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A.Bouzo/enCancha.comEl vidente. Sus análisis van mucho más allá del encuentro del día. “Bah, esto está ganado”. De naturaleza optimista, a veces sus comentarios se centran más en la otra eliminatoria, pensando qué equipo interesa más que gane para que sea “nuestro rival en semifinales”. No hay vidente que se precie que no haya hecho un cuadro entero de Playoff, con los parciales de cada eliminatoria y de la propia final. Con todo ya resuelto, la emoción del partido del día se centra en adivinar o acercarse lo más posible al resultado final. Son los que más sufren con la derrota de su equipo.

El sociable.
Si el baloncesto es un deporte que une hay que llevar eso hasta las últimas consecuencias. ¿Qué hay partido? Habrá fiesta. Antes, durante y después. ¿Para qué sentir nervios por la cita cuando toda la jornada es un acontecimiento en sí? Buena comida con amigos u otros aficionados antes del partido, quedada para preparar las pancartas, hoy toca repartir papelillos por la grada y, que no se retrase mucho la cosa, que tras el encuentro toca marcha nocturna. Los sociables más viajeros aprovechan para recibir en casa a los sociables de otras ciudades que vienen con las mismas ganas de fiesta. A base de comilonas y de buena compañía, los tropiezos duelen menos.

El nostálgico.
Si hay que tirar de videoteca, se tira. El de la ‘Penya’ disfrutando con los Villacampa y compañía derrotando al Real Madrid en una final, ese barcelonista emocionado al recordar el triplete mágico, culminado con la Liga ante el Pamesa. Pocas formas mejores de crear expectación y aumentar las ganas de ver el encuentro del fin de semana. Además, si se pierde, siempre servirá de consuelo la gloria de antaño y el manido “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
J.Alberch/enCancha.com
El entrenador. Algunos expertos lo consideran una sub-especie del vidente pero sus propias características le hacen merecer un apartado exclusivo. Menos optimistas que los propios videntes y sin dar por ganado el partido a disputar, ellos analizan todo el choque con una facilidad pasmosa y unas premisas irrefutables. “Si paramos a Fulanito, el encuentro está ganado”. “Como les funcione la zona, adiós a las semifinales”. No hay posibilidad de réplica. Si se falla en algún pronóstico, la excusa suele ser que “nadie podía imaginar que Menganito iba a hacer el partido de su vida” o que “nos ha entrado todo pero porque tuvimos suerte”.

El cenizo.
Se despierta con sensaciones negativas y eso le hace entrar en un modo victimista que le puede durar todo el día. Mensajito en el foro de turno para avisar de que el rival no le da buena espina. Comentario a su amigo de que incluso está pensando si ir o no, ya que puede ver el partido en la tele. “Total, para ir y sufrir allí…”. Se les reconoce en el pabellón cuando, tras una derrota del equipo se escucha un “yo ya lo decía”. Los más valientes se atreven a usar esa misma frase incluso en los triunfos.

El futbolero.
Es sábado, día de partido. De repente, al coger el periódico se sorprende a ver que sus dos equipos del alma juegan a la misma hora. “Vaya, pues no podré ir al pabellón, que mi equipo de tercera juega a las cinco y media. Hay que ver con la ACB… a quién se le ocurre poner el partido en una hora tan mala”. Horas más tarde, saliendo del campo tras ver en directo la derrota de su club, le queda tiempo para escuchar por el transistor la última prórroga de la histórica remontada de su equipo. La dichosa Ley de Murphy provoca que, sea cual sea su decisión, falle.

El activo.
Tiene mono de baloncesto desde muy pronto y se va a jugar una pachanga con los colegas antes del encuentro, para ir haciendo tiempo. Sus canastas van seguidas de un “esto es lo que va a hacer Haislip en el último segundo” o un “y con este triple Bullock gana el partido” ante el estupor de sus amigos, que no le veían tan motivado desde el colegio. Si el partido se decide en las últimas posesiones, refunfuñará y pensará que por qué diablos él no está en la cancha, con la sangre fría que demostró en la pista por la mañana.

 

J.Alberch/enCancha.com
 

 

 

El adicto. Se despierta pensando en baloncesto y, especialmente los sábados, el encuentro queda aún muy lejos. No pasa nada. Se organiza varias actividades para que pase rápido el tiempo. Lleva toda la semana entrando en el foro de su rival, para ver cómo viven ellos la previa. Los botones del mando de la consola están gastados pero eso sigue sin llenarle, el periódico se lo lee de atrás adelante y viceversa. Y, sin embargo, el tiempo sigue sin pasar. Hay dos variantes de adictos. El puntual, que se va tres horas antes al pabellón, intenta hacer tiempo allí y acaba entrando el primero y el impuntual, que con tanta actividad que se programó para no pensar en el partido acaba llegando tarde. Es su sino.

El épico.
Abre los ojos pensando que hoy sí, hoy es el día. “Este sábado será histórico, la jornada en la que recuperaremos nuestra grandeza, el encuentro que volverá a situarnos en la élite. Llevamos años esperandolo este día. Hacedlo por los aficionados, por todos los que alguna vez vistieron nuestra camiseta, por los que ya no están, por vuestro orgullo, por vuestra historia”. El discurso es bello, sí, aunque deja de emocionar cuando se repite antes de cada partido de Playoff, desde el primero de cuartos hasta el quinto de la final. Aunque… ¿y lo bien que queda?