La entrada de hoy va de cómo tres historias pueden entrelazarse un sábado lluvioso que comenzó con un mosqueo de los que hacen historia y que terminó con mi voz en desbandada... es lo malo hablar tanto.
El final de curso está cerca y ya sólo me quedan tres partidos con mis pescadetes. El del sábado era, a priori, el choque que con más fácilmente podíamos vencer, pero como entrenar a adolescentes es como tirar una moneda al aire porque nunca sabes como van a responder, pues los nervios antes del partido siempre están ahí.
Comienzo por el final, y el final es una bronca larga (casi duró más que el partido) de mi parte y del coordinador deportivo a los chavales. ¿Cómo se podía estar tan enfadado después de ganar? Yo mismo me hubiera sorprendido de ello horas antes. Total, al final es un partido ganado más, pero ¿hay algo más que ganar? ¡Evidentemente!
Hay formas y formas de jugar un partido y mis cadetes habían elegido la peor de todas, la de la apatía. Porque este año hayan ganado más partidos de lo normal, no deben creerse en el derecho de menospreciar a un rival con menos victorias y el equipo pecó de prepotencia.
Lo puedo entender en parte. La relajación después de tanto tiempo es habitual, más en jóvenes que siempre suelen ser más inconsistentes. Pero creo que después de ver como empezamos perdiendo y como nos tocaban la cara con constantes contraataques, el tiempo de ser humildes y bajar el culo había llegado.
¿Nunca habéis tenido la impresión de ir perdiendo cuando realmente vais ganando? Así me encontraba en el descanso. Parecía que estábamos siendo superados por el rival pero íbamos tres arriba. No obstante no se libraron de la bronca. Me parecía surrealista que cada fallo nuestro o cada saque de banda suyo nos pillara en cuadros. La bronca también iba personalizada. Sí, me diréis que igual no es lo correcto, pero cuando uno jugador se mofaba de los compañeros y el entrenador yendo de estrellita hay que bajarle a la tierra.
Tengo un proyecto de crack al cual no le acompaña la cabeza (¿os suena la historia?) y lo he intentado de muchas formas, dándole margen, enfadándome y ahora sólo falta que cualquier día de estos me siente e intente hablar seriamente para ver qué narices quiere ser en esto del baloncesto. No hay cosa que me fastidie más que el talento desaprovechado.
Volvimos a jugar como el culo y senté los minutos finales al señor Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como. Salió el último medio minuto para cerrar el rebote y, al menos, asegurar el triunfo. Ganar aquel partido me supo a derrota... vamos como los cangrejos ¡para atrás!
La segunda historia es la de Tamara Abalde. Sí, ya sé que muchos de los foreros y lectores de estas líneas la conocen más por su belleza que por su juego, pero dejadme que os diga una cosa: cuando se la ve jugar en directo, cualquier aficionado al baloncesto olvida si es un rostro más o menos bello, lo único que ve es el enorme potencial de una gran jugadora.
Tuve la oportunidad de ver este sábado al Rivas Ecópolis frente al Ciudad Ros Casares. Las cuatro y media de la tarde no es la mejor hora para ver baloncesto, pero vi con asombró la buena entrada que el pabellón registraba. Eso sí, más de algún que otro gañan fue a ver Tamara.
Fue una grata sorpresa ver la aportación de Tamara Abalde. Aún teniendo un mal día en el lanzamiento, verla jugar es una gozada. Tiene una gran plasticidad y su juego destila elegancia en cada acción. Con ella, Sílvia Dominguez y Alba Torrens uno está tranquilo, tenemos el relevo generacional garantizado.

La última historia es la del segundo partido del día. Tocaba trasnochar y viajar a Castellón a las 20:30 horas. Creo que es la última hora a la que se puede jugar y la verdad no es nada agradable. Lo normal es acabar a las tantas y cuando terminas no hay muchos restaurantes listos.
Por suerte, los dos equipos y el árbitro (seguidor de este blog) teníamos prisa y el partido duró poco más de una hora. Mi equipo hizo cinco faltas y el rival una o dos más. No recuerdo ni siquiera haber estado en bonus.
En estos partidos la clave es salir fuerte al principio e imponer la calidad para que el árbitro se de cuenta de quien es mejor. Nosotros lo hicimos pero nos dormimos en la parra y tocó bronca versión 2.0 en el descanso. Cinco minutos intensos en defensa y un par de triples del pelao y el motivado de Víctor (quien no tuvo valor de ponerse la cinta en el pelo que le regaló Shammond Williams) bastaron para romper el partido.
Partido express y cena en el chino. ¡Qué grandes son los chinos! No importa entrar a las tantas, siempre te atienden con una sonrisa
