbre. Pero sería la última. Los Lakers no dieron opción y se llevaron el anillo. </p><p> </p><p>Las Finales de 1985 han pasado a la Historia por muchos motivos. Pero todos ellos favorables a la órbita Lakers. Era la primera vez que los Celtics perdían en unas Finales. Lo harían ante el eterno rival, concediéndoles además la ansiada <em>vendetta</em> por el año anterior. A sus 38 años Kareem Abdul-Jabbar sería nombrado jugador más valioso de las series. Series que vieron imponerse además a Magic Johnson sobre esa icónica rivalidad que le enfrentaba directamente a Larry Bird. </p><p> </p><p>Las Finales de 1985 no vieron a la mejor versión de Larry Bird. No jugaría mal. Pero no lo hizo en ningún momento a su nivel. No al que su progresión presumía esperar. No al nivel exhibido antes de aquella fatídica noche secreta. </p><p> </p><p>A partir de ella Bird descendió a un total de 63 aciertos de 156 intentos. Es decir, se había instalado en el 40 por ciento de tiro cuando venía registrando un 52.2 y un 42.7 en tiros de tres puntos. Ambas cifras suponían el máximo en sus seis años de carrera. </p><p> </p><p>Dos días después de la debacle una rueda de prensa situaba a su codo, presumiblemente lesionado al término de la Regular, como el motivo del hundimiento. Incluso el cuerpo médico era incapaz de aclarar cuál era la lesión del codo. <strong><em>"No sabemos si es tendinitis o qué. Pero será sometido a pruebas y un conveniente descanso"</em></strong>. No habría ninguna intervención. Ni una mención al dedo. Un oportuno cortinazo a cualquier sospecha. </p><p> </p><p>No sería hasta finales de julio que el <em>Boston Globe</em> publicó el resultado de una investigación que contó con las declaraciones de Harlow y un testigo visual de la pelea, que Bird había negado con furia a una sola insinuación sobre ella el 30 de mayo, cuando los Lakers habían empatado la serie. </p><p> </p><p>Al día siguiente del explosivo artículo Larry Bird, por medio de su agente y para no complicar más las cosas, reconocía por primera vez su presencia en el bar aquella noche. Era imposible ya negarlo. Pero no se daban más detalles. Salvo la ofensiva contra los denunciantes. <strong><em>"Supongo que habrá un interés en esa gente que no sé qué es lo que está buscando"</em></strong>, advertía Woolf. </p><p> </p><p>Que el verano se echara encima y el tiempo pasara aprisa era precisamente lo que el jugador buscaba. Incluso el inicio de la nueva temporada valdría para echar una bonita cantidad de tierra a lo sucedido. </p><p> </p><p>No sería hasta la segunda semana de noviembre que ante las presiones que involucraban ya a un jugoso equipo de abogados, Bird reconoció por fin: <strong><em>"Todo fue por mi culpa. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado"</em></strong>.</p><p> </p><p>A finales de año todo quedaría resuelto. La otra parte renunció a la demanda judicial por una cantidad no publicitada que pudo oscilar entre los 16 mil y los 21 mil dólares. </p><p> </p><p>En adelante ninguna obsesión alcanzó en Bird la misma intensidad que el silencio de aquellos hechos. Para empezar se había cobrado el trabajo de Shaughnessy retirándole la palabra durante los siguientes siete meses. </p><p> </p><p>El periodista captó el mensaje. Había hecho su trabajo. Pero se cuidaría muy mucho de recordárselo a Bird alguna vez. Y así lo haría durante los siguientes veinte años. Hasta que en una conversación, uno de esos momentos casuales, tuvo el valor de rescatar aquella sórdida historia, sin darle mayor importancia, como quitando el hierro que el paso del tiempo debería haber oxidado ya. Habían pasado nada menos que veinte años. </p><p> </p><p>Y sin embargo fue mencionar el asunto y Bird puso fin a la conversación con un lapidario: <strong><em>"Golpeé a aquel tipo con mi mano izquierda"</em></strong>. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 655px; height: 443px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/MagicBirdTogetherAgain.jpg" alt="" width="655" height="443" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p align="center"><strong>..............................................................</strong></p><p> </p><p> </p><p>El lector que busque información sobre este incidente y sus consecuencias, y trate de hacerlo en completas obras biográficas como <em><strong>Drive</strong></em> (Bob Ryan, 1989), <em><strong>Bird Watching</strong></em> (Jackie MacMullan, 1999) o <em><strong>When The Game Was Ours</strong></em> (Jackie MacMullan, 2009), no la encontrará. </p><p> </p><p>Porque a expresa petición del jugador se trataba de una exigencia innegociable incluso para la realización de las obras. Una fulminante terreno prohibido. Una zona muerta. </p><p> </p><p>En ellas Bird habla abiertamente sobre el alcohol, el suicidio de su padre y multitud de claroscuros de su vida. Pero jamás sobre la pelea de <em>Chelsea&#39;s</em>. </p><p> </p><p>El oscuro reverso del orgullo sabe bien lo que ocurre. Bird no ha podido limpiar su profundo sentimiento de culpa por la derrota en las Finales de 1985. </p><p> </p><p>Es la insobornable fuerza de la ocultación la que legitima la sospecha en grado sumo. Como si el orgulloso tuviera dos formas de decir la verdad, una de las cuales es el silencio de por vida. </p> Jue, 03 Jun 2010 05:36:33 +0200 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-oscuro-reverso-del-orgullo http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-oscuro-reverso-del-orgullo Crítica de la Razón Táctica La de hoy es una entrada inusual. <p> </p><p>Entre los meses de febrero y marzo del año 2007 publiqué un trabajo fragmentado en diez partes bajo el pretencioso título de <em>Crítica de la Razón Táctica</em>. En aquel entonces la versión española de Eurosport estaba asociada a las ediciones digitales del Grupo Voz, de manera que las secciones deportivas de diversos diarios locales recogieron la publicación de la obra. </p><p> </p><p>Al poco Eurosport España firmaría con Yahoo un contrato de colaboración por cinco años que implicaba el nacimiento de un nuevo proyecto. Pero al mismo tiempo suponía la irreparable pérdida de todos los contenidos publicados hasta la fecha con alojamiento procedente del anterior servidor. De manera que aquel trabajo se perdió para siempre. </p><p> </p><p>Recientemente y gracias a la curiosidad de algún usuario descubrí con sorpresa que la <em>Crítica</em> había sido salvada por la versión central de la multinacional francesa, conservándose en un servidor matriz. Cuando me había resignado a creer que aquella tesis formaría únicamente parte del archivo personal de algún sesudo aficionado, casi como material de culto, comprobé que seguía existiendo. Aunque de manera un tanto encubierta. </p><p> </p><p>Por todo ello lo que propongo hoy aquí es su rescate. Y un esclarecimiento de su razón de ser.</p><p> </p><p>El origen y motivación de aquel ejercicio respondían a un fenómeno masivo que se estaba viviendo con especial intensidad en aquellos días y que resumo muy gráficamente en dos líneas de la primera entrega: <strong><em>"Padecen nuestro lugar y época una morbosa inclinación a estimar poco menos que nocivo el Baloncesto NBA y, muy al contrario, de una calidad incontestable el Baloncesto que se viene practicando en Europa"</em></strong>. </p><p> </p><p>El material que prácticamente a diario volcaban los medios de toda índole en ese sentido me condujo a reaccionar, debo reconocer, con la misma virulencia que ellos. Pero a diferencia, mediante la exposición razonada de un contenido plausible, que escapara al simple izado de carteles. </p><p> </p><p>El problema principal es que el debate no lo era. No había ningún planteamiento teórico que promoviese posiciones abiertas o desenlaces distintos. La propuesta residía en la no aceptación de ningún escenario mental que apreciase simultáneamente el baloncesto internacional y el baloncesto NBA. Se renunciaba incluso a la idea de diversidad. Lo que se pretendía era instalar en el imaginario público la idea de que no era posible la igualdad o la coexistencia. Sino la superioridad incontestable del baloncesto europeo y su mundo sobre cualquier manifestación procedente del universo americano, contra el que se había abierto una ofensiva sin límite.</p><p> </p><p>A ese desenlace no se llegaba por la vía de la argumentación. Las suposiciones no se sustentaban en el desarrollo de alguna construcción teórica, de algún trabajo que arropase de veracidad las convicciones y la sospechosa fortaleza con que eran expuestas. Al no encontrar obra o estudio a los que aferrarme, de ninguna procedencia además, consideré que estábamos ante una clara demostración de lo que la psicología ha estudiado como <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Prejuicio_cognitivo" target="_blank" title="prejuicio cognitivo">prejuicio cognitivo</a> y sus múltiples mecanismos de actuación. Desde la generalización por muestra sesgada al llamado <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Efecto_Bandwagon" target="_blank" title="Efecto Bandwagon">Efecto Bandwagon</a>. </p><p> </p><p>En Europa, y muy especialmente en mi pequeño país, esta creencia comenzaba a extenderse sin encontrar ninguna resistencia campando a sus anchas en un escenario que terminaría por conquistar a todas las esferas del baloncesto, desde el técnico más reputado al más humilde aficionado. </p><p> </p><p>Al no hallar ninguna base o autor que apoyaran razonablemente alguna de aquellas convicciones resolví que a un extremo, por simple compensación, se le opusiera otro. Pero con una sutil diferencia: la aportación de bases que sustentaran no sólo los argumentos sino también sus conclusiones. </p><p> </p><p>Por ello debo avisar al lector que la <em>Crítica de la Razón Táctica</em> tiene en su estilo mismo una intención clara. Ya su titular no es más que un juego de palabras tributo a Kant porque la pretendida atalaya desde la que se volcaban esos supuestos precisaba de otra situada a su misma altura. </p><p> </p><p>Y por ello la serie al completo resulta incómoda. Está escrita con un estilo directo. Pero intencionadamente elevado, a menudo hasta lo ampuloso, como reflejo de la arrogancia que encerraban esos supuestos teóricos que la serie venía a cuestionar. Así el trabajo no ofrece concesiones. Gira en torno a círculos cerrados que oponen a cada supuesto otro de naturaleza asimétrica. Pero en su descargo el material de que se valía estaba promovido por el rigor y la veracidad de la documentación expuesta. </p><p> </p><p>El objetivo último de la <em>Crítica</em> no era tanto denunciar el vacío de aquellas posturas como remover la conciencia del aficionado europeo, que no veía nada malo en su baloncesto, y que contrariamente a la naturaleza inteligente y rebelde de nuestro juego, estaba padeciendo sin darse cuenta un peligroso aburguesamiento dispuesto a digerir como bueno cualquier cosa. </p><p> </p><p>En definitiva se presenta aquí un breve ensayo de baloncesto. </p><p> </p><p>Que curiosamente no ha perdido actualidad. Y no lo hará mientras haya gente dispuesta a creer que el baloncesto está condenado a recorrer un solo camino, mejor cuanto más cercano a su vista. </p><p> </p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critique-of-tactic-reason_sto1088652/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo I">Capítulo I</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/contra-la-razon-tactica-ii_sto1092289/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo II">Capítulo II</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critica-de-la-r.-t.-(iii)_sto1095625/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo III">Capítulo III</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critica-de-la-r.-t.-(iv)_sto1100877/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo IV">Capítulo IV</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critica-de-la-r.t.-(v)_sto1108617/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo V">Capítulo V</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critica-de-la-r.t.-(vi)_sto1115298/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo VI">Capítulo VI</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critica-de-la-r.t.-(vii)_sto1121767/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo VII">Capítulo VII</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critica-de-la-r.t.-(viii)_sto1124893/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo VIII">Capítulo VIII</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critica-de-la-r.t.-(ix)_sto1129169/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo IX">Capítulo IX</a></p><p> </p><p><a href="http://www.eurosport.fr/basketball/critica-de-la-r.t.-(x)_sto1132586/story.shtml" target="_blank" title="Capítulo X">Capítulo X</a></p> Mar, 18 May 2010 20:35:17 +0200 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/critica-de-la-razon-tactica http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/critica-de-la-razon-tactica El ocaso de la violencia No hubo escenas de sangre. Exceptuando la tímida bronca en el estreno de Boston y alguna caricia entre San Antonio y Dallas, la película no ha pasado este año del suspense al terror. Eso que Belbow resumía en el Globe de manera sencilla: <strong><em>"The intensity of the playoffs only amplifies the tension"</em></strong>. <p> </p><p>Una tensión que en ninguna edición remite y que ve endurecer el baloncesto y aumentar la proporción de faltas flagrantes por estas fechas. Pero una tensión cuyas consecuencias tienden inevitablemente a ser moderadas con el paso del tiempo. Basta un poco de retrospectiva para comprobar que la violencia, en sus formas más extremas, ha sufrido un serio revés después de muchos años en que su combate no era suficiente. </p><p> </p><p>De algún modo se ha conseguido que la violencia escandalice. Con efectos sin precedentes. </p><p> </p><p>Y donde antes el violento podía incluso proseguir en pista sería hoy conducido al estrado como un condenado más. Culpable. Sin paliativos. </p><p> </p><p>Y valdría preguntarse cómo ha sido todo esto posible. Cómo la intervención cada vez mayor de lo físico en el juego no ha visto un paralelo desarrollo de la violencia, o al menos, de los riesgos que harían estallar la mecha con mayor facilidad. Sobre todo cuando trasladando la ecuación a la vida humana sabemos que una sociedad armada hasta los dientes encierra un potencial de asesinatos mucho mayor.</p><p> </p><p>Es interesante asomarse a lo ocurrido. </p><p> </p><p>La historia de la NBA es también la historia de una sucesiva y metódica represión de la violencia. No tanto de las pulsiones violentas como de su liberación. </p><p> </p><p>Tomamos aquí la idea de violencia en el más amplio sentido. O dicho de otro modo, como <em>todo acto contra el ordenamiento legal</em>. De manera que una falta sería el primer paso en una escala no muy grande que acabaría hipotéticamente en la muerte. </p><p> </p><p>Para empezar subyace al mundo del deporte una brutal hipocresía que de un lado alimenta las pasiones más bajas y de otro lamenta que estallen. Un conflicto que la experiencia ha demostrado irresoluble. </p><p> </p><p>Lo que en cambio sí se ha conseguido es que los estallidos de violencia desciendan en número y resulten cada vez menos graves. No fue sólo el natural curso de las cosas o la civilización del deporte. Es que las peores excepciones y los periodos más críticos actuaron como estímulos. De manera que Heysel (1985) o el Palace (2004) estimularon poderosamente la inflexión o lo que se conoce como <em>política represiva</em>. </p><p> </p><p>No obstante sorprende ver cómo el concepto mismo de violencia ha ido variando con el paso del tiempo. </p><p> </p><p>La de los primeros pasos de la NBA sugiere incluso trazos de cuadro costumbrista. La violencia no era un factor desapegado ni un cuerpo extraño a combatir. Era la forma misma del deporte. El fiel retrato de una época. </p><p> </p><p>Se trata de un periodo donde la misma estructura social, libre, democrática, pero rígida y autoritaria, se ve reflejada en cada átomo de la competición. Los propietarios son capitalistas de cierta audacia que aprovechan los alisios de la posguerra; los técnicos, depositarios de una jerarquía tradicional; y los jugadores, ciudadanos trabajadores al servicio del equipo (comunidad), la organización (empresa) y la liga (nación). Compartir los mismos valores y desventuras en aquel principio confiere a todos la mentalidad de jugar en familia, lo que no impide un buen número de refriegas y peleas entre hombres que conocían bien el espíritu militar. Así el exceso en los contactos se asume con naturalidad y, con frecuencia, como una cuestión de honor que resarcir allí mismo, a duelo, en una suerte anacrónica de violencia noble. </p><p> </p><p>No había en suma diferencia entre baloncesto y baloncesto violento. Todo era uno. </p><p> </p><p>De ahí que originalmente apenas hubiera contraste entre una falta y una falta excesiva. Para que sonara el silbato no era necesaria la sangre. Pero pocas dudas había sobre su comisión y muchas de las broncas se originaban por la reiteración, el exceso o la represalia. Pero casi siempre, y en esto han cambiado poco los tiempos, como consecuencia de una falta. </p><p> </p><p>La intervención en el reglamento como medio corrector de la violencia nace casi con la misma liga. En modos y medidas que hoy se antojan inocentes porque el objetivo no era tanto impedir las peleas como el beneficio del agresor. </p><p> </p><p>Ya en 1950 un pequeño equipo asesor del comisionado Maurice Podoloff, que no ignoraba las virtudes comerciales de las reyertas al modo del hockey, introduce un pequeño cambio para evitar la plusvalía de los astutos. </p><p> </p><p>En los tres últimos minutos, después que el jugador que recibiera una falta lanzara un tiro libre, la posesión no volvía a manos del infractor. Había salto entre dos, la víctima y su verdugo. Dos años después el jugador rival que intervenía en el salto ya no era el verdugo sino el hombre que defendía a la víctima antes de la falta. Esto fue debido a que los equipos que pretendían ganar ventaja de la comisión de faltas enviaban como sicarios a sus hombres más altos. </p><p> </p><p>Nace así una bonita distinción entre la <em>falta por error</em> y el <em>deliberate fouling</em> que tantos quebraderos dará en el futuro. </p><p> </p><p>No habría en adelante grandes cambios. </p><p> </p><p>La liga vivió años de relativa serenidad con una violencia tolerable hasta bien entrados los años setenta. </p><p> </p><p>Una violencia tolerable equivalía, tal y como describía Dan Hofner en el Times, a una media de tres peleas por semana, a romperse los dientes a codazos al rebote y a la ausencia de un cuerpo reglamentario con facultades sancionadoras. Un escenario que alimentado desde la prensa -<em>Basketball tougher than pro football?</em> (Phil Elderkin, 1965)- despertaba un velado orgullo en un mundo de hombres que tímidamente estaba incorporando a los negros a la batalla. </p><p> </p><p>La violencia como inconsciente juego de virilidades dio lugar a maniobras de poder típicas del cine negro. Uno de estos episodios terminó con la expulsión de Red Auerbach en 1963 al entrar a pista, enfurecido por un <em>goaltending</em> sobre Bill Russell, con la intención de agredir al colegiado Sid Borgia. Con Hawks y Celtics en modo polvorín tuvo que intervenir la policía y en su camino a vestuarios Auerbach las tendría tiesas con un aficionado. El recién llegado al cargo Walter Kennedy impuso al técnico la mayor multa conocida demostrando así quién era de verdad el jefe de la liga. Auerbach, intocable hasta entonces, contaría con auténticos matones a sueldo como Brannum, Loscutoff o Lovellette. </p><p> </p><p>En ocasiones, si los matones no podían vestir de corto, eran contratados incluso para una noche por algún equipo. Fue el caso del directivo Lou Mohs para proteger a sus Lakers de la visita de los Knicks en enero de 1964. Solía preceder a estas maniobras un sentimiento de venganza por lo ocurrido en alguna velada anterior. </p><p> </p><p>(Para un esclarecedor retrato oral de aquella época véase el cap. <em>Twenty-five bucks for a punch</em>, en <em>Tall Tales: The Glory Years of the NBA</em>, Terry Pluto, 1992). </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 596px; height: 396px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Red.jpg" alt="" width="596" height="396" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Eran tiempos, como reconocería años más tarde el ideólogo del <em>Flagrant Foul System</em>, Rod Thorn, en que todo lo que ocurriera en pista quedaba en manos de los jugadores. Como si reglamento y árbitros poco pudieran hacer para evitar la explosión del desorden. </p><p> </p><p>Pero a medida que transcurrían los años aquella violencia tolerada por todos fue gradualmente dejando de serlo. Porque los episodios y sobre todo la tendencia anunciaban cada vez peores consecuencias. Consecuencias que trascendían la anecdótica enzarzada de Bobby Dandridge y Jack Marin en las Finales de 1971. </p><p> </p><p>No sería hasta 1975 que la suave entrada en la presidencia de Larry O&#39;Brien duplicó las sanciones económicas por conductas de tipo antideportivo. De 50 a 100 dólares la multa (incrementada a 500 en 1984) también para los expulsados que se resistieran a abandonar la escena. El contacto físico con los árbitros pasa igualmente a ser penalizado con riesgo de suspensión. </p><p> </p><p>Unas penas irrisorias que en el fondo estaban motivadas por el triste espejo que suponía la ABA, y por un temor todavía latente a que sanciones mayores disuadieran a las estrellas de seguir en la liga cuando obsesionaba a su comandancia asestar el golpe definitivo a la hermana pobre. </p><p> </p><p>Poco imaginaba O&#39;Brien el oscuro periodo que se avecinaba y que no tenía en realidad relación con la otra liga, absorbida finalmente en 1976. Para entonces la realidad había tomado una gran ventaja a su control. De manera muy tímida aquel año será el primero que penalice el empleo de los codos con riesgo para los jugadores. Costumbre que la tinta más satírica había atribuido a Wilt Chamberlain como el único y genuino <em>elbows chain-pion</em>. </p><p> </p><p>Terminando la temporada de 1977 y habiéndose duplicado el número de peleas cualquier jugador implicado en una de ellas pasaría a ser castigado automáticamente con multa y suspensión. </p><p> </p><p>Papel mojado. </p><p> </p><p>En pleno segundo partido de aquellas Finales Darryl Dawkins y Mo Lucas convirtieron por unos segundos la pista en un cuadrilátero. Tres meses antes Bob Lanier había tumbado a Jim Eakins con un fuerte guantazo a modo de martillo que contrariamente al pisotón en la cabeza de Warren Jabali sobre Jim Jarvis (ABA) sí captaron las cámaras. Dos de muchos otros ejemplos. </p><p> </p><p>Transcurrido el verano nunca una medida daría peor resultado. </p><p> </p><p>A los dos minutos de iniciada la competición Abdul-Jabbar se disloca la mano derecha en Milwaukee al desatar un directo sobre el rostro de Kent Benson como represalia a un codazo en el estómago. No era más que el preludio a lo que estaba por llegar. Una temporada en que la violencia deviene en epidemia. </p><p> </p><p>No fue nada casual. Respondía, como suelen los procesos, a un subterráneo que gradualmente acabaría conquistando la superficie. </p><p> </p><p>En poco tiempo el baloncesto NBA había conocido el peor desarrollo de la lucha por la posición de los hombres altos. A las batallas bajo el aro se añade la manifiesta intimidación sobre los pequeños que se atrevían a penetrar. </p><p> </p><p>Desde un punto de vista técnico la violencia soterrada alcanzó tal frecuencia e intensidad que muchos jugadores extremaron la competencia sin balón en los aledaños del aro hasta hacer del juego un particular conflicto <em>inter pares</em>. </p><p> </p><p>Así el curso de 1978 experimenta un repunte que registra nada menos que 40 peleas una abrumadora mayoría de las cuales implica a los llamados <em>enforcers</em>. Precisamente a ellos dedicaba Sports Illustrated su portada y reportaje central en octubre, coincidiendo con el inicio de la temporada. </p><p> </p><p>El 9 de diciembre Rudy Tomjanovich mantiene durante unos terribles instantes un pulso con la vida en lo que hasta entonces fue el peor episodio de violencia en la historia de la NBA. Kermit Washington, el autor del <a href="http://www.acb.com/redaccion.php?id=21178" target="_blank" title="puñetazo">puñetazo</a>, sería suspendido de empleo y sueldo durante dos meses (en realidad lo sería de por vida). Y sin embargo el 17 de diciembre, apenas una semana después, el joven alero de Buffalo Bill Willoughby desata otro puñetazo sobre Gus Gerard mientras en otro partido Adrian Dantley la había emprendido contra Dave Meyers. </p><p> </p><p>Aún restaban otras tres docenas de incidentes de severa violencia. Las palabras de Calvin Murphy no lo podían explicar mejor: <strong><em>"Cualquier día vamos a ver morir a alguien"</em></strong>. </p><p> </p><p>La prensa nacional aprovecha el desastre para arremeter contra una NBA a la que hacía tiempo que tenía ganas. El influyente New York Times, en un durísimo editorial, se pregunta en qué clase de subversión ha dado el baloncesto. Y responde: <em>"Bajo los tableros la fuerza y la intimidación son el único juego que hay"</em>. En enero Curry Kirkpatrick, de nuevo en Sports Illustrated, refiere la dramática situación como <em>"escalada de violencia"</em> y esgrime las tensiones raciales y la desigualdad salarial como detonantes. El rey de los interiores de la época, Kareem Abdul Jabbar, víctima de los excesos de la mayoría de <em>enforcers</em> como había ocurrido antes con Chamberlain, rompe su silencio: <em>"Mientras la liga continúe viendo este juego como un deporte de contactos, una filosofía que a mi juicio es altamente cuestionable, las faltas violentas seguirán sin ser detectadas"</em>. Y advierte que la situación no dejará de empeorar en tanto la óptica arbitral permita <strong><em>"maximizar los contactos y minimizar el potencial de las reacciones violentas"</em></strong>. </p><p> </p><p>La epidemia multiplica las críticas y titulares por todo el país -<em>Basketball as combat sport</em>, <em>Violence on the court</em>, etc.- e incluso The Wall Street Journal se suma a la carga acusando a la NBA de haberse convertido en la <strong><em>National Boxing Association</em></strong>. </p><p> </p><p>La dureza en el baloncesto había alcanzado su masa crítica.</p><p> </p><p>Todo ello apremiaba un cambio drástico en la dirección de las cosas. Terminada la temporada de 1978 Larry O&#39;Brien, a través de su director ejecutivo, Larry Fleischer, y el joven abogado David Stern, resolvió poner en marcha un grupo de trabajo liderado por el responsable del reglamento, Joe Axelson, y el presidente de la Asociación de Jugadores, Bob Lanier. Un comité que desmentía las declaraciones del técnico de los Bullets, Dick Motta, y su excesiva confianza en el papel: <strong><em>"The rules are clearly written in the book. The just have to be enforced"</em></strong>. </p><p> </p><p>El mismo Curry Kirkpatrick había sugerido meses atrás dos ideas de carácter salvífico. La primera buscaba potenciar el factor arbitral: menor permisividad y mayor vigilancia. Propuso para ello incluir un tercer árbitro en pista y adoptar la línea de tres puntos, un experimento que ya tenía dos precedentes, la ABL de los primeros sesenta y sobre todo, la ABA, escenario donde había dado buenos resultados. </p><p> </p><p>La inclusión del triple dilataría los espacios obligando a poner en práctica tácticas de alejamiento general del aro, despejar el interior de parásitos potencialmente peligrosos y lograr en suma una notable distensión del juego y sus más feroces intérpretes. </p><p> </p><p>Ambas fueron aceptadas. </p><p> </p><p>La figura del tercer árbitro fue depuesta dos años después porque la liga no podía hacer frente a aquel gasto. En realidad a ninguno. La crisis de identidad había afectado muy seriamente al completo edificio del baloncesto profesional. </p><p> </p><p>Pero entre 1978 y 1980 el reglamento espabila años de sopor con la restricción del <strong><em>hand-checking</em></strong>, la protección de las mesas de anotadores y la tímida entrada del concepto <strong><em>flagrant </em></strong>que ve su primer efecto en la ventaja de que el entrenador del jugador agredido elegirá al lanzador de los libres. </p><p> </p><p>Gradualmente el infierno irá templando. </p><p> </p><p>La década de los años ochenta vería una <em>Edad de Oro</em> deportivamente hablando. La concepción de la violencia daría un curioso giro con la entrada en el cargo de David Stern. Pero la ignición de los conflictos y sobre todo la proliferación de las peleas, si bien menor, no remitieron en exceso. De hecho lo harían muy poco. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 608px; height: 215px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/CeltsSixersFight.jpg" alt="" width="608" height="215" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Ocurrió que la renovada veneración por una histórica rivalidad y la buena marcha del negocio desplazaron repentinamente la importancia de los sucesos violentos. Contra lo ocurrido en la era O&#39;Brien resultaba que la violencia no repercutía negativamente en las audiencias. Y nada lo haría hasta entrados los noventa. </p><p> </p><p>Así se suele olvidar que los años ochenta fueron esencialmente violentos. </p><p> </p><p>Una década que asiste impávida a la agresión de Cedric Maxwell a un espectador del Spectrum en plenas ECF, a una sucesión de puñetazos de Buck Williams sobre un Lonnie Shelton tendido en el suelo, de Robert Parish a Bill Laimbeer o de Olajuwon sobre Paultz; a interminables segundos de combate entre Mark West y James Donaldson o a la legendaria refriega entre Julius Erving y Larry Bird. Incluso algunos capítulos, con especial atención a la histórica flagrante de McHale a Rambis, serían arropados de preciado carácter épico sin gran represión de las imágenes por parte de la propia liga. </p><p> </p><p>Porque en el fondo la rivalidad entre Celtics y Lakers fue el <em>delicatessen</em> que todos habían añorado. Pero también la quintaesencia de lo violento. Sin grandes reproches. </p><p> </p><p>Así pues la violencia no era el problema. Acaso su gestión de cara al gran público. </p><p> </p><p>La llegada al cargo de David Stern no marca propiamente un antes y un después. Lo hará pasados casi diez años, cuando el negocio comience a mostrar síntomas de agotamiento. Hasta entonces podía hablarse de una intervención en el reglamento como medio corrector. En adelante Stern se marcará como objetivo la erradicación de lo violento. </p><p> </p><p>En 1988 acercaría finalmente al cuerpo arbitral a la toma de decisiones que implicaban cambios en el reglamento al tiempo que resolvía el regreso del tercer árbitro. Esta vez para quedarse.</p><p> </p><p>Los noventa arrancarán en 1993. Lo harán de hecho en el mes de marzo, cuando Knicks y Suns aguardan al final del partido para ajustarse las cuentas y protagonizar la peor tangana de aquella década. </p><p> </p><p>Stern, ahora sí, toma directamente cartas en el asunto -no dejará de hacerlo en adelante- y a través de Rod Thorn se establece un nuevo código de situación, un reparto posicional de los grupos en juego que prohíbe terminantemente entrar a pista. El primer jugador en abandonar el banquillo durante una refriega será multado con 2500 dólares. Y el equipo con 5000 por cada uno de los restantes que lo haga. </p><p> </p><p>Quedan delimitadas las acepciones de la <strong><em>Flagrant Foul</em></strong>. De tipo 1, como acción de falta innecesaria. De tipo 2, manifiestamente excesiva. Nace igualmente el sistema por puntos que sanciona la acumulación de flagrantes. No mucho después lo hará con las técnicas. </p><p> </p><p>Lo que consiguen los perversos años noventa es soterrar la violencia bajo la alfombra. O mejor, emplear las medidas represivas y la militarización defensiva del juego en su favor, incorporando la violencia al baloncesto con una naturalidad sin precedentes, como habían hecho con incuestionable éxito los Pistons, el nuevo patrón a emular. </p><p> </p><p>Lo ocurrido entre 1993 y 2004 es digno de estudio. Un proceso que combina magistralmente la devaluación de todas las fuerzas creativas con la absoluta normalización de las potencias violentas. Al extremo de formarse plantillas enteras de ejecutores y <em>enforcers</em> al modo de Knicks o Heat, la artillería perfecta para la nueva industria pesada. Un sofisticado trayecto, como había advertido Lacan, de las reacciones emocionales de ira (peleas) a las demostraciones de finalidad intimidante. </p><p> </p><p>Son los años del <em>acting out</em>, la peor versión del <em>trash talking</em> y la obscenidad no verbal en el lenguaje <em>in your face</em>. La era del baloncesto narcisista y genital. Pero también de las reyertas cobardes. De colisión de manadas sin que aparezca claro el agresor o alguno tome la delantera. </p><p> </p><p>Eran los primeros efectos de un velado temor a las sanciones. </p><p> </p><p>La violencia había completado, pues, un perfecto círculo de perversión. Desde las peleas entre Bulls y Knicks y Hawks y Heat, ambas en 1994, a lo ocurrido en el Palace diez años después el baloncesto NBA podía ser un juego esencialmente violento de manos limpias. Sin aparente comisión de delitos. Infestado en su misma sangre. </p><p> </p><p>Los terribles sucesos del Palace (2004), los peores nunca habidos, se explican por sí solos. Pero también lo hacen con el tardío final de una sórdida travesía que había permitido el cultivo de demasiados ingredientes nocivos. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 611px; height: 410px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/PalaceCovers.jpg" alt="" width="611" height="410" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>La gravedad de lo ocurrido trascendía esta vez los editoriales de prensa. Entre el rigor y el oportunismo se multiplicaron los estudios que hablaban en términos de violencia indispensable, de porcentajes de sospecha -el 21 por ciento de los jugadores de la NFL había sido arrestado por agresión (<a href="http://www.wsws.org/articles/2004/nov2004/bask-n23.shtml" target="_blank" title="David Walsh">David Walsh</a>, ICFI, 2004)-, y de fenómenos que atacaban a las raíces mismas de la cultura norteamericana. </p><p> </p><p>La alarma era incluso más grave de la encendida a finales de los setenta. Aunque la teoría insinuara una tragedia similar: la ruptura entre estrellas y espectadores, el intocable <em>star system</em> y su principal depositario, el gran público. </p><p> </p><p><strong><em>"Soy yo quien decide"</em></strong>, advertía con mano de hierro David Stern. A partir de Artest las sanciones podían valorarse en millones de dólares. Las salidas del banquillo acarrearían suspensiones automáticas, su equivalente en salario y multas de hasta 20 mil dólares. Dos flagrantes la misma noche conllevarían suspensión y el <em>hand-checking</em> quedaría definitivamente prohibido en campo abierto. </p><p> </p><p>El reglamento pasa incluso a un segundo plano y su soberanía será suplantada por la decisión personal de los guardianes contra los <strong><em>unsportsmanlike acts</em></strong>. Cargos como Russ Granik y Stu Jackson comienzan a ocupar planos de actualidad. </p><p> </p><p>Poco antes Jerry Colangelo había heredado la tarea iniciada por Rod Thorn y arropado por un comité de expertos establece una fina aritmética que busca equilibrar <a href="../../../blog/elpuntog/post/restricted-area" target="_blank" title="espacios y contactos">espacios y contactos</a>. En realidad la nueva política reglamentaria no buscaba poner fin a la violencia. Sino liberar el juego de los correajes que venían sometiéndolo la década anterior. Sólo que las consecuencias serían muy favorables en el terreno de lo violento. Mayores incluso de lo esperado.</p><p> </p><p>Como si en la misma constitución del juego residiera la solución. De modo que a mayor castigo al contacto mayor evaporación del juego duro, el caldo que conducía a los jugadores a la ebullición. </p><p> </p><p>Sobre ello gravitó una política ilimitada que se extendió vertical y horizontalmente: implementación de la seguridad en los pabellones, prohibición de venta de alcohol en los últimos cuartos, código de vestimenta y un límite de edad de acceso a la NBA. Los árbitros tendrían incluso potestad para expulsar a espectadores. </p><p> </p><p>Así en la segunda mitad de los dos mil, obviando la cobarde trifulca entre Nuggets y Knicks, los incidentes resultan tan aislados que el empujón de Robert Horry a Steve Nash, el baloncesto terrorista de Bruce Bowen o el discreto codazo de Garnett sobre Richardson alcanzan una relevancia excesiva, en otro tiempo impensable, y que verifica la condición escandalosa que precisamente David Stern pretendía para las llamadas acciones violentas. </p><p> </p><p>Sprewell, Artest, Carmelo o Arenas serían colgados sucesivamente a la vista de todos.</p><p> </p><p>La operativa de represión amplió al máximo las fronteras del control. De modo que fuera posible sancionar a jugadores, técnicos o propietarios que cargasen contra la labor arbitral. Jackson, Cuban, Van Gundy o Howard saben que la crítica ni siquiera debe producirse a micrófono abierto. Cualquier canal de las nuevas tecnologías tiene perfecta validez. </p><p> </p><p>Los resultados de todo este gigantesco proceso histórico se viven aquí y ahora. </p><p> </p><p>En relación a tiempos pasados la NBA actual es una bucólica pradera de juego. </p><p> </p><p>Al extremo de que la violencia explícita de antaño ha devenido hoy en material que descifrar: enganchones al hierro con riesgo de técnica, el mismo castigo por partida doble a un ligero intercambio de malas palabras; no levantar al rival tendido en el suelo, preámbulos en los videomarcadores que enciendan los ánimos o números previos al salto inicial que marquen territorio subrayando la presencia de <em>machos alfa</em>, al estilo de Kevin Garnett. </p><p> </p><p>Peligros autorizados para todos los públicos. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 608px; height: 404px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/KGShouting.jpg" alt="" width="608" height="404" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Erradicar la violencia del baloncesto representa un bien deseable. </p><p> </p><p>Pero las medidas represivas en cualquier ámbito de la vida no suelen reconocer límites claros. De manera que si la intervención de lo artificial prosiguiera su camino hasta la más absoluta tiranía, daríamos en absurdos tales como la expulsión de Tim Duncan por esbozar un simple sarcasmo en el banquillo o la condena pública de un jugador que no salude a sus verdugos, un uso completamente normal en los venerados años ochenta. </p><p> </p><p>Un panorama esclerotizado por el absurdo represivo sería incluso menos deseable que la violencia a reprimir. </p><p> </p><p>Por dos razones:</p><p> </p><ul><li>Porque todo deporte de equipo es por naturaleza violento. </li></ul><p> </p><ul><li>Y en consecuencia, ninguna represión conseguirá nunca librar al deporte de estallidos de violencia igual que la Sociedad de Naciones no pudo evitar la gran guerra. </li></ul><p> </p><p> </p><p>No mientras sea el <em>hombre</em> quien esté ahí abajo.</p> Jue, 06 May 2010 05:24:32 +0200 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-ocaso-de-la-violencia http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-ocaso-de-la-violencia La rara identidad zurda <p>En el mundo hay de todo. Hay autistas y gigantes, locos y guapos, ricos y obesos, pilotos y ciegos, albinos y poetas. </p><p> </p><p>Y hay zurdos. </p><p> </p><p>Los hay por todas partes. Los hubo siempre. Y en una proporción sospechosamente invariable. Entre ocho y trece sujetos de cada cien nacen inclinados al otro lado.</p><p> </p><p>Hay toda una rica literatura creada en torno a esos individuos que están aquí desde el principio y, más que nadar contra corriente, ocupan uno de sus márgenes, el suyo. Sorprenden al diestro con su rareza y sugieren por ello un extraño colectivo cuyo único denominador común es eso mismo: ser zurdos. Tocar el mundo con la otra mano. </p><p> </p><p>Son tan diversos y numerosos los estudios sobre esta suerte de vida que ni su sola mención cabría aquí ni se daría, por pequeño que fuese, un acuerdo. Parecen morir antes, fueron estigmatizados en tiempos y culturas (<em>siniestro </em>proviene de <em>izquierda</em>), ganan más dinero, su presión sanguínea es mayor y un sinfín de extrañas teorías y cosas. Son estudios que van de la genética a la ergonomía, de la demografía al arte, de la sociología a la economía o de la historia a la neurología. Estudios a menudo tan fascinantes como ese recurrente encanto que los asocia al genio (Aristóteles, Leonardo, Miguel Ángel, Newton, Einstein, Gandhi, Chaplin, Hendrix).</p><p> </p><p>Porque la ciencia empieza a acordar con ellos una especie de <em><strong>pensamiento divergente</strong></em> (Dr. Stanley Coren) que hablaría en términos de inteligencia. Como si emplearan los dos hemisferios del cerebro en proporción muy superior a los diestros, promoviendo asociaciones de ideas nada convencionales que alumbraran territorios inexplorados. </p><p> </p><p>Aquí el campo es mucho menor. Infinitamente más pequeño. Pero no por ello menos apasionante. Así el artículo bien podría prologar una bonita obra por título <em>El baloncesto zurdo</em>. Y como tal, no son más que unas líneas sin un significado preciso. </p><p> </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 630px; height: 323px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/ObamaLefty.jpg" alt="" width="630" height="323" align="absMiddle" /></p><p align="center"><font size="1">El zurdo más famoso del mundo</font></p><p> </p><p> </p><p>Para empezar no hay en el mundo un solo jugador diestro que no haya experimentado, a cualquier nivel de juego, la radical diferencia que supone incorporar a la escena a uno de estos tipos. Cuando el balón cae en sus manos el mundo de repente da la vuelta, gira del revés. Y esto pone en alerta a todos. Alarma: zurdo a la vista.</p><p> </p><p>Porque lo primero que enciende la visión ante un jugador zurdo es que, por encima de cualquier otra consideración, es zurdo, radicalmente zurdo. </p><p> </p><p>Esto, como demasiado evidente, no lo es tanto. Significa que el zurdo es más zurdo que el diestro diestro. Que el diestro usa y el zurdo abusa. Que éste hace de su diferencia un referente mientras el diestro reparte sus poderes como más moderadamente por todo el cuerpo. </p><p> </p><p>En el fondo hay en esto mucho de ilusión óptica. El mundo está organizado de tal modo que el zurdo asoma demasiado a ojos de todos, jugadores y espectadores. Incorpora su diferencia a un plano tan cenital que la amenaza, esa mano inquietante, salta en exceso a la vista ofendiendo a la seguridad del diestro. </p><p> </p><p>Esa sensación algo embarazosa actúa como un síndrome y se explica de modo sencillo: un jugador diestro ignora a menudo dónde se encuentra su tesoro más preciado. El suyo propio. Y sin embargo está convencido de dónde reside el peligro en los jugadores zurdos. Eso genera una ligera turbación, una molestia, una incomodidad que luego podrá ser o no apagada. Pero aflora de entrada. </p><p> </p><p>Otra de las típicas ilusiones ópticas es que sorprende mucho más la canasta con la mano izquierda de un jugador diestro que la cesta diestra de un jugador zurdo. La explicación es tan simple como que una -la canasta del zurdo- se adapta al orden de las cosas y la otra lo quiebra, siendo esta última como mayor motivo de aplauso. El caso más cercano al mito del <em>ambidiestro</em> pertenece a Larry Bird. Nadie reparó nunca en elogiar el uso de su mano izquierda. Pero al mismo tiempo muy pocos en considerar su zurdera natural, es decir, que su vida privada operaba con la mano izquierda. </p><p> </p><p>En el baloncesto, donde las manos son el juego mismo, los zurdos han tenido siempre una presencia natural -en proporción a la estadística-. Pero su intervención tuvo siempre algo de especial. Y muy sobre todo en algunos casos. Casos que hay que decir desde ya, fueron pocos. </p><p> </p><p>Nuestro tiempo ha superado la idea de que ser zurdo fuera un defecto. El baloncesto debiera pensar lo mismo si cree que es una ventaja. Porque no lo es más allá del factor sorpresa que supone medirse a una categoría técnica tan en minoría. </p><p> </p><p>Cualquier estudio sobre ellos en nuestro juego debiera ser honesto empezando por alejar esa idea de que los zurdos son iguales o parecidos entre ellos. Porque no es así. A lo más, lo fueron siempre en su <a href="http://foros.acb.com/viewtopic.php?t=188488" target="_blank" title="mecánica de lanzamiento">mecánica de lanzamiento</a>. El célebre séptimo partido de las Finales de 1970 arranca y termina con sendas canastas de jugadores zurdos, Willis Reed y Dick Barnett. Si cortáramos el plano del torso hacia arriba en los dos tiros, observaríamos muy poca diferencia. Y sin embargo la hay. Tan grande como la estatura. </p><p> </p><p>En nuestro deporte los zurdos no han sido ni los mejores ni los más fuertes. No han dominado nada en particular. Hay de hecho muy pocos entre los que la historia estima mejores. De ellos tan sólo siete de los cincuenta elegidos en 1997 fueron zurdos. Un catorce por ciento del total para verificar esa proporción mundial. </p><p> </p><p>Entonces, si los zurdos no se parecen demasiado entre sí y lo hacen poco o nada con sus hermanos diestros, ¿cómo poder agruparlos por debajo de la cualidad que les da nombre? </p><p> </p><p>Para estos casos lo más acertado suele ser alumbrar un eje muy sencillo, algo que pueda saltar a simple vista. Y ese algo lo encontramos en un concepto que podríamos denominar <strong><em>predominancia</em></strong>. </p><p> </p><p>Siendo justos no todos los jugadores zurdos hacen de su mano izquierda su principal fortaleza. No todos se explican casi exclusivamente a través de su zurdera. La <em>predominancia</em> nos ayudaría a entender el grado de intervención en el juego de esa mano izquierda. De manera que podamos separar de forma natural la <em>predominancia extrema</em> en Toni Kukoc de la <em>predominancia baja</em> en Bill Russell. </p><p> </p><p>Esta variable contribuye además a aclarar dos cuestiones cruciales:</p><p> </p><p>- El <u>consumo de balón</u>. No hay factor más decisivo en el reconocimiento de un zurdo.</p><p>- Y en consecuencia, la <u>relación</u> inversamente proporcional <u>entre la estatura y la predominancia</u> de la mano izquierda. Como si a mayor altura menor fuera el abuso de una sola mano. </p><p> </p><p>Como suele, nada mejor que los ejemplos para aclarar un campo tan amplio. Y la predominancia nos va a permitir abrir al menos cuatro grandes categorías en el género zurdo:</p><p> </p><p> </p><p><strong>Zurdos de predominancia baja</strong></p><p> </p><p>La elección facilita mucho las cosas. Cierta observación a la demografía histórica indicaría que la estatura actúa en los zurdos reprimiendo el abuso de su mano predominante. Y más que la estatura cabría hablar de posición. Esto es, que cuanto más vencidos los jugadores al juego interior mayor fue su integración en un tipo de baloncesto que no precisaba de exhibir en exceso la mano izquierda. </p><p> </p><p>Así ejemplares como Bill Russell, Willis Reed, Clifford Ray, Bob Lanier, Caldwell Jones o David Robinson fueron zurdos como perfectamente podrían haber sido diestros. Lanzaban, pasaban o taponaban con su mano izquierda porque eran zurdos. Pero no abusaron de ello a un extremo que los diferenciase especialmente de los interiores de su época. Y en el combate cuerpo a cuerpo, la escena ideal para el deporte zurdo, esta igualación en los hombres altos se ha venido verificando siempre. </p><p> </p><p>Las batallas de Russell y Chamberlain y de éste con Abdul Jabbar -con especial claridad en las WCF de 1971- no se distinguían por el uso de manos sino mucho más por el combate posicional en las cercanías del hierro. Y lo mismo en el caso de Lanier y Abdul-Jabbar, y sobre todo, en el de Robinson-Olajuwon. En este último los grandes episodios brindados, y muy en especial en mayo de 1995, confirmarían que el llamado factor sorpresa de los zurdos es un asunto menor en relación a la calidad técnica de ambas manos. O cómo un gran pívot zurdo puede ser completamente anulado por su par diestro. </p><p> </p><p>Es como si en los espacios interiores, allá donde se reducen los desplazamientos y la libertad de manos, el zurdo ahogara su distintivo sin que suponga un factor técnicamente relevante. A menor espacio mayor la distribución del juego hacia porciones del cuerpo que escapan propiamente a las manos. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 586px; height: 284px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/LanierLefty.jpg" alt="" width="586" height="284" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p> </p><p><strong>Zurdos de predominancia media</strong></p><p> </p><p>Conviene recordar que estas categorías son genéricas y, por lo tanto, más abiertas que cerradas. Permiten distinguir gráficamente tanto como integrar a unos y otros en una escala mayor o menor en función de diversos factores uno de los cuales no puede ser omitido: la conversión táctica de la edad. </p><p> </p><p>En una primera etapa Chris Mullin, zurdo hasta los tuétanos, era un jugador en progresión hacia la condición de <em>all around</em>. A medida que se fue haciendo anotador fue incapaz de concentrar sus poderes en una sola mano, por muy visible que ésta fuera. </p><p> </p><p>Con el paso del tiempo Mullin fue desnudando gradualmente todo lo demás hasta mantener intacta su mayor virtud técnica de siempre: el tiro, algo que por obligación había llevado al extremo en Barcelona (<em>"¡Noticia!</em> -exclamaba Barthe-<em>. Mullin acaba de fallar"</em>). Esto explicaría que el último Mullin de Indiana pudiera ser, en esta teoría de manos, perfectamente intercambiable por un diestro puro como Chuck Person. Porque para entonces su zurdera ya sólo se hacía visible a través del tiro.</p><p> </p><p>En un grupo que ve la presencia de Michael Redd o Kareem Rush la cosa se explica de modo sencillo. Cuando los jugadores llamados pequeños no intervienen excesivamente en el <em>dribbling</em> ni se marchan de sus pares valiéndose de su zurdera, cabe hablar de predominancia media, una categoría muy generosa que permite integrar a los zurdos de bote escaso y tendencia al tiro (Dick Barnett, Derek Fisher) como a los que reprimen muy mucho su consumo de balón por bienes más generales (Lionel Hollins, Tayshaun Prince). Estos jugadores no son abusivos en ningún caso; no hay un aspecto hegemónico en ellos, ni siquiera su mano predominante. Ejemplos como Dave Twardzik o Jack Marin ratifican que ser zurdo en los años setenta no implicaba correr a bote izquierdo como locos. Las detenciones en el juego, sus esperas con el balón bien atrapado a dos manos aguardando el pase, hablarían en términos de calma zurda que permitiría incluso integrar a anotadores algo más templados como Gail Goodrich o Billy Cunningham o sujetos tácticamente más intermedios como Michael Young o Delonte West. </p><p> </p><p>De ahí que esta categoría resulte muy amplia. Es capaz de acoger jugadores zurdos de inclinación interior por estatura (Michael Beasley, Josh Smith, David Lee, Bison Dele, Chris Bosh, Wayman Tisdale, Dave Cowens) como a ejemplares profundamente reconvertidos. </p><p> </p><p>Un ejemplo perfecto de cómo la conversión interior reprime la zurdera natural lo ofrece el caso de Stacey Augmon, de exterior agresivo de atletismo zurdo a interior de contención sin relevancia de manos. </p><p> </p><p>Algo parecido ocurrió con un zurdo puro como Derrick Coleman. En una primera etapa su caso era perfectamente hermanable al de Zach Randolph. Y sólo el descenso en la proporción de lanzamientos, más desmedida en este último, termina por separarles. </p><p> </p><p> </p><p><strong>Zurdos de predominancia alta</strong></p><p> </p><p>La más clara de las cuatro categorías. Agrupa a la inmensa mayoría de exteriores pequeños de género zurdo que ha dado la historia. </p><p> </p><p>Es la más visible de todas porque el consumo de balón, una imagen que se traduce en decenas, centenares, miles de botes de repetición con esa mano extraña, botes tantas veces seguidos de lanzamientos zurdos, pone de manifiesto que el factor predominante en esos jugadores lo es infinitamente mayor que cualquier otro aspecto a reseñar. </p><p> </p><p>Puede que no haya nada más reconocible a la vista en los jugadores zurdos que la reiteración, no del bote y el tiro por separado, sino de una secuencia dactilar que vincula a fuego ambos: bote y tiro. Zurda y zurda. </p><p> </p><p>Es un aspecto tan rotundamente común en ejemplares de ancha historia como Guy Rodgers, Lenny Wilkens, Al Skinner, Kevin Porter, John Lucas, Nacho Solozábal, Johnny Dawkins, Avery Johnson, Ferdinando Gentile, Kenny Anderson, Greg Anthony, Elliot Perry, Nick Van Exel, Travis Best, Damon Stoudamire, Jalen Rose, John Crotty, Carles Marco, Cuttino Mobley, Beno Udrih, Mike Conley, James Harden o Brandon Jennings, que para definir al género zurdo en toda su extensión bastaría con esta corriente alterna de electricidad completamente zurda, el factor determinante en el más numeroso de los grupos. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 498px; height: 266px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/RightLeft.jpg" alt="" width="498" height="266" align="absMiddle" /> </p><p> </p><p> </p><p>Esta categoría incluye un tipo algo extremo de jugadores que parecían afrontar el baloncesto como una colisión directa entre su tiro zurdo y el mundo. Los casos de Zach Randolph, Kenny Simpson o el tardío Walter Berry son, casi antes que zurdos, jugadores abusivos, auténticos manirrotos. </p><p> </p><p>Por otro lado la estatura o la posición interior no siempre actuaron reprimiendo la zurdera. Así fue en Jeff Turner, Brad Lohaus, Sam Perkins, Anthony Mason, Calbert Cheaney, Rodney Rogers, Chris Gatling o el más manco de todos, Keon Clark. Jugadores que por diversas razones no sintieron la necesidad de emplear ambas manos. El caso de Artis Gilmore es muy llamativo en este sentido. El hombre se retiró muy longevo sin descifrar el apoyo de su mano derecha al balón en los tiros libres. Su diestra era sencillamente nula. </p><p> </p><p>Asimismo un híbrido entre el perímetro y el interior como Lamar Odom cabe en este grupo por lo desconcertante de su mano derecha, una cualidad mucho más común en los zurdos de lo que se presume a la vista. En el alero angelino son años de costosa tendencia al apoyo de su mano y costado derechos y aun así sería muy difícil integrarlo en otra categoría que no oscureciera la mano diestra. </p><p> </p><p> </p><p><strong>Zurdos de predominancia extrema</strong></p><p> </p><p>El más fascinante de todos los géneros. El que invita a emplear la expresión <em>zurdo puro</em> y hasta a zambullirse en ese imaginario que les atribuye un cierto misterioso genio creativo. </p><p> </p><p>Si ya sorprende el uso de esa mano falsa en el panorama general del juego la intervención de un zurdo extremo moviliza la atención y provoca una fuerte impresión en el ojo espectador. A menudo esa primera impresión, si no entra en detalles, observa a un jugador cargante, retorcido y opulento en su diferencia. Su mano izquierda es una amenaza tan visible y constante que atacando semejan disponer de un machete con que poder cortar la maleza defensiva, todo lo que les vaya saliendo al paso. </p><p> </p><p>La tremenda dificultad de defender a estos jugadores no estriba, como se pueda pensar, en lo desacostumbrado de hacer el espejo a un zurdo. Ésta es la menor de las razones. La mayor es que por algún motivo son jugadores de proceder extremadamente imprevisible. Como si al cortar agresivos hacia dentro obligaran a los defensores a recular en una décima todo lo aprendido en la defensa al hombre. </p><p> </p><p>Cierto que la zurda agresiva se muestra muy difícil de defender en los combates mano a mano. Y aunque la apertura del zurdo se produzca por lo general hacia el lado bueno de los jugadores diestros no resulta nada sencillo el desplazamiento extra a que obligan. Y nada más reconocible en ese sentido que la bandeja apurada de un zurdo con el hombre encima. Por alguna extraña razón y un magnífico uso del cuerpo al contacto lateral los zurdos reciben pocos tapones en sus entradas al hierro.</p><p> </p><p>La creatividad no es un rasgo ni mucho menos exclusivo de estos jugadores. Pero la creatividad puede ser el más distintivo de los rasgos en algunos zurdos extremos. Irregulares o de corto brillo, tendentes a la dispersión y aislamiento, pero en todo caso proclives a la creación inmediata y a menudo contra la lógica, como tanto sorprendía <strong>Igor Kudelin</strong>. </p><p> </p><p>En este mismo sentido de creación ininteligible el baloncesto de <strong>Larry Spriggs</strong> a su paso por Madrid era una constante rebelión a la forma. Así no había lanzamiento que no viniera precedido de inexplicables rectificados o pases que no tuvieran forzosamente la intención de desenlace. Como si en una novela de detectives el tipo sólo pudiera escribir la última página. </p><p> </p><p>La historia, esa relectura que acierta en subrayar tanto como yerra en olvidar, ha concedido una importancia crucial a Earl Monroe como detonante de los llamados <em>skills</em> con balón que prefiguran parte del baloncesto moderno. Y sin embargo el calado directo de <strong>Nate Archibald</strong> fue mucho mayor en los jugadores pequeños, y muy especialmente, en los exteriores zurdos. De Archibald deriva no sólo un genial diestro como Isiah Thomas, sino todo ese numeroso fenotipo citado en el epígrafe anterior. Toda una masa de pequeños que resultaría informe e inclasificable de no haber sido por la continua electricidad de su mano izquierda. </p><p> </p><p>Si hubiera de rescatar un ramillete de nombres que abriese una categoría casi exclusiva para ellos, un selecto colectivo de <em>extrema izquierda</em>, tal vez nada más representativo que el trío formado por <strong>Sarunas Marciulionis</strong>, <strong>Toni Kukoc</strong> y <strong>Manu Ginobili</strong>. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 648px; height: 326px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/ExtremeLefties.jpg" alt="" width="648" height="326" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Sobre notables diferencias en su despliegue comparten sin embargo una misma huella dactilar. Una zurda genial. Un brutal contrapunto del juego que invitaba a pensarlos en eso que el inglés refiere como <strong><em>game changers</em></strong>. </p><p> </p><p>Resultaría sencillo definirlos simplemente como meros abusadores de su arma principal. Pero hay algo más. Hay mucho más. Un factor de inteligencia que ocupa un primer plano precisamente a través de su gran misterio, el más visible de todos: su mano izquierda. </p><p> </p><p>Son incontables las acciones que confirmaban no ya un gran entendimiento del juego sino una forma de comprenderlo como específicamente suya. Y a juicio de muchos rivales, seguramente endemoniada. </p><p> </p><p>Detenido frente a su defensor, descendido el tronco al completo, la oscilante secuencia de bote bajo a zurda de <strong>Toni Kukoc</strong> antes de emprender la arrancada -lapso de confusión que Valdano refirió en Butragueño como el <em>embrujo</em>- era el preludio de uno de los mayores problemas que una pista de baloncesto haya conocido jamás en Europa. Un 2.08 que de inicio obligaba al defensor a descender su centro de gravedad tan a ras de suelo como la intuición defensiva. Era una de tantas maneras de jugar con el rival como con un muñeco. Una permanente sorpresa que se apagó tan pronto Kukoc salió de Europa. </p><p> </p><p>Porque de la misma manera que Petrovic fue barrido de alardes técnicos a su paso por New Jersey, Kukoc terminó siendo en Chicago un zurdo de <em>predominancia media</em>. Ambos casos en nombre de la eficacia. Una eficacia real. Pero a un alto coste formal. </p><p> </p><p>Mucho más hermanados aparecen <strong>Marciulionis</strong> y <strong>Ginobili</strong>. Contar con un tronco inferior muy poderoso permite cambios de ritmo que causan sistemáticos desequilibrios. Y con una frecuencia reveladora, irremediables. Nunca un zurdo supo abrirse de manera más imparable hacia su lado bueno que Ginobili. En este zurdear el juego es curioso que estos jugadores precisen muy poco del <em>crossover</em>, recurso mucho más propio de la fauna diestra. </p><p> </p><p>De las grandes diferencias que abre el argentino con el lituano, una de las más interesantes proviene de la secuencia de bote. Uniforme en Ginobili, discontinua en Marciulionis. Éste aprovechaba un bote alto y contundente que pausaba por sistema arriba, al contacto del balón con la mano, procurando así la enorme sorpresa de arrancar en cualquier dirección desde ese punto. Y más allá, dotar al balón en los pases de una ligereza propia de los grandes pasadores. Este tipo de zurdo suele además disparar los pases al bote, sin ningún otro apoyo. Gusta de ello porque domina infinitamente su mano.</p><p> </p><p>Cuando a un zurdo extremo como Ginobili se le añade el <em>hustle</em> de Rodman o Cowens el resultado es una amenaza total y la conversión de la mano izquierda más que en un apéndice del tronco, en el cuerpo mismo. Como una compacta unidad. Así se explica el violento <a href="http://www.youtube.com/watch?v=hCqefcY7lpI" target="_blank" title="tapón a Garnett">tapón a Garnett</a> que acaba con éste en el suelo a pesar de la diferencia de más de veinte kilos de peso. </p><p> </p><p>Los zurdos, de cualquier tipo, enriquecen enormemente el baloncesto. Pero generan una controversia que afecta incluso al gusto. Para unos resultan encantadores. Envidian esa rara facultad. Para otros, en cambio, no son más que una perversión técnica. </p><p> </p><p>Y sin embargo, el día que aterrice en el mundo el zurdo perfecto sabremos que deberá funcionar con igual simetría que cualquiera de los más grandes jugadores habidos. Con la misma. Porque en caso contrario, no superará el síndrome. Y de momento los zurdos siguen pecando en exceso de serlo. </p><p> </p><p>Afortunadamente el baloncesto sigue y seguirá siendo algo tan relativo que igual que hubo zurdos extremos hubo diestros del mismo polo (Connie Hawkins, Dominique Wilkins, Rudy Fernández) sin que ello suponga mayor ventaja que la que el cerebro encierre en cada uno de ellos. </p><p> </p><p>A fin de cuentas son dos las manos. </p> Jue, 08 Abr 2010 07:06:00 +0200 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/la-rara-identidad-zurda http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/la-rara-identidad-zurda El alero más alto del mundo <p>La noche había caído sobre Harrisonburg cuando la joven Valerie, ataviada con un suéter negro y unos ajustados pantalones campana de tela color <em>beige</em>, abrió la puerta. En otras circunstancias Valerie vestiría ropa más adecuada a su dormitorio que a la recepción de una cita. Pero no era una tarde normal. Había visita. Unos tipos importantes, de esos que ella no conocía y siempre terminaban revoloteando el hogar a causa de su hermano. </p><p> </p><p>Bajo el porche del número 530, en una de esas casas sureñas de madera blanca, Terry Holland presentó a sus acompañantes. Volvería a hacerlo unos segundos después, cuando Ralph y Sarah, salieron al vestíbulo al encuentro de los invitados. Eran cinco. <strong><em>"El señor Auerbach, presidente de Boston Celtics"</em></strong>. Pero sólo dos convenía ser presentados. <strong><em>"Y el señor Mangurian, su propietario"</em></strong>. </p><p> </p><p>El resto era bien conocido por la familia. </p><p> </p><p>-<strong><em>Pasen, por favor</em></strong> -invitó Sarah, con aquella destreza adquirida en los dos últimos años como la mejor representante de su hijo, mucho más que el marido.</p><p> </p><p>Todos tomaron acomodo en el amplio <em>living</em>. Flanqueaban a Red Auerbach y Harry Mangurian en sendos sillones Terry Holland, entrenador de Virginia, y Roger Bergey, técnico del instituto Harrisonburg. A su lado, el profesor de Derecho Sam Thompson. La presencia de este último cuidaría de que los dos hombres de Boston no rebasaran sus pretensiones vulnerando la estricta normativa NCAA. Aquella tarde Thompson no era sólo el agente del jugador elegido por la familia. También notario y censor.</p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 668px; height: 514px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/SampsonMeeting.jpg" alt="" width="668" height="514" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Valerie sirvió sobre la mesa café suficiente para que los invitados mantuvieran su mente despejada y Sarah abrió la velada. </p><p> </p><p>-<strong><em>Ustedes dirán.</em></strong> </p><p> </p><p>Hasta entonces Auerbach no dejó el maletín a sus pies. Pero ninguno de los invitados se quitó la chaqueta, cargando el ambiente de una solemnidad seguramente indeseada. </p><p> </p><p>-<strong><em>Señora Sampson</em></strong> -inició Mangurian-<strong><em>, el motivo por el que estamos aquí es evidente y ustedes lo conocen. En primer lugar déjenme agradecer personalmente a usted y su marido que hayan accedido a esta cita.</em></strong> </p><p> </p><p>El ademán aprobatorio de Ralph padre fue bien recibido por los presentes. Tal vez porque sabían que en realidad había sido Sarah la que posibilitó la reunión. </p><p> </p><p>-<strong><em>Venimos</em></strong> -prosiguió el dueño- <strong><em>en representación del mejor equipo de baloncesto del mundo. Estamos aquí para dejar claras nuestras intenciones hacia su hijo. Le ofrecemos la posibilidad de sumarse a nuestra organización. Le procuramos el mejor destino y le prometemos su cuidado como si fuera nuestro hijo.</em></strong> </p><p> </p><p>Era un comienzo esperado. Como lo fue la suave réplica de Sarah. </p><p> </p><p>-<strong><em>Pero ustedes saben que esa decisión le corresponde tomarla a él.</em></strong></p><p> </p><p>-<strong><em>Y por eso estamos aquí</em></strong> -repuso aprisa el propietario-<strong><em>. Porque queremos hacérselo saber a ustedes, sus padres, como máximos responsables que son del chico. Comprendemos que está en una edad</em></strong> -Ralph tenía 19 años- <strong><em>y nos hacemos cargo. Respetamos los pasos que debemos seguir como siempre hicimos con nuestros mejores jugadores.</em></strong> </p><p> </p><p>Perfectamente podría haber terminado todo allí, en una confirmación oficial del interés de los Celtics por Ralph Sampson y la esperada respuesta de Sarah afirmando una vez más que era decisión de su hijo. </p><p> </p><p>Durante unos minutos Mangurian prosiguió su alocución, trufada de continuos parabienes al jugador y loas al equipo y organización de las que era su máximo representante. Thompson, reclinado convenientemente, hizo sus primeras anotaciones en un elegante cuaderno. El gesto parecía estrechar todavía más las fronteras de la conversación. </p><p> </p><p>-<strong><em>Supongo que sabrán que hace un año</em></strong> -informó Ralph padre-<strong><em>, terminando mi hijo el instituto... Roger, tú lo sabes mejor que nadie</em></strong> -dirigió hacia el entrenador de Harrisonburg mientras éste asentía-<strong><em>, dos equipos profesionales ofrecieron a mi hijo la posibilidad de incorporarse a sus filas. </em></strong></p><p> </p><p>-<strong><em>Nosotros no actuamos así</em></strong> -intervino por fin Auerbach-<strong><em>. Nosotros no prometemos cifras que no podamos cumplir ni utilizamos a la prensa como cebo. Nosotros estamos aquí para decirles a ustedes lo que queremos ofrecer. Nuestras intenciones reales hacia su hijo.</em></strong></p><p> </p><p>En eso el viejo tenía razón. Y sólo porque sabía muy bien de lo que hablaba. </p><p> </p><p>El asunto se remontaba a un año atrás, en la primavera de 1979, cuando <strong><em>Spurs</em></strong> y <strong><em>Pistons</em></strong> ejercieron de asaltantes al entorno de un adolescente que acababa de elevar a su instituto al segundo título estatal consecutivo aplastando a Suffolk con 26 puntos y 26 rebotes. Era lo de menos. A Sampson lo conocía ya todo el mundo. Profesional y universitario. </p><p> </p><p>En aquella atrevida caza fue Detroit quien llegó más lejos. </p><p> </p><p>Dick Vitale terminaba su primera temporada como técnico sin ningún éxito. Y ordenó a su asistente, Mike Brunker, una llamada directa, agresiva, irrechazable a su objetivo. La familia Sampson había depositado toda las labores de <em>recruit</em> en Roger Bergey, su entrenador en Harrisonburg, hombre serio y paciente. El <em>recruit</em> de Ralph Sampson se convertiría en la mayor operación en torno a un jugador en la historia del <em>college</em>. De los cientos de candidatos se estableció un primer filtro que dejaba todavía vivos a más de 180 centros, de ellos 50 entrenadores de visita, hasta llegar a una <em>Final Four</em> formada por Virginia, Virginia Tech, North Carolina y Kentucky. </p><p> </p><p>El fin de semana anterior a la llamada Vitale había estado en Landover, en las gradas del Capital asistiendo al McDonald&#39;s. En la víspera de aquel partido Sam Bowie anunció su marcha a Kentucky. Las siguientes 24 horas nadie escapó a la tentación de pensar que Sampson jugaría junto a él. Sobre todo después de ser nombrado MVP con 23 puntos, 21 rebotes y 4 tapones, tres de ellos a Bowie, a quien dejó aquella noche en 6 puntos. </p><p> </p><p>Para Vitale fue suficiente. Y Brunker sólo era un mandado. Un mandado sin apenas recorrido que enseñó aprisa sus cartas. <strong><em>"Muy bien, ¿de cuánto dinero hablamos? ¿Seis cifras?"</em></strong> -preguntó Bergey al teléfono. <strong><em>"No, señor. ¡De siete! Y como usted sabrá</em></strong> -los apremios eran muy mal recibidos por su interlocutor- <strong><em>el plazo es de 45 días antes del draft para enviar la carta al comisionado O&#39;Brien. Necesitamos una respuesta ¡ya!"</em></strong>. La trama saltó enseguida a la prensa y hasta la propia NBA tuvo que recordar públicamente el reglamento universitario. <strong><em>"Once you apply, you&#39;re a pro"</em></strong>, sentenció un portavoz. </p><p> </p><p>A Sampson le asustó todo aquello. Podía ser mucho dinero. Pero enviar aquella carta suponía que ningún centro universitario podría reclutarle. La renuncia era grande. Su formación estaba en juego. </p><p> </p><p>Había además un temor más profundo. El chaval había visto recientemente a los Bullets. Y quedó impresionado con Wes Unseld. Cada una de sus piernas era como su cuerpo. No podía, se convenció, no estaba preparado para algo así. </p><p> </p><p>Sampson dijo no. </p><p> </p><p>Vitale sería despedido a poco de iniciada la competición. Fueron sus últimos días como técnico NBA. Aquella negativa se la cobraría a título personal en años de ofensiva mediática contra Sampson. A menudo como el único enemigo público. </p><p> </p><p>-<strong><em>No es nuestro estilo</em></strong> -insistía Auerbach-<strong><em>. Y con el debido respeto esos equipos no son comparables a nosotros. </em></strong></p><p> </p><p>-<strong><em>¿Por qué?</em></strong> -formuló con astucia Sarah.</p><p> </p><p>Auerbach se quedó con la palabra en la boca. ¿Cómo por qué? ¿Acaso tenía que explicar una evidencia? El viejo había peleado con los más terribles monstruos imaginables. Pero una mujer le superaba. Hacía poco más de un año que su llamada a Bobby Knight para ofrecerle el cargo de entrenador en Boston había durado cinco minutos. Y aun así, se sentía más cómodo que ahora. Lamentó en su fuero interno que no fuese Ralph padre quien llevara el mando. Al menos era un hombre. Alguien que sólo por eso entendía su lenguaje. </p><p> </p><p>-<strong><em>Porque no están en una situación como la nuestra. No pueden ofrecer el futuro que nosotros ofrecemos a su hijo. Recuerde, señora</em></strong> -a su lado Mangurian tragó saliva-<strong><em>, que fue su propio hijo quien prometió escucharnos.</em></strong> </p><p> </p><p>Volvía a tener razón. Y bien fresca además. Seis días atrás, en la jornada siguiente de obtener los Celtics la primera elección en el <em>draft</em> de 1980, el hijo de los Sampson cuestionó por primera vez su continuidad en Virginia. <strong><em>"Puede que cambie de idea. Pero para que algo así ocurra tendrían que ponerme sobre la mesa un buen contrato, en duración y cifras. Si Utah hubiese ganado ni siquiera habría considerado esta opción. Lo importante será lo que los Celtics sientan por mí. Esperaré a ver qué me dicen"</em></strong>. </p><p> </p><p>-<strong><em>Lo sé</em></strong> -repuso Sarah muy segura-<strong><em>. Por eso están ustedes aquí</em></strong>. </p><p> </p><p>Era como volver a empezar. </p><p> </p><p>-<strong><em>Perdonen</em></strong> -interrumpió oportunamente Thompson, que no había vuelto a tomar notas-<strong><em>, ¿podrían hablar un poco del aspecto deportivo?</em></strong></p><p> </p><p>-<strong><em>Sí, eso es</em></strong> -resopló aliviado Mangurian. </p><p> </p><p>Un alivio algo ingenuo de quien pensaba que la firma <strong><em>Boston Celtics</em></strong> era suficiente para convencer a cualquier jugador en el mundo. Auerbach, en cambio, era mucho más consciente de las dificultades a pesar de las bondades del momento. </p><p> </p><p>Porque el momento era inmejorable. </p><p> </p><p>Los Celtics acababan de sellar su mejor temporada desde 1973. De hecho habían sido el mejor equipo de la NBA (61-21). La llegada de Larry Bird había incrementado en 32 victorias el registro de temporada, el mayor salto que había conocido la liga. Pero saltaba a la vista la necesidad de un interior, de un nuevo referente. Cowens estaba muy gastado. Había insinuado su retirada en un año. Y los otros dos pívots, Fernsten y Robey, no eran más que relleno. </p><p> </p><p>Auerbach no las tenía, pues, todas consigo. Porque no era un proyecto lo que tenía que ofrecer a Sampson. Era Sampson quien le ofrecía en realidad el proyecto. Y el viejo lo sabía. </p><p> </p><p>Y con serenidad pasó entonces a explicar lo mejor que pudo sus intenciones, que básicamente orbitaban sobre el colosal proyecto de construir una década en torno a la pareja formada por Sampson y Bird. El directivo se explayó a gusto cayendo, como de costumbre, en cierta reiteración y simbolismo, pero con la inestimable ayuda de algún <strong><em>"I love him"</em></strong> por parte de Ralph padre hacia la joya Bird. Auerbach apeló incluso a cierta premonición al recordar a los presentes que dos veranos atrás el chico había aparecido en el campus del equipo. Obvió que lo había acercado un alumno de la Universidad de Massachusets, su primo Ray. Allí fue presentado a Heinsohn y Auerbach, impresionados por su estatura. <strong><em>"No lo pierdas de vista"</em></strong>, había sugerido el primero.</p><p> </p><p>Al terminar un molesto silencio se había instalado en la sala. Y ni siquiera los sinceros <strong><em>"interesante, muy interesante"</em></strong> de Ralph padre disiparon la pesadez. Pero allí estaba el mejor negociador del mundo, el que acto seguido liberó algo el ambiente forzando de manera sutil la intervención de los dos jóvenes técnicos allí presentes. Con astucia arrojó la pregunta al aire:</p><p> </p><p>-<strong><em>Por cierto, ¿qué hay de verdad en eso de que le gustaría ser un alero?</em></strong></p><p> </p><p>La cuestión ponía en juego toda la habilidad de los dos hombres, especialmente de Bergey, quien había padecido aquella circunstancia más tiempo que Holland y con menores molestias. Si había alguien en todo el país que pudiese de veras intervenir en aquella cuestión yugular ése era Roger Bergey. </p><p> </p><p>-<strong><em>Bueno</em></strong> -arrancó tímidamente-<strong><em>, el chico estaba bajo mi responsabilidad. Y... Terry, tú lo sabes, intenté que no se criara como el resto de hombres altos. Quiero decir, que el chico tenía cualidades para explotarlas más allá de estar permanentemente bajo el aro.</em></strong> </p><p> </p><p>-<strong><em>Pero ¿fue cosa suya? ¿Fue el chico quien se lo pidió a usted?</em></strong></p><p> </p><p>-<strong><em>Mire, si yo le hubiera dejado hacer</em></strong> -repuso- <strong><em>ahora mismo estaría jugando de base. Nada le gustaba más que coger el rebote y salir corriendo para llevar el contraataque. No le voy a engañar. No era sólo cosa de un chiquillo. Le gustan bien poco los golpes. No soy Howie Garfinkel pero creo que hice lo correcto.</em></strong> </p><p> </p><p>Había infinidad de capítulos personales bajo aquellas palabras. Pero todos con un punto en común. </p><p> </p><p>Desde el principio, antes de definirse como jugador, Sampson era un visible disgusto si el baloncesto le obligaba a vivir bajo el aro. Terminando 1975 el entrenador del <em>varsity</em>, Len Mosser, fue el primer testigo de los naturales impulsos de un Sampson en pubertad que parecía poder crecer hasta el infinito. Era una caricatura, un hombre araña sin uniforme, una grotesca equis de huesos que le granjeó el apodo de <strong><em>Sticks</em></strong>. </p><p> </p><p>La primera vez que le vio con un balón, en un partidillo en el pequeño gimnasio de Lexington, se recreó en todo lo que un hombre alto no estaba destinado a hacer. Mosser se sintió escandalizado. Se enfadó tanto que pidió a un árbitro que le castigara con técnica. <strong><em>"¿Por qué motivo, coach?"</em></strong>. En aquel preciso instante Ralph machacaba el balón vulnerando la prohibición del instituto. <strong><em>"Por eso mismo"</em></strong>. </p><p> </p><p>Su cuerpo siguió creciendo. Hasta doce centímetros en pocos meses. Pero cuanto más alto, más débil. Jugadores mucho más pequeños le desplazaban de la pintura con facilidad. Y Ralph reforzó así su idea de alejarse del aro practicando el tiro entre los cuatro y cinco metros. Un tiro que no sabía lo que era un tapón. </p><p> </p><p>Y en poco tiempo Mosser le dejó hacer. Era como si proyectara en él una introspección. Como si tuviera algo entre manos que, tal vez, pudiese cambiar la historia. En el equipo mayor Bergey tampoco reprimió aquellas cosas. También él imaginó en Ralph un potencial infinito, una estrella desconocida. Bergey incluso fue más allá. </p><p> </p><p>Comenzó a ejercitar al equipo en reiterados <em>one-on-one</em> a toda pista. Una coartada para el gigante, cuyo trabajo técnico, cómo pivotar y tirar, dejó en manos de Tim Meyers, su asistente. Ralph abusó así sin ningún miedo de sus carreras con balón. O al ala, valiéndose de Joe Stock para atrapar la bola donde no llegaba nadie, como el Chamberlain de Kansas. </p><p> </p><p>Nadie sabía con exactitud qué clase de monstruo tenían entre manos. Porque no era posible calificar de otro modo a un jugador que con aquella increíble estatura no realizó su primer mate hasta seis semanas después de iniciado el campeonato. </p><p> </p><p>Bergey confió todo aquello a los presentes, concluyendo con un encendido reconocimiento de que jamás tuvo ni tendría a sus órdenes un jugador como él. Era al mismo tiempo una honesta forma de justificar todo lo hecho. </p><p> </p><p>-<strong><em>Bueno, nosotros intentamos algo parecido con Finkel... pero no nos salió del todo bien</em></strong> -sólo Mangurian pareció captar la broma y Auerbach volvió a cambiar hábilmente de tercio-<strong><em>. Señora Sampson, perdone la inconveniencia... ¿Ha tenido el chico algún problema médico?</em></strong></p><p>-<strong><em>No</em></strong> -contestó ella aprisa. </p><p>-<strong><em>¿Y anteriormente?</em></strong></p><p>-<strong><em>...</em></strong></p><p>-<strong><em>Perdón, me refiero a algo relacionado con el crecimiento, alguna debilidad ósea... en fin, comprenda que...</em></strong></p><p> </p><p>Sarah tomó aire como recordando algo íntimo, no muy grato y por ello ya sepultado.</p><p> </p><p>-<strong><em>Lo tuvo cuando era casi un bebé. Su padre y yo oramos mucho entonces. Conseguimos detener su crecimiento. Era excesivo. Lo hacía a un ritmo tres veces mayor de lo normal. Pero no se preocupe. Pasó hace mucho tiempo. Ralph está sano.</em></strong> </p><p>-<strong><em>Claro. Tiene un aspecto inmejorable</em></strong> -repuso Mangurian con alguna torpeza. </p><p> </p><p>Valerie sirvió más café. Para entonces no hacía ninguna falta. </p><p> </p><p>-<strong><em>¿Usted qué piensa, señor Holland?</em></strong> -insistió Red. </p><p> </p><p>-<strong><em>Que agradezco mucho el trabajo de Roger con el chico</em></strong> -e hizo una pausa-<strong><em>. Pero no es mi estilo de juego. Ralph lo sabe y ha tenido que adaptarse. Tiene muchas virtudes por explotar y, la verdad, ojalá pueda cambiar algún día la historia de este juego pero no voy a apostar mi carrera ni la de mis jugadores por algo así</em></strong> -Holland respondía así en la privacidad de una salita a la infinidad de críticas recibidas-<strong><em>. El 99 por ciento de entrenadores en este país habría puesto a jugar a Ralph de pívot. No seré yo el loco que haga lo contrario. Tengo entre manos un magnífico jugador de baloncesto. Y creo que un buen equipo. No un experimento.</em></strong> </p><p> </p><p>Holland estaba siendo coherente. No cambiaría un ápice su postura táctica salvo en el ritmo. Los dos primeros años de Sampson en Virginia fueron de juego lento, ideal para un poste bajo y el dentro-fuera hacia Raker y Lamp. La incorporación de Othell Wilson y Ricky Stokes daría al equipo otro aire los dos años siguientes. Pero con Holland, Sampson habría sido un cinco hasta el final de sus días. </p><p> </p><p>-<strong><em>Yo habría hecho lo mismo de estar en su caso</em></strong> -añadió Bergey, animando así a Holland a extenderse. </p><p> </p><p>-<strong><em>Ralph ha tenido serios problemas este año con las zonas. Es algo que hemos hablado mucho. Y creo sinceramente que cuando llegue a la NBA esos problemas desaparecerán por completo. Tiene que aprender todavía mucho. No sé el tiempo que estará con nosotros</em></strong> -nadie había apostado por que Sampson cumpliría su ciclo universitario-<strong><em>. Pero no voy a esperar a que se vaya para enseñarle cómo defenderse de una zona agresiva.</em></strong> </p><p> </p><p>Holland decía la verdad. Pero ni remotamente había sido aquel su mayor quebradero de cabeza. Buena parte de la temporada el gran problema del <em>freshman</em> era su selección de tiro. Si ya de por sí miraba poco al aro, hacerlo a menudo como un alero, saliendo a recibir a cuatro o cinco metros para lanzar desde su particular cielo pero renunciando visiblemente a la pintura, era algo que despertaba perplejidad contando con verdaderos tiradores en el equipo. </p><p> </p><p>Pese a todo, el joven Sampson firmó aquel curso casi 15 puntos, 11 rebotes y cerca de 5 tapones. En el último tramo de campaña y de cara al NIT que Sampson acabó sellando para Virginia, Holland había conseguido acercarle al aro y sus puntos subieron hasta los 19. Ralph daba así razón a los detractores de su entrenador. </p><p> </p><p>-<strong><em>Así que le gustaría jugar de alero</em></strong> -pensó el directivo en voz alta esbozando una cínica sonrisa. </p><p> </p><p>Porque Auerbach no quería ni oír hablar de algo así. Pero estaba tranquilo. Fitch le pondría en su sitio. </p><p> </p><p>Para muchos el problema de Sampson no era ese personal capricho. Sino su excesiva inclinación al equipo, algo por lo que Holland había recibido lo suyo. <strong><em>"No voy a hacer de él un jugador egoísta"</em></strong>, se defendía. </p><p> </p><p>En sus tres primeras temporadas, un total de 99 partidos, Ralph tiraba una media de 12 veces. Algo más de 16 puntos que no satisfacían a nadie. Una producción intolerable para colegas y analistas, que más que cargar contra él lo hacían contra la tiránica democracia de Holland. La sentencia era que Sampson estaba completamente desaprovechado. </p><p> </p><p>Quien más lejos llegó en la acusación fue el editor jefe del <em>Roanoke</em>, Bill Brill, quien literalmente creía que de haber dado Sampson en North Carolina, el sistema de Dean Smith le habría permitido multiplicar sus tiros con un 90 por ciento de acierto, aunque sólo fueran mates. Sólo así Virginia no dejaría escapar ningún título. Todo a imagen y semejanza del matrimonio Wooden-Alcindor. En el fondo no sólo aquel editor lo pensaba. No eran pocos los que imaginaban al Sampson que llegó a promediar 39 puntos y 23 rebotes alcanzado un techo contra Albemarle de 50 y 30 acertando 22 de sus 27 tiros a canasta. </p><p> </p><p>Todo era mucho más complejo. Tal vez tuvieran razón en que Virginia no fuera el mejor nido. Pero un año después de ingresar allí sólo parecía cierto que Sampson, en aquel <a href="http://bigbluehistory.net/bb/Audio/sampson1.wav" target="_blank" title="tímido balbuceo">tímido balbuceo</a> que cortó la respiración de millones de almas, había dicho la verdad. Tan sólo deseaba estar cerca de la familia, del hogar y amigos. Pero deportivamente había estado a minutos de elegir Kentucky tan sólo porque Sam Bowie le brindaría esa libertad soñada. La quimera de ser un alero. </p><p> </p><p>Quimera que no olvidaría nunca y que no dejaría de repetir en sus años de <em>college</em>. </p><p> </p><p>El problema era que aquella elección hogareña desnudaba también la mentalidad del chico. Y que siendo un atleta excéntrico parecía no poder comprender el baloncesto más que como dentro de un sistema común, sin que él despuntara al grado que su cuerpo hacía presumir. Sus prolongados vacíos y desaires, la comisión de faltas estúpidas, un frío desinterés y la acusación de pereza no le abandonarían nunca. </p><p> </p><p>Pero entonces era muy pronto. Tanto como que se hacía imposible no darlo todo por aquel increíble ejemplar de 2.24 y su sobrehumano centro de gravedad. Era capaz de recoger un bolígrafo del suelo agachándose como un chiquillo de siete años. Y todo a pesar de que quedara ya algo lejos aquel escuálido mozalbete de dos metros que a duras penas superaba los 70 kilos de peso. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 637px; height: 398px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/SampsonDUNK.jpg" alt="" width="637" height="398" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>-<strong><em>Vamos a ponerle en manos de Bill Dunn y John Gamble</em></strong> -informó Holland-<strong><em>. Harán con él un buen trabajo. Está ganando músculo aprisa. </em></strong></p><p> </p><p>Hasta ocho kilos en los tres primeros cursos. Gamble y Dunn eran fisios. Pero provenían del subterráneo mundo del culturismo. Años más tarde Dunn fallecería prematuramente. Los indicios apuntaban a un descontrolado abuso de esteroides. </p><p> </p><p>-<strong><em>Van a trabajar su técnica de salto</em></strong> -zanjó el técnico. </p><p> </p><p>Y con éxito. Batiendo a dos piernas lograrían hacerle mover con facilidad por encima de los 70 centímetros y en algunas sesiones llegaron a registrarle saltos de 89. Así se explicaría la aplastante <a href="http://www.youtube.com/watch?v=k0YUN4DBIgo" target="_blank" title="acción sobre Worthy">acción sobre Worthy</a> casi dos años después de aquella cita. Un partido en el que Sampson se fue hasta los 30 puntos y 19 rebotes. Pero con derrota. Porque él sólo no podía contra el imperio de North Carolina. Una visión que el <em>Washington Post</em> compartía abriendo líricamente su crónica: <strong><em>"Se podría escribir un poema con cada una de las 20 jugadas realizadas por Sampson"</em></strong>.</p><p> </p><p>La reunión se acercaba a las dos horas cuando Sarah volvió a elogiar las cualidades del hijo como un buen chico que no daría problemas a nadie. <strong><em>"Y muy aplicado"</em></strong>, añadió el padre, contando que tras el McDonald&#39;s de 1979 había regresado a casa a las tres de la mañana teniendo clase a las 8:30. </p><p> </p><p>Auerbach no se sintió impresionado. Se preguntó qué otra opción cabía a un chico de su edad. Eso sin que nadie en la sala sacara a colación la criticada decisión de la Universidad de descender el nivel académico de acceso a la altura del Sampson estudiante. </p><p> </p><p>-<strong><em>Pero es un hombre</em></strong> -volvió a repetir la mujer-<strong><em>. Y tiene que decidir él</em></strong>. </p><p> </p><p>La cita había tocado a su fin. Los presentes se incorporaron con la pesadez de la tarde transcurrida. </p><p> </p><p>-<strong><em>Háganle por favor llegar nuestros mejores deseos y todo nuestro interés en que forme parte de este proyecto</em></strong> -se despidió Auerbach. </p><p> </p><p>De vuelta a casa, como enseguida confirmarían los rotativos, la pareja de Boston sentía verdadero optimismo sobre la decisión del chico. </p><p> </p><p>Aquella misma noche Ralph, que había pasado la tarde en el instituto disfrutando de una jornada festiva en su nombre, recibía de su madre todo lo que el hijo debía saber. <strong><em>"¿Nada más? ¿Eso es todo?"</em></strong>. Seguramente no todo lo que habría querido. </p><p> </p><p>Sampson dio vueltas a todo aquello. Y lo hizo como acostumbraba, en solitario. </p><p> </p><p>Al día siguiente, víspera de anunciar su decisión, una llamada telefónica a su entrenador iluminaría tenuemente la parte más oscura de un desenlace todavía incierto. Era de noche cuando Ralph apuraba aquella conversación. Por encima de todo, se había imaginado jugando en la NBA. Y lo que vio no le gustó demasiado:</p><p> </p><p>-<strong><em>No sé, Terry. Creo que no estoy preparado para medirme a esos tipos.</em></strong></p><p>-<strong><em>Y lo entiendo. Y creo que haces bien. Pero dime, ¿hay algo más?</em></strong></p><p>- (Respiró y tomó una pausa larga) <strong><em>No sé, no me dan buenas sensaciones. Creo que Auerbach no ha sido limpio con mis padres. O no demasiado claro. Si dijera que sí no sé lo que me espera. Me pondría en sus manos sin saber de qué contrato estamos hablando. De cuánto tiempo, de qué dinero...</em></strong></p><p>-<strong><em>Ralph </em></strong>-le recordó-, <strong><em>no podían.</em></strong> </p><p>-<strong><em>Por favor, Terry. Me hubiese enterado de otra manera. </em></strong></p><p>-<strong><em>Pero...</em></strong></p><p>-<strong><em>¿Y sabes una cosa más?</em></strong></p><p>-<strong><em>Boston no es buen sitio para un negro.</em></strong></p><p> </p><p>Esto último lo creía de veras. No sólo por toda esa extendida idiosincrasia sobre la ciudad y los Celtics. Sino porque tenía muy fresca la lectura del <em>Second Wind</em> de Bill Russell. Los tiempos podían haber cambiado. Pero Ralph encontró en esa coartada la puntilla final. </p><p> </p><p>No esperó más. Al día siguiente, 11 de abril, anunció su intención de continuar en Virginia. Los Celtics se quedaban así con un palmo de narices. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 539px; height: 340px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/RedMangurian.jpg" alt="" width="539" height="340" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>La respuesta no se hizo esperar. Esa misma jornada las palabras de Auerbach desde las oficinas del Garden no desprendían el mejor humor: <strong><em>"La gente que le ha aconsejado quedarse en la escuela no debería conciliar bien el sueño por las noches. (...) La lógica está del lado de los Celtics. (...) Es ridículo. Él y sus padres han sido estafados"</em></strong>. </p><p> </p><p>La prensa verde arropó al directivo acusando de &lsquo;reinona&#39; a Sarah Blakey, la culpable de todo, la diva encantada con ocupar aquel papel preponderante mientras su hijo continuara en Virginia. </p><p> </p><p>Boston seguía desde hace tiempo a Joe Barry Carroll, de Purdue, Mike Gminski, de Duke, Roosevelt Bouie, de Syracuse, y a un alero alto de Minnesota de nombre Kevin McHale. El primero no era del gusto de Auerbach. El resto, abría brecha. Y los Celtics querían a Sampson. Al precio que fuese. A toda costa. </p><p> </p><p>Así el viejo lobo no desistió. No podía hacerlo viendo el disgusto que arrastraba desde Cowens. Las sucesivas elecciones de Steve Downing, Glenn McDonald, Tom Boswell y Norm Cook no habían salido precisamente bien. Pero la de Bird en 1978 invitaba a dar el salto definitivo. Y eso se lo brindaría el joven gigante. Dueño y directivo pusieron todo su empeño en mantener una segunda reunión esta vez con el chico presente. </p><p> </p><p>Pero una vez más se toparían con el incierto muro que representaba su madre. Hablaron con ella, con Holland y con el profesor Thompson. Todo en vano. Hicieron lo no escrito para conseguirlo. Hasta que el mismo Sampson abrió la puerta. <strong><em>"Mamá, no te preocupes. Quiero verles. Diles que sí"</em></strong>.</p><p> </p><p>El 23 de abril, antes del tercer partido de <em>playoffs</em> ante Philadelphia, Auerbach y Mangurian volvían a la casa de los Sampson a quemar el último cartucho. Thompson estaría allí nuevamente como vigía. Y esta vez los señores de verde estaban dispuestos a todo. Faltaban menos de 48 horas para que terminara el plazo. Su condición de elegible agonizaba aprisa. </p><p> </p><p>Ralph prefirió escuchar y como temía no recibió nada en claro. O no todo lo claro que él deseaba. Sabía perfectamente de aquellos cinco años y 3.2 millones que Boston había pagado por Bird. Y Mangurian temió mucho más que la primera vez las pretensiones económicas del chico. Como si supiera que sólo aceptaría abandonar Virginia por una cantidad desorbitada. Una cantidad nunca antes ofrecida a un jugador de esa edad. </p><p> </p><p>Transcurrida hora y media nada importante ocurrió, lo que terminó poniendo nervioso a Red Auerbach y disgustando a Sampson, que seguía sin conocer con exactitud qué era lo que le ofrecían. Durante toda la reunión Mangurian había temido el momento de entrar en negociación, con cifras arriba y abajo, allá donde él tendría que improvisar. </p><p> </p><p>Así el momento culminante de la noche, cuando no importaba siquiera traspasar algún límite, tuvo lugar en la despedida, con todos en pie próximos a la puerta. </p><p> </p><p>-<strong><em>Hijo</em></strong> -la mano de Red no llegaba al hombro del chico-<strong><em>, te he hablado del proyecto. Tú sabes quiénes somos, lo que somos. Pero quiero que sepas que nosotros te ofrecemos un contrato que nadie en su sano juicio podría rechazar.</em></strong></p><p>Era su ocasión.</p><p>-<strong><em>¿Cuánto?</em></strong></p><p>-<strong><em>¡Ralph!</em></strong> -quiso cortar Thompson.</p><p>-<strong><em>Más de lo que hemos pagado a Bird. Más de lo que los Lakers han pagado a Johnson. Queremos que seas uno de los nuestros.</em></strong> </p><p>Otra vez el silencio. </p><p> </p><p>Que Sarah vulneró abriendo la puerta. <strong><em>"Señores, ha sido un placer"</em></strong>. </p><p> </p><p>No era posible hacer más. No más allá de lo dicho. </p><p> </p><p>Ralph no movió un ápice su postura y la respuesta volvió a ser la misma. Se quedaría, pues, en la universidad que había tenido el honor de fortalecer la figura de Thomas Jefferson.</p><p> </p><p>Se amparó en su formación. Pero su fuero interno temía no alcanzar ni de lejos las exigencias de aquel hombre. No había más que leer la ambición que irradiaban sus ojos. Era como si los Celtics no estuvieran dispuestos a perder un solo anillo. La presión sería mil veces mayor. Y Ralph seguía llevando muy mal ser el centro de las miradas, el tormento que le suponía la prensa, como terminaría confirmando a uno de sus miembros al preguntarle qué era lo mejor de un final de curso: <strong><em>"Perderos de vista unos meses"</em></strong>. </p><p> </p><p>De eso no se libraría en el futuro. Pero dinero, exigencia y atención podían ser diferidas. <strong><em>"Soy muy joven aún</em></strong> -pensó-<strong><em>. No perderé valor y cuando decida dar el salto estaré en mejores condiciones"</em></strong>. </p><p> </p><p>Sólo la historia sabía cómo se cobraba el viejo una negativa de aquel calibre. Auerbach sintió encontrarse en la misma situación que en 1956 y 1970. Era momento de atrapar la liga con sus propias manos. </p><p> </p><p>Nunca tanto se haría en tan poco. </p><p> </p><p>Todo se remontaba al verano anterior. Auerbach envió a Bob McAdoo a Detroit como compensación por la llegada del agente libre M.L. Carr. McAdoo fue un fracaso en Boston. Reconoció públicamente su descontento. Pero su valor era muy alto. Tanto que Boston sacó a Detroit por el traspaso sus dos primeras rondas en aquel <em>draft</em> de 1980 (una suya, otra vía Washington). <strong><em>"Un robo"</em></strong>, había calificado en privado un cargo de la propia liga. </p><p> </p><p>En condiciones normales Detroit se habría jugado la primera elección de aquel año con Utah. Pero Detroit ya no estaba allí. Eran los Celtics. Y Auerbach ganó el salto a Frank Layden. No tenían a Sampson. Pero elegirían primeros. Y la primera posición era el valor más alto.</p><p> </p><p>-<strong><em>¿Qué vas a hacer? Podemos elegir a quien queramos.</em></strong> </p><p> </p><p>Auerbach quería más. Necesitaba de alguien a quien lanzar el cebo. Y lo encontró aprisa en los Warriors. Allí había un pívot que mejoraba aprisa. Un tipo que el año anterior se había travestido de Chamberlain ante los Knicks anotando 30 puntos y capturando 32 rebotes. Un jugador descontento por lo que tenía alrededor y que le pondría las cosas difíciles a los suyos para renovar. Era la situación perfecta. </p><p> </p><p>-<strong><em>¿Qué piden por él?</em></strong> -volvió a preguntar Mangurian.</p><p>-<strong><em>Nuestra primera elección. </em></strong></p><p>-<strong><em>Si se la damos ¿qué nos queda?</em></strong></p><p>-<strong><em>Ellos tienen la tercera. Eso nos queda. </em></strong></p><p>-<strong><em>¿Y eso es suficiente?</em></strong></p><p>-<strong><em>Sí.</em></strong></p><p>-<strong><em>¿Por qué?</em></strong></p><p>-<strong><em>Porque Golden State va a elegir a Carroll. Y si Utah lo pierde irán a por Griffith. Me lo ha dicho el propio Layden. Y le creo.</em></strong> </p><p>-<strong><em>¿Y por qué no elegimos a Carroll?</em></strong></p><p>-<strong><em>No me gusta.</em></strong></p><p>-<strong><em>Pero entonces, Red, ¡qué es lo que nos queda! </em></strong></p><p>-<strong><em>Harry, el año que viene tendremos un &lsquo;frontcourt&#39; a nuestra altura. Uno será Robert Parish. El otro, Kevin McHale. Confía en mí.</em></strong> </p><p> </p><p>Tal fue prometido así ocurrió. </p><p> </p><p>Golden State eligió primero (J.B. Carroll). Boston sacó por ello a Robert Parish. Utah eligió segundo de acuerdo a la confesión de Layden (Darrell Griffith). Y Boston empleó su tercera posición en el alero alto de Minnesota de nombre Kevin McHale. </p><p> </p><p>Ya nada más importaba. </p><p> </p><p>Auerbach tenía lo que quería. </p><p> </p><p>Once meses después los Celtics alzaban su 14º título de la NBA. El proyecto daría como resultado cinco Finales -cuatro de ellas consecutivas- y tres anillos. </p><p> </p><p>Auerbach tardó así muy poco en borrar de su inmenso libro de memorias el nombre de aquel gigante que quería ser alero. </p><p> </p><p>Pero por muy importante que fuera, no era más que un olvido. Uno solo.</p><p> </p><p> </p><p align="center"><strong>..................................................................</strong></p><p> </p><p> </p><p>Un año después de aquel <em>affaire</em> los dos peores equipos de la liga, Pistons y Mavericks, enfrentados por la moneda al aire para hacerse con la primera elección, anunciaron públicamente sus intenciones de hacerse con Sampson. Como para evitar que ocurriera lo mismo que con Boston, NBA y NCAA acordaron un comunicado que recordaba que no se iban a permitir negociaciones con un <em>amateur</em>. El asunto era más complejo. Dean Smith había aplaudido la decisión, bautizada como <em>Sampson Rule</em>, de que los jugadores universitarios deberían declarar su condición de <em>hardship</em> antes de resolverse la lotería del draft. </p><p> </p><p>Norm Sonju, director de los Mavs, actuó con discreción porque su mensaje ya estaba dado. </p><p> </p><p>Sin embargo Jack McCloskey, remordido por lo regalado un año atrás, tenía vuelo a Virginia cuando Holland le previno de hacerlo. Pero no de emplear el teléfono. </p><p> </p><p>-<strong><em>Ralph no está cerrado a algo así, señor McCloskey. </em></strong></p><p>-<strong><em>Pero entonces, si no puedo verle ni hablar con él, usted dirá...</em></strong></p><p>-<strong><em>Le confío los deseos de Ralph de que tanto ustedes como los Mavericks nos hagan llegar por escrito un informe detallado de cuál es la situación de la compañía y equipo. Dónde se incorporaría Ralph y en qué condiciones. </em></strong></p><p>-<strong><em>¿Y la cuestión económica? </em></strong></p><p>-<strong><em>Cíñase al aspecto deportivo. Será más sencillo para todos. </em></strong></p><p> </p><p>Así lo hicieron y nada varió finalmente la decisión de Ralph Sampson de continuar en Virginia y afrontar su año <em>junior</em>. </p><p> </p><p>Dallas se llevó en primera posición a Mark Aguirre y Detroit como segundo a Isiah Thomas. Juntos ganarían dos campeonatos de la NBA. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 425px; height: 241px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Pistons89.jpg" alt="" width="425" height="241" align="absMiddle" /></p><p align="center"> </p><p align="center"><strong>..................................................................</strong></p><p> </p><p> </p><p>Una temporada más tarde el valor de Sampson se vería incrementado. El título NCAA se le resistía. Pero la superioridad exhibida ante el <em>freshman</em> Pat Ewing en el partido más cotizado por TV en la historia del <em>college</em> y que ningún otro equipo acumulara en todo el país más victorias que Virginia en los últimos tres años, seguiría proyectando fantásticos futuros para aquel cuerpo insólito que parecía seguir fortaleciéndose.</p><p> </p><p>Así al término de la regular NBA de 1982 el propietario de Los Angeles Lakers, Jerry Buss, pensó en Ralph Sampson para acortar el ocaso de Abdul-Jabbar y suplirlo en su futura concepción de la década junto a Magic Johnson. </p><p> </p><p>Cuando la prensa supo de sus intenciones rechazó de plano el prematuro adiós de Kareem inclinándose con cierta lógica a la increíble pareja que formaría con Sampson, en la posibilidad real de levantar unas <em>Twin Towers</em> en Los Angeles. </p><p> </p><p>Nada más saberlo Sampson tuvo una sensación similar a la que había vivido con el interés de Boston, sólo que ahora con muchas menos dudas. </p><p> </p><p>Pero había un problema: San Diego. Ellos y los Lakers se jugarían la primera elección en el <em>draft</em> de 1982.</p><p> </p><p>El jugador acudió a Los Angeles a recibir el <em>Wooden Award</em> y el domingo 11 de abril fue invitado por los Lakers a presenciar el crucial duelo por la Pacific frente a los Sonics. Ralph tendría el placer además de compartir unas horas a solas con Abdul-Jabbar en su mansión de Bel Air. </p><p> </p><p>-<strong><em>¿Cuál es el problema entonces?</em></strong></p><p>-<strong><em>Por nada del mundo quiero ir a San Diego</em></strong> -confesó a Kareem. </p><p> </p><p>Los Clippers eran el peor equipo del Oeste. Los Lakers, el mejor. Y el día 20 de mayo ambas franquicias se jugarían la primera carta. </p><p> </p><p>Buss conocía el temor de Sampson y pasó a negociar directamente el asunto con su homólogo en los Clippers, Donald Sterling, el peor hueso que roer, el hombre al que el comité de propietarios había intentado expulsar de la liga. Con él tan sólo había clara una cosa. Cuanto más agresivo fuera Buss mayores ambiciones despertaría en Sterling. </p><p> </p><p>El propietario de los Lakers llegó a ofrecer la nada despreciable cantidad de 6 millones de dólares por comprar a los Clippers su 50 por ciento en el <em>draft</em>. Sterling dijo no. Buss añadió a la cantidad el jugador que Sterling libremente eligiera. Pero éste lo rechazó por segunda vez y sin mencionar ningún nombre. </p><p> </p><p>Conocidas las intenciones de Buss de unir a Sampson con Abdul-Jabbar, el dueño de San Diego renunció a ser el hazmerreír de la liga al facilitar a los Lakers el diseño de una plantilla que dominaría la NBA a placer. Sterling no quería pasar a la historia como una nota a pie de página, hundido allí como el hombre que se vendió a los Lakers. </p><p> </p><p>Buss lo arriesgó todo en su última oferta. Hasta perder la noción de la realidad. Seis millones de dólares, tres jugadores y tres primeras rondas. Una locura. </p><p> </p><p>Y Sterling dijo no por tercera vez. Pero aquí la negativa encerraba un decisivo matiz en la última conversación entre ambos:</p><p> </p><p>-<strong><em>Uno de los jugadores que quiero es Abdul-Jabbar.</em></strong> </p><p>-<strong><em>Donald, este punto es innegociable.</em></strong> </p><p>-<strong><em>Pues no hay nada más que hablar.</em></strong> </p><p> </p><p>Buss tampoco desistió. Inició conversaciones a la desesperada con Jazz y Knicks. Utah tenía la tercera elección. Si los Jazz estaban de acuerdo en recibir a Bill Cartwright, los Clippers tendrían para ellos la segunda y la tercera elección cediendo así a los Lakers la carta Sampson. </p><p> </p><p>Llegados a este punto Sterling ya no quería nada con los Lakers. Tan sólo y por orgullo jugarse con ellos el primer <em>pick</em>. El desenlace fue todo lo irónico que cabría esperar. Ralph dejó pasar el plazo y los Lakers ganaron la posición número 1 adquiriendo al alero de North Carolina, James Worthy. </p><p> </p><p>Sampson volvería a ver cómo el equipo que llamaba con mayor fuerza a su puerta se haría, y hasta por tres veces, con el título de la NBA. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 585px; height: 262px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Bird_MagicChamps.jpg" alt="" width="585" height="262" align="absMiddle" /></p><p align="center"> </p><p align="center"> </p><p align="center"><strong>..................................................................</strong></p><p> </p><p>En abril de 1983 ya no era posible el retraso. A dos meses del draft, Ralph Sampson anunciaba que nada le gustaría más que jugar allí de alero. Que tan sólo le hacía falta ganar algo de peso. Que incluso contemplaba la posibilidad de recurrir a <a href="http://www.acb.com/redaccion.php?id=53978" target="_blank" title="Pete Newell">Pete Newell</a> para aprender cuando, en realidad, el viejo maestro acostumbraba a realizar el camino inverso. </p><p> </p><p>Ralph fue el número 1 del <em>draft</em>. Lo habría sido siempre. Tenía a toda la NBA a sus pies. Y firmaría con Houston Rockets por los siguientes cuatro años y algo más de cinco millones y medio de dólares.</p><p> </p><p>Cumplió el primer paso. Ya era millonario. </p><p> </p><p>En octubre de aquel año el <em>Inquirer</em> pondría el dedo en la llaga asegurando que era imposible que Sampson ocupara su posición soñada y que no importaban en absoluto las ambiguas declaraciones de Fitch en sentido contrario. </p><p> </p><p>La presunta posición de ala-pívot que ocuparía en su temporada de novato junto a Caldwell Jones no sólo no facilitaría el sueño de Ralph, sino que su compañero, el veteranísimo Elvin Hayes, que había prometido retirarse al cumplir su minuto de juego número 50 mil, se ocupó personalmente en la instrucción del chico. La instrucción de un pívot o, a lo sumo, de un interior. Hayes hizo de Holland. Y Bill Fitch, el hombre con quien Sampson habría dado de aceptar tres años antes a los Celtics, no quiso saber nada de experimentos. </p><p> </p><p>Sampson terminó siendo el mejor novato del año. Pero el equipo no pasó de las 29 victorias. </p><p> </p><p>Houston volvió a ganar la primera elección al año siguiente. Se sumaba a los Rockets un poderoso interior de nombre Akeem Olajuwon. Con la mejor de sus intenciones el nigeriano declararía en agosto que jugar al lado de Sampson le haría parecer un alero. </p><p> </p><p>Esta vez sí habían nacido las <em>Twin Towers</em>. Y la unión de ambas fuerzas generó una apasionante controversia. Unos auguraban el fracaso, como dos gigantes condenados a absorberse. Otros, el producto de dos fuerzas nunca sidas en un mismo equipo.</p><p> </p><p>Ray Patterson, el director deportivo que había logrado esa unión, seguía encantado con declarar que si había un base de 2.06 -por Magic Johnson- por qué no un alero de 2.24. </p><p> </p><p>En febrero de 1985 la pareja promediaba más de 42 puntos y 22 rebotes por partido. Sampson se convirtió por una noche en el mejor jugador del mundo si acaso el MVP del <em>All Star Game</em> desprendiera esa fugaz condición. </p><p> </p><p>Su relación con Bill Fitch no fue nunca sencilla. Si los interiores que iba sumando el equipo se nombraban por James Bailey, Hank McDowell, Jim Petersen, Granville Waiters, Richard Anderson o Dave Feitl, los delirios de Ralph se esfumaban sistemáticamente. </p><p> </p><p>El inicio de la temporada de 1986 estuvo cerca de provocar un cisma. Ralph venía tocado en una de sus piernas cuando un par de malos encuentros de pretemporada provocaron unas declaraciones de Fitch -<strong><em>"Tiene que mejorar"</em></strong>- que pretendían actuar como estímulo. Ralph desató una sospechosa frustración a esas alturas de año: <strong><em>"Si no le gusta mi juego, que me traspase"</em></strong>. Un conflicto que marcaría el primer tercio de temporada. </p><p> </p><p>No habría sin embargo mejor año para ambos.</p><p> </p><p>La cima de su carrera deportiva, aquel <a href="http://www.youtube.com/watch?v=i7rsqsNf4SE" target="_blank" title="buzzer en el Forum"><em>buzzer</em> en el Forum</a> que impidió a los Lakers su cuarta final consecutiva, tuvo lugar desde el interior, como un interior y marcado como tal por Abdul-Jabbar. En las Finales, como había ocurrido en los tres años anteriores, Sampson dejó momentos de alerismo futuro. El empate a 27 en el segundo partido de aquellas series vino propiciado por un rebote en el cielo, un envío a Robert Reid y una devolución de éste a la carrera que terminó en un mate de Ralph en el mismísimo techo del Garden. Como si por un solo instante el mundo presenciara cómo sería la fisonomía de un jugador medio en el siglo XXII.</p><p> </p><p>Pero brindaba un destello soñado por cada cien acciones. Y a cada uno de sus intentos, con acierto o no, Fitch torcía el gesto contrariado. </p><p> </p><p>Cuando en febrero de 1988 salió de los Rockets camino de Oakland su cuerpo estaba ya diezmado a pesar de que su aspecto presentara una apariencia intacta. A su llegada a Sacramento era imposible ocultarlo. Le habían aguardado tres intervenciones quirúrgicas y en adelante la disputa de menos de la mitad de los partidos posibles. </p><p> </p><p>Con 32 años era un anciano de más de 7 pies. Apenas podía correr y saltar. Sus rodillas se inflamaban de tal manera que los vendajes, además de paliar, ocultaban monstruosas deformaciones que no convenía dejar a la vista. </p><p> </p><p> </p><p align="center"> <img style="width: 591px; height: 402px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/SampsonEnd.jpg" alt="" width="591" height="402" align="absMiddle" /></p><p align="center"> </p><p align="center"> </p><p>No parecía cierto que hubiese pasado tan poco tiempo de tantas y tantas promesas ajenas. Infinita mayor movilidad que Bill Russell, mayor potencial reboteador que Wilt Chamberlain y mejor lanzamiento que Abdul-Jabbar. No fueron pocos, en suma, quienes vaticinaron que revolucionaría la historia del baloncesto. No era posible calcular el volumen de esperanzas escritas sobre él. </p><p> </p><p>Ralph Sampson no cumpliría jamás las expectativas. Y sin embargo sufrió menos por ello que por no haber podido consumar aquel sueño juvenil de jugar, de ser, en realidad, un alero. El alero más alto del mundo. </p><p> </p><p>Preso de su increíble estatura nunca lo fue. </p><p> </p><p>Una frustración que no vino sola. Porque entre aquella reunión con los Celtics y su retirada del baloncesto tuvo la desconcertante sensación de haber transcurrido un suspiro. </p> Jue, 18 Mar 2010 06:36:29 +0100 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-alero-mas-alto-del-mundo http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/el-alero-mas-alto-del-mundo Misterios del contacto amable <p align="center"><img style="width: 565px; height: 141px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/ContactHands.jpg" alt="" width="565" height="141" align="absmiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>El primer partido de las Finales de 1979 se cerró con un extraño episodio. Con empate a 97 una penetración de Larry Wright (Washington) se saldó con falta de Dennis Johnson (Seattle). Eddie Rush no tuvo ningún reparo en señalar la falta cuando el tiempo había expirado. De manera que Wright dispondría de tres tiros libres -normativa vigente- para conseguir la victoria. Wright, que hasta entonces firmaba una inmaculada serie de 19 de 19 en <em>playoffs</em>, falló el primero. </p><p> </p><p>Ninguno de sus compañeros se acercó a él. </p><p> </p><p>Anotó el siguiente y tampoco. De hecho celebró a solas el triunfo hasta acabar acertando también el tercero (99-97).</p><p> </p><p>Aquella imagen, su soledad tras el fallo, sería impensable hoy en día. </p><p> </p><p>Es un ejemplo. Uno solo de los cientos de miles posibles. Uno muy significativo, tal vez el más para explicar lo que se pretende. Un compañero se juega sobre la línea de tiros libres una victoria en plenas Finales y acierte o falle nadie de los suyos acude a tocarle. </p><p> </p><p>Esto era así no hace mucho.</p><p> </p><p>El jugador que tiraba los libres estaba solo. Completamente. El balón, el aro y esos segundos como de <a href="../../elpuntog/post/la-insoportable-soledad-del-patibulo" target="_blank" title="patíbulo solitario">patíbulo solitario</a> eran toda su compañía.</p><p> </p><p>Nadie sabe exactamente cuándo y quién fue el primero de ellos en acercarse al tirador. </p><p> </p><p>De hecho para cifrar el origen de este uso habría que utilizar el mismo truco de que se valió Rousseau para explicar el principio de la propiedad privada: <em>"El primer hombre al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir &#39;Esto es mío&#39; y encontró a gentes lo bastante simples como para hacerle caso"</em>. </p><p> </p><p>Así nace un uso. Nadie sabe cuándo ni por qué. Sólo, y sin completa certeza, cómo pudo ocurrir. </p><p> </p><p>En algún remoto partido y momento uno de esos compañeros que aguardan el rebote buscó el sincero consuelo del tirador seguramente después de fallar su primer tiro (el segundo no habría permitido ese contacto). ¿Cómo? Ofreciéndole la mano. Acudiendo así a su amparo. Un gesto tan simple que en algún otro lugar y momento otro compañero vino a hacer lo mismo. Y un tercero a sumarse después. Así fue extendiéndose la cosa hasta que el error o el acierto importaban menos que el contacto de los compañeros con el tirador. El de cada vez más. El de todos, a ser posible. </p><p> </p><p>Y así llegamos a hoy. A lo que ocurre en los tiros libres. A ese episodio que se repite sistemáticamente y que consiste en chocar la mano al tirador, tocarle al menos, iniciar el gesto o simularlo aunque no se produzca el contacto. </p><p> </p><p>Sorprende que nadie lo haya hecho notar. Este uso se ha extendido por completo al baloncesto mundial. Se ha colado con sigilo por la historia e instalado con tanta fuerza que si un jugador no recibiera ese contacto inmediato la sospecha sería grande. Incluso gracias a <a href="http://www.youtube.com/watch?v=Zc11PUnFgkQ&feature=fvst" target="_blank" title="Bogut">Bogut</a> sabemos que el ritual ha adquirido ya carácter de reflejo condicionado. </p><p> </p><p>Y tampoco sabemos muy bien si es el tirador el que precisa del contacto de los compañeros o éstos de tocar al tirador. El caso es que parece necesario y grato a todos ellos. </p><p> </p><p>El caso es que ya no hay vuelta atrás. </p><p> </p><p> </p><p>Éste de los tiros libres no es más que un peldaño en el que apoyarnos para explicar algo mucho mayor y general. Un fenómeno que surge, como tantos otros, de algo muy pequeño. </p><p> </p><p>El <em><a href="http://www.nytimes.com/2010/02/23/health/23mind.html?ref=science" target="_blank" title="New York Times">New York Times</a></em> se hacía eco recientemente de los últimos estudios realizados en el campo del lenguaje táctil y su vital importancia en la transmisión de emociones. Estudios que continuaban los <a href="http://www.springerlink.com/content/x4q5730r005k4714/" target="_blank" title="trabajos">trabajos</a> llevados a cabo hace más de una década por investigadores del departamento de medicina de las universidades de Miami y Nova. Los resultados demostraban que el tacto como terapia aliviaba la ansiedad y los síntomas de depresión, reducía los niveles de hidrocortisona y aumentaba la atención y la actividad. Resultados que al fin y al cabo verificaban algo ya intuido. </p><p> </p><p>El siguiente paso es mucho más reciente. Y más sorprendente también. </p><p> </p><p>Se trataba de saber si el tacto ejercía algún tipo de influjo en los sujetos receptores. Y al parecer así es. Los llamados <strong><em>momentary touches</em></strong> pueden actuar de manera positiva en quienes los reciben. Como si hubiera una estrecha relación entre el tacto y el éxito en un plazo inmediato. </p><p> </p><p>Para comprobarlo investigadores de la Universidad de Berkeley realizaron un estudio apoyándose en un muestrario fascinante, decisivo, un terreno ideal para una investigación de estas características: la NBA. O lo que es lo mismo, el baloncesto. Porque no hay un escenario igual. No un continente donde la frecuencia y volumen del contacto, amable u hostil, tenga parangón en el mundo del deporte. </p><p> </p><p>El tipo de contacto estudiado era el táctil. Y como su objetivo era empático podríamos darlo en llamar <strong><em>contacto amable</em></strong>.</p><p> </p><p>Así el equipo formado por los doctores Michael W. Kraus, Cassy Huang y Dacher Keltner sometió a estudio un periodo temprano de la temporada de 2009 llegando a la conclusión, con escasas salvedades, de que los mejores equipos de la liga tendían al contacto recíproco en mucho mayor grado que los peores. </p><p> </p><p>Los resultados arrojaban el contundente saldo de que los equipos cuyos jugadores mostraban una mayor interacción táctil eran <strong>Celtics</strong> y <strong>Lakers</strong>, mientras que en el extremo opuesto, los equipos cuyos miembros apenas se tocaban o lo hacían en el menor grado eran <strong>Bobcats</strong> y <strong>Kings</strong>.</p><p> </p><p>Una deducción que no conduce a resultados concluyentes cuando parece claro que los aciertos favorecen mucho más el contacto que los errores. Y que un buen equipo dará muchas más oportunidades de contacto amable que uno malo. Pero al mismo tiempo esa correlación invita a pensar en qué grado puede influir el factor táctil en la reproducción de esos aciertos. Cómo el clima táctil afecta al marcador. </p><p> </p><p>La incertidumbre, pues, residiría en saber si el acierto precede al tacto en una proporción muy superior a la inversa: que el tacto conduzca a un mayor éxito de las acciones. Y posiblemente ninguna respuesta más adecuada que la del circuito de reproducción que muestra la figura inferior, uno de los procesos más visibles y manifiestos a lo largo de un partido de baloncesto. </p><p> </p><p>Lo que sí demostraba el estudio son cambios hormonales en sentido positivo. Que esos contactos disparan los niveles de oxitocina, la llamada hormona generosa que contribuye a reforzar la sensación de confianza y reduce los índices de estrés. Al parecer el cerebro interpreta los contactos amables como una <strong><em>"distribución del problema"</em></strong> (James A. Coan, Univ. Virginia), un reparto de la carga que ayuda a relajar la tensión emocional y a una mejor disposición en la resolución de conflictos y responsabilidades. </p><p> </p><p>Un debate teórico que en la práctica resulta apasionante. </p><p> </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 546px; height: 402px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/ContactoEsquema.jpg" alt="" width="546" height="402" align="absmiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Sin haber índices ni estudios que lo verifiquen el baloncesto NBA de los años cuarenta y cincuenta figuraba un escenario de caballeros sin apenas ejemplos de contactos amables. Aquel baloncesto no estaba a salvo de ellos pero en ningún caso habían adquirido el sentido ceremonial y automático que poseen hoy en día. </p><p> </p><p>Basta la observación para comprobarlo. A sus escasos 21 años, de seguro Derrick Rose ha sido ya tocado en los libres mucho más de lo que Bird fue de manos de Parish y McHale en toda su carrera. Porque entre el primer y segundo tiro libre Bird estaba solo. Era un paréntesis del juego. Y así lo fue para todos sus contemporáneos y precedentes. Así hasta hoy. </p><p> </p><p> Vivimos actualmente una sobrecarga táctil como no había conocido este juego. Sobre el escenario de pista son incontables los ejemplos. </p><p> </p><p>No hay partido que no vea decenas, tal vez cientos, de pequeños contactos amables que arrancan ya mucho antes del salto inicial y no terminan con la bocina. Contactos de una escala cada vez mayor que incluso abren distintas categorías genéricas. Categorías que van, entre otras muchas, del <strong><em>High Five</em></strong> (mano-mano) al <strong><em>Fist Pound</em></strong> (puño-puño) al <strong><em>Belly Bump</em></strong> (pecho-pecho) al <strong><em>Hug</em></strong> (cuerpo-cuerpo) al simbólico <strong><em>Ubuntu</em></strong> (cuerpos-cuerpos). </p><p> </p><p>Lo más sorprendente es que este riquísimo universo gestual avanza tan aprisa que empiezan a fortalecerse las relaciones entre el gesto y la acción que lo precede. Así el suave contacto de los dedos al tiro libre parece poder darse únicamente en ese caso y no en el cruce de compañeros que intercambian la salida a pista. Como en este caso la intensidad del <strong><em>Down Five</em></strong> será menor que su réplica tras el tapón de un compañero que ha dado con el balón fuera. </p><p> </p><p>No es posible descifrar el origen de todo esto como no es posible hacerlo con el saludo. </p><p> </p><p>Pero al desarrollo de este lenguaje táctil hubo jugadores y equipos verdaderamente decisivos. </p><p> </p><p>Tal vez ninguno como <strong>Magic Johnson</strong>. El <em>High Five</em> no es una invención suya. Pero probablemente ningún otro jugador en la historia contribuyó en mayor medida a su automatismo y extensión por todas las pistas de la NBA. Y tampoco podía ser otro modo. Porque <a href="../../elpuntog/post/la-magia-eterna" target="_blank" title="su baloncesto">su baloncesto</a> era de tal absoluta generosidad, tal grado de proyección desprendía, que sus emociones materiales no se veían detenidas con las detenciones del juego, prolongando así esa viva comunicación que suponía el tacto y contacto permanente con los suyos. La relación táctil de Magic Johnson con sus compañeros no representa más que una pequeña parte de un incesante caudal expresivo. </p><p> </p><p>Un caudal especialmente desatado en el Johnson más joven. Acuden sus interminables segundos colgado de Abdul Jabbar tras su primer partido como profesional. Un abrazo que acabó enfadando al gigante, infinitamente menos dado al contacto. Tres años después, en el partido que abría la temporada de 1982, un triple suyo desde doce metros enviaba a los Rockets a la prórroga. Camino del tiempo muerto Magic entró en fase de <em>acting out</em> cuando Mark Landsberger salió a su encuentro ofreciendo arriba su mano derecha para recibir la de Johnson. Éste inició el movimiento con tanta fuerza que Landsberger retiró la mano al saludo.</p><p> </p><p>De haber un imposible índice de contacto fraternal nadie lo habría replicado mayor número de veces que el genial jugador angelino. No se explica de otro modo que el <strong><em>Dream Team</em></strong> de 1992 siga siendo uno de los equipos más táctiles de la historia. Y a través de su ejemplo se explica también el notable incremento del tacto en las selecciones presentes en los Juegos Olímpicos. Porque se da un significativo valor de unidad en esas citas. </p><p> </p><p>Hoy día ningún jugador es comparable en ese sentido a <strong>Kevin Garnett</strong>. </p><p> </p><p>La investigación de Berkeley, en el terreno destinado a los jugadores, arrojó precisamente un podio presidido por Kevin Garnett y seguido de <strong>Chris Bosh</strong> y <strong>Carlos Boozer</strong>.</p><p> </p><p>En particular el doctor Keltner realizó una curiosa observación sobre el jugador de los Celtics al comprobar que en un lapso de apenas un segundo fue capaz de tocar a todos sus compañeros tras un lanzamiento libre. Una circunstancia que no sólo confirma el alma proyectiva del jugador sino la abrumadora cercanía física del grupo de Boston. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 602px; height: 417px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/ContactCelts.jpg" alt="" width="602" height="417" align="absmiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Con Garnett la exploración alcanza incluso un nuevo grado. </p><p> </p><p>Su voluntad de expresión es tan grande que a través de él se explica otra sorprendente categoría: el <strong><em>touch oneself</em></strong>. Porque Garnett aplaude y golpea su pecho, se motiva a sí mismo como si el resto de compañeros fuera insuficiente. Así no es de extrañar que durante el fabuloso curso de 2008 <a href="../../elpuntog/post/del-salvaje-garnett" target="_blank" title="Garnett">Garnett</a> apareciera como el gran líder por la sola apariencia de motor del tacto, de tótem del que todo partía y en el que todo terminaba. Un compañero no podía consumar un acierto sin haberle tocado. Garnett era, en suma, el centro de toda unión. El corazón del <em>Ubuntu</em>. </p><p> </p><p>La semántica se muestra especialmente rica en este terreno. El <strong><em>touch oneself</em></strong> contrasta enormemente con el <strong><em>being in touch with oneself</em></strong>, referente al universo interior de la meditación. Las dos caras de una misma moneda. </p><p> </p><p>Esa primera categoría, la del autocamiento o <em>tacto reflexivo</em>, es al mismo tiempo una de las más genuinas y expresivas de cuantas el baloncesto proporciona. Porque es ahí donde cabe incorporar al masivo yacimiento de pequeños rituales y gestos que adquieren en determinados jugadores sentido de ceremonia y rango de manía. </p><p> </p><p>Es como si el jugador se reconociera a sí mismo a través de esos gestos, una identidad que necesita tocarse para verse fortalecida. Es lo que Nowitzki exhibe cada vez que tira de su camiseta y hombros arriba, lo que Shaq pasándose cuatro dedos por las sienes aguardando el balón de los árbitros o Kobe secándolos bajo sus axilas, lo que Bird hacía pasándose los dedos por las suelas o Nash por su lengua o lo que el propio Garnett golpeando el balón contra su frente. Todas son formidables suertes de tacto reflexivo. </p><p> </p><p>A falta de una obra de título <em><strong>El jugador dactilar</strong></em> el campo es, pues, demasiado fértil y grande como para no caer en la tentación de agrupar.</p><p> </p><p>De todos los jugadores que gustan de la relación táctil con los suyos se podrían establecer amplios grupos que irían de: </p><p> </p><p>- los jugadores de contacto natural o meramente empático: Tim <strong>Duncan</strong>, Pau <strong>Gasol</strong>, Vince <strong>Carter</strong>, James <strong>Harden</strong> o Tony <strong>Parker</strong>; </p><p> </p><p>- a los que sienten a cada segundo su importancia de apoyo en pista, el llamado <em>supportive teammate</em>, un tipo de jugador de segunda fila que incrementa por ello su valor de asistencia: Marcin <strong>Gortat</strong>, Sasha <strong>Vujacic</strong>, Keyon <strong>Dooling</strong>, Anthony <strong>Johnson</strong> o Brian <strong>Scalabrine</strong>;</p><p> </p><p>- a los que necesitan ese constante contacto como <em>control de situación</em>, de suyo los más proclives al tacto en toda circunstancia: Carlos <strong>Boozer</strong>, Kevin <strong>Garnett</strong>, José <strong>Calderón</strong> o Chris <strong>Paul</strong>;</p><p> </p><p>- a los que se sirven del contacto amable como visible barrera al rival, curiosa conducta donde el contacto es instrumento de hostilidad y delimitación del territorio: Kenyon <strong>Martin</strong>, Anderson <strong>Varejao</strong>, Joakim <strong>Noah</strong> o Quentin <strong>Richardson</strong>;</p><p> </p><p>- a un grupo final que, contrariamente a los anteriores, son de costumbre receptores del contacto ajeno, de suyo grandes estrellas de altísimo ego (Carmelo <strong>Anthony</strong>, LeBron <strong>James</strong>, Kobe <strong>Bryant</strong>, Dwayne <strong>Wade</strong>), y en un sentido muy distinto, el grupo de receptores que lo son por su naturaleza algo fría: Yi <strong>Jianlian</strong>, Brandon <strong>Roy</strong>, Ersan <strong>Ilyasova</strong>, O.J. <strong>Mayo</strong> o Delonte <strong>West</strong>. </p><p> </p><p> </p><p>Curiosamente el grupo de los receptores integraría al más célebre jugador en la historia del baloncesto, <strong>Michael Jordan</strong>.</p><p> </p><p>Cuando el contacto amable se había extendido ya lo suficiente como para estimarlo general había de costumbre jugadores muy reacios a ello. Y por su importancia tal vez ninguno más llamativo que Jordan. Su economía del tacto con los demás es digna de estudio. </p><p> </p><p>Resumidamente el contacto amable para Jordan era otra de sus gigantescas restricciones de piedad. Guardaba una estricta relación con factores de ánimo y los procuraba milimétricamente en los dos modos posibles:</p><p> </p><p>1. <u>Recibirlos</u>. Con automática corrección y sin excesos o grandes réplicas.</p><p>2. <u>Darlos</u>. En una pequeñísima proporción que iba en consonancia con el valor que él concedía al acierto consumado. De este modo llama la atención que uno de los jugadores que más recibió la mano de Jordan fuera <a href="../../elpuntog/post/cinco-anillos-para-un-padre" target="_blank" title="Steve Kerr">Steve Kerr</a>. </p><p> </p><p>La relación táctil de fraternidad no era el fuerte de Jordan. Y muy en especial si venía precedida de un fallo, suyo o ajeno. </p><p> </p><p>Pruebas dio a miles. Pero pocas más claras como en el partido disputado en Utah el 1 de febrero de 1993. Motivado siempre ante un público tan hostil Jordan cerró el segundo cuarto con un triple desde media pista, se aplaudió a sí mismo en el centro de la escena (tacto reflexivo), y fue el jugador clave en la remontada de 20 puntos de Chicago en la segunda mitad. </p><p> </p><p>En los últimos minutos Jordan dispuso de hasta ocho tiros libres, fallando un total de tres. A cada uno de estos fallos (el primero de cada par) Pippen y Grant acudieron a su tacto obteniendo por respuesta en los dos primeros la más absoluta indiferencia. Al tercero Jordan rechazó incluso su cercanía con hermética frialdad mandándoles a su sitio. Jordan erró aquella noche cuatro de sus catorce tiros libres. Suficiente para mostrarse hostil ante cualquier acto de consuelo. </p><p> </p><p>De poder hacerlo y no ser el baloncesto de dominio público, Jordan habría rechazado el contacto amable en una proporción mucho mayor de lo que su carrera demostró. Como si padeciera una particular atrofia en este sentido o lo interpretara como un signo de debilidad incompatible con el ardor de la batalla, con el espíritu de la competencia. </p><p> </p><p>De la sobrecarga táctil que se vive hoy día ningún ejemplo más revelador que los <strong>Cavaliers</strong>. Tal vez sólo los Celtics de 2008 rivalicen con ellos. Su ritual de contacto comienza, como el de la mayoría de equipos, en los vestuarios y se prolonga hasta lo grotesco en festivas ceremonias antes del salto inicial que no cesarán (en el caso de victoria) hasta bien entrado el grupo en duchas. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 668px; height: 381px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/CavsContact.jpg" alt="" width="668" height="381" align="absmiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>El contacto refuerza, pues, los vínculos y la camaradería. Pocas leyes más universales que ésta. Y trasladando todas estas relaciones táctiles a la actualidad, es posible afirmar que nunca como ahora los jugadores se habían tocado tanto unos a otros. Nunca el baloncesto fue más táctil. </p><p> </p><p>Resulta difícil apoyarse en este argumento para sostener que el baloncesto es también mejor que nunca. Pero si hubiéramos de creer los argumentos científicos que favorecen la creencia de que el tacto persigue al éxito y a la inversa, hallaríamos aquí otra fantástica prueba más para ello.</p><p> </p><p>O al menos para ampliar infinitamente el significado de ese principio que dice <em><strong>"el baloncesto es un deporte de contacto"</strong></em>. Y como ningún otro además. </p> Jue, 04 Mar 2010 06:34:11 +0100 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/misterios-del-contacto-amable http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/misterios-del-contacto-amable Lo que el mundo se pierde <p><strong><em><a href="http://www.youtube.com/watch?v=y5FU1ieHIT4" target="_blank" title=""Right now, I am preliminary putting my name in the 2010 dunk contest Saturday night".">"Right now, I am preliminary putting my name in the 2010 dunk contest Saturday night".</a></em></strong></p><p> </p><p>Estas palabras, no supimos entonces de su poco fuste, fueron pronunciadas por LeBron James en la noche del 14 de febrero de 2009 durante el <em>Slam Dunk Contest</em> de Phoenix. Esta especie de promesa al mundo acabó siendo más relevante que el propio concurso, necesitado un año más de algo grande sin que la NBA, en este caso no, siga mostrando algún interés en hallarlo. </p><p> </p><p>No era una entrevista. Era una de tantas improvisadas declaraciones que Cheryl Miller desenrosca a pie de pista. Pero tampoco una encerrona. Sólo que la viva animación del momento, lo que el público parecía querer escuchar y el claro objetivo del micrófono, hicieron el resto: que LeBron más o menos insinuara su presencia, como esa soñada sola vez, en la gala de los mates de 2010. </p><p> </p><p>Así no habría más que esperar a una nueva edición del <em>All Star Game</em> para conocer la respuesta. </p><p> </p><p>A medida que éste se acercaba, en medio de ese habitual revuelo promocional del evento, la posible presencia de LeBron en el <em>Slam Dunk</em> fue salpicando algunos artículos en la prensa, animando ciertos círculos de opinión y moviendo a preguntas a terceros. Pero todo ello sin la fuerza suficiente como para que el protagonista sintiera la menor presión. </p><p> </p><p>Preguntado él directamente antes del partido en Utah de mitad de enero, su respuesta no variaba demasiado de aquel primer anuncio: <strong><em>"I&#39;m still 50/50"</em></strong>.</p><p> </p><p>Algunas -pocas- personalidades del mundo NBA tampoco ayudaron en sus declaraciones, como si el asunto careciera de relevancia pero moviera a la unanimidad, uno de esos estrictos sentires que dan la espalda al gran público y que resumió a la perfección <a href="http://www.latimes.com/sports/la-sp-lakers-fyi16-2010jan16,0,6304044.story" target="_blank" title="Phil Jackson">Phil Jackson</a>: <strong><em>"No veo que tenga ninguna necesidad de hacer algo así"</em></strong>. Como ratificando esa gélida teoría de lo mucho que LeBron tendría que perder y lo poco que ganar en una prueba de la que, por lo visto, no podría salir perdiendo. De poco servirían entonces deseos en sentido opuesto, el principal de los cuales salió del admirablemente pueril <a href="http://nba.fanhouse.com/2010/01/07/dominique-pressures-josh-smith-to-enter-dunk-contest/" target="_blank" title="Dominique Wilkins">Dominique Wilkins</a>: <strong><em>"Me encantaría poder verlo ahí"</em></strong>.</p><p> </p><p>Templando algo el frío de sus declaraciones Jackson añadía como ejemplo la cita de 1988, que vio la presencia conjunta de Jordan, Wilkins, Drexler y Webb, justificando que <strong><em>"entonces el concurso tenía más lustre que ahora"</em></strong>. Olvidaba el viejo maestro que el lustre lo brindan precisamente los nombres a concursar. Que ellos son la causa del brillo y no al revés. </p><p> </p><p>En realidad nada de esto importa ahora. Porque finalmente nada ha habido y aquellas bobas palabras se las llevó el mismo viento que las trajo. </p><p> </p><p>Y sin embargo todo esto obliga a una pequeña reflexión. </p><p> </p><p>Datando el <em><strong>NBA Slam Dunk</strong></em> del hoy lejano 1984 el completo de su trayectoria ha visto el concurso de varias generaciones que van de Julius Erving a Dwight Howard pasando por Michael Jordan, Dominique Wilkins, Clyde Drexler, Kobe Bryant o Vince Carter. Quiere esto decir que, a pesar los altibajos y al margen de juicios de calidad, las llamadas estrellas de la NBA que exhibían además fabulosas cualidades para el mate acabaron acudiendo al concurso. Una cita que contempló con sentido placer el paso de todas ellas. </p><p> </p><p>La NBA se aboca a perder su primera gran batalla en este sentido. </p><p> </p><p>Uno de sus jugadores emblema, el más perfecto ejemplo hoy día de ese matrimonio entre <em>Star System</em> y <em>Human Highlight</em>, empieza a mostrar todos los síntomas de que el Concurso de Mates nunca contará con su presencia. Con la participación de un ejemplar como nacido para ese visual escaparate. </p><p> </p><p>Seguramente nada de esto tenga importancia. Por lo que parece, es la propia liga la primera indiferente a esa ausencia. Un paso más en un proceso por el que hace tiempo que el cuidado de esa última cita del sábado noche dejó de importar a quienes precisamente la exportaron al mundo con el mayor éxito imaginable. </p><p> </p><p>Son demasiadas las pruebas que fortalecen esta renuncia. Sucesiva y principalmente la NBA:</p><p> </p><ul><li>No supo reaccionar a la desbandada posterior a 2001. </li></ul><p> </p><ul><li>Parcheó torpemente el nuevo escenario con la norma <em>Rising Stars</em>, una inexplicable represión candidata que prohibía la presencia de matadores más allá de su año <em>sophomore</em> (norma que acabó quebrantando Ricky Davis). </li></ul><p> </p><ul><li>Perdió la hegemonía mundial frente a las nuevas generaciones de matadores <em>amateur</em>, cuya posible invitación al <em>NBA Slam Dunk</em> proporcionaría, además de contar con los mejores <em>dunkers</em> del mundo, un escenario de apasionante rivalidad que ofrecer la noche del sábado al mundo entero. Esta última se explica a través de lo que universalmente se conoce como <em>Copyright</em>, esto es, nada que no pertenezca a nuestra marca. </li></ul><p> </p><ul><li>Conformándose con invitaciones de rango débil. Sin mayores incentivos que una publicidad juvenil que en su día favoreció a jugadores como Dee Brown o Harold Miner y que incluso estos días confirmaba Phil Jackson sobre Shannon Brown. Una máxima algo vil según la cual <em>"el concurso te hará célebre"</em>. </li></ul><p> </p><p>Por todo ello nada importa, de momento, a instancias oficiales. Nada relacionado con el incentivo de un honesto evento que tan grandes momentos brindó. </p><p> </p><p>Nada de esto supone novedad y hasta diríase que relevancia. Pero la tiene. Y aquí es donde reside la verdadera cuestión y motivo del presente texto que bien podría llevar por título un recordatorio en modo denuncia:</p><p> </p><p><strong><em>Lo mejor que ha dado el mundo del Deporte lo dieron siempre sus mejores. </em></strong></p><p> </p><p> </p><p>En el baloncesto hay, como en todos los demás deportes, terrenos por lo general inalcanzables que rara vez fueron conquistados. Están ahí y dormitan en silencio. Son límites, barreras invisibles. Y como tal, hicieron alguna vez acto de presencia quedando entonces poderosamente grabados en la retina. </p><p> </p><p>Y la retina no sabe de registros. </p><p> </p><p>Una de estas fronteras se expresa en el baloncesto al hipnótico momento en que <strong><em>la cabeza de un jugador alcanza la altura del aro</em></strong>. </p><p> </p><p>Un acto exactamente definido como prodigio atlético que todavía hoy sigue siendo objeto de rarísimo dominio y, por ello, de asombro. </p><p> </p><p>Un asombro que permanece intacto al margen incluso de la estatura del protagonista. Como si esa extraña imagen resultante tanto moviera a la perplejidad en el mate de Ralph Sampson que abría el <em>All Star</em> de 1985 como en alguno de los extraordinarios <em>follow up&#39;s</em> de Shannon Brown. </p><p> </p><p>Es como si la costumbre visual del juego hubiera habituado al ojo a establecer una frontera que los cauces normales no pueden todavía rebasar.</p><p> </p><p>Y sin embargo esa frontera, rara y huidiza incluso a las diferentes tomas de cámara (motivo que enciende además su atractivo), ese cielo que parece delimitar la línea del hierro, se ha alcanzado un buen número de veces en la NBA. De Lew Alcindor a Gerald Green son ya muchos en acumulado. Pero muy pocos en proporción histórica. No es otra la razón de que <a href="http://www.youtube.com/watch?v=UDyBSTQDwH8&feature=related" target="_blank" title="el milagro Chambers">el milagro Chambers</a> no haya perdido un ápice de fuerza.</p><p> </p><p>De esos pocos se cuentan con los dedos de una mano los que fueron capaces de incluso rebasarlo. </p><p> </p><p>Es casi seguro que a día de hoy la mayor altura alcanzada por un jugador de baloncesto en la historia de la NBA <a href="http://foros.acb.com/viewtopic.php?t=65504&postdays=0&postorder=asc&start=120" target="_blank" title="siga perteneciendo">siga perteneciendo</a> a Larry Nance en la irrepetible noche del 28 de enero de 1984. </p><p> </p><p>Desde entonces, más de un cuarto de siglo después, y a pesar de la rápida evolución de las genéticas NBA, no se ha dado tal vez un biotipo tan ideal como el de Nance (2.08) no ya para contravenir las leyes de la gravedad, sino para situar ese techo (3.12 con la cabeza / 3.80 con su mano) por encima suyo. </p><p> </p><p>No hasta ese prodigio sobrehumano conocido como <strong>LeBron James</strong>. </p><p> </p><p>Pruebas de esa capacidad las ha exhibido en numerosas ocasiones en los últimos tres años. Ni las mayores de esas pruebas parecían sin embargo suficientes para validar esa teoría de romper un récord que, en rigor, tenemos que calificar de invisible. </p><p> </p><p>Sin embargo no parece haber año en que la plenitud atlética de LeBron James parezca haber llegado a su tope. Al contrario, por si ya parecía imposible, su velocidad y fuerza siguen aumentando hasta extremos que en particular el baloncesto no había conocido. </p><p> </p><p>Después de todo lo dicho, y relacionarlo estrechamente porque nada de ello va separado, toca entonces pasar a la acción. </p><p> </p><p>El brevísimo video final, con todo ese encanto de lo inexplorado, lo explica todo. Pero procede antes una descripción. Merecida en este caso por la insólita naturaleza de la imagen, acaecida el pasado 11 de enero en el Rose Garden de Portland. </p><p> </p><p>A 10:50 del final de partido, acumulando LeBron cerca de 30 minutos de juego (más de 1500 de temporada), Mo Williams disponía del balón en la esquina izquierda del ataque cuando vio cortar al proyectil desde la diagonal opuesta del triple. </p><p> </p><p>Fueron apenas cuatro metros de carrera. Una distancia suficiente para que alguien, por si no lo estuviera ya, escapara a nuestro mundo durante unas décimas de segundo. </p><p> </p><p>Sorprende cómo actúa la mente en el baloncesto. Hay tantos tipos de salto, de magnitudes y direcciones, como las inmediatas circunstancias obligan al cerebro a poner en juego. En ésta LeBron intuye que la distancia del pase, que ya ha formado Mo en modo <em>alley oop</em> es demasiado grande como para no ganar una diferencia de altura en relación a la defensa. Como para no arriesgar a un salto mayor de lo habitual, a un despegue superlativo.</p><p> </p><p>Esto le conduce a disparar sus condiciones físicas por encima -he aquí lo increíble del resultado- del 90 por ciento. Que a día de hoy LeBron James emplee su naturaleza por encima de ese nivel es el equivalente a poner al rojo una prensa hidráulica o pisar a fondo un Fórmula 1.</p><p> </p><p>Una vez LeBron resolvió que la fuerza a emplear en el salto fuera de grado máximo todos sus resortes actuarían al unísono, como un mecanismo articulado de perfecta sincronía. </p><p> </p><p>La secuencia de lo que apenas dura un segundo puede explicarse tal que así:</p><p> </p><p><strong>1.</strong> Va a batir en carrera (no en estático), su terreno ideal. </p><p> </p><p><strong>2.</strong> Al momento de la batida James resuelve magistralmente las sinergias de toda su energía cinética. Libre del balón se encuentra en condiciones ideales para ello, como el saltador de altura. </p><p> </p><p><strong>3.</strong> Brazos y pierna derecha, más la fuerza del tronco, constituyen una masa suficiente para levantar el resto del cuerpo, al que suma, y aquí la fuerza principal, la pierna de batida, su izquierda, en poderosa torsión de alzado. El completo de su cuerpo constituye entonces una poderosa pértiga. </p><p> </p><p><strong>4.</strong> Tiene lugar entonces <a href="http://www.nba.com/video/channels/nba_tv/2010/01/12/20100112_lebron_jump.nba/" target="_blank" title="EL SALTO"><strong>EL SALTO</strong></a>. </p><p> </p><p><strong>5.</strong> En una décima de segundo LeBron James sitúa su cuerpo a una altura no razonable en los vectores del deporte actual. Su centro de gravedad supera entonces los 2.50. El centro de gravedad de un supercuerpo de 2.03 de estatura de más de 120 kilos de peso. </p><p> </p><p><strong>6.</strong> La altura de su cabeza supera la horizontal del aro en seis o siete centímetros, situándola sin estar el cuello completamente estirado, en torno a los 3.11 o 3.12. </p><p> </p><p><strong>7.</strong> Los ojos de Martell Webster (2.01), que también ha saltado con él, quedan incluso por debajo del ombligo de James. Los de Brandon Roy (1.98) apenas si superan sus rodillas. </p><p> </p><p>El momento no pasó desapercibido -no era posible- al revisado habitual de imágenes a cargo del NBAE. </p><p> </p><p>LeBron James legaba así una imagen completamente monstruosa. Una escena fuera de los márgenes físicos que nuestro tiempo conoce. </p><p> </p><p>Por encima entonces de ver a LeBron James en el Concurso de Mates, se trata muy especialmente de que una de las anatomías más prodigiosas del planeta pudiera hallar el más exacto lugar donde verse y sentirse liberada, encendida al rojo y destinada a alcanzar su cénit absoluto a los 25 años de edad. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 423px; height: 233px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Bron1-1.jpg" alt="" width="423" height="233" align="absmiddle" /> </p><p align="center"> </p><p align="center"><img style="width: 453px; height: 257px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Bron2-1.jpg" alt="" width="453" height="257" align="absmiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Se trata más concretamente de que en los cinco eternos factores del mate artístico (altura, volumen, trazado, atributos y plástica) se pudiera materializar como nunca esa vieja quimera de ver dos dieces (10) absolutos en los dos primeros. </p><p> </p><p>La experiencia indica que LeBron no parece mentalmente diseñado para enriquecer sus ejercicios de grandes atributos. Estando sobradamente dotado para ello, conoce el <em>cross</em> a la vez que se le ignoran ejemplos de un simple <em>windmill</em> en estático. No parece, pues, destinado al ornamento milimétrico de ejemplares como Terence Stansbury o Jason Richardson.</p><p> </p><p>Su terreno es bien otro. El de las magnitudes brutas. Como Tyson en pegada o Bolt en velocidad. Así de proponérselo, tan sólo de proponérselo, James conquistaría muy seguramente la mayor altura registrada por un jugador de baloncesto en 120 años de Historia. Y hacerlo además ante cámaras de altísima resolución que exprimir el momento hasta sus últimas consecuencias. </p><p> </p><p>Algo de lo que acaso tan sólo fue testigo <a href="http://www.acb.com/redaccion.php?id=44225" target="_blank" title="Jay Carty">Jay Carty</a> en privado hace ya demasiado tiempo. Algo que seguirá destinado a la vieja leyenda o entregado a la especulación del futuro, uno de cuyos hijos está aquí ahora. </p><p> </p><p>Eso es lo que la ausencia de LeBron en un concurso de mates supone.</p><p> </p><p>Eso es lo que el mundo se pierde. La más poderosa prueba actual contra esa mentira que dice <strong><em>"We&#39;ve seen it all"</em></strong>.</p><p> </p><p> </p> Jue, 11 Feb 2010 06:15:41 +0100 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/lo-que-el-mundo-se-pierde http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/lo-que-el-mundo-se-pierde Esbozo de un novato oculto Reconociendo la absoluta singularidad de cada jugador en nuestro deporte, de todos y cada uno de ellos, es realmente difícil encontrar a estas alturas del tiempo ejemplares que aparenten una diferencia mayor de lo común sobre el resto. Jugadores presentados al mundo con su camino bajo el brazo y sobre los que resulte muy complicado establecer analogías. <p> </p><p>De la actual hornada de novatos hay uno que apenas concentra atención. Y esto es debido principalmente a dos razones: jugar este terrible año en New Jersey y no destacar en ninguna tabla estadística. </p><p> </p><p>Si alguien quisiera saber algo más del joven <strong>Terrence Williams</strong> probablemente acudiría a sus números. Se encontraría con algo como 6.8 puntos, 3.9 rebotes y 1.9 asistencias con un discreto 37 por ciento de acierto en apenas 20 minutos por noche. O sea, una fulminante invitación a pasar a otra cosa. </p><p> </p><p>Y sin embargo esos <em>fast finders</em> no saben lo que se pierden. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 612px; height: 480px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/Terrence1.jpg" alt="" width="612" height="480" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Imaginemos, de entrada, un jugador en torno al 1.96 con unas cualidades atléticas prodigiosas que gusta además de ratificar a la menor ocasión. Lo que de costumbre se conoce por un matador. </p><p> </p><p>Ocurre hoy día que términos como <em>matador</em>, <em>tirador</em> o <em>taponador</em> acumulan tal carga histórica consigo que automáticamente se tiende a imaginar el perfil físico -y casi técnico- de cada uno de ellos. </p><p> </p><p>Un <em>taponador</em> figura enseguida la imagen del clásico hombre alto de brazos alienígenas. Un <em>tirador</em> al alero algo perezoso de sobresaliente lanzamiento lejano. Y un <em>matador</em>, a esa posición intermedia de anatomía estilizada que se reconoce, y a menudo exclusivamente, por las felinas predaciones al hierro. </p><p> </p><p>Se da entonces un interesantísimo caso en el novato Terrence Williams. Porque, reuniendo todas y cada una de las propiedades del matador, y gustando además de ellas, carece en prioridad de todo lo que suele acompañar a ese perfil.</p><p> </p><p>A la pregunta de si es Terrence Williams un matador la respuesta es <a href="http://www.youtube.com/watch?v=szjAm4mafuY&feature=player_embedded" target="_blank" title="rotundamente sí">rotundamente sí</a>. Gusta en especial de los salvajes embates en carrera <a href="http://www.youtube.com/watch?v=ygkXYubVvjA" target="_blank" title="a una mano">a una mano</a> valiéndose de un vertical en torno al metro. Pero con él se enfrenta uno de entrada al paradójico caso de un matador que parece disfrutar mucho más con todo aquello que el matador no es. </p><p> </p><p>Cada vez que sale a pista lo primero que se observa es un jugador que gusta del balón tan sólo para entregarlo. O mejor, con una acusada obsesión de crear juego. Williams posee unas cualidades innatas para el pase que le hacen disfrutar por igual un envío de circulación y uno terminal. Toda la vanidad que podría exhibir con los mates se ve satisfecha con los pases. </p><p> </p><p>Ni mucho menos se detiene ahí. Ninguna de sus acciones está a salvo de un convincente sentido espectacular del juego, de forma que cualquiera de sus rebotes (20/10 en Milwaukee, 24 defensivos en dos noches seguidas) tiene lugar siempre a más de tres metros del suelo y a veces de manera innecesaria, con ese natural exceso de algunos guardametas en el fútbol a quienes se acusa de <em>palomiteros</em>.</p><p> </p><p>Con el balón en las manos en el juego estático repliega todo su tronco recortando el bote al máximo y manteniendo la cabeza erguida. Adopta entonces la exacta posición de los cambios de ritmo en jugadores como Wade o Rose. Y sin embargo no lo hace. Simplemente está decidiendo a quién pasar el balón. </p><p> </p><p>A ello se añade unas fabulosas virtudes para la reacción defensiva. Su velocidad de desplazamiento y una firme voluntad de molestar el ataque rival le convierten en un jugador defensivo de enorme versatilidad. </p><p> </p><p>Y nada de lo que hace consiste en ornamento inútil. Se trata al contrario de un impulso natural que resulta técnicamente acertado. Todo ello le hace acreedor a un sentido plástico del juego que remite al primer Michael Jordan y hasta a memorias de culto como Edgar Jones o David Thompson. </p><p> </p><p>Terrence Williams es, por todo ello, una extraña forma de <em>shooting guard</em> que traiciona sobre todo el primer término. </p><p> </p><p>Cuatro años a las órdenes de Rick Pitino, Williams no ha estado libre de ciertos problemas relacionados con su <em>entrenabilidad</em>. Pero ninguno de ellos tan importante como su definición final como jugador. Porque gustando tanto de las fortalezas de un base no lo es. Delineado su perfil físico hacia un clásico <em>shooting guard</em> se lleva muy mal con el lanzamiento exterior y hasta se diría, como en James Harden, que con todo lanzamiento (su peor racha fue de 33 errores en 44 tiros). Le ocurre, como a Ricky Rubio, que facilitándose todos los accesos al hierro de manera muy favorable suspende en esa cualidad milimétrica conocida como <em>touch</em>.</p><p> </p><p>Y sin embargo todas las discusiones que precedieron a su elección en el <em>draft</em> de 2009, que involucraron a responsables de New Jersey, Detroit o Golden State, no pusieron en duda su preciosa condición de <em>all around</em>. Y aquí reside su mayor valor de mercado. Un valor que su falta de minutos no le permite todavía ratificar en forma de números. </p><p> </p><p>Williams es el único jugador en la historia de Louisville en recolectar conjuntamente 1500 puntos, 900 rebotes, 500 asistencias y 200 robos. Tras un partido ante Syracuse que le vio firmar 11 puntos, 7 rebotes, 6 asistencias y 7 robos Pitino resumió lo visto bajo el titular: <strong><em>"His normal brilliance"</em></strong>. Dos de los cuatro triples-dobles en la historia de Louisville son suyos. </p><p> </p><p>Quienes más lejos han llevado la teoría con él le atribuyen la valiosísima y rara condición de <em>Point Forward</em>, como si estuviésemos ante los mismos poderes de un Pippen o un Turkoglu de menor tamaño. </p><p> </p><p>No parecen haber reparado en un problema. Un <em>point</em>, en cualquiera de sus formas, sabe subir el balón en condiciones ligeras y rápidas, como un acto inconsciente. Terrence, en cambio, parece haberse saltado esa lección y ni se encuentra cómodo en ella ni es de su especial interés dirigir el juego desde la propia canasta. Prefiere hacerlo como un segundo base que recibiera el balón de un primero. Otra de sus extrañas características. </p><p> </p><p>Así ocurre que el cuerpo técnico de New Jersey, de arriba a abajo, de Thorn a Vandeweghe, está intentando descifrarle tácticamente, lo que que en determinados momentos ofrece capítulos de un interés que difícilmente encontrar con algún otro jugador en la liga. </p><p> </p><p>No hay noche sin prueba de ello. </p><p> </p><p>En el tercer cuarto del partido ante Philadelphia se dio una curiosa circunstancia que verifica el sumo cuidado que siguen teniendo con su caso. Al término del descanso Del Harris y Kiki Vandeweghe estaban cerca de tomar una decisión, confirmada luego de consultar al propio jugador. Dado el OK, Terrence ejerció de base durante unos minutos sobrados de curiosidad. Para no dejarle a solas, el técnico le arropó con Keyon Dooling y Courtney Lee. A 4:05 la entrada de Hayes a pista dejó únicamente a Williams con Dooling. A 2:31 la entrada de Chris Quinn devolvió a Williams a su posición aparentemente natural. Pero hasta entonces el equipo, atascado de costumbre a mitad de pizarra, salió ileso de varias posesiones apuradas gracias precisamente a la extraña claridad de lectura del joven novato.</p><p> </p><p>En el último cuarto volvió a ejercer de base unos minutos con incluso algún visible experimento. Durante un tiempo muerto el técnico ordenó la siguiente acción a ejecutar. TWill como base aguardaría unos segundos en la frontal del triple, se abriría después a un lado con el balón, desplazaría la defensa, enviaría un pase a su izquierda (Dooling) continuado hacia la esquina donde aguardaba Hayes para el triple. La jugada, una media cuerda nacida de Williams, salió perfecta. Esa misma acción fue la orden para la jugada decisiva del partido sin éxito. TWill ya no estaba en pista.</p><p> </p><p>Un panorama de este tipo, con un peso inesperado hacia él, no se dio en realidad hasta el 44º partido de temporada. Noche contra los Clippers saldada con victoria, tan sólo la cuarta en la joven carrera del <em>rookie</em>. Terrence disputó el último cuarto al completo, movió al equipo cómo y cuando quiso y acabó siendo decisivo en los 31 minutos que estuvo en pista (7 puntos, 8 rebotes y 9 asistencias). No alcanzaba los 30 minutos desde el mes de noviembre. </p><p> </p><p>Es hasta estos últimos partidos, y todavía con sumo cuidado, que parte del cuerpo técnico en New Jersey seguía pensando en su fuero interno por qué no fueron a por Tyler Hansbrough en el último <em>draft</em>. Un lamento que ha podido por fin esfumarse al completo. </p><p> </p><p>Y nunca fue la calidad el motivo. Sino lo verdaderamente difíciles que Williams llegó a poner las cosas durante unas semanas. En ese periodo, el más doloroso del equipo, el joven se empeñó en hacerse daño. Tuvo salidas de tono con el mismo poco tacto en los medios que en su año <em>senior </em>en Louisville. Arremetía en el Twitter contra su falta de minutos, desafiaba seguir tirando si su par no estaba encima, perdió un par de autobuses y alguna sesión de tiro, y hasta llegó a asegurar públicamente qué distintas serían las cosas de no haber caído en New Jersey. Como resultado TWill perdió presencia en la rotación. <strong><em>"Durante casi un mes</em></strong> -firmaba Dave D&#39;Alessandro- <strong><em>el novato pareció dominado por la impaciencia, la indiferencia, la frustración y, lo más curioso, el egoísmo"</em></strong>. Tildando esta última de curiosa porque en pista Terrence ignora por completo esa conducta.</p><p> </p><p>Y también fuera de ella. En los largos ratos de banquillo es el más alegre de todos y no deja de contagiar esa alegría, muy especialmente, a los cadáveres Josh Boone, Tony Battie, Bobby Simmons, hasta hace bien poco Devin Harris y ahora al cada vez más irreconocible Douglas-Roberts. Es, pues, ese tipo de compañero que resulta muy grato al entorno por su espíritu optimista y positivo.</p><p> </p><p>Ahora por fin lo es. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 600px; height: 266px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/TWill.jpg" alt="" width="600" height="266" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Consciente de la nueva situación Vandeweghe le va ofreciendo minutos con cada vez mayor exigencia y, sobre todo, le ha desafiado asegurando que no emitirá un juicio sobre él hasta transcurrido un mes de esta aparente mejoría. </p><p> </p><p>Una prueba que el chaval debiera tomar muy en serio. Ahora que los Nets parecen ser únicamente noticia por el peligroso récord negativo y el próximo <em>draft</em>. Ahora que no hay partido en casa que no vea sonar en el entorno los nombres de Wall, Henry, Turner, Favor o Wesley Johnson con mayor frecuencia que la propia plantilla actual, es momento para abrir camino al novato y que él decida qué hacer con esa confianza. </p><p> </p><p>Así pues, de la dolorosa sobra de tareas que asolan a los Nets -a la que acaba de sumarse la dimisión de Del Harris- una de las más delicadas apunta a descifrar de una vez a un jugador que titula esta pieza como esbozo en paralelo al pensar del cuerpo técnico. Porque de momento, a sus 21 años, no es posible hacer otra cosa con él. </p><p> </p><p>Constituyen el 90 por ciento de las monografías sobre jugadores de actualidad los más grandes y los más prometedores. Del 10 por ciento restante cabe sitio tanto para las decepciones como para el eventual rescate de algún jugador que aún no lo es del todo, de un embrión con el que soñar, incluso de un nonato. Pero en todo caso, de un jugador completamente diferente. </p><p> </p><p>Aquí es donde a día de hoy cabe incorporar a Terrence Williams.</p> Jue, 04 Feb 2010 06:28:07 +0100 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/esbozo-de-un-novato-oculto http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/esbozo-de-un-novato-oculto Dos joyas del verso negro A menudo las cosas más simples son las más hermosas. <p> </p><p>Desde mediados de diciembre salpican los grandes canales americanos de TV, especialmente los deportivos, dos pequeñas joyas para la pantalla que merecen por lo poco unas líneas. Y las merecen porque encierran un misterio que tal vez sólo la sensibilidad de los verdaderamente apasionados por el baloncesto esté en condiciones de descifrar. </p><p> </p><p>En estas semanas de enero, que anualmente actúan como preludio a la fiesta del All Star Game, no hay emisión NBA en las grandes cadenas que no arranque con ese par de deliciosas promos, de una impecable factura artística parte de cuyo fondo se viene hoy aquí a explicar.</p><p> </p><p>A idea original del <em>NBA Entertainment</em> como nueva campaña con que potenciar el Concurso de Mates de 2010, la realización de los dos <em>spots</em> fue solicitada por el gigante Coca Cola a la agencia de publicidad Bartle Bogle Hegarty. Esbozada la idea sobre el papel, un nutrido <em>casting</em> dirigido por Ellen Lucey (directora de negocio de Coca Cola para Norteamérica) culminó con la elección el pasado verano de los protagonistas y el encargo de su realización a la prestigiosa compañía de post-producción británica <em>Absolute</em>, acreedora a varios galardones internacionales a pesar de que su oficina en New York lleva operando apenas tres años. El diseño elaborado por el equipo de asesores y creativos afincado en la Gran Manzana resultó crucial para el resultado final del producto. </p><p> </p><p>La filial de la compañía para la que todo estaba elaborado se valía de un escueto pero honesto mensaje a modo de sinopsis: <strong><em>"...spots that showcase the art of Spoken Word with artists Marcus and Kessed from New York City. </em></strong><strong><em>In each spot, the artists deliver messages meant to inspire great, creative performances from the soon-to-be-announced dunkers of the NBA Slam Dunk Contest"</em></strong>.</p><p> </p><p>No se trata del primer ensayo que vincula Baloncesto y Poesía Urbana. Pero tal vez nunca con resultados tan singularmente brillantes sin contar con una sola imagen del juego. Se supone que fueron creados para publicitar otro concurso más, trufarlo de referencias recientes (la capa que pende del aro, la cabina...) o como simple elogio del mate. Y sin embargo trascienden de largo esos pequeños motivos. Mediante un magistral uso de la elipsis y el metalenguaje, es tal el volumen de guiños y reflejos recogidos en esos 60 segundos que bien podría hablarse de obra maestra. </p><p> </p><p>El primero de los <em>spots</em> es de factura abrumadoramente simple. </p><p> </p><p>Sitúa la escena en un cuadro cotidiano que ilumina una pequeña estancia privada y casi oculta de cualquier apartamento del Harlem negro. No hay fecha ni concreta estación. Se trata de una época indeterminada que podría situarse en cualquier punto de los últimos cuarenta años. La presencia de un microondas, el sórdido emparedado y una atmósfera como perteneciente a los encantadores años setenta, tampoco ayudan demasiado. Ni falta que hace. Porque es evidente que al margen del bote de Sprite, de presencia espectral, la intención pasa por penetrar allá donde el paso del tiempo apenas ha cambiado las cosas. </p><p> </p><p>Esa indeterminación afecta incluso a la edad del protagonista, un joven negro de rasgos convexos que tan próximos puede tener los veinte como los cuarenta años. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 632px; height: 352px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/TheShow.jpg" alt="" width="632" height="352" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Imaginando, todo arranca supuestamente con su despreocupado regreso de la calle, de no muy lejos, seguramente del porche mismo de casa, aburrido de vulnerar esos carteles que inútilmente avisan <strong><em>NO LOITERING</em></strong>. </p><p> </p><p>Dentro, allá donde las colmenas de los <em>Projects</em> se humanizan al gusto femenino y se cierra la puerta al peligro, en una estancia comedor donde la madre prepara un socorrido almuerzo -son las dos menos cinco de la tarde-, y luego de sacar de la nevera un Sprite que actúa como detonante, nuestro hombre toma pausado asiento en el centro de la escena para dar paso al verbo, de una dicción seductora, cadente, serena, de poderoso contraste con el espíritu de lo que está contando al extremo de liquidar de la expresión cualquier gesto del cuerpo, detenido y completamente entregado a la declamación. </p><p> </p><p>Con ese indolente aplomo que sólo las miles de horas de calle cicatrizan, todo aflora de la boca y el rostro se verá únicamente alterado con ese ceño fruncido (<strong><em>"Man, I mean..."</em></strong> - 0:20) que impone una convicción inamovible y que han heredado como rasgo genético los negros suburbanos. En tan mínimo ademán, a salvo de edades, reposan el espíritu y la memoria de figuras de tan diverso pelaje como Isaac Hayes, Bill Cosby, Malcolm X o Rufus Thomas. Y sin embargo, no hay menos que <strong><em>Basketball</em></strong> en el mensaje. De ahí su enigmática belleza. </p><p> </p><p> </p><p><strong><a href="http://www.youtube.com/watch?v=zOl0a1OaN88" target="_blank" title="The Show">The Show</a></strong></p><p> </p><p><em>We came to see a show. </em></p><p> </p><p><em>A creative display that will remind you</em></p><p><em>of the battles from back in the day</em></p><p><em>that icons like Spudd and Clyde the Glyde</em></p><p><em>pulling tricks too vivid to describe. </em></p><p> </p><p><em>Man, I mean,</em></p><p><em>dunks that break so many laws of physics</em></p><p><em>that the cops&#39;ll demand to see your poetic license.</em></p><p><em>So as you ballers set your sights,</em></p><p><em>on Saturday night,</em></p><p><em>there&#39;s one thing you should know.</em></p><p> </p><p><em>We came to see a show.</em> </p><p> </p><p> </p><p>El segundo, más pretencioso, supera en complejidad artística al primero. </p><p> </p><p>Sobre una bicicleta el muchacho se presenta estéticamente incorporado a ese bosque de cemento entre Hamilton y Washington Heights. Contrariamente al primero la expresión es aquí más rica y viva. Diríase que hasta plena. Intervienen no sólo sus gestos, jóvenes, enérgicos y honestos, sino todos los aderezos que hacen de esos treinta segundos una sucesión de sonidos e imágenes que habrían pefectamente ilustrado, como un prólogo visual, la <strong><em>City Game</em></strong> de Axthelm, la <strong><em>Asphalt Gods</em></strong> de Mallozzi y los años dorados de Thelander (<strong><em>Heaven is a Playground</em></strong>) y su oculta memoria fotográfica. De fondo no es otra cosa lo que se escucha que la profunda respiración de la New York City. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 630px; height: 352px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/SeenIt.jpg" alt="" width="630" height="352" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Insalubre y blanquinegra, enigmática y postmoderna, a ratos sórdida a fogonazos elegante, la gloriosa historia al completo del baloncesto negro sobre el asfalto, de Jackson a Alston, de Sellers a Matthias, sin nadie quedar fuera, aparece recogida en ese breve desfile de imágenes que el muchacho embellece con melódica oratoria y finaliza con agresivo orgullo en ese holgado <em>before</em>, como si una sola palabra tuviera la fuerza suficiente para sostener medio siglo. </p><p> </p><p> </p><p><strong><a href="http://www.youtube.com/watch?v=DmxkUitvAQg" target="_blank" title="Seen It">Seen It</a></strong></p><p> </p><p><em>You seen it all.</em></p><p> </p><p><em>Tomahawks, superhero capes.</em></p><p><em>Backboard stickers, measuring tapes. </em></p><p> </p><p><em>Blowing out candles, jumping blind.</em></p><p><em>You seen every dunk of every kind. </em></p><p> </p><p><em>But now that the legends have done their thing, </em></p><p><em>a new batch of heavyweight are entering the ring</em></p><p><em>and we wanna know what 2010 will bring.</em></p><p> </p><p><em>You see there&#39;s been history made on our hardwood floor.</em></p><p><em>So show us something we ain&#39;t ever seen before.</em></p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 632px; height: 352px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/SeenIt2.jpg" alt="" width="632" height="352" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Para mejor entender el precio de esos segundos, su verdadera profundidad de significado, conviene recordar que musical y artísticamente el baloncesto negro bebe de dos grandes corrientes en el último siglo.</p><p> </p><p>Una nace al calor de la <em>Black Expression</em> iniciada en los <em>ballrooms</em> de Harlem y Chicago en los años veinte y está dominaba completamente por el <em>jazz</em> y sus derivados. Hasta los años setenta y la poderosa entrada del <em>funk</em> que arropa la <em>Blaxploitation</em> y la posterior deriva hacia el <em>disco</em> que delinea una futura escisión, la práctica totalidad melódica del mundo negro equivale a la hegemonía del <em>jazz</em> y el <em>swing</em> de altísima calidad. De <a href="http://www.youtube.com/watch?v=lsqE_yKfkhE" target="_blank" title="Washington Jr">Washington Jr</a> a <a href="http://www.youtube.com/watch?v=AJKf_VgYWOw" target="_blank" title="Gillespie">Gillespie</a> a <a href="http://www.youtube.com/watch?v=r6YozRM7g7I" target="_blank" title="Marsalis">Marsalis</a> había como una perfecta identidad entre baloncesto y música dentro de la cultura negra instalada especialmente en la New York City. Una armonía que sabía mucho de cuerda y viento y poco de percusión. </p><p> </p><p>Así fue hasta la irrupción de la segunda corriente cuyo inicio es posible datar a partir de MC Hammer y su premonitorio <em>Let&#39;s Get It Started</em> (a cuya estética guiña ahora Brandon Jennings). Desde entonces y en creciente oleada, el <em>rap</em> y el <em>hip-hop</em> lo dominan absolutamente todo. </p><p> </p><p>Veinte años después la primera corriente ha quedado tan desplazada que casi se da por desaparecida mientras que la segunda ha crecido mucho, demasiado. Tanto como que ha dominado el baloncesto NBA hasta la tiranía, como un movimiento racial y excluyente del que terminó huyendo incluso el hombre blanco. </p><p> </p><p>Lo que consiguen en cambio estos dos <em>spots</em>, de minuciosos arte y metraje, es precisamente liberar a la corriente dominante de todo cuanto la gravó en el paso de los años, remontar a los orígenes y desnudar la voz tal cual musicalmente es. En suma, volver al principio de todo. </p><p> </p><p><strong><em>Seen it</em></strong> y <strong><em>The Show</em></strong> no son más que dos preciosas muestras de la lírica que el baloncesto negro, exclusivamente el baloncesto negro, encierra como <a href="../../../blog/elpuntog/post/la-tribu" target="_blank" title="rito tribal">rito tribal</a>. </p><p> </p><p>Así no pocos de los artistas <em>underground</em>, y sobre todo, sus adoradores como arte de culto, andan molestos por ver incorporarse estas pequeñas muestras de <em>Spoken Words</em> a eso que con despectiva ilustración se conoce comúnmente como <em>Mainstream</em>. Exageran y envidian en el fondo esta salida de la caverna. Pero en su ofensiva reside precisamente la gran verdad de este asunto. Que esa poesía urbana, recogida en unos pocos fotogramas, ha llegado ahora a mucha gente a través de un gigante comercial y su libre exposición al mundo. </p><p> </p><p>Y no es mala cosa. Bien al contrario el resultado es sencillamente delicioso y, es de temer, muy superior a la razón comercial que les da motivo, esto es, muy superior a la realidad que nos depare una nueva edición del <strong><em>NBA Slam Dunk</em></strong>, un año más de pobre y descabezado <em>casting</em>. </p><p> </p><p>De hecho no es otro el motivo del texto que denunciar el deplorable proceso iniciado según el cual las campañas superan con creces al producto, la traición cometida al espíritu grandilocuente y sagrado de esos versos y lamentar -S<em>how us something we ain&#39;t ever seen before</em>- otra ocasión perdida. </p> Mar, 19 Ene 2010 04:33:05 +0100 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/dos-joyas-del-verso-negro http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/dos-joyas-del-verso-negro Salvad al soldado Jamison Decía Brian Windhorst, con menos razón que intención, que Antawn Jamison podía haber cumplido ya un ciclo en los Wizards, equipo al que en los últimos seis años ha dado todo sin obtener gran cosa a cambio más allá de sumas acordes a su valor. <p> </p><p>Debido profesionalmente a los Cavaliers el autor trataba así de aprovechar la nefasta coyuntura en la capital para proponer abiertamente a Danny Ferry la adquisición de Jamison, convirtiendo el traspaso en un tercer capítulo de la morbosa serie <em>Winter&#39;s Pelotazos</em> precedida por la llegada a Detroit de Rasheed Wallace o de Pau Gasol a los Lakers. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 699px; height: 363px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/JamisonJames.jpg" alt="" width="699" height="363" align="absMiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Sobre la actual coyuntura en Washington, que DeShawn Stevenson titula "Black Cloud", salta a la vista que es de río revuelto. La reciente muerte del propietario, Abe Pollin, abuelo de todos y muy en especial del propio Jamison, y el lamentable caso Arenas, que nadie sabe dónde puede terminar, han tirado por la borda buena parte de las ilusiones que ganaron al equipo hace un par de meses. Lejos queda la <a href="../../blog/elpuntog/post/va-de-arenas" target="_blank" title="promesa de Arenas">promesa de Arenas</a> que hacía pensar que los Wizards venían a incendiar el Este. Nada de eso queda ahora. Es como si de repente no hubiera futuro en la capital. O no al menos el prometido. Y Saunders, como si no estuviera. </p><p> </p><p>Ello ha provocado el descontento de la prensa capitalina, que tampoco se corta en animar al adiós de las vacas sagradas. <a href="http://bleacherreport.com/articles/324063-a-season-without-changes-shows-exactly-why-the-wizards-need-them" target="_blank" title="Matthew Brown">Matthew Brown</a>, encantado con el destierro de Arenas, apunta el rápido renacimiento sin él de jóvenes como Randy Foye o Nick Young. Y con similar influencia a la que Windhorst pretende en las oficinas de Cleveland invoca: <strong><em>"Los Wizards cuentan con un ramillete de jóvenes que están esperando su momento, pero con el equipo tal y como está ahora eso es imposible. (...) Jamison y Butler son lo más valioso que los Wizards pueden ofrecer. </em></strong><strong><em>El tiempo del &lsquo;Big Three&#39; ha terminado"</em></strong>. </p><p> </p><p>Para colmo el propio Jamison ha podido <a href="http://www.hoopsworld.com/Story.asp?STORY_ID=14943" target="_blank" title="solicitar su marcha">solicitar su marcha</a>. </p><p> </p><p>Así las cosas, Windhorst trata de colarse por entre las ruinas, sumarse al calor de los rumores y espolear a la directiva de los Cavs a un (grande) esfuerzo para hacerse con los servicios de un jugador que ha demostrado a lo largo de su carrera que, estando sano, es altamente recomendable no sólo para los Cavaliers sino para cualquier fortaleza con aspiraciones de anillo. </p><p> </p><p>Jamison es caro. Le restan dos años en proporción de (11)-13-15 millones. Sus 33 años le convierten en una de esas piezas de mercado de valor inmediato, de las que incorporar a una situación de "aquí y ahora". Y sin embargo nadie duda de que a Jamison le pueden restar aún tres años de óptimo rendimiento. </p><p> </p><p>Preguntado Mike Brown por la posibilidad de un traspaso antes de la <em>deadline</em>, el técnico de los Cavs demostró que seguramente no podía dar otra respuesta. Según él este equipo está maduro para el anillo. Esencialmente no precisa de nada externo. Mo Williams se sumaba a decir lo mismo. Uno y otro deben una lógica diligencia en público que, por ejemplo, se saltaron Shaq y LeBron renunciando cucamente a hablar esa misma jornada. Alguien diría entonces que no es posible saber la verdad. Y la verdad es que hay movimiento real en las oficinas de Ohio. </p><p> </p><p>Los dos nombres que no hay manera de sacar de la apuesta son Troy Murphy, vía Indiana, y Antawn Jamison, vía Washington. Une a los dos un factor técnico evidente: son falsos interiores con amplio rango de tiro y natural gusto por el ataque. </p><p> </p><p>Mientras ellos suenan para llegar, desde casa para salir lo hacen Zydrunas Ilgauskas (expiring) y un J.J. Hickson de interesante progresión más inevitables rondas del <em>draft</em> que ningún equipo como los Wizards pediría con mayor interés. Porque los Wizzs no solamente no se niegan a mover ficha. Es que su directiva, comandada por Ernie Grunfeld, se ha mostrado abierta en la actual situación tanto a posibles intercambios como a una limpieza general que abra una nueva era en la capital. Ahora bien, no a cambio de nada. </p><p> </p><p>Pese a su edad Antawn Jamison todavía es una perla. Siendo nominalmente un cuatro su amplísima cobertura de actuación, su inquebrantable rendimiento anotador (sumará 20 puntos donde esté) y unas condiciones muy ligeras en pista le dotaron siempre de un bonito perfil de alero. Como <em>tweener</em> es un rotundo éxito y la única incertidumbre que asoma es venir a sumarse a una fortaleza defensiva, aspecto en el que nunca destacó. Su valor humano es altísimo y se da la curiosa circunstancia de que Jamison fue de los pocos que quedó fuera del <em>Bron Attack</em> emprendido por los Wizzs en los <em>playoffs</em> de 2008, tal vez como <em>vendetta</em> a lo ocurrido entre ambos equipos los dos años anteriores. Pudiendo, pues, tenerse ganas no parece haberlas en el terreno de los negocios.</p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 600px; height: 600px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/bronVsshawn.jpg" alt="" width="600" height="600" align="absMiddle" /></p><p align="center"><font size="1">Jamison y Haywood sorprendidos ante la flagrante cometida por DeShawn Stevenson sobre LeBron James en las series de 2008</font> </p><p> </p><p> </p><p>El hecho de que Murphy y Jamison salgan a colación para llegar a Cleveland se puede resumir bajo la compra de un <em>shooting power-forward</em>. Pero un poco más allá ratifica el deseo de los Cavs de hacerse con un interior que abra más espacios en la pintura y, de paso, distorsione la defensa rival. </p><p> </p><p>En principio no es mala idea. Powe carece de ello y Varejao, aun mejorando ese aspecto, nunca será una amenaza exterior. Pero con todo, vale preguntarse si es exactamente eso lo que los Cavaliers necesitan con mayor urgencia. Y a la vez, esbozar el cuadro general. </p><p> </p><p>Danny Ferry, mánager general, apura su último año de contrato. El proyecto LeBron, que cumple este 2010 el mismo séptimo capítulo que inició el hexanillaje de Michael Jordan, toca ya de una vez al asalto a la gloria. De hecho todo parecía marchar sobre ruedas a la sorprendente aparición de los Cavaliers en las Finales de 2007. El tiempo ha demostrado que aquello no fue más que un hachazo individual a la historia y que los Cavs no eran dignos todavía del subcampeonato. Aquella prematura presencia en las Finales pudo hacer confiar en exceso sobre las posibilidades de James y retrasar ciertos movimientos que desde el verano se apresuran en Cleveland para evitar la marcha de su estrella. </p><p> </p><p>Pero los dos años siguientes sí tienen mucho que decir: la derrota en el séptimo partido de las semifinales del Este ante Boston, futuro campeón, comenzó a delinear el <em>bocetto</em> de por dónde podían ir las cosas. Y ese <em>bocetto</em> quedó ratificado en las últimas Finales del Este ante Orlando. </p><p> </p><p>Desde entonces los Cavs han venido a sumar tonelaje interior con que hacer frente a la artillería pesada de los Celtics a la vez que ejercer de contrapeso a Dwight Howard. Aun con eso, sumaron a Anthony Parker y Jamario Moon como perros de perímetro con virtudes de ataque, en especial del fino Parker. Integrar ahora a Antawn Jamison supondría ganar en fortaleza allá donde no la tienen Hickson, Varejao y Leon Powe, esto es, dotarían al <em>frontcourt</em> de lanzamiento exterior aun a riesgo de perder el de Ilgauskas. </p><p> </p><p>Pero el problema principal que pueden tener los Cavaliers, problema que otros muchos equipos desearían por su solitaria condición, lo pudo subrayar esta pasada semana su partido en Denver. Un <em>backcourt</em> rápido y agresivo puede causarles mucho daño si Delonte West no está en pista. </p><p> </p><p>En la primera parte fue sentarse Delonte y anotar Billups 8 puntos. Volvió a pista y Chauncey no anotó. Brown volvió a sentar a West y Billups lo celebró anotando 12 puntos en 5 minutos. Todo ello por no hablar de J.R. Smith. En suma, el papel de Delonte West en este equipo es mucho más importante de lo que pudiera parecer. Y no tanto por su aportación ofensiva como por ser el único capaz de hacer de sombra a pequeños anotadores y directores de juego. No es otra la razón de que Mike Brown esté dando mayor entrada a Jawad Williams y experimentando con él, como en Portland, incluso para defender a estaturas menores. Un riesgo que probaría una flaqueza muy localizada.</p><p> </p><p>Cleveland ha podido ver cumplidas sus aspiraciones de pintura. Son el segundo equipo de mejor diferencial reboteador en toda la liga y defensivamente están al nivel esperado. Fuerzan al equipo rival al peor porcentaje de tiro pero no así en su defensa al triple, allá donde tantas veces los asesinaron los Magic. Equipos como Knicks, Celtics o Clippers lo hacen mejor que ellos.</p><p> </p><p>Y vale recordar además que algunas derrotas sufridas (Chicago, Dallas, Memphis y unos Bobcats muy abiertos por partida doble) invitan a pensar una vez más en la solitaria condición defensiva de Delonte. </p><p> </p><p>De los tres equipos en los que estos Cavaliers pueden estar pensando -Celtics, Lakers y Magic- son estos últimos los que motivan devanarse los sesos con mayor razón. Con los otros dos, a una presunta igualdad interior, vale batallar el exterior con lo puesto. Pero con Orlando en mayo el problema de la defensa al <em>backcourt</em> podría seguir terriblemente vivo para el grupo de James. </p><p> </p><p>David Falk, una sombra de lo que fue, asistió al partido que enfrentó en el Quickens a Wizards y Cavs. Falk sigue siendo el agente de Danny Ferry, a quien proporcionó en su día un pucherazo de 37 millones. Es de sobra conocido el recelo del propietario de los Cavaliers, Dan Gilbert, a largas extensiones contractuales (que se lo digan a Mike Brown). Por todo ello el órdago para Danny Ferry está claro: éste debe ser el año.</p><p> </p><p>Y la adición de Jamison como última pieza garantizaría, hasta junio por lo menos, la configuración de una plantilla para la que, por fin, no puede haber queja en lo que al <em>James Supporting Cast</em> respecta. Pero sólo hasta junio. Y si hay anillo. Más allá todo es misterio. Porque perder a James es hacer desaparecer a Ferry del mapa, y lo que es más importante, a los Cavaliers al completo.</p><p> </p><p>No habrá una razón superior si finalmente Antawn Jamison aterriza en Ohio. </p> Mar, 12 Ene 2010 04:36:08 +0100 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/salvad-al-soldado-jamison http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/salvad-al-soldado-jamison Tres horas de un dios <p>A cerca de dos horas del inicio una expectación inusual domina el interior del Izod. Centenares de aficionados llegaron mucho antes que de costumbre y ya se apiñan tras de la canasta que ocuparán los Cavaliers. Allí calientan Ilgauskas, Hickson, Jackson, Gibson y Powe junto a parte del <em>staff</em> técnico. Al otro lado sorprende el vacío que rodea a los pocos Nets que ya han salido a rodar. </p><p> </p><p>Es obligado mirar a donde el todo el mundo lo hace. Obligado acudir allí si es posible. </p><p> </p><p>Porque a esa hora el tramo que va de la pista hasta el vestuario rival, de unos treinta metros, es un hervidero de gente muy difícil de controlar. Los miembros de seguridad se concentran allí sin aparente orden. Sólo sus chaquetas granates y las incesantes consignas que sin mucho éxito van profiriendo sirven para reconocerlos. No les será una jornada fácil. </p><p> </p><p>De pronto se abre paso <strong>Shaquille O&#39;Neal</strong>. A su aparición nadie parpadea. Es como si todos compartieran la misma sensación: difícilmente puede haber una criatura de mayor tamaño en todo el planeta. Cuesta creer que un simple corazón sea capaz de bombear sangre a los confines de ese colosal cuerpo que aparenta pesar toneladas. </p><p> </p><p>La distracción dura muy poco. Porque de pronto un grito da la señal. <strong><em>"Here he isssss!"</em></strong>. El revuelo torna entonces oleada. Todos miran a esa dirección y allá que corre parte de la masa. La de grada se apelotona peligrosamente en las vallas. Dentro, son inútiles hoy las cintas de protección. Ni se ven. </p><p> </p><p>Está llegando. Lo hace por la amplia nave trasera de acceso al pabellón. </p><p> </p><p>Al fondo, sobre la marea de cabezas, lo primero que se observa son luces, como un resplandor que se acerca. No menos de siete cámaras le rodean. El resto no se puede contar. No hay duda. Es él. Tan sólo sus andares, sueltos y decididos, con esa inconfundible supinación de los pies, le hacen brutalmente reconocible. </p><p> </p><p>Se acerca. La reacción general es de pasmo. Al fondo se escucha repetidamente su nombre. Y eso que ni lo pueden ver. Los que están más cerca, en cambio, no pueden pronunciar palabra. Sólo ansían contemplarlo. </p><p> </p><p>Calza unos vaqueros cómodos y un generoso plumas negro de amplio gorro que le cubre por entero la cabeza. Es como si no viera lo que ocurre a su alrededor. De tal muralla de gente debiera chocar contra ella. Y sin embargo la muralla le abre paso como a un monarca. Sale Mo Williams del vestuario y bromea con él. Se agarran y a punto están de caer al suelo. De repente la seguridad se interpone. Hasta ahí vale pisar. Desaparece en el vestuario.</p><p> </p><p>La corriente vira entonces 180 grados. El regreso a la pista sobrecoge. Tan sólo han pasado unos minutos y el cambio es sorprendente. Una nutrida multitud, de pronto triplicada, rodea el rectángulo en toda su extensión formando un anillo de entre cinco (en la canasta de los Nets) y veinte filas (en el fondo de los Cavs). La muchedumbre espera algo que está a punto de aparecer. Finalmente lo hace. Parece un trueno. El rugido aumenta cien grados. Los que estaban más lejos descienden grada abajo para una mejor visión. </p><p> </p><p>Ahí está. El griterío es la respuesta. Ha acelerado para llegar cuanto antes. Lleva la sudadera del chándal y unos cascos que parecen adheridos a la piel. Parece mentira que no se muevan. Con la música a tope deben de actuar como escudos, estableciendo así una extraña relación con la escena que le rodea, de la que se aísla tanto como se convierte en ella. Porque <strong>LeBron James</strong> es entonces la escena, el poderoso vórtice de todo cuanto allí ocurre. </p><p> </p><p>Sus evoluciones, cada uno de sus movimientos, por pequeño que sea, resultan un espectáculo visual sin parangón en el mundo. No tiene que buscar el balón. Le llegan a razón de uno cada dos o tres segundos. Lanza desde toda posición a tal ritmo que en pocos minutos ha completado tiros en toda la superficie de ataque. </p><p> </p><p>Es momento de algo más. Un regalo. </p><p> </p><p>Inicia la carrera a ocho metros en diagonal, desata un reverso a su mitad y culmina el número con un mate salvaje que deja el pabellón temblando y eleva a todos los presentes al paroxismo. La fuerza con la que entra el balón habría matado a quien recibiera ese proyectil. <strong><em>"Hey, Bron, do it again! I miss it!"</em></strong>, se escucha. Así no tarda ni medio minuto en batir nuevamente, esta vez desde mucho más lejos sin apenas carrera y soltarse un <em>windmill</em> tan sobrado que podían haber sido tres. Los <em>flashes</em> no cesan.</p><p> </p><p>Ha durado una centésima de segundo. Suficiente para grabar de por vida en la retina de los privilegiados una imagen imborrable. Tal vez la que ha formado en el aire antes del estallido final. O acaso esos ojos inyectados a la altura del hierro que, de proponérselo, destrozaría de una sola dentellada. Tras la acción abre la boca en señal de orgasmo mientras brama algo tan sólo descifrable como potencia. Eso no es un hombre. Son diez o veinte en uno. </p><p> </p><p>Despide calor, su fuerza no tiene límite y hasta el aire en torno a él se rinde. Es, cómo decirlo, es aterradoramente perfecto. Millones de años de evolución han dado en esa anatomía superlativa que aparenta ser de acero. Una bala contra eso no haría fluir sangre. Seguramente magma, como un pedazo de energía que pudiera alimentar una estrella durante eones. </p><p> </p><p>Nada como la expresión de la gente: domina a todos una mueca de asombrada satisfacción, de felicidad instantánea. LeBron James es un narcótico público. Un peligro real. </p><p> </p><p>Los dos equipos regresan a vestuarios y la gente ocupa sus asientos. Todo se reordena en un abrir y cerrar de ojos. Durante el himno, interpretado por James Taylor, todos permanecen quietos. Todos salvo él como prueba de que alguna clase de fuego prende en su interior. </p><p> </p><p>Todo está a punto de comenzar. </p><p> </p><p>El primer rugido del público coge a toda la grada de prensa desprevenida. <strong><em>"What is it?"</em></strong>, grita uno. <strong><em>"Half court shot!"</em></strong>, responde otro. <strong><em>"Why he does that, mum?"</em></strong>, pregunta un niño. <strong><em>"&#39;Cause he can"</em></strong>, responde con impecable precisión la mujer, que en ese momento ignora el significado real de ciertos rituales y que a su tercera venida al mundo Michael Jordan resumió con admirable lucidez: <strong><em>"Nunca imaginé que necesitara tanto esa sensación de dominio que sólo allí obtenía"</em></strong>. </p><p> </p><p>Han terminado las presentaciones de las que han sobrado nueve. Toca el número de la foto al banquillo y, por supuesto, los polvos al espacio exterior. Allá van. <strong><em>Fiuuuuu...</em></strong> Dos palmadas de fuego y listo. Acaba de conectar con el Olimpo. Ambos ritos logran su propósito. Han calentado al público de tal forma que cuando los diez se dan cita en pista hay algo en ella que ninguno de los miles allí presentes no desea ver estallar. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 660px; height: 439px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/bron1.jpg" alt="" width="660" height="439" align="absmiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>Sucede al salto inicial una primera calma. Está emparejado con Douglas Roberts, la mitad de su cuerpo. </p><p> </p><p>James empieza como es habitual: suave, haciendo entrar a los suyos con pases de confianza, de calor, ofreciéndose al rebote defensivo para que todos corran y se sientan cómodos, libres. </p><p> </p><p>Viéndole manejarlo todo, de principio a fin, sorprende que exista en el primitivo baloncesto de hoy, cuando aún se manejan las posiciones. ¿Es un base? ¿Un alero? Acaba de subir el balón, ha dispuesto a los suyos y en un abrir y cerrar de ojos está abajo recibiendo como un pívot. La bola no entra y es el primero en llegar a defensa. ¿Qué es entonces?</p><p> </p><p>Los Nets empiezan bien. Prometen demasiado como de costumbre. Pero ganan una ventaja que no cederán hasta bien entrada la noche. </p><p> </p><p>A un tiro libre de Shaq, que acaba de culminar un <em>alley oop</em> como diez años antes, Bron se estira la camiseta desde las axilas dejando entrever otra interior en forma de malla dorada que cubre un torso titánico.</p><p> </p><p>Cuando no tiene el balón también es el juego. O el eje sobre el que todo gira. No hay en él un solo segundo de quietud. Y cuando lo aparenta es que está hablando con los árbitros, o con el banquillo, o con los suyos, o consigo mismo. Su rostro no es una expresión. Es otro músculo más. Una bomba de mil tendones en constante agitación. Se come las uñas incluso en pista. </p><p> </p><p>Restan poco más de cuatro minutos para el final del primer cuarto cuando Varejao ve cortar a la bestia a la velocidad de la luz y allá que envía el balón. El <a href="http://www.youtube.com/watch?v=l99JUQd4N_I" target="_blank" title="mate es suyo">mate es suyo</a> en toda su extensión. El público alcanza el éxtasis. Todo entonces ha tenido sentido. Nadie de los que allí están lo están para ver algo que no fuera exactamente eso. </p><p> </p><p> </p><p align="center"><img style="width: 660px; height: 439px" src="http://i72.photobucket.com/albums/i184/psicovazquez/bron2.jpg" alt="" width="660" height="439" align="absmiddle" /></p><p> </p><p> </p><p>LeBron gusta de mirar a la grada de arriba abajo. No son miradas perdidas, sin fondo. Tienen destino y miran a los ojos. Hasta escucha y responde a las primeras filas. Parece mentira que la concentración resulte así posible. </p><p> </p><p>De entre el hoy marginal resto de cosas llama la atención un constante movimiento de Shaq que repite una y otra vez. Precisa de un saltito de impulso para iniciar la carrera de un lado a otro de la pista. La edad y su enorme tamaño le obligan a ello. Hace no demasiado, o tal vez mucho, él era también un pedazo de energía que se adivinaba inagotable. </p><p> </p><p>Ahora mismo es lo que parece James. Va más rápido que todos y le ocurre con su movimiento táctico lo mismo que a Magic Johnson con su velocidad de pase. Va demasiado aprisa. Atraviesa varias veces el reverso del tablero pidiendo el balón arriba. Pero no da tiempo al envío. No para jugadores de hoy.</p><p> </p><p>Un descanso. No le hace la menor falta pero Brown lo decide así. Enseguida vuelve, a 7:10 con 26-32 en contra. Le espera Terrence Williams, todavía más menudo que Roberts. Lo va a destrozar. </p><p> </p><p>Nadie le puede seguir. Gusta tanto de moverse, de exhibirse, que tras recibir una falta termina su desplazamiento más allá de media pista. No tiene ninguna vergüenza. </p><p> </p><p>Si gana el rebote de manera clara, al caso de un tiro libre, desata un manotazo al balón como en señal de poder. Todo es una continua demostración de fuerza, de energía, de plenitud. </p><p> </p><p>A 5:25 remonta la línea de fondo, falla pero captura su propio rebote. De proponérselo podría repetir esa acción cuanto quisiera.</p><p> </p><p>Llega después uno de tantos pases abiertos. Otra asistencia al triple de Mo. Qué bien se lleva con él y con Parker. En realidad con todos los jugadores abiertos. De tan habituado a las defensas de cierre (todos a él) podría enviar esos pases a ciegas. </p><p> </p><p>Mo le devuelve el favor aprisa a una penetración. Acto seguido Varejao recibe una asistencia suya. James se está calentando. Todos lamentan que llegue el descanso. A él se va con 15 puntos para 7 tiros, 6 rebotes y 3 asistencias. No hay números que le hagan justicia. </p><p> </p><p>A la reanudación entra en pista galopando y llega a uno de sus fondos. Remite el acto a ese Garnett desafiante que llega a los fondos de público hostil con un par de golpes al pecho. Bron no se golpea. Pero es como si cada uno de sus pasos, frenéticos, hipermotivados, buscara aplastar toda resistencia.</p><p> </p><p>Pronto el público vuelve a estallar. Parece mentira que a costa de uno de los suyos. Douglas Roberts no se confía a la entrada. Pero nada puede evitar el <a href="http://www.youtube.com/watch?v=IstjBSv_bS0" target="_blank" title="taponazo">taponazo</a> que recibe con la mano izquierda. El mundo ha perdido la cuenta de los salvajes tapones que James acumula remontando la pista. </p><p> </p><p>Minutos después un pase inverso a Parker y una fantástica dejada a Hickson ratifican, por si hacía falta, su increíble condición de pasador. Es un jugador total. Una bestia a cuyo juicio perjudica su condición de <em>Terminator</em>. Nada de la porción física del juego le es inalcanzable. Nada de la táctica tampoco. Pero sólo parece irradiar la primera. </p><p> </p><p>A 3:53 vueve a colocar otro sin validez. A 1:08 escapa libre a canasta pero Dooling lo evita zarpándole por detrás como un <em>quarterback</em>. James pudo con él como un guiñapo pero el silbató actuó. El público la emprende una vez más con un suyo.</p><p> </p><p>A un triple de ocho metros que queda a un palmo del aro responde con otro que clava. Nada le está desafiando en ese momento. Pero se comporta como si así fuera. Si la actitud, si la voluntad de juego pudiera medirse en grado 100, la de James no bajaría ni un solo segundo del 114. </p><p> </p><p>Brown le da descanso al inicio del último cuarto. El marcador refleja un 61-71, pero nadie se moverá de aquí sin volver a verlo.</p><p> </p><p>La terrible falta de Yi sobre Shaq a 6:19 da con el gigante en una bonita charla con Derrick Collins, uno de los árbitros. Cuántos aprendieron rápido a golpear a Shaquille. Para eso no hace falta ninguna escuela.</p><p> </p><p>A 6:19 regresa a pista con el marcador engañoso. 73-79. Dos minutos después Gibson se deshace de un balón que recoge James hiriendo seriamente el aro al rematarla a dos manos. Qué fácil jugar con alguien así. El pase no tiene que ser ni preciso. Tan sólo basta que atrape la bola. </p><p> </p><p>A 2:40 James escapa libre de nuevo y se arrojan a él Harris y Lee con todo. No es posible cruzar la pista más rápido. Derribaría un muro de cemento de chocar con él. Hay no menos de tres faltas en la acción y de nada sirven. La bandeja termina con el <a href="http://www.youtube.com/watch?v=38Y-Po3mNts" target="_blank" title="dos más uno">dos más uno</a>. Ahora sí, se golpea el pecho repetidas veces y desata uno de sus movimientos reflejos más característicos: sacudir los hombros. Es un acto natural, como un instinto atávico. Pero viéndole hacerlo daría la impresión de ser la criatura más arrogante del planeta.</p><p> </p><p>A poco más de un minuto dispensa una última ofrenda. El <a href="http://www.youtube.com/watch?v=-WrxJ54iRy8" target="_blank" title="pase a Varejao">pase a Varejao</a> remite al mejor Magic Johnson. Su último tacto en el picado deja su mano derecha inerte para subrayar el acto. Tiene que hacerlo porque nadie parece reclamarle sutilezas. No es su primera de la noche pero pasa completamente inadvertida ante una nueva demostración de fuerza bruta. El taponazo a Devin Harris despide el balón directamente a la grada. </p><p> </p><p>La victoria está servida. Es hora de sentarse. El pabellón entero responde con una sonora ovación en rendido pie. La gente está plena y feliz. Lo ha visto en vivo. Es cierto. No puede haber nada más monstruoso. Ni lo monstruoso más bello. </p><p> </p><p>James sonríe camino del banquillo, donde se deja caer luego de desatar unos rápidos pasecitos de baile. De esos que indignan a los que no están aquí. Le sale de dentro. Y es difícil imaginar a otro dios de 25 años que no fuera él que no bailara tan sólo por los dones recibidos del cielo.</p><p> </p><p>Cuando todo termina la impresión es exacta. El partido, todo lo que supone una velada NBA, la maquinaria que incorpora con milimétrica precisión a centenares de personas, esa colosal organización, incluso el baloncesto mismo, todo, no ha sido más que una coartada. Porque nada importaba allá adentro salvo él.</p><p> </p><p>Es como si bajo el estrato deportivo se comprendiera la <strong>NBA</strong> como un cuerpo gigantesco diseñado única y exclusivamente para alimentar y reproducir esa relación sexual entre <strong><em>masa</em></strong> y <strong><em>estrella</em></strong>. Como una ecuación física que rezara <strong><em>NBA=me2</em></strong>.</p><p> </p><p>Es momento de correr al túnel a coger sitio. Es inútil. Sobreviene una vez más el desorden y cuando hay permiso para pasar adentro se forma un embudo de gente que, una vez dentro del vestuario, quintuplica en número a la expedición de los Cavaliers al completo. Una nube de periodistas se arremolina en torno a él. Es imposible verlo. Pero se le escucha. <strong><em>"Yeahh, I&#39;m happy"</em></strong>. Cómo no estarlo. <strong><em>"Step by step the team&#39;s improving"</em></strong>. Alguien le recuerda sus cifras: 28 puntos, 9 rebotes, 7 asistencias. <strong><em>"It&#39;s all about the team"</em></strong>. Le preguntan si podrá venir aquí. Elogia al joven equipo de New Jersey. No vendrá. </p><p> </p><p>Allá adentro es tal el número de gente en torno a él que parte de sus compañeros no pueden ocupar su taquilla y acuden a vestirse de pie en un rincón opuesto. Nadie les presta atención. Deben de estar acostumbrados. </p><p> </p><p>De pronto se escucha: <strong><em>"Finished!"</em></strong>. Y acto seguido, chocando unos con otros, los cinco anillos de gente se abren. Se acaba de incorporar y sólo lleva una toalla. Su visión estremece. De haberlo visto Miguel Ángel su Adán sería negro.</p><p> </p><p>La prensa se ha dado un festín y sin embargo nadie abandona, como si esperaran algo más de Titán. La seguridad interviene. Vacían el vestuario. </p><p> </p><p>Unos metros más allá la nave posterior de salida es otro caos. Familias enteras con los niños por delante como señuelo, jugadores del equipo de casa (Battie, Douglas Roberts, Dooling...), <em>cheerleaders</em> con sus mejores galas. Hay tanta gente con alguna presunta ventaja para cazar foto o autógrafo que la credencial pierde todo su valor y la prensa es enviada más allá del área de seguridad.</p><p> </p><p>Sólo la picardía puede burlar el asunto. Pegarse al cuerpo de <em>marines</em>, al joven minusválido habitual del Izod, a quien su guía ha abandonado para buscar también su premio, o hacer de familiar lejano de Douglas Roberts permite la cercanía cuando James vuelve a salir. </p><p> </p><p>Da la impresión que hiciera un minuto que llegó al pabellón. Salpica a unos y otros con alguna sonrisa y lo que parecen saludos cuando al cabo enfila camino del autobús. Todos se mueven en la dirección en que él lo hace. De quererlo, podría amagar y volverlos locos a todos. Ya lo están en realidad. </p><p> </p><p>Tiene antes que pasar un control de seguridad. El joven encargado del detector casi le suplica el perdón por hacer su trabajo. Más que pasarle el detector simplemente se lo enseña y automáticamente le abre su mano. James se la estrecha y dirige sus pasos, como si flotara, al autobús. </p><p> </p><p>Ha desaparecido. </p><p> </p><p>Pero en el pabellón, ya casi vacío, flota todavía como un residuo general de ese <em>soma</em> que alguien derramó durante las tres últimas horas allí y que ninguna televisión del mundo puede recoger en centésima realidad.</p><p> </p><p>Todo se repetirá en pocas horas. En algún otro lugar. Da igual. Todo volverá a ser lo mismo una y otra vez. Allá donde pise. </p><p> </p><p>Extraña vida la de los dioses. De los que han sido dados a la felicidad de la gente. </p> Mar, 05 Ene 2010 08:02:42 +0100 http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/tres-horas-de-un-dios http://217-116-27-170.redes.acens.net/blog/elpuntog/post/tres-horas-de-un-dios